"El fenómeno más importante que ha ocurrido en el siglo en el que
vivimos, el siglo XXI, ha sido la pandemia causada por el virus
COVID-19, responsable del mayor número de víctimas mortales - 15
millones, mucho más que cualquier otro evento desde los principios del
Siglo XX. Solo la II Guerra Mundial produjo más muertes, 48
millones de civiles no combatientes.
La I Guerra Mundial causó 6.8
millones de muertes entre la población civil; 2.9 millones en la Guerra
de Corea, 2.1 millones en la Guerra de Vietnam; casi medio millón la de Irak; y 71 mil en Afganistán, (Barry Levy- From Horror to Hope: Recognizing and Preventing the Health Impact of War, Oxford University Press, 2022). (...)
Sea como fuere, el hecho es que la pandemia está matando a
muchísima más gente que cualquier guerra acontecida en los últimos
tiempos. Y es más que probable que el número de muertos esté
siendo incluso mayor del publicado, debido a los enormes déficits,
sesgos y manipulaciones de los sistemas estadísticos de indicadores
vitales -como son los de mortalidad- a nivel mundial.
Por otra parte, la
mortalidad causada por la pandemia incluye no solo las muertes debidas
al virus, sino también a muertes resultado, por ejemplo, de escases de
recursos sanitarios, al estar estos saturados por enfermos por
COVID-19. Según el último informe de la OMS sobre la mortalidad causada
por la pandemia, se incluye a España entre los países en que esta
mortalidad indirecta ha sido más alta, lo cual evidencia una pobreza de
recursos sanitarios.
Hay que recordar que el gasto público sanitario en España es de los más bajos de la Europa Occidental, dato que apenas ha tenido atención mediática en este país. La característica de la Sanidad Española ha sido la polarización por clase social del sistema sanitario
con la sanidad privada atendiendo al 30% de la población de renta
superior (incluyendo a la mayoría de los funcionarios públicos del
Estado que tiene derecho de acceso a la privada) y la sanidad pública
para la mayoría de la población. (...)
Las causas de esta elevada mortalidad son múltiples pero las más determinantes han sido la elevada transmisión y diseminación del virus y la baja inmunidad de las poblaciones expuestas,
bien sea por causas naturales o bien sea por falta de vacunación (el
porcentaje de la población vacunada a nivel mundial es muy bajo, menos
de un 20%, cifra que es incluso de dudosa credibilidad debido a la
escasa información existente en grandes partes del mundo).
Otra causa de
la elevada mortalidad es el escaso desarrollo de las medidas preventivas
que puedan evitar el contagio y contaminación de las poblaciones. La
mortalidad es, en el peor de los casos, el punto final de la enfermedad.
Y esta tiene un impacto devastador a nivel biológico, psicológico,
social y económico. Y este último, el económico, es el que ha adquirido
mayor visibilidad política mediática pues afecta a la economía de los
países habiendo creado la mayor crisis económica y social desde la anterior pandemia mundial a principios del siglo XX.
EL FRACASO DE LA GUERRA MUNDIAL CONTRA EL VIRUS
Todos los gobiernos en el mundo y las organizaciones internacionales
se movilizaron en una campaña global para presentarle la pandemia a la
opinión pública en términos belicistas, como una Guerra Mundial contra
el virus. Guerra que no se ha ganado y que continúa y continuará a no
ser que se tomen las medidas necesarias para controlarlo.
Y dudo
que se tomen, puesto que éstas entran en conflicto con la enorme
concentración del poder económico, político, y mediático existente hoy
en el mundo, que reproduce una cultura que prioriza el proceso de
acumulación y concentración de la riqueza económica, así como la
expansión del dominio político por parte de Estados y organismos
económicos y financieros que favorecen tal proceso.
Es esta
cultura de los establishments, económicos, financieros, políticos y
mediáticos, la que está hoy promoviendo y expandiendo la percepción
errónea de que la pandemia esta ya controlada, habiéndose convertido ya
en algo como la gripe. Esta falsedad es el dogma actual que se está imponiendo con un coste de vidas enorme.
