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–¿Cómo se compone hoy el electorado de Trump?
–Haciendo
a un lado elementos racistas, ultranacionalistas, y fundamentalistas
religiosos (que no son menores), los partidarios de Trump son en su
mayoría blancos de clase media-baja, de la clase trabajadora, y con
menor educación, gente que ha sido dejada de lado durante los años
neoliberales.
Su popularidad es, en cierta medida, alimentada por el
miedo arraigado y la desesperanza que pueden ser causados por un aumento
alarmante en los índices de mortalidad para una generación de escasa
educación.
Que la mortalidad esté aumentando en estos sectores es una
cuestión desconocida en las sociedades desarrolladas, y un signo de
profundo malestar social. Los salarios reales de la población masculina
están a nivel de la década de 1960.
El crecimiento económico ha ido a
los bolsillos de una pequeña minoría, que vive en un mundo diferente de
la gran masa de la población. La inseguridad laboral ha aumentado y esto
ha sido el fruto de una decisión consciente.
–¿Podría ampliar esto último?
–El
ex presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, llegó a explicar
al Congreso que sus éxitos en la gestión de la economía, que condujo a
un desastre global, se basaron en una “creciente inseguridad laboral”;
una noticia maravillosa porque significa que las personas que trabajan
ni siquiera tratan de conseguir una porción de la torta, y las ganancias
para los ricos son seguras.
En este sentido, si los trabajadores
carecen de seguridad y viven vidas precarias seguramente renuncien a sus
demandas. No intentarán conseguir mejores salarios.
Esto es lo que,
técnicamente hablando, Greenspan llamaba una economía “saludable”. Es
evidente que las opiniones de los trabajadores y los pobres son
prácticamente ignoradas en el sistema político, que responde casi en su
totalidad a los poderosos, como demuestran todos los estudios que se
hacen a este respecto.
Están indignados y lo están con razón, pero como
suele suceder, están dirigiendo su rabia contra minorías todavía más
victimizadas que ellos: los inmigrantes y otros grupos víctimas de un
“bienestar tramposo” (todo tipo de personas que de alguna manera se cree
que están recibiendo lo que no están recibiendo) inventados por la
propaganda de la derecha.
–¿Qué rol jugó la apelación al miedo como estrategia electoral?
–En
el caso de Trump, parece que su atractivo se basa en ideas de pérdida y
de miedo. El ataque neoliberal a las poblaciones del mundo no ha dejado
de afectar a Estados Unidos. La mayoría de la población se ha estancado
o sufrido algún deterioro, mientras que se ha acumulado una riqueza
impresionante en pocos bolsillos.
También es importante advertir que
Trump obtiene un importante apoyo de nativistas y racistas. Sus
partidarios, en su gran mayoría blancos, pueden ver que está
desapareciendo la imagen que guardan de una sociedad dirigida por
blancos.
–Hace poco evocó al surgimiento de Hitler para referirse al de Trump. ¿En qué sentido lo hizo?
–Voy
a citar lo que dije: en un libro de hace más de una década yo citaba al
eminente académico de la historia alemana Fritz Stern, que escribió en
el periódico de la clase dominante Foreign Affairs sobre “la decadencia
en Alemania que iba desde la decencia hasta la barbarie nazi”.
Stern
sostenía lo siguiente: “Hoy me preocupa el futuro inmediato de Estados
Unidos, el país que acogió a los refugiados de habla alemana en la
década de 1930”, incluido él mismo.
Con unas repercusiones para el aquí y
ahora que no podrían pasar desapercibidas a ningún lector atento, Stern
examinaba el demoníaco llamamiento de Hitler a su “misión divina” como
“salvador de Alemania” en una “transfiguración pseudorreligiosa de la
política” adaptada a las “formas cristianas tradicionales” que dirigen a
un gobierno dedicado a los “principios básicos” de la nación, con “el
cristianismo como la base de nuestra moralidad nacional y la familia
como la base de la vida nacional”.
Además, la hostilidad de Hitler hacia
el “Estado laico liberal”, que compartía una gran parte del clero
protestante, motorizó “un proceso histórico en el que el resentimiento
hacia un mundo laico desencantado encontró su liberación en la extasiada
huida de la sinrazón”. Eso fue mucho antes de que Trump apareciera en
escena. Trump no es un fascista.
Apenas tiene una ideología coherente
perceptible. Pero su movilización de sectores religiosos racistas,
ultranacionalistas, y fundamentalistas religiosos, junto con un número
importante de gente que está muy enojada y resentida por haber sido
marginada a un costado mientras se diseñan políticas para enriquecer y
potenciar a los ricos y poderosos, es un peligroso caldo de cultivo, que
de alguna manera evoca a finales de Weimar, de modo similar a lo que
escribió Stern mucho antes de que el fenómeno Trump trajera estas
tendencias a la superficie.
–¿Quién cree que ganará la elección presidencial?
–Probablemente Hillary Clinton, pero no es una cosa segura. (...)" (Entrevista a Noam Chomsky ,Bárbara Schijman , Página/12, en Rebelión, 07/06/16)
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