"Los últimos problemas de Podemos con el PSOE son más una cuestión de ADN
que de ideología. Los de Iglesias siempre han sido así, crecieron y se
mantuvieron gracias a esos genes políticos, y, lo que es peor, les han
resultado útiles, con lo que es difícil que renuncien ahora a ellos. (...)
Podemos creció gracias a que transmitió la sensación a su espectro
político de que ellos eran el futuro, que tenían la juventud y el
talento precisos para ser una fuerza relevante e incluso para llegar a
gobernar. Su superioridad no provenía de la sensación de que sus ideas
fueran mejores que las de sus antecesores, sino de que estos habían
agotado el recorrido de su proyecto.
Los de Iglesias eran una formación permanentemente táctica en una época que ya era puro tacticismo,
y por tanto su elemento de convicción funcionaba mejor cuanto más
viejos y limitados retrataba a sus competidores. Ambas cosas se
transmitían a la vez; por una parte, se subrayaba el éxito que esperaba
al final del camino; por otra, se afeaba sistemáticamente a las otras fuerzas lo atrasadas que se habían quedado. Podemos mezclaba superioridad y recriminación a partes iguales.
Esto era claro en el lado de la izquierda: eran gente que seguía
manejando los estereotipos de la época fordista, de las familias en las
que el hombre acudía a la fábrica y la mujer se quedaba en casa. Esa
clase obrera de la que tanto hablaban había desaparecido, la sociedad era ahora feminista, ecologista, proinmigración y proLGTBI, y el trabajo ya no era el centro de la vida; por tanto, las nuevas fuerzas sociales, las que les iban a apoyar, eran los jóvenes y las mujeres.
Esto generaba bastantes problemas de encaje con la sociedad. No solo
porque las discusiones teóricas a las que tan dados eran resultasen
difícilmente comprensibles para una gran mayoría, sino porque no sabían
en qué sociedad vivían, y ni siquiera conocían bien el capitalismo
que tanto les molestaba.
Una vez más, el ejemplo de la clase obrera es
representativo, ya que no eliminaron el concepto, sino que lo
redefinieron: y pasó a ser una capa social conformada por los
inmigrantes, las personas excluidas por su opción sexual o por su raza,
las mujeres precarias y, por supuesto, ellos mismos, los jóvenes
universitarios. Incluso hubo un tiempo en que los 'ninis', después llamados 'chavs', se convirtieron en la esperanza de esa izquierda.
En eso consistía la clase obrera real, todo lo demás era clasemedianismo y nostalgia obrerista un tanto machista. Es verdad que el mundo iba por otro lado, pero no afectaba a su discurso. Trabajadores del sector servicios, autónomos, empleados y pequeños empresarios del campo, obreros de la construcción, dueños de pequeñas tiendas,
trabajadores titulados con salarios escasos, entre otros colectivos, lo
estaban pasando bastante mal, y más tras la crisis, pero esos no eran
gente que mereciese una defensa, ya que en el fondo no eran más que
clase media aspiracional, y por tanto potenciales fascistas. (...)
Después llegó esa lenta caída en la que están inmersos, cuando empezaron
a perder aceptación electoral y a tener cifras cada vez más bajas en
las encuestas. Una formación táctica modifica su ideología en función
del escenario, y así ocurrió con Podemos. Ya no era momento de ganar,
sino de sobrevivir: cambiaron de confrontación (ya no peleaban contra el
sistema sino contra el fascismo, especialmente contra Vox), redujeron
el partido a los fieles y establecieron nuevos lazos con aquella IU a la
que criticaban, ahora convertida en izquierda multicolor. No era cuestión de ideología sino de pragmatismo, y las alianzas entre Iglesias y Enrique Santiago están marcadas a fuego por esta visión (...)
De modo que se convirtieron en una formación antifascista y abrazaron el poder de lo juvenil, del feminismo y del ecologismo como la propuesta reformista de futuro. (...)
Ahora están en el Gobierno, pero no ha cambiado nada en ese sentido, y
de ahí surgen los problemas. El enfrentamiento sobre el proyecto de ley
de libertad sexual es exactamente esto: un aire de superioridad, de ser
más feminista que nadie, exhibido por la ministra y sus colaboradoras, y
las habituales alusiones a lo personal en las críticas: “Discrepar duro
es bien. Tratar a mujeres adultas como menores de edad es mal.
De ese
machismo también se sale, tú puedes”, como decía Amanda Meyer, o Pablo Iglesias tildando de machista al ministro de Justicia o Echenique
recordándonos que “cuando las mujeres redactan una ley, viene un
machote a decir: 'Yo te explico cómo hay que hacer las cosas”. En fin,
el tipo de tácticas que han utilizado a lo largo de su vida y de las que también se han beneficiado algunas figuras públicas (tuiteros incluidos) que han crecido a su alrededor.
Quizá sea el signo de los tiempos y no haya espacio para fuerzas políticas que tengan una visión clara y estratégica, que sepan leer las contradicciones de la época,
que sean conscientes de la forma en que se están articulando las
clases, que conozcan la sociedad en la que viven, cuáles son sus
problemas y dónde pulsar para transformarla.
Cuando se renuncia a todo
esto y se sustituye por el tacticismo y la confrontación permanente, la
política deja de tener sentido, por más que se saque provecho de ella.
Quizá sea así, pero creo que los tiempos ideológicos están cambiando y
que toda esta política carente de sustancia lo va a tener bastante
difícil para sobrevivir." (Esteban Hernández, El Confidencial, 06/03/20)
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