"Los tres grandes temas de la agenda española, social, histórico y
territorial, no son incompatibles sino complementarios. Padecemos la
misma enfermedad que Europa, pero en una dosis más concentrada.
Pero el tema nacional es sólo uno entre los temas de la agenda de esa “segunda transición”.
Está el tema de la historia, es decir de la justicia hacia el
holocausto español de los años treinta y cuarenta, lo que se conoce como
“memoria histórica”, y está la idea de una amplia regeneración
democrática surgida en el 15-M, que incluya una política anticrisis
razonable y desmarcada de la actual estafa social.
Por desgracia
no se ven grandes posibilidades, ni disposición ni capacidad
institucional favorable, para un proceso así. A menos que el terreno de
juego sea dinamizado por algún tipo de potente “revolución civil de terciopelo”
desde abajo, escenario que no puede descartarse en absoluto en la
actual Europa y particularmente en España, que es el eslabón más débil y
vulnerable de la crisis europea. (...)
A diferencia del catalanismo de los años setenta, que era pura sociedad
civil, el actual incluye factores institucionales que hoy están en manos
de una clase política muy desacreditada. Está también mediatizado por
el filtro de toda una generación educada en cierto espíritu pujolista
provinciano, y también por los intereses electorales cortoplacistas del
partido neoliberal y catalanista que gobierna Catalunya. Pero con todos
esos defectos, ese catalanismo es un hijo completamente legítimo de la
libertad, de la rara libertad española de los últimos 37 años.(...)
Así, la segunda transición no solo representa retos para el
nacionalismo español, sino también para el catalán. Si la primera
transición expresó nuestro nivel como país y sociedad, con la segunda
pasará lo mismo: obtendremos aquello que seamos capaces de pelear,
negociar y consensuar.
Los tres grandes temas de la agenda de la
segunda transición (social, histórico y territorial) no son
incompatibles sino complementarios, pero sus adversarios, en Catalunya y
en España, intentarán enfrentar a unos contra otros. Su objetivo sería
que en lugar de debatir la ley electoral, la memoria histórica, el
referéndum sobre la deuda, las responsabilidades por el ladrillo, los
pufos de la banca, la corrupción política, el paro y los desahucios,
junto a las mayores ansias soberanistas de Catalunya, Euskadi, Galicia y
los que se puedan apuntar, se invite a la gente a una pelea identitaria
bajo diversas banderas.
Eso canaliza los malos humores sociales hacia
un callejón sin salida muy a la conveniencia de la oligarquía
internacional que gobierna la crisis europea. (...)
España es un país que puede permitirse ciertos márgenes de demagogia
identitaria en su periferia. Lo que es letal para su integridad es ese
mismo discurso y actitud en su matriz castellano-española. La situación
no es comparable en muchos aspectos, pero la URSS se murió, no a causa
de Lituania o Georgia, sino cuando su matriz rusa se apuntó a la
disolución afirmando un discurso nacional ruso.
Tal como se están
poniendo las cosas en Europa, pronto al gobierno del PP no le quedará
más recurso “macho” que exhibir que la defensa nacionalista
española del centro contra la periferia. Por eso, cualquier reinvención
de España en dirección a una mayor democracia, equidad y federalismo
precisa un fuerte vector popular desde abajo.
Sin ese movimiento,
tendremos una doble quiebra. Quiebra social y quiebra nacional. España
padece la misma enfermedad que la Unión Europea, aunque en una dosis más
concentrada." (Rafael Poch,, La Vanguardia, Rebelión, 20/12/2012)
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