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17.7.26

El descenso a los infiernos... Volkswagen se encuentra sumida en una profunda crisis, al igual que todo el sector automovilístico alemán... su desastre es un desastre interno, y es representativo de los errores cometidos por el capitalismo alemán. Los directivos se durmieron en sus laureles. El «dieselgate», en el que el grupo manipuló los resultados de las emisiones de sus vehículos para mantener la producción, es una caricatura de esa postura... Adam Tooze destaca que «en lo que respecta a Alemania y su industria automovilística, se disponía de sumas de dinero comparables [a las inversiones chinas en vehículos eléctricos] para invertir en forma de beneficios récord». Pero en lugar de invertir, los grupos alemanes, con VW a la cabeza, colmaron a sus accionistas con dividendos récord... Mientras los medios económicos occidentales se esforzaban por justificar esos pagos de dividendos, el Estado chino construía una capacidad de producción que competía directamente, tanto en precio como en calidad, con los mercados controlados por los alemanes... en 2023, los tres grandes fabricantes de automóviles alemanes (VW, BMW y Daimler) repartieron nada menos que 31 000 millones de euros en dividendos, a pesar de que el choque chino ya se hacía evidente... Esta obsesión por la rentabilidad entierra las ambiciones del sector automovilístico alemán. La inversión solo puede reactivarse de forma forzada, la batalla se libra a la baja en los precios, en un contexto en el que China está recuperando terreno en términos de calidad... la lógica competitiva dictaría que los grupos europeos acabaran trasladando a China la producción que aún se mantiene en Europa... Todo ello pone de manifiesto un pánico perfectamente comprensible... el problema fundamental de la competitividad de la industria automovilística alemana es que no puede aspirar a volver a niveles de costes sostenibles. Sobre todo porque el grupo —y esta es su gran debilidad frente a sus rivales chinos— debe garantizar la remuneración de sus accionistas antes de pensar en su propio futuro (Romaric Godin)

 "Durante mucho tiempo Volkswagen fue la empresa que encarnaba el modelo alemán. El grupo de Wolfsburgo arrollaba a la competencia con sus ventas y sus beneficios y representaba el éxito descarado de la República Federal. A través de él, se reconocía toda la constelación de los «líderes mundiales», los «Weltmarktführer», que por entonces abundaban en Alemania.

Pero todo eso ya es cosa del pasado. «VW» se encuentra sumida en una profunda crisis, al igual que todo el sector automovilístico alemán. El viernes 26 de junio, la revista Manager reveló un plan de recorte de gastos que se presentará el 9 de julio al comité de empresa del grupo. En el programa: un ahorro de 11 000 millones de euros, la mitad de los cuales afectará al empleo. Esto afecta a nada menos que 100 000 de los 675 000 puestos de trabajo del grupo en todo el mundo, lo que supone algo menos del 15 % del total.

Se trata, sobre todo, del doble de lo previsto hasta ahora en el marco de un plan que se había negociado duramente con el sindicato IG Metall en 2024. El sindicato había aceptado el principio de un cierre de fábrica en Alemania y la congelación salarial para salvaguardar el principio de la seguridad laboral. Las supresiones de puestos de trabajo debían limitarse estrictamente a la no sustitución de los puestos vacantes.

Pero este compromiso tan duro que IG Metall había querido hacer pasar por una victoria no ha durado ni dos años. De hecho, la situación del grupo se ha deteriorado aún más. En 2025, la facturación global del grupo se redujo un 0,9 %, hasta los 321 910 millones de euros, y el resultado neto cayó un 44,3 %, hasta los 6 900 millones de euros. Solo en el primer trimestre de 2026, la situación se deterioró aún más rápidamente: las ventas cayeron un 2,4 % interanual y el beneficio operativo, un 15 %.

Estancamiento de las ventas, explosión de los costes

La magnitud del desastre para Volkswagen resulta aún más impactante si se analiza con mayor perspectiva. En 2019, el margen operativo del grupo se situaba en el 6,7 % de la facturación. En 2025, este ratio se redujo a una cuarta parte y se situó en tan solo el 2,8 %, lo que pone de manifiesto el colapso de la rentabilidad del fabricante.

En cuanto a los vehículos entregados, la caída también es notable. En 2019, VW entregó 10,974 millones de vehículos, su récord hasta la fecha. Seis años más tarde, se entregaron casi dos millones de vehículos menos, es decir, 9,022 millones. Un descenso del 17,8 % que se compensó en parte con subidas de precios (la facturación aumentó un 27 % en el mismo periodo) hasta 2023.

A partir de esa fecha, los precios de los vehículos del grupo se volvieron demasiado elevados. La ventaja en la que se apoyaba el grupo era una competitividad ajena a los costes: la calidad de los vehículos justificaba un precio elevado. Pero desde principios de la década, esta ventaja parece haber quedado obsoleta por dos razones.

En primer lugar, la subida de precios fue excesiva justo en el momento en que surgió de China una competencia más barata, pero de calidad comparable. En segundo lugar, Volkswagen, al igual que la mayoría de los fabricantes occidentales, no supo subirse al tren de la electrificación y tuvo que ceder cuota de mercado a fabricantes más avanzados en este ámbito, también en este caso principalmente chinos. Resultado: entre 2023 y 2025, las ventas retrocedieron un 3,8 % en volumen y un 0,2 % en valor.

Pero, al mismo tiempo, los costes se han mantenido elevados e incluso han aumentado. El margen bruto, que relaciona los costes de producción con la facturación, pasó así del 18,92 % en 2023 al 15,92 % en 2025. Por supuesto, los costes energéticos desempeñaron un papel importante, a raíz de la invasión rusa de Ucrania, pero quizá menos de lo que se piensa, ya que se vieron compensados por la subida de los precios. En 2023, el margen bruto repuntó 0,2 puntos con respecto a 2022. En realidad, el principal problema de Volkswagen es el exceso de capacidad. Sus ventas de vehículos están disminuyendo y su parque industrial está infrautilizado.

Esta infrautilización es consecuencia, por un lado, de una falta de inversión que hace que la capacidad productiva quede en parte obsoleta con respecto al mercado, pero también de malas decisiones tomadas por la dirección del grupo y sus filiales. En 2025, el aumento de los costes de producción se explica así también por el fuerte incremento de las amortizaciones de activos, es decir, de inversiones pasadas. Una cosa es segura: la caída del margen bruto no se debe al aumento de los costes de personal, que se redujeron un 1,4 % en dos años, entre 2023 y 2025, es decir, a un ritmo más rápido que la facturación.

La función social de Volkswagen no es tanto fabricar automóviles como generar beneficios para sus accionistas. Por ello, el grupo se fijó ya en 2024 el objetivo de volver a un margen operativo del 8 al 10 % en 2030. El objetivo parece hoy inalcanzable, por lo que la dirección se ha embarcado en una amplia reestructuración para reducir el exceso de capacidad actual mediante cierres de fábricas y la duplicación de los recortes de plantilla.

El naufragio de la cogestión

El sindicato IG Metall ha prometido luchar «con todas sus fuerzas» contra las decisiones de la dirección. Pero la reacción sindical es, en gran medida, meramente formal. Durante años, la «cogestión» en Volkswagen, tan alabada por la socialdemocracia europea, se ha reducido a un acompañamiento benévolo de las desastrosas decisiones de las sucesivas direcciones.

La cruda realidad que revela este nuevo anuncio es que IG Metall nunca ha sido capaz de erigirse en contrapoder. El poderoso sindicato ha negociado el acompañamiento del descenso a los infiernos del grupo. El acuerdo de finales de 2024 es, desde este punto de vista, ejemplar. Al ceder a las principales exigencias patronales para salvaguardar la garantía de empleo, IG Metall ha allanado el camino para que se ponga en tela de juicio esa misma garantía de empleo.

Su postura, siempre defensiva y de colaboración con la dirección, convierte al sindicato en corresponsable de este desastre social e industrial. Así es la cogestión al estilo alemán: no implica que los representantes de los trabajadores puedan participar en la estrategia de la empresa y mucho menos corregirla, sino que supone la colaboración sindical con la estrategia de la dirección para aumentar los beneficios. El sindicato puede entonces «recompensar» a sus afiliados con generosas participaciones. Hasta que esta estrategia se estrella de lleno contra un muro y son los trabajadores quienes pagan los platos rotos.

Porque el desastre de Volkswagen es, en gran parte, un desastre interno, aunque sea representativo de los errores cometidos por el capitalismo alemán en su conjunto. Los directivos del grupo, durante la década de 2010, se durmieron tranquilamente en sus laureles, encerrándose en una postura conservadora, como si los éxitos de entonces garantizaran los éxitos futuros. El «dieselgate», en el que el grupo manipuló los resultados de las emisiones de sus vehículos para mantener la producción actual, es, evidentemente, una caricatura de esa postura.

Desde esta visión conservadora, el capitalismo alemán consideró innecesario invertir los generosos beneficios que obtenía en aquel momento. Como destaca el historiador Adam Tooze en una entrada reciente de su blog Chartbook«en lo que respecta a Alemania y su industria automovilística, se disponía de sumas de dinero comparables [a las inversiones chinas en vehículos eléctricos] para invertir en forma de beneficios récord». Pero en lugar de invertir, los grupos alemanes, con VW a la cabeza, colmaron a sus accionistas con dividendos récord.

Mientras los medios económicos occidentales se esforzaban por justificar esos pagos de dividendos, el Estado chino construía una capacidad de producción que competía directamente, tanto en precio como en calidad, con los mercados controlados por los alemanes y los europeos.

Lo que se conoce como el «segundo choque chino», que ahora afecta a la industria de gama alta de Alemania, no ha llevado a los capitalistas alemanes a cambiar su estrategia. Como señala Adam Tooze, en 2023, los tres grandes fabricantes de automóviles alemanes (VW, BMW y Daimler) repartieron nada menos que 31 000 millones de euros en dividendos, a pesar de que el choque chino se hacía evidente y de que el volumen de ventas llevaba estancado casi cinco años.

En 2025, Volkswagen volvió a repartir 2.600 millones de euros entre sus accionistas, manteniendo una tasa de reparto del 30 % de los beneficios atribuibles al grupo. El informe anual precisa que el mantenimiento de esta tasa de reparto sigue siendo el objetivo a largo plazo de la empresa. Por lo tanto, no hay que equívocarse. Esta nueva medida de Volkswagen tiene como objetivo, ante todo, hacer que los trabajadores paguen el aumento nominal del dividendo repartido.  

El callejón sin salida alemán

Esta obsesión por la rentabilidad entierra, de hecho, las ambiciones del sector automovilístico alemán, que se ha quedado sin soluciones. La inversión solo puede reactivarse de forma forzada y esta reactivación, aunque sea necesaria, dista mucho de ser una solución milagrosa. Y es que el exceso de capacidad industrial de los fabricantes alemanes no es más que una parte de un exceso de capacidad global, lo que significa que la batalla se libra a la baja en los precios, en un contexto en el que China está recuperando terreno en términos de calidad.

