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25.9.24

Alessandro Visalli: Sobre Sahra Wagenknech... el populismo, basado en un espíritu inevitablemente anarco-libertario y conservador, no es más que el primer signo de que el ser social está cambiando... es sólo un fenómeno superficial, preliminar y en gran medida «mórbido»... Necesitamos más y más: necesitamos la creación de un orden social que no sea un frágil cáliz de cristal; articular la necesidad de protección y, al mismo tiempo, desafiar el inconsciente principio religioso que confía la salvación a un mercado... la resolución de la contradicción neoliberal entre protección pública y orden social... El retorno a la dureza material conducirá al renacimiento de las personalidades «materialistas» y con ellas a la lucha de clases, propiamente entendida... el éxito de la formación Wagenknecht muestra esta tendencia... la política alemana ilustra perfectamente una agenda política post-populista directamente centrada en cuestiones materiales que toma nota del agotamiento de la "política de la identidad"... Se trata de construir una posición sobre la inmigración que sea pragmática, de sentido común básico y equilibrada (que se fije en las condiciones de las clases trabajadoras y no en la necesidad de cuidadores de las clases medias altas, sin negar que cierta inmigración es necesaria y que hay que ayudar a todos... denuncia a los «moralistas sin empatía» de la «izquierda de moda», que, una vez obtenido lo esencial y asegurada su propia vida (a veces durante generaciones), se centra en el lenguaje y se siente tan alto que sólo es un ciudadano del mundo (es decir, de ninguna parte)... Una izquierda que vive en el vacío y lo cultiva... y una pertenencia, también, a una «nación», término que la política alemana nos recuerda, con razón, que es hijo de la revolución francesa, que no tiene una base étnica, ni religiosa, ni siquiera racial. Sin miedo a referirse también al valor de las tradiciones (entre ellas también las de las democracias populares, de masas, ahora tan distantes de nosotros bajo la influencia de la reacción neoliberal de los años ochenta y noventa)... ataca los «discursos privilegiados», a la «diversidad», que son alienantes para los votantes que en esencia quieren, más bien, «pensiones decentes, salarios decentes e igualdad de derechos». Todo ello, una vez más, señalando que «estamos a favor de que todo el mundo pueda vivir y amar como quiera. Pero hay un tipo exagerado de política identitaria en la que tienes que disculparte si hablas de un tema si no tienes antecedentes de inmigración, o tienes que disculparte porque eres heterosexual»... A la espera de mejores palabras, Sahra llama a esta postura la "izquierda conservadora"... Se trata más bien de un nuevo ser social que empieza a traducirse en forma política: sentido económico, justicia social, paz, libertad de expresión (que va más allá de lo políticamente correcto). Al fin y al cabo, todo es sencillo

"(...) el «riesgo» del que tanto Beck como Giddens (pero, en esencia, todos los sociólogos de mediados de la eufórica década de 1990) hablaron en tono positivo en su momento, ha terminado por extenuar el consenso sobre este asfixiante montaje social. La misma flexibilidad que entonces parecía liberadora para la mayoría, de la sociedad burocrática y organizada de la posguerra, aparece ahora como una pesadilla hecha de angustia existencial, incertidumbre y narcisismo (10). El primer síntoma, pero transitorio, fue la aparición del «Momento Populista» mencionado, por ejemplo, por Carlo Formenti en su «La Variante Populista» (11). 

En una larga fase, que tuvo una fase ascendente en la década de 1910, tras la ampliación de la dinámica en cascada de las múltiples crisis abiertas por el crack de 2007-8 (crisis financiera, luego fiscal, luego política y social), sobre la base de lo que, con una imagen eficaz Moreno Pasquinelli llamó en su día «la papilla social producida por el capitalismo tardío», tomó forma una temporada internacional de movilizaciones hegemonizadas por las clases medias «reflexivas», sobreempleadas y subempleadas por formas económicas «flexibles» (12). Siguiendo la tesis expuesta en mi libro, y que ciertamente no puedo reproducir aquí en toda su extensión, el populismo, basado en los materiales suscitados inspirados por un espíritu inevitablemente anarco-libertario y conservador, no es más que el primer signo de que el ser social está cambiando.

