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15.1.26

El año 2025 quedará inscrito en los anales de la geopolítica no como un punto de inflexión hacia la paz, sino como la consagración definitiva de una nueva y aterradora normalidad, la era de las guerras eternas. Lo que observamos no es una colección de conflictos aislados producto de tensiones locales irresueltas, sino la manifestación violenta de un mecanismo económico global perfeccionado... Este mecanismo convierte la destrucción sistemática en ganancia privada estructural... las guerras eternas no son un fracaso de la diplomacia; son el éxito de un modelo de negocio... La guerra se ha convertido en un sustrato económico, un ecosistema donde florecen formas específicas de capitalismo depredador... La razón clave para esta permanencia de crisis es una tríada de explotación que opera en perfecta sintonía, una alianza tácita entre tres sectores: el complejo militar-industrial, que se da un festín con contratos de guerra interminables y renovables; los especuladores financieros, que explotan la volatilidad de los mercados de commodities, divisas y deuda soberana desestabilizados por los conflictos para obtener ganancias inesperadas; y los monopolios globales de recursos, que aprovechan el caos para estrechar silenciosamente su control sobre activos estratégicos como el litio, el cobalto, el uranio, el gas y las tierras raras... Cada uno de estos sistemas se retroalimenta en un circuito cerrado: la guerra justifica enormes gastos militares, esos gastos se traducen en ganancias récord para los contratistas de defensa, parte de esas ganancias se reinvierten en lobby político para asegurar políticas exteriores belicosas y desregulación financiera, lo que a su vez genera más inestabilidad y nuevas oportunidades de negocio en mercados turbulentos. Es un sistema deliberadamente manipulado para evitar la paz, una especie de motor perpetuo de ganancias cuya combustión requiere el oxígeno constante del conflicto... Es la máxima expresión del capitalismo clientelar, el riesgo es público, nacional, colectivo; la recompensa es privada, concentrada y extraterritorial. Así, la Gran Máquina de Guerra sigue girando, alimentada por el sufrimiento de millones y lubricada por el flujo constante de capital público hacia cuentas privadas, en un ciclo que cada año que pasa parece más imposible de detener (Alejandro Marcó del Pont)

 "El año 2025 quedará inscrito en los anales de la geopolítica no como un punto de inflexión hacia la paz, sino como la consagración definitiva de una nueva y aterradora normalidad, la era de las guerras eternas. Lo que observamos no es una colección de conflictos aislados producto de tensiones locales irresueltas, sino la manifestación violenta de un mecanismo económico global perfeccionado, un sistema que podríamos denominar La Gran Máquina de Guerra.

Este mecanismo convierte la destrucción sistemática en ganancia privada estructural, operando con la eficiencia fría de una línea de montaje donde la materia prima es la inestabilidad y el producto final es el beneficio concentrado en manos de una élite transnacional. Los acontecimientos de los últimos años —la guerra de desgaste en Ucrania, el resurgimiento del conflicto en Oriente Medio y la guerra fría económica entre Estados Unidos y China— no han sido simples crisis, sino catalizadores que han aumentado drásticamente la temperatura geopolítica para inclinar irreversiblemente el discurso político a favor de la «seguridad», un concepto elástico que sirve para justificar cualquier gasto, cualquier intervención y cualquier recorte de libertades.

En este contexto, las guerras eternas no son un fracaso de la diplomacia; son el éxito de un modelo de negocio. Se refieren a disputas crónicas, cuidadosamente gestionadas, que benefician de manera directa y cuantificable a las élites mediante la extracción de recursos, la consolidación de poder geopolítico y el control de mercados estratégicos.

En 2025, según el Índice de Paz Global de Vision of Humanity, se registraron 59 conflictos estatales activos, el número más alto desde la Segunda Guerra Mundial proliferando conflictos prolongados e híbridos, donde las dimensiones económica, financiera, tecnológica y comercial son tan decisivas como los combates en el campo de batalla. Al menos una docena de estos se clasifican como mayores, con muertes superiores a las 10.000 por año en algunos casos. Los focos mediáticos como Ucrania y Gaza dominaron las noticias, pero conflictos subyacentes en Sudán, Myanmar, el Sahel (incluyendo Malí, Burkina Faso y Níger), Yemen, Siria, Somalia y Nigeria formaron un tapiz de violencia que, en su cronicidad, alimenta economías depredadoras.

La característica definitoria de estos conflictos no es su ferocidad, sino su duración indefinida, su naturaleza crónica. Son perpetuados no por la imposibilidad de encontrar una solución, sino por la activa oposición de intereses creados que se alimentan de la inestabilidad. La guerra se ha convertido en un sustrato económico, un ecosistema donde florecen formas específicas de capitalismo depredador.

La razón clave para esta permanencia de crisis es una tríada de explotación que opera en perfecta sintonía, una alianza tácita entre tres sectores: el complejo militar-industrial, que se da un festín con contratos de guerra interminables y renovables; los especuladores financieros, que explotan la volatilidad de los mercados de commodities, divisas y deuda soberana desestabilizados por los conflictos para obtener ganancias inesperadas; y los monopolios globales de recursos, que aprovechan el caos para estrechar silenciosamente su control sobre activos estratégicos como el litio, el cobalto, el uranio, el gas y las tierras raras.

Básicamente, las élites mundiales, ya se autodenominen «globalistas» o «soberanistas», libran sus batallas reales por el control de estos tres frentes de acumulación. Cada uno de estos sistemas se retroalimenta en un circuito cerrado: la guerra justifica enormes gastos militares, esos gastos se traducen en ganancias récord para los contratistas de defensa, parte de esas ganancias se reinvierten en lobby político para asegurar políticas exteriores belicosas y desregulación financiera, lo que a su vez genera más inestabilidad y nuevas oportunidades de negocio en mercados turbulentos. Es un sistema deliberadamente manipulado para evitar la paz, una especie de motor perpetuo de ganancias cuya combustión requiere el oxígeno constante del conflicto.

Cada uno de los principales conflictos armados actuales puede leerse como una disputa entre élites con fines económicos específicos, donde las poblaciones civiles son meros daños colaterales en una guerra por activos. La guerra en Ucrania, por ejemplo, persigue objetivos distintos para diferentes sectores de la élite. Para los globalistas del capital financiero —entidades como BlackRock y los bancos de la órbita Rothschild— representa una oportunidad única de planificación a largo plazo: la reconstrucción post-guerra. Ya están posicionándose para inversiones masivas en infraestructura destruida, agricultura de alta productividad en la rica tierra negra ucraniana y la privatización de sectores enteros de la economía.

Es el sueño de «la doctrina del shock» aplicado a escala continental. Para el complejo militar-industrial estadounidense y europeo —Lockheed Martin, Raytheon, BAE Systems, Rheinmetall—, el conflicto ha sido un regalo caído del cielo. Solo Estados Unidos ha enviado más de 50.000 millones de dólares en ayuda militar, un flujo que se traduce directamente en pedidos, ganancias y valoraciones bursátiles en alza. La guerra ha revitalizado una industria que tras el retiro de Afganistán temía por la contracción de sus mercados.

El conflicto en Gaza, extendido a Líbano y Siria, muestra una dinámica similar con diferentes activos en juego. Las élites globalistas que apoyan a Israel no lo hacen por mera afinidad ideológica; actúan por alianzas estratégicas y, de manera crucial, por el acceso al gas del Mediterráneo Oriental, particularmente al gigantesco yacimiento Leviatán. Mientras tanto, élites árabes y capitales transnacionales ya calculan las ganancias potenciales de la reconstrucción de una Gaza reducida a escombros, un proyecto que podría valer decenas de miles de millones, además de asegurar rutas comerciales y estabilidad energética.

El complejo militar-industrial obtiene su parte con ventas de armas a Israel por valor de más de 20.000 millones de dólares en 2025. Fondos como BlackRock invierten agresivamente en el sector tecnológico israelí, especialmente en ciberseguridad, mientras la banca de influencia Rothschild opera en la sombra para estructurar la financiación que garantice la estabilidad de estos flujos energéticos.

Conflictos menos cubiertos, pero igualmente lucrativos siguen la misma lógica. En Sudán, la guerra civil gira en torno al control de yacimientos de oro valorados en más de 2.000 millones de dólares. En Myanmar, la lucha es por el jade y los metales raros, con China posicionándose para asegurar el acceso a recursos críticos para su industria tecnológica. En el Sahel, la inestabilidad facilita el control de recursos como el uranio de Níger, vital para la energía nuclear francesa, mientras en Yemen y Siria, el petróleo y la ubicación geoestratégica son los botines.

En este escenario, la situación de Ucrania en diciembre de 2025 es un caso de estudio paradigmático de esta lógica perversa. El panorama es desolador desde cualquier perspectiva humana: fronteras inciertas y cercenadas por la ocupación rusa, una despoblación masiva con más de seis millones de refugiados y cuatro millones de desplazados internos —lo que significa una escasez crítica de mano de obra para cualquier reconstrucción futura—, una economía contraída en un 30% desde 2022 y una deuda pública que supera el 90% del PIB. A esto se suma una crisis energética crónica, con el 50% de la capacidad de generación destruida por ataques rusos y apagones constantes.

Ante este cuadro, podría parecer un absurdo económico que las élites bélicas y financieras busquen sacar provecho de un país aparentemente «vacío» de recursos inmediatos y capacidad de pago. Sin embargo, esta aparente contradicción se resuelve mediante un modelo diabólicamente eficiente: la «reconstrucción neoliberal» como forma de neocolonialismo financiero.

Este modelo no busca extraer dinero de donde no hay; se especializa en transformar la devastación misma en la oportunidad de largo plazo más lucrativa. El mecanismo funciona a través de la creación de un ciclo de deuda-inversión-explotación que, lejos de reconstruir la soberanía ucraniana, la transfiere a acreedores e inversionistas externos. Los beneficios se derivan de la deuda soberana garantizada por activos futuros, de las privatizaciones forzadas a precio de liquidación, del control a largo plazo de recursos estratégicos y de los subsidios masivos indirectos canalizados a través de la ayuda internacional.

El mecanismo se puede desglosar paso a paso, tomando como ejemplo el United States-Ukraine Reconstruction Investment Fund (RIF), firmado en abril de 2025. Este fondo, de 75.000 millones de dólares, financiado por la Development Finance Corporation (DFC) —una agencia pública estadounidense—, ilustra con claridad cómo un flujo de dinero público se convierte en ganancias privadas y control estratégico. Se trata de un esquema donde los contribuyentes estadounidenses (y europeos) asumen el riesgo inicial, subsidian la inversión y proporcionan garantías, mientras las ganancias de la explotación de recursos ucranianos —litio, titanio, uranio, manganeso, grafito— fluyen hacia corporaciones privadas y sus accionistas. No es un regalo directo, sino un ciclo complejo de deuda, compromisos soberanos y royalties que canaliza recursos públicos hacia proyectos privados, con el Estado ucraniano, desesperado por fondos, cediendo el control de su subsuelo a cambio de oxígeno financiero inmediato.