La única forma de diferenciarse sería, pues, proponer una innovación que permitiera mantener o aumentar las cuotas de mercado. Pero el conservadurismo alemán les ha hecho perder mucho terreno. Durante mucho tiempo, la ventaja cualitativa de los fabricantes alemanes les permitió mantener una ventaja con un mínimo de innovación. Esto es aún más cierto si se tiene en cuenta que el principal ámbito de innovación, el de la electricidad, se encuentra ahora en China.

La lógica competitiva dictaría que los grupos europeos acabaran deslocalizando a China la parte restante de la producción que aún permanece en Europa.

Hasta tal punto que, ahora, son los fabricantes europeos los que buscan obtener transferencias de tecnología de sus rivales chinos a través de alianzas. Volkswagen se encuentra en tal situación de desconcierto que, a finales de abril, el director general del grupo, Oliver Blume, llegó incluso a insinuar que estaba dispuesto a ofrecer capacidad de producción en Europa a sus rivales chinos a cambio de transferencias de tecnología. Volkswagen ya cuenta con tres empresas en régimen de asociación («joint-venture») en China.

Pero esta estrategia tiene sus límites: no permite albergar esperanzas de superar a los rivales chinos, que, por otra parte, tienen un coste de producción un 30 % inferior. En realidad, la lógica competitiva dictaría que los grupos europeos acabaran trasladando a China la parte restante de la producción que aún se mantiene en Europa. En 2025, Volkswagen había destacado que le sería posible fabricar vehículos eléctricos en China a la mitad de precio en comparación con los costes europeos.  

Debilitamiento estructural

Todo ello pone de manifiesto un pánico perfectamente comprensible. En pocos años, los fabricantes alemanes se han visto debilitados estructuralmente. Lo que está en juego aquí no es una cuestión coyuntural, sino que se está produciendo una redefinición de las cadenas de valor globales de la industria automovilística. Una redefinición de la que Alemania está pagando las consecuencias.

La crisis de Volkswagen no es más que la punta del iceberg, cuya magnitud hay que evaluar desde una perspectiva macroeconómica. En diez años, según datos de Destatis, la Oficina Federal de Estadística, el superávit comercial alemán en el sector del automóvil se ha reducido en un tercio, con unas exportaciones estancadas y unas importaciones que han aumentado un 45,7 %.

El índice de producción industrial en este mismo sector registra, en abril de 2026, un descenso del 38,4 % en diez años y del 22,2 % desde abril de 2019. Si se excluyen los efectos de la crisis sanitaria y de la de 2008-2009, hay que remontarse a 2002 para encontrar un nivel de producción más bajo en un mes de abril.

En cuanto al volumen de ventas, este ha retrocedido un 16,2 % en los últimos diez años y se encuentra en su nivel más bajo desde 2011 (excluyendo los efectos de la crisis sanitaria). Solo el mercado de la zona del euro se mantiene relativamente estable (−3,1 % en los últimos diez años en abril de 2026): el mercado alemán ha registrado un descenso del 23,6 % entre abril de 2016 y abril de 2025, y el mercado fuera de la zona del euro ha retrocedido un 15,9 %.

En este contexto, los recortes de empleo anunciados por Volkswagen podrían ser solo el principio. Y es que no resuelven en absoluto el problema fundamental de la competitividad de la industria automovilística alemana, que no puede aspirar a volver a niveles de costes sostenibles. Sobre todo porque el grupo —y esta es su gran debilidad frente a sus rivales chinos— debe garantizar la remuneración de sus accionistas antes de pensar en su propio futuro. Volkswagen parece estar atrapado en una trampa sin salida."

Romaric Godin , Rebelión, 17/07/2026)

14.7.26

Volkswagen va a despedir 100 000 trabajadores. No se trata únicamente de Volkswagen, sino de toda la industria automovilística europea, que a su vez no es más que la punta del iceberg de la crisis del sector manufacturero de Europa occidental... Es muy probable que asistamos a una nueva ola de deslocalizaciones de la producción hacia países con salarios bajos desde Alemania y, en menor medida, desde Francia y, tal vez, desde España... La deslocalización podrá llevarse a cabo bien saturando la capacidad productiva de las plantas ya existentes en países periféricos, bien realizando inversiones directas en el extranjero... existe el peligro real de que Alemania, el país económicamente más importante de la UE, se desindustrialice, al menos parcialmente, con repercusiones negativas no solo para su economía en su conjunto, sino también para la de otros países europeos, en particular para sus proveedores de bienes intermedios y componentes, incluida Italia... Por otra parte, la crisis del sector automovilístico alemán se produce en una etapa histórica de estancamiento del PIB alemán y de otros países de la zona del euro... El fracaso de Europa destaca especialmente si se compara con el éxito de China, que está ganando la competencia cada vez menos gracias a los bajos salarios y cada vez más gracias a su capacidad de innovación tecnológica, basada en la intervención planificada y organizada del Estado. Por lo tanto, sería conveniente que la UE e Italia tomaran como referencia la experiencia china, abandonaran las lógicas neoliberales y aplicaran políticas estatales de planificación industrial —previstas en el artículo 41 de la Constitución italiana— y de renacionalización de las empresas. Pero se trata de una cuestión de decisiones y, por lo tanto, es un asunto que solo se resuelve a nivel político (Domenico Moro)

"Las razones de la crisis del sector automovilístico alemán y europeo y del auge del sector automovilístico chino

Mientras que la opinión pública europea e italiana se centra en la inmigración como origen de los problemas de Europa occidental y, en particular, de la bajada de los salarios, se ignoran las verdaderas causas de la profunda crisis social que se está viviendo. Sin embargo, en los últimos tiempos se han producido algunos hechos que deberían dar que pensar a la opinión pública de Italia y de Europa. En Italia, en el Ministerio de Industria, se ha roto el acuerdo entre los sindicatos y Natuzzi, multinacional líder mundial en sofás de piel, que había decidido cerrar dos fábricas en la provincia de Bari y trasladar la producción a Rumanía, donde cuenta con una fábrica desde hace años. El cierre no solo afectará a los trabajadores de Natuzzi, sino también a 600 pequeñas y medianas empresas de Apulia y Basilicata, proveedoras de Natuzzi. 

Pero la noticia más importante procede de Alemania, donde una revista ha revelado el plan de Volkswagen, segundo fabricante mundial de automóviles, de despedir a 100 000 trabajadores, más del 15 % de su plantilla global. Se trata de una de las reestructuraciones más importantes de la historia industrial. Aún más importante es que dicha reestructuración se centrará en el corazón de la multinacional, en Alemania, donde se despedirá a 50 000 empleados y se cerrarán cuatro plantas.

Sin embargo, no se trata únicamente de Volkswagen, sino de toda la industria automovilística europea, que a su vez no es más que la punta del iceberg de la crisis del sector manufacturero de Europa occidental, lo que corre el riesgo de acelerar la desindustrialización.

 La multinacional estadounidense Ford ha anunciado recortes del 14 % en su plantilla europea (3 900 empleados) en España, el Reino Unido y, sobre todo, en Alemania. Mercedes, tras haber despedido a 4 000 trabajadores mediante bajas voluntarias a finales de 2025, ha declarado que pretende proceder a nuevos despidos, con lo que ahorrará mil millones de euros en personal de aquí al año que viene. BMW prevé una reducción de plantilla del 5 % a nivel mundial de aquí a finales de año. La crisis del sector del automóvil también afecta a los fabricantes de componentes; por ejemplo, la empresa alemana Bosch ha programado recortes de 18 500 empleados. 

El temor es muy grande también entre los fabricantes italianos de componentes para automóviles, cuyos principales clientes son los fabricantes alemanes, a los que se destina el 20 % de las exportaciones de piezas y accesorios para vehículos de motor, aunque su valor (2.9 mil millones de euros en 2025) tiene un impacto reducido en el total de las exportaciones manufactureras italianas a Alemania (72.2 mil millones)[i].

Las causas de la crisis del sector del automóvil alemán y europeo

Ante esta debacle, ¿cuáles son las causas de la crisis del sector del automóvil europeo y, en especial, alemán? Los analistas suelen atribuirla a cuatro razones. 

La primera fue la interrupción, tanto para Alemania como para Italia, tras las sanciones impuestas por la UE a Rusia, del suministro de gas a bajo coste, lo que provocó un aumento de los costes de producción. 

La segunda es el aumento de los aranceles estadounidenses sobre los automóviles importados de Europa, del 2,5 % al 15 % y, posteriormente, al 25 %. Estos aranceles penalizan sobre todo a Volkswagen y a sus marcas de lujo, Porsche y Audi. Volkswagen solo cuenta con una planta de montaje de automóviles en EE. UU. y tiene una presencia mucho mayor en México, país que, a su vez, se ve afectado por aranceles del 25 %. BMW y Mercedes se han visto menos afectadas, ya que cuentan con una mayor capacidad productiva en EE. UU. 

Una tercera razón es la transición energética puesta en marcha por la Comisión Europea, que ha impuesto que las emisiones de CO2 de los automóviles fabricados en la UE se reduzcan en un 55 % para 2030 y en un 100 % para 2035, fecha en la que debería cesar la producción de vehículos con motor de combustión. En consecuencia, las empresas europeas se han orientado hacia los vehículos eléctricos, invirtiendo sumas colosales que, sin embargo, no han tenido eco en el mercado europeo, donde los consumidores solo han adquirido unos pocos de los demasiado costosos vehículos eléctricos europeos. De ahí el desplome de los beneficios de las empresas alemanas y europeas.

La cuarta y más importante razón es China, que ha afectado negativamente a la industria alemana y europea de dos maneras. La primera es la reducción de la capacidad del mercado chino —que representa el 30 % del mercado mundial del automóvil y el 75 % del de los vehículos eléctricos[ii]— para absorber los vehículos alemanes fabricados tanto en Alemania como en China. 

Volkswagen ha pasado de un máximo histórico en 2019 de 4,2 millones de vehículos vendidos en China a 2,7 millones en 2025. La caída de las ventas se debe a la competencia de los fabricantes de automóviles chinos —sobre todo BYD, Geely y SAIC Motor—, quienes, mientras los fabricantes alemanes seguían ofreciendo vehículos de combustión, han lanzado al mercado vehículos eléctricos más económicos y mejor equipados con la tecnología y el software que tanto aprecian los consumidores chinos, especialmente los más jóvenes. 

En 2025, las marcas chinas aumentaron sus ventas en el mercado nacional en un 16,8 % con respecto al año anterior, superando la cuota del 70 %; por el contrario, las marcas alemanas registraron una caída del 7,7 %[iii]. Pero la capacidad competitiva china no solo se ha manifestado en su propio país, sino también en el extranjero y, en particular, en el mercado europeo, donde los vehículos eléctricos e híbridos a precios asequibles procedentes de este país del Lejano Oriente están gozando de una acogida cada vez mayor entre los consumidores.

Estas son las causas más inmediatas y visibles. Sin embargo, existe una causa más profunda que está relacionada con las más superficiales. Dicha causa es la sobreproducción de capital. Esto significa que se ha acumulado un exceso de capital (en forma de medios de producción) en relación con la capacidad de este capital creciente para obtener la tasa de ganancia esperada por los capitalistas. En esencia, el capital, para aumentar la productividad de cada trabajador, introduce una cantidad cada vez mayor y más innovadora de maquinaria y tecnología en relación con los trabajadores empleados. 