 Pero, al mismo tiempo, sostengo, es sólo un fenómeno superficial, preliminar y en gran medida «mórbido» (por utilizar el conocido término gramsciano) (13). Necesitamos más y más: necesitamos la creación de un orden social que no sea un frágil cáliz de cristal; articular la necesidad de protección y, al mismo tiempo, desafiar el inconsciente principio religioso que confía la salvación a un mercado visto como un conjunto de libertades originales de un hombre anterior al orden social; la resolución de la contradicción neoliberal entre protección pública y orden social 

Mi tesis es que a partir de la crisis del espionaje de finales de los años 90, progresivamente y sobre la base de los propios fracasos de las movilizaciones populistas, comienza a suceder algo nuevo: la conciencia se realinea con el ser social, ya que, como hemos dicho, el neoliberalismo se ha atrincherado bajo sus pies. En los términos que me propongo considerar, la maduración de la «revocación de la revocación» (15) también pone fin a la fase «populista» inicial en la que los movimientos hegemonizados por los trabajadores del conocimiento expresaban, en el vacío de los marcos de sentido del siglo XX, la peculiar y familiar mezcla de individualismo hedonista frustrado, resentimiento ciego e impulso de socialización desestructurada. El retorno a la dureza material conducirá al renacimiento de las personalidades «materialistas» y con ellas a la lucha de clases, propiamente entendida.

Superada esta larga premisa, la interpretación que propongo es que, en las particulares condiciones sociales y políticas de Alemania del Este, donde la destrucción de la forma de compromiso fordista en salsa socialista fue particularmente brutal y prolongada en el tiempo, el éxito de la formación Wagenknecht muestra esta tendencia. En una entrevista para New Left Review, de abril de 2024, publicada en L’Antidiplomatico ( 16), la política alemana ilustra perfectamente una agenda política post-populista directamente centrada en cuestiones materiales que toma nota del agotamiento de la «política de la identidad«. Es también una propuesta post-ideológica en el sentido de que no se fija en las familias políticas de izquierda o de derecha, ni en sus marcas simbólicas, sino obstinadamente en su base material de intereses. De ahí que no tenga reparos en apoyar a las corporaciones Mittelstand, por un lado, y oponerse a los efectos sociales sobre las clases bajas de las políticas medioambientales, por otro. O en oponerse sin vacilaciones a la guerra contra Rusia y a la lucha contra China basándose en argumentos pragmáticos, ignorando la agenda identitaria occidental basada en una peliaguda retórica supremacista democrática. Se trata de construir una posición sobre la inmigración que sea pragmática, de sentido común básico y equilibrada (que se fije en las condiciones de las clases trabajadoras y no en la necesidad de cuidadores de las clases medias altas, sin negar que cierta inmigración es necesaria y que hay que ayudar a todos (17)).

De nuevo, en el contexto concreto de una contienda electoral en la que el BsW se opone, suburbio a suburbio, al ascenso de la AfD, recuerda que «la migración siempre tendrá lugar en un mundo abierto» y que «a menudo puede ser un enriquecimiento para ambas partes», pero, también, que «es esencial que su escala no se descontrole» y que «las olas repentinas de migración se mantengan bajo control». Recordando que el imperioso ascenso del racismo, y la xenofobia, y por tanto de la AfD es hijo de Merkel.

Por último, no teme decir que el BsW está a favor de la transición energética y de las políticas medioambientales, que son necesarias, pero no del planteamiento de los Verdes alemanes (la expresión política de las clases altas e incluidas de la sociedad), que hace que los ciudadanos paguen por ellas basándose en un planteamiento arrogante y autocomplaciente. Ese por el que parecen decir: «Somos los más virtuosos, porque podemos permitirnos comprar alimentos ecológicos. Podemos permitirnos una bicicleta de carga. Podemos permitirnos instalar una bomba de calor. Podemos permitírnoslo todo’. Encarnan, es decir, «un sentimiento de autosatisfacción, aunque aumenten el coste de la vida de las personas que luchan por salir adelante». Necesitamos establecer políticas medioambientales que «la gran mayoría de la gente pueda aceptar, tanto económica como socialmente», con «una amplia cobertura pública».