La elección de Ucrania no es casual, pero el modelo es replicable. Donde el texto dice «Ucrania», bien podría poner «Argentina», «Sudán», «Níger» o cualquiera de los cincuenta lugares en guerra activa; la lógica subyacente sería idéntica. El «absurdo» económico se resuelve porque las corporaciones no invierten en un vacío; invierten en un marco donde el riesgo ha sido socializado por los estados occidentales. Obtienen concesiones preferenciales a bajo costo, respaldadas por garantías públicas, y calculan sus retornos en horizontes de diez a veinte años, mediante la exportación de minerales críticos a mercados occidentales ávidos por diversificar sus suministros y reducir la dependencia de China. La devastación presente es irrelevante; lo que se valora es el potencial futuro, adquirido a precio de ganga en medio del caos.

El recorrido completo del dinero del RIF es esclarecedor. El fondo aprobado el 17 de septiembre de 2025, por 75.000 millones se destinan oficialmente a proyectos «nuevos» —aquellos no explotados antes de 2025—, una cláusula diseñada para evitar conflictos legales con concesiones rusas preexistentes en las zonas ocupadas. Sin embargo, la realidad geográfica choca con la ficción legal. El depósito de litio de Shevchenkivske, uno de los mayores de Europa, está bajo control ruso desde al menos febrero de 2025. Aun así, el acuerdo obliga a Ucrania a entregar el 50% de los royalties de ese yacimiento al fondo estadounidense, a pesar de no controlarlo.

Es una cláusula que convierte la futura resolución del conflicto fronterizo en una reclamación financiera directa de Washington. Otros recursos, como el titanio de Irshansk, están en zona ucraniana segura, mientras los depósitos de manganeso en Nikopol y uranio en Donetsk y Zaporizhia están parcial o totalmente bajo control ruso. En resumen, aproximadamente el 50% de los recursos que supuestamente garantizan las inversiones del RIF ya están en manos del enemigo contra el que Ucrania está luchando.

Esta aparente locura tiene sentido en el marco de la guerra eterna: las inversiones occidentales se centran en lo seguro hoy, pero se redactan los acuerdos para tener derechos sobre todo el territorio en el futuro, anticipando que las negociaciones —potencialmente entre un Trump y Putin— podrían «flexibilizar» el acceso o canjear concesiones por otro tipo de acuerdos geopolíticos. Se está escribiendo el mapa económico del país antes incluso de que se dibuje el mapa político final.

Dentro de este ecosistema, el sector de armamentos opera como el componente más directo y obsceno del modelo. Su dinámica es análoga a la de la reconstrucción, pero con un ciclo de retorno más rápido. Los fondos públicos —ya sea el presupuesto de defensa de Estados Unidos, el fondo europeo para Ucrania o las compras financiadas por crédito de Arabia Saudita— fluyen directamente hacia los balances de corporaciones privadas como Lockheed Martin, Raytheon, Northrop Grumman y sus homólogas europeas.

Estos contratos, a menudo adjudicados sin licitación competitiva bajo cláusulas de «emergencia nacional» o «seguridad urgente», presentan márgenes de beneficio exorbitantes. Los conflictos en Ucrania y Gaza han impulsado las ventas globales de armas a niveles récord, proyectándose para 2025 en unos 700.000 millones de dólares. Los estados absorben los costos políticos, económicos y humanos, endeudándose o desviando fondos de servicios sociales, mientras las empresas capturan las ganancias a través de contratos monopolísticos o cuasi-monopolísticos.

Es la máxima expresión del capitalismo clientelar, el riesgo es público, nacional, colectivo; la recompensa es privada, concentrada y extraterritorial. Así, la Gran Máquina de Guerra sigue girando, alimentada por el sufrimiento de millones y lubricada por el flujo constante de capital público hacia cuentas privadas, en un ciclo que cada año que pasa parece más imposible de detener. La guerra ya no es la continuación de la política por otros medios; es la continuación de la extracción de ganancias por los medios más brutales y eficaces imaginables."

(Alejandro Marcó del Pont, blog, 04/01/26) 

13.5.25

¿Quién ganó el último conflicto indo-pakistaní? Hay opiniones encontradas... pero podría decirse que India ganó, ya que castigó a Pakistán por el atentado terrorista de Pahalgam bombardeando múltiples bases, el Tratado de las Aguas del Indo sigue suspendido y ha entrado en vigor una nueva doctrina militar... y la nueva doctrina de India es lo que perdura... India considerará todos los futuros actos de terrorismo como actos de guerra por parte de Pakistán, lo que dará lugar a ataques transfronterizos... Los informes también sugieren que fue Pakistán, y no India, quien pidió a Estados Unidos que interviniera diplomáticamente... La CNN afirmó que Vance llamó a Modi tras recibir «información alarmante», que insinúa que Pakistán comunicó a Estados Unidos que podría utilizar armas nucleares a la desesperada, probablemente debido a que India bombardeó múltiples bases en todo el país. Si eso es realmente lo que ocurrió, implicaría que Pakistán creía que iba perdiendo... Aunque algunos drones y misiles pakistaníes alcanzaron objetivos dentro de la India, los medios de comunicación nacionales elogiaron a los S-400 rusos por neutralizar muchos de los ataques recibidos. Del mismo modo, los misiles de crucero supersónicos BrahMos, de producción conjunta, se utilizaron en los exitosos ataques de la India contra bases pakistaníes, demostrando así que el equipamiento militar ruso es realmente uno de los mejores del mundo. Por el contrario, el equipamiento pakistaní, mayoritariamente chino, no cumplió las elevadas expectativas de algunos observadores (Andrew Korybko)

 "Podría decirse que India ganó, ya que castigó a Pakistán por el atentado terrorista de Pahalgam bombardeando múltiples bases, el Tratado de las Aguas del Indo sigue suspendido y ha entrado en vigor una nueva doctrina militar.

Hay opiniones encontradas sobre quién ha salido vencedor en el último conflicto indo-pakistaní, pero una cosa es segura, y es que la nueva doctrina de India es lo que perdura. Según los informes, India considerará todos los futuros actos de terrorismo como actos de guerra por parte de Pakistán, lo que dará lugar a ataques transfronterizos. Puede que esto no disuada a Pakistán, cuya cúpula militar se basa en el conflicto no resuelto de Cachemira para legitimar su enorme influencia, pero podría hacer que se lo pensara dos veces antes de orquestar futuros atentados.

Además, el Tratado de las Aguas del Indo sigue suspendido a pesar del frágil alto el fuego/«entendimiento» entre ambos, lo que contribuye colectivamente a la nueva realidad del sur de Asia. Los informes también sugieren que fue Pakistán, y no India, quien pidió a Estados Unidos que interviniera diplomáticamente en el último conflicto. A este respecto, India negó que hubiera mediación alguna a pesar de las afirmaciones estadounidenses, pero probablemente Estados Unidos transmitió mensajes de Pakistán a India en nombre de Islamabad durante las conversaciones entre sus funcionarios.

 La CNN afirmó que Vance llamó a Modi tras recibir «información alarmante», que insinúa que Pakistán comunicó a Estados Unidos que podría utilizar armas nucleares a la desesperada, probablemente debido a que India bombardeó múltiples bases en todo el país. Si eso es realmente lo que ocurrió, implicaría que Pakistán creía que iba perdiendo, lo que daría crédito a la percepción de que India sacó lo mejor de sí. Al fin y al cabo, los citados ataques no fueron interceptados, lo que demuestra que India logró el dominio de la escalada sobre Pakistán.

Aunque algunos drones y misiles pakistaníes alcanzaron objetivos dentro de la India, los medios de comunicación nacionales elogiaron a los S-400 rusos por neutralizar muchos de los ataques recibidos. Del mismo modo, los misiles de crucero supersónicos BrahMos, de producción conjunta, se utilizaron en los exitosos ataques de la India contra bases pakistaníes, demostrando así que el equipamiento militar ruso es realmente uno de los mejores del mundo. Por el contrario, el equipamiento pakistaní, mayoritariamente chino, no cumplió las elevadas expectativas de algunos observadores, lo que repercute negativamente en ambos. (...)

 En conjunto, aunque hay opiniones encontradas sobre quién ha salido vencedor en el último conflicto indo-pakistaní, podría decirse que India ha ganado, ya que ha castigado a Pakistán por el atentado terrorista de Pahalgam bombardeando múltiples bases, el Tratado de las Aguas del Indo sigue suspendido y ha entrado en vigor una nueva doctrina militar. Pakistán no obtuvo resultados comparables a pesar de las afirmaciones de sus partidarios. Aunque haya perdido, es posible que Pakistán no haya aprendido la lección, por lo que no puede descartarse una reanudación de las hostilidades en el futuro."

(Andrew Korybko , blog, 11/04/25, traducción DEEPL)

12.5.25

Desde la primera línea: un socialista pakistaní, Farooq Tariq, analiza la guerra entre India y Pakistán de 2025... El Gobierno de Narendra Modi lanzó la «Operación Sindoor» para atacar nueve objetivos dentro de Pakistán. Los objetivos previstos eran madrasas y mezquitas que Modi cree que son la base de los terroristas religiosos... la mayoría de los grupos de izquierda exigen el cese inmediato de la guerra. Aunque mucho más reducida en proporción que la izquierda india, la izquierda pakistaní se mostró unánime... A diferencia de los principales partidos comunistas indios, que han renunciado a cualquier independencia del gobierno del BJP de Modi, en Pakistán no hay belicismo... Sin embargo, esto puede cambiar si la guerra se intensifica... En realidad, esto significa que las armas nucleares no son un elemento disuasorio para la guerra, tener bombas nucleares no es un impedimento para la guerra entre ambos países... el régimen de Modi ha instrumentalizado claramente la tragedia de Pahalgam para desviar la atención de sus fracasos en Cachemira, impulsar su popularidad interna y avanzar en sus objetivos estratégicos con respecto al sistema del río Indo y la hegemonía regional. Se acusa a Pakistán de apoyar al grupo terrorista responsable de la terrible pérdida de vidas en Pahalgam. Sin embargo, la realidad actual muestra un panorama diferente... el estamento militar y estos grupos fanáticos están enfrentados. Se ha producido una escalada de ataques de fanáticos contra las instituciones estatales pakistaníes desde que los talibanes volvieron al poder en Afganistán... El Tehreek Taliban Pakistan (TTP) perpetró ataques y causó víctimas entre las fuerzas armadas pakistaníes casi a diario. En lugar de cooperar entre sí, ahora existen hostilidades abiertas. El Estado pakistaní ya no apoya a estos grupos fanáticos, que ahora dependen de los talibanes afganos... Una paz duradera requiere respetar la soberanía, poner fin a la guerra por poder y desmilitarizar Cachemira... Las fuerzas progresistas de todo el sur de Asia deben unirse contra la histeria bélica y trabajar por un futuro pacífico... Exigimos una investigación independiente sobre el ataque de Pahalgam para establecer los hechos y determinar las responsabilidades

 "La mañana del 7 de mayo, cuando abrí la puerta al oír el timbre y salí a ver quién era, mi vecino me pidió en voz alta que apagara todas las luces. Esa orden me indicó que estábamos viviendo un momento de guerra.

