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14.5.25

Editorial de La Jornada: Rescatar la verdad histórica... Rusia conmemoró ayer el 80 aniversario del Día de la Victoria, en recuerdo de la rendición incondicional de la Alemania nazi ante el Ejército Rojo... El Día de la Victoria es una ocasión inmejorable para desmontar la mitología occidental en torno a la caída del nazismo como una gesta estadunidense, con ingleses, canadienses, australianos, franceses y otros como comparsas. Para decirlo claro: la Wehrmacht ya no era sino un pálido reflejo de su anterior poderío cuando se produjo el desembarco aliado en Normandía del 6 de junio de 1944, que ocho décadas de tergiversación hollywoodense han elevado a la categoría de máximo punto de inflexión en la contienda... Los números son tan escalofriantes como elocuentes: en la mayor carnicería perpetrada por los seres humanos contra sus semejantes, fallecieron más de 32 millones de soviéticos, la inmensa mayoría, bajo el Plan Hambre de Hitler, que buscaba la desaparición de los pueblos eslavos para repoblar sus inmensos territorios con la raza aria... la Unión Soviética no sólo combatió contra los nazis, sino contra sus entusiastas colaboradores polacos, ucranios, húngaros, rumanos, búlgaros y de otras naciones europeas que facilitaron las acciones del ejército alemán... El arrebato colaboracionista fue tal que en Polonia los pro nazis siguieron asesinando judíos después del final de la guerra... En la posguerra, Estados Unidos implementó un cordón sanitario para erradicar el comunismo de Europa occidental, pero como los grupos partisanos que resistieron al nazismo eran rojos, las flamantes democracias las encabezaron personajes que escondieron a toda prisa sus insignias nazis o que, en el mejor de los casos, vieron los acontecimientos desde la seguridad de Londres o Washington... Por eso, no sorprende que los herederos de esa Europa cómplice hayan elegido el 9 de mayo para redoblar su embestida antirrusa, en nombre de una legalidad internacional y de unos derechos humanos que traen a los líderes occidentales sin el menor cuidado cuando Israel proclama sin tapujos su intención de exterminar al pueblo palestino

 "Rusia conmemoró ayer el 80 aniversario del Día de la Victoria, en recuerdo de la rendición incondicional de la Alemania nazi ante el Ejército Rojo, acontecimiento que puso fin a la Segunda Guerra Mundial en Europa. El evento, quizá el más importante en el calendario cívico ruso, sirvió a Moscú para demostrar el fracaso del aislamiento que intentó imponerle Occidente a raíz de la invasión a Ucrania: además de contar con la presencia de 27 jefes de Estado, el presidente Vladimir Putin pudo presumir la cada vez mayor cercanía con su homólogo Xi Jinping, con quien ratificó que las relaciones entre Rusia y China se encuentran en el mejor momento de su historia.

El Día de la Victoria es una ocasión inmejorable para desmontar la mitología occidental en torno a la caída del nazismo como una gesta estadunidense, con ingleses, canadienses, australianos, franceses y otros como comparsas. Para decirlo claro: la Wehrmacht ya no era sino un pálido reflejo de su anterior poderío cuando se produjo el desembarco aliado en Normandía del 6 de junio de 1944, que ocho décadas de tergiversación hollywoodense han elevado a la categoría de máximo punto de inflexión en la contienda.

En el momento en que Washington decidió arriesgar las vidas de sus hombres (quienes, vale la pena recordar, se encontraban segregados racialmente de un modo que nada envidiaba al nazismo), las tropas de Hitler estaban conformadas, en gran parte, por niños y ancianos, pues su ejército original se había extinto en el frente oriental. Los números son tan escalofriantes como elocuentes: en la mayor carnicería perpetrada por los seres humanos contra sus semejantes, fallecieron más de 32 millones de soviéticos entre 9 millones 360 mil militares y más de 23 millones de civiles; la inmensa mayoría, bajo el Plan Hambre de Hitler, que buscaba la desaparición de los pueblos eslavos para re-poblar sus inmensos territorios con la raza aria.

Aunque se ha hecho todo por borrarlo, las segundas mayores víctimas de la guerra fueron los chinos abatidos por el indescriptiblemente cruel fascismo japonés: 14 millones de civiles y 2 millones 600 mil militares chinos murieron en el campo de batalla, en campos de exterminio o en los laboratorios donde los más eminentes científicos nipones usaban seres humanos como ratones. En contraste, Reino Unido perdió 60 mil civiles; Francia, 98 mil; Estados Unidos, menos de 6 mil. Por ello, la presencia de Xi al lado de Putin es una reivindicación histórica de dos naciones que lo sacrificaron todo para derrotar al fascismo.

Siguen los números para ilustrar la ferocidad con que se peleó en Leningrado, en Moscú, en Stalingrado, en Kursk y en los otros grandes teatros de esa tragedia. Tres millones de soldados nazis invadieron la Unión Soviética el 22 de junio de 1941. Eran 80 por ciento del ejército alemán y, entre muertos, heridos y capturados, muy pocos completaron el camino de regreso. La Wehrmacht yace en las estepas.

En casi cuatro años, la Unión Soviética no sólo combatió contra los nazis, sino contra sus entusiastas colaboradores polacos, ucranios, húngaros, rumanos, búlgaros y de otras naciones europeas que facilitaron las acciones del ejército alemán y se fueron sumando a él conforme los germanos caían en batalla. El arrebato colaboracionista fue tal que en Polonia los pro nazis siguieron asesinando judíos después del final de la guerra.

El Ejército Rojo fusiló a los antisemitas, y la mitología occidental los disfrazó de luchadores por la libertad contra la tiranía comunista. En la posguerra, Estados Unidos implementó un cordón sanitario para erradicar el comunismo de Europa occidental, pero como los grupos partisanos que resistieron al nazismo eran rojos y los liberales se acomodaron al fascismo o se exiliaron, las flamantes democracias las encabezaron personajes que escondieron a toda prisa sus insignias nazis o que, en el mejor de los casos, vieron los acontecimientos desde la seguridad de Londres o Washington.

Por eso, no sorprende que los herederos de esa Europa cómplice hayan elegido el 9 de mayo para redoblar su embestida antirrusa con la creación de un tribunal especial para juzgar a Moscú y el anuncio de un nuevo despojo de los activos rusos en el exterior, todo ello en nombre de una legalidad internacional y de unos derechos humanos que traen a los líderes occidentales sin el menor cuidado cuando Israel proclama sin tapujos su intención de exterminar al pueblo palestino."                  (Editorial de La Jornada, 10/05/25)

13.5.25

El margen de victoria de las fuerzas estadounidenses y británicas en Normandía fue escaso y habría sido aún menor si los soviéticos no hubieran llevado a cabo las dos ofensivas del Dniéper-Cárpatos (380 000 bajas alemanas), y Bagration (539 480 alemanes muertos)... Estas dos campañas provocaron que los soviéticos perdieran más del doble del número total de bajas sufridas por Estados Unidos durante toda la Segunda Guerra Mundial en ambos teatros de operaciones... los Archivos Militares Centrales de Moscú contienen los nombres de más de 14 millones de soldados del Ejército Rojo que murieron o desaparecieron durante los combates con la Alemania nazi. Millones más resultaron heridos en combate... Entre 15,9 y 17,4 millones de civiles fueron asesinados en territorio soviético por Alemania y sus aliados durante la guerra. Son cifras inconcebibles. Y son cifras que ninguna nación occidental, incluida Estados Unidos, habría podido soportar en condiciones similares y salir victoriosa... Como señaló el presidente estadounidense Franklin Roosevelt en 1942, «las tropas rusas han destruido —y siguen destruyendo— más mano de obra, aviones, tanques y cañones de nuestro enemigo común que todas las demás Naciones Unidas juntas»... Hoy, un presidente estadounidense en ejercicio denigra el sacrificio inimaginable del Ejército Rojo y del pueblo soviético —el pueblo ruso— para derrotar el flagelo de la Alemania nazi. Estados Unidos debería —de hecho, debe— honrar los sacrificios y los logros de sus propios soldados y ciudadanos que contribuyeron a la gran victoria aliada sobre la Alemania nazi. Pero no a costa de la verdad. El Ejército Rojo combatió y destruyó entre el 76 % y el 80 % de la maquinaria militar de la Alemania nazi (Scott Ritter, ex-marine)

 "(...) Los estadounidenses lucharon contra los alemanes y los japoneses al mismo tiempo, lo que requirió una división de recursos y una concentración nacional que nos impidió emplear todo el peso de nuestro poderío nacional contra nuestros enemigos.

Esto requirió un enfoque equilibrado en ambos teatros de conflicto, donde los plazos específicos estaban vinculados a la disponibilidad de mano de obra y recursos.

El margen de victoria fue a menudo más estrecho de lo que hubiera sido deseable. Tomemos, por ejemplo, el desembarco del Día D en Francia el 6 de junio de 1944. Estados Unidos había estado reuniendo cuidadosamente recursos para este evento, incluso mientras luchábamos contra los nazis en el norte de África, Sicilia e Italia.

Pero no había garantía de victoria, como demostró la declaración que preparó el general Dwight Eisenhower en caso de derrota: «Nuestros desembarcos en la zona de Cherburgo-El Havre no han logrado afianzarse satisfactoriamente y he retirado las tropas. Mi decisión de atacar en este momento y lugar se basó en la mejor información disponible. Las tropas, la fuerza aérea y la marina hicieron todo lo que el valor y la devoción al deber podían hacer. Si hay alguna culpa o responsabilidad en el intento, es mía y solo mía».

Prevalecimos en el Día D.

Pero el margen de victoria fue estrecho.

