6.12.23

Gaza: Los huérfanos se multiplican en las calles, los supervivientes están traumatizados y todo el mundo sabe que la muerte puede caer del cielo en cualquier momento. Muchos se han quedado sin medicamentos y apenas hay agua ni comida... “No subestiméis la más mínima botella de agua potable que llegue porque, literalmente, podría salvar una vida”... Pasemos por alto durante un instante el hecho de que ningún paquete descargado de un camión ni ningún camión cisterna supone protección alguna contra una muerte violenta provocada por los bombardeos o la artillería... Más combustible, medicamentos para los pacientes de cáncer y los numerosos heridos, anestesia para operaciones y analgésicos para los heridos; agua, agua y más agua. Sin todo esto, la ayuda humanitaria proporcionada ahora será juzgada una artimaña para esconder las vergüenzas del daño sin precedentes que se está infligiendo a unos dos millones de civiles, alrededor de la mitad de ellos, menores... el genocidio es así

 "Ahora que la imagen de los camiones que transportan la llamada ayuda humanitaria a la Franja de Gaza se va convirtiendo en algo habitual, es importante entender la magnitud de esta tragedia, de proporciones cada vez mayores. Es algo que cuesta mucho comprender para cualquiera fuera de Gaza, incluso para los que tienen contacto permanente con sus residentes, los que ven las noticias de los bombardeos y los que cuentan con información actualizada a diario de familias enteras asesinadas.  

Cuando todas y cada una de las familias gazatíes se enfrentan a la posibilidad de que en cualquier momento una bomba israelí caiga sobre su casa y los aniquile o deje a alguno de ellos herido e inválido, los suministros que esperan en el paso fronterizo de Rafah se ven como una última comida por aquellos condenados a muerte.

“Lo que necesitan los gazatíes no es una tregua de unas horas, unos días, sino un alto el fuego total”, afirmaban los representantes de varias organizaciones de ayuda y derechos humanos en una rueda de prensa online justo antes de que entrara en vigor el esperado respiro de cuatro días. La desesperación, la ansiedad y la pérdida de toda vitalidad afectan sobre todo a los niños, que pagan un precio especialmente alto, según indicaba un portavoz de Save the Children. Declaró: “Cada diez minutos, una bomba mata a un niño en Gaza, y cada cinco minutos, hiere a un niño, en un conflicto armado asimétrico que pone de manifiesto el fracaso del derecho internacional, cuyo objetivo es proteger la vida de los civiles”.

Se sabe que al menos 6.000 niños palestinos y 4.000 mujeres han sido asesinados en los bombardeos israelíes de las últimas siete semanas, según las cifras de las autoridades en Gaza, que gobierna Hamás. Las organizaciones internacionales consideran precisos los datos. Un nuevo fenómeno surge con los niños que deambulan solos: sus padres han sido asesinados o heridos en los bombardeos y están desaparecidos. Se tiene constancia de que algunos niños no comen ni cuando hay alimento y otros sufren deshidratación porque se niegan a beber, incluso cuando tienen agua disponible. Y eso que el representante de una organización de ayuda señalaba: “No subestiméis la más mínima botella de agua potable que llegue porque, literalmente, podría salvar una vida”. (...)

Pasemos por alto durante un instante el hecho de que ningún paquete descargado de un camión ni ningún camión cisterna supone protección alguna contra una muerte violenta provocada por los bombardeos o la artillería. Aun así, las cantidades de productos esenciales que están entrando, según los estándares de Israel, distan mucho de ser suficientes para cubrir las necesidades básicas de la gente. Son aún más insuficientes si cabe en pleno escenario de una tragedia que ve cómo aumenta vertiginosamente el número de personas heridas, que sufren diarrea y que han contraído diversas enfermedades. (...)

 La segunda cuestión es el transporte de suministros al norte de Gaza, una zona que ha sido intensamente bombardeada y donde se espera que se retomen los enfrentamientos terrestres una vez que acabe la tregua. Los grupos internacionales no saben cuánta gente queda allí.

