"(...) Lo primero que debe señalarse es que no
hay ahorro inmediato significativo de la supresión de las diputaciones
provinciales. Debe tenerse en cuenta que los funcionarios permanecerían y
los servicios que actualmente se ofrecen deberían seguir prestándose.
Si se suprimieran, sí desaparecerían los gastos directamente asociados
con los órganos de gobierno, pero los bomberos, las imprentas
provinciales, algunos servicios sociales (tienen muy pocos), los
servicios de recaudación de tributos municipales, las carreteras y otros
servicios deberían proseguir, al menos a corto plazo.
Sentado lo anterior, las diputaciones provinciales constituyen hoy en España la principal fuente de ineficiencias en el sector público.
Sirva como ejemplo ilustrativo que en alguna diputación hace años que
se pactó una jornada laboral de 30 horas. Además, por lo general, es
sabido que los sueldos públicos en las diputaciones no soportan
comparación con las demás administraciones.
Por otra parte, los
incentivos son perversos: la diputación provincial no recauda ninguna clase de impuestos
de los ciudadanos. Solo tienen la potestad de establecer un recargo
provincial sobre el Impuesto de Actividades Económicas, cuya reforma en
2002 lo despojó del grueso de sus bases imponibles.
Y siendo que no
exigen tributos, gastan
volúmenes de recursos considerables como hemos visto, sin que los
votantes sepan de donde provienen. Lo anterior se agrava con su
naturaleza política de representación indirecta: los diputados
provinciales son elegidos formalmente por los concejales de la
provincia, en la práctica, por los partidos políticos.
La literatura económica ha identificado
múltiples ineficiencias cuando una administración pública puede gastar
sin recaudar y sin necesidad de ser reelegido: hay ausencia de
responsabilidad, intercambio de votos que impulsan un gasto excesivo, u
otros problemas. Así nos encontramos con casos como alguna diputación
que tiene una política de natalidad, lo que nada tiene que ver con sus
funciones legales.
Si bien los beneficios no serían de un día para otro, la supresión de las diputaciones provinciales no tardaría en permitir ahorros significativos.
Supongamos que se realiza mediante la integración en las comunidades
autónomas, tal como se hizo en su momento en Asturias, Cantabria,
Madrid, Murcia y La Rioja (los consejos y cabildos Insulares no se
cuestionan).
Así, las diputaciones provinciales en 2014
realizaron gastos de inversión por importe de 1.401 millones, cuya
necesidad es probablemente muy discutible, al menos en parte.
Todos conocemos alguna anécdota de la construcción de un polideportivo
en un pueblo en el que la persona más joven tiene 60 años.
O bien, si
aceptamos que existen amplias ineficiencias en los 2.500 millones de
consumo público de 2014 (personal más gastos en bienes y servicios), en
pocos años ese gasto se reduciría.
Otra fuente de ahorro importante en el
medio plazo vendría de que las actuales diputaciones provinciales, una
vez integrados sus servicios en las comunidades autónomas, permitirían a
estas suprimir sus propios servicios provinciales.
Actualmente existen duplicidades entre servicios provinciales de
comunidades y diputaciones (por ejemplo en Castilla y León o en
Andalucía). Este proceso necesitaría su tiempo, bastaría con no reponer
las plazas de los empleados conforme se vayan jubilando, pero sucedería
en todo caso.
Ciertamente las ineficiencias no se manifiestan en todas las diputaciones provinciales por igual y por supuesto que se prestan servicios útiles a los ciudadanos del medio rural. Nadie lo discute, lo que merece una reflexión es si lo mismo podría hacerse con menos recursos y menos implicaciones en términos de clientelismo
político.
Suprimir las diputaciones introducirá una reducción de los
conflictos políticos locales entre estas y las CCAA, mejorará la calidad
e imagen de los servicios públicos y como hemos tratado de ilustrar en
estás líneas, reducirá el gasto público innecesario." (Alain Cuenca, Bez)
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