Esta cultura, por cierto, es también la causante de la enorme
crisis climática y de las grandes áreas de conflictos militares de las
cuales la de mayor visibilidad política y mediática es en este momento
Ucrania. Esta cultura es promovida por los grandes bloques de
poder, tanto del Este como del Oeste, protagonistas de la vida económica
y comercial del mundo, que basan su prominencia en ser los más exitosos
dentro de un sistema vigente que promueve la competitividad y la
insolidaridad, creando un orden (o mejor: desorden) en el que la
optimización de sus beneficios empresariales se toma como prioridad
sobre el bien común de la gran mayoría de la población.
En esta
cultura, la crisis climática ha casi desaparecido de la atención
mediática y los productores de energía no renovables contaminantes
están, una vez más, liderando la política energética del mundo. Y la
pandemia, también ha desaparecido del mapa. Y la militarización de los
países, está alcanzando un nivel que amenaza con llevarnos a una guerra
nuclear mundial. (...)
Este mismo Congreso había también estado en contra de la
modificación del Tratado de Comercio Internacional para eliminar las
patentes de las vacunas anti-COVID, Pfizer y Moderna, que
hubiera permitido la fabricación de tales vacunas eficaces al nivel
mundial. La industria farmacéutica es una de las industrias más
poderosas y rentables del mundo. Y son las que han estado determinando
la distribución y consumo de tales vacunas a nivel global. Este
poder implica que miles de muertes ocurrirán por falta de vacunas, un
número mayor que el número de muertos que están causando las guerras hoy
en el mundo.
LOS DATOS MUESTRAN QUE NO SE HA CONTROLADO LA PANDEMIA
Sí miramos la curva de mortalidad por COVID en los países a los dos
lados del Atlántico Norte (países de semejante nivel de desarrollo
económico y estructura demográfica), veremos que unas de las tasas de contagiosidad, hospitalización y mortalidad (medida por el número de muertes por cada 100,000 habitantes) más altas desde el principio de la pandemia, fue para la mayoría de los países de tal parte del mundo, hace tres meses (diciembre 2021 enero 2022). (...)
El lector debiera preguntarse cómo es posible que solo unos
meses después de una situación tan preocupante, se están promoviendo
políticas de relajación de las medidas de prevención hasta
prácticamente eliminarlas, actuando como si hubiéramos vuelto a la
normalidad, bajo el supuesto de que la enfermedad COVID-19 ha
evolucionado y ahora actúa como si fuera una gripe, asumiendo también
que la mayoría de la población está ya inmunizada frente al virus
debido bien a la vacunación, bien a haber estado enferma de COVID y
adquirido tal inmunidad.
Ambos supuestos, sin embargo, son erróneos. Es cierto que hubo una mejora, pero que se está revirtiendo ahora, como algunos ya predijimos.
En realidad, la inmunidad tanto natural como resultado de haber estado
contagiado o resultado de estar vacunado es relativamente corta y de
allí la importancia de, entre otras intervenciones, producir vacunas que
sean más protectoras y por más tiempo, lo cual sería posible si hubiera
habido mayor intervencionismo público no solo en la financiación, sino
en la producción de las vacunas.
Dejar estas dimensiones al
mercado y al sector privado es suicida, pues el objetivo de tal sector
es el de optimizar sus ingresos por encima de todo lo demás. No estoy haciendo una valoración moral sino una estimación de lo que es obvio y necesario puesto que no
hay ninguna duda de que sumando y compartiendo el conocimiento
científico existente, promoviendo el bien común en lugar de la
comercialización y el mercadeo de los bienes y servicios esenciales,
habríamos podido ir más rápido y más lejos de lo que se ha conseguido.
¿QUÉ DEBERÍA HABERSE HECHO EN LA SUPUESTA GUERRA CONTRA EL VIRUS?
(....) La falta de solidaridad entre países y dentro de cada país ha
sido una característica de la respuesta a la pandemia en gran parte de
los países del mal llamado mundo occidental. El anteponer los
intereses empresariales de ciertas industrias, como las productoras de
las vacunas por encima de todo lo demás, ha sido una práctica común. Imagínese en una guerra en la que la industria del armamento fuera la que definiera la estrategia a seguir en el conflicto.
Hoy, un problema gravísimo a nivel mundial es la probable explosión
de mortalidad que ocurrirá en China debido a al Ómicron, que podría
reducirse con la masiva producción de vacunas de alta eficacia tales
como las de Pfizer y Moderna en aquel país, lo cual evitaría la
producción de nuevas variantes insensibles a las inmunidades existentes
que puedan crear otro problema mundial.