Uno de los factores que desempeñó un papel importante en el éxito de esta victoria fue la «otra guerra», aquella de la que la mayoría de los estadounidenses saben muy poco: la guerra en el frente oriental entre la Unión Soviética y la Alemania nazi.

Quienes conocen la historia de la operación de Normandía quizá estén familiarizados con la «Operación Bagration», la ofensiva soviética contra el Grupo de Ejércitos Centro de la Alemania nazi que se desarrolló entre el 22 de junio y el 19 de agosto de 1944. Esta ofensiva se programó aparentemente para impedir que los alemanes trasladaran tropas del frente oriental a Normandía. Los soviéticos emplearon una fuerza combinada de aproximadamente 1 670 300 efectivos de combate y apoyo contra una fuerza alemana de unos 849 000 soldados.

En comparación, la Operación Overlord, a mediados de julio de 1944, contó con el despliegue de unos 1 452 000 soldados estadounidenses y británicos en Francia, que se enfrentaron a una fuerza de aproximadamente 640 000 alemanes. Cuando concluyó Overlord, el 30 de agosto de 1944, los aliados habían sufrido unas 226 386 bajas en combate, mientras que los alemanes perdieron unas 323 000, incluidos unos 233 000 prisioneros.

Durante la Operación Bagration, que terminó el 30 de agosto de 1944, los soviéticos sufrieron unas 670 000 bajas en combate, mientras que infligieron pérdidas de 539 480 alemanes muertos, desaparecidos o capturados. En resumen, en solo cinco semanas, los soviéticos habían destruido 22 divisiones alemanas. Para estabilizar el frente, Alemania tuvo que trasladar 46 divisiones al frente oriental, incluidas varias divisiones que se suponía que iban a enfrentarse a las fuerzas estadounidenses y británicas en Francia.

Pero la verdadera historia del papel fundamental que desempeñaron los soviéticos para garantizar la victoria estadounidense y británica sobre los alemanes en Normandía fue la ofensiva del Dniéper-Cárpatos, que tuvo lugar entre diciembre de 1943 y mayo de 1944. En ella, los soviéticos perdieron unos 270 000 muertos y otros 840 000 heridos, más pérdidas que las sufridas por todo el ejército estadounidense en su lucha contra los alemanes y los japoneses, mientras que infligieron 380 000 bajas a los alemanes.

Pero esto no es todo.

Debido a la ofensiva del Dniéper-Cárpatos, en vísperas de la invasión de Normandía, Alemania retiró de Francia unos 46 000 soldados y casi 400 tanques y cañones de asalto organizados en algunas de las formaciones de combate más elitistas del ejército alemán, para reforzar las posiciones alemanas desplegadas contra los soviéticos.

Se trataba de tropas que, de otro modo, habrían sido desplegadas para contrarrestar el desembarco del Día D en Normandía, lo que habría aumentado las posibilidades de que Eisenhower tuviera que leer su declaración de derrota.

El margen de victoria fue escaso.

Pero la contribución soviética a la victoria aliada en Normandía no se detiene aquí. Las reservas móviles alemanas que se suponía que debían responder a cualquier invasión aliada consistían en seis divisiones y varias unidades independientes del tamaño de brigadas que fueron trasladadas de Rusia a Francia para reacondicionarse, lo que garantizaba que, cuando Alemania respondiera a la invasión anglo-estadounidense de Normandía, lo haría con divisiones que habían sido recientemente destrozadas por los soviéticos en el frente oriental.

El margen de victoria de las fuerzas estadounidenses y británicas en Normandía fue escaso y habría sido aún menor si los soviéticos no hubieran llevado a cabo las dos ofensivas del Dniéper-Cárpatos y Bagration. Estas dos campañas provocaron que los soviéticos perdieran más del doble del número total de bajas sufridas por Estados Unidos durante toda la Segunda Guerra Mundial en ambos teatros de operaciones.

Los estadounidenses harían bien en recordar las palabras del primer ministro británico Winston Churchill, quien señaló en una carta al líder soviético Joseph Stalin que «fue el ejército ruso el que destrozó la maquinaria militar alemana».

Y esto tuvo un coste inimaginable.

Unos 34 millones de hombres soviéticos sirvieron en el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial. Si bien la cifra oficial de muertos del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial es de unos 8 600 000, los Archivos Militares Centrales de Moscú contienen los nombres de más de 14 millones de soldados del Ejército Rojo que murieron o desaparecieron durante los combates con la Alemania nazi. Millones más resultaron heridos en combate.

Pero esto es solo una parte de la historia.

La lucha contra la Alemania nazi tuvo lugar en suelo soviético, la tierra oscura de Rusia, Ucrania, Bielorrusia y el Cáucaso. Entre 15,9 y 17,4 millones de civiles fueron asesinados en territorio soviético por Alemania y sus aliados durante la guerra.

Son cifras inconcebibles.

Y son cifras que ninguna nación occidental, incluida Estados Unidos, habría podido soportar en condiciones similares y salir victoriosa.

Tanto los estadounidenses como los rusos hablan de la importancia de la ayuda militar estadounidense —el «préstamo y arriendo»— para ayudar a mantener al Ejército Rojo durante los años críticos de 1942-1943.

Pero el «préstamo y arriendo» no ganó la guerra.

Lo hicieron la sangre y el sacrificio del Ejército Rojo.

Como señaló el presidente estadounidense Franklin Roosevelt en 1942, «las tropas rusas han destruido —y siguen destruyendo— más mano de obra, aviones, tanques y cañones de nuestro enemigo común que todas las demás Naciones Unidas juntas».

Fue el «hábil liderazgo, la sólida organización, el entrenamiento adecuado y, sobre todo, la determinación de derrotar al enemigo, sin importar los sacrificios propios» del Ejército Rojo lo que, según señaló Roosevelt en una carta dirigida a Joseph Stalin en 1943, «sin duda obligó a las fuerzas armadas de Hitler a seguir el camino hacia la derrota final y se ganó la admiración del pueblo de los Estados Unidos durante mucho tiempo».

Mucho tiempo.

Pero no para siempre.

Hoy, un presidente estadounidense en ejercicio denigra el sacrificio inimaginable del Ejército Rojo y del pueblo soviético —el pueblo ruso— para derrotar el flagelo de la Alemania nazi.

Estados Unidos debería —de hecho, debe— honrar los sacrificios y los logros de sus propios soldados y ciudadanos que contribuyeron a la gran victoria aliada sobre la Alemania nazi.

Pero no a costa de la verdad.

El Ejército Rojo combatió y destruyó entre el 76 % y el 80 % de la maquinaria militar de la Alemania nazi.

He leído y releído la increíble trilogía de Rick Atkinson sobre la historia del Ejército estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial.

Y me sorprende lo estrecho que fue el margen de victoria en muchas de las batallas libradas entre las fuerzas estadounidenses y su enemigo nazi.

Un batallón alemán más aquí, unos cientos de tanques alemanes allí, y la batalla podría haber tenido un desenlace diferente.

Pero los alemanes no tenían los recursos, porque casi nueve millones de sus soldados lucharon y murieron en el frente oriental, nueve millones de soldados que, de otro modo, habrían podido inclinar la balanza del destino a favor de los ejércitos nazis que luchaban en el oeste.

El margen de la victoria estadounidense fue escaso.

Y sin los sacrificios del Ejército Rojo y los ciudadanos soviéticos, no habría habido margen de victoria.

Para el pueblo ruso, el 9 de mayo, Día de la Victoria, es una ocasión solemne y espiritual, en la que los ojos de los más de 27 millones de antepasados que perecieron en la horrible lucha contra la Alemania nazi miran a los ciudadanos de hoy, recordándoles los sacrificios que hicieron y desafiándoles a no deshonrar nunca su memoria.

El desfile militar es un momento de supremo orgullo nacional.

No se trata, como afirman algunos en Occidente, de una declaración de chovinismo militar ruso moderno.

Al contrario, el pueblo ruso ve ante sí a los descendientes de las tropas rusas que desfilaban por la Plaza Roja en diciembre de 1941, marchando directamente desde la ceremonia hacia el frente, a pocos kilómetros de distancia, donde derramaron su sangre para detener al ejército alemán que llamaba a las puertas de la capital soviética.

Ven en los soldados de hoy el orgullo del Ejército Rojo cuando volvió a desfilar al final de la guerra contra la Alemania nazi, arrojando las banderas de su enemigo derrotado.

Miran a los jóvenes que marchan hoy con orgullo y ven en ellos el mismo espíritu indomable de sus antepasados, que lo dieron todo para que el pueblo ruso de hoy pueda vivir en paz en la tierra de la Madre Rusia.

El Día de la Victoria no es un truco nacional ni un placer narcisista para un líder ruso.

Es una expresión del alma misma de una nación y su pueblo.

Un recordatorio de que el margen de victoria en la Segunda Guerra Mundial se mide en el sacrificio del Ejército Rojo y la nación soviética.

Donald Trump parece haber olvidado esta verdad.

Es responsabilidad de los ciudadanos de Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Francia y las demás naciones que, junto con la Unión Soviética, formaron la gran alianza que derrotó a la Alemania nazi.

El pueblo ruso nunca ha olvidado ni abandonado a estos aliados. De hecho, el Ejército ruso también marcha en su honor.

Nunca debemos olvidar el heroísmo y el sacrificio de los soldados estadounidenses que derrotaron a la Alemania nazi.

Pero el margen de nuestra victoria fue escaso.

Y solo se logró gracias al sacrificio de millones de soldados y civiles soviéticos.

Es nuestro deber honrarlos como honramos a los nuestros."

