"(...) Quien escribe siente la retirada de Pablo Iglesias de la política
española como el fin de una era que marca, a su vez, la derrota de las
formas de entender lo político de su generación: la del movimiento
ciudadano conocido como el 15-M. (...)
Auge. De la multitud indignada al Partido
El Movimiento 15-M, que conmovió a la opinión pública española —y mundial— aquel mayo del ya lejano 2011, no fue el despertar de las masas, no fue tampoco la emergencia de las clases populares a la política: fue la congregación de una multitud formada por hombres y mujeres, jóvenes y viejos, cuyo único rasgo común era el desencanto derivado de la pérdida de efectividad hegemónica del régimen del 78, nombre que se da en España al montaje institucional que permitió la transición del franquismo a la democracia. La corrupción generalizada, la ira provocada por el rescate a la banca con dinero público, el deterioro acelerado de las condiciones laborales y la concomitante pérdida de derechos, todos estos fueron sólo algunos de los factores que permitieron la convergencia de gentes muy diversas en las plazas principales de las grandes y medianas ciudades españolas hace ya una década.
Había algo de político, había algo de espectáculo, había mucha
voluntad de hacer oír voces silenciadas, había desconocimiento de cómo
traducir el descontento en propuestas. Un antropólogo que por allí
hubiera pasado, habría visto en aquella escena abigarrada el origen
prehistórico de la democracia… pero estábamos en pleno siglo XXI (...)
Los jóvenes no portaban —como hoy generalmente se cree— grandes
consignas ideológicas; eran apenas los decepcionados de la meritocracia
que reclamaban, con altisonantes cánticos y gruesos sarcasmos, la
restauración inmediata de aquel régimen meritocrático perdido. Eran
hijos del neoliberalismo y luchaban, tal vez sin saberlo, por la
revalorización de su capital humano. Los viejos, en su gran mayoría, se
habían percatado, varias décadas más tarde, de la trampa del PSOE de un
Felipe González que había desmontado la industria nacional a cambio de
los espejitos de colores del turismo y la especulación inmobiliaria. La
bonanza artificial de una generación se reflejaba en la miseria
creciente de sus vástagos.
Este es el origen de Podemos que nace con la herida de la paradoja:
traducir en política institucional la crítica a las instituciones. Hacer
de la Multitud, Partido, sin pasar por el Pueblo. En este escenario
emerge la figura de Pablo Iglesias, orador sobresaliente, discutidor
filoso y, en definitiva, un soplo de aire fresco para la política
española. Con una rapidez insospechada, Iglesias se convertía en el
conductor de los indignados. (...)
Y esto fue Podemos, que había aprendido de las experiencias latinoamericanas esa lección y portaba la quijotesca consigna de transformar la indignación en acción política positiva, es decir, construir un Estado a imagen y semejanza de la multitud. Pero, ¿puede la multitud devenir Estado? Todavía no era necesario responder a esta pregunta. (...)
Y esto fue Podemos, que había aprendido de las experiencias latinoamericanas esa lección y portaba la quijotesca consigna de transformar la indignación en acción política positiva, es decir, construir un Estado a imagen y semejanza de la multitud. Pero, ¿puede la multitud devenir Estado? Todavía no era necesario responder a esta pregunta. (...)
Hybris. Disolución de la multitud: ¿devenir pueblo o devenir clase?
En 2016, apenas dos años después de la proclamación del «asalto a
los cielos», las fuerzas políticas tradicionales ya habían asimilado el
golpe del 15-M y comenzaron a trabajar en la restauración bipartidista.
La fuerza de la multitud se estaba evaporando y con ella la
efervescencia de Podemos parecía diluirse. El rol de los medios de
comunicación fue clave para horadar la regeneración política en España,
reproduciendo el sermón por antonomasia del neoliberalismo: todos los
políticos son iguales, sólo quieren un sillón, un cargo, asegurarse su
propio futuro. Pero aún peor: los políticos de izquierda son aún más
miserables, porque saben que el poder es eterno —como los designios de
los dioses— y aun así se sirven de la desesperación de las pobres gentes
para engañarlas y llegar a ese poder que tanto critican. (...)
Es la paradoja definitiva con la que el neoliberalismo ha pretendido
desmontar al progresismo: si el político de izquierda es pobre, entonces
sólo es crítico con los poderes porque «envidia» malsanamente lo que
otros legítimamente han obtenido con el sudor de su frente; si el
político de izquierda tiene una condición económica solvente, es un
incoherente que «no se aplica el cuento» y predica para los otros lo que
no practica en su propia vida. (...)
La multitud, afecta a la indignación hasta el pleonasmo, cayó en la
trampa y pereció. Podemos sintió con estupor el rigor de la encrucijada:
¿ir hacia el pueblo o ir hacia la clase? Este fue el trasfondo de Vistalegre II.
Concédasenos una pequeña digresión y hablemos del amigo que deviene
antagonista: Íñigo Errejón. En los orígenes de Podemos, una gran
variedad de escuelas de izquierda confluyó sin que, en ese momento, esto
fuera visto como un problema a resolver. (...)
