"Cuando me preguntan sobre cómo son de tensas las relaciones entre
agroecología y extrema derecha en el mundo rural, se me viene a la
cabeza un ejemplo que resume una (aparente) paradoja.
Un formador en
temas de agricultura ecológica llevó adelante un pequeño parque agrario
en zonas manchegas. Estando de visita, me contó que eran los sectores
tradicionales del pueblo los que más se habían interesado por la
iniciativa. De hecho, lo que vendría a ser el «alumno aventajado» era
integrante de un partido de reminiscencias falangistas.
La redefinición
de una tradición y de actividades propias de un lugar han sido
elementos con los que históricamente ha coqueteado la extrema derecha.
Una extrema derecha que viene reformando su rostro y una pequeña parte
de su andamiaje en los últimos años.(...)
La nueva extrema derecha que bajo el nombre de Vox toma fuerza en
Murcia o Almería, así como el mundo conservador tan próximo a ella y que
tantos negocios intensivos y exportadores ha puesto en pie en Lleida o
Badajoz, habla de incremento de productividad, mejor inserción en la
globalización de mercados y de apoyar la «marca España» o la marca local
que corresponda, como resorte para favorecer la tajada de esa desigual
e insostenible mundialización capitalista.
Ni la deslocalización de
empresas que tributan en este país, ni el escaso apoyo de la Unión
Europea a sistemas agroalimentarios locales, ni la crítica de los
oligopolios interiores de la gran distribución, ni el derecho a la
alimentación saludable o a un trabajo digno aparecen en estas corrientes
conservadoras, como no lo hacen en otros muchos partidos o plataformas
agrarias.
El planeta anda inquieto climáticamente; pero Juan Roig, de
Mercadona, duerme tranquilo y también los propietarios de grandes
empresas «españolas» que se asientan como intermediarias de las naranjas
que nos vienen de Sudáfrica o los tomates de Marruecos.
Tradiciones, agroecología y costumbres en común
La agroecología como propuesta para
cuidar territorios y democratizar los sistemas agroalimentarios no le
cuadra a la extrema derecha; pero sí a sectores que leen su
cotidianidad desde tradiciones, estaciones y trabajos que se reproducen
bajo costumbres. Gran parte de estos sectores se consideran
sancionados por el mundo que viene de la globalización de las grandes
urbes.
Los mercados internacionales les expulsan, por un lado, del
acceso a ese consumo que sale de los escaparates televisados de Nueva
York o de Madrid. Y por otro lado, los discursos de corte crítico
(llámese izquierda, ecologismo, feminismo o la propia agroecología)
beben más de tuits y libros editados en Nueva York o en Madrid que de
los descontentos y expresiones nacidos en el medio rural.
La tradición en el medio rural funciona
con el criterio de la naturaleza de que «aquí no hay residuos», todo se
aprovecha, la austeridad es un bien valorado. Tradicionalismo y
agroecología coinciden en reivindicar lo autóctono, sean variedades
locales o manejos sostenibles aunque no tengan una certificación «eco»
de la administración. Hablan en primera persona del plural, de relación
ancestral con un territorio común.
Entienden que la agricultura y la
ganadería extensiva se han dado la mano históricamente: estiércol,
estiércol y estiércol son las tres claves del cierre de circuitos
energéticos y materiales para un aprovechamiento eficiente de recursos,
en palabras de J. D. van der Ploeg.
No ven con agrado ciertos
planteamientos del «animalismo urbanita» que no reconoce, ni quizás
sepa, de los procesos agroganaderos que han puesto en pie nuestros
territorios y nuestras vidas, desde la trashumancia hasta el mutuo
aprovechamiento de animales y cultivos para el desbroce, la
fertilización o la disponibilidad de proteína en el medio rural.
Cuando hablo de ecología en las comarcas
altoextremeñas donde vivo, suelo interpelar a los agricultores
convencionales con esta pregunta: «¿No se acuerdan ya de cómo hacían
nuestros abuelos y abuelas para ayudar a crecer huertas y frutales de
forma más sana?».