( Scott Ritter , blog, 09/05/25, traducción DEEPL)

12.5.25

Las naciones rusa y china fueron las que más sufrieron durante la Segunda Guerra Mundial. Se estima que la peor conflagración militar de la historia de la humanidad dejó un saldo de muertos de alrededor de 80 millones. Más de la mitad de esas víctimas pertenecían a la Unión Soviética y a China... Resulta inquietante que un episodio tan trascendental se haya convertido en una fecha cada vez más anodina en el calendario oficial occidental... es explicable. La supuesta "victoria aliada" sobre la Alemania nazi y el Japón imperial siempre fue una farsa... Estados Unidos y Gran Bretaña, aliados nominales de la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial, contribuyeron marginalmente a la derrota de la Alemania nazi. El hecho indiscutible de que la Wehrmacht nazi perdiera el 80% de sus bajas totales luchando contra la Unión Soviética... La Segunda Guerra Mundial dio paso inmediatamente a la Guerra Fría, con Estados Unidos y Gran Bretaña rehabilitando los restos del régimen nazi... los estadounidenses y los británicos tenían planes encubiertos y diabólicos para atacar a la Unión Soviética con armas atómicas tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el desarrollo posterior de la bomba atómica por parte de los soviéticos en 1949 impidió que las potencias occidentales llevaran a cabo la aniquilación de Rusia... La victoria del Ejército Rojo Soviético contra la Alemania nazi en 1945 fue trascendental. Liberó a Europa de un régimen atroz. Pero lo más importante es que la guerra no destruyó el fascismo. El fascismo fue hábilmente redistribuido por sus promotores en el sistema capitalista occidental y se manifestó en la Guerra Fría e innumerables guerras neoimperialistas en todo el planeta... El sistema de guerra continúa imparable y libra hoy un exterminio genocida de palestinos, cuyas tierras fueron robadas en 1948 por el proyecto colonial sionista, respaldado por Occidente (Editorial de Strategic Culture )

 "Ochenta años después de la derrota de la Alemania nazi, esta semana el mundo presenció un evento espectacular, solemne y jubiloso para conmemorar ese logro histórico. El desfile de la victoria en la Plaza Roja de Moscú fue un espectáculo glorioso sin igual.

Y con razón, porque la derrota de la Alemania nazi el 9 de mayo de 1945 fue en gran medida el resultado de los heroicos sacrificios de los pueblos soviético y ruso.

La conmemoración anual sigue siendo tan conmovedora y orgullosa para los rusos como siempre.

Este año, el presidente ruso, Vladimir Putin, estuvo acompañado por numerosos dignatarios internacionales para observar el desfile. Cabe destacar que, con honrosas excepciones, los líderes occidentales estuvieron ausentes, impedidos por su tóxica propaganda rusófoba y sus contradicciones históricas.

El presidente de China, Xi Jinping, ocupó un lugar destacado en la tribuna de la Plaza Roja. Una vez más, con razón.

Las naciones rusa y china fueron las que más sufrieron durante la Segunda Guerra Mundial. Se estima que la peor conflagración militar de la historia de la humanidad dejó un saldo de muertos de alrededor de 80 millones. Más de la mitad de esas víctimas pertenecían a la Unión Soviética y a China.

El Día de la Victoria, el 9 de mayo, suele conmemorarse como el fin de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el Japón Imperial, aliado de la Alemania nazi en el Eje, no fue derrotado hasta agosto de 1945. La guerra del Japón Imperial en China se libró con la misma barbarie genocida que la de la Alemania nazi en la Unión Soviética.

Resulta profundamente revelador que el fin de la Segunda Guerra Mundial sea ahora, en gran medida, un acontecimiento silenciado en las naciones occidentales de Estados Unidos, Gran Bretaña y el resto de Europa. Resulta inquietante que un episodio tan trascendental se haya convertido en una fecha cada vez más anodina en el calendario oficial occidental. En cambio, en Rusia, el aniversario de la victoria de la Gran Guerra Patria es más relevante y venerado que nunca.

La diferencia es explicable. La supuesta "victoria aliada" sobre la Alemania nazi y el Japón imperial siempre fue una farsa. Ochenta años después, la farsa ha quedado más expuesta que nunca, hasta el punto de volverse insostenible y embarazosa para los estados occidentales.

El Ejército Rojo Soviético y el pueblo ruso ganaron la guerra contra el Tercer Reich nazi con un gran sacrificio humano. La derrota de Japón fue provocada por Estados Unidos en un cobarde y despreciable acto de genocidio al lanzar dos bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

Estados Unidos y Gran Bretaña, aliados nominales de la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial, contribuyeron marginalmente a la derrota de la Alemania nazi. El hecho indiscutible de que la Wehrmacht nazi perdiera el 80% de sus bajas totales luchando contra la Unión Soviética, y el alzamiento de la hoz y el martillo sobre el búnker de Hitler en Berlín, son testimonio de quiénes fueron los vencedores decisivos.

Apenas derrotado el régimen nazi, las potencias occidentales comenzaron sus actos de traición contra la Unión Soviética. La Segunda Guerra Mundial dio paso inmediatamente a la Guerra Fría, con Estados Unidos y Gran Bretaña rehabilitando los restos del régimen nazi. El lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón no pretendía tanto aplastar al enemigo japonés como cometer un acto de terror calculado para intimidar a la Unión Soviética.

Como relata el autor Ron Ridenour en su libro, La amenaza rusa a la paz, los estadounidenses y los británicos tenían planes encubiertos y diabólicos para atacar a la Unión Soviética con armas atómicas tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el desarrollo posterior de la bomba atómica por parte de los soviéticos en 1949 impidió que las potencias occidentales llevaran a cabo la aniquilación de Rusia.

La traición de Occidente coincidió con la fundación de las Naciones Unidas tras la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto, se habló de respeto por el derecho internacional y la soberanía de las naciones. Pero todo fue un engaño.

Lamentablemente, la guerra para acabar con todas las guerras y crear la paz internacional fueron una ilusión.

Para comprender el engaño y la contradicción, es necesario comprender que el auge del fascismo durante la década de 1930, que condujo a la Segunda Guerra Mundial, fue producto del imperialismo capitalista. La Alemania de Hitler y el Japón imperialista se distinguían, sin duda, por su barbarie y propensión genocida. Sin embargo, no se diferenciaban cualitativamente de los estados imperialistas occidentales como Gran Bretaña y Estados Unidos. Ambos regímenes llevaron a cabo guerras genocidas de forma rutinaria en sus territorios coloniales durante el siglo XIX y principios del XX.

El Reich nazi fue un hijo bastardo del imperialismo occidental. Los gobernantes capitalistas estadounidenses y británicos patrocinaron el régimen alemán y otros fascistas europeos con el objetivo principal de infligir una derrota estratégica a la Unión Soviética, considerada un bastión contra la dominación occidental.

Hoy en día, Rusia puede no ser la Unión Soviética, pero todavía constituye un obstáculo para los designios imperialistas occidentales de dominación global, al igual que la República Popular China.

En las ocho décadas transcurridas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el mundo ha presenciado decenas de guerras y conflictos en todos los continentes, la mayoría de los cuales han sido instigados por Estados Unidos y sus "aliados" occidentales bajo diversos pretextos y falsas excusas, incluyendo, risiblemente, la "defensa del mundo libre contra la invasión soviética" o la "protección de los derechos humanos y la democracia". ¡Qué absurdo! Pero, amparados por la maquinaria de propaganda de los medios occidentales, ocultan los crímenes regurgitando y dando crédito a los falsos pretextos. El número total de muertes y destrucción de estas guerras neocoloniales o neoimperialistas de las últimas ocho décadas es comparable a la Segunda Guerra Mundial.

Con frecuencia escuchamos a los estadounidenses y a algunos políticos quejarse del fenómeno de las "guerras interminables". Rara vez escuchamos la simple pregunta de por qué Estados Unidos es un estado belicista tan implacable.

La victoria del valiente Ejército Rojo Soviético contra la Alemania nazi en 1945 fue trascendental. Liberó a Europa de un régimen atroz. Pero lo más importante es que la guerra no destruyó el fascismo. El fascismo fue hábilmente redistribuido por sus promotores en el sistema capitalista occidental y se manifestó en la Guerra Fría e innumerables guerras neoimperialistas en todo el planeta.

El sistema de guerra continúa imparable y, de hecho, con aún más vigor y una encarnación grotesca. El llamado Estado judío de Israel, supuestamente creado en reparación por el Holocausto nazi, libra hoy un exterminio genocida de palestinos, cuyas tierras fueron robadas en 1948 por el proyecto colonial sionista, respaldado por Occidente. La hambruna y el bombardeo deliberado de bebés palestinos se llevan a cabo con armas y apoyo político estadounidense y europeo, mientras la maquinaria propagandística occidental, conocida como los medios de comunicación, ignora de forma condenatoria el horror. Distorsionando, minimizando, oscureciendo y encubriendo la realidad, como de costumbre.

Esta semana, en una pálida imitación de un "desfile de la victoria" en Londres, la realeza, los políticos y el ejército británicos se unieron a las fuerzas neonazis ucranianas que ondeaban sus odiosas banderas de Wolf Hook. En esencia, la guerra indirecta de cuatro años en Ucrania contra Rusia, instigada y utilizada como arma por las potencias occidentales, no es más que una continuación de la Segunda Guerra Mundial. Esta vez, sin embargo, no hay pretensiones de qué lado están las potencias occidentales.

En Occidente, la historia está muerta porque se utiliza para enterrar crímenes pasados y presentes.

Para Rusia y otros pueblos que buscan la verdad y una paz internacional genuina, la historia está muy viva y vale la pena luchar por ella."

