Dijibi, en un momento de su rehabilitación en las instalaciones de la asociación Alento en Vigo
"Un ictus le borró a Djibi el castellano de la cabeza, la lengua que
este senegalés aprendió cuando llegó a España hace años para sobrevivir
como vendedor ambulante. La sacudida en el cerebro le sobrevino en Vigo
en agosto pasado, solo unos días después de pisar la ciudad por primera
vez, lejos de su familia y sin permiso de residencia.
Se despertó en su
cama sin poder moverse ni hablar, recuerda. Cuando el Hospital Xeral le
dio el alta, Djibi tenía un lado del cuerpo paralizado y seguía sin
poder verbalizar sus pensamientos. Una trabajadora social del centro
hospitalario, desesperada, llamó a la asociación Alento, integrada por
familiares de personas con daño cerebral: “Si no os hacéis cargo
vosotros de él, el hospital lo dejará en la calle en silla de ruedas”.
Alento respondió y acogió a Djibi, silencioso y enclaustrado, con su
cerebro impedido para encontrar las palabras, sin ni siquiera un
pasaporte en el bolsillo que lo situase en el mundo. Lo mismo había
hecho ya la asociación viguesa con otros cinco inmigrantes faltos de
documentos y familia que pague los tratamientos.
El Servizo Galego de
Saúde (Sergas) les dio a todos ellos el alta hospitalaria sin
garantizarles un techo y la rehabilitación a la que todo paciente tiene
derecho. Es el caso de Nuno (nombre ficticio, al igual que los que
siguen), que se quedó en la calle porque cerró el piso de enfermos
terminales con VIH en el que vivía en Vigo.
O el de Patricia, una mujer
brasileña a la que un ictus dejó en herencia una conducta irascible,
agravada por el descontrol en su vida y en la toma de la medicación.
Como consecuencia de esos problemas de conducta de origen médico, tiene
encima una orden de expulsión por agredir a un policía. Patricia recibe
en Alento la rehabilitación necesaria para poner a punto su cerebro y
esquivar la exclusión social que la acosa desde que nació.
Djibi lucha ahora por recuperar del todo la movilidad y el habla (como
mejor se expresa es en wolof, el idioma propio de Senegal, y en
francés). Los terapeutas de Alento y otros llegados al centro de manera
voluntaria para ayudar a Djibi trabajan con él varias horas al día, unos
ejercicios en los que también colabora, sin cobrar, la clínica privada
de Alberto Guitián.
“Con los recortes, el personal que tenemos no
llegaba para el trabajo intenso que necesita Djibi y buscamos ayuda
fuera”, explica el director de Alento, Gonzalo Mira. Como el Gobierno de
Rajoy obliga ahora a los inmigrantes sin papeles a pagarse la
medicación, han sido los Misioneros del Silencio de Teis y la ONG
Médicos del Mundo los que se han hecho cargo de los fármacos.
El Sergas
le negaba hasta ahora a Djibi la asistencia: el mismo día que este
periódico llamó a la Consellería de Sanidade preguntando por su caso, el
servicio gallego de salud le comunicó a Alento que acababan de
concederle la tarjeta sanitaria y, por tanto, médico de cabecera y
fármacos gratuitos. (...)
Él sigue la senda de recuperación que ya recorrió Kofi, originario de
Ghana, que encadenó varios ictus desde 2001. El latigazo más fuerte fue
en 2009. La mitad de su cuerpo se paralizó, perdió oído y habla, quedó
desamparado tras el alta hospitalaria. Con la ayuda de Alento, aprendió a
andar con una muleta y hoy ya vive solo.
“En este país, que hasta hace poco presumía de potencia mundial,
estas cosas pasan”, lamenta Mira, mientras rememora una vez más, aún
impresionado, las historias de estos enfermos inmigrantes." (El País, 22/12/2012)

No hay comentarios:
Publicar un comentario