En su «Contra la izquierda neoliberal» (18), la parte más fuerte es aquella en la que denuncia a los «moralistas sin empatía» de la «izquierda de moda», que, una vez obtenido lo esencial y asegurada su propia vida (a veces durante generaciones), se centra en el lenguaje y se siente tan alto que sólo es un ciudadano del mundo (es decir, de ninguna parte). Un izquierdista, todas las encuestas postelectorales en Occidente lo dicen desde hace décadas, que se congrega en los lugares «céntricos» y conectados, pasa el rato sólo consigo mismo y se espeja dichoso. Consigue profesiones bien remuneradas en el sector de los servicios avanzados, se siente liberal porque bien puede permitírselo. Una izquierda que vive en el vacío y lo cultiva.

Por eso necesitas a los demás. Buscar lo lleno, no lo vacío. Encontrar el sentido de la vida no en la «inmensa colección de bienes» (19), sino en sentirse parte de una comunidad, en términos de compartir una pertenencia y un proyecto de futuro (20). Una pertenencia, también, a una «nación», término que la política alemana nos recuerda, con razón, que es hijo de la revolución francesa, que no tiene una base étnica, ni religiosa, ni siquiera racial. Sin miedo a referirse también al valor de las tradiciones (entre ellas también las de las democracias populares, de masas, ahora tan distantes de nosotros bajo la influencia de la reacción neoliberal de los años ochenta y noventa).

Con esta agenda, que puede explicarse según el método de la deducción social de categorías, es perfectamente lógico que también se encuentre en su discurso un aprecio por el giro pre-neoliberal de la CDU, y un ‘capitalismo domesticado con un fuerte componente social’, y, al mismo tiempo, encuentre su lugar criticando el giro hacia la (tardía y defensiva) ‘política identitaria’ de Die Linke. Luego el ataque a los «discursos privilegiados», a la «diversidad», que son alienantes para los votantes que en esencia quieren, más bien, «pensiones decentes, salarios decentes e igualdad de derechos». Todo ello, una vez más, señalando que «estamos a favor de que todo el mundo pueda vivir y amar como quiera. Pero hay un tipo exagerado de política identitaria en la que tienes que disculparte si hablas de un tema si no tienes antecedentes de inmigración, o tienes que disculparte porque eres heterosexual».

En el post «Unos apuntes» (21), en este mismo blog argumentaba, en línea con esta propuesta, que es hora de actualizar el análisis concreto. De huir del juego específico occidental de la lucha cultural en torno al ombliguismo, al entretenimiento. A la eterna búsqueda de agregaciones de nubes de significado continuamente reagrupadas en torno a nuevos significantes vacíos de los que parece haber catálogos interminables. De los que hay continuas re-propuestas y provocaciones cada vez más creativas. Ahora es el momento de volver a la dureza de un análisis que se atenga a las cosas, a los hechos. Como escribí, esos hechos son hoy la postura neocolonial y la guerra entre neobloques, simultáneamente de poder y de civilización, que se impone en la escena mundial. Surge y exige una movilización total contra el Otro, cuya existencia como tal se niega de hecho. Movilización que olvida toda la historia de los intercambios, del enriquecimiento recíproco, de la presencia densa, para exigir únicamente la afirmación obsesiva de sí mismo como «elegido»; legitimada hasta la destrucción total, física y moral, de aquellos que no reconocen la altura moral en la que pretendemos estar (22).

A la espera de mejores palabras, Sahra llama a esta postura la «izquierda conservadora«, pero, señala, es «algo más que un revival de izquierdas», ya que incorpora otras tradiciones cuyo catálogo señala.

Se trata más bien de un nuevo ser social que empieza a traducirse en forma política:

– sentido económico,


– justicia social,


– paz,


– libertad de expresión (que va más allá de lo políticamente correcto).

Al fin y al cabo, todo es sencillo."


