"Hace un par de semanas pude escuchar a bordo de un tren entre Londres y
Norwich una conversación entre dos mujeres de mediana edad.
Opinaban sin
discreción alguna (para que luego digan que en el Sur somos unos
gritones) sobre el referéndum del próximo día 23 en el que el Reino
Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte decidirán si permanecen o no
en la Unión Europea.
Una de ellas concluyó su amarga queja sobre la
campaña diciendo “No sé qué hacer. La cabeza me dice que vote a favor de
que nos quedemos. El corazón, de que nos marchemos.” (...)
No son los primeros, ni serán los últimos, que encuentran en el pueril
dilema entre corazón y cabeza un símil que les ayude a enfrentarse a una
decisión de enorme complejidad y desconocidas consecuencias. (...)
No era nada casual que aquella conversación la sostuvieran dos
mujeres entradas ya en los cincuenta ni que tuviera lugar cerca de
Norwich, la capital de Norfolk. El apoyo al Brexit es mayoritario entre
los mayores de 55 y en la Inglaterra más rural y conservadora.
Los otros
fortines geográficos de los que se sienten hartos del dictado de
Bruselas son Yorkshire y las Midlands, regiones devastadas por la
desindustrialización de los ochenta (como retrata magistralmente Shane
Meadows en sus películas, mucho menos plomo que cualquiera de Ken
Loach), zonas en las que curiosamente –o no-- la inmigración es mínima.
Apenas hay en ellas asylum seekers [refugiados] o polish plumbers
[fontaneros polacos], los dos animales míticos favoritos de la prensa
tabloide británica, espantajos que sacan a pasear para indignar a la
masa blanca anglosajona temerosa de que los extranjeros diluyan la
cultura autóctona o les roben el trabajo.
Y es que la inmigración es uno de los dos puntos focales de la
campaña del Brexit. Una Gran Bretaña fuera de la UE podría imponer
cuotas a los migrados desde Europa del Este y expulsar a los que se han
instalado y no trabajan o viven de ayudas sociales (el extranjero jeta,
otro animal mítico). Si estos argumentos les recuerdan a los de Trump y
sus seguidores es por un motivo: son los mismos.
Trump y Boris Johnson,
la cabeza política más visible del Brexit, se han erigido en portavoces
de los angry white men, es decir, trabajadores no cualificados
que se sienten amenazados por la diversidad étnica y que se encuentran
en precaria situación económica debido en parte a una globalización que
trajo una competencia comercial a escala planetaria y que terminó
arrasando el tejido industrial de su país a golpe de deslocalización.
No
en vano el otro vector que define a los brexiters es el nivel
educativo: sólo el 30% de quienes tienen estudios universitarios apoya
la salida del Reino Unido de la UE; la proporción sube al 70% entre los
que no alcanzaron a completar sus estudios secundarios. (...)
La política comercial es otro de los focos de la campaña del Brexit. Un
Reino Unido fuera de la UE podría proteger mejor sus intereses
comerciales, negociar directamente con socios quizás más interesantes
que Grecia o Bulgaria, y además podría salvaguardar a sus ciudadanos de
la miríada de excesivas y absurdas regulaciones europeas, como por
ejemplo las que regulan el tamaño de los pepinos y manzanas.
Este de las
frutas y hortalizas es uno de los casos que más gusta mencionar a los
partidarios del UKIP como ejemplo de la opresión de Bruselas aunque
siempre he pensado que es un asunto tan trivial que más bien es un
ejemplo de lo opuesto. (...)
¿Tienen sentido económico todos estos argumentos? La respuesta corta es
“No”. Déjenme desarrollarla. La economía británica tiene una enorme
dependencia económica de la UE, que representa la mitad de su volumen de
intercambio comercial. Sin embargo el Reino Unido representa para la UE
apenas un 10% de sus transacciones comerciales.
Así que quien tiene más
que perder del Brexit son los británicos y no las empresas
continentales, que estarán encantadas de ver desaparecer a un fornido
competidor. Pese a ello, los partidarios del Brexit están convencidos de
que el país podrá mantener un estatus intermedio similar al de Noruega o
Suiza que le permitirá comerciar sin trabas con la UE (si este
argumento les recuerda a alguno de los esgrimidos a favor de la
independencia de Cataluña es por un motivo: fue uno de ellos).
En esa posición privilegiada el Reino Unido, dicen, podrá negociar
nuevos tratados de intercambio con su aliado transatlántico, los Estados
Unidos. Barack Obama frustró este propósito durante su visita a Londres
el pasado abril, en lo que representó el punto más bajo de la campaña a
favor del Brexit. El presidente norteamericano declaró que el Reino
Unido “would be at back of the queue,” es decir, estaría al final de la
cola, en cualquier negociación comercial que Estados Unidos mantenga con
socios potenciales. (...)
El Reino Unido basa su enorme fortaleza económica en gran medida sobre
su formidable capacidad de atracción de inmigrantes cualificados. Pese a
las historias sobre refugiados que abusan de ayudas y subsidios o que
traen consigo horrorosas enfermedades, la evidencia es clara: los
inmigrantes son personas que cuentan en promedio con una educación,
iniciativa y salud superiores tanto a las de sus compatriotas como a las
del ciudadano medio del país de acogida.
Al ser más jóvenes y sanos
suponen una contribución neta al sistema de pensiones y causan un gasto
sanitario mínimo. No representan una carga fiscal, al contrario.
En cuanto a su efecto sobre el mercado de trabajo, es discutible que
su presencia reduzca los salarios de los nativos con los que compiten,
generalmente los menos cualificados. Los economistas han encontrado
evidencia a favor y en contra de esta hipótesis, pero el consenso es que
este efecto negativo sobre los salarios, si existe, es pequeño.
En
definitiva, los inmigrantes son una fuente de riqueza para una economía
desarrollada como la británica. No es casualidad tampoco que el apoyo al
Brexit en Londres y sus boroughs (distritos), un auténtico crisol multicultural, sea mínimo.
Así que el consenso entre los economistas sobre las consecuencias negativas del Brexit es apabullante. (...)
Y sin embargo, pese a los elaborados informes de reputados centros de
investigación y de la impresionante lista de economistas y académicos
que lo respaldan, solo un tercio de los británicos está de acuerdo con
ese diagnóstico. ¿Por qué?
(...) lo que muchos no entienden –sean economistas o no-- es el papel que en
nuestras vidas tienen la autonomía personal y la necesidad de encontrar
un sentido a nuestra existencia. (...)
No puede esperarse que la gente común acepte sin más que se le arrebate
el control de su existencia. Que se le repita una y otra vez que no hay
alternativa; que la austeridad es la única política económica viable,
que el aumento de la desigualdad es consecuencia inevitable de las
nuevas tecnologías y que mejor no redistribuyamos no vaya a ser que
espantemos a los creadores de riqueza.
No, no puede esperarse que los
ciudadanos se conformen con aceptar siempre el menor de los males,
esperar que no anhelen tomar las riendas de sus vidas para dirigirlas
hacia un futuro mejor, por mucho que este futuro sea incierto y esté aún
por escribir." (Santiago Sánchez-Pagés, CTXT, 15/06/16)
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