"(...) Acabo de firmar un comunicado feminista que se opone a la intención de
penalizar a los clientes en Francia. La ley propuesta impondría una multa de
1.500 libras a los que pagaren por sexo, el doble en caso de reincidencia.
Mi
motivo para oponerme es totalmente diferente al de esos hombres: no la libertad
sexual de los hombres sino la posibilidad para las mujeres de ganarse la vida
sin ser criminalizadas y privadas de seguridad y protección. Empujadas aún más
a la clandestinidad, las mujeres estarían a merced tanto de aquellos clientes
que son violentos como de aquellos policías que son sexistas, racistas y
corruptos y nada les gusta más que perseguir y abusar de las “malas mujeres”.
Pero esto es la consecuencia inevitable de tales leyes. Las trabajadoras
sexuales son las primeras en sufrir a consecuencia de cualquier propuesta que
haga más difícil, y por tanto más peligroso, contactar con los clientes.
El hecho es que las trabajadoras sexuales no han conseguido
contar con el apoyo de prominentes feministas a su larga lucha por la
despenalización. En cambio, las feministas del sistema han encabezado los
intentos de los gobiernos por hacer más difícil el trabajo de las mujeres.
Su objetivo
declarado es abolir la prostitución, no abolir la pobreza de las mujeres. Es
esta una vieja historia y es doloroso que ahora se vea realzada con retórica
feminista: disimulando su contenido antimujer al proponer la penalización de
los hombres.
La necesidad de trabajar en la prostitución está en plena
expansión con los recortes que han golpeado con la máxima dureza a las
mujeres. Cuando la Ley
de reforma del Estado de bienestar y la Ley
de policía y crimen fueron llevadas al Parlamento en 2009, pedimos a
las diputadas feministas que se opusieran a ellas, en base a que muchas madres
solteras que habían logrado subsidios para “progresar hacia el trabajo”
progresarían hacia la esquina de la calle como única opción disponible. No
obtuvimos respuesta. (...)
Fue en Francia en 1975, justo después de la famosa huelga de
prostitutas que inició el moderno movimiento de trabajadoras sexuales en
occidente: las mujeres habían ocupado iglesias, primero en Lyon y después por
toda Francia, para protestar de que la policía las detuviera y multara mientras
a la vez no hacía nada por acabar con los asesinatos y las violaciones.
Constituyeron el Colectivo Francés de Prostitutas y proclamaron: “Nuestros
hijos no quieren ver a sus madres en la cárcel”. Sus acciones inspiraron a las
trabajadoras sexuales de aquí para formar el Colectivo
Inglés de Prostitutas. Yo fui la primera portavoz: ninguna de las mujeres
podía darse a conocer entonces, así que pidieron a esta respetable ama de casa,
casada y activista feminista, hablar por ellas. Me alegré de aprender de las
hermanas censuradas y ser dirigida por ellas.
El primer comunicado fue A
favor de las prostitutas, contra la prostitución, ya que tantas de las que
estaban en el movimiento de liberación de las mujeres eran hostiles a las
trabajadoras sexuales y parecían confundir el trabajo con la trabajadora —muy
parecido a como el ama de casa era confundida con el trabajo en la casa.
Seguimos repitiendo (en ambos casos): ¡nosotras no somos nuestro trabajo!
Casi 40 años después, las trabajadoras sexuales todavían
tienen que hacer frente a las persecuciones y los procesamientos a lo largo y
ancho del mundo. El intento francés de penalizar a los clientes sigue el “modelo
sueco”, que inspiró también la Ley de Policía y Crimen del Reino Unido
(2009).
La oposición encabezada por el Colectivo Inglés de Prostitutas
consiguió limitar la penalización de los clientes a aquellos que se estimara
que “habían tenido sexo con una prostituta forzada o coaccionada”. Pero las
redadas y detenciones de trabajadoras sexuales han ido en aumento, igual que la
violencia contra las mujeres. (...)" (No toques a mi puta. Dossier Selma James · Lluís Rabell, Sin Permiso, 10/11/2013)
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