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16.7.26

Marco Rubio gestiona a Venezuela desde Washington... El secretario de Estado de EE. UU. controla de facto las finanzas de Venezuela, la distribución de sus recursos naturales y su gobierno... Rubio se ha convertido en el virrey de facto de Venezuela... El Tesoro de Estados Unidos recibe los ingresos de la mayor parte de las exportaciones de Venezuela y luego los distribuye gradualmente al país a través de bancos privados. Rubio y su equipo establecen las condiciones sobre en qué se puede gastar ese dinero y quién puede hacerlo... Delcy Rodríguez depende de ese dinero para pagar a los trabajadores y sostener la moneda nacional... Además, Rubio supervisa la aplicación de las sanciones de Estados Unidos a Venezuela, decidiendo quién puede hacer negocios en el país y cómo. Por su parte, Rodríguez le consulta sobre los nombramientos gubernamentales importantes, como el del ministro de Defensa... Este acuerdo es muy inusual y se está desarrollando 80 años después de que Estados Unidos renunciara a su última gran colonia formal, Filipinas... Hablando en español, Rubio le dijo a Delcy Rodríguez que tenía dos opciones: colaborar con Estados Unidos o presenciar un ataque a mayor escala contra la infraestructura, las bases militares y los altos cargos de Venezuela. Tras algunas negociaciones, Rodríguez aceptó. Pero Trump ha dejado claro que quiere volver a una era de expansionismo estadounidense, y ha llegado a plantearse tomar el control de Groenlandia, Canadá y el canal de Panamá. En Venezuela es donde ha tenido más éxito. Ha insinuado varias veces que Venezuela podría convertirse en el estado número 51... Delcy Rodríguez podría estar intentando agotar el tiempo de la presidencia de Trump (Tyler Pager, The New York Times)

"El presidente Donald Trump estaba sentado en el Despacho Oval a principios de este año con su secretario de Estado, Marco Rubio, cuando se le ocurrió una idea.

Quizá debería enviar a Rubio de forma permanente a Caracas, la capital venezolana, donde los comandos estadounidenses habían llevado a cabo el logro más destacado de la política exterior del segundo mandato de Trump: la captura de Nicolás Maduro, el presidente del país.

Rubio podría ser el próximo líder de Venezuela, sugirió Trump. Y aunque los asesores del presidente dicen que estaba bromeando —y que a menudo se burla de Rubio con lo de un destino en el extranjero—, la realidad es que Rubio no necesita mudarse a Caracas.

Ya gobierna Venezuela desde Washington.

En los seis meses transcurridos desde que las fuerzas estadounidenses derribaron la puerta del dormitorio de Maduro y se lo llevaron en la mitad de la noche, Rubio se ha convertido en el virrey de facto de Venezuela, ejerciendo su influencia sobre una nación soberana de una forma que ningún funcionario estadounidense había hecho desde que L. Paul Bremer III llegó a Bagdad en 2003 para dirigir el Irak ocupado por Estados Unidos.

Actualmente, Rubio controla las finanzas de Venezuela, la distribución de sus recursos naturales y su gobierno, según entrevistas con más de una decena de funcionarios y personas cercanas a ambos gobiernos, tanto en Washington como en Caracas, que han dado detalles sobre su participación en la dirección de las políticas del país. Muchos hablaron bajo condición de anonimato para describir interacciones privadas y debates internos.

Aunque no ha visitado Venezuela en persona desde que Estados Unidos tomó el control, el secretario de Estado está profundamente involucrado en el día a día del país y mantiene un contacto cercano con Delcy Rodríguez, quien fue vicepresidenta de Maduro y ahora dirige su país de forma interina, con el visto bueno de Estados Unidos. Los dos se mandan mensajes en español por WhatsApp, intercambiando chismes, felicitaciones de cumpleaños y selfis.

A pesar de las bromas, la relación entre Rubio y Rodríguez dista mucho de ser una colaboración. Es una muestra del poder estadounidense de la era Trump, en la que el ganador se lo lleva todo, sin importar la soberanía ni el derecho internacional.

El gobierno venezolano no respondió a una solicitud de comentarios. El gobierno de Trump no respondió a preguntas detalladas sobre la autoridad de Rubio en Venezuela. Rubio ha restado importancia a su papel y, en gran medida, evita hablar de su trabajo. Rechazó varias solicitudes de entrevista.

Tommy Pigott, vocero del Departamento de Estado, dijo en un comunicado que “con una cooperación renovada y una gestión económica sólida, Venezuela puede resurgir como un socio estable y próspero cuyos ciudadanos se beneficien de su vasta riqueza natural y de unos lazos más fuertes con Estados Unidos”.

El control directo sobre los ingresos públicos de Venezuela, en particular, distingue la influencia de Washington en ese país de la de la mayoría de los demás países que dependen de su poderío militar y financiero.

El Tesoro de Estados Unidos recibe los ingresos de la mayor parte de las exportaciones de Venezuela y luego los distribuye gradualmente al país a través de bancos privados, una relación parecida a la de unos padres que dan mesada a sus hijos. Rubio y su equipo establecen las condiciones sobre en qué se puede gastar ese dinero y quién puede hacerlo.

Este sistema le ha permitido a Rubio detener los mecanismos de corrupción más escandalosos de Venezuela. Además, le aporta algunos beneficios al gobierno venezolano, que aprovecha la protección efectiva del Tesoro de Estados Unidos para recibir ingresos sin que lo acosen los numerosos acreedores que reclaman el pago de millardos en deuda impagada.

Pero este acuerdo también le ha dado a Rubio una influencia enorme sobre Rodríguez, que depende de ese dinero para pagar a los trabajadores y sostener la moneda nacional.

Además, Rubio supervisa la aplicación de las sanciones de Estados Unidos a Venezuela, decidiendo quién puede hacer negocios en el país y cómo. Ha trabajado para reformar el sector petrolero y ha facilitado el acceso de las empresas estadounidenses. Por su parte, Rodríguez le consulta sobre los nombramientos gubernamentales importantes, como el del ministro de Defensa.

Desde que dos terremotos sacudieron Venezuela el mes pasado, Rubio ha intentado fortalecer el gobierno interino del país. Estados Unidos ha enviado 900 militares a Venezuela, ha comprometido casi 400 millones de dólares en ayuda y ha entregado embalajes de dinero al gobierno venezolano.

Los terremotos han complicado la misión que Rubio se había trazado de devolver la democracia a Venezuela (“Es un revés en ese sentido”, reconoció Rubio el mes pasado). La capacidad de recuperación del país es clave para el objetivo final de Trump: asegurarse el petróleo venezolano para los intereses de Estados Unidos.

Este acuerdo es muy inusual y se está desarrollando 80 años después de que Estados Unidos renunciara a su última gran colonia formal, Filipinas.

Pero Trump ha dejado claro que quiere volver a una era de expansionismo estadounidense, y ha llegado a plantearse tomar el control de Groenlandia, Canadá y el canal de Panamá.

En Venezuela es donde ha tenido más éxito. Pero hay riesgos.

Los críticos de Trump acusan a Estados Unidos de desviar los recursos de Venezuela y de apuntalar un gobierno autoritario al dejar en sus puestos a la mayoría de los secuaces de Maduro. Este acuerdo también enreda a Estados Unidos en las vicisitudes de un régimen profundamente impopular y no elegido que se enfrenta a un clamor cada vez más desesperado por un cambio político.

“El secretario Rubio dijo que no estamos en guerra con Venezuela”, le dijo el representante Sean Casten, demócrata por Illinois, al secretario del Tesoro, Scott Bessent, durante una audiencia en el Congreso en febrero. ¿Qué autoridad —preguntó Casten— tenía Estados Unidos para controlar los activos venezolanos?

Bessent le dijo a Casten que le respondería en otro momento.

La política realista y sin concesiones de Rubio en Venezuela implica un cambio radical para alguien que se ha pasado toda su carrera presentándose como un defensor de la democracia en Latinoamérica. Ha dicho que su objetivo es una transición democrática a largo plazo.

El resultado de esta incursión en Venezuela podría marcar el futuro político de Rubio ahora que Trump está pensando en su sucesor.

En la madrugada del 3 de enero, poco después de que capturaran a Maduro, Rubio se puso en contacto con Rodríguez por teléfono. Hablando en español, Rubio le dijo que tenía dos opciones: colaborar con Estados Unidos o presenciar un ataque a mayor escala contra la infraestructura, las bases militares y los altos cargos de Venezuela.

Tras algunas negociaciones, Rodríguez aceptó.

Rodríguez le dijo a Rubio que “básicamente está dispuesta a hacer lo que creamos necesario para que hagamos grande de nuevo a Venezuela”, según Trump. El presidente dijo que Estados Unidos “dirigiría el país” hasta que hubiera una “transición de poder segura, adecuada y prudente”.

Días después, Trump declaró en una entrevista con The New York Times que esperaba que Estados Unidos dirigiera Venezuela durante años.

En el centro de todo está Rubio, a quien otros funcionarios llaman “virrey”, el título que se les daba a los poderosos gobernadores que dirigían el Imperio español hasta que Venezuela y la mayoría de sus otras provincias se rebelaron y obtuvieron su independencia a principios del siglo XIX.

Cuando Rodríguez empezó a formar su gobierno, Rubio intervino en decisiones clave sobre el personal y la animó a purgar a la familia y a los socios comerciales de Maduro. Rodríguez le hizo caso.

La mayoría de los venezolanos se sintieron aliviados por la caída de Maduro, pero luego quedaron sorprendidos al ver cómo el gobierno de Trump se aliaba con la mayoría de sus principales colaboradores. La inflación ha bajado, pero sigue siendo la más alta del mundo, y la moneda del país sigue perdiendo valor. Millones de personas claman por nuevas elecciones, lo que presiona a Rubio para que vaya más allá de los acuerdos económicos e impulse un cambio político. Los inversionistas se muestran nerviosos ante la idea de invertir capital en un sistema que podría derrumbarse en cualquier momento.

Antes de los terremotos, Rodríguez le había estado pidiendo a Rubio mayor autonomía financiera y que se levantaran sanciones económicas, para reducir la presión interna sobre su gobierno.

Rubio se ha mostrado comprensivo con sus argumentos, pero el gobierno de Estados Unidos no ha cedido el control.

La colaboración de Rubio con Rodríguez ha provocado descontento entre algunos diplomáticos de carrera estadounidenses, los venezolanos-estadounidenses y los aliados de Trump, a quienes les molesta la idea de que la mano derecha de Maduro esté en el poder.

Rubio y otros funcionarios han restado importancia a esas preocupaciones, señalando que Rodríguez ha cumplido casi todas las órdenes que le ha dado el gobierno de Trump, sobre todo las relacionadas con las finanzas del país. Venezuela vende gran parte de su petróleo a través de dos empresas comercializadoras, Trafigura y Vitol, en un acuerdo establecido por el gobierno de Trump.