No hay duda de que, como
dije antes, si la comunidad científica internacional trabajara
conjuntamente y con plena solidaridad compartiendo el máximo de
información, en lugar de competir en términos comerciales como ahora,
estaríamos ahora mucho más protegidos con vacunas más duraderas en su
creación de inmunidad y más fácil distribución. Como ocurre
siempre el problema no es falta de recursos sino el control de estos
recursos y el fin que se dé su uso.
Lo que existe hoy es un desorden
internacional que está causando un enorme dolor y un costo humano y todo
ello para el beneficio de grupos económicos que influencian los poderes
políticos y las agencias internacionales, directa o
indirectamente a través de filantropías basadas en los países ricos,
como ocurre con la Fundación Gates, que continúan promocionando la
mercantilización de los productos incluyendo las vacunas, habiéndose
opuesto a la eliminación a las patentes y favoreciendo en su
lugar la asistencia a las industrias privadas (las productoras de
vacunas), que es precisamente la raíz del problema.
El economista más
conocedor de la industria farmacéutica, Dean Baker (Director del Center
for Economic and Policy Research en Washington D.C.), ha indicado que la
mayoría de la investigación básica de la industria farmacéutica está
financiada con fondo públicos, siendo solo la investigación aplicada, la
realizada por tal industria. De ahí que reconociendo que esta última
fue también financiada por recursos público, Dean Baker propone
que el sector público no solo financie, sino que produzca tales
productos farmacéuticos, ahorrándose una gran cantidad de dinero,
produciéndose además productos más afines a las necesidades de la
población en lugar de solo beneficiar a las empresas privadas.
LA PANDEMIA FORZÓ UN CAMBIO DE ORIENTACIÓN ECONÓMICA QUE
AHORA SE QUIERE REVERTIR. Y DE AHÍ PARTE LA IDEA DE QUE LA PANDEMIA ES
UNA GRIPE
La parte positiva de la llamada guerra contra el virus fue la presión popular para que se cambiaran
las políticas económicas neoliberales, caracterizadas por su promoción
de la austeridad de gasto público, y muy especialmente, del social,
y que había causado la enorme crisis social que se acentuó todavía más
con la pandemia. Tal presión explica el intervencionismo de los Estados
con expansión de los sectores y responsabilidades públicas, sobre todo
en las esferas sociales.
Este intervencionismo fue mucho menor en las
áreas económicas, donde la pasividad adoptada por la mayoría de los
Estados frente a las enormes necesidades creadas por la pandemia ha sido
una constante.
Existe una enorme necesidad, por ejemplo, de
introducir sistemas de control de las ventilaciones y filtraciones que
eliminan las bacterias y los virus, sector muy olvidado a pesar de su
gran necesidad. Tales sistemas debían de haber sido instalados
masivamente en los lugares de trabajo, consumo, transporte y ocio,
puesto que la evidencia científica es contundente de su eficacia en la
prevención de los contagios virales y bacterianos. Muy poco se ha hecho en estas áreas.
La mayoría de la población se ha quejado con razón de que los sacrificios que la ciudadanía ha hecho han sido muy desiguales.
Y para una minoría, la pandemia le ha ido muy bien. El enorme
crecimiento de las desigualdades de capital y renta muestra esta
realidad. La población, y muy en particular, las clases
populares han estado pidiendo mayor intervencionismo público, que se
está desoyendo por parte de las autoridades públicas, próximas a los
intereses económicos de lobbies que están exigiendo "la normalización"
que permita continuar las cosas como estaban antes de la pandemia.
Un ejemplo de ello es que la mayoría de la ciudadanía de casi todos los
países está a favor de la obligatoriedad de las vacunas, así como de
las inversiones públicas en purificar los aires, como he indicado
anteriormente, o utilizar las mascarillas en lugares cerrados incluyendo
el transporte aéreo, entre otras muchas medidas ignoradas por gran
parte de gobiernos. Pero la distancia entre lo que la mayoría de
las poblaciones desean y lo que los gobiernos y agencias
internacionales deciden o permiten es cada vez mas grande lo que explica
que hoy estamos viendo no solo una de las mayores crisis sociales y
económicas conocidas sino también una enorme crisis política a nivel
mundial." (Vicenç Navarro , Público, 22/05/22)