Por lo tanto, el capital invertido en mano de obra disminuye en relación con el capital invertido en medios de producción. Sin embargo, dado que la tasa de beneficio viene determinada por la relación entre la plusvalía (que constituye el beneficio y es creada únicamente por los trabajadores) y el capital total invertido, se producirá una tendencia a la disminución de la tasa de beneficio, es decir, una caída porcentual del beneficio sobre el capital invertido.

 Los capitalistas, sin embargo, pueden compensar la disminución de la tasa de beneficio con el aumento de la masa de beneficio. Así, la plusvalía o beneficio, aunque disminuya en proporción al capital total invertido, puede aumentar en valor absoluto. Esta masa de beneficio aumentada se traduce, no obstante, en un aumento de la masa de mercancías producidas que presionan para ser vendidas en el mercado. 

Dado que, en la sociedad capitalista, la producción global no está regulada por un plan que ajuste la producción a la capacidad real de compra de la sociedad (es decir, a las dimensiones del mercado), cada capital individual, al actuar de forma autónoma con el fin de maximizar su beneficio, aumenta las unidades producidas y, en consecuencia, crece el volumen total de mercancías que no logran venderse en el mercado. 

De hecho, en el modo de producción capitalista, el mercado resulta cíclicamente demasiado reducido en comparación con la mayor capacidad de producción. Así se observa que la sobreproducción de capital genera necesariamente la sobreproducción de mercancías y el aumento de la competencia entre los capitales, lo que reduce los precios y, con ellos, los beneficios[iv].

Esta era la situación del mercado europeo, donde los productores, en las últimas décadas —sobre todo en los años 80 y 90—, habían aumentado la productividad mediante la introducción masiva de la automatización y la informática. 

De este modo, el mercado europeo se había saturado de automóviles fabricados y la industria presentaba una sobreacumulación de capital. Con la posterior globalización, se había encontrado una salida a la caída de la tasa de beneficio mediante la externalización de la producción al extranjero, donde los salarios eran más bajos y, por lo tanto, las tasas de beneficio eran más elevadas. 

Los fabricantes de automóviles europeos, empezando por Volkswagen, Renault y Fiat, habían trasladado así el capital y la producción a Europa del Este —desde Polonia hasta Rumanía y Serbia—, al norte de África, a América Latina —sobre todo a México y Brasil— y a Asia, desde Turquía hasta China. A pesar de ello, la sobreproducción de capital y de mercancías no tardó en reaparecer, en particular en Europa occidental. 

No es casualidad que Sergio Marchionne, consejero delegado de Fiat, solía repetir, hasta su fallecimiento en 2018, que en Europa había un exceso de capacidad productiva —en otras palabras, una sobreproducción de capital— y que, por lo tanto, era necesario proceder al cierre de plantas y a fusiones entre grandes grupos. De hecho, Fiat, tras haber absorbido a la estadounidense Chrysler, se fusionó unos años después de la muerte de Marchionne con Peugeot y absorbió también a Opel en un nuevo megagrupo, Stellantis, que ahora ocupa el segundo puesto en Europa y el cuarto en el mundo.

 Fue en ese momento cuando, para resolver la situación de un mercado europeo ya saturado, se pensó en impulsar una nueva expansión de la demanda mediante la transformación del propio producto, pasando del coche de combustión al coche eléctrico. Además, el coche eléctrico, al ser mucho más sencillo de fabricar, requiere menos horas de trabajo para su fabricación y, por lo tanto, se pensaba que permitiría aumentar la productividad y los beneficios.

Sin embargo, esta estrategia no tardó en revelarse como un fracaso. La transformación de la producción exigió una considerable inversión de capital en un plazo muy breve, pero a dicha inversión no correspondió un volumen de ventas adecuado, lo que provocó pérdidas significativas y una caída generalizada de los beneficios de los fabricantes europeos. Así pues, una vez más, en el capitalismo, el mercado ha demostrado no ser capaz de absorber la producción, generando un exceso de producción de capital y de mercancías. El problema, además de la escasez de infraestructuras públicas de recarga, es que los fabricantes europeos han producido coches eléctricos o híbridos demasiado caros en comparación con los de combustión, y el ya saturado mercado automovilístico europeo ha seguido prefiriendo estos últimos o los coches eléctricos o híbridos chinos, más económicos.

Por qué el automóvil chino se está imponiendo no solo en China, sino también en la UE

Llegados a este punto, debemos comprender por qué China es más competitiva que Europa. En primer lugar, China cuenta con el mayor mercado automovilístico del mundo, por lo que puede lograr impresionantes economías de escala, ahorrando en costes, especialmente en la producción de baterías, que son la parte del coche eléctrico que en Europa tiene unos costes elevados. Además, China es prácticamente un monopolista mundial en la extracción y el refinado de tierras raras, que son esenciales para la producción de automóviles y baterías eléctricas. A esto se suma que China, a pesar del aumento de los salarios reales de los últimos años (+10,7 % anual solo entre 2008 y 2014[v]), sigue contando con una ventaja salarial y una abundante mano de obra. Pero la razón más importante es que China está pasando de ser un país periférico —que produce basándose en tecnologías y capitales occidentales, con sus bajos salarios como ventaja competitiva— a convertirse en un país industrialmente autónomo, con sus propios grupos industriales y su propia tecnología avanzada. En la práctica, China es quizás el único país periférico que está saliendo de un desarrollo dependiente de Occidente —que perpetúa el subdesarrollo— para avanzar hacia lo que Samir Amin definía como «desarrollo autocentrado»[vi]. China depende cada vez menos de las cadenas de valor dominadas por empresas occidentales y, en cambio, crea cada vez más cadenas de valor controladas por sus propias empresas. Ocupar la posición más alta en una cadena de valor es un factor esencial, ya que permite controlar la producción de valor a lo largo de toda la cadena y, por lo tanto, «captar» una mayor cuota de plusvalía, es decir, de beneficio. En consecuencia, hoy en día China consigue retener en su territorio una mayor parte de la plusvalía producida por sus trabajadores, que antes era (y sigue siéndolo, aunque en menor medida) «captada» por las multinacionales europeas, estadounidenses y japonesas.

Pero, ¿por qué está ocurriendo esto en China y no en otros países del Sur global? La respuesta es que, en China, el Estado ha mantenido un control muy firme sobre la economía, a diferencia de Europa, donde el modelo liberal se ha impuesto con fuerza. Esto se debe a que China no depende políticamente del imperialismo occidental y, a través del Partido Comunista, mantiene firmemente en sus manos su soberanía política, a diferencia de muchos países del Sur global. 

El modelo chino demuestra así ser mejor que el europeo, ya que se basa en el denominado «socialismo con características chinas». El sector del coche eléctrico es uno de los mejores ejemplos en este sentido. En él convive un sector de empresas de propiedad totalmente estatal (entre ellas se encuentra SAIC-Motor, que fabrica la marca MG, muy extendida en Italia), junto a otro sector de empresas dirigidas por capitalistas privados, pero que, no obstante, con el tiempo han recibido capital de fondos de inversión estatales y de bancos públicos, para financiar su desarrollo global. 

Hay quien define el modelo chino como «capitalismo de Estado» y lo compara con la Italia de la Primera República, con su economía mixta público-privada. Sin embargo, entre la Italia de hace unos cuarenta años y la China actual existe una diferencia importante: en Italia, el Estado seguía estando dominado por los capitalistas privados, de los que dependían la mayoría de los partidos de la época, y, de hecho, en un momento dado, la contrarreforma neoliberal pudo imponerse con facilidad. 

Por el contrario, en China son los capitalistas privados quienes dependen del Estado y del Partido Comunista, que controla las riendas de la economía, empezando por la moneda, a través de los planes quinquenales económicos. Ha sido, por tanto, gracias a su modelo económico que China ha podido desarrollar mejor y antes que Europa y EE. UU. las tecnologías relacionadas con el coche eléctrico, rompiendo con ese lugar común extendido en Occidente según el cual el socialismo estaría necesariamente viciado por una ineficiencia subyacente.

Cómo reacciona el capital europeo ante la crisis del sector del automóvil

Llegados a este punto, debemos preguntarnos cómo están reaccionando el capital europeo y sus multinacionales del automóvil ante la sobreproducción de capital y de mercancías y, sobre todo, cómo reaccionan ante la competencia china. La solución principal al exceso de sobreacumulación de capital —es decir, de capacidad productiva— es la destrucción de parte de dicha capacidad; en otras palabras, de parte del capital fijo. 

De hecho, Volkswagen, demostrando así el carácter de sobreproducción de capital de su crisis, tiene previsto cerrar cuatro fábricas en Alemania. Como confirmación adicional de que las enormes inversiones en vehículos eléctricos han contribuido al exceso de acumulación de capital, las plantas que cerrarán son las que producen coches eléctricos, en particular la de Zwickau, que fue la primera fábrica convertida por completo a la movilidad eléctrica con una inversión de 1 200 millones de euros. Además, las inversiones de capital del grupo se reducirán en un 15 %, situándose en 130 000 millones de euros en los próximos cinco años. Por último, en consonancia con el objetivo de reducir la sobreproducción de mercancías, Volkswagen ha reducido su producción de 12 millones de vehículos al año a 9 millones.

Otra forma de contrarrestar el exceso de producción de capital es la reducción del salario de los trabajadores, lo que conlleva un aumento de la explotación y, por lo tanto, un incremento de la tasa de beneficio. El rumor sobre la intención de despedir a 100 000 trabajadores, la mitad de ellos en Alemania, podría ser también una estrategia negociadora para obligar al poderoso sindicato alemán IG Metal —quizá a cambio de una reducción de los despidos— a aceptar recortes salariales. 

Otra forma de reducir la parte de los costes destinada a la mano de obra sería, además, el traslado de la producción a países que tienen un coste laboral mucho más bajo y una tasa de explotación más elevada que la alemana. En esencia, la crisis del sector del automóvil y, en general, la crisis de sobreproducción pueden generar una nueva ola de deslocalizaciones que conduciría a una mayor desindustrialización de Europa occidental, especialmente de los dos países que, a pesar de la globalización, habían conservado una sólida industria manufacturera: Alemania e Italia. 

Por otra parte, volviendo al ejemplo mencionado al principio sobre la deslocalización de la producción de Natuzzi, el coste medio de la mano de obra en la industria, la construcción y los servicios es de 32 euros en Italia, mientras que en Rumanía es de 13,6 euros, es decir, menos de la mitad[vii]. Por lo tanto, la externalización transfronteriza, especialmente la de las fases con mayor intensidad de mano de obra, permite a Natuzzi aumentar considerablemente sus beneficios.

