"El 13 de febrero de 2014 el Parlamento belga aprobó una modificación de
la ley de eutanasia de 2002, ampliando este derecho a menores que, con
un pronóstico fatal a corto plazo y un sufrimiento físico insoportable,
con el acuerdo de sus padres soliciten de forma repetida y consciente
una muerte asistida. (...)
En España la mayoría de los médicos (59,9% en 2002, según la encuesta
del CIS 2.451) y de la población general (73% en 2009, CIS 2.803) está a
favor de la regulación de la eutanasia. (...)
En 2002 la Ley de Autonomía del Paciente reforzó el derecho a
rechazar un tratamiento de la Ley General de Sanidad de 1986, al regular
las instrucciones previas (testamento vital), por lo que actualmente
morir voluntariamente es un derecho cuando la vida depende de una medida
de soporte vital (tal y como demostró Inmaculada Echevarría en 2007,
tras renunciar al respirador que la mantenía con vida).
A raíz de este
caso y del escándalo en 2005 por la infamia de la Comunidad de Madrid
contra el servicio de urgencias que yo dirigía, en el hospital Severo
Ochoa de Leganés, Andalucía reguló en 2010 los derechos de los pacientes
y las obligaciones de los profesionales en el proceso de muerte,
iniciativa que siguieron Aragón y Navarra en 2011 y que probablemente
lleven a cabo otras comunidades sensibles con el sufrimiento al final de
la vida.
¿Garantiza la legislación una buena muerte para los
ciudadanos? Claramente no. Todavía hace falta mucha pedagogía de la Ley
de Autonomía. Por el tabú cultural de la muerte a muchos pacientes no se
les informa sobre su enfermedad, ni sobre sus derechos (como el
testamento vital), ocultando su proceso de morir tras el espejismo de
una supuestamente bondadosa ignorancia.
Y los pacientes que, afrontando
su muerte, desean ejercer sus derechos a menudo chocan con profesionales
que, en lugar de respetar su voluntad, tratan de imponer sus creencias,
con la excusa de los paliativos.
Pero el dilema paliativos o
eutanasia no existe. No se trata de elegir entre lo uno o lo otro, sino
de disponer de la opción de morir y de los mejores cuidados (el 95% de
los médicos opinan que los paliativos no evitan todas las demandas de
eutanasia, CIS 2.451).
La universalización de los paliativos es un
subterfugio que rehúye el debate de la disponibilidad porque para muchos
equipos, en manos de organizaciones confesionales, la voluntad de morir
es inaceptable, aunque se ajuste a la legalidad vigente (como la
sedación paliativa a demanda de un enfermo terminal publicada el 9-2-14
en EL PAÍS).
El Código Penal vigente de 1995 crea situaciones
absurdas. El suicidio no es delito, pero la ley castiga la cooperación
necesaria, actos sin los cuales Ramón Sampedro no podía darse la muerte a
sí mismo, una imagen vergonzosa grabada en el imaginario colectivo,
porque castiga al más vulnerable, arrebatándole la libertad de disponer
de su vida.
Sin embargo, Inmaculada Echevarría pudo morir porque tuvo la
suerte de estar conectada a una máquina. Algunos juristas argumentan
que en caso de graves padecimientos la cooperación necesaria (pero no
directa) al suicidio es impune, mientras que para otros toda muerte
voluntaria es delito, como la renuncia a la alimentación por sonda,
llegando a confundir sedación paliativa y eutanasia, o los conceptos de
inducción y cooperación, con los de información y acompañamiento al
suicidio (que como grupo de ayuda mutua realiza la asociación DMD) (...)
Como demuestran los hechos, la regulación de la muerte voluntaria no es
un peligro, sino una oportunidad, no solo para los que elijan morir (que
siempre será una minoría del 1% al 3%), sino para toda la población.
Acaba con el tabú, dota al ciudadano de protagonismo y respeta la
libertad de los ciudadanos durante el final de su vida.
El debate está
en la calle, pero los gobernantes, lejos de escuchar el grito de “no nos
representan”, limitan cada vez más el ejercicio de derechos
fundamentales, demostrando un alarmante déficit democrático.
Ante este
fracaso, el movimiento ciudadano por una muerte digna, libre de
doctrinas confesionales, continuará procurando una buena muerte, libre,
responsable y legal para sus miembros. (...)" (¿Peligro u oportunidad?, de Luis Montes Mieza en El País, en Caffe Reggio, 21/03/2014)
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