6.4.16

Grecia debió emitir una moneda interior, ligada al euro, y electrónica, para pagos a empleados públicos y prestaciones al objeto de impedir el cortocircuito financiero impuesto por la UE

"Las esperanzas abiertas en Grecia se truncaron el pasado verano, desanimando y confundiendo a propios y extraños. Conviene mirar con serenidad a lo que sucedió en términos objetivamente estructurales. Así como a las decisiones que los actores adoptaron en esas condiciones. (...)

Sin embargo, hubo varias carencias. En primer lugar, habían previsto una negociación en la que el Eurogrupo “estaría más preocupada de evitar un seísmo para la eurozona” y que, gracias a un marco razonable de negociación, sería posible adecuar la política griega a una relación aliviada con la UE. 

En segundo lugar, se jugó permanentemente con la responsabilidad que tenía que adoptar el club de acreedores –principalmente instituciones europeas públicas y gobiernos nacionales- que “no se atreverían a proseguir en el erro”. En tercer lugar, el primer ministro y su segundo ministro de finanzas no contemplaron ninguna posible réplica a un contexto de intransigencia de los acreedores.

 Únicamente, en el seno del Comité de la Verdad de la Deuda Pública, promovido por Zoe Konstantopoulou y coordinado por Eric Toussaint, se estudiaron no sólo el origen y carácter de la deuda, sino las reflexiones apropiadas para responder el probable autoritarismo financiero de la Troika. Si bien sus conclusiones no fueron contempladas.   (...)

Un factor decisivo fue la soledad del gobierno que tuvo que enfrentarse a la decisión que tuvo que tomar: contaba con el beneplácito del pueblo griego en su referéndum para no acatar, pero no tenía ningún gobierno amigo de su parte, las ayudas rusa y china sólo servían para un periodo corto, y la desesperación les hizo abrazar la financiación de 80.000 millones de euros del Mecanismo Europeo de Estabilidad, y todas sus draconianas condicionalidades. 

La consigna de “ningún sacrificio por el euro” se tornó en “cualquier cosa por el euro”. No se sabía que hacer fuera de ese marco. (...)

Lo que experimentamos en esta tragedia era también que las élites europeas estaban realizando una metamorfosis para consolidar las políticas e instituciones que servían a sus intereses, lo que daba luz a una estrategia austeritaria irreversible en la que negociación no tenía sentido. 

En todo el periodo de negociación se estaba fraguando un proyecto de refundación de la UE, plasmado en lo que ha venido en llamarse Informe de los 5 presidentes. Este se aprobó en el mismo verano.  (...)

Las élites europeas han puesto su “plan” para Europa, la única alternativa que decían posible. 

Pero sí la había. (...) Eso suponía tener ideado un proyecto para, dado el caso, establecer un marco de control de movimiento de capitales, antes de la fuerte fuga que se produjo. Preparar una nueva autoridad monetaria y sistema bancario público; interviniendo la banca para tratar de rescatar los activos cubiertos con solvencia. 

Una emisión de una moneda interior –en principio ligada al euro, y posiblemente electrónica, pero susceptible de devaluar, y de uso para pagos a empleados públicos y prestaciones o para exigir el pago de impuestos en ese tipo de moneda- para impedir el cortocircuito financiero que pudiera ocasionarse.

 Suponía también contemplar las conclusiones del Comité de la Verdad que formulaban y evidenciaban las bases económicas y jurídicas para adoptar una suerte de impago selectivo (aunque se enfatizó en el informe que toda la deuda era ilegal, ilegítima, insostenible y odiosa).

El contraste con el Tercer Memorándum planteaba un dilema espantoso. O sufrir tres años de recortes severos y privatizaciones y varias décadas de sometimiento y hundimiento, a cambio de financiación para la subsistencia de los bancos; o establecer una política propia, de autogobierno que implicaba desobedecer y que, podría generar, pero no necesariamente de inmediato (lo que podría haber dado algo de tiempo para prepararse y esperar cambios de gobierno favorables en otros países), una interrupción de los programas europeos y un cortocircuito del BCE en la provisión de euros. 

Ese segundo escenario, sin preparación –de la población, de las instituciones, de los instrumentos para enfrentarse a él- habría sido catastrófico. Tsipras asumió que no estaba preparado ni preparó lo que por su parte le correspondía. 

Pero con preparación, con un plan B, podría haberse enfrentado, posiblemente con grandes dificultades al comienzo –empobrecimiento relativo importante, etc…-. Ese escenario podría haber conducido a Grecia a varias posibles situaciones: convertirse en un país de la UE sin el euro, como cualquier otro del Este-, o configurarse como una nueva Cuba en el continente. 

Pero habría abierto el camino para otros gobiernos del cambio. El petróleo ya no está tan caro, al menos por ahora. Se contaría con recursos adicionales (se dejaría de pagar parte de la deuda y una reforma fiscal y la lucha contra el fraude lo haría posible), y con una tasa sobre el turismo y otros bienes y servicios de exportación, podrían acapararse euros para las transacciones exteriores.  

Grecia no podría conseguir un gran desarrollo sola, pero habría realizado el primer paso necesario para que otros se sumasen y articulasen. Grecia decidió no tomar ese paso, sufrirán el desgarro de que un gobierno de izquierda ha de aplicar el programa de austeridad más severo de Europa. 

Pero sigue habiendo alternativa, otros habrán de atreverse y, esperamos que sí, si las fuerzas de izquierda en Grecia todavía gobiernan, esperamos contar con ellas."                 (Daniel Albarracín, Economái crítica y crítica de la economía)

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