 Aunque la diferencia entre el salario real italiano y el rumano es menos acusada en términos reales —dado que los salarios en Italia, entre 2008 y 2024, han perdido un 8,7 % de su poder adquisitivo, la mayor caída entre los países del G20 [viii], mientras que en Rumanía han registrado un aumento y que la parte del coste laboral, una vez descontado el salario que el trabajador percibe realmente, es del 28,1 % del total en Italia y solo del 4,8 % en Rumanía, lo que importa a las multinacionales es la diferencia en el coste laboral nominal, que repercute en la distribución del valor a nivel de la cadena de producción global. Este argumento es aún más válido para Alemania y Francia, cuyo coste laboral por hora es de 45 y 44,3 euros, respectivamente, frente a los 19,1 euros de Polonia, los 15,2 euros de Hungría y los aproximadamente 12 euros de Bulgaria y Serbia. Sin embargo, fuera de la UE, por ejemplo en América Latina, Asia Oriental y el norte de África, la brecha con respecto al coste laboral de Europa Occidental es aún mayor.

El capital europeo también puede contar con otra herramienta para hacer frente a la crisis del sector del automóvil: el apoyo público de la UE. Dicho apoyo se materializa, en primer lugar, en la reducción del 100 % al 90 % de la cuota de vehículos eléctricos que la UE obliga a producir de aquí a 2035, lo que da más tiempo a los fabricantes para pasar por completo de los vehículos de combustión a los eléctricos. 

En segundo lugar, la UE ha aumentado los aranceles sobre los vehículos eléctricos chinos, alegando que los fabricantes en China se benefician de importantes subvenciones estatales que distorsionan la competencia. En octubre de 2024, al arancel estándar del 10 % se le añadió una serie de aranceles adicionales que varían, en función de las ayudas estatales que reciben las empresas, desde el 7,8 % para los Tesla fabricados en Shanghái hasta el 35,3 % aplicado a los vehículos de SAIC. 

Posteriormente, dado que los fabricantes chinos habían eludido los aranceles exportando vehículos híbridos en lugar de vehículos totalmente eléctricos, la UE amplió los aranceles también a los vehículos híbridos. Por último, a partir de febrero de 2026, la UE ha permitido a los fabricantes chinos quedar exentos de los aranceles siempre que adopten un «precio mínimo permitido» por la UE, se ajusten a un determinado volumen de vehículos importados anualmente y se comprometan a invertir en la producción de vehículos eléctricos en Europa. ¿Ha sido eficaz el proteccionismo a la hora de proteger la industria europea? Sí, al menos en parte. Sin duda, sin los aranceles, los coches chinos se habrían extendido de forma descontrolada.

 No obstante, la cuota de mercado de los fabricantes chinos en la UE se ha triplicado en los últimos tres años, pasando del 2,3 % en 2023 al 6 % en 2025 y al 9 % en los primeros cinco meses de 2026, apenas por debajo del tercer fabricante europeo, Renault, con un 10,2 %. El fabricante chino con mayor cuota de mercado es Geely (2,6 %), que supera a fabricantes de renombre y con una larga trayectoria en Europa, como Ford (2,3 %) y Nissan (1,9 %), seguido de SAIC y BYD (2,1 %)[ix].

Además de los aranceles, la UE ha decidido intervenir con una inversión de 1.800 millones de euros para facilitar la creación de una cadena de suministro de baterías eléctricas para automóviles en Europa. Además, en marzo de 2026, a través de laIndustrial Accelerator Act (IAA), propuso conceder subvenciones para la compra de vehículos eléctricos, siempre que el 85 % de su valor total se haya producido en la UE. Si al menos el 70 % de los vehículos eléctricos vendidos por un mismo fabricante cumplen este requisito, todos sus vehículos eléctricos se beneficiarán de las subvenciones. 

Más recientemente, los tres principales fabricantes europeos —Volkswagen, Stellantis y Renault— han enviado una carta al Parlamento Europeo solicitando modificaciones a la IAA, que consisten, sobre todo, en reducir el porcentaje del valor producido en la UE de los vehículos vendidos del 85 % al 70 %, a fin de que puedan optar a las ayudas. Se trata de una petición interesante, ya que permite a los fabricantes europeos producir una mayor parte del vehículo fuera de la UE, donde los costes —incluidos, sobre todo, los laborales— son más bajos.

Por otra parte, la producción de las multinacionales se basa en la cadena de valor global, es decir, en la división de las fases de producción de un producto destinado al consumidor final entre varias fábricas, situadas en distintos países. En cada fase productiva se genera una determinada cantidad de valor que, al final, al sumar todo el valor producido a lo largo de toda la cadena, se traduce en un precio de producción. La cuestión más importante es que la parte del valor incorporado al producto en cada fase productiva se calcula a precios locales, que, en los países periféricos, son mucho más bajos que los de los países centrales, como Alemania, Francia e Italia. 

La consecuencia es que, en la contabilidad y en las estadísticas globales, el valor —en términos de tiempo de trabajo— efectivamente transferido a la mercancía resulta subestimado en los países periféricos (Rumanía, México, Brasil, India, China, etc.), con bajos costes laborales, y sobreestimado en los países centrales (Estados Unidos, Alemania, Francia, Italia, Japón, etc.), con altos costes laborales[x]. En consecuencia, es indudable que la cuota del valor real del automóvil producido en la UE sería, de hecho, muy inferior al 85 % del total (o al 70 %, si se aceptaran las peticiones de los tres grupos automovilísticos europeos) previsto por la IAA. 

Esta es la razón por la que las multinacionales europeas, como Volkswagen y Stellantis, en el transcurso de la denominada globalización, han deslocalizado masivamente a países de la periferia o del Sur global, como preferimos llamarlos, obteniendo beneficios extraordinarios.

El futuro nos depara deslocalizaciones y una caída de los salarios, ¿cómo contrarrestarlas?

A pesar de la globalización, en Alemania se había mantenido una cuota importante de la producción de automóviles (4,148 millones de vehículos en 2025 frente a los 5,13 millones de 2000), cuyas exportaciones han ido viento en popa hasta hace poco. Esto ya no es posible por las razones que hemos expuesto hasta ahora. 

De hecho, «el consejo de administración del grupo [Volkswagen] ha declarado en varias ocasiones que el modelo de negocio histórico y durante años exitoso, orientado a desarrollar vehículos globales en Alemania, fabricarlos en Europa y venderlos en todo el mundo, ya no funciona». [xi] 

Entonces, ¿cuál será la solución a la crisis del sector del automóvil alemán y europeo que pondrán en práctica las multinacionales? Es muy probable que asistamos a una nueva ola de deslocalizaciones de la producción hacia países con salarios bajos desde Alemania y, en menor medida, desde Francia (que en 2025 produjo 1,06 millones de automóviles, frente a los 2,87 millones de 2000[xii]) y, tal vez, desde España (1,81 millones de automóviles en 2025, frente a los 2,44 millones de 2000). 

En cuanto a Italia, aquí la producción ya se había reducido prácticamente a cero en los últimos años (237 000 automóviles en 2025 frente a 1,4 millones en 2000) y el sector del automóvil ha sido sustituido, en cuanto a su contribución al PIB y a las exportaciones, por otros sectores de alta tecnología, como el farmacéutico y, sobre todo, el químico, que en conjunto representaron en 2025 el 28,8 % del valor total de las exportaciones italianas, frente al 2,23 % del sector del automóvil[xiii]

A modo de comparación, cabe señalar que la producción china ha pasado de 600 000 automóviles en el año 2000 a 30 millones en 2025, lo que representa el 42 % de la producción mundial. La deslocalización de la industria automovilística alemana y de Europa occidental podrá llevarse a cabo bien saturando la capacidad productiva de las plantas ya existentes en países periféricos, bien realizando inversiones directas en el extranjero (IDE) greenfield, es decir, construyendo nuevas plantas, siempre en países periféricos, o bien procediendo a fusiones con otros fabricantes y racionalizando la producción, es decir, logrando economías de escala y recortando puestos de trabajo.

En cualquier caso, existe el peligro real de que Alemania, el país económicamente más importante de la UE, se desindustrialice, al menos parcialmente, con repercusiones negativas no solo para su economía en su conjunto, sino también para la de otros países europeos, en particular para sus proveedores de bienes intermedios y componentes, incluida Italia. Por otra parte, la crisis del sector automovilístico alemán se produce en una etapa histórica de estancamiento del PIB alemán y de otros países de la zona del euro, como Francia y, especialmente, Italia. Sin duda, otro efecto de las nuevas deslocalizaciones puede ser la aparición de dificultades en el mercado laboral alemán y europeo, con una contracción de la demanda de mano de obra y la consiguiente reducción de los salarios. Siempre y cuando Volkswagen no negocie con el sindicato una reducción salarial a cambio de la reducción prevista del exceso de mano de obra.

Esto tendrá repercusiones en la sociedad y en la política europea, especialmente en la de Alemania. El Gobierno del canciller Merz, una coalición de democristianos (CDU-CSU) y socialdemócratas (SPD), ya ha alcanzado los mínimos históricos de popularidad de un Gobierno alemán. Además, el partido alemán de extrema derecha y fuertemente antiinmigración, Alternative für Deutschland (AfD), ha superado en las encuestas a la CDU-CSU de Merz como primera fuerza política, con un 28 % frente al 24 %. Sin embargo, ante los despidos anunciados por Volkswagen, el Gobierno de Merz se ha mantenido pasivo: «Intentamos evitar cualquier cierre de plantas en Alemania (…) —comentó un portavoz del Gobierno—. Pero, en última instancia, se trata de decisiones de las empresas, que deben tomarse según criterios económicos».[xiv] La reestructuración de todo el sector del automóvil, que, sin contar los componentes, representa el 10 % del total de las exportaciones alemanas (156 mil millones de 1.563) , puede, por lo tanto, acentuar la crisis del orden social y político alemán, que desde el final de la Segunda Guerra Mundial se ha basado en la alternancia entre la CDU-CSU y el SPD, y que hoy en día no logra mantenerse ni siquiera uniendo a estos dos partidos.

¿Cómo responder a la deslocalización —no solo del sector del automóvil— y a la desindustrialización, que reduce los salarios y transforma los puestos de trabajo de la industria en empleos precarios y mal remunerados en el sector servicios? Sin duda, deberían generalizarse algunas propuestas que los sindicatos italianos y europeos han elaborado en los últimos años, como las leyes contra la deslocalización, que impongan sanciones y la devolución de las ayudas estatales a las empresas que se deslocalizan; el aumento de la frecuencia de las renovaciones de los convenios colectivos nacionales, combinadas, no obstante, con la introducción de salarios mínimos; y la obligación de que los subcontratistas apliquen los convenios colectivos de referencia. A estas medidas habría que añadir otras, destinadas a reducir la movilidad de los capitales a nivel internacional, la cual, al aumentar con el neoliberalismo, ha dado lugar a la globalización de la producción. En lo que respecta a Italia, dado que los salarios (y el coste laboral) italianos son significativamente más bajos que los del resto de los países europeos avanzados y son los que más poder adquisitivo han perdido en el G20, sería necesaria una campaña nacional, en la que participen conjuntamente la política y los sindicatos, contra los bajos salarios en todos los sectores. Pero esto no basta, ya que la cuestión y las soluciones son de carácter más general.

