"La llegada de la crisis a España quiso ser vista como evidencia de una
“insostenible” política económica, cimentada sobre un gasto público
excesivamente generoso. Un Estado de bienestar que no podía pagarse. (...)
Pero la crisis, antes que fiscal es bancaria, consecuencia de una
gigantesca acumulación de deuda privada, sobre todo de grandes empresas
—créditos bancarios casi en su totalidad— y de entidades financieras.
Ya vimos cómo esta crisis comenzó en Estados Unidos, precisamente donde
más lejos se ha llegado en la liberalización y desregulación de los
movimientos de capitales. (...)
Cuando finalmente la crisis se evidenció, la banca española parecía
estar a salvo al no haber participado de lleno en todos aquellos títulos
vinculados a hipotecas de muy baja calidad crediticia: las subprime. (...)
Sin embargo, había dos problemas latentes derivados de un modelo
productivo insostenible, donde el sector de la construcción llegó a
representar el 17% del PIB. El primero era la excesiva concentración del
negocio bancario en el ladrillo. El segundo, vinculado a la expansión
crediticia propiciada por la burbuja inmobiliaria, consistía en su
dependencia del ahorro externo. Ambos problemas terminaron por hacerse
realidad.
La explosión de precios inmobiliarios no fue algo
exclusivo de España o de economías de la eurozona, sino un fenómeno
global —salvo en Japón y Alemania pero porque ya tuvieron antes esa
misma situación—.
Un sector financiero hipertrofiado en un contexto de
bajos tipos de interés propició una inflación de activos, entre ellos
los inmobiliarios pero también otros como acciones bursátiles, alimentos
o materias primas. En el caso español la conjunción de diferentes
factores, como una fuerte explosión demográfica o la Ley del suelo de
1997, permitieron que destacase frente a otros, tanto en actividad como
en precios.
Esa sobre especialización productiva con respecto a
la construcción se trasladó pronto al ámbito bancario. Así, en 2007 ya
más del 60% de la financiación concedida por entidades financieras
estaba vinculada al sector inmobiliario.
En el caso de las cajas de
ahorro este promedio superaba el 70%. El crédito hipotecario se había
convertido en su principal negocio, explicando más de la mitad de los
ingresos de la banca minorista. A su vez, permitió un crecimiento
espectacular del crédito, a tasas anuales medias superiores al 20% en
los momentos previos al colapso.
Claro que aquel dinero tenía que salir
de algún sitio. Las vías de financiación principales de un banco son la
captación de depósitos y pedir prestado a otras entidades en el mercado
interbancario, o al banco central. Dado que el aumento del crédito era
mayor que el de los depósitos, la diferencia se cubría acudiendo a los
mercados mayoristas internacionales.
Ahí es, con la caída de
Lehman Brothers, donde se hace realidad el segundo riesgo latente antes
citado: la dependencia del ahorro exterior. Su quiebra supuso que el
mercado interbancario se secara. Nadie prestaba a nadie. (...)
Ante el estrangulamiento financiero por la falta de acceso al crédito
mayorista, las entidades españolas iniciaron entonces una agresiva
estrategia de captación de depósitos, o peor, mediante la estafa de las
participaciones preferentes a particulares. La otra vía la proporcionó, a
partir de agosto de 2007, el Banco Central Europeo al permitir el
acceso ilimitado a financiación para sustituir temporalmente al mercado
interbancario. (...)
Pues bien, el principal activo empleado como aval frente al BCE fueron
cédulas hipotecarias. Es decir, créditos hipotecarios convertidos en
títulos comercializables. Estas cédulas son, de hecho, la única vía que
tienen hoy día los bancos españoles para acceder escasamente a
financiación en los mercados. (...)
La “respiración asistida” del acceso a financiación desde el BCE no
conllevó una reactivación del crédito hacia hogares y empresas, sino que
sirvió para que las entidades compraran deuda pública española como
activo refugio, con lo que el dinero se mantenía en el circuito
financiero sin canalizarse a la economía real.
Sin expectativas de
crecimiento no hay crédito, y como los recortes alejan cualquier atisbo
de recuperación, agravan la contracción crediticia. En efecto, ante una
recesión por sobreendeudamiento privado como la actual, los agentes
económicos priorizan comprimir deuda.
Así, los bancos no prestan, las
empresas no invierten y reducen plantilla, mientras los hogares tiran de
ahorros (si los tienen) y no consumen. El Estado es el único capaz de
romper ese círculo infernal mediante políticas expansivas de demanda que
prioricen la creación de empleo y la redistribución de la riqueza. (...)
En el caso de la banca, se mantiene estrangulado su acceso a la
financiación mayorista mientras ven reducirse los depósitos de sus
clientes. Por el lado del activo, aumenta la morosidad de sus préstamos,
en especial el promotor (auténtica subprime española), pero no solo, y cae el precio de los bienes raíces que las entidades mantienen en propiedad. (...)
En efecto, las mayores provisiones no sirven, como no sirvieron las anteriores, mientras persista el austericidio impuesto por los acreedores y defendido por el gobierno.
De
igual modo, por más que se saneen los balances, si persiste la recesión
con un elevado desempleo (superior al 26%) se verán dañados activos
ahora sanos. Tampoco se ataja el problema de raíz, un modelo financiero
donde el riesgo de la actividad bancaria se hace colectivo, aunque no
sus ganancias.
Como muestra el caso de Lehman, es cierto que dejar caer a
un banco conlleva un efecto sistémico mucho más costoso todavía. Pero
el debate debiera ser entonces no tanto su rescate, sino para qué se
rescata y si nos podemos permitir el modelo bancario vigente.
De igual
modo, la crisis de los bancos es reflejo de una crisis social; la de las
crecientes desigualdades que alimentaron la burbuja de deuda privada y
la recesión, ahora ante unos niveles de desempleo y pobreza que son
también sistémicos. Si no se invierte el orden de prioridades para el
rescate, el resultado, como veremos, supone socializar deuda privada. Y
solo para que todo siga igual." (Antonio Sanabria, Colectivo Novecento, en Rebelión, 07/03/2014)
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