"Si el problema de la izquierda se cifra en su incapacidad de recoger la
inversión política del malestar social, el de la derecha gobernante
radica en que, en un contexto de acelerada deslegitimación, solo puede
conservar su hegemonía desplazando el discurso político hacia consignas
moralizadoras (“esfuerzo”, “sacrificio”, “responsabilidad individual”).
De ahí que esta precise de un fuerte liderazgo carismático que,
desviando toda atención de la politización de la economía, personifique
estos valores. Para un partido como el Partido Popular cuyo principal
atractivo competitivo en ciertos sectores es su capacidad de blanquear
el discurso político bajo tonalidades morales, la debilidad carismática
de su líder es mala noticia.
El drama de parte del electorado popular es
que quisiera seguir al Conde de Montecristo y tiene que mirarse en el
espejo de “Mariano”.
Esta interpelación carismática derechista puede tener éxito entre
otras clases sociales porque, en la atonía de la izquierda, impera una
gramática despolitizada para expresar el malestar. Aquí, la posibilidad
de realizar conexiones más complejas entre la frustración individual y
sus explicaciones estructurales ha sido neutralizada por, entre otros
factores, la atomización del tejido social laboral y la realpolitik
de partidos.
En un contexto de hegemonía neoliberal, sin embargo, no
basta, si no resulta ingenuo, apelar, de forma abstracta e histérica,
frente a la “amenaza fantasma” populista, a las buenas maneras de la
reflexión distanciada.
Como ya advirtiera Ernst Bloch, ante la irrupción nacionalsocialista en Weimar, lo urgente no es gritar vade retro al demonio populista, sino “quitarle —no sin un arduo esfuerzo— sus armas mentirosas y sus artificios”.
Frente al peligroso giro del “todos los políticos son iguales” no
necesitamos, pues, petulantes exorcistas del mal, sino análisis modestos
de la situación. Esto es, solo comprendiendo estos contenidos
populares, interviniendo en estas retaguardias ninguneadas y
politizándolas con humildad “desde abajo” cabe encontrar salidas a este
creciente resentimiento.
Si la izquierda señorita prefiere
construir sus cartografías desde distancias prefijadas en lugar de
atender a las novedades del presente, corre el riesgo de trabajar para
su enemigo.
Es el “secuestro” tecnocrático de nuestra capacidad colectiva de
decisión el que, fomentando una masiva despolitización, despierta el
espíritu antipolítico de los Montecristos. Por ello, en la medida en que
están quedando excluidas de discusión pública las cuestiones realmente
importantes, inquieta la condena de todo debate más amplio, como el
impulsado por el 15-M, sobre el sentido de nuestro futuro, así como urge
denunciar las maniobras destinadas a generar miedo en la sociedad
civil: figuras como la delegada Cristina Cifuentes están peligrosamente
jugando con fuego al identificar el ejercicio público y responsable de
la desobediencia civil con un golpe de Estado. Solo quien se contente
con una democracia espectral sin demócratas de carne y hueso puede
criminalizar estas iniciativas." (
Germán Cano
, El País, 9 OCT 2012)
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