Sirve de nexo, apela a una credibilidad compartida,
supone un reconocimiento de lo que se ha hecho hasta ahora, intenta no
minar su autoestima, antes al contrario. Son elementos fundamentales
para la difusión de marcos cognitivos, de mensajes sociales: apelar a
la experiencia y a la cultura que se comparte.
¿Se opone la agroecología a los
postulados de la extrema derecha? Sí, se opone. Como tradición
cultural, la agroecología pertenece a esas «costumbres en común» (E. P.
Thompson, E. Ostrom) propias de mundos rurales y que solían manifestar
unas dosis de solidaridad con las personas próximas (una familia
comunitaria, un pueblo, una comarca) y un cierto cuidado con lo que
deberíamos dejar a generaciones futuras.
Y en su hacer práctico, porque
pretende imitar procesos naturales (biomímesis diría Jorge Riechmann)
para reconstruir sistemas agroalimentarios locales y resilientes,
organizados según rasgos culturales propios de un lugar y orientados a
nutrir saludablemente nuestros cuerpos.
El voto del medio rural y la extrema derecha
Sin embargo, en un ir y venir de
discursos simples y agresivos, la extrema derecha está encontrando un
espacio de implantación que no favorece un caldo de cultivo de la
agroecología ni de otros postulados emancipadores. Vox ha crecido
exponencialmente en votos el 10N, aunque dista, por ahora, de gozar de
los respaldos sólidos y estructurales (instituciones, asociaciones,
sindicatos, plataformas de protesta) que observamos en Francia o en
Holanda. En estos países, el mundo rural representa un caldo de cultivo
manifiestamente superior al que aportan las grandes ciudades.
Aquí,
como explica Fernando Fernández Such, las posiciones ideológicas del
medio rural se sitúan más hacia valores de «izquierda» o «progresismo».
La plataforma ciudadana Teruel Existe puede encuadrarse ahí porque
cuando hay asociacionismo crítico, se dan otros resultados. Vox sube
espectacularmente, pero no de la mano de la «España vaciada», como
quieren darnos a entender.
Por ejemplo, en Andalucía, la derecha ha
perdido 120.000 votos entre las elecciones celebradas en abril y en
noviembre de 2019, lo cual no ha impedido el salto de Vox a costa de
comerse a Ciudadanos, a imagen y semejanza de Castilla y León. En
Córdoba, Vox llega al 20 % en la capital pero se sitúa dos puntos por
debajo en una provincia especialmente periférica y dedicada al sector
primario. En ciudades de gran predicamento de Vox, como Badajoz, la
diferencia es de 5 puntos entre capital y provincia. En general, el voto
a la extrema derecha ha subido en el medio rural, pero lo ha hecho más
en grandes ciudades.
Biblia, agroexportación y el escaparate de la riqueza
¿Qué ha ocurrido en Murcia y Almería?
Aquí se unen el fuerte descontento en aquella parte del sector primario
castigado por la mundialización económica y la progresiva implantación
de grupos de poder afines a la extrema derecha desde los noventa.
A
modo de ilustración, en Brasil se habla de la BBB para argumentar cómo
determinados círculos de poder catapultaron a Bolsonaro: Biblia
(sectores evangélicos), Buey (latifundistas) y Bala (paramilitares o
empresas de seguridad).
Aquí también podríamos hablar de la política
visceral impulsada mundialmente por el asesor de Trump, Steve Bannon, a
través del poder de círculos BAR: Biblia (grupos
católicos fundamentalistas), Agroexportación que se siente amenazada (y
determinados empresarios que arrastran a comarcas en sus proclamas
xenófobas) y Ricos de impronta franquista que seducen a sectores
precarios y a jóvenes ninis con sus valores, que van desde la
moda y el consumo de gama alta hasta el calor tribal de sentirse parte
de una «cruzada nacional».