(Alessandro Visalli, blog, 17/09/24, traducción DEEPL. Notas en el original)

11.9.24

Por qué el mundo político se ha movido hacia la derecha... Alemania del Este ha sido tratada como si fuera la Europa del sur interior. Ha ocurrido igual con otras muchas regiones occidentales, y sin esa brecha geográfica no sería posible comprender las derivas políticas de los últimos años en EEUU, Francia, Países Bajos, Reino Unido o España... Es normal que los ciudadanos de estas regiones noten en su vida cotidiana el declive, deseen cambios y reaccionen políticamente. En ese malestar se ancla AfD: es su punto de partida, su condición de posibilidad... las cuestiones culturales en las que se centran tienen un obvio anclaje en el agravio... Ese es el mensaje de las nuevas derechas: las clases progresistas se olvidan de su país, de sus ciudadanos y favorecen al inmigrante; nos ignoran, nos desprecian, les benefician a los otros y les dan las ayudas que nosotros no recibimos, y así sucesivamente... esas poblaciones deterioradas, que no han reaccionado políticamente a sus malas condiciones materiales, sí lo hacen contra el desprecio. En ese anclaje, que es muy importante comunicativamente, está el fuego que aviva el crecimiento de nuevas fuerzas políticas... La opción alemana que ha crecido, BSW, es muy diferente de la izquierda de los pasados tiempos... y por eso su líder, Wagenknecht, cuya inteligencia política es notable, tituló su libro como "Los engreídos", al hablar de la izquierda tradicional (Esteban Hernández)

 "En la política los ejes importan mucho, y lo que Alemania subraya, en primer lugar, es que el eje político occidental se está desplazando hacia la derecha. En la antigua RFA, la CDU, el partido conservador sistémico, domina las encuestas, y en la RDA el auge del partido antisistémico de derechas, Alianza por Alemania, es muy notable. En los territorios con más recursos, ganan los conservadores y en los que sienten el declive con mayor preocupación, también. Las formaciones que están en el Gobierno, los socialdemócratas, los verdes y los liberales, caen en todas partes. Alemania está en crisis y el resultado es que los partidos en el poder caen en aprecio público, el principal partido de la oposición se dispara y el principal partido antisistema sube. Nada inesperado, por otra parte, salvo por el hecho de que los puntos de conexión ideológicos entre ambos partidos existen.

Esta realidad queda distorsionada en la lectura pública por el cortafuegos que se ha hecho a la AfD. Comunicativamente tiene fuerza, en el sentido de que se transmite a la sociedad que no se pactará con una formación rupturista, y por lo tanto esta no gobernará ni entrará en coaliciones de Gobierno. Sin embargo, es una posición que obvia el hecho de que ese partido tiene presencia en los parlamentos, vota leyes y promueve acciones. Lo explica con carga de profundidad Sahra Wagenknecht, líder de BSW, la otra formación en auge en Alemania, en su libro Los engreídos (Lola Books): "De la triada compuesta por el liberalismo económico, los recortes sociales y la globalización (que ha caracterizado la política de los últimos años) muchos partidos de extrema derecha sólo cuestionan la globalización y sobre todo lo hacen por el aspecto migratorio". Sin embargo, "es habitual que en el Bundestag, la AfD vote en contra de aumentar el Hartz IV, en contra de aumentar el salario mínimo o en contra de poner un tope efectivo a los alquileres, bajo el argumento de que sería un ataque contra la libertad de empresa". En ese sentido, ninguna diferencia con los partidos conservadores tradicionales.

Mientras se negaba legitimidad a las extremas derechas, se acogían por parte de los gobiernos conservadores algunas de sus propuestas

Incluso en el asunto inmigratorio, las divergencias son menores de las que parecen. El control de la inmigración, y por tanto la adopción de medidas más duras contra la misma, son ya comunes en toda Europa, desde Bruselas hasta Alemania pasando por Italia o España. Hay obvias diferencias en cuanto al tipo de medidas que promueven la extrema derecha y el resto de partidos, pero también debe reconocerse que la influencia de la primera se está asentando. El cambio en la UE respecto de la inmigración empieza a ser claramente perceptible en sus políticas.

