"Angela Merkel tiene un agudo sentido de la imagen que el pueblo
alemán anhela tener de sí mismo.
En su discurso que raya con el
populismo, Merkel y su entorno se limitan a enviar aquellos mensajes que
los ciudadanos desean escuchar: que la economía alemana es el faro del
mundo, que Alemania es la locomotora universal y que "Europa ha empezado
a hablar alemán".
Además, repiten que Alemania es la víctima de los
perezosos meridionales (esos "fiesta und siesta", con que se refieren
despectivamente a los mediterráneos), así como de los franceses
hedonistas, que, en su conjunto, ordeñan esa vaca que es Alemania.
A principios de julio por primera vez un alto político alemán, el
presidente del SPD, Sigmar Gabriel, desveló algunas de las falsedades en
las que Angela Merkel basa su política de insolidaridad con Europa,
esmeradamente disfrazada de victimismo.
Gabriel dijo en el Bundestag:
"Es falso presentar permanentemente a Alemania como el pagador de la
Unión Europea: no somos un pagador neto, sino un ganador neto. Desde la
creación de la unión monetaria Alemania ha ganado 556.000 millones de
euros más que los que ha destinado a ayuda financiera: somos el
beneficiario neto de la EU y esto hay que decirlo claro y alto." (...)
Es curioso observar la capacidad de la gente por adoptar como verdad una falacia cuando ésta se repite una y otra vez. (...)
Para generar votos en las elecciones del año que viene, la canciller
Merkel ha escogido el camino de dividir Europa en el norte y el sur (al
igual que en su tiempo hizo José María Aznar, y las graves consecuencias
de su política duran hasta hoy).
Mientras que Merkel vocifera de cara
afuera su "¡Más Europa!", de cara a sus votantes atiza el fuego del
rencor contra los mediterráneos. Es un camino peligroso para una
Alemania que, después de 60 años de intentarlo, acaba de ganarse la
credibilidad en el mundo como país arrepentido de su pasado.
Las heridas
históricas se curan con dificultad y basta poco para que se abran. Y
Angela Merkel y los suyos han vuelto a una práctica tristemente conocida
en el pasado: la de demonizar pueblos enteros, al griego y al español, y
en menor medida al italiano y al francés.
La Alemania de Merkel intenta imponer a Europa lo que considera como
su valor supremo, la economía, y sus virtudes supremas, la disciplina,
el trabajo y el rigor. La canciller se indigna al ver naciones que
prefieren vivir, divertirse y gastar antes que ahorrar y castiga
duramente cualquier ligereza cometida en este sentido.
Así castigó a
Grecia en un momento en que salvándola hubiera podido prevenir la
gravedad de la crisis actual. A Merkel, hija de un pastor protestante,
le es cara esa creencia del cristianismo noreuropeo de que el
sufrimiento regenera. Suponiendo que a nivel moral esa dudosa hipótesis
fuera cierta, en economía resulta tajantemente errónea, como lo demostró
en su día Keynes.
Mientras que el excanciller socialdemócrata Gerhard Schröder se esforzó
por una cierta mediterraneización de la imagen de Alemania, la
conservadora Merkel hace lo contrario: vuelve a las raíces, a la
tradición más rancia del protestantismo, a ese lema con el que se educa a
los niños alemanes: "Trabaja duro y ahorra", y lo exporta fuera de
Alemania.
El mundo se rebela contra sus recetas, pero para esa
implacable dama de alma euroescéptica las protestas universales no son
más que un excitante reto al que no hay que hacer mucho caso." (El País, 19/07/2012,
Monika Zgustova: 'El cuento de hadas alemán')
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