Rubio ha eclipsado en gran medida a Chris Wright, el secretario de Energía, a la hora de orquestar la apertura de la industria petrolera venezolana a la inversión extranjera, la piedra angular de la visión de Trump para el país. Ha dado prioridad a la llegada de nuevas empresas estadounidenses a costa de los productores de petróleo europeos que ya operaban en el país.

Ben Dietderich, vocero de Wright, dijo que el secretario ha colaborado estrechamente con Rubio y que ha hablado con frecuencia con los líderes del sector energético y con Rodríguez.

El control de Washington sobre la economía venezolana va más allá de los ingresos petroleros. El equipo de Rubio hace las licencias que otorgan exenciones de las sanciones a las empresas que quieren hacer negocios en Venezuela. Rubio ha advertido al gobierno de Rodríguez que se abstenga de hacer negocios con adversarios de Estados Unidos. Tras la caída de Maduro, por ejemplo, la compañía petrolera estatal venezolana se ha hecho cargo discretamente de las operaciones de los proyectos petroleros que posee conjuntamente con la empresa estatal rusa Rosneft. Rosneft no respondió a la solicitud de comentarios.

El gobierno de Trump también ha presionado con éxito a Rodríguez para que entregue a los venezolanos que se han metido en problemas con el Departamento de Justicia. A instancias de Estados Unidos, el gobierno de Rodríguez detuvo en febrero a Alex Saab, el multimillonario amigo y socio de Maduro, y aprobó su extradición a Estados Unidos, tras quitarle el pasaporte venezolano.

Algunos funcionarios creen que el Departamento de Justicia quiere utilizar a Saab para reforzar el caso contra Maduro, a quien se le imputan varios delitos de tráfico de drogas.

Y en junio, el gobierno de Rodríguez ayudó a Estados Unidos a acabar con un líder del crimen organizado que tenía vínculos desde hace tiempo con funcionarios venezolanos, según varias personas al tanto de la operación.

Las fuerzas estadounidenses utilizaron la información proporcionada por los funcionarios de Rodríguez para matar al Niño Guerrero, uno de los líderes de la banda Tren de Aragua, en un ataque con misiles en una zona remota del sur de Venezuela. Fue la primera colaboración militar entre ambos países en décadas. El gobierno venezolano recuperó posteriormente el cuerpo del líder de la banda y se lo entregó a Estados Unidos.

El gobierno de Trump ha acusado al Tren de Aragua de colaborar con Maduro para enviar a Estados Unidos drogas y migrantes ilegales, aunque las agencias de inteligencia estadounidenses concluyeron el año pasado que Maduro no controlaba la banda.

El gobierno de Trump incluso controla las apariciones públicas y las declaraciones de Rodríguez. En mayo, Rubio anunció que Rodríguez viajaría a la India antes de que el gobierno venezolano lo mencionara, lo que sorprendió a los funcionarios venezolanos y a los diplomáticos extranjeros.

Cuando Bret Baier, presentador de Fox News, se puso en contacto con Rodríguez para que participara en una entrevista, ella le dijo que Trump tendría que dar su visto bueno. A Trump le encantó que Rodríguez le pidiera permiso, y ha contado la historia varias veces a otras personas cuando le preguntan por ella, según varias personas que conocen sus comentarios.

Cuando Estados Unidos atacó Irán, Yvan Gil, el canciller de Venezuela, emitió una condena moderada de la agresión contra el viejo aliado de Venezuela.

El gobierno de Trump le comunicó a Rodríguez que debía eliminar la publicación y le advirtió que no volviera a apoyar públicamente a sus adversarios. Gil borró la publicación unas horas después de publicarla.

En la práctica, fue una admisión de que Venezuela ya no marcaba su propia política exterior.

Gil no respondió a una solicitud de comentarios.

Rubio estaba durmiendo en Baréin el mes pasado cuando lo despertó una llamada desde la Sala de Situación de la Casa Blanca. Dos terremotos de gran magnitud se habían registrado en Venezuela, y las primeras imágenes eran desoladoras. Localidades enteras habían quedado arrasadas y había muchas personas desaparecidas.

Poco después, Rubio habló con Rodríguez y le prometió toda la ayuda de Estados Unidos. Los equipos de rescate estadounidenses llegaron al lugar dos días después. Rubio ha descrito los planes del gobierno para Venezuela en tres fases: recuperar la economía, estabilizar el país y facilitar su transición hacia la democracia.

Antes de los terremotos, funcionarios estadounidenses dijeron que se encontraban en la segunda fase, trabajando para abrir Venezuela a la inversión internacional. Para impulsar ese objetivo, altos cargos del gobierno de Trump viajaron a Venezuela para reunirse con sus homólogos y cerrar nuevos acuerdos en materia de energía y minería.

Sin embargo, los anuncios resultantes han sido, en su mayoría, esbozos optimistas de posibles inversiones.

En marzo, Doug Burgum, el secretario del Interior, visitó Venezuela y se reunió con Rodríguez en el palacio presidencial. Durante la visita, Rubio le mandó un mensaje para preguntarle cómo iba la reunión. Rodríguez dijo que iba bien y le envió una selfi con Burgum.

Pero la reunión se vio empañada por noticias perjudiciales. Reuters informó ese mismo día de que el Departamento de Justicia estaba preparando en secreto un proceso judicial contra Rodríguez.

El gobierno de Rodríguez se quedó atónito y pidió aclaraciones a la Casa Blanca. Para calmar las preocupaciones de Rodríguez, Todd Blanche, por entonces fiscal general adjunto, calificó el reportaje de “completamente FALSO”.

Pero el gobierno venezolano quería más garantías. Así que al día siguiente, Rubio le mandó a Rodríguez un mensaje con el enlace a una publicación del presidente de Estados Unidos en las redes sociales.

“Delcy Rodríguez, que es la presidenta de Venezuela, está haciendo un gran trabajo y colaborando muy bien con los representantes de EE. UU.”, escribió Trump. Rodríguez quedó satisfecha y quiso darle las gracias a Trump con una publicación propia. Pero primero le enseñó el borrador a Rubio. Lo publicó después de recibir su aprobación.

Antes de la captura de Maduro, los fiscales estadounidenses habían estado investigando a muchos funcionarios venezolanos, incluida Rodríguez, aunque no está claro si esas investigaciones han sacado a la luz pruebas de delitos. La agencia Associated Press informó en mayo que el gobierno de Trump había ordenado a los fiscales que dejaran de investigar a Rodríguez.

El éxito de los esfuerzos por llevar estabilidad a Venezuela, la segunda fase del plan de Rubio, depende en gran medida de la inversión extranjera. Pero los inversores se muestran cautelosos. El sector petrolero está deteriorado y es corrupto, y el control de Rodríguez sobre el poder es incierto. Los terremotos han retrasado las negociaciones para los nuevos contratos petroleros.

Trump no parece preocupado. Ha insinuado varias veces que Venezuela podría convertirse en el estado número 51.

Aún no hay certeza sobre quién podría dirigir el país de forma más permanente. María Corina Machado, la líder de la oposición exiliada, sigue siendo la política más popular del país. Pero Machado tiene enemigos acérrimos entre los responsables de seguridad y militares de Venezuela, lo que ha llevado a Rubio a descartarla y decidirse por Rodríguez como líder elegida a dedo para el país.

Aunque antes era un firme partidario de Machado, Rubio se ha distanciado de ella en los últimos meses. El enfriamiento de la relación entre el gobierno de Trump y Machado se convirtió en una ruptura abierta tras los terremotos. Los responsables estadounidenses se han negado a ayudarla a volver a Venezuela por miedo a avivar los disturbios.

El plazo para la fase final del plan de Rubio para Venezuela, las elecciones libres, sigue sin definirse. Cuando The New York Times le preguntó a Rodríguez en mayo cuándo celebraría las elecciones, ella dijo: “No lo sé. En algún momento”.

Los analistas políticos dicen que Rodríguez podría estar intentando agotar el tiempo de la presidencia de Trump, con la esperanza de que la presión para celebrar las elecciones se disipe bajo el mandato de su sucesor.

Por ahora, la decisión sobre cuándo se celebrarán las elecciones no está en sus manos. Está en las de Rubio." 

(Tyler Pager y  , The New York Times, 11/07/26)  

5.7.26

Devuelvan la riqueza robada a Venezuela para una recuperación total tras el terremoto... Para que Venezuela pueda reconstruirse y recuperarse de este desastre, exigimos de Estados Unidos: El levantamiento total y permanentemente todas las sanciones contra Venezuela... La devolución de los ingresos petroleros de Venezuela al gobierno venezolano... El descongelamiento de todos los activos venezolanos en el extranjero, incluyendo miles de millones en oro y otras divisas depositadas en el Banco de Inglaterra y otros lugares... La liberación del presidente Nicolás Maduro y a la primera dama Cilia Flores de la cárcel estadounidense donde se encuentran detenidos ilegalmente como presos políticos... y la abstención de usar la ayuda humanitaria como pretexto para la ocupación militar... Es hora de devolver a Venezuela lo que le pertenece por derecho ( Jill Clark-Gollub)

"Tras los devastadores terremotos, y para lograr una recuperación completa, “Es hora de devolver a Venezuela lo que legítimamente le pertenece”. SanctionsKill/Americas Without Sanctions invita a activistas y organizaciones de solidaridad internacional a firmar y compartir la siguiente declaración aquí.

Extendemos nuestra más sincera solidaridad y condolencias al pueblo venezolano mientras afronta la tragedia humana causada por los dos terremotos del 24 de junio de 2026. Aplaudimos la ayuda de emergencia para rescatar a quienes quedaron atrapados bajo los escombros y atender las necesidades de las víctimas sobrevivientes.

Este desastre natural se suma a la invasión estadounidense y el secuestro del presidente en enero, varios meses de ejecuciones extrajudiciales en aguas territoriales venezolanas, años de sanciones estadounidenses letales y el robo de los activos venezolanos en el extranjero.

Para que Venezuela pueda reconstruirse y recuperarse de este desastre, exigimos que Estados Unidos:

- Levantamiento total y permanentemente todas las sanciones contra Venezuela;

- Devolver los ingresos petroleros de Venezuela al gobierno venezolano;

- Descongelar todos los activos venezolanos en el extranjero, incluyendo miles de millones en oro y otras divisas depositadas en el Banco de Inglaterra y otros lugares;

- Liberar al presidente Nicolás Maduro y a la primera dama Cilia Flores de la cárcel estadounidense donde se encuentran detenidos ilegalmente como presos políticos; y

- Abstenerse de usar la ayuda humanitaria como pretexto para la ocupación militar.

La supuesta amistad del gobierno estadounidense con Venezuela resulta vacía, tras años de sanciones y agresión militar que han causado decenas de miles de muertes. La ayuda estadounidense para la reconstrucción será insignificante comparada con el enorme robo que ha perpetrado contra el país mediante el hurto de activos y las sanciones. Lo que Venezuela necesita para la reconstrucción tras el terremoto es la devolución de los miles de millones de dólares que el gobierno estadounidense y sus aliados han robado.

Es hora de devolver a Venezuela lo que le pertenece por derecho.