En última instancia, los partidos de la derecha populista y extrema son competidores de los de la derecha tradicional en el plano electoral. De modo que no es extraño que, para captar votantes o evitar su fuga, las formaciones conservadoras más cercanas al establishment promuevan medidas y argumentos que eviten su caída en voto. Es una tendencia que ha estado presente en la política europea de los últimos años, de modo que mientras se negaba legitimidad a las extremas derechas, se acogían por parte de los gobiernos conservadores algunas de sus propuestas. No sería extraño, pues, que en 2025 ganase la CDU/CSU las elecciones germanas, y la AfD, incluso sin gobernar, apoyase en el parlamento algunas de sus políticas económicas, de inmigración o de energía.

La suma de todos estos factores señala algunas de las causas por las que eje político se ha desplazado hacia la derecha, pero dice menos de la situación en las izquierdas, donde los movimientos son significativos.

El giro en la izquierda

El problema último de los partidos de izquierda no es tanto el crecimiento de fuerzas extrasistémicas como su propio declive. El desplazamiento de eje no solo implica que la suma de los partidos conservadores tradicionales y las nuevos derechas sea superior en muchos lugares al resto de fuerzas políticas, sino la desaparición del discurso público, salvo en espacios porcentualmente marginales, de las fuerzas políticas que estaban más allá de la socialdemocracia tradicional. La excepción es Francia con LFI, el partido de Mélenchon, y se le ha hecho un cortafuegos para impedir que nombre a un primer ministro. Pero, fuera de París, donde se está intentando que el partido socialista encabece la izquierda y relegue a La Francia Insumisa, en el resto de territorios occidentales la izquierda pierde peso de manera notable.

La gran opción ideológica de la izquierda es impedir que la extrema derecha llegue al poder: ese es el núcleo de la campaña de Kamala Harris

EEUU es un ejemplo: las fuerzas de Occupy Wall Street y Bernie Sanders, que tan potentes fueron durante la década pasada, están sorprendentemente desaparecidas en estas elecciones, mientras que Harris concurre a las elecciones con un programa con muchas incógnitas, pero más conservador que el de Biden. En España, el ámbito de Podemos y Sumar está en evidente declive, mientras se consolida el PSOE. Syriza ya no es influyente y Die Linke está claramente a la baja, como lo están los verdes. La opción alemana que ha crecido, BSW, es muy diferente de la izquierda de los pasados tiempos, pero también es, hasta ahora, una opción únicamente germana. Los partidos socialdemócratas, como el SPD germano, los laboristas de Keir Starmer, o los socialistas franceses, traten de adoptar posturas más centristas. Es decir, el desplazamiento del eje alcanza a todo el espectro político: la derecha gira más hacia la derecha y la izquierda más hacia el centro.

Este último movimiento es lógico en la medida en que la gran opción discursiva de la izquierda es impedir que la extrema derecha llegue al poder. En consecuencia, precisa de caracteres sistémicos que aglutinen a quienes defienden la democracia frente a las posturas autoritarias. La campaña de Kamala Harris se basa exactamente en esto, como lo fue la de Sánchez en las últimas elecciones generales: su propuesta central consistía en evitar que la extrema derecha llegase al poder. La campaña antiautoritaria es dirigida y liderada por la izquierda sistémica prácticamente en todas partes. Y eso cuando no es aprovechada por un liberal como Macron.

Una pelea cultural y moral

En este escenario, las noticias que han llegado de Turingia y Sajonia han sido interpretadas desde la lectura estándar. La AfD y BSW están creciendo gracias a tres tipos de mensajes: los xenófobos, que engañan a los alemanes diciéndoles que los inmigrantes les roban los trabajos y las ayudas; los conspiranoicos, ya que se trata de gente que rechazó los encierros por la Covid y son a menudo antivacunas; y los prorrusos, que coquetean sin ambages con Putin. Esos mensajes, además, están anclados en falsedades de partida, tergiversan la realidad para impulsar el odio, y se aprovechan de situaciones difíciles para canalizar el malestar contra los inmigrantes. Y, a pesar de que en el día a día los habitantes de esas regiones no se ven perjudicados por la inmigración, porque allí es mucho menor que en otras zonas de Alemania, se dejan engañar por estos mensajes.

