"Hace unas semanas, un colega estadounidense me confesó algo inquietante: “Ya no sé si vivo en una democracia”. No es un alarmista profesional ni un nostálgico del establishment. Es un politólogo serio, de esos que miden variables y desconfían de la grandilocuencia. Su perplejidad no era retórica sino metodológica. ¿Cómo llamar a un sistema donde se intenta revertir una elección, no hay consecuencias y el responsable vuelve al poder con más fuerza?
La pregunta tiene una respuesta empírica. En la última década, EE UU ha caído de 94 a 83 puntos en el índice de Freedom House. Hoy está por debajo de Argentina y diez puntos detrás de sus pares históricos como Alemania y el Reino Unido. Es el mayor retroceso democrático de su historia moderna. Y, sin embargo, preocuparse por ello se ha vuelto signo de alarmismo. El problema no es solo lo que Trump hace, sino que la inquietud democrática se ha normalizado como exageración.
El retroceso tiene un origen preciso. El 6 de enero de 2021, Trump intentó revertir los resultados de una elección y bloquear la transferencia pacífica del poder. En cualquier manual de ciencia política, esa es la línea roja absoluta, la norma que sostiene todo el edificio democrático. Pero el Congreso no lo responsabilizó, los republicanos lo volvieron a nominar y él dirigió una campaña exitosa presentándose como víctima. Ningún presidente había cruzado esa línea. Y desde luego, ninguno había vuelto al poder después de hacerlo.
Los politólogos Steven Levitsky y Lucan Way, expertos en autoritarismo comparado, identifican un patrón: primero, un líder autoritario llega al poder; segundo, enfrenta resistencia institucional; tercero, las élites capitulan por miedo, oportunismo o fatiga; cuarto, el autoritarismo se consolida. Han visto esa secuencia en Hungría, Turquía y Venezuela. Ahora advierten que EE UU entra en la fase crítica: el momento de la capitulación. No es el golpe dramático, sino la rendición silenciosa.
No estamos ante una dictadura clásica. Las elecciones siguen, la oposición puede organizarse y la prensa critica al gobierno, pero las condiciones del juego se vuelven sistemáticamente desiguales. Es lo que Levitsky y Way llaman autoritarismo competitivo: un régimen donde persisten las formas democráticas mientras se vacía su contenido. Trump amenaza con enjuiciar a rivales, promete indultar a quienes asaltaron el Capitolio, convierte agencias federales en instrumentos de represalia y despliega redadas migratorias como espectáculo de poder. No necesita abolir el Congreso si puede intimidarlo, ni censurar la prensa si puede desacreditarla.
Pero lo más inquietante no es lo que hace, sino quiénes han dejado de resistirlo. En 2016, su elección generó alarma en el establishment político, mediático y empresarial. En 2025, peregrinan a Mar-a-Lago.
Los ejemplos se acumulan. Jeff Bezos impidió que The Washington Post respaldara a Kamala Harris, rompiendo décadas de tradición editorial. Los CEO de Silicon Valley que veían a Trump como amenaza ahora lo tratan como socio estratégico. La fatiga democrática ha hecho más daño que cualquier decreto presidencial.
A ello se suma un fenómeno sin precedentes: la concentración de poder mediático en una oligarquía tecnológica con agenda política explícita. No son empresarios ricos sin más: son los arquitectos de la infraestructura donde se produce el debate público. Cuando Elon Musk interfiere en elecciones europeas o condiciona el conflicto ucranio mediante Starlink, demuestra que su poder trasciende fronteras. Es una forma de soberanía privada que ningún marco del siglo XX anticipó.
La pregunta ya no es “¿puede suceder aquí?”, sino “¿se consolidará o aún puede revertirse?”. Y la respuesta depende de algo tan prosaico como urgente: que las instituciones que aún funcionan —tribunales estatales, universidades, medios independientes, sociedad civil— recuperen la voluntad de resistir. Los elementos autoritarios son reales, pero el desenlace permanece abierto. EE UU transita hacia un modelo donde las formas democráticas sobreviven mientras su sustancia se evapora."
(Máriam Martínez-Bascuñán , El País, 05/11/25)
No hay comentarios:
Publicar un comentario