"En los 45 días de asedio israelí a la Franja de Gaza, el ejército de Netanyahu ha asesinado al menos a 14.328 palestinos y herido a 33.000 personas, 14.128 en Gaza y 200 en Cisjordania, según los últimos datos del Ministerio de Salud de Gaza. (...)
Una limpieza étnica que ha centrado su objetivo en unos de los últimos lugares seguros que existían en Gaza: los hospitales.
El 12 de noviembre, la OMS declaró que, según el Ministerio de Salud de Gaza, 36 bebés prematuros del hospital Al-Shifa fueron trasladados en estado grave por falta de incubadoras funcionales por falta de energía. Según los últimos informes, cinco de ellos y 34 pacientes en estado crítico que necesitaban máquinas para mantenerse con vida han muerto. Durante la madrugada del 15 de noviembre, tropas israelíes, incluidos tanques, entraron en el hospital de Al-Shifa (...)
Después de más de cuatro días de interrogatorios a pacientes, refugiados y personal médico, 2.500 civiles, junto con varios enfermos y sanitarios, abandonaron el hospital bajo órdenes del ejército israelí. Según datos de la OMS, el centro está hoy inoperativo, sin embargo aún permanecen allí 25 sanitarios y 291 pacientes, de los cuales 32 son bebés en estado crítico, dos son personas en cuidados intensivos sin ventilación y 22 pacientes en diálisis.
Tras el “cierre” de Al-Shifa, el único centro sanitario que sigue operativo en Gaza Norte es el Hospital Indonesio; en él permanecen todavía 6.000 personas, entre refugiados, trabajadores, enfermos y heridos. Durante la mañana del 20 de noviembre este centro fue rodeado y atacado por soldados y tanques israelíes, causando la muerte de al menos 12 civiles. Israel se escudó en que este complejo también formaba parte de las instalaciones de Hamás y por lo tanto los civiles estaban siendo utilizados con fines militares en la guerra.
Las pesadillas humanitarias vistas en los centros de salud de Gaza son una constante desde hace décadas. Una de esas fechas de pesadilla fue el 30 de marzo de 2018. Aquel día una respuesta desmedida por parte del ejército israelí al ataque de algunos manifestantes con piedras y cócteles molotov contra la valla de la Franja de Gaza acabó con 18 civiles asesinados por disparos de francotiradores y más de 1.400 personas heridas. (...)
“Ahora mismo están amputando a pacientes que en otras condiciones no habría que amputar. Es un auténtico drama. Lo que me cuentan es que es casi como en las guerras napoleónicas, que había que amputar en menos de un minuto por la falta de anestesia. Están trabajando en unas condiciones absolutamente imposibles”. (...)
A pesar de que las normas del derecho internacional humanitario exigen la protección del personal médico y el deber de respetar su trabajo, así como garantizar la seguridad de los heridos y enfermos a su cargo, Israel parece hacer oídos sordos. “Muchas veces los médicos no tienen ni electricidad ni personal, muchos de ellos han tenido que huir de sus casas. El ejército israelí avisa de que van a bombardear y les dan unas horas para recoger lo más importante de su domicilio y huir. Es muy difícil que un médico pueda trabajar en estas condiciones”. (...)
“Desde hace años meter en Gaza suministros médicos metálicos, como un simple bisturí, es muy difícil. El problema del material es que cualquier cosa puede ser considerada un arma, y por lo tanto puede ser bloqueada en la frontera”. Sin embargo, el control fronterizo no se da solo con el material médico. Desde que en 2012 la Organización Mundial de la Salud denunciara que a 16 pacientes enfermos se les había negado el permiso para cruzar el paso fronterizo de Erez, ruta hacia los hospitales de Cisjordania, Israel o Jordania, la cosa no ha hecho más que empeorar. “Lo habitual con los pacientes que no podían ser tratados en Gaza es que les dieran permiso para salir, pero hasta llegar a la frontera no tenían la garantía de que pudiesen salir. Ahora esto está totalmente bloqueado, da igual que tengas pasaporte extranjero. El problema con los pacientes de cáncer, de enfermedades respiratorias, renales e, incluso, con embarazadas y recién nacidos está empezando ahora. Si no hay electricidad, no hay médicos y no reciben sus tratamientos, solo existe un final”,
El dilema del personal sanitario ante las bombas es complicado: elegir entre quedarse, cuidar de sus pacientes y no poder salir del hospital, o irse para cuidar de sus familias y que no se les permita volver. (...)
El 12 de noviembre le escribió Yehia, enfermero del hospital Al-Aqsa, tras huir junto a su mujer e hijos del centro de Gaza. “Ayer por la noche bombardearon nuestra zona con tanques y bombas pesadas. Un poco antes lanzaron desde aviones octavillas advirtiéndonos de que abandonáramos la zona lo antes posible. Por eso hemos decidido salir de Ciudad de Gaza y dirigirnos al sur de la Franja”. Esa mañana Yehia, su mujer y tres hijos cogieron un taxi y avanzaron por la carretera Salah Al-Din hasta que el conductor les dijo que tenían que hacer a pie el resto del camino. “En ese momento, los soldados israelíes nos obligaron a apagar los móviles y sacar los carnés de identidad, así que nos bajamos del coche y empezamos a caminar. No se permitía circular a los coches, sólo a la gente, había mucha gente caminando... Caminábamos entre tanques parados al lado de la carretera, y un montón de soldados israelíes, que nos observaban desde detrás de montículos de arena con cámaras y francotiradores. Fue aterrador”.
Pasaron las siguientes dos horas con los brazos levantados y la documentación a la vista para que los soldados la pudieran revisar hasta llegar a la zona de Al-Bureij, en el centro de Gaza. “Mis hijos lloraban de cansancio y sed y me pedían que paráramos a descansar. No nos lo permitieron. No pude hacer nada por ellos. Sólo alejarnos del ejército y del peligro de morir bajo los disparos o los bombardeos”. (...)
No toda la familia de Yehia pudo abandonar el centro de Gaza. Su padre, madre y hermana no pudieron salir del hospital Al-Shifa. “La zona es muy peligrosa. Israel lanzó bombas de humo y fuertes ataques alrededor del hospital durante días. El último día que estuve lanzaron papeles de advertencia desde aviones para animar a la gente a abandonar la zona. Así que no pude quedarme y dejar que mi familia estuviera en peligro. Me siento muy egoísta, pero al mismo tiempo tengo que alejar a mi familia de los bombardeos. Hicimos nuestro trabajo como médicos y enfermeras... Trabajamos tan duro como pudimos, pero Israel destruyó todo lo que amábamos. Sólo queremos que nuestras familias sigan vivas y a salvo”. (...)
El último whatsapp que recibió Caba de uno de sus compañeros fue de Yehia el 15 de noviembre. En él le comentaba cómo había conseguido llegar a la universidad de Jan Younis, al sur de Gaza. “No tenemos agua limpia para beber... y sólo tenemos dos horas de electricidad. No hay ayuda, ni alimentos”. (...)
Por su parte, Nassim sigue en el hospital Al-Aqsa, donde está desde el 7
de octubre. “Trabajo sin descanso. La casa de nuestros vecinos fue
bombardeada, mi casa se vio afectada y mi familia se mudó a casa de unos
parientes. Aunque no hay lugar seguro. Lo bombardean todo: hospitales,
escuelas, mezquitas, mercados, casas… Yo trabajo aquí todo el tiempo;
tengo una oficina en el hospital donde duermo”." (Álex Blasco Gamero , CTXT, 21/11/2023)
No hay comentarios:
Publicar un comentario