Una versión de esta dinámica guerracivilista en el discurso está claramente presente en nuestro día a día comunicativo

Hay una versión más atrevida, ya que hay quienes, dentro de la izquierda, señalan que estos votantes no son manipulados, simplemente han visto legitimadas sus tendencias fascistas latentes y las han dejado salir. Es una versión todavía más dudosa que la anterior; y si fuera cierta, dejaría a las democracias sin otra opción que ir a la guerra civil. Una versión de esto, en el terreno discursivo, está claramente presente en nuestro día a día comunicativo. La campaña estadounidense, sin ir más lejos, está recorrida por esta clase de tensión.

Sin embargo, se acoja la versión que se acoja, siempre la primera la dominante, ofrece una lectura sorprendentemente moralista de los resultados electorales y del auge de la extrema derecha: sus votantes son gente poco ilustrada (por eso las derechas tienen mejores resultados entre los sectores sin estudios universitarios), fácil de manipular, que se recuesta en los hombros del rencor y la nostalgia y que ha encontrado en los varones jóvenes y machistas una posibilidad de crecimiento.

Esta lectura puede ser consoladora para quien la emite, pero trasluce una mirada de superioridad evidente, en especial cuando es difundida por expertos, clases con recursos, periodistas con visibilidad mediática o sectores pertenecientes a clases formadas urbanas. Tiende a producir un efecto en sentido contrario, porque se desarrolla justo en el plano en el que las derechas están llevando a cabo su pelea ideológica, en el cultural y moral.

El agravio

Alemania del Este ha sido una zona que ha crecido mucho menos que el resto del país. Llegó a la reunificación con grandes esperanzas que han sido defraudadas de manera sistemática, ya que ha sido tratada como si fuera la Europa del sur interior. Ha ocurrido igual con otras muchas regiones occidentales, y sin esa brecha geográfica no sería posible comprender las derivas políticas de los últimos años en EEUU, Francia, Países Bajos, Reino Unido o España. Uno de los efectos de la globalización ha sido la distancia enorme que ha provocado entre las grandes urbes y las ciudades pequeñas e intermedias, lo que ha generado brechas ideológicas profundas. Es normal que los ciudadanos de estas regiones noten en su vida cotidiana el declive, deseen cambios y reaccionen políticamente. En ese malestar se ancla AfD: es su punto de partida, su condición de posibilidad. Las temáticas que eligen pueden ofrecer una explicación o canalizar un descontento, pero con eso no bastaría, porque tampoco resolverían sus problemas. Lo que ofrecen es algo más: las cuestiones culturales en las que se centran tienen un obvio anclaje en el agravio.

Los grandes temas de fondo progresistas, como la simpatía por la inmigración, la reconversión verde, el desarrollo digital y el incremento de derechos ligados a cuestiones identitarias, que son los asuntos a los que se ha vinculado el desarrollo europeo, y con ellos a una mejora en las condiciones de vida, pueden resultar más atractivos o menos para las poblaciones occidentales, pero la partida política no se juega en el plano de las ideas, sino en el de sus difusores.

Ese fuego es avivado por los nuevos partidos. Por algo Wagenknecht, cuya inteligencia política es notable, tituló su libro 'Los engreídos'

Lo que está de fondo no es tanto la creencia, que es evidente para parte de la población, de que ese programa no logrará revertir su mala situación, sino el revestimiento de esas políticas desde el sentimiento de agravio. Ese es el mensaje de las nuevas derechas: las clases progresistas se olvidan de su país, de sus ciudadanos y favorecen al inmigrante; nos ignoran, nos desprecian, les benefician a los otros y les dan las ayudas que nosotros no recibimos; llevan a cabo políticas para proteger el clima que nos perjudican, mientras ellos viajan en aviones a menudo; en la pandemia se iban a vivir a casas muy espaciosas en lugares poco poblados, y nosotros no podíamos salir de una vivienda pequeña; nos insultan llamándonos violadores en potencia, mientras que permiten que hombres compitan contra mujeres en las Olimpiadas y les roben las medallas; y así sucesivamente.