 ( Jill Clark-Gollub , Scheer Post, 04/07/26, traducción google)  

4.7.26

Venezuela: manipular la tragedia humana... la humanidad sufrió los efectos del covid-19... que destapó a políticos, intermediarios y empresarios cuyo objetivo fue enriquecerse con la muerte y la enfermedad... Boris Johnson, José María Aznar, Jair Bolsonaro, Donald Trump, celebraron fiestas, no respetaron la cuarentena y en algún caso llamaron a consumir lejía para contrarrestar el virus... Hoy, la tragedia sacude a Venezuela, país que sufre la intervención del imperialismo estadounidense, con décadas de sanciones económicas, sabotaje, procesos desestabilizadores... el mensaje no puede ser más insidioso. Todo lo que ocurre es producto del chavismo... El periódico ABC titula: "Las viviendas sociales de Hugo Chávez se desploman como un castillo de arena". Pero el desmentido es singular. Exequiel Gallardo, bombero chileno desplazado a La Guaira, declara: "las viviendas vacacionales quedaron más destruidas que las sociales". Lo mismo que dijeron miembros de una ONG noruega... Las noticias están centradas en mostrar el chavismo y su gobierno actual son un lastre... El País, el Mundo, La Vanguardia, el Periódico, ABC, La Razón, tienen esa línea editorial.. No mencionan la gran coordinación entre las instituciones públicas desde el gobierno, pasando por los ayuntamientos, los servicios médicos, bomberos, fuerzas armadas, ingenieros, arquitectos, trabajadores desplazados de todos los estados de Venezuela. Y tampoco se habla de los cooperantes internacionales. Nada sobre los ministros en el terreno y las múltiples organizaciones que trabajan día y noche. Menos de los médicos cubanos desplazados para las labores de apoyo en hospitales (Marcos Roitman Rosenmann)

"Siempre hay palabras para expresar el dolor. También para denunciar la falta de escrúpulos de quienes buscan aprovecharse de un desastre natural para obtener réditos políticos. 

Un hecho tan poco previsible como son los terremotos, hace transparente la canalla humana.

No hace mucho la humanidad sufrió los efectos de una pandemia zoonótica como el covid-19. Y ahí, se desnudaron las vergüenzas. No sirvió para mostrar lo humano del ser humano. Por el contrario, destapó a políticos, intermediarios y empresarios cuyo objetivo fue enriquecerse con la muerte y la enfermedad. 

Cobraron porcentajes desorbitados, negociaron con las mascarillas, vacunas o certificados de antígenos. Y por si fuera poco, políticos sin escrúpulos se saltaron las reglas. Boris Johnson, José María Aznar, Jair Bolsonaro, Donald Trump, celebraron fiestas, no respetaron la cuarentena y en algún caso llamaron a consumir lejía para contrarrestar el virus.

Hoy, la tragedia sacude a Venezuela, país que sufre la intervención del imperialismo estadunidense, a lo cual se agregan décadas de sanciones económicas, sabotaje, procesos desestabilizadores y una guerra no convencional con diferentes gamas de intensidad, desarrollada durante dos décadas. Se han confiscado sus reservas en oro, cuando no entregadas a opositores. Y se ha desarrollado una campaña mediática a nivel mundial señalando a Venezuela como un país terrorista. 

Un sismo sirve para seguir promoviendo una ayuda internacional destinada a favorecer a las políticas de la oposición. La Unión Europea, como en su momento hizo con Juan Guaidó, autoproclamado presidente interino, dona 3 millones de euros a María Corina Machado para las víctimas del terremoto.

Lo cual es significativo. Constituye un atentado contra el derecho internacional. Ursula von der Leyen y su ministra de Exteriores, Kaja Kallas, prefieren hablar con quienes han decidido conspirar. Para eso sirve el dinero. Los partidos de la oposición venezolana y sus delegaciones en el exterior se aprestan a recibir millones. Abren cuentas para recaudar fondos, solicitan medicamentos y productos no perecederos. Se inicia la campaña: nada para el gobierno ni sus autoridades legítimas. Aducen caos, desorganización, inoperancia y corrupción. Ellos harán llegar las ayudas a los damnificados. Mientras, los medios de comunicación social, redes e influencers sirven para propagar su discurso.

La televisión pública y privada en España emiten imágenes una y otra vez donde se ve un edificio colapsando. A continuación, otro donde se observa gente saliendo de los vagones del Metro de Caracas espantados. Todo presentado como si transcurriera en vivo. Sin embargo, el primer video corresponde al sismo del 6 de febrero de 2023, ocurrido en Turquía y la ciudad de Gaziantep. 

El segundo, donde se ve gente saliendo de los vagones del Metro de Caracas, corresponde al incendio en la línea 1 del Metro de Caracas ocurrido el 25 de septiembre de 2021. Cuando las redes descubren los bulos, televisión española en su noticiero 24 horas tiene que salir a la palestra. No pide disculpas, señala que circulan bulos, obviando haberlos utilizado en sus informativos. Lo han emitido todas las cadenas de televisión. 

Y el mensaje no puede ser más insidioso. Todo lo que ocurre es producto del chavismo. La radio y la prensa escrita no son menos. Sus corresponsales hablan de inoperancia de las autoridades, de indolencia, de una descoordinación y abandono. El pueblo venezolano está desamparado. No hay orden, ni se ve la ayuda por ninguna parte. 

El periódico ABC titula: “Las viviendas sociales de Hugo Chávez se desploman como un castillo de arena”. Pero el desmentido es singular. Exequiel Gallardo, bombero chileno desplazado a La Guaira, experto en recuperación de personas, declara: “las viviendas vacacionales quedaron más destruidas que las sociales”. Y la foto del ABC, para más INRI, la foto muestra las viviendas sociales construidas por el “chavismo” incólumes. Invisibilizan la ayuda internacional entre estados. 

Tampoco mencionan la gran coordinación entre las instituciones públicas desde el gobierno, pasando por los ayuntamientos, los servicios médicos, bomberos, fuerzas armadas, ingenieros, arquitectos, trabajadores desplazados de todos los estados de Venezuela. Y tampoco se habla de los cooperantes internacionales que se han puesto a las órdenes de las autoridades para coordinar los trabajos de rescate y búsqueda de sobrevivientes. 

Nada sobre los ministros en el terreno y las múltiples organizaciones que trabajan día y noche. Menos de los médicos cubanos desplazados en más 50 para las labores de apoyo en hospitales. 

Las noticias están centradas en mostrar el desacuerdo con las actuaciones del gobierno. El País, el Mundo, La Vanguardia, el Periódico, ABC, La Razón, tienen una línea editorial. El chavismo y su gobierno actual son un lastre. Represión, corrupción y abandono institucional. Venezuela, señalan, es un Estado fallido, sobrepasado por las circunstancias. Todos los males tienen un nombre y apellido, la presidenta encargada Delcy Rodríguez. En contraposición, la figura de María Corina Machado se presenta como la alternativa democrática.

Se puede estar más o menos a favor del gobierno de Delcy Rodríguez, hay más que discutir. Pero no se puede utilizar la catástrofe para emponzoñar una acción ejemplar. Venezuela es un Estado asediado desde dentro y fuera. El objetivo: acabar con el proyecto de cambio social, reconquistar el poder y controlar la producción de hidrocarburos. Sean extranjeros o criollos. Hablen inglés o castellano."

(Marcos Roitman Rosenmann , La Jornada, 02/07/26) 

3.7.26

EE. UU. prometió una minúscula ayuda de $150 millones, luego la duplicó a $300 millones... El daño estimado asciende hasta $7 mil millones... EE. UU. ha robado más de $8 mil millones en petróleo desde que capturó Venezuela a principios de 2026 (Brian Berletic)

Brian Berletic @BrianJBerletic

 EE. UU. Saquea Venezuela. Mientras la Nación Sufre las Consecuencias del Terremoto 

 "Estados Unidos promete una generosa ayuda a Venezuela tras el terremoto." (npr, 26/06/26... nota: NPR es un medio financiado por el gobierno de EE. UU.) 

EE. UU. prometió una minúscula ayuda de $150 millones, luego la duplicó a $300 millones.

El daño estimado asciende hasta $7 mil millones.

 EE. UU. ha robado más de $8 mil millones en petróleo desde que capturó Venezuela a principios de 2026.

 Mientras esto se permita pasar como "normal", continuará.

(traducción google)

9:06 a. m. · 2 jul. 2026 ·25,7 mil Visualizaciones

11.5.26

Craig Murray, exdiplomático inglés: La Venezuela de Delcy Rodríguez... Lo que he visto y oído me convence de una cosa: Delcy Rodríguez no es una traidora. Es una socialista que está haciendo lo único que le es posible en esta situación imposible: ganar tiempo para que la Revolución Bolivariana sobreviva... No he conocido a nadie que dude de que un cambio de régimen en Caracas conduciría a matanzas masivas inmediatas de izquierdistas y a una larga guerra civil... La alternativa al Gobierno socialista es el caos... Por lo tanto, Delcy Rodríguez tiene que mantener al Partido Socialista en el Gobierno, o ver cómo masacran a sus partidarios y se desata una guerra civil... al mismo tiempo, debe hacer frente a la descarada afirmación colonialista de control sobre los activos y las finanzas de Venezuela por parte de EE. UU., mientras apacigua al irascible e irracional Trump... los elementos fundamentales del socialismo bolivariano que Delcy Rodríguez lucha ahora por salvaguardar son el Estado socialdemócrata financiado por el petróleo, los servicios públicos nacionalizados, las estructuras de democracia directa de las comunas y las medidas para extender la afirmación de la propiedad popular sobre la producción... Maduro había logrado, en un grado extraordinario, erradicar las drogas de las calles de Venezuela y detener el tráfico. El hecho de que se encuentre ahora en una cárcel estadounidense acusado de «narco-terrorismo» es una verdadera muestra de lo depravado que se ha vuelto Estados Unidos... Rodríguez se ve reducida a negociar con los ocupantes sobre cuánto del propio dinero de Venezuela se le permite gastar en su propio pueblo. La estrategia de Rodríguez es, por lo tanto, de tenaz resistencia: agachar la cabeza, preservar lo que se pueda preservar y esperar un cambio de viento político en Washington

 "Cuando salía de la Universidad de las Comunas en Tocuyito, tras una visita alegre y estimulante, un joven profesor muy serio se me acercó y me llevó aparte. En voz muy baja, me preguntó qué iba a pasar. Varios de los estudiantes estaban aterrorizados ante la posibilidad de que se produjera un cambio de régimen y de que ellos, elegidos como jóvenes líderes socialistas en el movimiento de las comunas, fueran encarcelados, torturados y ejecutados.     

Con estudiantes en un proyecto agrícola de la comuna de Vittoria

Fue un duro golpe de realidad tras un día estupendo en esta universidad incipiente. Pero es muy real. Había conocido a diplomáticos serios y profesionales en el Ministerio de Relaciones Exteriores que sabían exactamente a qué parte de las montañas huirían con rifles de asalto en caso de que la derecha llegara al poder, y estaban resignados a una vida de guerrilla, incluyendo a sus parejas e hijos. No he conocido a nadie que dude de que un cambio de régimen en Caracas conduciría a matanzas masivas inmediatas de izquierdistas y a una larga guerra civil.    

