"Los ataques de París han dejado sin palabras al mundo. Los calificativos
se agotaron en minutos por la brutalidad de la actuación terrorista. (...)
Desde los atentados del 11-S la estrategia internacional contra el
terrorismo global se ha basado, fundamentalmente, en el objetivo
compartido por todos los países desarrollados de evitar que la violencia
de raíz islamista atravesase sus fronteras.
Ante la dificultad de
acabar con un fenómeno tan incontrolable en sus comunidades de origen,
se trataba de acotar sus efectos, de intentar que el terror no saliera
de Oriente Medio, de Afganistán, de Pakistán o de Somalia. Aunque la
rivalidad interreligiosa, los reajustes en la galaxia Al Qaeda y hasta
la competitividad entre esta y el Estado Islámico han acabado
multiplicando el peligro yihadista. Con un añadido. (...)
Es evidente que la guerra no puede quedar al albur de una especie de
alistamiento moral a favor, en contra o por la indiferencia. Pero
tampoco puede sojuzgar las conciencias que conforman las sociedades
abiertas. Es por ello obligado que se conozca de qué se trata. De qué
habla Hollande cuando pronuncia la palabra, y qué entendía Rajoy por ir a
la raíz del problema del éxodo sirio o iraquí.
Las sociedades
democráticas no pueden afrontar la amenaza yihadista de manera
dicotómica, apelando al sistema de derechos y garantías en las acciones a
desarrollar en los países libres y dando rienda suelta a la utilización
de la fuerza en las zonas controladas por el Estado Islámico.
Como si
los terroristas, los sospechosos de serlo o los procedentes de dichos
lugares pudieran ser tratados como personas con derechos en un caso y
pasaran a cosificarse en un grupo informe con el que acabar en el otro.
La certeza de que los integrantes del EI no son precisamente sensibles a
una aproximación pacifista hacia sus posesiones, ni a iniciativas de
interposición, tampoco exime a los gobiernos que emprendan expresamente
la guerra contra el Estado Islámico de dar cuenta de lo que hacen y no a
bulto.
Porque esa rendición de transparencia es el mínimo indispensable
para que los gobiernos democráticos no se deshagan del Estado de
derecho cuando actúan fuera de sus fronteras.
Es sabido que los victimarios necesitan hacerse las víctimas para
soportarse a sí mismos. Ocurre hasta en las expresiones más patológicas
del terror. Los asaltantes de París gritaban al parecer “Os vamos a
hacer lo que nos hacéis en Siria”.
El nosotros yel vosotros totalizan la
realidad en un conflicto descarnado visto por ojos fanáticos. Por eso
la asunción de la guerra como acción de Estado ha de renunciar al
vosotros y conjugar el nosotros patrio con moderación y respeto a la
libertad. El nosotrosvíctima tampoco puede ser objeto de una leva moral." (Guerra sin lenguaje, de Kepa Aulestia en La Vanguardia, en Caffe Reggio, 17/11/15)
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