"Pedro Sánchez presentó un plan en el Congreso el pasado miércoles que iba mucho más allá de la inversión en defensa. Describió una serie de prioridades europeas con las que está alineado y que han sido y son un factor relevante en su interlocución con Bruselas. Cada vez más la política internacional influirá en la nacional, y este momento es expreso en ese sentido.
Fue el primer pleno en el Congreso en el que se habló abiertamente del nuevo escenario geopolítico y de qué hacer en él. Es cierto que el planteamiento de Sánchez se perdió después en el revuelo de la política interna (salvo alguna intervención puntual), pero el planteamiento del gobierno socialista sobre el futuro europeo quedó bien dibujado en la intervención inicial del presidente.
El problema del plan descrito por Sánchez es que no es estrictamente suyo. Describió un cúmulo de intenciones que deben ser acordadas en el seno de la Unión, que será quien fije definitivamente las líneas maestras de la acción europea y sus derivadas nacionales.
Sánchez insistió en una idea muy repetida en los últimos años, la enunciada por Jean Monnet, según la cual la Unión Europea sale fortalecida con las crisis, porque solo puede forjarse a base de ellas. La UE es la suma de las soluciones que se aportan a los problemas que surgen. El modo reactivo es una característica constitutiva de Europa.
El presidente apostó por una UE lo más influyente posible, que se convierta en un faro y en un ejemplo para el mundo
Aseguró Sánchez que estamos ante el inicio de un nuevo orden internacional en el que quedan por determinar muchas cosas, también el papel que tiene que jugar Europa. El presidente apostó por una UE lo más influyente posible, que se convierta en un faro y en un ejemplo para el mundo. En un instante en que otros países se repliegan dentro de sus fronteras, Europa debe aportar un proyecto de paz y de desarrollo global. Debe comprometerse con los grandes desafíos y con los debates mundiales: el compromiso con los derechos humanos, la participación en las políticas para el desarrollo, la emergencia climática, la migración, la igualdad de género y la lucha contra la pobreza. Aseguró que estos desafíos debían abordarse fortaleciendo la ONU y reforzando la diplomacia.
En ese escenario, la guerra de Ucrania, aseguró Sánchez, no es un mero conflicto regional. Lo que se está dirimiendo es si se respeta el multilateralismo, el orden internacional y la integridad territorial que este asegura. La paz es un objetivo común, pero para que sea justa y duradera, no puede convertirse en un premio para el agresor. En ese caso, se incentivarían futuras agresiones rusas a territorios colindantes con Ucrania.
"Hay que caminar hacia una mayor integración, con cesión de soberanía, y que defina una serie de bienes públicos europeos"
Dado que el desafío ruso obliga a Europa a reaccionar, debe fijar cuál será el rumbo, hacia dónde debe ir y qué UE se quiere construir. Para el presidente, no se pueden repetir los errores de la crisis financiera, donde se dejó al pairo a los países del sur. La salida debe ser mediante respuestas mancomunadas que sean eficaces, pero también equitativas. Hay que caminar hacia una mayor integración, en la que debe existir una cesión de soberanía, que se apoye en la definición de una serie de bienes públicos europeos, como la defensa y el cuidado del medio ambiente y la defensa, y han de articularse instrumentos económicos comunes para defenderlos.
Este es el proyecto para España y para Europa que Sánchez presentó en el Congreso el pasado miércoles. Más allá del juicio que a cada cual le merezca, se trata de un proyecto que, en muchos de sus aspectos, es compartido por la Comisión y que es respaldado por países europeos relevantes. Sin embargo, los aspectos negativos van más allá de su validez; apuntan hacia la dificultad de ejecución. Es un proyecto continuista, muy anclado en los propósitos europeos y en la dirección sistémica que impulsaba antes de la crisis del covid, de la guerra de Ucrania y de las tensiones en la cadena de suministros. Este es otro momento, y realizar lo que Sánchez sugiere, y lo que la Comisión impulsa, requiere tanto de la derrota de Putin en Ucrania como de un viraje muy sustancial de la actual administración estadounidense. Ninguna de las dos cosas parece muy factible hoy, pero la UE está actuando, a la hora de diseñar su futuro, como si la guerra fuera a ganarse y fuese posible frenar contundentemente a Trump.
Estamos viviendo la recomposición del orden internacional en beneficio de EEUU y una nueva división del mundo en términos imperiales
El del miércoles fue el primer pleno en el que se abordó expresamente la ruptura de la globalización y el asentamiento de los imperialismos, pero no lo pareció, porque la propuesta de Sánchez no parece haber tomado conciencia de esa ruptura. El orden precedente está partido, ese que aseguraba la hegemonía estadounidense en un escenario global integrado en el que cada potencia desempeñaba un papel. EEUU era la policía del mundo, Wall Street y el Tesoro estadounidense el refugio de los capitales mundiales, China el pulmón productivo, Europa la potencia reguladora intermedia y el horizonte un mundo regido por normas comunes que se apoyaban en el respeto a los derechos humanos y que promovían la democracia. Todo eso ha saltado por los aires, en buena medida por la reacción estadounidense.