Casi todo lo que se le cuenta en Occidente sobre Venezuela es falso, y la mayor mentira es que Machado, Guaidó y las agrupaciones que los rodean sean, en ningún sentido, demócratas o liberales. No lo son, y tienen vínculos familiares y políticos directos con los regímenes asesinos patrocinados por la CIA de los años previos a Chávez. Además, tienen muchas cuentas que saldar: la familia de Machado, por citar solo un ejemplo, dominaba el suministro eléctrico antes de que fuera nacionalizado.

Un gran número de los «presos políticos» por los que Occidente se muestra tan preocupado participaron en intentos de golpe militar o de insurrección violenta, de los cuales el intento de ópera cómica de Guaidó en 2019 fue solo el más publicitado. Tras las controvertidas elecciones de 2024, muchos de los encarcelados llegaron a empuñar armas: conocí a las familias de tres jóvenes que me contaron que sus hijos fueron engañados para salir a la calle armados, y que esperaban que salieran en libertad gracias a la amnistía actual.

Las sanciones causaron grandes dificultades económicas que afectaron a la popularidad del Gobierno. Pero es un enorme error equiparar el descontento con el Gobierno de Maduro con el apoyo a Machado: casi no hay pruebas de este último, por mucho que se busque. Que Machado no cuenta con el apoyo interno necesario para gobernar el país es una de las pocas cosas que Trump ha afirmado con veracidad. La alternativa al Gobierno socialista es el caos.

Por lo tanto, Delcy Rodríguez tiene que mantener al Partido Socialista en el Gobierno, o ver cómo masacran a sus partidarios y se desata una guerra civil. Al mismo tiempo, debe hacer frente a la descarada afirmación colonialista de control sobre los activos y las finanzas de Venezuela por parte de EE. UU., mientras apacigua al irascible e irracional Trump.

Dejemos una cosa clara. He hablado personalmente con las personas más cercanas al presidente Nicolás Maduro. He hablado con Francisco Torrealba, quien sucedió a Maduro como presidente del Sindicato de Trabajadores del Transporte y también ocupó el escaño de Maduro en la Asamblea Nacional. He hablado con el hijo de Maduro, también llamado Nicolás. Ninguna de estas personas cree ni por un segundo que Delcy Rodríguez estuviera implicada de alguna manera en el secuestro de Nicolás y Cilia Maduro.

¿Por qué casi todo el mundo en Occidente cree una versión que nadie en Venezuela cree, y que estoy bastante seguro de que es falsa?

Esa versión se les ha impuesto a la fuerza. Trump socavó a Delcy Rodríguez al elogiarla abiertamente y afirmar que ella es su elección. La verdad, por supuesto, es otra: como vicepresidenta de Maduro, ella asume naturalmente las funciones de presidente, tal y como lo ha confirmado el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela. Un esfuerzo coordinado de sesiones informativas a los periodistas por parte de la administración Trump, de los servicios de seguridad y de los venezolanos alineados con Machado en Miami proporcionó a los medios de comunicación, de manera coordinada, una historia detallada de las negociaciones entre Delcy y su hermano Jorge y los estadounidenses, para una estrategia de reforma económica que incluía la destitución de Maduro.

He vuelto a revisar muchos artículos que difunden esta narrativa, y todos ellos muy obviamente provienen principalmente de fuentes de Washington, y es una narrativa que Estados Unidos se ha esforzado mucho, mucho en hacerles creer.

Esto plantea la pregunta: si Delcy es realmente una marioneta de Occidente, ¿por qué el establishment occidental está tan interesado en decirles eso? En cualquier otra circunstancia, como en el caso de las monarquías del Golfo o de al-Jolani, siempre se muestran ansiosos por promover el mito de que sus títeres no son títeres.

Mi máxima, según la cual si el Gobierno realmente quiere que se sepa algo, probablemente significa que no es cierto, se cumple en este caso. Trump quiere que se sepa que Delcy Rodríguez es su títere porque forma parte de su narrativa de victoria, la historia falsa de la grandeza de Trump. También tiene como objetivo dividir y debilitar el movimiento socialista en Venezuela.

Debemos fijarnos en la noche del 3 de enero, cuando Maduro fue secuestrado. Hay un hecho clave que, una vez más, simplemente no forma parte de la narrativa occidental. Fue Nicolás Maduro quien ordenó a los militares que se mantuvieran al margen y no lucharan, en caso de que se produjera un intento de secuestrarlo. De hecho, era consciente de que tal evento era inminente, aunque no sabía la fecha exacta.

La principal preocupación de Maduro era evitar una guerra entre Venezuela y Estados Unidos, una guerra que devastaría este país pacífico.

Es importante señalar que Maduro seguía conscientemente el modelo de su mentor, el presidente Hugo Chávez, durante su secuestro en un golpe de Estado orquestado por la CIA en 2002. (Ese enlace es un doloroso recordatorio de que hubo un tiempo en que The Guardian y The Observer no eran controlados por los servicios de seguridad). Tras la insurrección armada de la oposición el 11 de abril de 2002, en la que 19 partidarios de Chávez fueron masacrados y 150 resultaron heridos, un golpe militar capturó al presidente Chávez y fue trasladado en un avión fletado por la CIA a la isla de La Orchila.

El líder de la oposición, Pedro Carmona, fue investido presidente por los mandos militares y reconocido de inmediato por el régimen de Bush en Washington. Anunció la derogación inmediata de todas las medidas reformistas de Chávez. Sin embargo, el pueblo y la mayor parte de las fuerzas armadas se levantaron contra los golpistas y, tras solo 48 horas, recuperaron el control. Chávez volvió al poder. Esta es la base del brillante documental irlandés The Revolution Will Not Be Televised (que, naturalmente, nunca se televisó).

Lo fundamental que hay que comprender es que —sorprendentemente— Chávez no ejecutó a ninguno de los participantes en el golpe, ni siquiera a los militares. De hecho, hubo pocos procesos judiciales, las penas de cárcel fueron notablemente leves y a muchos —incluido el «presidente» Carmona— se les permitió «escapar» al exilio. Las penas de cárcel más largas fueron para quienes participaron realmente en la masacre del 11 de abril. Chávez concedió una amnistía general en diciembre de 2007.

Se mostró la misma asombrosa tolerancia hacia Juan Guaidó, el títere de Occidente que intentó un farsesco golpe militar el 30 de abril de 2019. Aunque su golpe fue un patético fracaso y el número total de militares desertores fue de 50, causó, no obstante, la muerte de cuatro personas y dejó 230 heridos.

Una vez más, la respuesta del gobierno socialista fue sorprendentemente indulgente. No se ejecutó a nadie. Se celebraron juicios en regla a los acusados y las penas de cárcel fueron notablemente leves, incluso para los condenados por traición. Cabe señalar que el número de personas juzgadas y las penas impuestas fueron notablemente más leves que las dictadas por la «insurrección» del Capitolio de Washington de 2021.

A un grupo de treinta personas que se refugiaron en la embajada brasileña de Bolsonaro se les permitió abandonar el país pacíficamente. Guaidó nunca fue detenido y se le permitió deambular por el país durante años autoproclamándose presidente, así como entrar y salir libremente, hasta que fue acusado por el Gobierno de Colombia de entrar ilegalmente en ese país en 2023.

La negativa de los socialistas a derramar sangre nunca ha tenido su reflejo en la derecha. La gran mayoría de esos «presos políticos» de los que se oye hablar constantemente estuvieron involucrados en estos o en toda una serie de intentos armados menos conocidos, o en los vínculos muy reales de la oposición con el tráfico de drogas y el crimen organizado.

Lo que me sorprende no es el supuesto autoritarismo del Gobierno socialista, sino, por el contrario, su sorprendente indulgencia con la oposición ante los repetidos intentos de derrocamiento, a menudo armados y patrocinados por la CIA.

Basta con imaginar cómo habría actuado un gobierno latinoamericano de derecha ante repetidos intentos de golpe de Estado armados por parte de la izquierda para apreciar lo extraordinaria que ha sido esta moderación. La ausencia de violencia o venganza siempre ha caracterizado la reacción de la Revolución Bolivariana ante los intentos de golpe de Estado de la derecha. Aunque es una postura admirablemente basada en principios, ni siquiera estoy seguro de que este grado extremo de tolerancia sea prudente.

Es en el contexto de esta renuencia socialista de larga data a recurrir a la violencia donde hay que situar la decisión de Maduro de ordenar a las fuerzas de defensa que no intervinieran en caso de una misión de secuestro estadounidense. Se trata de un gobierno que no solo utiliza consignas revolucionarias, sino que vive de acuerdo con ellas, y la «paz» es una de las fundamentales. Es casi seguro que Maduro esperaba que la solidaridad interna obligara a su rápido regreso, tal y como había ocurrido con Chávez. Es poco probable que se le ocurriera que Trump simplemente —y sin sentido— destituiría a Maduro y dejaría a su Gobierno en el poder.

Varias fuentes me han confirmado que se ordenó a las fuerzas venezolanas que se retiraran. Visité la ubicación en la ladera de Fuerte Tiuna donde la joven teniente Alejandra del Valle Oliveros Velásquez, de 23 años, desobedeció la orden de retirarse y continuó montando guardia con su arma en una instalación de comunicaciones vital situada en la cima de una colina. Falleció cuando la instalación fue alcanzada por misiles estadounidenses.

Este es también un aspecto que falta en la narrativa occidental de los acontecimientos militares. La postura defensiva de Venezuela está irremediablemente desfasada en la era de la guerra con misiles de precisión. Sus instalaciones de radar y baterías antiaéreas son muy visibles en ubicaciones abiertas en lo alto de las colinas, no en búnkeres fortificados. Sus tropas se encuentran en cuarteles abiertos, al igual que los guardias cubanos asesinados innecesariamente.

La indignación ante el ataque estadounidense, totalmente injustificado, ha devuelto a Venezuela un sentido de unidad nacional muy necesario. En el amargo epílogo de las controvertidas elecciones presidenciales de julio de 2024, muchos partidarios del Gobierno, incluidos algunos en el poder, admiten que la ola de detenciones fue demasiado lejos. Esa extralimitación dañó la autoridad moral del Gobierno en el país y proporcionó valiosa munición propagandística a sus críticos en el extranjero.

No se distinguió suficientemente entre manifestantes armados y desarmados, y aunque muchos argumentarían que las medidas de emergencia eran esenciales para prevenir la violencia anárquica inmediata, se admite en general que muchas detenciones se han prolongado demasiado.

Reconocer esto no significa aceptar las cifras infladas y la metodología politizada impulsadas por ONG financiadas por Occidente, como Foro Penal y sus socios internacionales. Esos recuentos suelen agrupar a disidentes genuinos con conspiradores armados, participantes en intentos de insurrección violenta y delincuentes declarados —muchos de los cuales esgrimían armas o estaban vinculados a redes golpistas.