Al vivir cerca de la frontera de Wahgha, oímos un ruido ensordecedor alrededor de las 8:30 de la mañana, seguido de una explosión. Un dron Harop indio, fabricado por Israel, atacó una instalación militar cercana. Más tarde nos enteramos de que cuatro soldados habían resultado heridos.

Armado con una ojiva de 22 kg, el Harop utiliza su sistema de cámaras para rastrear y atacar objetivos en movimiento. El dron puede volar durante unas seis horas o unos 600 kilómetros después de ser lanzado desde un camión.

Aparte de los que alcanzaron objetivos cerca de nuestras casas, muchos de los drones Harop fueron derribados por las fuerzas armadas pakistaníes antes de alcanzar sus objetivos. Pero en la mayoría de los casos, cayeron sobre civiles. Por curiosidad, cientos de personas se reunieron para ver dónde habían caído estos drones. La gente parece preocupada, pero no presa del pánico.

Muchos amigos y compañeros me han preguntado si creo que ahora se está desatando una guerra en toda regla entre dos vecinos con armas nucleares. Mi respuesta ha sido que la guerra ya ha comenzado.

El Gobierno de Narendra Modi lanzó la «Operación Sindoor» para atacar nueve objetivos dentro de Pakistán. Los objetivos previstos eran madrasas y mezquitas que Modi cree que son la base de los terroristas religiosos.

Según las cifras publicadas por el ejército pakistaní, la mayoría de los 31 muertos en el ataque de una hora de duración perpetrado por más de 125 aviones indios eran civiles, entre ellos niños y mujeres. Habría habido más víctimas si las madrasas no hubieran sido evacuadas justo después del ataque fundamentalista religioso en la Cachemira ocupada por la India. Veintiséis personas, en su mayoría turistas, murieron en la zona de Pahalgam el 22 de abril.

En ese momento, mis hermanos y hermanas me animaron a que me fuera de mi casa en Lahore. Me negué, ya que hay instalaciones militares o acuartelamientos en la mayoría de las ciudades pakistaníes. De hecho, a diferencia de las guerras anteriores entre Pakistán y la India en 1965 y 1971, no ha habido un éxodo masivo de las ciudades.

Es la primera vez que misiles indios alcanzan nueve ciudades pakistaníes. Se trata de una violación de la soberanía de Pakistán que ha sido condenada por casi todos los grupos políticos del país, desde la derecha hasta la izquierda. Pero, a diferencia de los partidos políticos religiosos de derecha, la mayoría de los grupos de izquierda exigen el cese inmediato de la guerra. Aunque mucho más reducida en proporción que la izquierda india, la izquierda pakistaní se mostró unánime.

A diferencia de los principales partidos comunistas indios, que han renunciado a cualquier independencia del gobierno del BJP de Modi, en Pakistán no hay belicismo. Una encuesta de Gallup Pakistán del 8 de mayo reveló que la mayoría de los pakistaníes no están a favor de la guerra con la India; creen que la paz debe ser el objetivo en todas las circunstancias. Sin embargo, esto puede cambiar si la guerra se intensifica.

Es la segunda vez que la India y Pakistán se enzarzan en una guerra total a pesar de poseer armas nucleares. La otra vez fue la guerra de Cargill en 1999. La India llevó a cabo su primera prueba nuclear en mayo de 1974 y, en mayo de 1998, realizó otras cinco pruebas, declarándose Estado nuclear. Pakistán llevó a cabo pruebas nucleares el 28 de mayo de 1998, convirtiéndose así oficialmente en Estado nuclear. .

Pakistán tiene aproximadamente 170 ojivas nucleares, más o menos equivalentes a las de la India. Con un riesgo tan innegablemente alto, la decisión de la India de atacar dentro de Pakistán por tercera vez (2016, 2019 y ahora) revela que el orgullo de tener bombas nucleares no es un impedimento para la guerra entre ambos países.

Las armas nucleares son las armas más inhumanas e indiscriminadas jamás creadas. Violan el derecho internacional, causan graves daños al medio ambiente, socavan la seguridad nacional y mundial y desvían enormes recursos públicos que podrían destinarse a satisfacer las necesidades humanas. No son un arma de guerra, sino un arma de destrucción total. Una sola bomba nuclear detonada sobre una gran ciudad podría matar a millones de personas.

Si bien ambos países son responsables de la guerra por poder, el régimen de Modi ha instrumentalizado claramente la tragedia de Pahalgam para desviar la atención de sus fracasos en Cachemira, impulsar su popularidad interna y avanzar en sus objetivos estratégicos con respecto al sistema del río Indo y la hegemonía regional.

Se acusa a Pakistán de apoyar al grupo terrorista responsable de la terrible pérdida de vidas en Pahalgam. Sin embargo, la realidad actual muestra un panorama diferente.

Aunque no hay duda de que el Gobierno pakistaní apoyó y promovió a grupos fanáticos religiosos durante décadas después de la revolución de Saur en Afganistán en 1978, lo hizo siguiendo los deseos y caprichos del imperialismo estadounidense.

Desde 2022, cuando el Gobierno de Imran Khan fue disuelto tras un voto de censura, el estamento militar y estos grupos fanáticos están enfrentados. Se ha producido una escalada de ataques de fanáticos contra las instituciones estatales pakistaníes desde que los talibanes volvieron al poder en Afganistán.

El Gobierno talibán de Afganistán apoya a los talibanes pakistaníes en sus intentos de tomar el poder. Los talibanes pakistaníes han llevado a cabo atentados con bombas, ataques suicidas, ocupado zonas y obligado a la población a apoyarlos. Se han visto reforzados por los talibanes afganos, que les han proporcionado las armas de la OTAN que quedaron en Afganistán cuando Estados Unidos se retiró.

En 2024, Pakistán vivió uno de los años más violentos en más de una década. Fanáticos religiosos tomaron el control de varias zonas de la provincia de Pakhtunkhwa. El Tehreek Taliban Pakistan (TTP) perpetró ataques y causó víctimas entre las fuerzas armadas pakistaníes casi a diario.

En lugar de cooperar entre sí, ahora existen hostilidades abiertas. El Estado pakistaní ya no apoya a estos grupos fanáticos, que ahora dependen de los talibanes afganos.

Por supuesto, todavía hay grupos fanáticos religiosos activos en la Cachemira ocupada por la India. Hay dudas sobre el alcance del apoyo que aún se les podría prestar. Pero es difícil creer que el actual Gobierno pakistaní tuviera algo que ver con el atentado de abril de 2025.

El atentado terrorista de Pahalgam parece haber sido obra de un grupo fanático religioso independiente.

El peligro es que la guerra pueda prolongarse. Ambos gobiernos han reivindicado la victoria. Pero si continuara, no sería como las de 1965 y 1971, cuando las fuerzas terrestres se enfrentaron entre sí.

En cambio, la India está utilizando las mismas tácticas que Israel en Gaza. Los misiles y los ataques con drones podrían destruir las infraestructuras; solo después de eso la India podría introducir fuerzas terrestres. Pero Pakistán no es Palestina. Cuenta con un ejército numeroso, bien entrenado y equipado, aunque carece de las armas modernas de la India.

Es evidente que la situación es muy volátil e inestable. Esto significa que todo es posible.

Lo que sí sabemos es que la guerra trae destrucción y nadie gana. Continuar la guerra solo provocará más pérdidas de vidas. Pero si escuchan a los principales medios de comunicación indios y pakistaníes, cada bando se proclama vencedor.

Una paz duradera requiere respetar la soberanía, poner fin a la guerra por poder y desmilitarizar Cachemira. Cualquier guerra entre naciones con armas nucleares sería catastrófica, tanto a nivel regional como mundial.

Las fuerzas progresistas de todo el sur de Asia deben unirse contra la histeria bélica y trabajar por un futuro pacífico.

Exigimos una investigación independiente sobre el ataque de Pahalgam para establecer los hechos y determinar las responsabilidades."

Farooq Tariq, presidente del Partido Haqooq e Khalq y secretario general del Comité Kissan Rabita de Pakistán, Links.org, 10/05/25, traducción DEEPL)

18.7.24

Para restablecer el orden estadounidense y acallar la disidencia, se consideró necesaria una victoria de la OTAN... podría ser suficiente para hacer entrar en razón a cualquier Estado rebelde que comercie con dólares, y para reafirmar la primacía occidental en todo el mundo... Durante mucho tiempo ser un protectorado estadounidense fue tolerable, incluso ventajoso. Ahora ya no: Estados Unidos ya no «asusta». Los tabúes se derrumban. El motín contra el Occidente posmoderno es mundial. Y la mayoría mundial tiene claro que Rusia no puede ser derrotada militarmente. Es la OTAN la que está siendo derrotada... Algunos líderes de la UE -aquellos que están perdiendo peligrosamente apoyo político en casa, a medida que se fracturan sus cordones sanitarios contra la izquierda y la derecha- pueden ver también la guerra como la salida a una UE que se acerca a un naufragio fiscal insoluble... Enviar tropas y ofrecer aviones de combate (y misiles de mayor alcance) podría interpretarse como un intento intencionado de provocar una guerra europea más amplia... podría interpretarse como la forma de provocar una guerra en Europa y salvar varias fortunas políticas atlantistas que se hunden... Por el contrario, existe una clara evidencia de que los europeos (88%) opinan que «los países miembros de la OTAN [deberían] presionar para lograr un acuerdo negociado en Ucrania«... Lo que es más probable es que el sentimiento antibelicista reprimido en Europa estalle... Trump podría entonces encontrarse empujando una puerta abierta con su postura sobre la OTAN (Alastair Crooke, ex-diplomático inglés)

"(...) Para restablecer el orden estadounidense y acallar la disidencia, se consideró necesaria una victoria de la OTAN: «El mayor riesgo y el mayor coste para la OTAN hoy en día es el riesgo de una victoria rusa en Ucrania. No podemos permitirlo», dijo el Secretario General Stoltenberg en el aniversario de la OTAN en Washington.» El resultado de esta guerra determinará la seguridad mundial en las próximas décadas».

Por tanto, algunos en Washington habrían considerado que tal resultado en Ucrania -frente a Rusia- podría ser suficiente para hacer entrar en razón a cualquier Estado rebelde que comercie con dólares, y para reafirmar la primacía occidental en todo el mundo.

Durante mucho tiempo ser un protectorado estadounidense fue tolerable, incluso ventajoso. Ahora ya no: Estados Unidos ya no «asusta». Los tabúes se derrumban. El motín contra el Occidente posmoderno es mundial. Y la mayoría mundial tiene claro que Rusia no puede ser derrotada militarmente. Es la OTAN la que está siendo derrotada.

He aquí el «agujero en el centro» de la empresa: Es probable que Biden no esté por aquí mucho más tiempo. Todo el mundo puede verlo.

