15.1.13

Una asociación de Vigo atiende a inmigrantes con daños cerebrales que no tienen familia y a los que la Xunta dejó sin rehabilitación

Dijibi, en un momento de su rehabilitación en las instalaciones de la asociación Alento en Vigo

 "Un ictus le borró a Djibi el castellano de la cabeza, la lengua que este senegalés aprendió cuando llegó a España hace años para sobrevivir como vendedor ambulante. La sacudida en el cerebro le sobrevino en Vigo en agosto pasado, solo unos días después de pisar la ciudad por primera vez, lejos de su familia y sin permiso de residencia.

 Se despertó en su cama sin poder moverse ni hablar, recuerda. Cuando el Hospital Xeral le dio el alta, Djibi tenía un lado del cuerpo paralizado y seguía sin poder verbalizar sus pensamientos. Una trabajadora social del centro hospitalario, desesperada, llamó a la asociación Alento, integrada por familiares de personas con daño cerebral: “Si no os hacéis cargo vosotros de él, el hospital lo dejará en la calle en silla de ruedas”.

Alento respondió y acogió a Djibi, silencioso y enclaustrado, con su cerebro impedido para encontrar las palabras, sin ni siquiera un pasaporte en el bolsillo que lo situase en el mundo. Lo mismo había hecho ya la asociación viguesa con otros cinco inmigrantes faltos de documentos y familia que pague los tratamientos. 

El Servizo Galego de Saúde (Sergas) les dio a todos ellos el alta hospitalaria sin garantizarles un techo y la rehabilitación a la que todo paciente tiene derecho. Es el caso de Nuno (nombre ficticio, al igual que los que siguen), que se quedó en la calle porque cerró el piso de enfermos terminales con VIH en el que vivía en Vigo.

 O el de Patricia, una mujer brasileña a la que un ictus dejó en herencia una conducta irascible, agravada por el descontrol en su vida y en la toma de la medicación. Como consecuencia de esos problemas de conducta de origen médico, tiene encima una orden de expulsión por agredir a un policía. Patricia recibe en Alento la rehabilitación necesaria para poner a punto su cerebro y esquivar la exclusión social que la acosa desde que nació.

 Djibi lucha ahora por recuperar del todo la movilidad y el habla (como mejor se expresa es en wolof, el idioma propio de Senegal, y en francés). Los terapeutas de Alento y otros llegados al centro de manera voluntaria para ayudar a Djibi trabajan con él varias horas al día, unos ejercicios en los que también colabora, sin cobrar, la clínica privada de Alberto Guitián.

 “Con los recortes, el personal que tenemos no llegaba para el trabajo intenso que necesita Djibi y buscamos ayuda fuera”, explica el director de Alento, Gonzalo Mira. Como el Gobierno de Rajoy obliga ahora a los inmigrantes sin papeles a pagarse la medicación, han sido los Misioneros del Silencio de Teis y la ONG Médicos del Mundo los que se han hecho cargo de los fármacos.

 El Sergas le negaba hasta ahora a Djibi la asistencia: el mismo día que este periódico llamó a la Consellería de Sanidade preguntando por su caso, el servicio gallego de salud le comunicó a Alento que acababan de concederle la tarjeta sanitaria y, por tanto, médico de cabecera y fármacos gratuitos. (...)

Él sigue la senda de recuperación que ya recorrió Kofi, originario de Ghana, que encadenó varios ictus desde 2001. El latigazo más fuerte fue en 2009. La mitad de su cuerpo se paralizó, perdió oído y habla, quedó desamparado tras el alta hospitalaria. Con la ayuda de Alento, aprendió a andar con una muleta y hoy ya vive solo.

“En este país, que hasta hace poco presumía de potencia mundial, estas cosas pasan”, lamenta Mira, mientras rememora una vez más, aún impresionado, las historias de estos enfermos inmigrantes."             (El País, 22/12/2012)

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