En definitiva, la crisis del sector automovilístico alemán supone la confirmación del fin definitivo del llamado «modelo renano» alemán —que ya llevaba tiempo en dificultades—, basado en una especie de pacto social entre empresas, sindicatos, bancos y Gobierno. Pero también es la prueba del fracaso del modelo neoliberal —basado en las exportaciones, la moderación salarial, las privatizaciones y la retirada del Estado de la economía—, que se ha impuesto en Europa en las últimas décadas.

 En términos más generales, es la demostración de las contradicciones insuperables del modo de producción capitalista, desde la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción hasta la anarquía del mercado. El fracaso de Europa destaca especialmente si se compara con el éxito de China, que está ganando la competencia cada vez menos gracias a los bajos salarios y cada vez más gracias a su capacidad de innovación tecnológica, basada en la intervención planificada y organizada del Estado. Por lo tanto, sería conveniente que la UE e Italia tomaran como referencia la experiencia china, abandonaran las lógicas neoliberales y aplicaran políticas estatales de planificación industrial —previstas en el artículo 41 de la Constitución italiana— y de renacionalización de las empresas. Pero se trata de una cuestión de decisiones y, por lo tanto, es un asunto que solo se resuelve a nivel político. Lo cual no significa que todo se reduzca a la contienda electoral, sino que hay que modificar, mediante la lucha —empezando por los lugares de trabajo—, las relaciones de fuerza globales entre las clases sociales, es decir, entre el capital transnacional y el trabajo asalariado.
Notas
[i] Elaboración propia a partir de datos de Eurostat, «International trade of EU and non-EU countries since 2002 by SITC». Cabe señalar que Italia tiene un superávit comercial de 13 mil millones con respecto a Alemania. https://ec.europa.eu/eurostat/comext/newxtweb/submitresultsextraction.do
[ii] Focus2move, China 2026: caída en picado mientras Geely desplaza a BYD como marca líder.
[iii] https://www.marklines.com/en/report/rep2969_202602
[iv] Karl Marx, El capital, Libro III, Sección III: «La caída tendencial de la tasa de ganancia», editorial Newton Compton, Roma, 1996.
[v] Organización Internacional del Trabajo (OIT), «Salarios, productividad y participación salarial en China», abril de 2016.
[vi] Amin Samir, El desarrollo desigual. Ensayo sobre las formaciones sociales del capitalismo periférico, Giulio Einaudi Editore, Turín, 1977.
[vii] Eurostat, Base de datos, «Niveles de costes laborales por actividad según la NACE Rev. 2».
[viii] Organización Internacional del Trabajo (OIT), Informe mundial sobre los salarios 2024-2025.
[ix] Página web de Unrae con datos de Acea.
[x] John Smith, Imperialism & the globalization of production, tesis doctoral, julio de 2010.
[xi] Mario Cianflone, Una señal de alarma, pero el grupo puede recuperarse, il Sole24ore, 27 de junio de 2026.
[xii] Página web de la Organización Internacional de Fabricantes de Automóviles (OICA), Estadísticas de producción.
[xiii] Según los datos de Eurostat, las exportaciones italianas de automóviles entre 2024 y 2025 descendieron de 15,2 a 14,4 mil millones, mientras que las del sector farmacéutico aumentaron de 52,9 a 68,76 mil millones y las del sector químico, de 101,3 a 116 mil millones.
[xiv] Matteo Meneghello, «Volkswagen prepara 100 000 despidos y cierra plantas en Alemania», Il Sole 24 Ore, 27 de junio de 2026."

(Domenico Moro, Sinistra in rete, 09/07/26, traducción Salvador López)

28.6.26

Volkswagen planea cerrar cuatro plantas en Alemania y despedir a 100.000 trabajadores en todo el mundo... pese a que el fabricante había acordado con los sindicatos no cerrar plantas en Alemania... “Aún no hay nada claro, pero hay riesgos para España”... “Los ataques de Volkswagen contra la ley, la cogestión [el sistema alemán de participación de los trabajadores en los órganos de dirección] y nuestros centros de trabajo constituyen amenazas irresponsables. Si esos planes siguieran adelante, haríamos todo lo que esté en nuestra mano para impedirlos”, han advertido los representantes de los trabajadores (alemanes)... también dicen que “en lugar de actuar de forma precipitada y sin rumbo, [Volkswagen] debería por fin hacer su trabajo y centrarse en sus verdaderas responsabilidades: desarrollar productos y tecnologías competitivos, optimizar las estructuras y las sinergias del grupo y, con ello, garantizar también un empleo seguro”... “El desarrollo que he visto en España en el automóvil en los últimos años es un ejemplo para Europa. Es el segundo fabricante europeo de coches y eso también lo vemos cuando empresas de fuera del continente deciden invertir aquí. España tiene una oportunidad muy grande, ya que hace unas décadas se dedicaba al ensamblaje. Ahora, entramos en una fase de tecnología profunda. Es una gran oportunidad también para los jóvenes”, dijo el consejero delegado del grupo Volkswagen, Oliver Blume... Veremos (Manu Granda)

"El grupo Volkswagen vuelve a meter la tijera en su estructura de costes. El gigante del automóvil alemán prevé recortar hasta 100.000 puestos de trabajo en todo el mundo, el doble de los que había anunciado hasta ahora, según ha adelantado el medio especializado Manager Magazin. Además, pese a que el fabricante había acordado con los sindicatos no cerrar plantas en Alemania, ahora estudia bajar la persiana en cuatro fábricas del país, algo inédito en su historia.

Los planes forman parte de los nuevos objetivos establecidos para 2030 que el consejo de administración de la compañía planteó el miércoles. El 9 de julio debatirá sobre ello el consejo de supervisión del grupo automovilístico. Las fábricas afectadas por el posible cierre a medio plazo son tres de la marca Volkswagen (Hannover, Zwickau y Emden), y la de Audi en Neckarsulm. Ante las preguntas de este medio, la compañía ha explicado que no hará comentarios “sobre documentos internos confidenciales”. El grupo, que ha matizado que “los asuntos subyacentes se discutirán y aprobarán en los comités correspondientes”, ha recordado que el conjunto del sector está “experimentando una profunda transformación” y que el modelo de negocio de la compañía (“desarrollar coches en Alemania, producirlos en Europa y exportarlos al mundo”) ya no funciona en la actualidad para todas las marcas.

El grupo Volkswagen había anunciado en la presentación anual de sus resultados de 2025 el recorte de 50.000 empleos en Alemania hasta 2030, unos 15.000 más que los que había pactado en la navidad de 2024 con el sindicato IG Metall. Entonces, la compañía acordó con los representantes de los trabajadores mantener abiertas todas las fábricas alemanas, pese a las turbulencias en las que estaba inmersa Volkswagen. Según cifras de Bloomberg, el grupo da trabajo a unas 657.000 personas en todo el mundo.

En una declaración conjunta, el sindicato IG Metall y el comité de empresa de Volkswagen han condenado con dureza los planes de la compañía, de los que han dicho que generan “inquietud” entre la plantilla y en los territorios donde hay plantas de producción. “Los ataques de Volkswagen contra la ley, la cogestión [el sistema alemán de participación de los trabajadores en los órganos de dirección] y nuestros centros de trabajo constituyen amenazas irresponsables. Si esos planes siguieran adelante, haríamos todo lo que esté en nuestra mano para impedirlos”, han advertido los representantes de los trabajadores.

La compañía toma la decisión después de una sucesión de malos ejercicios en los que ha sufrido sobremanera la competencia de las marcas chinas. En el mercado alemán ha pasado de ser la primera firma en ventas a la tercera, por detrás de BYD y Geely. Y vive una situación parecida en los otros mercados europeos, en los que las automovilísticas del gigante asiático se están abriendo paso de forma rápida pese a los aranceles aprobados por la Unión Europea contra los vehículos eléctricos made in China. Según medios alemanes, la Comisión Europea se plantea imponer aranceles también a los híbridos enchufables chinos, una medida que protegería a grupos como Volkswagen, BMW o Mercedes-Benz.

Por si fuera poca la presión proveniente de China, Volkswagen también ha acusado el golpe de los aranceles de Estados Unidos al automóvil europeo. Alemania es el mayor vendedor de vehículos al país norteamericano. Y “mantener el éxito” en ese contexto, ha razonado el mayor fabricante continental de coches (y segundo del mundo), significa que “todo el grupo debe ser significativamente más competitivo, lo que requiere una mayor precisión y una disciplina más estricta en materia de costes e inversiones”.

“El consejo de administración ha trabajado intensamente en los últimos meses en un plan futuro para la reestructuración de la compañía. El objetivo es lograr una mayor eficiencia y agilidad en toda la empresa, así como aprovechar de forma consistente el potencial de sinergias tecnológicas”, añade la empresa. “Esto se aplica, en particular, a los procesos y estructuras de toma de decisiones, especialmente en el desarrollo e integración de nuevas tecnologías, así como en la cartera de modelos para nuestros clientes. En la siguiente fase, esta transformación integral se implementará tras la aprobación del consejo de supervisión”.

Pero esos argumentos no convencen a los representantes de los trabajadores. “En lugar de actuar de forma precipitada y sin rumbo, [Volkswagen] debería por fin hacer su trabajo y centrarse en sus verdaderas responsabilidades: desarrollar productos y tecnologías competitivos, optimizar las estructuras y las sinergias del grupo y, con ello, garantizar también un empleo seguro”, reza el comunicado que han hecho público. El texto lo firman la presidenta de IG Metall, Christiane Benner; la presidenta del comité de empresa general y del grupo de Volkswagen, Daniela Cavallo; el director regional de IG Metall en los Estados de Baja Sajonia y Sajonia-Anhalt; así como por el negociador de IG Metall para el convenio colectivo de Volkswagen, Thorsten Gröger.

La situación de Volkswagen en España

En cuanto a España, el consorcio germano cuenta con dos plantas de coches, la de Landaben (Navarra) y la de Martorell (Barcelona). Ambas han sido agraciadas con la asignación de cuatro modelos eléctricos que, de momento, son los más baratos que comercializa la compañía, con precios que parten en el entorno de los 25.000 euros sin ayudas. Estos son el Cupra Raval, el Volkswagen ID Polo, el ID Cross y el Skoda Epiq. Los dos primeros ya han comenzado a salir de las líneas de ensamblaje de la factoría catalana, mientras que los otros dos, ensamblados en Navarra, llegarán a los concesionarios también este año. Además, Volkswagen está levantando una planta de baterías en Sagunto (Valencia), la cual se encuentra en un avanzado estado de construcción. En total, el grupo, sus socios y el Gobierno han movilizado 10.000 millones de euros para electrificar la producción del grupo en España.

“El desarrollo que he visto en España en el automóvil en los últimos años es un ejemplo para Europa. Es el segundo fabricante europeo de coches y eso también lo vemos cuando empresas de fuera del continente deciden invertir aquí. España tiene una oportunidad muy grande, ya que hace unas décadas se dedicaba al ensamblaje. Ahora, entramos en una fase de tecnología profunda. Es una gran oportunidad también para los jóvenes”, dijo el consejero delegado del grupo Volkswagen, Oliver Blume, durante su visita a Madrid el pasado abril con motivo de la presentación mundial del Raval.