Algunos líderes de la UE -aquellos que están perdiendo peligrosamente apoyo político en casa, a medida que se fracturan sus cordones sanitarios contra la izquierda y la derecha- pueden ver también la guerra como la salida a una UE que se acerca a un naufragio fiscal insoluble.

La guerra, por el contrario, permite romper todas las reglas fiscales y constitucionales. Los líderes políticos se transforman de repente en Comandantes en Jefe.

Enviar tropas y ofrecer aviones de combate (y misiles de mayor alcance) podría interpretarse como un intento intencionado de provocar una guerra europea más amplia. El hecho de que Estados Unidos piense aparentemente utilizar bases de F-16 en Rumanía podría interpretarse como la forma de provocar una guerra en Europa y salvar varias fortunas políticas atlantistas que se hunden.

Por el contrario, existe una clara evidencia de que los europeos (88%) opinan que «los países miembros de la OTAN [deberían] presionar para lograr un acuerdo negociado en Ucrania«, y sólo una ínfima minoría de los encuestados cree que Occidente debería dar prioridad a objetivos como «Debilitar a Rusia» o «Restaurar las fronteras de Ucrania anteriores a 2022«.

Por el contrario, la opinión pública europea se muestra abrumadoramente a favor de objetivos como «evitar la escalada» y «evitar la guerra directa entre potencias armadas nucleares«.

Lo que es más probable, aparentemente, es que el sentimiento antibelicista reprimido en Europa estalle -quizás incluso conduzca en última instancia al rechazo de la OTAN en su totalidad. Trump podría entonces encontrarse empujando una puerta abierta con su postura sobre la OTAN."

(Alastair Crooke, ex-diplomático inglés, Strategic Culture, 15/07/24, traducción DEEPL, enlaces en el original)

16.6.24

La paz mundial en precario... la percepción generalizada es que estamos asistiendo a un crecimiento sostenido de la violencia en todas sus modalidades... El número de conflictos activos en la actualidad se eleva a 56, el más alto desde el final de la Segunda Guerra Mundial... el impacto global de la violencia alcanzó los 19,1 billones de dólares (un 13,5% del PIB mundial)... basta con comparar el total de los fondos dedicados a la consolidación y mantenimiento de la paz –49.600 millones de dólares– con el gasto militar total –2,44 billones de dólares– para entender que, en lugar que centrar el foco en prevenir el estallido generalizado de violencia, se otorga mucha mayor prioridad a cumplir con el viejo proverbio latino de si vis pacem, para bellum. La militarización de la agenda internacional es ya un rasgo bien evidente, con 108 países que han sufrido una intensificación de esta tendencia en el último año... Norteamérica es la región del planeta que ha sufrido un mayor deterioro en sus condiciones de paz durante el pasado año y que Oriente Medio y el norte de África sigue siendo la región menos pacífica (con Yemen y Sudán como los más violentos del mundo y con Israel sufriendo el mayor deterioro de todos (Jesús A. Núñez Villaverde, Real Instituto Elcano)

 "Al margen de las inevitables diferencias entre las diversas fuentes que analizan el nivel global de violencia y el número de conflictos violentos que asolan distintos rincones del planeta –derivadas básicamente de la utilización de distintos conceptos para definir qué es una guerra o un conflicto armado–, la percepción generalizada es que estamos asistiendo a un crecimiento sostenido de la violencia en todas sus modalidades. Una percepción que va unida al desmoronamiento del orden internacional nacido de la Segunda Guerra Mundial, teóricamente basado en normas de validez universal que el propio líder mundial, Estados Unidos (EEUU), se encarga de trasgredir a diario tanto personalmente como cubriendo las espaldas a sus principales aliados cuando hacen lo propio, mientras demoniza y sanciona a sus adversarios. La aplicación de esa doble vara de medida, tan notoria hoy en el caso de Rusia e Israel, no sólo deteriora su imagen como garante de la seguridad internacional, sino que aumenta la posibilidad de que termine imponiéndose la ley de la jungla, con gobiernos y actores no estatales tratando de imponer su dictado por la fuerza sin ajustarse más que a sus propios deseos.

No puede extrañar en consecuencia que, cumpliéndose una vez más la regla de que cuando la fuerza centrípeta se debilita aumenta la fuerza centrífuga en el sistema internacional, sean cada vez más los que tratan de aprovechar el debilitamiento del líder y de las normas para aventurarse a cumplir sueños más o menos legítimos. El resultado, como nos señala el Instituto para la Economía y la Paz (IEP) en su Índice Global de Paz 2024, es que actualmente hay 92 países implicados directamente en guerras y que en 97 el nivel de la paz se ha deteriorado. Unos datos que suponen el punto más alto de preocupación desde 2008 (cuando se creó dicho Índice).

El número de conflictos activos en la actualidad se eleva a 56, el más alto desde el final de la Segunda Guerra Mundial, sin que sirva de consuelo que ninguno de ellos tenga la dimensión letal y destructiva de los que se daban hace 80 años. Lo que aumenta, igualmente, es la tendencia a que, como ha ocurrido con Etiopía, Gaza, Sudán y Ucrania, los conflictos menores terminen por escalar rápidamente hasta convertirse en conflictos convencionales de alta intensidad que se prolongan sine die. De hecho, el porcentaje de conflictos que finalizan con una victoria decisiva de alguno los bandos enfrentados ha disminuido del 49%, en la década de 1970, a menos del 9% en la década pasada, al igual que ha ocurrido con los que terminaron con un acuerdo de paz, pasando del 23% a poco más del 4% en el mismo periodo.

Eso se traduce, por un lado, en que el número de víctimas mortales producidas directamente por los combates haya llegado a 162.000; la segunda cifra más alta de los últimos 30 años. Por otro, sigue creciendo el número de personas forzadas a abandonar sus hogares al tratar de poner a salvo sus vidas, de forma que ya en septiembre de 2023, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) estimaba que se había superado la cifra de 120 millones de personas refugiadas y desplazadas forzosas, en una tendencia alimentada principalmente por la guerra en Ucrania, los conflictos en Sudán, la República Democrática del Congo y Birmania, una combinación de sequías, inundaciones e inseguridad en Somalia y una prolongada crisis humanitaria en Afganistán. Y el 75% de todas ellas, en contra de la obsesión xenófoba que algunos alimentan en los países occidentales, se encuentran en países de renta baja y media. Por último, en términos económicos, y según el citado Índice, el impacto global de la violencia alcanzó los 19,1 billones de dólares (un 13,5% del PIB mundial).

Cabría pensar que la enormidad de esos costes debería impulsar un esfuerzo global para evitarlos o al menos reducirlos. Sin embargo, basta con comparar el total de los fondos dedicados a la consolidación y mantenimiento de la paz –49.600 millones de dólares– con el gasto militar total –2,44 billones de dólares– para entender que, en lugar que centrar el foco en prevenir el estallido generalizado de violencia, se otorga mucha mayor prioridad a cumplir con el viejo proverbio latino de si vis pacem, para bellum. La militarización de la agenda internacional es ya un rasgo bien evidente, con 108 países que han sufrido una intensificación de esta tendencia en el último año, aumentando sostenidamente sus presupuestos de defensa, con EEUU a la cabeza en cuanto a capacidades militares, triplicando a las que presenta China y con Rusia todavía más lejos.

Y algo indica que esa pauta de comportamiento no da buenos resultados cuando se constata que Norteamérica es la región del planeta que ha sufrido un mayor deterioro en sus condiciones de paz durante el pasado año y que Oriente Medio y el norte de África sigue siendo la región menos pacífica (con Yemen y Sudán como los más violentos del mundo y con Israel sufriendo el mayor deterioro de todos los incluidos en el Índice). El contrapunto, aun sin olvidar en ningún caso Ucrania, lo da Europa, que sigue siendo la zona menos violenta del mundo, con Islandia, Irlanda y Austria encabezando la lista de los países más pacíficos. Un apunte positivo que no permite olvidar, como señala Steve Killelea, fundador y presidente ejecutivo del IEP, que “en la última década la paz ha disminuido en nueve de los diez años”.

 (Jesús A. Núñez Villaverde, Real Instituto Elcano, 14/06/24)

1.6.24

Carlo Formenti: La guerra interminable de Occidente, al atardecer... la guerra «se ha emancipado de la política»... El eclipse de lo político, es decir, del único factor capaz de determinar el fin de la guerra, impide sancionarla... Si muchas democracias occidentales son menos populares que varias autocracias, ¿por qué deberían imitarnos los chinos y los rusos (pero la pregunta es válida para muchos otros pueblos)?... si el sueño americano ya no funciona en casa, no digamos fuera. Pero al establishment de las barras y estrellas no parece importarle: sigue sembrando el caos en nombre de objetivos tan ambiciosos como inalcanzables y acaba creyéndose su propia propaganda... Estados Unidos e Israel comparten las mismas actitudes teocráticas de puritanismo, esencialismo, excepcionalismo y militarismo. Una cultura común de venganza (¡no de justicia!) que es un sello distintivo del Antiguo Testamento... las debilidades de Occidente, de EE.UU. in primis, como la sobreestimación de su poder militar, la pérdida del sentido de la realidad generada por el paradigma posmoderno que sustituye los hechos por la narrativa, la fe religiosa en su misión de difundir por todo el mundo los principios democráticos liberales, etc., son puros adornos ideológicos que sirven para enmascarar los intereses imperialistas del capitalismo estelar y desnortado... La locura de la estrategia norteamericana del caos, la determinación suicida de llevar el conflicto al umbral del holocausto nuclear, no puede explicarse sólo por intereses económicos, por la necesidad de afrontar la crisis con keynesianismo bélico... resultan aterradoras las delirantes máquinas de propaganda de un Occidente que ha sustituido la realidad por sus sueños rayanos en el delirio místico... Dicho esto, está claro que los delirios en cuestión pueden estar tomando forma porque la crisis capitalista en curso es algo más que una banal crisis cíclica... «Está empezando a surgir un patrón. Buscando sus raíces, hay que referirse al movimiento subyacente de nuestro tiempo: el declive de la hegemonía técnica, económica y político-militar de Occidente. Este movimiento, de alcance histórico, conclusión de un ciclo de medio milenio, tiene consecuencias en todos los sentidos y a veces inesperadas»... mientras el Norte global «ha soñado con liderar la transición hacia un mundo basado en tecnologías inteligentes y renovables», China e India lo han hecho, «movilizando ciclópeas inversiones públicas y por tanto también privadas»... nuestras «sociedades disfuncionales gobernadas por la valorización privada y miope» se dan cuenta ahora de que no pueden competir

 "Hace unas semanas comenté en estas páginas el número 3 de la revista Limes («Mal d'America»), dedicado a la crisis hegemónica de Estados Unidos. El número 4, recientemente publicado, titulado «Fin de la guerra» (donde la palabra fin debe leerse a la vez como fin -el propósito- y como final), que aborda de nuevo el tema desde un punto de vista diferente, me ha parecido aún más interesante, por lo que creo justo dedicarle una nueva reflexión.