( Jaque al neoliberalismo, 11/05/25, fuente: Editorial Strategic Culture )

10.5.25

Varoufakis: Algunas reflexiones sobre el 80º aniversario de la victoria sobre el fascismo... No fue una mera victoria militar; fue el triunfo de la solidaridad sobre el fascismo, del internacionalismo sobre la tiranía racial, del humanismo sobre la matanza industrial... esa magnífica victoria, que hoy tenemos motivos para recordar y celebrar, demostró que no existe la victoria final contra el fascismo, contra la misantropía, en un mundo construido sobre la explotación sistemática de las personas y de la naturaleza, un mundo que aún no está maduro para la Paz con Justicia... No pasó mucho tiempo después de aquella magnífica victoria contra el fascismo para que los vencedores cooptaran a los fascistas derrotados para aplastar a los luchadores por la libertad que habían luchado contra el fascismo. En Grecia, en Vietnam, en Indonesia, en Sudáfrica, en todo Occidente, los vencedores emplearon a fascistas para mantener el orden colonial de preguerra, los regímenes seudoliberales de preguerra cuya bancarrota económica y ética había engendrado el fascismo... Hoy, el fantasma del fascismo vuelve a resurgir... En la Unión Europea el fascismo ha vuelto, no en forma de botas militares y sieg heils, sino en los demagogos xenófobos de nuestros parlamentos, en las fronteras militarizadas de la Fortaleza Europa, en la locura del rearme de Europa, en el enfermizo apoyo de Europa al genocidio de los palestinos por parte del último Estado del Apartheid... La derrota del nazismo fue el resultado de los sacrificios de millones de héroes anónimos, partisanos, mujeres y hombres de la resistencia, soldados rasos, mujeres y hombres trabajadores que murieron de hambre y sangraron para doblegar al fascismo. Ese es el legado que debemos recuperar, la solidaridad radical e internacionalista que una vez unió al mundo contra la tiranía... el fascismo no sólo fue derrotado en 1945, sino que fue superado en organización, movilización y sueños. Y si hoy queremos derrotar a sus herederos, debemos hacer lo mismo. ¡No pasarán!

 "Hoy hace ochenta años, la monstruosa maquinaria del Tercer Reich fue finalmente reducida a polvo. La esvástica fue arrancada del Reichstag, los campos de exterminio liberados y Europa, ensangrentada y traumatizada, pero incólume, emergió de la noche más oscura de la historia.

No fue una mera victoria militar; fue el triunfo de la solidaridad sobre el fascismo, del internacionalismo sobre la tiranía racial, del humanismo sobre la matanza industrial.

Y, sin embargo, esa magnífica victoria, que hoy tenemos motivos para recordar y celebrar, demostró que no existe la victoria final contra el fascismo, contra la misantropía, en un mundo construido sobre la explotación sistemática de las personas y de la naturaleza, un mundo que aún no está maduro para la Paz con Justicia.

No pasó mucho tiempo después de aquella magnífica victoria contra el fascismo para que los vencedores cooptaran a los fascistas derrotados para aplastar a los luchadores por la libertad que habían luchado contra el fascismo. En Grecia, en Vietnam, en Indonesia, en Sudáfrica, en todo Occidente, los vencedores emplearon a fascistas para mantener el orden colonial de preguerra, los regímenes seudoliberales de preguerra cuya bancarrota económica y ética había engendrado el fascismo.

 Hoy, el fantasma del fascismo vuelve a resurgir. En Ucrania, en los mismos campos de batalla donde fue aplastado, el nazismo sigue vivo, armado hasta los dientes, golpeando tanto desde dentro del Batallón Azov como desde el Grupo Wagner. En la Unión Europea el fascismo ha vuelto, no en forma de botas militares y sieg heils, sino en los demagogos xenófobos de nuestros parlamentos, en las fronteras militarizadas de la Fortaleza Europa, en la locura del rearme de Europa, en el enfermizo apoyo de Europa al genocidio de los palestinos por parte del último Estado del Apartheid.

La derrota del nazismo no fue obra únicamente de generales o políticos. Fue el resultado de los sacrificios de millones de héroes anónimos: partisanos, mujeres y hombres de la resistencia, soldados rasos, mujeres y hombres trabajadores que murieron de hambre y sangraron para doblegar al fascismo. Ese es el legado que debemos recuperar. No el nacionalismo hueco del ondear de banderas, de los desfiles militares, sino la solidaridad radical e internacionalista que una vez unió al mundo contra la tiranía.

Ochenta años después, la lucha no ha terminado. No olvidemos que el fascismo no sólo fue derrotado en 1945, sino que fue superado en organización, movilización y sueños. Y si hoy queremos derrotar a sus herederos, debemos hacer lo mismo.

No pasarán, ¡nunca más!" 

 ( , blog, 08/05/25, traducción DEEPL)

5.5.25

¿Alguien criticará la amenaza de Zelenski de atacar el desfile del Día de la Victoria en Moscú? Esto es vergonzoso. Y es chocante que los políticos occidentales no lo hayan dicho... Como se trata del 80 aniversario del fin de la guerra, las celebraciones serán mayores de lo normal. Numerosos dignatarios extranjeros estarán en Gran Bretaña y en Rusia, incluido el Presidente de China, Xi Jinping, que viajará a Moscú... en lugar de entablar negociaciones directas con Rusia, algo que la parte estadounidense ha recomendado y a lo que el gobierno ruso se ha mostrado receptivo, Zelensky ha optado en su lugar por amenazar con un ataque a Moscú el Día de la Victoria. Dijo concretamente: «Estamos eligiendo precisamente aquellos puntos dolorosos en Rusia que más incitarán a Moscú a la diplomacia. Ahora les preocupa que se cuestione su desfile, y tienen razón en estar preocupados»... Esto es más que despreciable. Zelensky afirma que esta amenaza pretende presionar a Rusia para que acepte una solución diplomática, pero eso es absurdo. Como bien sabrá Zelensky, un ataque a Moscú el Día de la Victoria provocaría una brusca escalada de la guerra por parte rusa. Destruiría cualquier esperanza de diplomacia... ¿qué haríamos si Ucrania lanzara ataques contra Moscú el Día de la Victoria? ¿Lo condenaríamos? Espero que en esa situación retirásemos todo el apoyo a Ucrania, presionásemos a Zelensky para que dimitiese, y hablásemos con Rusia para evitar una rápida escalada hacia la Tercera Guerra Mundial (Ian Proud, ex-diplomático inglés)

 "El presidente Zelensky ha amenazado con atacar el desfile militar del Día de la Victoria en Moscú el 9 de mayo. Esto es vergonzoso. Y es chocante que los políticos occidentales no lo hayan dicho.

En medio de una guerra en curso en Ucrania, los países implicados en la derrota de la Alemania nazi se preparan para conmemorar el final de la Segunda Guerra Mundial, o la Gran Guerra Patria, como se conoce en Rusia. Su Majestad el Rey encabezará las conmemoraciones en Gran Bretaña el 8 de mayo. Rusia y otros países de la antigua Unión Soviética, como Kazajstán, conmemorarán el final de la guerra el 9 de mayo. La historia es compleja, pero se reduce a un desacuerdo sobre el momento formal en que Alemania firmó el Instrumento de Rendición.

Como se trata del 80 aniversario del fin de la guerra, las celebraciones serán mayores de lo normal. Numerosos dignatarios extranjeros estarán en Gran Bretaña y en Rusia, incluido el Presidente de China, Xi Jinping, que viajará a Moscú.

Dada la actual pugna por acordar el fin de la guerra en Ucrania, el Presidente Putin ha anunciado un alto el fuego de setenta y dos horas para el Día de la Victoria. Esto es positivo.

Ucrania ha estado presionando para conseguir un alto el fuego incondicional más inmediato de 30 días. Sin embargo, dado que no se ha llegado a ningún acuerdo concreto sobre los principales puntos conflictivos, y con dos propuestas de paz distintas y muy diferentes de Estados Unidos y Europa en circulación, Rusia aún no ha accedido a ello.

Sigo esperando que se ponga fin a esta guerra sin sentido que ya se ha cobrado más de un millón de víctimas irrecuperables.

Sin embargo, en lugar de entablar negociaciones directas con Rusia, algo que la parte estadounidense ha recomendado y a lo que el gobierno ruso se ha mostrado receptivo, Zelensky ha optado en su lugar por amenazar con un ataque a Moscú el Día de la Victoria. Dijo concretamente:

«Estamos eligiendo precisamente aquellos puntos dolorosos en Rusia que más incitarán a Moscú a la diplomacia. Ahora les preocupa que se cuestione su desfile, y tienen razón en estar preocupados».

Esto es más que despreciable. Zelensky afirma que esta amenaza pretende presionar a Rusia para que acepte una solución diplomática, pero eso es absurdo. Como bien sabrá Zelensky, un ataque a Moscú el Día de la Victoria provocaría una brusca escalada de la guerra por parte rusa. Destruiría cualquier esperanza de diplomacia.

Para Rusia y para otros países de la antigua Unión Soviética, la conmemoración del 9 de mayo es enormemente simbólica y sagrada, como lo es la conmemoración del 8 de mayo en Gran Bretaña. Se cree que la Unión Soviética sufrió hasta veintisiete millones de muertes durante la guerra.

Eso es un orden de magnitud muy superior a las bajas sufridas por Gran Bretaña, en torno a medio millón de personas. No digo esto para disminuir las pérdidas británicas.

El 8 de mayo honramos el sacrificio de todos los civiles y miembros del personal de servicio que murieron durante la guerra. Mi tío abuelo William Marrs fue capturado por los japoneses en Hong Kong y murió cuando un barco que le transportaba a él y a otros 1800 prisioneros a campos de trabajos forzados en Japón fue hundido frente a la costa de Corea el 1 de octubre de 1942. Recuerdo su servicio a mi país con orgullo teñido de tristeza.