Lo que tenemos es algo muy diferente, la recomposición del orden internacional en beneficio de EEUU, y una nueva división del mundo términos imperiales. Los acuerdos que se están negociando parecen fijar un nuevo terreno de juego que es un gran problema para una UE que no ha aprendido a hablar el idioma del poder.
En este escenario, Sánchez tiene razón en un aspecto: si se pretende que la UE avance, la inversión en defensa debe afrontarse mancomunadamente, y como paso previo para una mayor integración en todos los sentidos. El presidente habló en el Congreso de manera muy expresa de cesión de soberanía. Enrico Letta ha recordado estos días, como lo hizo Draghi, que es imperativo dar pasos adelante en el mercado de capitales, en la unión fiscal y en tantas otras cosas. Esa es una dirección indispensable para que la UE tenga peso internacional. Este es un momento en el que las capacidades estatales resultan decisivas, y la Unión no es un Estado. Mientras no cuente con recursos similares a los que un Estado puede movilizar, seguirá cayendo por la pendiente.
La deuda mancomunada es importante en dos sentidos. De adoptarse, tendría peso simbólico, ya que marcaría una intención expresa de avanzar hacia la integración, pero también contaría con repercusiones económicas. Si la inversión europea en defensa se realiza fundamentalmente desde los presupuestos nacionales, se estará cayendo en el mismo error que se incurrió en 2008 con la crisis financiera.
La partida que se está jugando no es puramente militar, ya que esta reconstrucción del orden internacional opera en varios planos
En aquel momento, la insistente voz de alarma repetía que, si no se dotaba de capital a los bancos, las consecuencias para el sistema financiero y para las economías occidentales serían catastróficas. España, como otros países del sur de Europa, tuvo que realizar un esfuerzo ingente del que nuestras economías, y el bolsillo de una gran mayoría de ciudadanos, se resintió de forma muy seria. Pero una vez realizado ese esfuerzo, nada cambió. No hubo una comprensión del momento sistémico que la UE afrontaba, y las decisiones tecnocráticas dieron una muy mala solución a la crisis, lo que lastró la cohesión interna de la Unión y su influencia externa. Los términos morales, los sermones del norte, añadieron una carga de humillación al desastre.
El esfuerzo en defensa lleva camino de convertirse en otro momento de shock que se resuelve mediante una inversión pública elevada que terminaremos pagando los ciudadanos. Sin dar pasos más decididos en más direcciones, el gasto en defensa tendrá efectos muy limitados. Europa no va a recuperar poder construyendo tanques y drones, simplemente contribuirá a la OTAN. La partida que se está jugando no es puramente militar, ya que esta reconstrucción del orden internacional opera en términos comerciales, industriales, financieros, monetarios, energéticos y tecnológicos: mientras no exista una acción integral de la Unión en todos esos ámbitos, Europa no volverá a hablar el lenguaje del poder en su propia lengua.
Si se pretende que la salida se produzca a través de los presupuestos nacionales, como se hizo en 2008, se obtendrán los mismos efectos que en 2008: más opciones nacionalistas y un frenazo a la economía de muchos países.
Hay diversas fuerzas políticas que aspiran a que sus países recuperen soberanía y que pretenden que Bruselas tenga muchas menos competencias. Es el deseo de las derechas populistas y de las extremas, pero también de algunas liberales. De momento, su intención es que los lazos con la Unión sean menores y las conexiones con EEUU mayores.
A la Unión solo le quedan dos posibilidades en un contexto mundial como el presente: o hay más UE o habrá mucha menos
Esos partidos que abogan por la disgregación juegan ahora un papel relevante, pero no decisivo, en el seno de la Unión. Lo relevante se sitúa, de momento, en un plano superior. Las presiones exteriores son notables en este mundo que está reorganizándose. Y a la UE solo le quedan dos posibilidades en un contexto como el presente: o gira hacia una mayor integración, o las capitales irán alejándose de las instituciones comunitarias; o más UE o menos; o más libertad de acción para los gobiernos nacionales o menos. No vamos a quedarnos en el mismo lugar, porque estamos ante un cambio de época que obligará a tomar una decisión.
El presupuesto de defensa es una prueba de fuego, ya que ofrecerá muchas y relevantes pistas respecto de cuál será el camino que se emprenderá. En este sentido, el gobierno de Merz puede jugar un papel integrador, pero también uno disgregador, y más decisivo que el de las extremas derechas. Pero, sea cual sea la decisión, la UE resultante tendrá poco que ver con la del pasado, esa que promovía el orden basado en reglas y que pretendía ser el espejo en el cual se mirase el mundo. El plan de Sánchez, en este sentido, puede aportar elementos estructurales necesarios para caminar en la dirección que pretende, pero su contenido tiene un componente de irrealidad en una época como esta."
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