 Como en el número anterior, el punto de vista de la revista, aunque crítico con la (falta de) estrategia que caracteriza la forma en que Estados Unidos y Europa afrontan el doble desafío de Rusia y China, no es antioccidental. Se trata más bien de un intento de inyectar al bagaje ideal del bloque atlántico una fuerte dosis de realismo. El número 3 citaba como adalides de este enfoque a figuras como George Kennan y Henry Kissinger, dos «monumentos» del pensamiento conservador que pretende contener al enemigo sin desencadenar una catastrófica Tercera Guerra Mundial. En el número 4, se vuelve a proponer el enfoque, pero el objetivo de «moderar» el conflicto sin renunciar a los propios objetivos se asocia aquí, más que con el ejemplo de figuras históricas individuales, con el paradigma de una disciplina, la geopolítica, que «educa hasta el límite, frena los impulsos más temerarios de los contendientes al tiempo que los incluye en la misma ecuación en deferencia al principio de realidad» (la cita está tomada del editorial, al que me referiré principalmente aquí, introduciendo pistas de otros artículos que comparten su espíritu, mientras que ignoraré aquellos que exhiben tonos afines al talante propagandístico de la prensa dominante).

 Parto de una afirmación crucial del editorial: la guerra de hoy ya no puede racionalizarse con el paradigma de Clausewitz, que la definía como la continuación de la política por otros medios. El modelo ya no funciona porque la guerra «se ha emancipado de la política».

El eclipse de lo político, es decir, del único factor capaz de determinar el fin de la guerra, impide sancionarla. Introduzco aquí una primera reflexión crítica. Más adelante veremos cómo el carácter ilimitado de la guerra posmoderna está asociado a la desaparición del pensamiento estratégico occidental pero, al mismo tiempo, el «Limes» no puede ni quiere renunciar a atribuir el mismo pecado al otro bando: está bien criticar la lógica bipolar buenos/malos que inspira la propaganda occidental, pero admitir que el «malo» somos nosotros sería pedir demasiado. Por eso, después de Clausewitz, se recurre al filósofo de la violencia simétrica, René Girard (1). Él, como sabemos, teoriza que la raíz de la violencia interhumana se encuentra en el «deseo mimético», es decir, en la identificación con la voluntad de poder (supuesta o real) de los demás. Esto desencadena el mecanismo de «retroalimentación positiva» analizado por otro autor destacado del establo Adelphi, Gregory Bateson (2). Un mecanismo imitativo que puede reproducirse ad infinitum: la violencia llama a la violencia, «hasta el punto de perder el sentido mismo de defensa y ataque, de agresor y víctima».

 De este modo, se da por sentado que el «enemigo» (Rusia, China y todos los pueblos y naciones que se oponen a la dominación occidental) se mueve por los mismos impulsos que nosotros (voluntad de poder por encima de todo). Más adelante, intentaré mostrar cómo este enfoque, incluso dando por sentada su buena fe, es el resultado de una incapacidad para «ver» al otro. Pero incluso en este «extravío» girardiano encontramos un pasaje revelador: el uso ilimitado de la fuerza es un síntoma de «la tendencia al extremo», escribe el autor del editorial, que «acelera el curso de la historia desde finales del siglo XVIII». Brillantez y ceguera al mismo tiempo de la visión geopolítica: la anotación histórica es más que acertada, pero ¿cómo no captar que la tendencia al extremo y la aceleración temporal también y sobre todo tienen que ver con la malvada infinitud de la acumulación capitalista? (3).

 Limes no capta esta conexión evidente para el punto de vista marxista, pero sugiere que, traducida a la geopolítica, esta tendencia al extremo nos habla del espejismo de la occidentalización del mundo «hijo de la revolución francesa». Aunque sería más correcto hablar de hijo de la revolución burguesa, y no sólo francesa (¿por qué no reconocer los «méritos» de las revoluciones inglesa y estadounidense?), la elección se justifica por el hecho de que los «derechos universales» (4), hijos del 89 parisino y «exportados» a Europa a punta de bayoneta de los ejércitos de Napoleón, fascinaron al idealismo hegeliano, que veía en ello la realización de la historia humana (el editorial del Limes lo define como el «descarrilamiento de la teleología hegeliana»). Tras el colapso de la URSS, que durante casi un siglo había puesto en duda la narcisista autoidentificación occidental con el destino de la humanidad, Fukuyama (4) pudo revivir la proclama hegeliana. Así se tendió la trampa (véase el artículo de Fabrizio Maronta «El accidente de Occidente») que «imagina el binomio democracia liberal-capitalismo como la forma final y más elevada de la peripecia humana» y refuerza «la peligrosa convicción de que Occidente es un destino ineluctable porque carece de alternativas, por tanto deseable por todos y en todas partes» (ibíd.).

 Poco importa que más de la mitad de la humanidad no esté deseosa de recibir nuestros «regalos». Si muchas democracias occidentales son menos populares que varias autocracias, ¿por qué deberían imitarnos los chinos y los rusos (pero la pregunta es válida para muchos otros pueblos)? La pregunta es crucial porque -glosando esa categorización del resto del mundo bajo el epígrafe de «autocracias»- el hecho de que no nos la planteemos significa que «los occidentales seguimos concibiendo las guerras como el recurso último del progreso cuya exclusividad hemos reclamado». El ilimitismo de lo limitado engendra monstruos, hasta el punto de que en nombre de los derechos humanos «uno puede incluso suicidarse con todo el planeta».

La perspectiva del suicidio es cualquier cosa menos descabellada, si se tiene en cuenta que tras la breve pausa en la que el imperio estadounidense pudo acariciar el sueño de un dominio sin fronteras ni alternativas, es después de que este sueño se haya estrellado contra un nuevo «muro» que ya no separa el Este del Oeste sino el Norte del Sur, cuando la reacción estadounidense parece tan insensata como desesperada. Loca porque no tiene en cuenta ese principio de realidad, en ausencia del cual ninguna tregua (y mucho menos la paz) es negociable, desesperada porque sobrevalora su propia presunta superioridad a partir de no reconocer el hecho (ya subrayado en el número anterior de la revista) de que «el poder no depende tanto de los arsenales militares como de la voluntad de lucha de una colectividad».

 No dudo de que algunos marxistas «ortodoxos» se verán tentados en este punto a desestimar como «superestructurales» los argumentos que acabo de exponer, objetando que yo mismo los desestimé justo arriba, asociando la ilimitación de los impulsos imperiales de las barras y estrellas con el principio de ilimitación que anima el proceso de acumulación capitalista. ¿Por qué perseguir fantasmas ideológicos cuando la ferocidad con la que el bloque occidental se precipita hacia una Tercera Guerra Mundial es el resultado de la necesidad impuesta por una crisis económica de tal gravedad que sólo la guerra puede resolverla? Responderé a este enfoque mecanicista/economicista en mi conclusión. En primer lugar, me propongo discutir los otros dos talones de Aquiles (además del de la sobreestimación de la propia superioridad militar) que debilitan el frente occidental, puestos de relieve por el análisis del Limes: la perversión del principio de realidad por el principio de relato y el fundamentalismo religioso que se esconde tras la exaltación de supuestos principios universales.

El artículo de Giuseppe De Ruvo («La guerra posmoderna y el principio de irrealidad») señala con el dedo el giro «narrativista» de nuestra cultura. Podría decirse que su razonamiento pone de relieve una paradoja que el escritor ha destacado en repetidas ocasiones, criticando el anuncio de Jean François Lyotard del fin de los grand récits (5): al decretar el fin de los «grand récits» -o ideologías de la emancipación-, los académicos posmodernistas (y sus vulgarizadores periodísticos) no han debilitado el poder sugestivo de las ideologías; al contrario, lo han elevado a la enésima potencia porque, al relativizar el valor de verdad de todos los discursos, lo han sustituido por sus capacidades «performativas», es decir, su capacidad de «producir» verdad, con buena gracia para el principio de realidad. «El principio de realidad», escribe De Ruvo, «ha sido asesinado por el advenimiento de la narración y del concepto de narrativa», para añadir unas líneas más abajo: «ahora vivimos en un “historioverso”, es decir, en un mundo en el que ya no hay análisis de la realidad... cada uno elige la narrativa que prefiere independientemente de su adhesión a los hechos». La tragedia es que incluso la guerra se convierte en una narrativa ajena a cualquier estrategia, «un intento de ganar la guerra contándola».

Por desgracia para Estados Unidos, la suya es una narrativa fuera de tiempo: si el sueño americano ya no funciona en casa, dice el editorial, no digamos fuera. Pero al establishment de las barras y estrellas no parece importarle: sigue sembrando el caos en nombre de objetivos tan ambiciosos como inalcanzables y acaba creyéndose su propia propaganda. Mientras los políticos y periodistas europeos, degradados a un papel accesorio frente a su socio de ultramar, aparecen como cínicos repetidores de «verdades» en las que no creen, del otro lado la propaganda adopta el disfraz de la fe. Lo que nos lleva al excepcionalismo estadounidense y sus raíces fundamentalistas, un tema abordado en el artículo de Tony Smith («La ley de Abraham»). No es casualidad, escribe Smith, que los destinos de Estados Unidos e Israel parezcan estrechamente entrelazados. No se trata sólo del papel de Israel como cuña político-militar, la vanguardia del imperialismo occidental plantada en el corazón de Oriente Próximo: El hecho es que Estados Unidos e Israel comparten las mismas actitudes teocráticas de puritanismo, esencialismo, excepcionalismo y militarismo. Una cultura común de venganza (¡no de justicia!) que es un sello distintivo del Antiguo Testamento: «los dos países comparten actitudes religiosas fundamentalistas que son en muchos aspectos incompatibles con los ideales democráticos de igualdad y humanitarismo que informan su retórica». Una cultura, añadiría yo, que si bien encuentra su expresión en el sincretismo del lobby neoconservador que mezcla inspiraciones veterotestamentarias y calvinistas, también recuerda ciertos rasgos del fundamentalismo islámico, tiñendo de hipocresía discursos que hablan de un orden internacional basado en el derecho

Llego a la incapacidad de ver/reconocer al otro distinto de uno mismo que Limes achacaba en su número anterior a Occidente en general y a Estados Unidos en particular. En mi comentario, sin embargo, señalé que esa misma incapacidad (¿estructural o intencionada? Personalmente, creo que se debe a ambas). Esta limitación es aún más evidente en esta nueva edición. La cuestión es la supuesta simetría entre los contendientes. Antes mencioné la referencia a Girard y a la violencia mimética: las ideas de este autor se utilizan para legitimar la tesis según la cual la creciente resistencia del Sur global al imperio euroamericano (más americano que euro) se debe a que la globalización (ahora rechazada por América, que la había exaltado, y defendida por una China que, según Limes, aspira a su vez a elegirse líder mundial) ha occidentalizado a los países emergentes, induciéndoles a adoptar la misma lógica que Occidente.