Por otro lado, fuentes sindicales explican a este periódico que esta situación puede poner en riesgo la asignación de la segunda plataforma de vehículos eléctricos por la que pugna la planta de Martorell. Estas fuentes indican que la plataforma actual (de la que salen el Raval y el ID Polo) es insuficiente para mantener el trabajo a largo plazo cuando se dejen de hacer los otros modelos de combustión que ensambla la factoría, como el León o el Cupra Formentor. “Aún no hay nada claro, pero hay riesgos para España”, señalan desde los sindicatos." 

(Manu Granda , Yetlaneci Alcaraz  , El País, 26/06/26) 

11.3.26

Volkswagen recortará 50.000 puestos de trabajo en Alemania para 2030... las reducciones abarcarán a todo el grupo, incluyendo Audi y Porsche... tras una fuerte caída de los beneficios y una creciente presión por los aranceles estadounidenses, una menor demanda en China y Norteamérica, y los mayores costes asociados a la electrificación (Invezz)

 "Volkswagen recortará 50.000 puestos de trabajo en Alemania para 2030, tras una fuerte caída de los beneficios y una creciente presión por los aranceles estadounidenses, una menor demanda en China y Norteamérica, y los mayores costes asociados a la electrificación.

El mayor fabricante de automóviles de Europa dijo que las reducciones abarcarán a todo el grupo, incluyendo Audi y Porsche, y formarán parte de una reestructuración más amplia a medida que el entorno empresarial se vuelve más desafiante.

Recortes de empleos y reestructuración

El director ejecutivo, Oliver Blume, dijo a los accionistas que la reducción de personal afectará a todas las marcas dentro de las operaciones alemanas del grupo.

La empresa declaró que se espera recortar alrededor de 50.000 puestos de trabajo en todo el Grupo Volkswagen en Alemania para 2030.

La medida se basa en un acuerdo de finales de 2024 con los sindicatos para reducir más de 35.000 puestos de trabajo para 2030 de manera socialmente responsable, con el objetivo de ahorrar 15.000 millones de euros (12.400 millones de libras).

Volkswagen dijo que las medidas adicionales reflejan un "entorno fundamentalmente diferente" y la necesidad de adaptar su base de costos.

Beneficios afectados por aranceles y menor demanda

Volkswagen reportó una caída del 54% en las ganancias antes de impuestos, a 8.9 mil millones de euros (6.6 mil millones de libras), citando los aranceles estadounidenses y un costoso cambio de estrategia en Porsche.

El beneficio neto después de impuestos cayó alrededor del 44% en 2025, de 12.4 mil millones de euros (10.7 mil millones de libras esterlinas; 14.4 mil millones de dólares) a 6.9 mil millones de euros (6.1 mil millones de libras esterlinas; 8 mil millones de dólares), dijo la compañía.

El beneficio operativo de Porsche casi desapareció, cayendo un 98% a 90 millones de euros después de posponer su transición a vehículos eléctricos debido a la débil demanda.

El grupo también ha reducido los objetivos de producción de vehículos eléctricos en los últimos meses, incluso en Lamborghini.

La decisión del presidente estadounidense Donald Trump de imponer aranceles del 25% a las importaciones de automóviles ha tensado aún más el rendimiento, mientras que los fabricantes de automóviles chinos han intensificado la competencia en Europa.

La empresa también señaló una disminución en la demanda en China, históricamente uno de sus mercados más rentables.

Geopolítica, precios de la energía y marcas premium

Volkswagen advirtió que la turbulencia global podría afectar sus perspectivas.

La empresa citó desafíos del entorno macroeconómico, posibles restricciones comerciales y tensiones geopolíticas, y señaló una mayor volatilidad en los mercados de materias primas, energía y divisas.

A medida que la acción militar estadounidense-israelí contra Irán alimenta la incertidumbre y eleva los costos de la energía, Blume dijo que el conflicto no estaba interrumpiendo la cadena de suministro de Volkswagen, pero podría disminuir la demanda de marcas premium.

Los volúmenes en la región son modestos, dijo, pero los márgenes son altos. "Simplemente estamos viendo cuán volátil y frágil es nuestro mundo", añadió Blume.

La estrategia de China y la recalibración de los vehículos eléctricos

La competencia interna ha erosionado la cuota de mercado de Volkswagen en China, el mayor mercado automovilístico del mundo.

En respuesta, Blume anunció "la mayor campaña de productos en nuestra historia" en China para recuperar clientes.

Al mismo tiempo, el grupo está moderando sus planes de electrificación para que coincidan mejor con la demanda y las realidades de la infraestructura.

Porsche ha retrasado partes de su transición a vehículos eléctricos, mientras que otras marcas están ajustando los programas de producción.

Perspectivas y enfoque en costos

Para 2026, Volkswagen pronosticó un margen de beneficio básico entre el 4% y el 5,5%, potencialmente por debajo del 4,6% logrado este año.

El director financiero Arno Antlitz dijo que el margen actual "no es suficiente a largo plazo" y prometió "reducir rigurosamente los costos", añadiendo: "Eso es en lo que nos centraremos en los próximos meses".

El grupo espera una recuperación en el próximo año, pero enfatizó que la disciplina de costos será fundamental para restaurar la rentabilidad.

Los recortes de empleo ampliados de Volkswagen subrayan un impulso para racionalizar las operaciones en medio de aranceles, una competencia feroz y un cambio desigual hacia modelos a batería.

La ejecución en la reducción de costos y su impulso de productos en China serán clave para cualquier recuperación."

 (Invezz, 10/03/26, traducción Quillbot) 

30.12.24

La Alemania que conocíamos ya no existe... El país económicamente próspero, socialmente cohesionado y políticamente estable ha desaparecido... Alemania está a punto de registrar su segundo año consecutivo de recesión. Sus empresas emblemáticas están pasando apuros... Alemania, antaño la economía más destacada de Europa, ha pasado de líder a rezagada... Algunas empresas han tomado decisiones claramente equivocadas, pero el gobierno tampoco las ha apoyado. En general, el gobierno es culpable de invertir poco no solo en industrias clave, sino también en escuelas, ferrocarriles y carreteras. En conjunto, el panorama es sombrío. Mientras tanto, se ha estado gestando un debate tóxico sobre la migración... la frustración con el gobierno es generalizada, sus partidos gozan de una antipatía generalizada... Alemania podría ser el canario en la mina de carbón para las sociedades occidentales. La mayoría de nuestros vecinos y amigos se enfrentan a los mismos problemas: los costos de transformar las economías basadas en el carbono, los peligros de responder a los nuevos retos geopolíticos, las dificultades para lograr la cohesión social. Si Alemania, la zona más templada de la política mundial, no puede hacerlo, ¿quién podrá? (Anna Sauerbrey)

 "Cuando hace poco busqué un coche de alquiler en Las Vegas —estaba en Estados Unidos para cubrir las elecciones—, el agente del mostrador insistió en “ascenderme” a un BMW. “Para que te sientas como en casa”, me dijo mientras miraba mi carné de conducir alemán y sonreía. Tomé las llaves e hice una nota mental: afuera de Alemania, Alemania sigue intacta.

Cuando viajo, esto me ocurre a menudo. Afuera de Alemania, Alemania sigue siendo un país de automóviles, hogar de una economía floreciente. Afuera de Alemania, Alemania sigue siendo un país próspero, donde todo el mundo conduce un BMW o similar. Afuera de Alemania, Alemania sigue siendo un país ordenado, un lugar agradable tanto política como socialmente. Le sonreí al agente. Pero por dentro, hice una mueca de dolor. Porque en Alemania, Alemania ya no parece Alemania.

El lunes, el canciller Olaf Scholz perdió un voto de confianza en el Bundestag, el parlamento alemán, poniendo fin oficialmente a su gobierno. Era una formalidad: la coalición tripartita había caído a principios de noviembre, cuando Scholz destituyó al ministro de Finanzas, Christian Lindner, lo que llevó a sus Demócratas Libres a abandonar el gobierno. La medida dejó a Scholz, socialdemócrata, con un gobierno en minoría junto a los Verdes. En vez de seguir tambaleándose, decidió convocar elecciones anticipadas que se celebrarán el 23 de febrero. La moción de censura fue un último trámite.

A primera vista, la historia de la ruptura del gobierno parece una serie de suspenso político como House of Cards pero bastante aburrida, centrada en una lucha presupuestaria. Sin embargo, bajo el ruido mediático hay una crisis existencial. El país económicamente próspero, socialmente cohesionado y políticamente estable ha desaparecido. Y este gobierno, desgarrado ideológicamente y sacudido por crisis externas, ha sido incapaz de hacerle frente. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

En otoño de 2021, las cosas parecían muy distintas. Después de que Angela Merkel decidiera no volver a postularse tras pasar 16 años en el cargo, Scholz derrotó a su sucesor democristiano y formó el primer gobierno tripartito de la historia reciente de Alemania. Entraron políticos más jóvenes como Annalena Baerbock, ministra de Asuntos Exteriores, y Lindner. Era la primera vez que los Verdes, un partido de tendencia económica de izquierdas enraizado en el movimiento ecologista de los años ochenta, compartían el poder a escala nacional con los Demócratas Libres, un partido favorable a las libertades civiles y a la empresa.

En entrevistas para un libro que estaba escribiendo, muchos de esos políticos más jóvenes hablaron de superar sus barreras ideológicas para modernizar Alemania tras el largo reinado de Merkel, a la que veían excesivamente apegada al statu quo. Hablaban con entusiasmo de digitalizar el país y fomentar las industrias ecológicas. La energía parecía auténtica. Dirigido por el firme y moderado Scholz, el gobierno parecía bien preparado para afrontar los retos del país.

Pero los problemas no tardaron en acumularse. El primero fue la invasión de Ucrania por Vladimir Putin, que lanzó al nuevo gobierno al modo de gestión de crisis: comprando frenéticamente gas en los mercados internacionales para sustituir la energía rusa, tratando de proteger a los consumidores y a las empresas de la subida de los precios y organizando entregas de armas a Ucrania. Después de que Scholz anunciara una Zeitenwende, un punto de inflexión en la política exterior, el gobierno destinó 100.000 millones de euros a reconstruir el ejército alemán.

Todo eso se produjo mientras la economía se tambaleaba. Mientras otros países del Grupo de los 7 están creciendo, Alemania está a punto de registrar su segundo año consecutivo de recesión. Sus empresas emblemáticas están pasando apuros. Volkswagen, que emplea a unas 300.000 personas en Alemania, tiene previsto cerrar fábricas y despedir a miles de trabajadores. Ford, Audi y Tesla también han anunciado despidos, al igual que ThyssenKrupp, un importante fabricante de acero. Alemania, antaño la economía más destacada de Europa, ha pasado de líder a rezagada.

Las razones de la recesión son complejas. El abrupto final del gas ruso barato es un factor importante, por supuesto, pero también lo es la agenda de reformas ecológicas del gobierno, que —al eliminar gradualmente el carbón y depender más de las energías renovables— han exacerbado el costo de la energía. Esto no ha ayudado a los fabricantes de automóviles alemanes, a quienes les cuesta competir con sus homólogos chinos. Algunas empresas han tomado decisiones claramente equivocadas, pero el gobierno tampoco las ha apoyado. En general, el gobierno es culpable de invertir poco no solo en industrias clave, sino también en escuelas, ferrocarriles y carreteras. En conjunto, el panorama es sombrío.