Son discursos que están permanentemente presentes en el suelo público, a veces funcionan y otras funcionan muy bien, no por su mayor o menor correspondencia con la realidad, sino por la sensación de suficiencia, cuando no superioridad moral, con la que los progresistas transmiten sus ideas. Y más aún cuando la respuesta progresista al crecimiento de la extrema derecha ha consistido en actuar, en el discurso (la práctica es otra cosa), doblando la apuesta. El remedio contra la xenofobia es traer más inmigración; contra la conspiranoia, insistir en la ciencia; contra el fascismo, más derechos; contra las mentiras, difundir la verdad; contra el machismo, más feminismo.

El problema de todo esto es que facilita que la lucha política se lleve a cabo en términos todavía más moralistas, que se revista como un choque entre clases ilustradas y clases ignorantes que se dejan engañar y que se describa como la lucha entre gente que mira por encima del hombro a los demás: antes los consideraban deplorables y ahora los señalan como raros (weird). De modo que esas poblaciones deterioradas, que no han reaccionado políticamente a sus malas condiciones materiales, sí lo hacen contra el desprecio. En ese anclaje, que es muy importante comunicativamente, está el fuego que aviva el crecimiento de nuevas fuerzas políticas. Wagenknecht, cuya inteligencia política es notable, no tituló su libro Los engreídos en vano."                         (Esteban Hernández, El Confidencial,  07/09/24)

5.9.24

Alemania, luz a la izquierda... Sahra Wagenknecht fue capaz de identificar un amplio consenso en un espacio político desierto por el fracaso total de socialdemócratas, Verdes y Die Linke... El aspecto más interesante de BSW es, en definitiva, la ruptura del cliché que identifica sólo a la derecha populista (o extrema derecha) con la crítica al actual sistema político ultrabloqueado en posiciones neoliberales, belicistas y proamericanas. En definitiva, se trata de un relanzamiento de los temas tradicionales de la izquierda, basados ​​en cuestiones sociales y de clase, en oposición a la deriva "liberal" que ha reducido la identificación de la izquierda con las cuestiones de género y los estilos de vida... Por el momento, BSW ha quitado votos principalmente al SPD. Sin embargo, existe la posibilidad de ampliar el consenso para incluir a aquellos votantes alemanes, es decir, la mayoría, que eligen al AfD no porque compartan las ideas y programas de la extrema derecha neonazi, sino en protesta contra el establishment y la falta de alternativas políticas (Mario Lombardo)

 "El éxito del partido Alternativa para Alemania (AfD) en las dos elecciones locales celebradas en Alemania durante el fin de semana fue recibido con las habituales alarmas y llamamientos a la autocrítica por parte de los políticos y de la prensa "mainstream", oficialmente para intentar frenar la avance de la extrema derecha alemana poco más de un año después de la votación para la renovación del parlamento federal. 

 En los "Länder" orientales de Sajonia y Turingia, sin embargo, no sólo logró su avance el AfD, sino también la más tradicional, o "extrema" según los estándares actuales, la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW o Bündnis Sahra Wagenknecht), capaz de interceptar un amplio consenso en un espacio político desierto por el fracaso total de los socialdemócratas (SPD), los Verdes y Die Linke. El motivo recurrente en los comentarios tras la votación del domingo es precisamente la necesidad de abrir una reflexión sobre los resultados, que en los últimos años han visto constantemente la afirmación de la extrema derecha, tanto a nivel nacional como administrativo. 

 Es difícil entender cuáles deberían ser los remedios o las soluciones, incluso si nunca hay señales de un replanteamiento real de las políticas implementadas por los gobiernos que hasta ahora han dirigido Alemania y los distintos Estados que la componen. Las cifras en Sajonia y Turingia, donde desde esta semana el AfD es respectivamente el segundo y el primer partido en las asambleas estatales, confirman dos factores cruciales que explican el desempeño de la extrema derecha incluso en ausencia de un interés real en un renacimiento nazi o debido a tendencias autoritarias o xenófobas. 

