5.10.16

La desigualdad en el mundo contemporáneo se parece cada vez más a la del siglo XIX... a la que produjo la 1ª guerra Mundial, y la segunda...

"Branko Milanović es una rara avis: un economista empírico al que no le asustan la historia ni la política. El académico serbio, afincado en Estados Unidos, lleva décadas estudiando la desigualdad a nivel global (...)

Los resultados son sorprendentes, y dibujan un panorama en el que el mundo contemporáneo se parece cada vez más al del siglo XIX. (...)

En términos generales, ¿cómo ha sido esa evolución?

La desigualdad a nivel global es extremadamente alta, pero en las últimas décadas ha descendido ligeramente. Ese descenso viene ocasionado por las altísimas cotas de crecimiento de China, India, Indonesia o Vietnam. La desigualdad va en claro aumento en prácticamente todos los países del mundo, con alguna excepción, como Brasil. 

Ha crecido mucho en Estados Unidos, Reino Unido, Rusia, China, India, Suecia, Alemania... Pero a nivel global desciende porque lo que cuenta es el crecimiento sostenido de China en las últimas décadas.

Señala en el libro que el mundo de hoy se parece cada vez más al del Siglo XIX. ¿A qué se refiere?

En el siglo XIX, la mayor parte de las desigualdades se producían dentro de cada país. En otras palabras, existían los aristócratas y los pobres campesinos, tanto en Rusia como en el Reino Unido o China. La brecha entre países era mucho menor. 

Hoy en día, lo que prima es la brecha entre los países, muy por encima de las diferencias dentro de cada país. Pero -y este es el asunto crucial- si China, Indonesia y otros países siguen creciendo al ritmo de las últimas décadas, esa brecha va a cerrarse, y entonces el elemento nacional volverá a cobrar suma importancia.

¿Es ese el motivo por el que apunta que Marx se está volviendo cada vez más relevante?

Sí, exactamente. En el mundo de Marx, en el Siglo XIX, las diferencias dentro de cada país eran cruciales, y se podía vislumbrar un interés común, un frente común, entre todos los pobres, fueran argentinos, franceses o indios. 

Como he explicado, eso cambió en el siglo XX. Pero las cosas han vuelto a cambiar. Si la tendencia se mantiene, nos podríamos encontrar con el factor de clase, o nacional, en el centro de la ecuación de nuevo.

Su libro recuerda al trabajo de Thomas Piketty. Él defiende que, salvo una gran sacudida, como una guerra, el capitalismo tiene la tendencia natural de generar desigualdad. Sin embargo, usted distingue entre lo que llama fuerzas ‘benignas’ y ‘malignas’ que limitan la desigualdad. ¿En qué consiste esa distinción y cómo encaja con el trabajo de Piketty?

Bueno, el trabajo de Piketty es enormemente influyente, y lo seguirá siendo durante mucho tiempo. En mi opinión, la desigualdad varía de manera cíclica. Históricamente, antes de la Revolución Industrial, las variaciones tenían que ver sobre todo con factores ‘no económicos’, como las guerras y las epidemias, que tendían a reducir la desigualdad. En la era moderna, esas externalidades coexisten con factores económicos, o ‘benignos’, de reducción de la desigualdad. 

Me refiero a la educación, los subsidios de desempleo, los sindicatos y toda una serie de políticas de desarrollo del estado del bienestar. En resumen, si queremos reducir la desigualdad, tenemos a nuestra disposición herramientas que son buenas y otras más desafortunadas, que la reducen a base de destrucción. Piketty señala el papel jugado por la Primera Guerra Mundial. Obviamente, no es la mejor manera de reducir la desigualdad.

Su libro también hace referencia a la guerra ¿Genera guerras la desigualdad?

Diría que sí. Es lo que defiendo en el libro para el caso de la Primera Guerra Mundial (no tanto la Segunda): la enorme desigualdad hizo que las élites en los países ricos no pudieran encontrar la demanda agregada suficiente para ‘colocar’ su capital dentro del país. 

Por eso se vieron tentados a exportar el capital y luego controlar políticamente los países en los que lo habían invertido. Eso llevó a una lucha por el territorio y en consecuencia a la guerra. De modo que sí, creo que la desigualdad está en el origen de las fuerzas que terminaron precipitando la Primera Guerra Mundial. Es algo que podría volver a suceder.        

Avancemos hasta el presente. ¿Quiénes son los ganadores y los perdedores de la última oleada de la globalización, de hace veinticinco años a esta parte?