Muchos son enfermos, discapacitados y ancianos que no han podido abandonar sus casas, según afirmaban los portavoces de ayuda humanitaria en la rueda de prensa online. Además, bastantes vecinos regresaron al norte, sobre todo en las primeras dos o tres semanas de la guerra, según le comentaba el representante de una de las organizaciones de la ONU a Haaretz.

Preferían correr el riesgo de regresar a la intimidad de sus casas, mientras las paredes siguieran en pie, por dos motivos fundamentalmente. Primero, porque habían sufrido un hacinamiento insoportable entre miles de personas, con un único aseo para compartir entre cientos. Y segundo, porque se habían dado cuenta de que hasta en el supuestamente seguro sur, Israel estaba bombardeando edificios residenciales con todos sus habitantes dentro.

En la rueda de prensa virtual, los portavoces de las organizaciones hicieron hincapié en que el acceso a la comida, el agua, la atención sanitaria y los medicamentos en el norte es todavía más limitado que en el sur, por lo que es imposible hablar de “ayuda humanitaria” si no se garantiza el acceso a estas zonas. Al principio, Israel también rechazó esta petición, pero parece haber cedido. Las Naciones Unidas informaron el sábado 26 de noviembre de que 61 camiones transportaban suministros de asistencia humanitaria al norte, y consta que otros 100 alcanzaron la zona el domingo.

La tercera petición de las organizaciones de ayuda es que se restablezcan los suministros del sector privado, porque no basta con los suministros de emergencia donados que ellos entregan, que en su mayoría llegan a los albergues abarrotados pero no a los que se alojan con familiares en casa particulares.

Israel rechaza esta petición, también. Uno de los representantes de las organizaciones señaló a Haaretz: “Nuestra reivindicación es que en ningún lugar del mundo dependamos únicamente de la ayuda humanitaria en situaciones de emergencia. Es imposible distribuir comida a dos millones de personas. El sistema de ayuda no puede cubrir todas las necesidades solo. Ayudar a los residentes de manera significativa es imposible sin abrir la puerta a productos comerciales”. Por lo pronto, el azúcar y la harina que se transportan a Gaza en los camiones de ayuda se compran en Israel y llegan directamente a Rafah, lo que indica que la compra de bienes, como antes, puede realizarse en transacciones entre comerciantes en Gaza e Israel.

En las últimas siete semanas, los alimentos y los suministros de primera necesidad en los almacenes de Gaza o bien se han agotado o se han echado a perder por los bombardeos. Las ovejas y las gallinas murieron en los bombardeos o fueron sacrificadas porque sus dueños no podían alimentarlas. Los cultivos agrícolas se vieron seriamente dañados o ha sido imposible cosecharlos.

 La escasez y la dificultad de transportar lo que todavía queda ha llevado a una subida de precios sin precedentes. Con el poco dinero que les resta, la gente tiene que pagar el triple del precio normal por el arroz, las lentejas o las verduras. Por eso, la vuelta del sector privado y la reapertura del paso de Kerem Shalom son condiciones básicas para cualquiera que se tome en serio la ayuda humanitaria y no la considere mera palabrería con objetivos diplomáticos o de imagen. (...)

Más combustible, medicamentos para los pacientes de cáncer y los numerosos heridos, anestesia para operaciones y analgésicos para los heridos; agua, agua y más agua; la reanudación del suministro regular de alimentos a través del mercado privado y el acceso de las organizaciones de ayuda a los residentes del norte de la Franja de Gaza son indispensables. Sin todo esto, la ayuda humanitaria proporcionada ahora será juzgada una artimaña para esconder las vergüenzas del daño sin precedentes que se está infligiendo a unos dos millones de civiles, alrededor de la mitad de ellos, menores."

(Amira Hass (Haaretz) , CTXT, 1/12/2023. Este artículo se publicó el 28 de noviembre en Haaretz.)

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