Veamos ejemplos de las tres letras. El
ala más dura del Partido Popular y la Iglesia católica más rancia han
sido los valedores de las referencias políticas actuales de Vox en
Murcia o en Córdoba. Sobre la crisis en el campo atrapado en la
exportación: en octubre, los empresarios de los invernaderos de Granada
y Almería pusieron en pie una «huelga de hortalizas caídas», es decir,
de no venta por debajo del precio de coste.
La gran distribución no
estaba en el ojo del huracán, la defensa de la «marca España» frente a
tratados internacionales, sí. Y, en torno a la atracción de valores
fuertes y seguimiento de clases más pudientes, recordemos que en las
últimas elecciones generales Vox recibe más votos en municipios de
renta más alta, aunque se impone a Unidas Podemos en las más bajas y en
zonas donde ha enganchado con el filón rural a través de la agitación
de la caza, como ejemplifican en la Comunidad de Madrid, los pueblos
del norte y las zonas próximas a Toledo.
En el medio rural, la estrategia de BAR protagonizada por élites ultraconservadoras ha sido aliñada con el populismo simplón de políticas de bar:
recordemos la iniciativa «Cañas por España» con la que Vox pretendía
captar a jóvenes, o la invitación a corear mensajes que apelan a la
visceralidad de un Madrid-Barça («¡a por ellos, oe!»).
Vox no busca
resolver problemas (quizás sí el de empresarios de la política como
Santiago Abascal), sino conectar con la rabia frente a un mundo que
parece desmoronarse, que llena el panorama de incertidumbres económicas.
Apela sobre todo a los «hombres maduros cabreados», refuerza las
masculinidades agresivas y de paso se ofrece como partido
antiestablishment.
Su programa, en el medio rural, no aborda ni
explícita ni implícitamente medidas que puedan mejorar los servicios y
derechos de personas del medio rural, tampoco el desafío de los mercados
controlados por oligopolios. Han encontrado en convocatorias alrededor
de la caza o la tauromaquia una serie de temáticas puntiagudas con las
que reinterpretar lo que es tradición, conectar con ellas y «mostrar»
que hay un acoso y derribo al medio rural por parte de una élite
progre.
También se han encontrado con sus limitaciones. Costó dos años
sacar adelante la manifestación en defensa del mundo rural y sus
tradiciones, pues en 2017 tuvo que cancelarse. Se desarrolló finalmente
con una capacidad de movilización inferior a la de la revuelta de la
«España vaciada» también desarrollada en marzo de 2019, a pesar de que
la primera contaba con apoyos de partidos políticos, sindicatos como la
Unión de Pequeños Agricultores o ASAJA («jóvenes» agricultores) y de
las federaciones de caza.
Cada zona rural tiene, por tanto, sus
tics autoritarios sobre, fundamentalmente, la base de su inserción
material y simbólica en los procesos de globalización capitalista. Y
también sobre la presencia (o no) de tradiciones políticas
incompatibles con la extrema derecha. Por ejemplo, en Catalunya,
encontramos dinámicas xenófobas en zonas de producción intensiva
(Lleida, Vic-Osona) que se vehiculan a través de partidos catalanes,
bien tradicionales (principalmente ligados a CiU, pero no solo), bien
en nuevas expresiones muy residuales de extrema derecha como Som
Catalans, o la Plataforma por Cataluña como antesala de Vox.
La orientación política del descontento rural
El medio rural tiene un descontento de
raíces profundas y desde dichas raíces se está disputando la
orientación política y cultural hacia valores autoritarios o hacia
propuestas de transición ecosocial con justicia. Entre las raíces
históricas destacan las desigualdades territoriales y la
estereotipación. Esta creciente distancia se ha erguido desde el siglo
xx en lo económico y en lo simbólico, en el hardware y en el software.
Unas veces a conciencia: el desarrollo de un Plan de Estabilización
bajo el franquismo para beneficio de élites centrales y periféricas que
ocasionó una emigración vertiginosa y acrecentó una dualización
industrial en el país; la consiguiente desagrarización de la cultura
rural y su sustitución por las cómicas representaciones de baja
autoestima, como exhiben aquellas películas protagonizadas por Paco
Martínez Soria.