Las cifras exageradas de las ONG no constituyen un seguimiento neutral de los derechos humanos; forman parte de una operación de guerra informativa de larga data, generosamente financiada por los mismos gobiernos y fundaciones que llevan años apoyando los esfuerzos por un cambio de régimen en Venezuela. Su indignación selectiva y la constante exageración de las cifras de «presos políticos» responden a un claro propósito político: deslegitimar el proceso bolivariano y justificar la injerencia externa.

Es esencial adoptar una perspectiva más amplia. Las detenciones no surgieron de la nada. Se produjeron tras años de dificultades económicas provocadas por las sanciones, repetidos intentos de la oposición de subvertir el orden constitucional mediante la violencia callejera, la perturbación de las elecciones tanto física como electrónica, y los resultados electorales falsificados o manipulados selectivamente por la oposición. La respuesta fue dura, pero se produjo en un contexto de amenazas reales para la seguridad.

La narrativa de que la oposición obtuvo el 70 % de los votos en las elecciones de 2024 es sencillamente absurda para cualquiera que conozca Venezuela. En sus mítines electorales finales, Maduro reunió a un millón de personas en las calles de Caracas y la oposición a 50 000. Muchas de las supuestas impresiones de las máquinas de votación difundidas por el régimen de Biden eran falsificaciones muy evidentes: con la misma letra en diferentes lugares y múltiples ejemplos de escrutadores o responsables de partido que firmaban con una X en un país con una tasa de alfabetización de casi el 100 %.

La oposición se negó a presentar estos impresos ante el Tribunal Supremo para su verificación. La verdad es que el proceso electoral electrónico (no soy partidario de él) se vio gravemente afectado por ataques informáticos externos, casi con toda seguridad por parte de EE. UU. Efectivamente, existía un descontento popular con los efectos de las sanciones económicas, y muchos observadores experimentados consideran que las elecciones estuvieron reñidas. Nunca será posible descubrir el resultado real. Pero las afirmaciones occidentales de un 70 % de apoyo a la oposición son un disparate absoluto.

De hecho, no creo que ni el Gobierno ni el Tribunal Supremo conocieran realmente el resultado verdadero. Yo, desde luego, no lo conozco. Pero fue la perturbación orquestada por Estados Unidos lo que lo hizo imposible.

Venezuela es un país sustancialmente libre. La gente me ha criticado al Gobierno abiertamente y sin miedo, incluso ante la cámara. Hace unas semanas hubo una manifestación de la oposición en Caracas. La presencia policial fue muy escasa. Los oradores podían decir lo que quisieran —el apoyo a Donald Trump fue un tema clave— y nadie ha sido interrogado posteriormente. Acudieron unas 500 personas. He visto tres o cuatro carteles de la oposición por la ciudad. Nadie los retira.

He estado filmando por toda Venezuela durante un total de seis semanas, y nunca me han preguntado quién soy ni los funcionarios ni la policía, ni me han exigido presentar documentos de identidad. Recibí un permiso del Ministerio de Comunicaciones, pero nadie lo ha mirado jamás. Nadie me ha sugerido nunca lo que debo decir, ni me ha ordenado que no filme algo.

He estado en muchas zonas y provincias diferentes. En todas partes las tiendas están bien surtidas y los bares y restaurantes funcionan con normalidad. La gente parece bien alimentada. No he visto ni un solo drogadicto, mendigo o persona sin hogar. He visto cinco controles policiales o militares en seis semanas: tres en la residencia presidencial, la sede de la Policía y la Asamblea Nacional; uno en el que se revisaban los neumáticos y las luces de los coches; y otro a la salida de un parque nacional dedicado a la conservación de la fauna silvestre.

He estado prestando especial atención a este tema porque los periodistas occidentales siempre incluyen controles policiales y militares en sus descripciones imaginarias de Venezuela, redactadas a miles de kilómetros de distancia. La oposición de Machado lo ha convertido en un meme, difundiendo consejos que dicen que no está obligado a mostrar documentos de identidad en los controles policiales. Sería muy difícil encontrar un control donde mostrar sus documentos.

Este no es un gobierno represivo. El ambiente de represión brilla por su ausencia y eso se debe a que los mecanismos de represión brillan por su ausencia. No hay una fuerte presencia policial. La gente no tiene miedo de los delatores. He visto muy pocas armas en poder de la policía, y ninguna en poder de nadie más.

La narrativa que domina ahora los medios de comunicación occidentales —según la cual cualquier liberalización económica o apertura pragmática bajo el mandato de Delcy Rodríguez es una capitulación repentina forzada por la presión de Trump— es sencillamente falsa. El propio Nicolás Maduro inició procesos de liberalización económica años antes, como respuesta directa de supervivencia al peso aplastante de las sanciones. Estas son las políticas de Maduro. La reciente legislación que liberaliza el sector de los hidrocarburos fue desarrollada íntegramente bajo la dirección de Nicolás Maduro y aprobada por él.

La dolarización se extendió desde abajo a medida que la gente común buscaba estabilidad; el Gobierno relajó gradualmente los controles de precios, permitió una mayor participación del sector privado en las importaciones y la distribución, y desarrolló soluciones alternativas para la venta de petróleo. Se trataba de adaptaciones pragmáticas impuestas a la revolución mucho antes de que Trump regresara a la Casa Blanca.

Como les dije a los estudiantes de la Universidad de las Comunas, si el capitalismo tardío fuera (como afirma) el orden natural de la sociedad, en lugar de una serie de instituciones y acuerdos totalmente artificiales diseñados para producir una concentración extrema de recursos en manos de una élite, impuesta en última instancia mediante la violencia del Estado, entonces los Estados capitalistas no necesitarían aplastar a los Estados que practican otros sistemas, mediante sanciones devastadoras y el aislamiento del intercambio de recursos y capital, y en última instancia mediante la fuerza militar.

Su propia ideología fundacional afirma que el capitalismo prevalecerá naturalmente con el tiempo en cualquier sociedad gracias a su mayor beneficencia y a una distribución más eficiente de los recursos. Sin embargo, los gobernantes de los Estados capitalistas buscan constantemente aplastar a cualquier Estado que practique un sistema alternativo. Lo hacen por temor a que su propia población vea la posibilidad de un camino mejor que el de trabajar como esclavos de facto, mientras el valor producido por su trabajo se concentra íntegramente en manos de la clase de Epstein.

Nunca sabremos cómo se habría desarrollado la Revolución Bolivariana de no ser por las sanciones financieras y comerciales que la paralizaron.

Pero este es el hecho clave. Venezuela fue blanco de ataques debido a los extraordinarios éxitos del chavismo, no porque fuera un Estado fallido. La pobreza se redujo a más de la mitad. La alfabetización aumentó hasta alcanzar tasas superiores a las de Estados Unidos. Se instauraron la educación y la sanidad gratuitas. Se triplicó el número de beneficiarios de pensiones. Se nacionalizaron los servicios públicos. Se proporcionaron cantidades masivas de viviendas sociales. Estos fueron los logros que precipitaron las sanciones.

El colapso económico de 2017 no fue causado por los fallos de un sistema socialista. El colapso —y la posterior ola masiva de emigración— fue causado íntegramente por el régimen de sanciones, y en particular por el bloqueo de todos los sistemas de pago y las transacciones financieras.

Hay un punto obvio del que rara vez se habla: las sanciones —en particular las sanciones financieras que bloquean las transacciones de pago internacionales normales y los canales bancarios— no solo causan dificultades.

Las sanciones fomentan activamente la corrupción.

Cuando se impide a un gobierno soberano llevar a cabo actividades comerciales y financieras legítimas a través de los sistemas globales habituales, se le empuja a los brazos de quienes se especializan en eludir las sanciones, en redes de transferencia informales y en el blanqueo de capitales. Estas asociaciones forzadas con elementos ajenos a la economía formal contagian entonces al propio aparato estatal, creando nuevas vías para la corrupción y el abuso.

Se trata de un ciclo vicioso y predecible orquestado por la política de Washington.

Las sanciones obligan a los Estados, por su mera supervivencia, a realizar actividades clasificadas como ilegales, y arrastran a sus funcionarios al ámbito de los verdaderos delincuentes. Algunas de las críticas al Gobierno de Maduro deben considerarse desde esta perspectiva; y, por supuesto, no existe, ni ha existido nunca, ningún Estado totalmente libre de corrupción.

El mandato de Maduro no es el fracaso que se suele describir en Occidente. La economía se ha recuperado notablemente. Bajo el mandato de Maduro, el Gobierno ha logrado éxitos cuantificables en materia de seguridad pública. Las tasas de homicidios se han reducido en más de dos tercios y las bandas de narcotraficantes han desaparecido casi por completo de las calles.

Las operaciones a gran escala han reducido significativamente la producción de narcóticos y las rutas de tráfico a través del territorio venezolano. Venezuela informó de incautaciones récord de drogas a la Comisión de Estupefacientes de la ONU: casi 66 toneladas solo en 2025, el nivel más alto en dos décadas. Los datos de la ONU indican que Venezuela desempeña un papel muy marginal en los flujos mundiales de cocaína, y casi ninguno en la producción. En cuanto al fentanilo, no figura en absoluto.

Maduro ha logrado, en un grado extraordinario, erradicar las drogas de las calles de Venezuela y detener el tráfico. El hecho de que se encuentre ahora en una cárcel estadounidense acusado de «narco-terrorismo» es una verdadera muestra de lo depravado que se ha vuelto Estados Unidos.

Al mismo tiempo, la tasa general de criminalidad descendió drásticamente. Ciudades que antes figuraban entre las más peligrosas del mundo se volvieron notablemente más seguras para los ciudadanos de a pie. Incluso los venezolanos críticos con el Gobierno por otros motivos reconocen esta mejora en la vida cotidiana y la seguridad personal. Hace apenas dos noches hablaba con una venezolana que había vuelto a casa desde Alemania, quien me contó que antes le aterrorizaba caminar por las calles de Caracas de noche, pero que ahora se sentía perfectamente segura.

Es importante comprender qué tipo de socialismo practicó realmente Venezuela bajo Chávez y Maduro.

El proyecto bolivariano nunca consistió en la propiedad estatal total de los medios de producción y distribución prevista en los textos marxistas clásicos. Venezuela siempre ha sido una economía mixta. Su rasgo distintivo —y su mayor fortaleza— era la fuerte dependencia del Estado de la propiedad de toda la gama de actividades del sector petrolero, tanto en la fase de exploración y producción como en la de refino y distribución, para canalizar los ingentes ingresos públicos hacia objetivos de orientación socialista: educación gratuita y universal desde la cuna hasta la universidad, un servicio nacional de salud que llevó clínicas y hospitales a todos los barrios, una seguridad social ampliada, programas de vivienda como la Gran Misión Vivienda, y subsidios que mantuvieron los alimentos básicos a precios asequibles para los pobres.