El editorial cita una declaración de Xi Jinping, pronunciada junto a Putin, en la que el presidente chino afirmaba que «estamos experimentando cambios que no habíamos visto en cien años y los estamos liderando juntos», una declaración que certificaría la voluntad hegemónica, simétrica a la del competidor estadounidense, del dragón. Es decir, la insistencia del gobierno chino en que está comprometido con la construcción de un mundo multipolar, en el que ninguna nación pueda reclamar el papel de hegemón global, se ignora como pura propaganda, una narrativa simétrica a las occidentales. El discurso de Andrej Susenkov (decano de la facultad de Relaciones Internacionales de la Universidad de Moscú) es acogido con el mismo escepticismo. Entrevistado por Limes, atribuye el mismo objetivo a Rusia, que «quiere que lleguemos a un nuevo sistema internacional equilibrado, regido por un principio de realismo y por la conciencia de nuevas condiciones que impidan la dominación y la hegemonía de un solo país», añadiendo poco después que «Estados Unidos no está aún en condiciones de renunciar a una postura de dominio unilateral del orden internacional», y lamentando que Europa haya dejado de actuar según sus propios intereses debido a su autonomía cada vez más limitada frente a Estados Unidos.

Es evidente que los editores del Limes, además de subrayar el carácter táctico y contingente de la convergencia entre Rusia y China, unidas por la necesidad de hacer frente a la agresión norteamericana pero divididas por historias e intereses tradicionalmente enfrentados, no creen en las proclamas de Moscú y Pekín, por lo que, al tiempo que llaman a conjurar los riesgos de escalada, proponen una variante actualizada de la teoría de la contención de Kennan: se trata de congelar el conflicto apostando por el hecho de que una estrategia de espera permitiría explotar lo que denominan «la flecha más afilada del arco de las sociedades abiertas», es decir, «la gran limitación del decisionismo económico y, más en general, del dirigismo», que a largo plazo están destinados a socavar el proyecto chino.

Esta esperanza nos hace darnos cuenta de cómo ni siquiera los intelectuales más refinados del establishment occidental pueden llegar al fondo del misterio chino. Washington tenía la ilusión de que la apertura de China al mercado mundial la conduciría hacia el fin del socialismo y la transición a la democracia liberal. Después de todo, ¿no había disfrutado el capitalismo estadounidense de los beneficios de la economía WalMart (6), es decir, de la posibilidad de utilizar el made in China como droga para los trabajadores, enmascarando la rebaja de su nivel de vida? ¿Cómo pudo ocurrir que esta sinergia sino-estadounidense se convirtiera en un boomerang, creando las condiciones para la transición de China de fábrica mundial a líder mundial en sectores tecnológicos avanzados y hacia la conquista de la primacía en inversiones directas en el Tercer Mundo? Ni siquiera el Limes podrá responder a esta pregunta mientras siga anclado en el dogma liberalista de la supuesta superioridad de las «sociedades abiertas» sobre las economías mixtas con alta intervención pública (la cuestión es que se sigue pensando en China como una variante del modelo soviético, ignorando el alto grado de flexibilidad que las reformas de finales de los setenta introdujeron en el mecanismo de planificación socialista (7)).

Igualmente difícil parece tomar nota del hecho de que la aversión china a la guerra no es un mero ardid propagandístico. Aunque el nuevo número de Limes acoge un artículo de dos académicos chinos «americanizados» (You Ji y Zhang Shu, «Beijing will fight in spite of itself») en el que reiteran que la aversión a la guerra es una constante en la larga historia de China, que incluso los recientes conflictos fronterizos (India, URSS, Vietnam) han confirmado que China subordina los objetivos militares a los políticos (los primeros deben ser justificables y ventajosos, pero sobre todo limitados) y, por último, que la visión estratégica de los dirigentes chinos da más importancia a la defensa que al ataque.

Concluiré volviendo, como prometí, al tema de la idiosincrasia del marxismo ortodoxo -léase mecanicista en lo filosófico y economicista en lo socio-histórico- hacia argumentos geopolíticos del tipo que acabamos de analizar. La cuestión es que este enfoque sigue enredado en la oposición esquemática estructura/superestructura, un legado nunca eliminado del diamat estalinista. Según este punto de vista, las consideraciones de Limes sobre las debilidades de Occidente, de EE.UU. in primis, como la sobreestimación de su poder militar, la pérdida del sentido de la realidad generada por el paradigma posmoderno que sustituye los hechos por la narrativa, la fe religiosa en su misión de difundir por todo el mundo los principios democráticos liberales, etc., son puros adornos ideológicos que sirven para enmascarar los intereses imperialistas del capitalismo estelar y desnortado.

Este planteamiento ya no debería gozar de ninguna legitimidad, después de que el pensamiento de dos gigantes del marxismo como Gramsci y Lukacs (por citar sólo las figuras más eminentes) devolviera a la ideología su carácter de poder material, fundamento de la hegemonía de las clases dominantes no menos decisivo que las relaciones sociales de producción en la determinación del curso de la historia. La locura de la estrategia norteamericana del caos, la determinación suicida de llevar el conflicto al umbral del holocausto nuclear, no puede explicarse sólo por intereses económicos, por la necesidad de afrontar la crisis con keynesianismo bélico; hoy no podemos mirar el riesgo de conflicto mundial con las mismas gafas con que miramos la Segunda Guerra Mundial, porque una guerra total ya no sería un medio para destruir y reconstruir posteriormente, reiniciando el atascado mecanismo de acumulación, sino que provocaría el fin de la humanidad, capitalistas incluidos. Desde este punto de vista, resultan mucho más aterradoras las delirantes máquinas de propaganda de un Occidente que, como denuncia Limes, ha sustituido la realidad por sus sueños rayanos en el delirio místico.

Dicho esto, está claro que los delirios en cuestión pueden estar tomando forma porque la crisis capitalista en curso es algo más que una banal crisis cíclica. Como escribe mi amigo Alessandro Visalli en un correo electrónico que me envió hace unos días (y que espero que amplíe en un artículo que se publicará en estas páginas) «Está empezando a surgir un patrón. Buscando sus raíces, hay que referirse al movimiento subyacente de nuestro tiempo: el declive de la hegemonía técnica, económica y político-militar de Occidente. Este movimiento, de alcance histórico, conclusión de un ciclo de medio milenio, tiene consecuencias en todos los sentidos y a veces inesperadas». Y más adelante, razonando sobre el hecho de que mientras el Norte global «ha soñado con liderar la transición hacia un mundo basado en tecnologías inteligentes y renovables», China e India lo han hecho, «movilizando ciclópeas inversiones públicas y por tanto también privadas», concluye que nuestras «sociedades disfuncionales gobernadas por la valorización privada y miope» se dan cuenta ahora de que no pueden competir. Me detendré aquí, a la espera de recibir el seguimiento de esta provocación para iniciar un diálogo más amplio y profundo."

(Carlo Formenti, Sinistra in rete, 25/05/24, traducción DEEPL, notas en el original)

26.11.23

Testimonio en la sesión del Consejo de Seguridad de la ONU sobre el mantenimiento de la paz mediante el desarrollo común... Soluciones concretas para poner fin a las guerras en Ucrania, Israel-Palestina, Siria y el Sahel... Estas guerras pueden parecer intratables, pero no lo son. De hecho, sugeriría que las cuatro guerras podrían terminar rápidamente mediante un acuerdo dentro del Consejo de Seguridad de la ONU... El Consejo de Seguridad de la ONU podría acordar sofocar estas terribles guerras reteniendo financiación y armamentos externos... recomiendo que el Consejo de Seguridad establezca un nuevo Fondo para la Paz y el Desarrollo, para ayudar a movilizar el financiamiento para ayudar a Ucrania y otras zonas de guerra a alejarse de la guerra y avanzar hacia la recuperación y el desarrollo sostenible a largo plazo. Consideremos de manera similar la guerra en Israel y Palestina, de Siria o del Sahel... La Carta de las Naciones Unidas otorga al Consejo de Seguridad poderes considerables cuando cuenta con la determinación de sus miembros. Puede introducir fuerzas de paz e incluso ejércitos si es necesario. Puede imponer sanciones económicas a los países que no cumplan con las Resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Puede proporcionar garantías de seguridad a las naciones (las buenas intenciones)

"20 de noviembre de 2023
 
  Señor Presidente, Embajadores, Secretario General Guterres, Presidenta del NBD, Rousseff, distinguidos diplomáticos, damas y caballeros, 
 
 Mi nombre es Jeffrey D. Sachs. Soy profesor universitario en la Universidad de Columbia. Soy especialista en economía global y desarrollo sostenible. Comparezco ante el Consejo de Seguridad de la ONU en mi propio nombre. No represento a ningún gobierno u organización en el testimonio que daré. La reunión de hoy tiene lugar en un momento de varias guerras importantes.  
 
En mi testimonio me referiré a cuatro: la Guerra de Ucrania, que comenzó en 2014 con el derrocamiento violento del presidente de Ucrania, Viktor Yanukovich; la guerra entre Israel y Palestina, que ha estallado repetidamente desde 1967; la Guerra de Siria, que comenzó en 2011; y las Guerras del Sahel, que comenzaron en 2012 en Mali y ahora se han extendido por todo el Sahel.  
 
Estas y otras guerras recientes se han cobrado millones de vidas, desperdiciado billones de dólares en desembolsos militares y destruido la riqueza cultural, natural y económica acumulada durante generaciones e incluso milenios. Las guerras son el peor enemigo del desarrollo sostenible. Estas guerras pueden parecer intratables, pero no lo son. De hecho, sugeriría que las cuatro guerras podrían terminar rápidamente mediante un acuerdo dentro del Consejo de Seguridad de la ONU. 
 
Una razón es que las grandes guerras deben ser alimentadas desde el exterior, tanto con finanzas como con armamentos externos. El Consejo de Seguridad de la ONU podría acordar sofocar estas terribles guerras reteniendo financiación y armamentos externos. Esto requeriría un acuerdo entre las principales potencias. La otra razón por la que estas guerras pueden terminar rápidamente es que son el resultado de factores económicos y políticos que pueden abordarse mediante la diplomacia y no mediante la guerra.  
 
Al abordar los factores políticos y económicos subyacentes, el Consejo de Seguridad puede establecer condiciones para la paz y el desarrollo sostenible. Consideremos cada una de las cuatro guerras por separado. 
 
 La guerra en Ucrania tiene dos causas políticas principales. 
 
El primero es el intento de la OTAN de expandirse a Ucrania a pesar de las oportunas, repetidas y cada vez más urgentes objeciones de Rusia. Rusia considera la presencia de la OTAN en Ucrania como una amenaza importante a la seguridad de Rusia.(1) La segunda causa política es la división étnica entre este y oeste en Ucrania, en parte por líneas lingüísticas y en parte por líneas religiosas. Tras el derrocamiento del presidente Yanukovich en 2014, las regiones de etnia rusa se separaron del gobierno posterior al golpe y pidieron protección y autonomía. El acuerdo de Minsk II, respaldado unánimemente por este Consejo en la Resolución 2202, pedía que se incorporara la autonomía regional en la constitución de Ucrania, pero el gobierno de Ucrania nunca implementó el acuerdo a pesar del respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU. 
 