Otras veces, el desequilibrio ha
presentado tintes bienintencionados, pero ha acabado generando una
visión empobrecedora y paternalista. La denuncia de escritores como
Delibes nunca estuvo acompañada de una valorización de estrategias
colectivas o de redes de apoyo mutuo: el medio rural estaba poblado de
seres atomizados y de escasa cultura a la deriva del cacique de turno.
Sergio del Molino y su caricatura de la «España vacía», bien armada
periodísticamente pero de escasísimo asiento sociológico, como antaño
la necesidad de Buñuel de caricaturizar las Hurdes, han impulsado la
lectura del mundo de raíces campesinas como un saco de patatas que
había que salvar, visión a la que desafortunadamente contribuyera el
pensamiento del Marx más joven.
Por último, los desajustes entre
proclamas emancipatorias (sean de corte decrecentista, feminista,
socialista o ecologista) y mundo rural también discurren hoy a través
de distancias vivenciales, gramaticales, emocionales y de nudos reales
de participación.
El mundo rural clama por un feminismo de corte
propio, donde las realidades de comarca, costumbres comunitarias o
familiares puedan hacerse hueco para hablar en pie de igualdad de
formas de interdependencia y de enfrentar nuestras crecientes
vulnerabilidades. La llamada izquierda política está ausente, pues sus
agendas no se ruralizan, y cuando existe una izquierda social está aún
tenuemente teñida de agroecología.
El mundo rural precisa reinventarse
desde sus tradiciones, no desde la denostación automática de las
mismas. Por ejemplo, cuando digo Biblia no lo hago como crítica a la
religión, pues hay una espiritualidad cristiana, como prueba la
teología de la liberación, que bien puede comulgar con la agroecología.
Y el mundo urbano tendría que escuchar más las mimbres de cooperación y
de inclusión social, aparte de los manejos holísticos del territorio,
que ya existen, al margen de reproducir clichés como el de «pueblo
chico, infierno grande».
La ciudad no habita las respuestas, pero sí
podría alimentar soluciones.
El papel de la agroecología en tiempos turbulentos
Son tiempos de chalecos turbulentos. Los
habrá amarillos como en Francia, mezcla de autoritarismo nacional
(centralista o periférico) con demandas de no pagar ellos y ellas el
incremento de los cheques de gasolina. Los habrá marrones, que se
nieguen a bajarse de las economías carbonizadas o nuclearizadas, como
defensa de sus precarios medios para subsistir en su territorio. Quizás
podamos alimentar los chalecos verdes en el medio rural, en forma de
prácticas que dan vida a la agroecología frente a los postulados
autoritarios e insustentables que aceleran nuestra caída en el
precipicio.
La extrema derecha clama por el derecho a
seguir consumiendo, a usar el territorio para beneficio monetario y
por la vuelta a sistemas en los que la política del odio y de las
masculinidades agresivas se sitúan como referentes.
Pienso que quienes participamos en
tareas agroecológicas deberíamos ponernos a construir, por arriba, una
apuesta confederalista de defensa de territorios y por un derecho a la
alimentación; y por abajo, un pensar la transición en el medio rural
donde agroganaderos y agroganaderas que se perciban como innovadores o
tradicionales, busquen complicidades con una pluralidad de agentes y
economías locales.
Como hicieron en Argentina las asociaciones de
médicos rurales, en Brasil las experiencias de economía social y
solidaria junto a la pedagogía por una educación popular (rural), en
Francia las entidades locales que impulsan la tradición de mercados
próximos, o aquí colectivos rurales (ganaderas en red, guardianas de
semillas) que reinventan ecofeminismos desde sus prácticas.
La
agroecología podría encender la mecha para un mundo rural vivo que
conecte con determinadas tradiciones, las reinvente para construir
transiciones con justicia y nos evite caer en manos de la política del
odio y del neoliberalismo suicida."
(Ángel Calle Collado. Profesor de Ecología política (ISEC) y agricultor en el Valle del Jerte. Economía crítica y crítica de la economía, 13/12/19)
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