La nacionalización de los servicios públicos —electricidad, telecomunicaciones, agua— siguió la misma lógica. En muchos aspectos se asemejaba al modelo socialdemócrata occidental de la década de 1970, cuando los gobiernos europeos utilizaban la fiscalidad progresiva para financiar el Estado del bienestar, dejando al mismo tiempo gran parte de la economía en manos privadas. La enorme escala de viviendas públicas asequibles y de calidad decente en Venezuela es verdaderamente una maravilla digna de contemplar para una economía en desarrollo.

Lo que hizo que el bolivarianismo fuera diferente, y en última instancia más radical, fue el movimiento de las comunas. Su filosofía es genuinamente de base. Las comunas no surgieron de decretos del Palacio de Miraflores; crecieron desde abajo, a partir de los consejos comunales que la gente común de los barrios pobres formó para resolver sus propios problemas: arreglar carreteras, organizar la recogida de basura, construir clínicas.

Chávez otorgó a estas estructuras comunales orgánicas reconocimiento constitucional y poder legal, pero la energía provenía de las propias comunidades.

La toma de decisiones en las comunas es democracia directa en acción: las asambleas debaten y votan sobre cómo gastar los fondos que se les asignan. El pueblo decide sus propias prioridades. Siempre he sido escéptico respecto a las asambleas populares y la democracia directa. Visitar las comunas de Venezuela me ha convencido. El factor clave es la prevalencia, bastante sorprendente, de la educación política y la conciencia social entre los miembros comunes de la clase trabajadora venezolana.

Durante mucho tiempo, las comunas se mantuvieron en gran medida como un mecanismo para redistribuir los ingresos del petróleo de una manera más democrática y transparente. Pero seguía siendo, en esencia, socialdemocracia con retórica revolucionaria: gastar las rentas del petróleo en bienes sociales.

Pero el movimiento de las comunas no se ha quedado estancado. Ha comenzado a expandirse, reivindicando la propiedad comunal sobre los medios de producción y distribución. Un número cada vez mayor de comunas gestiona ahora sus propias pequeñas fábricas, cooperativas agrícolas, panaderías, mataderos, colectivos de transporte y redes de distribución. He debatido con altos cargos del Gobierno cómo utilizar las empresas de propiedad comunal como punta de lanza en los sectores liberalizados de la economía, para socializar los beneficios.

Las comunas están pasando de limitarse a recibir y gastar dinero del Estado a controlar la creación y la asignación efectivas de la riqueza. Este es el salto cualitativo que distingue al socialismo bolivariano como algo más que un estatismo asistencialista al estilo de los años setenta.

Maduro instituyó la Universidad de las Comunas en 2025. Su objetivo es impartir enseñanza práctica de nivel universitario en áreas de especial valor para las comunas, que van desde la administración pública hasta la ingeniería eléctrica y la agricultura. La producción agrícola es un ámbito en el que participan muchas de las más de 7.000 comunas de Venezuela.

La agricultura se derrumbó en Venezuela mucho antes de Chávez. Esto es algo común en muchos Estados petroleros.

Mi primer destino diplomático en el extranjero fue un nombramiento en Nigeria en 1986, como segundo secretario (Agricultura y Recursos Hídricos), donde mi estadística favorita era que Nigeria pasó, en tan solo 8 años, de ser el mayor exportador mundial de aceite de palma a ser el mayor importador mundial de aceite de palma. Las monedas respaldadas por el petróleo suelen hacer que las exportaciones agrícolas sean poco competitivas y que los productos agrícolas importados resulten más baratos que los nacionales.

Esto provocó el colapso de los sectores del cacao, el café, el maíz y otros sectores agrícolas de Venezuela décadas antes de que Chávez llegara al poder.

Las comunas están reintroduciendo la producción agrícola desde la base. Visité la comuna local de Vittoria, no muy lejos de la Universidad. Cuenta con más de 20 unidades de producción agrícola, y los estudiantes estaban ayudando a desarrollar, por ejemplo, corrales de bambú para el ganado con el fin de sustituir las vallas de hierro que ya no se importan debido a las sanciones occidentales.

En el otro extremo del proceso de producción, visité la sede central de Metro en Caracas el día en que todos los trabajadores y jubilados de Metro reciben paquetes mensuales que incluyen aceite de cocina, pasta, harina, huevos y conservas de carne y fruta, todo ello producido ahora en Venezuela, y casi todos son productos nuevos desde la crisis de 2018.

Lo que llama la atención de todo visitante es el extraordinario nivel de concienciación pública sobre la filosofía socialista. En las comunas, en las universidades bolivarianas, en los círculos de educación política, la gente común debate con conocimiento de causa la diferencia entre socialdemocracia y socialismo, el papel de la comuna como «tejido celular» de la nueva sociedad y la necesidad de pasar de la distribución a la producción.

La ideología es una práctica cotidiana. He oído a adolescentes y vendedores del mercado citar a Chávez y a Marx con facilidad, y con la confianza de que sus interlocutores les seguirán.

Estos son los elementos fundamentales del socialismo bolivariano que Delcy Rodríguez lucha ahora por preservar y salvaguardar frente a la embestida de Trump: el Estado socialdemócrata financiado por el petróleo, los servicios públicos nacionalizados, las estructuras de democracia directa de las comunas y las medidas para extender la afirmación de la propiedad popular sobre la producción.

Piénselo: Venezuela tiene las playas caribeñas más hermosas que he visto jamás. Son tan bonitas como las de Mauricio o las Maldivas. Estas son mis propias fotos y los colores no están retocados.

Lo que llama la atención de esto es que todas las personas que se ven son venezolanos de a pie. No hay ni un turista extranjero a la vista: ningún bar, restaurante u hotel junto a la playa acordonando tramos de playa y cubriéndolos de tumbonas. En su lugar, hay familias venezolanas felices con neveras portátiles disfrutando del día de forma gratuita. Esto se debe a que, aparte de Isla Margarita, la Revolución Bolivariana protege los cientos de kilómetros de playas de arena blanca de Venezuela mediante parques nacionales.

Mientras que el chavismo ve un gran servicio para el pueblo y un hábitat asombroso que hay que preservar, la visión del mundo de Kushner y Machado ve miles de millones de dólares en propiedades inmobiliarias de primera línea de playa, listas para construir complejos de apartamentos y enormes hoteles. No crean ni por un momento que no tienen el ojo puesto en ello como parte de la apropiación imperialista. No quieren que los venezolanos se diviertan con sus familias en esas playas. Quieren reservarlas para turistas estadounidenses e israelíes, con los únicos venezolanos vestidos de camisa blanca y pajarita llevando bandejas de bebidas.

Puede parecer una pequeña digresión, pero creo que es un símbolo potente y conmovedor del choque de cosmovisiones que se encuentra en el corazón de la lucha en Venezuela.

Lo que la oposición desea hacer es desmantelar toda esta arquitectura. Machado se ha comprometido a abolir las comunas, a privatizar los servicios públicos, a devolver a Venezuela al modelo pre-Chávez en el que la riqueza petrolera fluía hacia arriba, hacia una pequeña élite y las corporaciones extranjeras, mientras que la mayoría existía únicamente para servir. La tarea de Delcy es mantener la línea para que las comunas, y la conciencia que han creado, puedan seguir desarrollándose mientras se mantienen la educación universal, la sanidad y las prestaciones sociales.

Pero esta es la realidad a la que se enfrenta ahora Delcy Rodríguez: Trump impuso un bloqueo naval físico a las exportaciones de petróleo venezolano. Los petroleros que transportaban petróleo venezolano a compradores no aprobados por EE. UU. fueron físicamente interceptados por la Marina estadounidense. Así, Estados Unidos, mediante la fuerza militar, impuso el control sobre las ventas de crudo venezolano.

Los ingresos se desviaron inicialmente a una cuenta controlada por Estados Unidos en Catar, y posteriormente se transfirieron a cuentas del Tesoro de Estados Unidos. Los desembolsos al Gobierno de Rodríguez son discrecionales y puntuales —por ejemplo, solo se liberaron 300 millones de dólares de los primeros 500 millones, y se requiere la aprobación de Estados Unidos para su gasto. El mecanismo opera al amparo de poderes ejecutivos de emergencia en EE. UU., pero sin ninguna autoridad venezolana. Esto no cuenta con el consentimiento de Delcy Rodríguez.

Es totalmente ilegal en todos los sentidos. El bloqueo naval, la incautación de petroleros, el robo de los ingresos petroleros. Todo ello va absolutamente en contra del derecho internacional. No tengo ni idea de qué «emergencia» justifica los poderes de Trump, ni siquiera en el marco de la legislación interna de EE. UU.

Estados Unidos no tiene ningún tratado con Venezuela ni mandato internacional que le permita confiscar el petróleo de Venezuela y venderlo. Se trata de un simple robo.

Al controlar los petroleros, Washington se hizo con el control de la única fuente significativa de ingresos extranjeros de Venezuela y paralizó el Gobierno de Delcy Rodríguez. El petróleo representa más del 70 % de los ingresos del Gobierno venezolano.

Los cargamentos de petróleo aprobados por Estados Unidos se venden ahora en el mercado internacional, pero los ingresos no se pagan a Caracas. Increíblemente, se pagan al Tesoro de Estados Unidos. El régimen de Trump dispensa pagos ad hoc al Gobierno venezolano —la parte que elija, cuando lo elija— para permitir que continúen las funciones básicas del Estado. Es un sistema totalmente regido por los caprichos de Donald Trump, que controla otro Estado soberano.

Esto está menos estructurado que la autoridad de ocupación formal que Estados Unidos impuso a Irak después de 2003, pero el principio es idéntico. Los ingresos petroleros de Irak se han tratado de esta manera durante 25 años. Muchísima gente desconoce que todos los ingresos petroleros de Irak son desviados hacia cuentas del Tesoro de Estados Unidos: los medios de comunicación tradicionales nunca se lo cuentan.

Es el modelo colonial clásico. Es exactamente como la Compañía Británica de las Indias Orientales administró los estados principescos de la India en los siglos XVIII y XIX: se permitía al gobernante local permanecer en el cargo de forma nominal, pero los impuestos los recaudaban los británicos y se devolvía al gobernante local lo que estos decidieran. Los altos funcionarios de la Compañía de las Indias Orientales en el cargo recibían, de hecho, el título de «recaudador».

La cobertura occidental lo denomina «salvaguardia», «protección» o «influencia»; la realidad es pura piratería física.

Sin embargo, Delcy Rodríguez se encuentra en un callejón sin salida. No dispone de fuerzas militares capaces de contrarrestarlo. La Armada venezolana no puede hacer frente a la flota estadounidense, mientras que los gigantescos bombarderos de EE. UU. pueden llegar a Caracas con bombas de 900 kg directamente desde las bases aéreas estadounidenses en Florida. Cualquier intento abierto de desafío desencadenaría un cambio de régimen militar por parte de EE. UU. que conduciría a una masacre.

