Explicaciones hay para todos los gustos. Cada una apunta a un responsable: la política de bajos tipos de interés de la Reserva Federal que cebó la burbuja inmobiliaria; la sustitución de una banca clásica, que asumía riesgos cuando concedía hipotecas y créditos, y, por ende, se veía obligada a tomar decisiones responsables por otra que hacía de créditos e hipotecas la materia prima de unos títulos puestos en circulación apenas el prestatario había abandonado la oficina bancaria; las estrategias especulativas que troceaban los riesgos y los diluían en las venas del sistema financiero; el sistema de incentivos de las agencias de calificación cuyo negocio dependía de aquellos a quienes debían evaluar; el exceso de liquidez de los chinos y la insensata voracidad de consumo de los norteamericanos, que llevó a los primeros a comprar a lo loco valores derivados de la deudas hipotecarias y, de ese modo, financiar el mayor déficit por cuenta corriente del mundo; y acompañando a casi todas las explicaciones, la dejadez desreguladora de las autoridades ante -cuando no la connivencia con- la aparición de tales tramas institucionales y financieras, ante el crecimiento de ese déficit y ante el apalancamiento de los bancos de inversión.
Tampoco faltan quienes culpan a las teorías económicas que, en su opinión, no permitieron anticipar la que se nos venía encima.
Se habría mostrado como un cuento chino la presunción, común a la teoría económica, de que toda la información relevante para tomar las decisiones está contenida en los precios y que, por ende, no existirían activos sobrevalorados.
No menos fabulosa resultaría la presunción de racionalidad de las personas sobre la que se levantan los modelos económicos. (...)
Estrategias simplificadoras que palidecerían frente a la simplicidad sin disculpa de ignorar -y es el caso del grueso de los modelos- la presencia de los bancos y las instituciones financieras, los principales protagonistas del drama económico moderno, los que relacionan en complejas tramas a deudores y acreedores.
Incluso no faltan quienes, como Daron Acemoglou en un trabajo de hace un par de años, apuntan a la profesión, al silencio complaciente de los economistas con unos modelos reconocidamente erróneos. Ampliando el foco, y con palabras más fuertes, se podría hablar de falta de carácter, de falta de coraje para decir que no.
De algo parecido a eso van las mejores páginas de un reciente documento del FMI, un verdadero acto de contrición o, en otra interpretación, un inventario de cobardías. Allí se reconoce la incapacidad de los investigadores "para decirle la verdad a los poderosos", para cuestionar los puntos de vista de las autoridades de los países ricos y de los economistas supuestamente cualificados, entre otras razones porque "el personal técnico tenía la sensación de que no contarían con el respaldo de la Gerencia si expresaban su desacuerdo", algo que se traducía en un fuerte "sesgo de información", esto es, en la disposición a recoger únicamente los datos compatibles con lo que convenía defender y que, generalizada, deriva en lo que en psicología social se llama "ignorancia pluralista": cada uno piensa que "si los otros no creen que hay un problema, es que no hay problema; yo debo de estar equivocado cuando no lo veo claro". (...)Como se ve, las culpas andan bastante repartidas, entre las circunstancias económicas, las teorías económicas y hasta los economistas. (...)
Se podría hablar de que se ha mostrado que lo del orden espontáneo es un cuento; de la necesidad de controlar a los poderes políticos para evitar su entrega a los poderes económicos; de la importancia de las instituciones públicas, incluso para el buen funcionamiento del mercado; de la debilidad de la teoría económica cuando se despreocupa de los problemas reales; de cómo los sistemas de incentivos de la academia ahogan las discrepancias y las críticas.
Pero las cosas pintan de manera bien diferente. Olvidados los sanos principios de buscar causas y responsables, la mayor parte de los comentaristas señalan a unos personajes que, hasta ahora, nadie había identificado en el origen de las dificultades: los derechos sociales, los sindicatos y hasta la democracia misma. (...)
En la discusión, en la que se deslizan, junto a medias verdades o falsedades manifiestas, datos y problemas reales que poco tienen que ver con la crisis, lo único claro es su trasfondo valorativo: no estamos ante cuestiones de justicia, como el mantenimiento del poder adquisitivo, el derecho a unas pensiones dignas o a los festivos, sino los excesos de unos recalcitrantes privilegiados que se resisten a ayudar a sus conciudadanos.
Algo que se observa también cuando se habla de los sindicatos (...)
Pero el caso más inquietante es el desprecio a las instituciones democráticas, sobre todo porque pasa desapercibido y se da por amortizado. (...)
Quizá la ciencia económica haya fracasado, pero la ciencia política más cruda ha confirmado el deprimente axioma que la funda: no hay otras razones que el poder. No es un consuelo." (FÉLIX OVEJERO: Crisis y culpas. El País, 21/04/2011, p. 25/6)
No hay comentarios:
Publicar un comentario