El pueblo ruso recuerda sus pérdidas con la misma emoción. Cuando vivía en Moscú, presenciaba los actos del Día de la Victoria cada mes de mayo y el orgullo y la celebración entre los rusos de a pie eran idénticos a los que veo entre los británicos.

También recuerdo el Regimiento Inmortal, en el que decenas de miles de ciudadanos desfilan por Moscú sosteniendo fotografías de sus familiares muertos durante la guerra. Cuando Nicholas Soames, nieto de Winston Churchill, visitó Moscú hace diez años con motivo del septuagésimo aniversario del final de la guerra, la embajada británica publicó en las redes sociales una imagen suya sosteniendo una fotografía de su abuelo, nuestro emblemático Primer Ministro en tiempos de guerra. Antes de viajar a Moscú, Soames declaró: «Compartimos este Día de la Victoria, ya que Gran Bretaña y Rusia se mantuvieron unidas con nuestros aliados contra los nazis».

De hecho, en 2010, las tropas británicas desfilaron por la Plaza Roja para conmemorar el 65º aniversario del final de la guerra, aunque hoy en día esa idea parezca imposible.

El Día de la Victoria es un momento para el recuerdo.

Zelensky ha hecho un gran descrédito de su cargo de Presidente de Ucrania y del pueblo ucraniano. Cerca de la mitad de las pérdidas soviéticas tuvieron lugar en Ucrania a manos de la Alemania nazi.

Pero lo que más me preocupa es que los líderes occidentales no se hayan distanciado de los comentarios de Zelensky. No he visto palabras de reproche por parte de los líderes de Londres, Berlín, París o Washington DC. ¿Por qué no han condenado la amenaza de Zelensky de atacar un desfile pacífico para conmemorar el final de la guerra más devastadora del siglo XX? De hecho, desde el arrebato de Zelensky, Gran Bretaña ha anunciado, en cambio, que tropas ucranianas participarán en desfiles militares conmemorativos en este país.

Si el presidente Putin hubiera amenazado con lanzar ataques contra Londres el 8 de mayo, el ejército británico se estaría movilizando y nos estaríamos preparando para la Tercera Guerra Mundial. En cambio, el exabrupto de Zelensky es recibido con indiferencia.

¿Cómo nos hemos rebajado tanto moralmente que hemos imbuido a Zelensky de tal impunidad que puede librar una guerra a nuestra costa y dar todos los pasos imaginables para prolongarla, con maniobras de prensa cada vez más desesperadas y repugnantes?

Espero que Zelensky vaya de farol con su última amenaza incendiaria. Pero, ¿qué haríamos si Ucrania lanzara ataques contra Moscú el Día de la Victoria? ¿Lo condenaríamos?

Espero que en esa situación retirásemos todo el apoyo a Ucrania, presionásemos a Zelensky para que dimitiese, abriésemos paso a unas elecciones que deberían haberse celebrado hace tiempo, y hablásemos con Rusia para evitar una rápida escalada hacia la Tercera Guerra Mundial. Me preocupa, sin embargo, que nos chupemos los dedos, nos desviemos y encontremos alguna forma de culpar a Rusia."

(Ian Proud , blog,
Traducción realizada con la versión gratuita del traductor DeepL.com

23.3.25

Del estado del bienestar al estado de guerra... El belicismo ha alcanzado su punto álgido en Europa, quizá porque han visto que a Rusia le ha ido bastante bien con este modelo, nuestros líderes europeos se están planteando una salida a la crisis vía keynesianismo militar... Se ofrecen varios argumentos para rearmar el capitalismo europeo... hay que pagar un precio por defender la democracia. ¿Cómo pagar esto? Los políticos tendrán que prepararse para recuperar dinero mediante recortes en las prestaciones por enfermedad, las pensiones y la asistencia sanitaria... Si se hace de la manera correcta, también es una oportunidad económica». Así que la guerra es la salida del estancamiento económico... El gasto público anual debido al nuevo paquete fiscal alemán será mayor que el auge del gasto que se produjo con el Plan Marshall de la posguerra... el keynesianismo militar va en contra de los intereses de los trabajadores y de la humanidad. ¿Estamos a favor de fabricar armas para matar gente con el fin de crear puestos de trabajo? El gasto militar puede tener un efecto ligeramente positivo en las tasas de beneficio en los países exportadores de armas, pero no en los importadores. En esencia, el esfuerzo bélico en la 2ª guerra mundial fue una producción masiva de medios de destrucción financiada por los trabajadores (Michael Roberts)

"Del bienestar a la guerra: el keynesianismo militar

El belicismo ha alcanzado su punto álgido en Europa. Todo empezó cuando Estados Unidos, bajo Trump, decidió que no valía la pena pagar por la «protección» militar de las capitales europeas frente a posibles enemigos. Trump quiere que Estados Unidos deje de pagar la mayor parte de la financiación de la OTAN y de proporcionar su poderío militar, y quiere poner fin al conflicto entre Ucrania y Rusia para poder concentrar la estrategia imperialista estadounidense en el «hemisferio occidental» y el Pacífico, con el objetivo de «contener» y debilitar el auge económico de China.

La estrategia de Trump ha sembrado el pánico entre las élites gobernantes europeas. De repente, les preocupa que Ucrania pierda frente a las fuerzas rusas y que en poco tiempo Putin esté en las fronteras de Alemania o, como afirman el primer ministro británico Keir Starmer y un exjefe del MI5, «en las calles británicas».

Sea cual sea la validez de este supuesto peligro, se ha creado la oportunidad para que los servicios militares y secretos de Europa «suban la apuesta» y pidan el fin del llamado «dividendo de paz» que comenzó tras la caída de la temida Unión Soviética y ahora comienzan el proceso de rearme. La jefa de Política Exterior de la UE, Kaja Kallas, explicó la política exterior de la UE tal como la veía: «Si juntos no somos capaces de ejercer suficiente presión sobre Moscú, ¿cómo podemos pretender derrotar a China?»

Se ofrecen varios argumentos para rearmar el capitalismo europeo. Bronwen Maddox, directora de Chatham House, el «think tank» de relaciones internacionales, que presenta principalmente los puntos de vista del estado militar británico, dio el pistoletazo de salida afirmando que «el gasto en «defensa» es el mayor beneficio público de todos» porque es necesario para la supervivencia de la «democracia» frente a las fuerzas autoritarias. Pero hay que pagar un precio por defender la democracia: «el Reino Unido puede tener que pedir más préstamos para pagar el gasto en defensa que necesita con tanta urgencia. El año que viene y en adelante, los políticos tendrán que prepararse para recuperar dinero mediante recortes en las prestaciones por enfermedad, las pensiones y la asistencia sanitaria». Y continuó: «Si se tardó décadas en acumular este gasto, puede que se tarde décadas en revertirlo», por lo que Gran Bretaña debe ponerse manos a la obra. «Starmer pronto tendrá que fijar una fecha en la que el Reino Unido alcance el 2,5 % del PIB en gasto militar, y ya hay un coro que sostiene que esta cifra debe ser mayor. Al final, los políticos tendrán que persuadir a los votantes para que renuncien a algunas de sus prestaciones para pagar la defensa».

Martin Wolf, el gurú económico keynesiano liberal del Financial Times, comenzó diciendo: «El gasto en defensa tendrá que aumentar sustancialmente. Tenga en cuenta que en los años setenta y ochenta era del 5 % del PIB del Reino Unido, o más. Puede que no tenga que estar a esos niveles a largo plazo: la Rusia moderna no es la Unión Soviética. Sin embargo, puede que sea necesario que sea tan alto durante la acumulación, especialmente si EE. UU. se retira».

¿Cómo pagar esto? «Si el gasto en defensa va a ser permanentemente más alto, los impuestos deben aumentar, a menos que el gobierno pueda encontrar suficientes recortes de gastos, lo cual es dudoso». Pero no se preocupe, el gasto en tanques, tropas y misiles es realmente beneficioso para una economía, dice Wolf. «El Reino Unido también puede esperar de forma realista beneficios económicos de sus inversiones en defensa. Históricamente, las guerras han sido la madre de la innovación». A continuación, cita los maravillosos ejemplos de los beneficios que Israel y Ucrania han obtenido de sus guerras: «La «economía emergente» de Israel comenzó en su ejército. Los ucranianos han revolucionado la guerra con drones». No menciona el coste humano que conlleva la innovación por la guerra. Wolf continúa: «El punto crucial, sin embargo, es que la necesidad de gastar significativamente más en defensa debe verse como algo más que una necesidad y también más que un coste, aunque ambos son ciertos. Si se hace de la manera correcta, también es una oportunidad económica». Así que la guerra es la salida del estancamiento económico.

Wolf grita que Gran Bretaña debe ponerse manos a la obra: «Si Estados Unidos ya no es un defensor de la democracia liberal, la única fuerza potencialmente lo suficientemente fuerte como para llenar el vacío es Europa. Si los europeos quieren tener éxito en esta ardua tarea, deben empezar por asegurar su hogar. Su capacidad para hacerlo dependerá a su vez de los recursos, el tiempo, la voluntad y la cohesión… Sin duda, Europa puede aumentar sustancialmente su gasto en defensa». Wolf argumentó que debemos defender los cacareados «valores europeos» de libertad personal y democracia liberal. «Hacerlo será económicamente costoso e incluso peligroso, pero necesario… porque «Europa tiene ‘quintas columnas’ en casi todas partes». Concluyó que «si Europa no se moviliza rápidamente en su propia defensa, la democracia liberal podría hundirse por completo. Hoy parece un poco como en la década de 1930. Esta vez, por desgracia, Estados Unidos parece estar en el lado equivocado».