Mientras tanto, se ha estado gestando un debate tóxico sobre la migración. Desde 2015, millones de personas han llegado a Alemania, entre ellas, más recientemente, cerca de un millón de ucranianos. La actitud del país ha sido bipolar. Por un lado, el hecho de que Alemania sea una sociedad multiétnica y multirreligiosa está ampliamente aceptado. Pero, por otro, existe un descontento latente —que periódicamente se convierte en oleadas de ira— sobre la inmigración. El gobierno ha ofrecido una respuesta igualmente ambivalente, facilitando a la vez la inmigración de trabajadores cualificados e imponiendo estrictos controles fronterizos, con medidas de asilo más duras y más expulsiones. El planteamiento no ha complacido a nadie.

Estas dificultades se han combinado con un efecto político devastador. Ante tantas dificultades, cada vez es más difícil gobernar. El público no ha sido comprensivo: la frustración con el gobierno es generalizada, sus partidos gozan de una antipatía generalizada. En este ambiente febril, un partido prorruso de reciente creación, la Alianza Sahra Wagenknecht, ha prosperado y la ultraderechista Alternativa para Alemania se ha consolidado como el segundo partido más popular del país. Si la coalición a tres bandas era un experimento para enfrentar la fragmentación política del país, ha fracasado. El momento, con el ascenso de Donald Trump y la confusión de Europa, no podía ser peor.

Sin embargo, no todo está perdido. La crisis de Alemania es real, pero se trata tanto de una crisis de confianza como de cualquier otra cosa. El desempleo puede crecer, pero sigue siendo mínimo. Nuestras restricciones presupuestarias, lejos de ser una fuerza de la naturaleza, pueden superarse con voluntad política. El sistema de partidos se está fracturando, pero incluso los estados más divididos han sido capaces de formar gobiernos: el año que viene es muy posible que volvamos a ver una coalición estable entre democristianos y socialdemócratas. Tras haber integrado a generaciones y generaciones de inmigrantes, no hay razón para que no podamos volver a hacerlo.

Sin embargo, vale la pena prestar mucha atención. Alemania podría ser el canario en la mina de carbón para las sociedades occidentales. La mayoría de nuestros vecinos y amigos se enfrentan a los mismos problemas: los costos de transformar las economías basadas en el carbono, los peligros de responder a los nuevos retos geopolíticos, las dificultades para lograr la cohesión social. Si Alemania, la zona más templada de la política mundial, no puede hacerlo, ¿quién podrá?"

( escritora en el semanario alemán Die Zeit,

27.11.24

POLITICO: El baño de sangre industrial en Alemania... Los despidos afectan a los trabajadores alemanes de la industria automovilística y siderúrgica, los sindicatos amenazan con huelgas a gran escala y los políticos andan a la carrera buscando respuestas... pero a medida que la guerra de Rusia en Ucrania y el creciente proteccionismo alteran fundamentalmente el comercio mundial que ha servido de base para el modelo de exportación de Alemania, los políticos alemanes se enfrentan a una verdad incómoda: las herramientas habituales a su disposición pueden no ser suficientes... Los problemas de VW son una parábola para la industria alemana en general, con una hemorragia de puestos de trabajo en todo el país... la combinación de malas noticias económicas y parálisis política está fomentando la ira antes de las elecciones anticipadas previstas para el 23 de febrero. Es probable que ese enfado afecte especialmente al Partido Socialdemócrata (SPD) del canciller Olaf Scholz

 "En el corazón del mayor fabricante de automóviles de Alemania, Volkswagen, los políticos han sido capaces durante mucho tiempo de evitar lo peor. Ahora, parece que ya no pueden.

Mientras Volkswagen amenaza con cerrar plantas alemanas por primera vez en los 87 años de historia de la empresa, los políticos que durante décadas han protegido a los trabajadores de los despidos masivos se esfuerzan por encontrar respuestas en medio de la creciente frustración laboral y la amenaza de huelgas masivas.

«A medida que pasa el tiempo, nos damos cuenta de que mucha gente está realmente enfadada porque se haga esto», dijo Thorsten Gröger, negociador jefe de IG Metall, el mayor sindicato alemán.

«Estamos preparados».

Los desafíos llegan en un momento en que el gobierno alemán es incapaz de actuar tras el colapso de la coalición gobernante de tres partidos a principios de este mes. Podrían pasar varios meses antes de que Alemania tenga un nuevo gobierno, ya que las negociaciones entre los partidos podrían prolongarse hasta mucho después de las elecciones del 23 de febrero. Incluso entonces, es probable que el freno constitucional de la deuda, que restringe el gasto, limite la potencia de fuego de la nueva coalición.

 En Alemania hay pocos símbolos más potentes de los crecientes problemas económicos del país que el declive de VW. En medio de la caída en picado de los beneficios, el estancamiento de las ventas en Europa y el colapso de su principal mercado, China, el fabricante de automóviles anunció a finales del mes pasado que planea cerrar fábricas en suelo alemán.

Las primeras inversiones en tecnología de coches eléctricos se vieron plagadas de retrasos y elevados costes, lo que hizo que VW quedara por detrás de su rival estadounidense Tesla y de la china BYD. Si el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, cumpliera ahora su amenaza de imponer aranceles a las importaciones europeas, agravaría aún más la ya difícil situación de los trabajadores de las plantas alemanas.

Los problemas de VW son una parábola para la industria alemana en general, con una hemorragia de puestos de trabajo en todo el país.El ritmo constante de malas noticias económicas se hizo más fuerte esta semana cuando el fabricante de acero Thyssenkrupp anunció que podría suprimir hasta 11.000 puestos de trabajo para 2030.

Pero los problemas del sector del automóvil afectarán especialmente a Alemania. La industria es responsable del 11% de los empleos manufactureros en Alemania, y va más allá de las marcas de automóviles para llegar a sus proveedores. Bosch ha anunciado que suprimirá 3.500 puestos de trabajo; ZF Friedrichshafen se plantea despedir al menos a 12.000 empleados de aquí a 2030; Continental pretende recortar 5.500 puestos en todo el mundo.

 El malestar alemán está enervando a Europa en un momento en que Francia, segunda economía de la UE, se enfrenta a su propia agitación creciente. Allí, la ultraderechista Marine Le Pen amenaza con derribar el frágil gobierno de coalición del país votando en contra del presupuesto del Primer Ministro Michel Barnier, una medida que infundiría temor en los mercados financieros.

En Alemania, la combinación de malas noticias económicas y parálisis política está fomentando la ira antes de las elecciones anticipadas previstas para el 23 de febrero. Es probable que ese enfado afecte especialmente al Partido Socialdemócrata (SPD) del canciller Olaf Scholz, tradicional defensor de los trabajadores, que ya se enfrenta a unas cifras desalentadoras en las encuestas.

Baja Sajonia, donde tiene su sede VW, sigue siendo un bastión del SPD, y el partido está inextricablemente vinculado al fabricante de automóviles.

El Estado tiene una participación del 20% en VW, y el primer ministro del Estado, el político del SPD Stephan Weil, forma parte de su consejo de administración.
«A medida que pasa el tiempo, nos damos cuenta de que mucha gente está realmente enfadada por lo que se está haciendo», dijo Thorsten Gröger, negociador jefe de IG Metall, el mayor sindicato alemán. | Ronny Hartmann/AFP vía Getty Images

«Con el apoyo del Estado, VW se ha convertido en una gran empresa de éxito mundial en los últimos 75 años», dijo Weil en una entrevista con el diario alemán Süddeutsche Zeitung. Y añadió que «no sería sensato desmantelar las costosas estructuras» que se han construido para producir coches eléctricos.

 Las soluciones propuestas por Weil son muy familiares: quiere restablecer las subvenciones federales para la compra de coches eléctricos o crear incentivos fiscales para los consumidores. El SPD, junto con los Verdes, quiere reactivar la industria alemana de alto consumo energético reduciendo los precios de la energía mediante subvenciones.

La cuestión es si estas medidas -incluso si los políticos se pusieran de acuerdo sobre ellas- serían suficientes dados los enormes problemas estructurales a los que se enfrenta Alemania.

A medida que la guerra de Rusia en Ucrania y el creciente proteccionismo alteran fundamentalmente el comercio mundial que ha servido de base para el modelo de exportación de Alemania, los políticos alemanes se enfrentan a una verdad incómoda: las herramientas habituales a su disposición pueden no ser suficientes.

«Los retos son mayores y más profundos de lo que quizás hemos reconocido en los debates y decisiones políticas de los últimos años», declaró el martes el Ministro de Economía de los Verdes, Robert Habeck, en una cumbre del sector.

En vísperas de unas elecciones en las que el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) ocupa el segundo lugar en las encuestas, es probable que los partidos mayoritarios tengan que hacer frente a una creciente reacción violenta de los votantes.

«La cuestión de cómo resolver la situación de Volkswagen es un ejemplo de cómo resolver los futuros problemas de la industria en su conjunto», dijo el negociador jefe Gröger. La urgencia de la situación, añadió, requiere «acciones políticas concretas» y no «bonitos carteles de campaña electoral»."

(Nette Nöstlinger , POLITICO, 27/11/24, 27/11/24, traducción DEEPL, enlaces en el original)

19.11.24

Wolfgang Münchau: Alemania ‘kaput’... esta década ha menoscabado brutalmente la visión alemana del mundo y el modelo económico en el que se basa... Su apuesta había sido que la era de la globalización duraría eternamente. La nueva Guerra Fría fue un golpe para el que no estaban preparados... La forma en que las empresas afrontan ahora este problema es cerrando fábricas y deslocalizando la producción a Estados Unidos y al este y el sur de Europa... Muchas de las empresas alemanas más importantes se han expuesto demasiado al mercado chino. Volkswagen y Mercedes-Benz obtienen más del 30% de sus beneficios de China... y China se ha convertido en un gran problema para Alemania. Se ha apoderado de mercados antes dominados por Alemania, como el del automóvil... Esto es lo que convierte el declive económico de Alemania en una recesión estructural, no en una crisis económica normal... Si Alemania hubiera optado por abrirse a las nuevas tecnologías, por diversificarse y dejar de depender de empresas, países y tecnologías, hoy sería un país muy diferente: más proeuropeo, más seguro, menos extremista en su discurso político y más claro respecto a su posición en el mundo

 "Hay tres tipos de crisis económicas. La primera responde a estímulos; la segunda, a reformas, y luego está la que los alemanes tienen ahora mismo: una crisis sobre quiénes son, con quién están, qué se les da bien y cuál es su papel en el mundo. Los alemanes llevan toda la vida diciéndose que son una economía industrial anticuada, que tienen que tener un superávit comercial frente al resto del mundo y que deben resistirse a la perniciosa influencia de un mundo digital dominado por Estados Unidos. Así es como Alemania sucumbió a las asociaciones estratégicas con Rusia en materia de gas, y con China para el comercio y las inversiones. Esta década ha menoscabado brutalmente la visión alemana del mundo y el modelo económico en el que se basa. El estancamiento político de la UE y su incapacidad para forjar una ecosfera en un mundo dominado por matones geopolíticos tiene mucho que ver con la recesión estructural de Alemania.

