"El embrollo provocado por el desastroso recuento de los resultados en los caucus
de Iowa celebrados el pasado lunes, la primera cita de las primarias
del Partido Demócrata, ha puesto de nuevo el foco en las numerosas
irregularidades o vulnerabilidades que lastran el proceso electoral en
la democracia estadounidense. Este es un repaso a algunos de los
escándalos recientes, así como a problemas estructurales que subyacen:
La fragilidad de los 'caucus'
Tres días después de que cerraran los caucus en Iowa el pasado lunes, sigue sin haber un recuento oficial e incontestado
de una cita con menos de 200.000 votantes. El monumental escándalo ha
puesto el foco en el pintoresco sistema por el que se vota en las
primarias de seis Estados. (...)
La supresión de votantes
En las elecciones legislativas de 2018, el candidato republicano a
gobernador de Georgia se impuso por apenas 55.000 de los casi cuatro
millones de votos del Estado. La contienda estuvo plagada de acusaciones
de supresión de votantes, como se conoce a las prácticas utilizadas
para influir en el resultado de una elección al desalentar o impedir que
grupos concretos de personas participen. En este caso, las supuestas
víctimas fueron votantes de color.
Hubo denuncias de votantes a los que
se impidió participar a pesar de acudir con la identificación requerida,
colegios cerrados o cambiados sin previo aviso, larguísimas colas en de
distritos con alta población afroamericana, y complicaciones para el
registro de votantes. Ocurre que el candidato republicano, el hoy
gobernador Brian Kemp, era entonces la autoridad estatal encargada de
gestionar el proceso electoral al que se presentaba. Stacey Abrams, su rival demócrata, se ha convertido en la principal activista contra estas prácticas a nivel nacional.
Las papeletas mariposa
El diseño defectuoso de unas papeletas en el condado de Palm Beach,
Florida, pudo costar al demócrata Al Gore la presidencia en el año 2000.
Se denunciaron diversas irregularidades en aquellas elecciones que
llevaron a George W. Bush a la Casa Blanca, pero el escándalo de las papeletas mariposa
se llevó la palma.
El espacio que los votantes debían presionar para
marcar su decisión estaba desalineado con el eje que mostraba los
nombres de los candidatos, y muchos marcaron accidentalmente a un
candidato que no apoyaban o emitieron, sin pretenderlo, votos nulos.
Tras 36 días de acalorado recuento, Bush ganó Florida —y con ella la
presidencia— por 537 votos.
La ‘tiranía’ de la minoría
Todos los sistemas para convertir los votos en poder político tienen
sus pegas. Pero en un sistema casi totalmente bipartidista como es hoy
el de Estados Unidos, los desajustes son más llamativos. Donald Trump es
presidente habiendo obtenido un 46% de los votos en 2016. Recibió
2.868.686 sufragios menos que su rival demócrata.
La tendencia se
acentúa con los años: todos los presidentes que llegaron a la Casa
Blanca en el siglo XX ganaron el voto popular, pero en dos de las cinco
presidenciales celebradas desde el año 2000, el candidato de la minoría
ha llegado a la Casa Blanca. En concreto, los dos presidentes
republicanos en lo que va de siglo XXI: George W. Bush y Donald Trump.
El origen del problema está en una sobrerrepresentación del voto rural,
que en los últimos años favorece desproporcionadamente a los
republicanos.
El sesgo rural
El desequilibrio es, en parte, intencionado. Los padres fundadores
quisieron dar más peso a los votantes rurales, y por eso convirtieron al
Senado en una cámara territorial, otorgando dos senadores a cada
Estado, independientemente de su peso demográfico. Ese sesgo territorial
no debía afectar a la Cámara de Representantes ni a la presidencia.
En
las elecciones presidenciales, sin embargo, los Estados votan por
colegios electorales: los votantes eligen compromisarios, y cada Estado
tiene un número de ellos proporcional a su representación combinada en
las dos Cámaras del Congreso. Sucede que, en los últimos años (no ha
sido así siempre), el Partido Demócrata es eminentemente urbano y el
Republicano, rural.
El trazado de los distritos
En la Cámara de Representantes la distribución de escaños es más
proporcional: hay uno por cada uno de los 435 distritos o
circunscripciones electorales en los que se divide el país, que
representan a cerca de 711.000 personas cada uno. La Constitución, en
aras de la descentralización del poder, encomienda a cada Estado el
diseño de esos distritos o circunscripciones electorales en los que se
distribuye la Cámara baja.
Pero, al dominar también los dos grandes
partidos las gobernaturas y cámaras legislativas de los Estados, estos
han aprovechado para redibujar sus distritos favoreciendo sus intereses
electorales nacionales, un fenómeno que se conoce como gerrymandering.
El año pasado, el Tribunal Supremo desaprovechó una oportunidad de
frenar la práctica y falló que los jueces federales no tienen autoridad
para impedir el gerrymandering partidista." (Pablo Guimón, El País, 07/02/20)
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