El columnista del Financial Times Janan Ganesh lo dijo sin rodeos: «Europa debe recortar su estado de bienestar para construir un estado de guerra. No hay forma de defender el continente sin recortar el gasto social». Dejó claro que los logros que los trabajadores obtuvieron tras el final de la Segunda Guerra Mundial, pero que se han ido reduciendo gradualmente en los últimos 40 años, deben ahora eliminarse por completo. «La misión ahora es defender las vidas de los europeos. ¿Cómo se puede financiar un continente mejor armado, si no es a través de un estado del bienestar más pequeño? La edad de oro del estado del bienestar de la posguerra ya no es posible. «Cualquiera menor de 80 años que haya pasado su vida en Europa puede ser excusado por considerar un gigante (sic – MR) estado del bienestar como la forma natural de las cosas. En verdad, fue el producto de extrañas circunstancias históricas, que prevalecieron en la segunda mitad del siglo XX y ya no lo hacen».

Sí, correcto, los beneficios para los trabajadores en la edad de oro eran la excepción a la norma en el capitalismo («extrañas circunstancias históricas»). Pero ahora «las obligaciones en materia de pensiones y asistencia sanitaria iban a ser bastante difíciles de cumplir para la población activa incluso antes del actual shock de defensa… Los gobiernos tendrán que ser más tacaños con los ancianos. O, si eso es impensable dado su peso electoral, la cuchilla tendrá que caer sobre áreas de gasto más productivas… En cualquier caso, el estado del bienestar tal y como lo hemos conocido debe retroceder un poco: no basta con que ya no lo llamemos así, sino que debe doler. Ganesh, el verdadero conservador, ve el rearme como una oportunidad para que el capital haga las reducciones necesarias en el bienestar y los servicios públicos. «Los recortes de gastos son más fáciles de vender en nombre de la defensa que en nombre de una noción generalizada de eficiencia… Sin embargo, ese no es el propósito de la defensa, y los políticos deben insistir en este punto. El propósito es la supervivencia». Así que el llamado «capitalismo liberal» necesita sobrevivir y eso significa recortar el nivel de vida de los más pobres y gastar dinero en ir a la guerra. Del estado del bienestar al estado de guerra.

El primer ministro de Polonia, Donald Tusk, llevó el belicismo un paso más allá. Dijo que Polonia «debe alcanzar las posibilidades más modernas, también en relación con las armas nucleares y las armas modernas no convencionales». Podemos suponer que «no convencionales» se refería a las armas químicas. Tusk: «Lo digo con plena responsabilidad, no basta con comprar armas convencionales, las más tradicionales».

Así que en casi toda Europa se pide un aumento del gasto en «defensa» y rearme. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha propuesto un Plan de Rearme de Europa que pretende movilizar hasta 800 000 millones de euros para financiar un aumento masivo del gasto en defensa. «Estamos en una era de rearme, y Europa está dispuesta a aumentar masivamente su gasto en defensa, tanto para responder a la urgencia de actuar a corto plazo y apoyar a Ucrania, como para abordar la necesidad a largo plazo de asumir más responsabilidad por nuestra propia seguridad europea», dijo. En virtud de una «cláusula de escape de emergencia», la Comisión de la UE pedirá un aumento del gasto en armamento, incluso si se incumplen las normas fiscales vigentes. Seguirán los fondos COVID no utilizados (90 000 millones de euros) y más préstamos a través de un «nuevo instrumento», para proporcionar 150 000 millones de euros en préstamos a los Estados miembros para financiar inversiones conjuntas en defensa en capacidades paneuropeas, como defensa aérea y antimisiles, sistemas de artillería, misiles y municiones, drones y sistemas antidrones. Von der Leyen afirmó que si los países de la UE aumentan su gasto en defensa en un 1,5 % del PIB de media, se podrían liberar 650 000 millones de euros en los próximos cuatro años. Pero no habría financiación adicional para inversiones, proyectos de infraestructura o servicios públicos, porque Europa debe dedicar sus recursos a prepararse para la guerra.

Al mismo tiempo, como dijo el FT, el gobierno británico «está haciendo una rápida transición del verde al gris acorazado al situar la defensa en el centro de su enfoque de la tecnología y la fabricación». Starmer anunció un aumento del gasto en defensa hasta el 2,5 % del PIB para 2027 y la ambición de alcanzar el 3 % en la década de 2030. La ministra de Finanzas británica, Rachel Reeves, que ha estado recortando constantemente el gasto en créditos infantiles, pagos de invierno para personas mayores y prestaciones por discapacidad, anunció que se cambiaría el cometido del nuevo Fondo Nacional de Riqueza del gobierno laborista para permitirle invertir en defensa. Los fabricantes de armas británicos están eufóricos. «Dejando de lado la ética de la producción de armas, que disuade a algunos inversores, hay mucho que gusta de la defensa como estrategia industrial», dijo un director general.

En Alemania, el canciller electo del nuevo gobierno de coalición, Friedrich Merz, impulsó en el parlamento alemán una ley para poner fin al llamado «freno fiscal», que prohibía a los gobiernos alemanes pedir préstamos por encima de un límite estricto o aumentar la deuda para pagar el gasto público. Pero ahora el gasto militar deficitario tiene prioridad sobre todo lo demás, el único presupuesto sin límite. El objetivo de gasto en defensa eclipsará el gasto deficitario disponible para el control climático y para infraestructuras muy necesarias.

El gasto público anual debido al nuevo paquete fiscal alemán será mayor que el auge del gasto que se produjo con el Plan Marshall de la posguerra y con la reunificación alemana a principios de la década de 1990.

Esto me lleva a los argumentos económicos a favor del gasto militar. ¿Puede el gasto militar reactivar una economía que está estancada en una depresión, como gran parte de Europa lo ha estado desde el final de la Gran Recesión en 2009? Algunos keynesianos creen que sí. El fabricante de armas alemán Rheinmetall afirma que la fábrica inactiva de Volkswagen en Osnabrück podría ser una candidata ideal para la reconversión a la producción militar. El economista keynesiano Matthew Klein, coautor con Michael Pettis de Trade Wars are Class Wars, acogió esta noticia con satisfacción: «Alemania ya está construyendo tanques. Les animo a que construyan muchos más».

La teoría del «keynesianismo militar» tiene historia. Una variante de esto fue el concepto de la «economía de armamento permanente» que fue adoptado por algunos marxistas para explicar por qué las principales economías no entraron en una depresión después del final de la Segunda Guerra Mundial, sino que entraron en un largo auge con solo recesiones leves, que duró hasta la crisis internacional de 1974-1975. Esta «edad de oro» solo podía explicarse, decían, por el gasto militar permanente para mantener la demanda agregada y el pleno empleo.

Pero no hay pruebas que respalden esta teoría del auge de la posguerra. El gasto militar del gobierno del Reino Unido cayó de más del 12 % del PIB en 1952 a alrededor del 7 % en 1960 y disminuyó a lo largo de la década de 1960 hasta alcanzar alrededor del 5 % a finales de la década. Y, sin embargo, la economía británica ha ido mejor que nunca desde entonces. En todos los países capitalistas avanzados, el gasto en defensa representaba una fracción sustancialmente menor de la producción total a finales de la década de 1960 que a principios de la de 1950: del 10,2 % del PIB en 1952-53, en el punto álgido de la Guerra de Corea, a solo el 6,5 % en 1967. Sin embargo, el crecimiento económico se mantuvo prácticamente durante la década de 1960 y principios de la de 1970.

El auge de la posguerra no fue el resultado del gasto gubernamental en armamento al estilo keynesiano, sino que se explica por la alta tasa de rentabilidad del capital invertido por las principales economías de la posguerra. En todo caso, fue al revés. Debido a que las principales economías estaban creciendo relativamente rápido y la rentabilidad era alta, los gobiernos podían permitirse mantener el gasto militar como parte de su objetivo geopolítico de la «guerra fría» de debilitar y aplastar a la Unión Soviética, el principal enemigo del imperialismo en aquel entonces.

Sobre todo, el keynesianismo militar va en contra de los intereses de los trabajadores y de la humanidad. ¿Estamos a favor de fabricar armas para matar gente con el fin de crear puestos de trabajo? Este argumento, a menudo promovido por algunos líderes sindicales, antepone el dinero a las vidas. Keynes dijo una vez: «El gobierno debería pagar a la gente para que cave hoyos en el suelo y luego los rellene». La gente respondería: «Eso es estúpido, ¿por qué no pagar a la gente para que construya carreteras y escuelas?». Keynes respondería diciendo: «Bien, págales para que construyan escuelas. La cuestión es que no importa lo que hagan mientras el gobierno esté creando puestos de trabajo».

Keynes se equivocaba. Sí importa. El keynesianismo aboga por cavar hoyos y rellenarlos para crear puestos de trabajo. El keynesianismo militar aboga por cavar tumbas y rellenarlas con cadáveres para crear puestos de trabajo. Si no importa cómo se crean los puestos de trabajo, entonces ¿por qué no aumentar drásticamente la producción de tabaco y promover la adicción para crear puestos de trabajo? Actualmente, la mayoría de la gente se opondría a esto por ser directamente perjudicial para la salud de las personas. La fabricación de armas (convencionales y no convencionales) también es directamente perjudicial. Y hay muchos otros productos y servicios socialmente útiles que podrían generar empleos y salarios para los trabajadores (como escuelas y viviendas).

