"(...) Los desastres asociados al cambio climático se suceden en distintos lugares de la Tierra. ¿Qué papel le queda a la gente más allá de “acostumbrarse a lo que viene”, como algunos dicen?
El problema de esa idea de “acostumbrarse a lo que viene” es que, sin cambios importantes en el sistema capitalista, lo que viene es un empeoramiento constante de las condiciones de vida que nos acerca a un planeta inhabitable. La frase, además, encierra una contradicción interna porque para acostumbrarse a una situación nueva se necesita cierta estabilidad y no nos dirigimos, precisamente, hacia ese escenario, sino más bien hacia un tiempo de rupturas y discontinuidades. (...)
¿Cómo abordar estos cambios tecnológicos y climáticos a los que hoy se enfrenta la humanidad?
Asumiendo, por ejemplo, que si necesitamos cambios sistémicos de calado para orientarnos de otra manera. En lugar de seguir pensando en términos de expansión de la oferta, hoy requerimos políticas públicas fuertes que gestionen la demanda. Es una de las maneras en que se concretaría el decrecimiento y está sobre la mesa desde la primera crisis del petróleo en 1973. Sociedades que se habían acostumbrado, en esa fase de la Gran Aceleración, a que política energética era lo mismo que disponer de cantidades siempre crecientes de energía se dieron cuenta, de repente, de que necesitaban organizar la convivencia social con cierto nivel limitado de energía, incluso que tenía que decrecer. Esa sigue siendo nuestra tesitura.
¿Considera que la transición energética emprendida no es suficiente?
Es muy reductiva. Antes que nada habría que tener claro que una
verdadera transición ecológica es mucho más que una transición
energética. ¡Pensemos, por ejemplo, en la agroecología y las iniciativas
de renaturalización! Se cree que descarbonizando el abastecimiento
eléctrico podemos funcionar con fotovoltaica y eólica; y está bien como
principio pero no es suficiente. La clave es el “menos”: tenemos que
usar menos energía y también menos electricidad. Y para avanzar hacia
eso con justicia debemos diseñar políticas de gestión de la demanda, es
decir, buscar la forma de satisfacer nuestras necesidades básicas con un
uso menor de energía. Pero esto puede topar con una resistencia social,
como estamos comprobando, por ejemplo, con el conflicto desatado en
Alemania por la llamada ley de las calefacciones que pone fecha de
caducidad a la instalación de calderas de gas o fuel a favor de las
bombas de calor. Bien, pues la derecha está azuzando una guerra contra
esa política, que no es otra cosa que gestionar la descarbonización,
porque ¿quién va a imponerles a ellos un sistema de calefacción o quién
va a impedirles instalar una caldera de fuel si quieren hacerlo?
Podríamos responderles que la libertad no incluye el derecho a dañar,
que es lo que ellos formulan. Volvemos a los temas de mi libro Bailar encadenados. Pequeña filosofía de la libertad.
Pero estos planteamientos ecofascistas no dejan de crecer. A la gente le importa cada vez menos las mentiras que les cuentan. ¿Cuál es el motivo?
En tiempos difíciles como el actual, cuando el futuro del que nos han hablado no va a tener lugar, cuando caen todas las narraciones sobre el éxito meritocrático y todo parece tambalearse, suele producirse una reacción protectora de las propias creencias que nos empuja a aferrarnos a líderes fuertes que prometen seguridad. No es fácil salir de ese lugar porque vamos a necesitar una suerte de duelo por aquellas expectativas frustradas, muchas de ellas anudadas al mito del Progreso (con mayúsculas). Cuestionarnos algunas de nuestras creencias básicas siempre es muy costoso a nivel individual y también colectivo pero tenemos que hacernos cargo de una realidad que es difícil de asumir como el descenso energético del que hablábamos antes. No sé si los que queremos mantener perspectivas de supervivencia y emancipación en una sociedad con unos niveles aceptables de “igualibertad” seremos capaces de hacerlo pero tenemos que insistir en ello. (...)
Una de las acusaciones que los neoliberales hacen del ecologismo es que es una ideología que merma la libertad.
Primero habría que ponerse de acuerdo sobre qué es ideología. Si la entienden como una concepción del mundo en un sentido amplio, no habría problema en reconocer que el ecologismo es una ideología, entendido como conjunto articulado de ideas y valores con cierta orientación social. Pero si se emplea el término de manera peyorativa o despectiva, como una falsa conciencia vinculada a ciertos intereses sociales parciales, entonces no lo es. Entonces, los ecologismos tienden a ser antiideológicos porque ponen en entredicho esa fingida conciencia productivista y desarrollista, vinculada a ciertas prácticas y sentimientos que prevalecen en la cultura dominante, como que el crecimiento económico es bueno en sí mismo, o la idea jibarizada de libertad como mera no interferencia.
Usted y otros 14 científicos han sido acusados de “daños contra el Patrimonio” por una protesta en las escaleras del Congreso.
El juez de instrucción considera que hay indicios de un delito por
daños al patrimonio histórico y estamos a la espera de conocer la
decisión de la fiscalía. Será entonces cuando los 15 miembros de
Rebelión Científica, entre los que me encuentro, sepamos si hay una
acusación formal contra nosotros. El problema es que la resolución de la
fiscalía se está alargando demasiado y eso siempre genera
incertidumbre.
Da la sensación de que el activismo social se ha vuelto cada vez más incómodo para el poder. En Reino Unido, dos ecologistas han sido condenados a tres años de cárcel por una acción no violenta y el gobierno de Macron ha aprobado la disolución de la coalición ecologista ‘Soulèvements de la Terre’ ¿Son ustedes los nuevos enemigos del capitalismo?
Estamos asistiendo a un endurecimiento de la represión y del control social en casi todo el mundo. No sólo en sus formas obvias –estados cada vez más autoritarios– sino también, como decía antes, en un plano digital que es realmente preocupante. Somos testigos de una militarización creciente y de reacciones cada vez más coercitivas a medida que se desarrollan nuevas formas de protesta, por ejemplo contra el cambio climático. En Reino Unido, Alemania y Francia se están aprobando legislaciones ad hoc muy pensadas para desalentar estas clases de protestas. Pero esa incomodidad es el resultado de la existencia de cierto déficit democrático. Cuando las instituciones tienen sensación de fragilidad tienden a percibir cualquier tipo de respuesta social como algo problemático. Si tuvieran más músculo democrático no serían vistas con preocupación.
¿Cuál sería para usted la sociedad idílica?
(...) No emplearía el término idílico ni ideal. Las ilusiones de un paraíso me
parecen negativas. Tenemos que hacernos a la idea de que no habrá un
final de la aventura humana y surgirán siempre elementos de conflicto y
debates que irán hacia adelante salvo que desaparezcamos como especie.
Pero a corto plazo tenemos que hacer frente a las posibilidades de
colapso ecológico-social. De manera minimalista diría que si llegamos a
los próximos decenios con una situación climática y ecológica más o
menos estabilizada y logramos evitar el genocidio de miles de millones
de seres humanos, que es el horizonte que ahora tenemos, me daría por
contento. No es imposible conseguirlo, pero habrá que hacer lo indecible
por avanzar hacia ello." (Entrevista a Jorge Riechmann, Gorka Castillo, CTXT, 01/08/23)
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