Rodríguez se ve, por lo tanto, reducida a negociar con los ocupantes sobre cuánto del propio dinero de Venezuela se le permite gastar en su propio pueblo. Se ve obligada a acoger una serie de visitas repugnantes de los secuaces sonrientes de Trump, que humillan abiertamente y violan a Venezuela. Las afirmaciones de que Rodríguez quiere esto, y más aún de que ella lo ha orquestado, son una locura.

He visto críticas de la izquierda política en Occidente, según las cuales Venezuela debería haber luchado, debería seguir luchando, debería unirse a la resistencia antiimperialista. He visto cómo se tacha a los venezolanos de «vendidos».

Son muy pocos los que formulan estas críticas y que se han ido personalmente a las montañas con un AK-47 para luchar contra una superpotencia que ha abandonado abiertamente toda pretensión de respetar las leyes de la guerra sobre la protección de la vida civil y las infraestructuras. Sin duda es una opción; pero el número de víctimas mortales sería espantoso y Venezuela se vería condenada a muchos años de guerra civil y ocupación militar estadounidense.

Es una opción suicida, como reconoció el propio Maduro.

Delcy Rodríguez lucha bajo una carga casi insoportable. Una socialista de toda la vida cuyo propio padre fue torturado hasta la muerte por un servicio de seguridad venezolano dirigido por la CIA, ahora se encuentra, en la práctica, prisionera de Estados Unidos. Venezuela no es Irán. No posee la capacidad militar, la profundidad estratégica ni las alianzas para luchar contra Estados Unidos. Si Trump se despierta una mañana y decide un cambio de régimen total —y podría hacerlo—, el resultado sería un baño de sangre inmediato y la anulación total de todos los logros sociales de veinticinco años de chavismo.

Para evitar esa catástrofe, Rodríguez debe apaciguar a Trump. Debe hablar el lenguaje de la liberalización económica que Washington quiere oír, aunque los cambios políticos reales solo supongan un mínimo ajuste hacia la derecha en una economía que sigue siendo abrumadoramente mixta. Los logros socialdemócratas fundamentales —la educación, las misiones de salud, los programas de vivienda, las pensiones y el bienestar social, los servicios públicos privatizados— se están preservando.

La estrategia de Rodríguez es, por lo tanto, de tenaz resistencia: agachar la cabeza, preservar lo que se pueda preservar y esperar un cambio de viento político en Washington. Fuentes muy cercanas a ella mencionan repetidamente las elecciones de mitad de mandato de noviembre en EE. UU. como el próximo posible punto de inflexión.

La tragedia es que esta mujer debe soportar la imagen que se difunde desde Washington en el extranjero, la de una traidora a su clase y a su país. No puede criticar demasiado abiertamente a Trump sin correr el riesgo de provocar al psicópata hacia precisamente la violencia que está tratando de evitar. Un amigo que la conoce desde hace décadas me dijo: «Está haciendo lo que puede para mantener la paz en estos tiempos de guerra».

Existen pruebas muy concretas de la lealtad de Rodríguez hacia Maduro. Lejos de eclipsar a Maduro o de posicionarse como el nuevo rostro de la revolución, Delcy Rodríguez ha cubierto Venezuela con vallas publicitarias y arte callejero muy visibles con el lema «Liberen a Nicolás y a Cilia», sin introducir ningún material que la alabe a sí misma o intente construir su propio culto a la personalidad. Este simbolismo público es una poderosa respuesta en la vida real a las narrativas de deslealtad o traición.

Una de mis críticas personales al chavismo es que se centra demasiado en el culto a la personalidad. Es un hecho clave que Rodríguez esté haciendo justo lo contrario de intentar atraer ese foco de atención hacia sí misma.

La mayoría de los críticos de Rodríguez, especialmente los de los medios de comunicación y los comentaristas occidentales, no saben prácticamente nada de Venezuela. La mayor parte de lo que el público occidental cree saber es justo lo contrario de la verdad; la capacidad de los medios occidentales para mantener una narrativa falsa resulta sorprendentemente evidente al visitar el país.

He pasado ya un total de seis semanas en el país repartidas en dos viajes, hablando con estudiantes, diplomáticos, líderes sindicales, activistas comunitarios y personas del Gobierno —y con un gran número de camareros—. Lo que he visto y oído me convence, sobre todo, de una cosa: Delcy Rodríguez no es una traidora. Es una socialista que está haciendo lo único que le es posible en esta situación imposible: ganar tiempo para que la Revolución Bolivariana sobreviva." 

(Craig Murray, exdiplomático inglés, blog, 31/03/26, traducción DEEPL) 

18.2.26

En 2011, Venezuela era el segundo país más igualitario del hemisferio occidental; solo Canadá tenía niveles de desigualdad más bajos... pero «lo más transformador» de Hugo Chávez, fue la transferencia del poder a los sectores populares mediante la creación de nuevas formas de asambleas populares y experimentos con controles obreros y consejos comunitarios... Pero a partir de 2013, las cosas empezaron a ir mal, y mucho. Entre 2013 y 2021, el PIB de Venezuela cayó un 75 %, la inflación alcanzó el 130 000 % en 2018... Desde 2016, millones de venezolanos han huido del país en busca de trabajo en el extranjero para enviar dinero a sus hogares... ¿Cómo se explica este colapso, de la inspiración a la pesadilla? hubo dos causas. La primera fueron las sanciones impuestas por Estados Unidos a Venezuela, junto con varios intentos del Estado estadounidense de socavar la economía venezolana... El éxito inicial de la presidencia chavista era anatema... Solo entre 2017 y 2018, las sanciones causaron la muerte de unos 40 000 venezolanos y sumieron a muchos más en la precariedad. Más de 300 000 personas se vieron en situación de riesgo debido a la falta de medicamentos y atención sanitaria, entre ellas 80 000 venezolanos seropositivos... obtener los medicamentos cardiovasculares o la insulina que necesitan es un reto para los 16 000 venezolanos que necesitan diálisis, los 4 millones que padecen diabetes e hipertensión y las 16 000 personas que tienen cáncer... el otro componente importante fue la mala gestión económica y el programa neoliberal del gobierno cada vez más autoritario de Maduro... Maduro buscó compromisos y acuerdos con los sectores empresariales, incluida Fedecámaras, la gran organización empresarial que había desempeñado un papel clave en el fallido golpe de Estado de 2002 contra Chávez. Las voces de las organizaciones de la clase trabajadora fueron ignoradas (Michael Roberts)

 "El secuestro del presidente Maduro y su esposa por parte de las fuerzas militares estadounidenses, la posterior toma del poder por parte de la vicepresidenta Rodríguez y su acuerdo para permitir que Estados Unidos controle los ingresos por exportación de petróleo de Venezuela y atraiga a multinacionales energéticas estadounidenses para que inviertan, todo ello señala el final del juego de la revolución chavista que comenzó hace más de 25 años. Por lo tanto, es muy oportuno que se haya publicado un nuevo libro sobre lo que sucedió en Venezuela para llegar a este punto.

Titulado Venezuela in Crisis y publicado por Haymarket Books, este libro reúne a «algunos de los pensadores marxistas, socialistas y anticapitalistas más importantes de Venezuela, que representan una amplia gama de tradiciones y organizaciones políticas de izquierda». Estos escritores en lengua española han sido traducidos para que los angloparlantes puedan leer los argumentos y las experiencias de la izquierda venezolana. Algunos de los colaboradores formaron parte del gabinete de Chávez y ahora se han convertido en críticos del Gobierno de Maduro. «Llevar estas voces al público angloparlante permitirá a los lectores participar en los debates y perspectivas actuales de la izquierda venezolana».

El libro ha sido editado por Anderson Bean, de la Universidad Estatal Agrícola y Técnica de Carolina del Norte, que ya ha escrito anteriormente sobre Venezuela. Su capítulo introductorio ofrece al lector la esencia de los capítulos del libro. Bean comienza señalando que, a lo largo de la década de 2000, la revolución chavista-bolivariana en Venezuela fue una inspiración para otros en el llamado Sur Global, quizás incluso más que la revolución cubana de la década de 1960. La elección de Hugo Chávez en las elecciones de 1998, tras décadas de gobiernos corruptos, procapitalistas y proestadounidenses, fue un soplo de aire fresco. En los años siguientes, la presidencia de Chávez «mejoró el bienestar material de los venezolanos, trajo una mayor igualdad social y empoderó a sectores de la sociedad que tradicionalmente habían sido excluidos del proceso político».

Bean sostiene que hubo tres componentes clave de la presidencia de Chávez: en primer lugar, la reescritura de la Constitución para promover una amplia participación ciudadana y la protección integral de los derechos humanos; en segundo lugar, la redistribución de los beneficios del petróleo a través de diversos programas sociales que redujeron los niveles oficiales de pobreza en un 37,6 % y la «pobreza extrema» en un 57,8 %. En 2008, Venezuela también tenía el salario mínimo más alto de toda América Latina, y la desigualdad en el país se redujo a una de las más bajas de América. En 2011, Venezuela era el segundo país más igualitario del hemisferio occidental; solo Canadá tenía niveles de desigualdad más bajos. Y en tercer lugar, lo que Bean considera que fue «lo más transformador», fue la transferencia del poder a los sectores populares mediante la creación de nuevas formas de asambleas populares y experimentos con controles obreros y consejos comunitarios.

Pero a partir de 2013, las cosas empezaron a ir mal, y mucho. Entre 2013 y 2021, el PIB de Venezuela cayó un 75 %, la inflación alcanzó el 130 000 % en 2018, ¡la más alta del mundo! El porcentaje de hogares clasificados como pobres aumentó del 48,4 % en 2014 al 81,5 % en 2022. El salario mínimo mensual, de 2,23 dólares estadounidenses, era entonces el más bajo de toda América Latina. De hecho, el salario mínimo mensual era de solo 0,15 dólares al día, ocho veces menos que el límite de pobreza absoluta del Banco Mundial, que entonces era de 1,25 dólares al día. En comparación, el salario mínimo mensual bajo Chávez era de 300 dólares, más de 60 veces superior.

El colapso de los ingresos reales y el fuerte aumento de la pobreza en la década de 2010 provocaron una crisis migratoria. Desde 2016, millones de venezolanos han huido del país en busca de trabajo en el extranjero para enviar dinero a sus hogares. Hoy en día, se estima que el número de refugiados y migrantes venezolanos en todo el mundo es de alrededor de 7,7 millones, es decir, el 20 % de todos los venezolanos. Venezuela tiene ahora el mayor número de personas desplazadas de América Latina y el segundo más alto del mundo, solo por detrás de Siria.

¿Cómo se explica este colapso, de la inspiración a la pesadilla? Bean afirma que hubo dos causas. La primera fueron las sanciones impuestas por Estados Unidos a Venezuela, junto con varios intentos del Estado estadounidense, en colaboración con la oposición derechista venezolana, de socavar la economía venezolana con el fin de llevar a cabo un cambio de régimen. El imperialismo estadounidense veía a Venezuela como una amenaza, con la renacionalización de la industria petrolera por parte de Chávez y su intento de establecer relaciones comerciales con otros países latinoamericanos fuera de la órbita de los acuerdos comerciales liderados por Estados Unidos, al tiempo que buscaba apoyo en materia de comercio e inversión de países como China. El éxito inicial de la presidencia chavista era anatema.