El ministro de Defensa del gobierno del Reino Unido, John Healey, insistió recientemente en que aumentar el presupuesto de armamento «convertiría a nuestra industria de defensa en el motor del crecimiento económico de este país». Una gran noticia. Por desgracia para Healey, la asociación comercial de la industria armamentística del Reino Unido (ADS) estima que el Reino Unido tiene alrededor de 55 000 puestos de trabajo en la exportación de armas y otros 115 000 empleados en el Ministerio de Defensa. Incluso si se incluye este último, eso es solo el 0,5 % de la población activa del Reino Unido (véase el informe de CAAT Arms to Renewables para más detalles). Incluso en Estados Unidos, la proporción es muy similar.

Hay una cuestión teórica que a menudo se debate en la economía política marxista. Se trata de si la producción de armas es productiva de valor en una economía capitalista. La respuesta es que lo es, para los productores de armas. Los contratistas de armas entregan bienes (armas) que son pagados por el gobierno. Por lo tanto, la mano de obra que las produce es productiva de valor y plusvalía. Pero a nivel de toda la economía, la producción de armas es improductiva de valor futuro, de la misma manera que lo son los «bienes de lujo» para el consumo capitalista justo. La producción de armas y los bienes de lujo no vuelven a entrar en el siguiente proceso de producción, ni como medios de producción ni como medios de subsistencia para la clase trabajadora. Aunque es productiva de plusvalía para los capitalistas de armas, la producción de armas no es reproductiva y, por lo tanto, amenaza la reproducción del capital. Así que si el aumento de la producción global de plusvalía en una economía se ralentiza y la rentabilidad del capital productivo comienza a caer, entonces reducir la plusvalía disponible para la inversión productiva con el fin de invertir en gastos militares puede dañar la «salud» del proceso de acumulación capitalista.

El resultado depende del efecto sobre la rentabilidad del capital. El sector militar suele tener una composición orgánica del capital más alta que la media de una economía, ya que incorpora tecnologías de vanguardia. Así pues, el sector armamentístico tendería a reducir la tasa media de beneficio. Por otro lado, si los impuestos recaudados por el Estado (o los recortes en el gasto civil) para pagar la fabricación de armas son elevados, la riqueza que de otro modo podría destinarse al trabajo puede distribuirse al capital y, por tanto, aumentar la plusvalía disponible. El gasto militar puede tener un efecto ligeramente positivo en las tasas de beneficio en los países exportadores de armas, pero no en los importadores. En estos últimos, el gasto militar se deduce de los beneficios disponibles para la inversión productiva.

En el gran esquema de las cosas, el gasto en armamento no puede ser decisivo para la salud de la economía capitalista. Por otro lado, una guerra total puede ayudar al capitalismo a salir de la depresión y la recesión. Un argumento clave de la economía marxista (al menos en mi versión) es que las economías capitalistas solo pueden recuperarse de manera sostenida si la rentabilidad media de los sectores productivos de la economía aumenta significativamente. Y eso requeriría una destrucción suficiente del valor del «capital muerto» (acumulación pasada) que ya no es rentable emplear.

La Gran Depresión de la década de 1930 en la economía estadounidense duró tanto porque la rentabilidad no se recuperó durante toda esa década. En 1938, la tasa de beneficio empresarial de EE. UU. seguía siendo menos de la mitad de la tasa de 1929. La rentabilidad solo repuntó una vez que la economía de guerra estaba en marcha, a partir de 1940.

Así que no fue el «keynesianismo militar» lo que sacó a la economía estadounidense de la Gran Depresión, como a algunos keynesianos les gusta pensar. La recuperación económica de Estados Unidos de la Gran Depresión no comenzó hasta que la guerra mundial estaba en marcha. La inversión despegó solo a partir de 1941 (Pearl Harbor) para alcanzar, como porcentaje del PIB, más del doble del nivel en el que se encontraba la inversión en 1940. ¿Por qué fue eso? Bueno, no fue el resultado de un repunte de la inversión del sector privado. Lo que ocurrió fue un aumento masivo de la inversión y el gasto del gobierno. En 1940, la inversión del sector privado todavía estaba por debajo del nivel de 1929 y, de hecho, cayó aún más durante la guerra. El sector estatal se hizo cargo de casi toda la inversión, ya que los recursos (valor) se desviaron a la producción de armas y otras medidas de seguridad en una economía de guerra total.

Pero, ¿no es el aumento de la inversión y el consumo del gobierno una forma de estímulo keynesiano, pero solo a un nivel superior? Pues no. La diferencia se revela en el continuo colapso del consumo. La economía de guerra se pagó restringiendo las oportunidades de los trabajadores de gastar los ingresos de sus trabajos en tiempos de guerra. Se produjo un ahorro forzoso mediante la compra de bonos de guerra, el racionamiento y el aumento de los impuestos para pagar la guerra. La inversión gubernamental significó la dirección y planificación de la producción por decreto gubernamental. La economía de guerra no estimuló el sector privado, sino que sustituyó al «mercado libre» y a la inversión capitalista con fines de lucro. El consumo no restableció el crecimiento económico como esperaban los keynesianos (y aquellos que ven la causa de la crisis en el subconsumo); en su lugar, se invirtió principalmente en armas de destrucción masiva.

La guerra puso fin a la depresión de manera decisiva. La industria estadounidense se revitalizó con la guerra y muchos sectores se orientaron a la producción de defensa (por ejemplo, aeroespacial y electrónica) o dependieron completamente de ella (energía atómica). Los rápidos cambios científicos y tecnológicos de la guerra continuaron e intensificaron las tendencias iniciadas durante la Gran Depresión. Como la guerra dañó gravemente todas las grandes economías del mundo, excepto la de EE. UU., el capitalismo estadounidense ganó hegemonía económica y política después de 1945.

Guiglelmo Carchedi explicó: «¿Por qué la guerra provocó un salto tan grande en la rentabilidad en el período 1940-1950? El denominador de la tasa no solo no aumentó, sino que cayó porque la depreciación física de los medios de producción fue mayor que las nuevas inversiones. Al mismo tiempo, el desempleo prácticamente desapareció. La disminución del desempleo hizo posible salarios más altos. Pero los salarios más altos no afectaron a la rentabilidad. De hecho, la conversión de industrias civiles en militares redujo la oferta de bienes civiles. Los salarios más altos y la producción limitada de bienes de consumo significaron que el poder adquisitivo de la mano de obra tuvo que reducirse en gran medida para evitar la inflación. Esto se logró mediante la institución del primer impuesto general sobre la renta, desalentando el gasto de los consumidores (se prohibió el crédito al consumo) y estimulando el ahorro de los consumidores, principalmente a través de la inversión en bonos de guerra. En consecuencia, los trabajadores se vieron obligados a posponer el gasto de una parte considerable de sus salarios. Al mismo tiempo, aumentó la tasa de explotación de los trabajadores. En esencia, el esfuerzo bélico fue una producción masiva de medios de destrucción financiada por los trabajadores».

Dejemos que Keynes lo resuma: «Parece políticamente imposible que una democracia capitalista organice un gasto a la escala necesaria para llevar a cabo los grandes experimentos que probarían mi caso, excepto en condiciones de guerra», de The New Republic (citado por P. Renshaw, Journal of Contemporary History 1999 vol. 34 (3) p. 377-364)."                          (

12.6.19

Ni el resultado de la guerra, ni la victoria sobre el fascismo se resolvieron con el desembarco en Normandía. Los principales héroes de esa guerra no fueron John Wayne ni el soldado de Ryan, sino las personas que llevaban nombres eslavos y murieron por un país que ya no existe en la actualidad

"Muchos creen que John Wayne y el soldado Ryan salvaron a Europa del fascismo, que Angloamérica salvó al viejo continente, poco menos que en solitario, y que el desembarco en Normandía fue la gran acción decisiva. No fue así

Ni el curso de la guerra, ni la derrota del fascismo, se decidieron allá. Los principales héroes no fueron John Wayne ni el soldado Ryan, sino gente de apellido eslavo que murió por un país que ya no existe. Los escenarios realmente decisivos fueron; Moscú, Leningrado (Peterburgo), Stalingrado (Volgogrado), y Kursk.
En el frente del Este, el Tercer Reich perdió 10 millones de soldados y oficiales muertos, heridos y desaparecidos, 48.000 blindados y vehículos de asalto, 167.000 sistemas de artillería. 607 divisiones fueron destruidas. Todo ello representa el 75% de las pérdidas totales alemanas en la Segunda Guerra Mundial.

La diferencia en la escala militar es aplastante. En Normandía se registraron 10.000 muertos aliados, 4.300 de ellos británicos y canadienses y 6.000 americanos. En las grandes batallas del este, los muertos se contaban en centenares de miles. En la batalla de Moscú participaron unos 3 millones de soldados y 2.000 tanques. La URSS utilizó allí la mitad de su ejército, Alemania una tercera parte. En el Alemein, una batalla importante del otro frente, los alemanes disponían entre 60.000 y 70.000 soldados.

La escala del sufrimiento humano también es incomparable. La geopolítica de Hitler no tenía prevista la existencia de un estado ruso en Europa y en su escala racista los eslavos estaban muy abajo. La guerra en el este era a vida o muerte, muy diferente a la del oeste. Las ciudades y los pueblos eran destruidos, frecuentemente con sus habitantes. Murieron uno de cada cuatro habitantes de Bielorrusia, uno de cada tres de Leningrado, Pskov y Smolensk.

El esfuerzo angloamericano en el continente no empezó hasta que, en 1943, quedó claro que la URSS había parado el embate y que la derrota de Alemania era inevitable. Con otra actitud seguramente se hubieran evitado muchos muertos. Pero, ¿habría habido “segundo frente” si las cosas le hubieran ido bien a Hitler en el este?