En el Reino Unido no se ha notado hasta hace poco, pero empezó hace tiempo. Cuando el país anglosajón celebró el referéndum del Brexit en 2016, todavía se consideraba a Alemania una potencia económica. Angela Merkel era la líder más poderosa de Europa. The Economist la llamaba la europea indispensable. Lo que solo unos pocos vieron es que todas las decisiones fatídicas ya se habían tomado por entonces: la estrecha relación de los sucesivos cancilleres alemanes con Vladímir Putin que llevó a Alemania a depender cada vez más del gas ruso; la excesiva dependencia de China para las cadenas de suministro de las empresas alemanas, y la decisión unilateral de Merkel en 2011 de adelantar el final de la energía nuclear. Otro problema que no aparecía tanto en la pantalla del radar de la gente es la falta de inversión crónica de Alemania en digitalización. China y Rusia se habían convertido en socios estratégicos de Alemania en la última década. Aún recuerdo mi asombro cuando hablé con un compañero columnista en Berlín hace 10 años y me comentó: “Los berlineses miramos al Este, hacia Moscú y Varsovia. París y Londres son ciudades del pasado”.

Nunca había oído expresarlo con tanta brutalidad. Esa era la Alemania de la era de Merkel. La relación germano-rusa se había convertido en el eje bilateral más importante de Europa. Su símbolo eran los gasoductos Nord Stream a través del mar Báltico. Aportaban gas barato a las empresas alemanas, pero los europeos del Este lo consideraban una amenaza para su seguridad nacional. Las ilusiones alemanas se esfumaron de la noche a la mañana cuando Putin invadió Ucrania en febrero de 2022 y con la decisión de Olaf Scholz de volver a anclar firmemente a Alemania en la alianza occidental. El canciller habló de un cambio de era en la política exterior alemana. Creo que lo decía en serio, pero la economía alemana no pudo frenar el cambio. Su apuesta había sido que la era de la globalización duraría eternamente. La nueva Guerra Fría fue un golpe para el que no estaban preparados. La forma en que las empresas afrontan ahora este problema es cerrando fábricas y deslocalizando la producción a Estados Unidos y al este y el sur de Europa. Volkswagen ha anunciado recientemente el cierre de al menos tres fábricas en Alemania y la pérdida masiva de puestos de trabajo, la primera vez que esto ocurre. Este año, la economía alemana se estancará en un segundo ejercicio de crecimiento cercano a cero. Una asociación empresarial alemana acaba de pronosticar que 2026 será igual. Efectivamente, esto tiene toda la pinta de una recesión estructural.

La intrincada relación entre la política y los negocios en Alemania suele subestimarse, y no resulta tan fácilmente visible para el mundo exterior. Los políticos alemanes, de todos los partidos, han utilizado las redes empresariales y los bancos propiedad del Gobierno como plataforma de lanzamiento hacia el poder político. Uno de ellos fue Gerhard Schröder, excanciller alemán. Cuando era primer ministro del Estado de Baja Sajonia, en el norte de Alemania, era miembro del consejo de supervisión de Volkswagen, debido a la participación del 20% de Baja Sajonia en la empresa. En 2003, cuando era canciller alemán, dejó que un ejecutivo de Volkswagen redactara sus reformas del mercado laboral y de la seguridad social. La necesidad de la industria de contar con un suministro de gas estable y asequible fue lo que llevó a Schröder a entablar una estrecha relación política con Vladímir Putin. Todavía le llama amigo. Tras abandonar la política en 2005, Schröder se convirtió en ejecutivo de Gazprom, responsable de Nord Stream. Algunos de sus ministros ocuparon puestos lucrativos en el sector energético alemán.

La historia de Rusia es en algunos aspectos similar a la de Alemania. Ambos países se han vuelto dependientes únicamente de unos pocos sectores económicos: Rusia, de las materias primas; Alemania, de la ingeniería y los productos químicos. También se han vuelto dependientes el uno del otro. El SPD, el partido de Schröder y Scholz, fue el partido que se adueñó de la relación bilateral con Rusia. Toda una serie de altos cargos políticos del SPD invirtieron en esta relación. También son los mismos políticos que expresan escepticismo respecto al apoyo de Scholz a Ucrania. Se dijeron a sí mismos que alemanes y rusos nunca volverían a estar en bandos opuestos de un conflicto internacional.

Scholz no era miembro de la conexión Putin de su partido. Pero era el líder del club chino. Los chinos trataron de ganarse su amistad desde el principio. Como alcalde de Hamburgo en la década pasada, Scholz realizaba visitas cada vez más frecuentes a China. Cuando el mes pasado la UE votó a favor de imponer aranceles a los automóviles chinos, Alemania fue el único gran Estado miembro que votó en contra. Scholz está totalmente obsesionado con los aranceles. Actualmente, está azuzando en Alemania un fuerte sentimiento anti-UE a causa de esta decisión. El país se ha vuelto tan dependiente de China que no se ha dejado suficientes grados de libertad política, sobre todo en lo que respecta a la política comercial. Esto es lo que tienen los superávits comerciales: uno gana dinero, pero se vuelve dependiente.

Muchas de las empresas alemanas más importantes se han expuesto demasiado al mercado chino. Volkswagen y Mercedes-Benz obtienen más del 30% de sus beneficios de China. La empresa química BASF quiere incluso aumentar su dependencia del país asiático, que considera su mercado futuro más importante.

Pero China se ha convertido en un gran problema para Alemania. Se ha apoderado de mercados antes dominados por Alemania, como el del automóvil. Los chinos son hipercompetitivos. A diferencia de Alemania, China también ha invertido en las tecnologías digitales del siglo XXI. Los coches eléctricos chinos no solo son más baratos que sus competidores alemanes, sino también más avanzados.

Esto es lo que convierte el declive económico de Alemania en una recesión estructural, no en una crisis económica normal. En estos momentos, la estrategia consiste en reafirmarse en lo que se hacía antes. Nadie en Alemania habla de diversificación, el único remedio conocido contra la dependencia excesiva. Scholz quiere abordar el problema con más subvenciones para salvar puestos de trabajo. Supongo que el próximo Gobierno alemán presionará para que se prorrogue el plazo tope de 2035 para la venta de coches de combustión. Esta sería otra respuesta miope. Las razones por las que los fabricantes de coches alemanes tienen tantos problemas es la pérdida de mercado fuera de Europa y especialmente en China. Esto está ocurriendo ahora, no en 2035.

Comparando el declive industrial de Alemania con las cinco etapas del duelo, vi al país atascado en la primera etapa de negación durante mucho tiempo.

Ahora está pasando a la segunda fase: la ira. Esta es la fase en la que las fábricas cierran y los puestos de trabajo desaparecen, y en la que todo el mundo señala con el dedo a los demás, y en particular a la UE. El Brexit también vino precedido de décadas de insultos a la UE. No estoy prediciendo una salida de Alemania de la Unión Europea, pero observo un distanciamiento progresivo. La gente achaca la culpa a las normativas de la UE. Scholz culpa a los aranceles de la UE. La relación franco-alemana tampoco es tan estrecha como solía ser con Helmut Kohl y François Mitterrand. Emmanuel Macron y Olaf Scholz se tratan con cortesía, pero no son amigos cercanos.

Además, Alemania está cada vez menos dispuesta a financiar a la UE. Durante la crisis de la deuda soberana de la eurozona de la década pasada, Alemania hizo lo mínimo que necesitaba hacer para impedir la ruptura de la Unión Monetaria. El país es, con diferencia, el mayor contribuyente al presupuesto de la UE. Y fue el mayor contribuyente al fondo de recuperación de la UE, que se creó durante la pandemia. Los sucesivos cancilleres alemanes han intentado contener el presupuesto de la UE, con cierto éxito, pero nunca han logrado reducir las contribuciones netas de Alemania, que actualmente rondan los 30.000 millones de euros anuales. En tiempos de austeridad, es mucho dinero que no se gasta en las autopistas, las carreteras y los trenes germanos.

El presupuesto de la UE se negocia para siete años. El periodo actual termina en 2027. Para entonces, puede que nos encontremos en una fase diferente de la recesión estructural, pero la crisis no habrá terminado. No creo que Friedrich Merz exija que le devuelvan su dinero, como hizo Margaret Thatcher en su día, pero tampoco creo que acepte un aumento de la contribución alemana. Y sin un aumento es difícil ver cómo podría financiarse la adhesión de Ucrania a la UE. Dependería de que otros países del este de Europa, y especialmente Polonia, aceptaran que ellos también tendrán que convertirse en contribuyentes netos.

Es posible que la mayor crisis previsible se produzca entre Alemania y Estados Unidos. Me cuesta ver cómo Alemania puede seguir económicamente ligada a China hasta el punto en que lo está hoy y seguir dependiendo de Estados Unidos para su seguridad nacional. La alianza transatlántica, y la relación entre Estados Unidos y Alemania en particular se enfrentarían a una prueba monumental si se llegara a un enfrentamiento militar entre Estados Unidos y China a causa de Taiwán. Los holandeses ya han cedido a la presión estadounidense para poner fin a la exportación a China de máquinas litográficas que producen semiconductores de alto rendimiento. Para Estados Unidos es relativamente fácil presionar a un país pequeño como Holanda. Alemania no será tan dócil ni mucho menos. La recesión estructural de Alemania es también una crisis política europea.

Y también es una advertencia sobre lo cerca que están el éxito y el fracaso económicos. Los alemanes tuvieron muchísima suerte en las dos primeras décadas de este siglo. Todo les salía a la perfección. A principios de la década de 2000, mejoraron su competitividad de precios mediante reformas económicas. La globalización abrió nuevos mercados. El transporte marítimo de contenedores baratos permitió a las empresas poner en marcha cadenas de suministro mundiales. Rusia aportaba gas barato. China necesitaba instalaciones y maquinaria alemanas para su expansión económica.

Los jugadores saben lo que son las rachas de buena y mala suerte. La buena suerte de Alemania empezó a agotarse poco después de que el Reino Unido votara a favor del Brexit. Las exportaciones alemanas al país anglosajón se redujeron drásticamente. La pandemia dañó las cadenas de suministro. La invasión rusa de Ucrania puso patas arriba las políticas energéticas del país. Actualmente, los principales socios comerciales de Alemania son Estados Unidos y China. No es una situación muy favorable, pero sí es sintomática de un problema subyacente: la negación generalizada de la geopolítica. Si Alemania hubiera optado por abrirse a las nuevas tecnologías, por diversificarse y dejar de depender de empresas, países y tecnologías, hoy sería un país muy diferente: más proeuropeo, más seguro, menos extremista en su discurso político y más claro respecto a su posición en el mundo.

Los sucesivos gobiernos alemanes han descubierto por las malas que los intereses corporativos que defendían no son lo mismo que el interés nacional. El interés nacional habría sido diversificarse y alejarse de las empresas de las que dependían demasiado. Ahora son las empresas las que se están diversificando fuera de Alemania."                 

(Wolfgang Münchau , El País, 18/11/24)