"Llevo semanas dando pésames por teléfono o Whatsapp a gente a
la que me hubiera gustado abrazar; a los amigos que no pudieron estar
junto a sus padres mientras estos morían y que han tenido que
enterrarlos o incinerarlos a toda prisa.
Sin funeral, sin música
preferida, sin flores. Más de 20.000 españoles han muerto ya a causa del
virus. Muchos de nuestros mayores han fallecido en residencias y ha
sido imposible despedirlos como merecían. Los ancianos que resisten han
sabido de la peor manera que son los últimos de la fila en el protocolo
hospitalario catalán.
A las escenas de abandono y dolor ahora se
acompaña el triste espectáculo político del “nosotros lo hubiéramos
hecho mejor”. Algunos líderes y sus portavoces utilizan a los muertos
para ganar puntos en sus objetivos políticos, sea la independencia o el
Gobierno del Estado.
Mientras se moría, consciente de
ello, a mi padre le gustaba que me acercara a su cama de hospital para
oler mi perfume. También pedía que diera vueltas a su alrededor y, a
continuación, tocaba suavemente los tejidos que vestía. Era hijo de un
fabricante y vendedor de telas; adoraba el cheviot. Los últimos días que
pasamos en paliativos del Oncológico de Bellvitge (gracias, una y otra
vez, a las enfermeras y médicos que lo cuidaron), más que hablarme de su
vida me la ofrecía maquillada.
Nunca fueron tan bonitas las lagunas de
Ruidera que en sus recuerdos: era joven y navegaba entre juncos y álamos
blancos, buscando patos, apuntando al cielo. Tuvimos tiempo. Pude
aceptar sus disculpas, perdonar las ausencias y almacenar los últimos
piropos. Hicimos lo que el coronavirus ha impedido a tantos hijos y
padres durante este largo confinamiento. (...)
Desde que el Ejército inició la desinfección de los
geriátricos que nadie quería o podía limpiar, comenzó el juego del “yo
soy mejor”. “Con la independencia habríamos actuado antes, no tendríamos
tantos muertos ni tantos infectados”, asegura Meritxell Budó, portavoz
del Govern. ¿Pruebas?, ninguna. Solo 13 días antes del anuncio de
confinamiento, la cúpula de Junts per Catalunya, con Puigdemont y Torra a
la cabeza, llenaba Perpiñán de fieles.
En Cataluña,
donde los partidos nacionalistas e independentistas han gobernado
durante unos 33 años, la mayoría de los geriátricos se han privatizado;
muchos de ellos son propiedad de compañías y fondos de inversión
internacionales que se han beneficiado de ayudas públicas. Durante el
confinamiento, esas residencias y los escasos centros públicos han
sumado 2.000 fallecimientos. La responsabilidad no es de Madrid; hace
décadas que fueron traspasadas las competencias de Sanidad y Asuntos
Sociales.
No queremos volver a ver cómo las familias se
despiden desde lejos, llorando a gritos, mientras un sacerdote
enmascarado pronuncia un rápido e impersonal responso. A los muertos de
esta crisis vírica y a sus familias hay que darles un responsum,
una respuesta. Déjenlos descansar en paz a ellos y a sus familias,
guarden respeto. Señores políticos, por lo menos mientras enterramos a
nuestros muertos, mantengan la decencia." (Rosa Cullel, El País, 22/04/20)
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