Desde la firma del acuerdo británico-soviético sobre acciones militares comunes contra Alemania de julio de 1941, Stalin pedía la apertura de un “segundo frente” en Europa, es decir un desembarco aliado que aliviara la presión soportada por la URSS. La respuesta se demoró mucho.

El invierno de 1941, con los alemanes a las puertas de Moscú, fue crítico. Aquel año la URSS sufrió la mitad de las bajas militares de toda la guerra, 9 millones entre muertos, heridos y presos (dos terceras partes de los 27,6 millones de muertos soviéticos en la guerra fueron civiles), pero sólo recibió el 2% del total de los suministros que sus compañeros de coalición le enviaron durante toda la guerra.

Los documentos desclasificados de los archivos soviéticos están llenos de declaraciones de aliados occidentales que abundaban en la inconveniencia de apresurarse. ¿Por qué no dejar que las dos fieras se devoraran entre sí?

Visto desde Moscú, los angloamericanos desembarcaban en los lugares más alejados y menos relevantes para aliviar la presión sufrida por la URSS; primero en el norte de África (noviembre de 1942), luego en Sicilia (julio del 43), a continuación dos veces en Italia continental (en septiembre del 43 y en enero del 44), y sólo a menos de un año del fin de la guerra (en junio del 44) en Normandía.

Para entonces, el ejército soviético ya hacía 6 meses que había llegado a la frontera polaca de preguerra. Las democracias debían darse prisa si querían tomar alguna posición en Europa y evitar que “los rusos” volvieran a llegar a París, como habían hecho en el pasado.

Una manifiesta desconfianza presidió la alianza antifascista soviético-occidental desde sus mismos inicios. Sus motivos eran muchos y diversos. De parte occidental se acepta, por ejemplo, que el pacto germano-soviético de 1939 evidenció el parentesco entre nazismo y estalinismo. De las vergüenzas de las democracias, de su actitud ante el fascismo en vísperas de la guerra y de sus parentescos imperiales con Hitler y Mussolini, apenas se habla. Seguramente a causa de su manifiesta actualidad.

En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, aquellos políticos democráticos de Europa y América que luego “salvarían a Europa” mantenían un idilio con Hitler y Mussolini. Estados Unidos había apoyado al dictador italiano desde su llegada al poder en 1922. Sus desmanes se comprendían, porque conjuraban la amenaza bolchevique. Las inversiones americanas en Italia y en la Alemania fascista no disminuían, sino aumentaban, en los años treinta.

“Hitler ha prestado grandes servicios no solo a Alemania, sino a toda Europa Occidental, al cerrar el paso al comunismo (…) por eso es legítimo ver en Alemania un muro de contención occidental del bolchevismo”, decía en 1938 el Secretario de exteriores británico, Lord Halifax.

Sobre la base común de aquella “contemporización”, Londres y Berlín podían llegar a un “entendimiento”. Halifax estaba dispuesto a conceder a Alemania todo lo que pidiera; “Danzig, Austria y Checoslovaquia”, con tal de que esas anexiones se llevaran a cabo, “de forma pacífica y evolutiva”.

Los principios de aquella Europa se habían retratado igualmente en su actitud ante la República Española.

La idea de que los proyectos de Hitler eran asumibles, que todo el mundo podía integrarse en ellos, y que la amenaza estaba en otra parte, era común en los gobiernos de la Europa de finales de los 30. Con Neville Chamberlain como jefe de gobierno en Londres y Edouard Daladier en París, las democracias calificaban de “paz con honor” la entrega de Checoslovaquia al Reich practicada por la Conferencia de Munich.

El ministro de exteriores polaco, Jozef Beck, prometía apoyar la reclamación nazi sobre Austria y tener en cuenta los intereses del Reich ante un “eventual ataque (polaco) contra Lituania”. El embajador polaco en París, Lukaszewicz, explicaba a sus colegas norteamericanos que lo que estaba en juego en Europa era una lucha entre el nazismo y el bolchevismo, en cuyo campo incluía a “agentes de Moscú” como el Presidente checoslovaco, Edvard Benes. “Alemania y Polonia pondrán a los rusos en fuga en tres meses”, decía el embajador, en vísperas de que la agresión contra su propio país marcara el inicio “oficial” de la Segunda Guerra Mundial.

Para entonces, aquella guerra tenía ya ocho años de historia en el mundo. El mundo de los dominios imperiales de Asia y África, donde la guerra, el atropello, la invasión y el racismo, no contaban, mientras no colisionaran con los propios intereses.

En 1931 los japoneses se habían apoderado de un trozo de China mayor que Francia. En 1933 y 1935 habían expandido su invasión a otras tres provincias chinas, practicando su guerra química y bacteriológica con experimentos en la población civil.

En 1935 Italia invadía Abisinia, con el Mariscal Badoglio utilizando gas mostaza contra la población civil.

En julio de 1939 el gobierno británico declaraba, “reconocer por completo la situación actual en China”.

Ni Londres ni Washington protestaron o se opusieron al ataque japonés contra Mongolia, retaguardia de la URSS, a partir de mayo de 1939 y que, en la batalla de Jaljyn Gol, produjo más muertos que toda la campaña de la invasión alemana de Francia.

No pasaba nada y el encargado de la “India Office”, Leopold Amery, explicaba por qué con toda claridad, al defender la agresión japonesa contra China en la Cámara de los Comunes; “si condenamos lo que Japón ha hecho en China, tendremos que condenar igualmente lo que Inglaterra hizo en Egipto y la India”.

En un libro escrito en una prisión británica entre abril y septiembre de 1944, coincidiendo con el desembarco de Normandía, Nehru, fundador de la nueva India explicaba así la situación: “Tras algunas de aquellas democracias había imperios en los que no había democracia alguna y donde reinaba el mismo tipo de autoritarismo (racista) que se asocia con el fascismo, así que era natural que aquellas democracias occidentales sintieran algún tipo de unión ideológica con el fascismo, por mucho que les disgustara algunas de sus expresiones más vulgares y brutales”.

“La política británica había sido casi ininterrumpidamente profascista y pronazi”, recapitulaba Nehru en su celda del Fuerte de Ahmadnagar, pero todo se acabó, cuando se vio que aquel “aliado natural”, aquel pariente, se volvía contra los intereses occidentales.

“Se hizo cada vez más obvio que, pese al deseo de calmar a Hitler, éste se estaba convirtiendo en el poder dominante en Europa, desmontando por completo el antiguo equilibrio y amenazando los intereses vitales del Imperio Británico”.

El resultado fue una alianza forjada sobre las circunstancias y la estupidez de Hitler, quien, si hubiera atacado primero a la URSS en lugar de atacar a Polonia, habría sido aplaudido por las democracias. Esta idea fue expresada al final de la guerra por el propio Hitler en un texto poco conocido.

En febrero de 1945, Martin Bormann recogió varios monólogos de Hitler que tienen valor de testamento político. Dos meses antes del final, Hitler coincidía en ellos, con la tónica de los políticos británicos y americanos de antes de la guerra, al reflexionar sobre los errores que habían conducido a la derrota.

La campaña contra Rusia era “inevitable”, decía. Su problema era haberla desencadenado en un momento poco adecuado. La guerra en dos frentes había sido un error, reconocía, pero la responsabilidad última era de americanos y británicos, con quienes habría sido posible llegar a un acuerdo.

“La guerra contra América es una tragedia”. “Ilógica y carente de todo fundamento”. Sólo la “conspiración judía contra Alemania” la había hecho posible.

Cargada de delirios, su mirada al futuro, contenía un pronóstico del mundo bipolar que se avecinaba: “Con la derrota del Reich y la aparición de los nacionalismos asiáticos, africanos y puede que sudamericanos, sólo quedarán en el mundo dos potencias capaces de confrontarse; Estados Unidos y la Rusia soviética. Las leyes de la historia y de la geografía, las empujarán hacia una prueba de fuerza, sea militar o económica e ideológica”.

El aparato de propaganda y relaciones públicas más formidable de la historia ha fabricado su leyenda sin apenas fisuras. Hollywood, la industria mediática en manos de magnates, los sistemas de alimentación oficial de esa industria y, por supuesto, el ejército de conformistas bien pagados encargado de transmitirla, han escrito la versión más conveniente. La historia es suya. Llegamos así al discurso de George Bush en la celebración del aniversario del desembarco.

Reivindicando lo único positivo que la intervención militar extranjera de Estados Unidos tiene en su haber en más de medio siglo, el Presidente vende su actual cruzada.

Obteniendo la merecida gratitud que los franceses, italianos, belgas y holandeses le deben al soldado Ryan, pretende mantener el vasallaje europeo ante la larga lista de crímenes impunes cometidos por el militarismo americano desde entonces.

El hombre que, según las encuestas, encarna la guerra y promueve la desestabilización global, para la mayoría de los europeos, habla hoy en Normandía de moral, de libertad y de principios, y recibe el tributo y el aplauso de los dirigentes de la “vieja Europa”.

La generosidad y el heroísmo de los 10.000 caídos en aquellas playas francesas sirve, así, para reivindicar su “guerra contra el terrorismo”, la destrucción de los frágiles rudimentos del derecho internacional y del control de armamentos, la agresión preventiva o “humanitaria”, el armamentismo y la banalización del uso del arma nuclear en guerras convencionales. Es el momento de recordar quien era el máximo representante de esas mismas tendencias en el mundo de hace 60 años.

La guerra no la ganó el soldado Ryan en Normandía, pero un indigno peligroso reivindica su gloria."

(Rafael Pok trabajó como corresponsal en Moscú para el periódico "La Vanguardia" de 1988 a 2002. Desde agosto de 2002, fue corresponsal de la misma publicación en China, blog, 06/06/19)