De hecho, en 2002, Estados Unidos, en colaboración con la clase empresarial venezolana, intentó un golpe de Estado para derrocar a Chávez. Este fue destituido de su cargo durante cuarenta y siete horas, antes de ser reinstaurado por movilizaciones populares masivas. Desde finales de 2002 hasta principios de 2003, Estados Unidos apoyó un bloqueo petrolero para detener la producción de petróleo con el objetivo declarado de obligar a Chávez a dimitir. En 2014, Estados Unidos volvió a respaldar a la derecha venezolana en violentas protestas callejeras llamadas guarimbas, exigiendo «la salida» de Maduro. Estados Unidos, de nuevo en colaboración con sectores de la derecha venezolana, intentó otro golpe de Estado en enero de 2019, cuando Juan Guiadó se autoproclamó presidente de Venezuela de forma inconstitucional. Después de que el golpe de enero fracasara en su intento de derrocar a Maduro, Guiadó lo intentó de nuevo en abril de 2019, pero fue frustrado una vez más.

Estos intentos de golpe fracasaron, pero se impuso una letanía de sanciones económicas. Bajo las sanciones de Trump, se prohibió a las instituciones y ciudadanos estadounidenses comerciar con la deuda venezolana. Se congelaron todos los activos del Gobierno. Se impidió al país reestructurar su deuda externa o sus calendarios de pago. Se bloquearon los pagos enviados por los países que participaban en su programa de pago preferencial del petróleo. Se prohibió la venta de miles de millones de dólares en créditos comerciales. Las sanciones también cerraron a Venezuela su mercado petrolero más importante, Estados Unidos, y se confiscaron propiedades en el extranjero, como la empresa estadounidense Citgo, de la que el Estado dependía como fuente de ingresos. Estas medidas provocaron una pérdida de 6000 millones de dólares en ingresos petroleros solo en 2018. Las sanciones congelaron 17 000 millones de dólares de los activos del país y le costaron alrededor de 11 000 millones de dólares en pérdidas por exportaciones en 2019, es decir, 30 millones de dólares al día.

El Centro de Investigación Económica y Política, con sede en Washington D. C., publicó un informe en 2019 en el que se detallaban los efectos de las sanciones estadounidenses sobre Venezuela. Solo entre 2017 y 2018, las sanciones causaron la muerte de unos 40 000 venezolanos y sumieron a muchos más en la precariedad. Más de 300 000 personas se vieron en situación de riesgo debido a la falta de medicamentos y atención sanitaria, entre ellas 80 000 venezolanos seropositivos que llevan años sin recibir medicamentos antirretrovirales. Además, obtener los medicamentos cardiovasculares o la insulina que necesitan es un reto para los 16 000 venezolanos que necesitan diálisis, los 4 millones que padecen diabetes e hipertensión y las 16 000 personas que tienen cáncer.

Pero los autores de este libro se esfuerzan por argumentar que el colapso de Venezuela no puede achacarse únicamente al imperialismo estadounidense y sus sanciones. A pesar del daño que las sanciones han causado en Venezuela, el otro componente importante fue la mala gestión económica y el programa neoliberal del gobierno cada vez más autoritario de Maduro. Los economistas capitalistas convencionales afirman que el colapso de Venezuela fue el resultado del socialismo, mientras que muchos en la izquierda afirman que el régimen de Maduro debía defenderse como un ejemplo de socialismo. Ambos bandos están equivocados. Bean y los demás autores de este libro no aceptan que Chávez (y Maduro después de él) hubieran establecido una economía socialista, ni siquiera que Venezuela estuviera en el «camino hacia el socialismo».

Como he argumentado en mis propias publicaciones sobre Venezuela, el relativo éxito de Chávez en la mejora de la situación de la mayoría de los venezolanos se basó en el auge de los precios de las materias primas durante la década de 2000. Con el alto precio del petróleo y el gas natural, incluso un modesto aumento de las regalías y los impuestos generó una enorme afluencia de ingresos para el Gobierno. Estos ingresos adicionales permitieron a Chávez aumentar el gasto social, crear diversos programas de distribución y mejorar el nivel de vida de la mayoría de los venezolanos.

Pero, como señala Bean, Chávez pudo hacerlo sin tocar el sector capitalista venezolano. «No hubo una transformación significativa de las relaciones sociales de propiedad, ni una transformación de la división internacional del trabajo, ni un desafío a las prerrogativas del capital transnacional». El capital privado siguió dominando en Venezuela durante las presidencias de Chávez y Maduro. La inmensa mayoría de los medios de producción permaneció en manos de la esfera privada y de la clase capitalista. De hecho, bajo Chávez, entre 1999 y 2011, la participación del sector privado en la actividad económica aumentó del 65 % al 71 %. La producción y distribución de la mayoría de los bienes y servicios, incluidas industrias clave como las principales operaciones de importación y procesamiento de alimentos, productos farmacéuticos y piezas de automóviles, siguen estando controladas por el sector privado.

Incluso en los casos en que el Estado era propietario de los medios de producción, por ejemplo, la empresa estatal de petróleo y gas natural Petróleos de Venezuela (PDVSA) y las industrias del hormigón y el asfalto, es la burocracia estatal la que controla y toma todas las decisiones en estas industrias, y no los trabajadores. De hecho, como dijo el propio Chávez: «¿Quién se atrevería a decir que Venezuela es un país socialista? No, eso sería engañarnos a nosotros mismos. Estamos en un país que todavía vive en el capitalismo, solo hemos iniciado un camino; estamos dando pasos contra la corriente mundial, incluso hacia un proyecto socialista; pero esto es a medio o largo plazo». Lo más importante, como también argumenté, es que no se rompió la dependencia del país de la exportación de minerales e hidrocarburos. La dependencia de Venezuela de las exportaciones de petróleo aumentó durante la era Chávez y Maduro, dejando al país como un «caballo de un solo truco» dependiente de los mercados financieros y petroleros mundiales.

El «compromiso» con el capital venezolano terminó con el fin del auge de las materias primas en 2013. En 2015, los precios de las materias primas habían alcanzado su nivel más bajo en doce años. Este cambio también coincidió con la muerte de Chávez y su sustitución por Maduro. Maduro se enfrentó a un dilema. Como dice Bean: «Ahora, en una situación de austeridad de los ingresos estatales, ¿quién iba a pagar la crisis? ¿Iban a ser los trabajadores y la gente común, las bases sociales que apoyaron y votaron a Chávez para que llegara al poder?». Y lo más importante, «¿iba a haber un conflicto con el capital que se había retrasado durante años?».

La respuesta pronto quedó clara. Como dice un capítulo del economista venezolano Luis Salas: «No hay mucha diferencia entre el programa económico de la oposición [de derecha] y el del Gobierno [de Maduro]. […] La única diferencia con la oposición es que el Gobierno quiere llegar a acuerdos con los rusos, los chinos o los turcos; y la oposición, con los estadounidenses y los europeos. Son alianzas capitalistas, pero con socios diferentes». Como argumenta Roberto López más adelante en el libro, «la toma de posesión de Nicolás Maduro como presidente en 2013 supuso el abandono casi total del programa antineoliberal y el retorno a las mismas políticas económicas aplicadas en la última década del siglo XX. Maduro mantuvo el mismo discurso radical que su predecesor y presentó a su Gobierno como genuinamente «obrero» y «socialista». Sin embargo, una vez en el cargo, ha implementado un verdadero cambio de rumbo económico, abriendo las puertas a las políticas neoliberales, en un marco de creciente autoritarismo». Esta era también mi opinión en mi publicación de entonces.

En 2016, la administración Maduro abrió el Arco Minero del Orinoco para la explotación minera. Y en 2021, Maduro introdujo las Zonas Económicas Especiales (ZEE) para las empresas capitalistas, libres de impuestos y regulaciones. En 2018, la presidencia de Maduro abolió el derecho a la huelga. Con la llamada Ley Antibloqueo de 2020, Maduro suspendió efectivamente la Constitución y otorgó autoridad al poder ejecutivo para dirigir la economía. Maduro abandonó la política de salario digno adoptada por Chávez e introdujo una ley contra la «incitación al odio» que establecía penas de prisión de hasta veinte años por discursos contra el Gobierno. El Gobierno también privatizó importantes ramas de la industria, como el petróleo, el hierro, el aluminio, el oro y los diamantes. «Muchas de estas privatizaciones se dirigieron precisamente a las industrias que Chávez había nacionalizado anteriormente, llevando a cabo, en efecto, una apropiación inversa que devolvió los antiguos activos estatales a la propiedad capitalista».

Pero quizás lo peor de todo es el amiguismo. Bajo Maduro, el Estado venezolano se ha convertido en una piñata, donde una casta político-militar distribuye recursos, privilegios y beneficios económicos para asegurarse la lealtad y mantener su control del poder. La administración Maduro buscó compromisos y acuerdos con los sectores empresariales, incluida Fedecámaras, la gran organización empresarial que había desempeñado un papel clave en el fallido golpe de Estado de 2002 contra Chávez. Las voces de las organizaciones de la clase trabajadora fueron ignoradas.

Los autores de este libro, pertenecientes a la izquierda venezolana, llegan a la conclusión de que entre los observadores de los países avanzados del Norte Global ha habido una tendencia «a dar credibilidad, sin darse cuenta, a un régimen que utiliza el lenguaje del socialismo para ocultar sus propias prácticas opresivas y antiobreras». Al no tener en cuenta las realidades de la crisis de Venezuela, esas posiciones marginan inadvertidamente las luchas del pueblo venezolano, que está luchando tanto contra las consecuencias del gobierno de Maduro como contra las asfixiantes sanciones impuestas por Estados Unidos». No es el socialismo lo que ha fracasado en Venezuela, sino la incapacidad de aplicar políticas socialistas para poner fin al sabotaje del sector capitalista en el país y unir a las organizaciones de la clase trabajadora en la lucha contra el imperialismo estadounidense.

Ahora, en febrero de 2026, la administración Rodríguez se postra ante el imperialismo estadounidense. La administración Trump ha sido inteligente y cautelosa; aún no ha sustituido a Maduro por la derechista, defensora del libre mercado y ganadora del Premio Nobel de la Paz (sic) María Machado, por temor a generar tumultos e incluso una guerra civil. En cambio, está obligando constantemente a Rodríguez a acceder a todas sus demandas en preparación para las elecciones posteriores, que luego pueden traer un régimen completamente proestadounidense. Apareciendo junto a Rodríguez en el palacio presidencial de Miraflores el miércoles pasado, el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, dijo: «Queremos liberar al pueblo y la economía venezolanos». Una encuesta realizada esta semana por Gold Glove Consulting reveló que Machado obtendría una victoria aplastante en unas nuevas elecciones, con un 67 % a su favor frente al 25 % de Rodríguez. El 72 % de los encuestados consideraba que Venezuela estaba «avanzando en una dirección positiva» tras la captura de Maduro." 

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