 La causa económica de la guerra resulta del hecho de que la economía de Ucrania está orientada al oeste con la Unión Europea y al este con Rusia, Asia Central y Asia Oriental. Cuando la UE intentó negociar un acuerdo de libre comercio con Ucrania, Rusia expresó su alarma de que su propio comercio e inversiones en Ucrania se verían socavados a menos que se alcanzara un acuerdo tripartito entre la UE, Rusia y Ucrania para garantizar que el comercio entre Ucrania y Rusia y la inversión se mantendría junto con el comercio entre la UE y Ucrania.  
 
Desafortunadamente, la UE aparentemente no estaba preparada para negociar con Rusia sobre un acuerdo tripartito de esa índole, y la orientación competitiva este-oeste de la economía de Ucrania nunca se resolvió. Este Consejo podría poner fin rápidamente a la guerra de Ucrania si aborda sus causas políticas y económicas subyacentes. En el frente político, los países del P5 deberían acordar extender una garantía de seguridad a Ucrania y al mismo tiempo acordar que la OTAN no se expandirá a Ucrania, abordando así la profunda oposición de Rusia a la ampliación de la OTAN.  
 
El Consejo también debería trabajar para lograr una solución de gobernanza duradera en relación con las divisiones étnicas de Ucrania. El hecho de que Ucrania no haya implementado el acuerdo de Minsk II, y que el Consejo no haya hecho cumplir el acuerdo, significa que la solución de la autonomía regional ya no es suficiente. Después de casi 10 años de duros combates, es realista que algunas de las regiones étnicamente rusas sigan siendo parte de Rusia, mientras que la gran mayoría del territorio ucraniano, por supuesto, permanecerá en manos de una Ucrania soberana y segura.

Desde el punto de vista económico, hay dos consideraciones, una relativa a la política y otra relativa al financiamiento. En materia de política, el gran interés económico de Ucrania es unirse a la Unión Europea y al mismo tiempo mantener relaciones comerciales y financieras abiertas con Rusia y el resto de Eurasia. La política comercial de Ucrania debería ser inclusiva y no diversificada, permitiendo que Ucrania sirva como un puente económico vibrante entre el este y el oeste de Eurasia.  

En lo que respecta al financiamiento, Ucrania necesitará fondos para la reconstrucción y para nueva infraestructura física, como trenes rápidos, energía renovable, 5G y modernización portuaria. Como describo a continuación, recomiendo que el Consejo de Seguridad establezca un nuevo Fondo para la Paz y el Desarrollo, para ayudar a movilizar el financiamiento para ayudar a Ucrania y otras zonas de guerra a alejarse de la guerra y avanzar hacia la recuperación y el desarrollo sostenible a largo plazo.  

Consideremos de manera similar la guerra en Israel y Palestina.  

También en este caso la guerra podría terminar rápidamente si el Consejo hiciera cumplir las numerosas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU adoptadas durante varias décadas pidiendo el regreso a las fronteras de 1967, el fin de las actividades de asentamiento de Israel en los territorios ocupados y la solución de dos Estados, incluido el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. resoluciones 242, 338, 1397, 1515 y 2334. Está claro que Israel y Palestina no pueden alcanzar acuerdos bilaterales en línea con estas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. 

En ambos lados, los partidarios de la línea dura frustran repetidamente a los moderados que buscan la paz basada en la solución de dos Estados. Por lo tanto, ya es hora de que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas haga cumplir sus decisiones, implementando una solución justa y duradera que redunde en interés tanto de Israel como de Palestina, en lugar de permitir que los partidarios de la línea dura de ambas partes ignoren el mandato de este Consejo y amenazando así la paz mundial.  

Mi recomendación a este Consejo es que reconozca inmediatamente al Estado de Palestina, en cuestión de días o semanas, y dé la bienvenida a Palestina como miembro de pleno derecho de las Naciones Unidas, con capital en Jerusalén Oriental y con control soberano sobre los Lugares Santos Islámicos. El Consejo también debería establecer una fuerza de mantenimiento de la paz, compuesta en gran medida de los países árabes vecinos, para ayudar a brindar seguridad en Palestina.  

Semejante resultado es la voluntad abrumadora de la comunidad internacional y redunda en el interés manifiesto tanto de Israel como de Palestina, a pesar de las ruidosas objeciones de quienes rechazan la línea dura en ambos lados de la división. Al igual que en el caso de Ucrania, el hecho de que este Consejo no haya aplicado sus resoluciones anteriores relativas a Israel y Palestina ha hecho que la situación actual sea mucho más difícil de resolver. 

Los asentamientos ilegales de Israel ya se han expandido a más de 600.000 colonos. Sin embargo, la descarada y prolongada violación del Consejo de Seguridad de la ONU por parte de Israel a este respecto no es razón para que el Consejo decida tomar medidas decisivas ahora, especialmente cuando Gaza está en llamas y la región en general es un polvorín que podría explotar en cualquier momento.  

Una estrategia económica debe acompañar a la estrategia política. Lo más importante es que el nuevo Estado soberano de Palestina debe ser económicamente viable. Esto requerirá varias medidas económicas. En primer lugar, Palestina debería beneficiarse de los depósitos de petróleo y gas en alta mar en las aguas territoriales de Palestina. En segundo lugar, el nuevo Fondo para la Paz y el Desarrollo debería ayudar a Palestina a financiar un puerto moderno en Gaza y un enlace vial y ferroviario seguro que conecte Gaza y Cisjordania. 

En tercer lugar, los vitales recursos hídricos del Valle del Jordán deben compartirse equitativamente entre Israel y Palestina, y ambas naciones deben recibir apoyo para asegurar un aumento sustancial en la capacidad de desalinización para satisfacer las urgentes y crecientes necesidades de agua de ambos países. En cuarto lugar, y lo más importante, tanto Israel como Palestina deberían formar parte de un plan integrado de desarrollo sostenible para el Mediterráneo oriental y Oriente Medio que apoye la resiliencia climática y la transición de la región hacia la energía verde.

El Consejo también puede poner fin a la guerra en Siria. 

La guerra siria estalló en 2011, cuando varias potencias regionales y Estados Unidos unieron fuerzas para derrocar al gobierno del presidente sirio Bashar al-Assad. Esta operación de cambio de régimen, profundamente equivocada, fracasó, pero desencadenó una guerra prolongada con un enorme derramamiento de sangre y destrucción, incluidos antiguos sitios del patrimonio cultural.  

El Consejo debe dejar claro que todos los países del P5 y los países vecinos de Siria están totalmente de acuerdo en que todos los intentos de cambio de régimen han terminado permanentemente y que el Consejo de Seguridad de la ONU tiene la intención de trabajar estrechamente con el gobierno sirio en la reconstrucción y el desarrollo. En el aspecto económico, la mejor esperanza de Siria es integrarse estrechamente en la región del Mediterráneo Oriental y Medio Oriente, especialmente mediante la construcción de infraestructura física (carreteras, ferrocarriles, fibra, energía, agua) que conecte a Siria con Turquía, Medio Oriente y las naciones mediterráneas.  

Al igual que con Israel y Palestina, este programa de inversión debería ser financiado en parte por un nuevo Fondo para la Paz y el Desarrollo Sostenible creado por este Consejo. La guerra en el Sahel tiene raíces similares a las de la guerra en Siria. Así como las potencias regionales y Estados Unidos intentaron derrocar el régimen de Bashar al-Assad en 2011, las principales potencias de la OTAN también intentaron derrocar el régimen de Moammar Gadafi en Libia en 2011. Al perseguir este objetivo, excedieron enormemente el mandato de la ONU.

La Resolución 1973 del Consejo de Seguridad, que había autorizado la protección de la población civil de Libia, pero ciertamente no una operación de cambio de régimen liderada por la OTAN. El violento derrocamiento del gobierno libio rápidamente se extendió a los países empobrecidos del Sahel.  

La pobreza por sí sola hizo que estos países del Sahel fueran muy vulnerables a la afluencia de armamentos y milicias. El resultado ha sido una violencia continua y múltiples golpes de Estado, que socavan gravemente la posibilidad de mejora económica. La crisis actual del Sahel es ante todo una crisis de inseguridad y pobreza. El Sahel es una región que va de semiárida a hiperárida, con inseguridad alimentaria crónica, hambre y pobreza extrema. La mayoría de los países de la región no tienen salida al mar, lo que provoca enormes dificultades para el transporte y el comercio internacional.  

Sin embargo, al mismo tiempo, la región tiene depósitos masivos de minerales muy valiosos, una gran biodiversidad y potencial agronómico, un enorme potencial de energía solar y, por supuesto, un enorme potencial humano que aún no se ha materializado debido a una escasez crónica de escolarización y capacitación. Los países del Sahel forman una agregación natural para la inversión económica regional en infraestructura. Toda la región necesita urgentemente inversiones en electrificación, acceso digital, agua y saneamiento, y transporte por carretera y ferrocarril, así como en servicios sociales, en particular educación y atención sanitaria. 

Como el Sahel se encuentra entre las regiones más pobres del mundo, los gobiernos son totalmente incapaces de financiar las inversiones necesarias. Aquí también, y quizás más que en cualquier otra región, el Sahel necesita financiación externa para realizar la transición de la guerra a la paz y de la pobreza extrema al desarrollo sostenible. Todos los miembros del P5, y de hecho el mundo entero, sufren consecuencias adversas por la continuación de estas guerras. Todos están pagando un precio en términos de cargas financieras, inestabilidad económica, riesgos de terrorismo y riesgos de una guerra más amplia.  

El Consejo de Seguridad está en condiciones de tomar medidas decisivas para poner fin a la guerra precisamente porque está claro que el interés de todos los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, y en particular de todos los países del P5, es poner fin a estas guerras de larga data. antes de que se conviertan en conflictos aún más peligrosos.

 La Carta de las Naciones Unidas otorga al Consejo de Seguridad poderes considerables cuando cuenta con la determinación de sus miembros. Puede introducir fuerzas de paz e incluso ejércitos si es necesario. Puede imponer sanciones económicas a los países que no cumplan con las Resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Puede proporcionar garantías de seguridad a las naciones. Puede hacer remisiones a la Corte Penal Internacional para detener los crímenes de guerra. 

En resumen, el Consejo ciertamente puede hacer cumplir sus resoluciones si así lo decide. Por el bien de la paz mundial, dejemos que el Consejo decida ahora poner fin a estas guerras. El Consejo de Seguridad de la ONU también debería reforzar su conjunto de herramientas participando en la consolidación de la paz económica junto con las decisiones más habituales sobre fronteras, fuerzas de paz, sanciones y similares. 

 He mencionado varias veces la idea de crear un nuevo Fondo para la Paz y el Desarrollo que el Consejo de Seguridad de la ONU podría desplegar para crear dinámicas positivas para el desarrollo sostenible y alentar a otros inversores, como el Banco Mundial, el FMI y el Fondo de Desarrollo Multilateral regional. Bancos: para coinvertir en el establecimiento de la paz.