Los claros vencedores, en términos de ingreso relativo, han sido las clases medias y altas de los países asiáticos y el 1% más rico de la población mundial. Lo interesante es que si analizamos los ingresos absolutos, el ‘1%’ ha sido de largo el gran vencedor. Las ganancias se han concentrado en la parte de arriba de la pirámide.    (...)

También señala, casi en paralelo, el frenazo o incluso declive de regiones como Europa y EEUU. ¿Cómo de significativo ha sido ese proceso?

Desde una perspectiva política totalmente global, podría decirse que la globalización ha sido algo buenísimo, porque la gente pobre, como los chinos, se han beneficiado y las clases medias o trabajadoras de Occidente no han avanzado tanto. 

Pero esa perspectiva obvia que el mundo está organizado políticamente en estados-nación. La gente cuyos ingresos se han estancado en EEUU o Europa Occidental está políticamente muy descontenta y reclama cambios. (...)

¿Cuáles son las consecuencias para la democracia a nivel mundial?
 
Los efectos políticos son evidentes. Los vemos casi a diario, con el ascenso de partidos como el Frente Nacional en Francia o las ganancias de la extrema derecha en Austria o Alemania. Resulta interesante que también tenga consecuencias en China porque su modelo, no democrático, está construido en base a la expectativa de que el PIB y los ingresos reales sigan creciendo muy significativamente. Si se deja de generar ese crecimiento anual, la legitimidad de todo el sistema se pone en cuestión.

¿Qué propició, desde su punto de vista, el descenso en la desigualdad en Occidente desde la Guerra Mundial hasta los 80?

Hubo causas ‘benignas’ y ‘malignas’. La principal causa maligna fue la Guerra Mundial y todo lo que trajo consigo, incluido el de impuestos a los ricos para financiar la guerra. Terminada la guerra, eso continuó, porque una vez que se había puesto en marcha la subida de impuestos, se generó la demanda de un estado de bienestar. 

A eso hay que sumar la amenaza de revoluciones comunistas en occidente, que llevó a las élites a implementar políticas mucho más igualitarias. Eso llevó al ascenso de los partidos socialistas, que a su vez estaban ligados a sindicatos fuertes, que articulaban las demandas de mayores concesiones salariales. Todas estas fuerzas redujeron muchísimo la desigualdad. (...)

Y sin embargo, esa tendencia cambió radicalmente en los 80. ¿Cómo pasamos de un proceso de sostenida reducción de las desigualdades a nivel mundial a la realidad actual, con un aumento de la desigualdad en la inmensa mayoría de países?

Hay tres posibles explicaciones: 

la primera son los cambios tecnológicos, que acentúan la desigualdad entre quienes son propietarios de las máquinas o saben manejarlas y quienes no. 

La segunda causa es la globalización: al expandirse el mercado laboral hacia el Este, el trabajo pierde poder en relación con el capital. 

La tercera son las políticas impulsadas por Margaret Thatcher, Ronald Reagan y también Deng Xiaoping en China, que favorecieron el enriquecimiento de unos pocos con la esperanza de que terminase repercutiendo en los demás.

 Redujeron sobremanera los impuestos, incluido el impuesto sobre la herencia, y los impuestos al capital se situaron por debajo de las cargas al trabajo. Esas tendencias han continuado hasta hoy. Al expandirse el mercado laboral hacia el Este, el trabajo pierde poder en relación con el capital.

¿Qué lecciones deberíamos extraer del proceso que viene describiendo?

En primer lugar, que la desigualdad, a nivel nacional, puede convertirse en un problema global. Igual que sucediera con la Primer Guerra Mundial, en la que los intereses de las élites domésticas trajeron consigo consternación política transnacional y una gran guerra, podemos vernos en una situación en la que los niveles crecientes de desigualdad, que parecen un problema doméstico, repercutan en la política exterior, y lleven a ciertos países al enfrentamiento bélico con otros. Creo que es una lección fundamental.

Una segunda lección, muy relacionada con la primera, es que pese al enorme progreso en el bienestar material que hemos logrado, no podemos dar por terminada la amenaza de las fuerzas ‘malignas’, no solo de la guerra, sino incluso de las epidemias. Por eso conviene actuar sobre la desigualdad con las herramientas políticas, y reducirla con fuerzas ‘benignas’. "                      (Entrevista a Branko Milanovic, Álvaro guzmán Bastida, CTXT, 21/09/16)

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