"(...) ¿vivirán los hijos peor que sus padres? (...)
En este horizonte de incertidumbres las expectativas para todos parecen
cada vez más pequeñas y las previsiones apuntan sombras. Jordi Gual,
economista jefe de CaixaBank, ha constatado que los jóvenes que se
incorporaron hace poco al mercado de trabajo solo verán que se
multiplica por 1,5 el nivel de vida del país durante sus años activos.
En comparación, otras generaciones lo tuvieron bastante mejor. Quienes
empezaron a trabajar en 1960 y se jubilaron durante 2005 multiplicaron
por 5,9 esa prosperidad y los que lo hicieron entre 1980 y 2025
disfrutarán de un 2,2. (...)
¿Salud, ingresos, familia? Da igual. La “gente percibe que vive rodeada
de inseguridad y la economía vuelve a ser una amenaza y no una promesa
de prosperidad”, relata Emilio Ontiveros, responsable de Analistas
Financieros Internacionales (AFI). (...)
Los españoles, los franceses, los griegos… están muy insatisfechos
con su nivel de vida. Hay que romper esa sensación de interinidad que
impregna las decisiones básicas de las familias”.
Desde luego resulta imposible desprenderse de ese sentimiento de
precariedad sí, como intuye Carlos Martín, director del Gabinete
Económico de Comisiones Obreras (CC OO), “nos movemos hacia un empleo
cada vez peor remunerado. (...)
No estoy diciendo que se haya perdido toda una generación, pero una
parte de estos jóvenes tendrá un nivel de vida inferior al de sus
padres”.
Sin citarla, el experto deja entrever otra fractura. Tal vez la más
grave y la que incendia este fenómeno de las expectativas menguantes. La
inequidad.
O sea, la desigualdad de rentas y oportunidades. Años de
crisis económica y globalización han dejado ganadores y perdedores.
Entre los beneficiados encontramos a viejos conocidos.
“Las élites, las
clases altas de Occidente así como las medias y bajas de los países en
vías de desarrollo. En la otra orilla, los más pobres, los desheredados
del planeta y las clases medias y bajas de occidente”, enumera Ángel
Saz-Carranza, director de EsadeGeo. (...)
En un sistema que parece diseñado para que la prosperidad de unos se
haga a costa de los otros, las clases medias viven su particular
Waterloo. En una sociedad empobrecida, individualista y fragmentada,
resulta impensable un bienestar equitativamente distribuido sin la
capacidad de compra de esas clases. Pero si el poder adquisitivo es un
estado de ánimo, el de muchos españoles transita por la depresión.
La
socióloga y expresidenta del CIS Belén Barreiro, a través de la
consultora que preside, MyWord, ha cartografiado este sentimiento. Los
datos que maneja —a partir de una encuesta a 2.500 personas— narran que
un 60% de los ciudadanos cree que los jóvenes vivirán peor en el futuro
que sus padres y un 30% piensa que hay más diferencias entre
generaciones que entre clases sociales.
“Existe una brecha generacional y
los chicos nacidos después de los años setenta tienen peores
condiciones de vida”, analiza Barreiro. “Sin embargo, no se resignan
frente a esta vulnerabilidad. Han sabido organizar su vida de otra
forma. Esto justifica, por ejemplo, el auge de la economía
colaborativa”. Además tampoco claudican en los terrenos políticos. En
vez de abstenerse crean partidos nuevos como Podemos o Ciudadanos. (...)
Casi la mitad de los chicos que quieren trabajar no tienen dónde. Cómo
contarles que vivirán mejor que sus padres. Además, por lógica, el
desánimo lleva a la claudicación y de ahí al abandono. Y no solo en
España. Muchas personas tras bastante tiempo buscando trabajo desisten.
En la eurozona un 6,3% de la población inactiva reconoce que a pesar de
que desearía trabajar, ya no busca ocupación. Los ingresos no son un
aliciente. El año pasado el salario mínimo interprofesional español era
de 9.080 euros anuales, solo unos 100 euros más que hace cinco años. (...)
Con todo lo que pensábamos que era sólido amenazando ruina, nos
encaramos con una Europa muy distinta en la que “las sociedades serán
cada vez más desiguales, más fragmentadas, más americanizadas [con el
auge de las pensiones privadas] y con segmentos de la población que
quedan atrás”, vaticina Roberto Ruiz-Scholtes, director de Estrategia de
UBS.
Es también la constatación de un Viejo Continente que pierde
pujanza frente al imparable advenimiento de las economías emergentes y
sus clases medias. El propio banco suizo en un reciente informe (House
View-Years Ahead) retrata esta Europa menguante que llegará en 2050.
Las
causas las encuentra en la pérdida de más de 15 millones de habitantes
(casi el censo de Holanda), el desplome de la población activa, el
crecimiento de los mercados emergentes y la menor participación europea
en el PIB mundial, que podría situarse por debajo del 10% dentro de 35
años. Incluso la rica y cerrada Suiza, cuya población activa se
contraería un 25% en 2050, se enfrentará al dilema de elegir entre más
inmigración o menor prosperidad. (...)" (
Miguel Ángel García Vega
, El País, Madrid
3 ENE 2016)
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