 Recomendaría tres pautas para un fondo tan nuevo.
 
 En primer lugar, sería financiado por las principales potencias transfiriendo una parte de sus desembolsos militares al establecimiento de la paz mundial. Estados Unidos, por ejemplo, gasta ahora aproximadamente 1 billón de dólares al año en el ejército, mientras que China, Rusia, India y Arabia Saudita son los siguientes países que más gastan, con desembolsos militares combinados que son un poco más de la mitad de los de Estados Unidos, tal vez alrededor de 600 mil millones de dólares. 
 
Supongamos que estos países redujeran los desembolsos militares en sólo un 10% y redirigieran los ahorros al Fondo para la Paz y el Desarrollo. Sólo eso liberaría alrededor de 160.000 millones de dólares al año. Incluso esa suma podría aprovecharse con cierta ingeniería financiera para permitir préstamos anuales de, digamos, 320.000 millones de dólares al año, es decir, suficiente para ayudar a las zonas de guerra actuales a iniciar un giro vigoroso hacia la recuperación y el desarrollo. 
 
 En segundo lugar, el fondo haría hincapié en la integración regional. Esto es primordial para el establecimiento de la paz y para un desarrollo exitoso. Se ayudaría a Ucrania a integrarse tanto al oeste (a la UE) como al este (hacia Rusia, Asia central y Asia oriental). Se ayudaría a Israel, Palestina y Siria a integrarse en una red de infraestructura para la región EMME, profundizando la paz y el desarrollo económico. Se ayudaría a los países del Sahel a romper su aislamiento y falta de servicios básicos a través de una red de infraestructura de carreteras, ferrocarriles, puertos, fibra y energía. 
 
 En tercer lugar, el Fondo para la Paz y el Desarrollo se asociaría con otras corrientes de financiación, como la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China, el Portal Global de la UE, la Asociación Global para Infraestructura e Inversión del G7 y un aumento de los préstamos de las instituciones de Bretton Woods y los bancos de desarrollo regionales. Curiosamente, el Fondo para la Paz y el Desarrollo podría ser un vehículo para mayores asociaciones de inversión que vinculen a China, la UE, Estados Unidos y el G7. Esto también sería una contribución a la paz, no sólo en las zonas de guerra actuales sino también entre las principales potencias del mundo.  
 
Directamente al otro lado de la calle de nosotros está el muro de Isaías, con las palabras visionarias del gran profeta judío del siglo VIII a. C.: “Forjarán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; nación no alzará espada contra nación, ni aprenderán más la guerra”. Es hora de honrar las palabras de Isaías poniendo fin a estas guerras inútiles, recortando los gastos militares y convirtiendo los ahorros en nuevas inversiones en educación, atención sanitaria, energía renovable y protección social. 
 
 La propuesta de redirigir los desembolsos militares de hoy hacia la financiación del desarrollo sostenible del mañana se basa no sólo en la sabiduría perdurable de Isaías, sino también en las propuestas de los líderes religiosos y las naciones del mundo en la Asamblea General de las Naciones Unidas. El Papa Pablo VI en su brillante encíclica Populorum Progresio (1967) pidió a los líderes mundiales “que reserven parte de sus gastos militares para un fondo mundial destinado a aliviar las necesidades de los pueblos empobrecidos”.  
 
La Asamblea General de las Naciones Unidas asumió esta causa en la Resolución 75/43 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, llamando a “la comunidad internacional a dedicar parte de los recursos disponibles gracias a la implementación de los acuerdos de desarme y limitación de armamentos al desarrollo económico y social, con miras a reducir la brecha cada vez mayor entre los países desarrollados y los países en desarrollo”. 
 
 Como estadounidense, estoy orgulloso de que nuestro más grande presidente, Franklin Delano Roosevelt, fuera el visionario que supervisó el establecimiento de esta gran institución. Creo firmemente en la capacidad de las Naciones Unidas y de este Consejo de Seguridad para mantener la paz y promover el desarrollo sostenible. Cuando los 193 estados miembros de la ONU, o los 194 que son miembros de Palestina, cumplan con la Carta de la ONU, tendremos una nueva Era Global de Paz y Desarrollo Sostenible. 
 
 (1) Recordemos que el artículo 2(4) de la Carta de las Naciones Unidas prohíbe no sólo el uso de la fuerza sino también la amenaza de la misma."
 
 (Jefrey Sachs es profesor universitario en la Universidad de Columbia. Guillaume Lafortune es miembro del Centro de Investigaciones Económicas de Grenoble (CREG), Francia. Brave New europe, 23/11/23; traducción google)

8.5.23

Discurso del físico Carlo Rovelli en el Concierto del Primero de Mayo: "Hay una catástrofe ecológica que se avecina y que amenaza con arruinar vuestro futuro, y nadie toma las decisiones para detenerla porque eso molestaría a algunos; hay desigualdades que cada vez son mayores, pero quiero deciros que nos dirigimos hacia una guerra que cada vez es mayor, y en lugar de buscar soluciones, los países se provocan unos a otros, invaden otros países, echan leña al fuego de la guerra, y las tensiones internacionales nunca han sido tan altas como ahora."... A continuación, dirigiéndose de nuevo a los jóvenes, hizo un enérgico llamamiento a la acción contra los "señores de la guerra": "Ese no es el mundo que nos gusta: el mundo no pertenece a los señores de la guerra, os pertenece a vosotros, porque sois muchos y podéis cambiar el mundo, juntos. Podéis detener la destrucción del país, podéis detener a los señores de la guerra, podéis construir un mundo trabajando juntos para resolver los problemas. Sueña un mundo mejor y constrúyelo, no vivas esperando sueños que no se hacen realidad. No tengáis miedo de pintar las paredes, de cambiar este mundo"

 "Todo habría ido como de costumbre en el Concierto del Primero de Mayo si no hubiera sido por el discurso del físico Carlo Rovelli.  (...)

El físico teórico, experto en "agujeros blancos", considerado uno de los mayores divulgadores científicos del mundo, con un porte amable y tranquilo como siempre, se dirigió a los jóvenes de la plaza leyendo un discurso escrito por él mismo en el que, tras cada punto expuesto, repetía una frase contundente: que los graves problemas del mundo, en el que "no todo es maravilloso", sólo pueden ser abordados por los jóvenes: "sólo vosotros podéis afrontarlos de frente".

"Hay una catástrofe ecológica que se avecina y que amenaza con arruinar vuestro futuro", dijo, "y nadie toma las decisiones para detenerla porque eso molestaría a algunos; hay desigualdades que cada vez son mayores, pero quiero deciros que nos dirigimos hacia una guerra que cada vez es mayor, y en lugar de buscar soluciones, los países se provocan unos a otros, invaden otros países, echan leña al fuego de la guerra, y las tensiones internacionales nunca han sido tan altas como ahora."

Hablar de la catástrofe medioambiental podría haber bastado por sí solo; lo mismo que la denuncia de las desigualdades que campan a sus anchas y que no harán sino agravarse con las medidas del gobierno Meloni, como denunciaron en sus discursos los secretarios confederales, Landini en particular; pero la insistencia en el tema de la guerra fue lo que acabó por ser calificado de "demasiado", de "escándalo".

"Gastamos más de 2 billones de dólares en gastos militares", continuó Rovelli, sin guardarse nada y articulando lo que piensa la mayoría de los italianos, según las encuestas: "En lugar de utilizar estos recursos para la música, para construir carreteras, etc., los utilizamos para matarnos unos a otros. Los poderosos quieren ser más poderosos y, en Italia en particular, quieren ser vasallos de los poderosos, pero también se hace la guerra porque fabricar armas es una de las actividades más lucrativas del mundo."

Llamativamente, no se detuvo ahí, sino que, entre aplausos del público, acusó directamente a los miembros del Gobierno: "En Italia, el ministro de Defensa ha estado muy cerca de una de las mayores fábricas de armas del mundo, presidente de la federación de fabricantes de armas. El Ministerio de Defensa debe servir para defendernos de la guerra, no ser un vendedor ambulante de instrumentos de muerte. Todos hablan de paz, pero añaden que hay que ganar para hacer la paz. Querer la paz, pero después de la victoria, es querer la guerra. Y el gobierno italiano decide enviar un portaaviones a exhibirse junto a China - [esto es cierto, lo anunció el Estado Mayor de la Marina] - éstas son las opciones que corren el riesgo de destruir nuestras vidas".

A continuación, dirigiéndose de nuevo a los jóvenes, hizo un enérgico llamamiento a la acción contra los "señores de la guerra":

"Ese no es el mundo que nos gusta: el mundo no pertenece a los señores de la guerra, os pertenece a vosotros, porque sois muchos y podéis cambiar el mundo, juntos. Podéis detener la destrucción del país, podéis detener a los señores de la guerra, podéis construir un mundo trabajando juntos para resolver los problemas. Sueña un mundo mejor y constrúyelo, no vivas esperando sueños que no se hacen realidad. No tengáis miedo de pintar las paredes, de cambiar este mundo". Palabras llenas de cruda verdad, y exhortaciones más que justificadas.

El gobierno, por supuesto, se enfureció ante este discurso, ya que la guerra actual es su póliza de seguro: mientras dure -lo que les convierte en una extraña especie de compañeros de cama con las criminales opciones de Putin- el apoyo atlántico internacional está garantizado.

Crosetto, a quien algunos llaman el "gigante gentil" -que parece sólo crecer en estatura y peso con cada aumento del gasto militar para el rearme de Italia, que inexorablemente va en aumento; y que, después de haber dirigido Leonardo, como Ministro de Defensa está ahora asegurando la propagación de las armas Made in Italy y de las empresas armamentísticas por todo el mundo, como el queso parmesano- expresó su ofensa al ser llamado "vendedor ambulante de instrumentos de muerte". (¿Pero no se apresuró, junto con Meloni, a enviar misiles a los Emiratos, que están en guerra con Yemen y ya ocupan Bahréin con los saudíes?)

Después de que los presentadores del Concierto se disculparan "por la falta de debate entre las partes", el "gentil gigante", con altanería señorial, dijo que deseaba invitar a Rovelli a cenar para aclarar la naturaleza de su trabajo. Este último dijo que iría, pero subrayó que "no es nada personal".

No, en realidad no es nada personal, sólo una reafirmación en otras tantas palabras del artículo 11 de la Constitución, redactado tras la tragedia de la II Guerra Mundial: "Italia repudia la guerra como instrumento de ofensa a la libertad de los demás pueblos y como medio de solución de controversias internacionales; acepta, en condiciones de igualdad con los demás Estados, las limitaciones de soberanía que sean necesarias para permitir un ordenamiento jurídico que asegure la paz y la justicia entre las naciones; promueve y fomenta las organizaciones internacionales que persigan tales fines."

El objetivo, por tanto, es la paz, no el agujero negro de la guerra."              

(Tommaso Di Francesco, Il Manifesto Global, 06/05/23; traducción DEEPL)