Errejón era un aprendiz avanzado de las experiencias de la izquierda
latinoamericana en las dos primeras décadas de nuestro siglo XXI — no es
por azar que su tesis doctoral lleve por título La lucha por la hegemonía durante el primer gobierno del MAS en Bolivia. Un análisis discursivo— y fue, en definitiva, el más firme defensor de la estrategia populista à la Laclau.
Podemos fue, en sus primeros años, la estrategia populista dirigida a una multitud y, a pesar de lo que pudiera parecer, ese Podemos fue más errejonista que pablista. Hasta que llegó Vistalegre II y el antiguo camarada, el amigo en sentido schmittiano, se transformó en el enemigo interno. Pablo Iglesias e Íñigo Errejón midieron sus fuerzas en la Segunda Asamblea Ciudadana Estatal de Podemos — entre diciembre de 2016 y febrero de 2017— y el primero salió ampliamente respaldado por los inscritos del Partido.
Podemos fue, en sus primeros años, la estrategia populista dirigida a una multitud y, a pesar de lo que pudiera parecer, ese Podemos fue más errejonista que pablista. Hasta que llegó Vistalegre II y el antiguo camarada, el amigo en sentido schmittiano, se transformó en el enemigo interno. Pablo Iglesias e Íñigo Errejón midieron sus fuerzas en la Segunda Asamblea Ciudadana Estatal de Podemos — entre diciembre de 2016 y febrero de 2017— y el primero salió ampliamente respaldado por los inscritos del Partido.
Pero decir solo esto es hacer historia al modo de Suetonio: lo que
estaba en juego era el cálculo, toscamente cuantitativo de Iglesias, de
que, absorbiendo al aparato de Izquierda Unida, Podemos conquistaría
automáticamente sus votos. Errejón captó perfectamente lo que estaba en
juego: tocaba elegir qué sujeto —discursivo— debía apuntalarse para
sustituir a la multitud: ¿la clase o el pueblo? Iglesias venció y
Podemos olvido a «los de arriba» y «los de abajo» y se dirigió
enfáticamente a la «clase trabajadora».
Errejón no tardaría en abandonar
Podemos e ir en busca del inencontrable pueblo español a través de un
nuevo proyecto político. Iglesias venció en aquella hora a su
antagonista, pero a veces vencer es empezar a morir… esta fue la hybris que condenó a Iglesias al callejón sin salida de «Democracia o fascismo».
Caída. ¿Democracia o fascismo? «Libertad» y «curación»
Las elecciones generales de noviembre de 2019 se saldarían con una victoria del PSOE, liderado por el renacido Pedro Sánchez, que aun siendo contundente no le permitía gobernar en solitario. Los números se aliaron para sostener una de las tantas paradojas de la breve historia de Podemos: en su peor resultado electoral —la gráfica de la caída de los votos desde su irrupción nacional en 2015 hasta la última elección de 2019 es elocuente—, obtenía para su líder, Pablo Iglesias, una Vicepresidencia segunda en el Gobierno de España. Pero Podemos estaba ya herido de muerte y el liderazgo de Iglesias aún más.
A pesar de esta situación, Podemos, en general, e Iglesias, en
particular, se aplicaron aquella máxima bielsista: «nosotros defendemos
atacando». Podemos se convirtió, aun siendo minoría en el gobierno, en
el gran garante de los derechos de los trabajadores, del colectivo
LGTBI, de los inmigrantes, de los jóvenes con trabajos precarios y sin
acceso a la vivienda, de una idea de España plural y respetuosa de los
distintos sentimientos nacionales que en ella existen… y aún así, con
ello no bastó. Alcanzó, maltrecho, el gobierno; el Estado, —ese
«monstruo informe que lo traga todo», que decía Chernyshevski—se le
enfrentó abiertamente; rozó con la punta de los dedos el poder, mientras
intentaba comprender su kafkiano funcionamiento: este fue el sino de
Podemos, esta fue la penúltima batalla del político Iglesias.
La batalla final precisó de un descenso de los cielos a la arena
madrileña y se materializó en una confrontación a dos bandas: la más
evidente, el enfrentamiento al fascismo encarnado por Vox, insuficiente
pero necesario para garantizar el gobierno del Partido Popular de Ayuso
en la Comunidad de Madrid; la menos evidente y fundamental, la batalla
contra el populismo para celíacos de Íñigo Errejón. Ambas batallas las
perdió.(...)
Mañana ya no estará Pablo Iglesias en el telediario; los sarcásticos de naftalina que ubicuamente repiten sus diatribas en cada una de las radios y pasquines españoles, tendrán que buscarse un nuevo chivo expiatorio. (...)
Mañana ya no estará Pablo Iglesias en el telediario; los sarcásticos de naftalina que ubicuamente repiten sus diatribas en cada una de las radios y pasquines españoles, tendrán que buscarse un nuevo chivo expiatorio. (...)
Con Pablo Iglesias se van las esperanzas enteras de una generación, la
del 15-M, que asume —también hoy— en la derrota del representante, la
derrota del representado. Un Podemos muere con Iglesias. Ojalá otro
Podemos esté naciendo: el que entienda que el «asalto a los cielos»
empieza por el subsuelo." (David Cardozo Santiago , JACOBIN América Latina, 05/05/21)
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