"(...) La pelea constante entre regiones periféricas como País Vasco y Cataluña
con Madrid ha gastado mucha energía y muchos recursos de la política
nacional, así como de nuestro día a día. El 'procés' es el penúltimo
coletazo de esa tendencia.
Y esta semana hemos visto crecer otro foco de tensión,
el grito de la España vacía, esas regiones interiores que protestan por
su pérdida de presente y futuro, una reclamación que es probable que sea importante en un futuro cercano.
Ciudad de primera, país de segunda
Pero alejémonos un poco de
las peleas diarias y tratemos ver el mapa general, que es habitualmente
borrado de las discusiones. Lo definió bien hace más de seis años Boris Johnson,
entonces alcalde de Londres, cuando exigía condiciones especiales para
la capital británica.
Es curioso leer hoy sus peticiones: Londres era
una ciudad de primera en un país de segunda y por tanto debía funcionar con otras reglas,
ya fuera en lo económico, porque otro régimen fiscal era preciso para
mantener y atraer a las empresas, o en la mano de obra, porque
necesitaba trabajadores cualificados para los sectores financiero,
tecnológico, publicitario y de la moda, mientras que sobraban empleados
poco preparados. (...)
Lo que Johnson afirmaba con palabras un tanto gruesas es producto de una constante: en las últimas décadas, una serie de ciudades globales (Nueva York, Tokio, París, Fráncfort, Zúrich, Ámsterdam, Los Ángeles, Sídney o Hong Kong) han salido extraordinariamente beneficiadas,
ya que se han convertido en los principales centros comerciales y
financieros del mundo y han recogido para sí gran parte del capital, del
talento y de las ventajas que traen las interconexiones veloces. Por
eso reclamaban condiciones especiales. Según los expertos, esta
tendencia se hará más profunda en los años próximos.
Al mismo tiempo, el resto de ciudades y las regiones de las periferias europeas perdían posibilidades de subsistencia. Las fábricas se marchaban, la agricultura y ganadería se contraían, las tiendas y pequeñas empresas iban desapareciendo y los asalariados con un nivel de vida aceptable disminuían.
Así ocurrió en España:
dos grandes ciudades absorbieron los recursos, los empleos y la pujanza
económica, mientras que muchos territorios iniciaron su declive; salvo
las inversiones para reconvertirse en centros turísticos o los fondos
para paliar los efectos de la desindustrialización, poca cosa les quedó.
Cooperación y enfrentamiento
Mientras que en otros países ese
efecto de concentración se produjo en una sola urbe, en España las
grandes beneficiadas fueron dos. Este es un hecho esencial porque, como
suele ocurrir cuando dos rivales confluyen en el mismo espacio, pronto
hubo un enfrentamiento por los recursos.
En tiempos económicos mejores,
ambas ciudades encontraron líneas de cooperación, a lo que ayudaron las
sumas parlamentarias y los equilibrios de poder estatales, que
permitieron a la segunda urbe obtener transferencias de la primera (algo
de lo que también sacó mucho partido, y continúa haciéndolo, el País
Vasco, otro de los territorios afortunados de España).
En aquella
época, las élites barcelonesas conformaban una suerte de nacionalismo
responsable que ayudaba en el gobierno del Estado. Pero cuando los
tiempos empeoraron y los recursos disminuyeron, especialmente tras la
crisis, la competencia se desató y surgió un movimiento político cuyo
objetivo era la separación de la segunda ciudad, Barcelona, de la
primera ciudad, Madrid, y del país del que era capital.
Existen elementos identitarios que confluyen en estas reclamaciones,
hay sentimientos arraigados y un empuje histórico, pero a menudo
olvidamos que los movimientos estructurales suelen tener gran
relevancia. Cuando dos grandes ciudades compiten por los recursos en una
misma área de influencia, y más si se trata de un territorio que está perdiendo peso y relevancia internacional como es el nuestro, lo normal es que el enfrentamiento entre ambas se produzca.
Las ideas de las élites urbanas
El
balance de fuerzas electoral también puede interpretarse en esa clave.
Buena parte de las élites madrileñas quiso conservar el poder y los
recursos apoyándose en el respaldo que le brindaban los territorios
interiores, que estaban perdiendo pie y se sentían molestos con el
exceso de transferencias de que gozaban los territorios más afortunados. El malestar con Cataluña en la España interior proviene principalmente de esa situación.
Otra parte de las élites centrales se mostraba más proclive a compartir
el poder y apostaba por ser más abierta y tolerante con las exigencias
de los territorios afortunados, como Cataluña o País Vasco, que veían a
Madrid como abrumadoramente acaparadora. Ese es el reparto actual de
fuerzas que ha dado el gobierno al PSOE.
Esta pelea también ha tenido derivas ideológicas. Los principales
elementos discursivos que se han manejado en los últimos tiempos han
sido producto de la mentalidad de las clases altas y medias altas de las
dos grandes ciudades, y por eso abogaban por la modernidad, la
innovación, la adaptación al cambio, la apertura y el crecimiento. Una variable insistía en el aspecto económico, y exigía a los perdedores (trabajadores o territorios) que se actualizasen,
ya que el mercado exigía otro tipo de mentalidad y de oferta: tenían
que reinventarse o asumir las consecuencias.
La otra variable conservaba
el marco, pero subrayaba los elementos culturales. Se forjaron así
posturas políticas diseñadas para las clases medias altas urbanas de
unos y otros lugares, que se enfrentaban manejando argumentos similares:
ambas se acusaban de ser una rémora para el crecimiento y de suponer un
obstáculo difícilmente salvable para conseguir una vida (y un país)
mejor.
En estos marcos de clases medias altas urbanas nos hemos movido, tanto
en lo geográfico como en lo electoral o en lo cultural. Ese balance
puede romperse si la España en declive comienza a tomar otras posiciones
políticas, y lo que hemos visto esta semana es solo un apunte de lo posible.
Puede girar a izquierda o derecha, puede conformar un movimiento que
vaya en contra de Madrid, que afecte al Gobierno o que se vuelva contra los territorios periféricos más afortunados. Y desde luego, puede arrastrar a cambios ideológicos, como ya se ha apuntado.
Lo malo de todo esto es que se aprovechará instrumentalmente,
a favor o en contra del Gobierno, a favor o en contra de nacionalismos
diversos, a favor o en contra de unos partidos u otros, en lugar de
repensarlo de manera unitaria. Las luchas territoriales han sido la manera falsa de salir de los dilemas
que plantea esta tendencia general que conduce a la desorganización
social, a la falta de cohesión y a las grandes diferencias entre
lugares. Esto, que es evidente entre clases, también lo es en las
regiones.
El camino de salida, obvio, requiere de una visión integral,
comprehensiva, que no se limite a enfrentar a un territorio con otro,
sino que combata los problemas estructurales de manera efectiva. Hace
falta una mirada profunda, que perciba lo que nos está sobrevolando, a
partir de la cual se aporten soluciones concretas que piensen en el todo
en lugar de en la parte.
La cuestión es que hay una tendencia
global que privilegia unas cuantas ciudades y sus zonas de influencia en
detrimento del resto, y la forma de resolver el problema, inaugurada
por Trump y el Brexit, es no tocar lo estructural y empujar los
territorios a pelear entre sí. Estas son las dos opciones políticas, en realidad, que están dominando el mundo. España es un microcosmos." (Esteban Hernández, El Confidencial, 07/02/20)
No hay comentarios:
Publicar un comentario