"(...) Lo único que sé, por si os interesa, es que el país que deja, y que a
lo peor recoge de nuevo -aunque con menos zarpas, o id a saber-, es
infinitamente inferior, cualitativamente, al que recibió.
Y que la gente
que se ha quedado en la cuneta puede que él no la cuente, que ni
siquiera la sienta, pero está aquí, más punzante su realidad que nunca
en esta Navidad en la que quienes tenemos algo todavía pasamos lista una
y otra vez para establecer las prioridades de nuestra solidaridad.
Las
penurias han alumbrado comportamientos fraternos pero también han dejado
establecida a una nueva casta mezquina, de gente joven que explota a
otra gente joven y se escuda en la crisis para cobrar comisiones por
ayudarla a malvivir.
Y ha dejado a personas que no quieren castigar la
maldad perpetrada, ni que los mandamientos de la economía dominante
hayan sido aplicados por abajo y con saña por quienes, gobernando, han
visto en la crisis su oportunidad de revancha de clase.
Nos deja un país encanallado por la permanente exhibición de
impunidad de los ladrones de alto copete y nos deja una legislación
pervertida que multa a la viuda y encarcela al huérfano, y persigue al
desposeído y se ensaña con quien protesta.
Nos deja una Canción de
Navidad en donde ni siquiera hay Scrooges, ni fantasmas, sino
ventanillas de no vuelva usted ni mañana ni nunca, y esqueletos de una
vida anterior en la que los trabajadores, al menos, sabían que la
esclavitud que habían dejado atrás al menos, con la unión de todos,
podría ser mantenida a raya.
Nos deja el vacío de los hijos que
emigraron para ganarse el pan fregando platos, o no, con sus títulos
bajo el brazo.
Nos deja, a muchos, este Don Pantuflo de la Lanza en el Pecho, las
ganas de largarnos para no volverle a escuchar, ni volver a escribir
sobre él y nuestra circunstancia. (...)" (Maruja Torres
, eldiario.es, 16/12/2015)
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