"Los resultados del supermartes demócrata han sido concluyentes. Biden ha emergido como el gran vencedor; Sanders
ha sufrido un gran revés que le pone muy difícil el éxito final —ya que
necesitaba ganar y dar la sensación de que su candidatura iba a ser
imparable y se ha quedado muy lejos de eso—; Bloomberg ha fracasado estrepitosamente y ha optado por abandonar, y Warren se ha quedado sin opciones ni de nominación ni de influencia (...)
Más allá de la situación en que ha quedado cada candidato, las primarias
demócratas cuentan con muchos elementos de interés. Desgraciadamente, el martes clave de las primarias ha tomado el camino políticamente más pobre. (...)
Si en lugar de detenerse en una terminología que ya no es efectiva, los
demócratas tomaran consciencia de cuál es el espíritu de los tiempos,
les iría mejor, pero también actuarían de modo más provechoso para su
sociedad. Estamos ante un giro político ligado con el fin de una época
y el inicio de otra que Trump identificó con bastante precisión.
Su
triunfo, que fue difundido por el ‘establishment’ como una excepción
provocada por un montón de paletos blancos resentidos, algo que sería
rápidamente corregido, es un buen ejemplo. Cuatro años después, Trump
está mucho más asentado, el Brexit ha tenido lugar y las nuevas derechas
crecidas a su alrededor se han extendido por todo Occidente. No ha
retrocedido, ha avanzado.
Es pertinente constatar que lo que ha hecho Trump durante su mandato
está muy alineado con aquello que prometió en su campaña: el repliegue
proteccionista, la relectura de la globalización y la reorganización del
mundo multilateral tienen que ver con la idea de que su país había quedado demasiado expuesto.
China, convertida en la segunda potencia mundial y con capacidad de
amenazar la hegemonía estadounidense, era un buen ejemplo de la
creciente debilidad de EEUU.
Para fortalecer su país, Trump ha promovido cambios en diferentes ámbitos:
ha apostado por la expansión internacional de las empresas tecnológicas
estadounidenses y de sus fondos de inversión (como bien vemos en
España), por mejores condiciones para Wall Street y recortes de
impuestos para los ricos, por tensionar las relaciones internacionales
para contener y debilitar la expansión china, en especial con la
tecnología, y por iniciar el repliegue en aquellas cadenas de valor que
tienen que ver con aspectos estratégicos. (...)
Más allá de sus formas, esa es la ideología de Trump y es la que está
construyendo nuestro mundo: ha combatido el orden creado con la
globalización para reordenarlo en favor de EEUU. Este fortalecimiento
estratégico a partir del refuerzo de los sectores con más poder en la
sociedad estadounidense, no obstante, tiene un precio, el aumento de la debilidad interna.
Como suele ocurrir en una economía que tiene en lo financiero un
componente muy elevado, y precisamente por efecto de la orientación
hacia los accionistas de las empresas, especialmente de las productivas,
las disparidades sociales aumentan. Las posibilidades vitales son muy
diferentes dependiendo de la clase social a la que se pertenezca, las
dificultades para pagar bienes básicos están aumentando, e incluso las
capas estables de la sociedad, como fueron las medias, observan el
futuro con preocupación. El correlato de esta falta de cohesión es la ausencia de solidez política.
Podría afirmarse que el Gobierno Trump ha hecho un EEUU más fuerte fuera, pero más débil dentro. Un asunto como el coronavirus lo pone de manifiesto.
Partamos de una evidencia: si el foco de infección no hubiera estado en
China sino en una ciudad estadounidense, las consecuencias habrían sido
tremendas. Y aún ahora, las dificultades para afrontar una crisis allí
parecen evidentes: en un país que carece de sanidad pública y en la que
un tratamiento para el Covid-19 tendría que ser abonado por personas con
escasos recursos, los contagios serían mucho más frecuentes. (...)
No se trata solo de que pueda tener lugar una recesión, sino de algo más inmediato: el simple cierre de las escuelas durante un mes dejaría sin salario a muchos de sus profesores y de su personal, que cobran por hora trabajada.
Lo que revela el virus
(...) es un buen telón de fondo que subraya las debilidades estadounidenses y,
con ellas, las del orden construido con la globalización, las cadenas
de valor dispersas y la fragilidad material de buena parte de las
sociedades occidentales. China muestra una cohesión interna mucho mayor;
por cultura, por el sistema político y por orgullo nacional en una
época de auge, pero también porque el nivel de vida ha aumentado mucho.
En EEUU, ocurre al revés.
Al mismo tiempo, y esto conviene tenerlo en cuenta, el coronavirus
está revelando las debilidades estratégicas en la economía de un
Occidente globalizado: hay muchos países (como España) cada vez más
dependientes del exterior en muchos de sus suministros estratégicos, muy
expuestos a fallos lejanos en la cadena, y con una economía muy
enfocada a las exportaciones. Además, si el mercado interno no funciona lo suficiente como para compensar
lo que se pierde por el frenazo global, y sus poblaciones tampoco
cuentan con el poder adquisitivo necesario, ya que los bienes esenciales
son caros y los salarios no permiten el ahorro, esa fragilidad interna
se multiplicará.
Biden o la nostalgia
Ahí es donde entra
en juego Sanders. Si Trump es un líder que lidia con los efectos
exteriores de la globalización, Sanders subraya los internos. Su empuje
tiene que ver con el deseo de buena parte de su sociedad, que quiere una
vida mejor, en la que los bienes indispensables para una existencia
digna, como sanidad o educación, sean accesibles para todos, que se dé
marcha atrás en las deslocalizaciones, que se promuevan trabajos con
salarios decentes, y que las deudas no les asfixien.
Demandan un giro político que apueste por la inversión en la sociedad
en lugar de las recompras de acciones. Son gente que se vuelve contra
todo ese escenario que se tejió con la globalización y que les ha
acabado perjudicando: quieren más bienestar en sus sociedades, más y
mejores empleos y mayor poder adquisitivo.
El cierre político respecto de la globalización ya está aquí, lo que varía es dónde se pone el foco. Por sintetizar, Trump y Sanders son las dos opciones políticas de nuestra época. Lo demás es Biden, es decir, la nostalgia de un tiempo que se ha esfumado. El ‘establishment’ demócrata, como aquí el europeo,
insiste en anclarse en el pasado y trata de salvar los restos del
naufragio, pero el único efecto de eso será el triunfo de las nuevas
derechas.
El programa imposible de Biden
Biden sirve aquí como ejemplo:
es el máximo favorito para la nominación demócrata, está lanzado tras
el supermartes, contará en la convención con los delegados de otros
candidatos y con los superdelegados, si fuera necesario. Sin embargo, es muy mal candidato para ganar a Trump.
Las elecciones serán en noviembre, queda mucho tiempo para ellas y no
es imposible que Biden gane; pero si se celebrasen la semana próxima,
Trump se lo comería vivo.
Pero en segundo lugar, y esto es
crucial, Biden no puede ganar porque no podrá aplicar su programa. Si
gobierna, acabará desarrollando políticas internas muy similares a las
de Trump, aunque con voz más amable y una mano de pintura. Y en cuanto a
la geopolítica, será menos agresivo en la expresión, pero básicamente
hará lo mismo que Trump. Y esto sí será una absoluta derrota para el
partido demócrata. Los vientos políticos soplan desde otro lugar, y
parar a Sanders (o las propuestas que traía Warren) no es más que un
ejercicio estéril de inmovilismo. Trump está abriendo champán en la Casa Blanca." (Esteban Hernández, El Confidencial, 04/03/20)
No hay comentarios:
Publicar un comentario