"He escrito para Compact sobre por qué los islandeses rechazaron la propuesta de su Gobierno de reabrir las negociaciones de adhesión a la UE —y por qué eso es una gran noticia para Islandia. También se publicó una versión ligeramente diferente en la revista alemana NachDenkSeiten. A continuación, un extracto:
Se pedía a los islandeses que cedieran a Bruselas el control sobre sus pesquerías, su agricultura y su política comercial y —dado que ningún Estado que se haya adherido tras el Tratado de Maastricht cuenta con la cláusula de exclusión voluntaria de Dinamarca— que aceptaran, en principio, adoptar el euro. Suecia ha demostrado que esta obligación puede aplazarse de forma más o menos indefinida, pero un aplazamiento indefinido a merced de las instituciones no es lo mismo que un derecho de rechazo.
Además de un escaño en la mesa —para ser exactos, seis escaños de los 720 del Parlamento Europeo y una voz entre las veintiocho del Consejo—, Islandia habría obtenido (posiblemente) importaciones ligeramente más baratas y un poco más de turismo, al tiempo que se convertiría en contribuyente neto al presupuesto de la UE.
Pero el problema más profundo del argumento pro-UE es que trata al bloque como si no fuera más que un acuerdo comercial a gran escala —un conjunto de normas técnicas que regulan el etiquetado de la mermelada y el tamaño de las frutas, al que la adhesión simplemente añadiría un voto—. Pero la Unión Europea es mucho más que eso: es una megamáquina política, institucional e ideológica, y su poder sobre los Estados miembros va mucho más allá del porcentaje de directivas transpuestas. Como vimos tras la crisis financiera, los países que se adhieren adoptan, en la práctica, una «constitución económica» que los vincula a un marco neoliberal aplicado sin piedad y que ningún voto democrático puede anular. Esto resulta especialmente evidente en el caso de los países de la zona del euro.
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De hecho, esta nación insular ya ha expuesto el argumento en contra de la adhesión a la UE mejor de lo que podría hacerlo cualquier artículo. Cuando estalló la crisis financiera en 2008, Islandia se vio más afectada que casi cualquier otro país de Europa. El noventa por ciento de su sistema bancario se derrumbó. Sin embargo, se recuperó más rápido y mejor que prácticamente todos ellos. ¿Por qué? Porque contaba con algo a lo que los países de la zona del euro habían renunciado: la soberanía. Islandia pudo dejar que su moneda se ajustara; pudo permitir que sus bancos quiebren en lugar de verse obligada por el Banco Central Europeo a rescatarlos a costa de sus ciudadanos; pudo imponer controles de capital por su propia autoridad y levantarlos según su propio calendario —lo cual hizo, por completo, solo en 2017—. También pudo preguntar a su propio pueblo qué quería: en los referéndums sobre Icesave de 2010 y 2011, los islandeses se negaron a asumir las deudas privadas de los banqueros en quiebra.
Compárenlo con el destino de Grecia, Irlanda, Portugal y mi propio país, Italia: países que, atrapados en la zona del euro, se vieron sometidos a años de austeridad implacable, desempleo masivo y devastación social, administrados por tecnócratas no elegidos en Bruselas y Fráncfort. Islandia capeó el temporal porque era un país mucho más libre. Esa fue la lección de 2008, y hoy sigue siendo más cierta que nunca.
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Convertirse en miembro de la UE habría sido una mala idea hace veinte o treinta años, pero ahora sería aún peor. Hoy en día, la maquinaria oligárquica del bloque —la austeridad, la tecnocracia, el desprecio por la democracia— se ha transformado en una auténtica máquina de guerra. La UE ha puesto en marcha un programa de rearme de 927 millones de dólares, «ReArm Europe», rebautizado apresuradamente como «Readiness 2030», que se suma a los compromisos nacionales acordados en la cumbre de la OTAN en La Haya para aumentar el gasto militar hasta el 5 % del PIB. Manfred Weber, líder del grupo más numeroso del Parlamento Europeo, habla abiertamente de 7 billones de dólares en gasto militar europeo durante la próxima década, e insiste en que este refuerzo debe fijarse de tal manera que, según sus propias palabras, ningún futuro Gobierno pueda revertirlo.
¿Cómo se financiará todo esto? El Financial Times dijo en voz alta lo que normalmente se calla: Europa debe recortar su estado del bienestar para construir un estado bélico. Se podría objetar que Islandia ya pertenece a la OTAN y que, en cualquier caso, no puede evitar este destino. Pero Islandia forma parte de la alianza desde 1949 y sigue sin tener un ejército permanente: setenta y siete años de pertenencia a la alianza, ni un solo soldado islandés. La OTAN dispone de pocos medios para obligar realmente a un país a acatar sus dictados. La adhesión a la UE es otra cuestión. Implica ceder el control total de su economía a lo que, en la práctica, se ha convertido en el brazo político de la OTAN —uno que utilizará todas las herramientas a su alcance para que los Estados miembros se ajusten a la estrategia UE-OTAN.
Lea el artículo completo aquí. "
(Thomas Fazi , blog, 02/09/26, traducción Salvador L. Arnal)
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