La primera es la insistencia de la clase dominante tradicional, desde la derecha hasta el centro y la (pseudo) izquierda, en políticas contraproducentes, como las antirrusas de los últimos dos años y medio, o que En cualquier caso, parecen estar en total contraste con los intereses de los trabajadores, los jóvenes, los desempleados y la clase media. El otro elemento, estrechamente vinculado al primero, es la promoción, también por parte de los partidos tradicionales, de un enfoque nacionalista, militarista y xenófobo de los problemas económicos y sociales.  

Una estrategia que sirve para contener las tensiones sociales y desviarlas, por ejemplo, contra los inmigrantes ilegales, pero que al final acaba fomentando el crecimiento de partidos populistas como el AfD. Lo que ocurrió poco antes de la votación del domingo es emblemático. En la ciudad de Solingen, un afgano con presuntos vínculos islamistas apuñaló a once personas, matando a tres, desatando una polémica general contra la inmigración irregular y empujando al gobierno del canciller socialdemócrata Scholz a decretar la expulsión inmediata de decenas de compatriotas del atacante.

  Evidentemente, esto ha dado un nuevo impulso a la extrema derecha, identificada casi exclusivamente con posiciones xenófobas y racistas. En cualquier caso, lo que el sistema político y de poder tradicional pretende hacer para contrarrestar el avance del populismo corre el riesgo de producir el efecto contrario. Exagerar la amenaza, orquestar campañas de descrédito y recurrir a medios pseudolegales para forzar, en los casos más graves, la disolución de estos partidos sólo aumenta su popularidad al fortalecer sus credenciales antisistema.  (...)

El aspecto más interesante de BSW es, en definitiva, la ruptura del cliché que identifica sólo a la derecha populista (o extrema derecha) con la crítica al actual sistema político ultrabloqueado en posiciones neoliberales, belicistas y proamericanas. En definitiva, se trata de un relanzamiento de los temas tradicionales de la izquierda, basados ​​en cuestiones sociales y de clase, en oposición a la deriva "liberal" que ha reducido la identificación de la izquierda con las cuestiones de género y los estilos de vida, poniendo de relieve al mismo tiempo una creciente inclinación autoritaria y proempresarial.  

Por el momento, BSW ha quitado votos principalmente al SPD. Sin embargo, existe la posibilidad de ampliar el consenso para incluir a aquellos votantes alemanes, es decir, la mayoría, que eligen al AfD no porque compartan las ideas y programas de la extrema derecha neonazi, sino en protesta contra el establishment y la falta de alternativas políticas. izquierda. Con los resultados obtenidos el domingo, Wagenknecht y su partido podrían mantener la balanza en las negociaciones para la formación de nuevos gobiernos en los dos estados. Lo cierto es que el AfD sigue siendo un factor preocupante en Alemania, al igual que otros partidos similares en varios países europeos. 

En Turingia, por ejemplo, el porcentaje de apoyo obtenido dificultará la exclusión de este partido del gobierno de la región. Incluso si ese fuera el caso, el AfD tendrá la capacidad de bloquear medidas que requieran una mayoría de dos tercios de los escaños en la asamblea estatal, como los procedimientos para el nombramiento de jueces alemanes. De hecho, permanecer en la oposición podría beneficiar al partido, precisamente porque terminaría alimentando su atractivo "antisistema" y produciría efectos beneficiosos en las elecciones federales del próximo año. 

Por lo tanto, el colapso del panorama político de posguerra avanza a un ritmo rápido, en Alemania como en otros lugares, y, sin una alternativa de izquierda que vuelva a mirar los intereses de las clases más castigadas por la guerra y las políticas ultraliberales, La contención de la extrema derecha seguirá siendo un espejismo. Por ahora, la tendencia de la votación del domingo debería confirmarse en futuras elecciones. El 22 de septiembre se votará en otro "Land" del este, Brandeburgo, donde las encuestas muestran una vez más como favorito a Alternativa para Alemania."

( Mario Lombardo, altrenotizie, 02/09/24, traducción DEEPL)

4.9.24

Sahra Wagenknecht recupera, incluso con la tan estigmatizada nostalgia, los principios de lucha, solidaridad y cohesión social que caracterizaba a los obreros industriales de los setenta... y denuncia el “liberalismo de izquierdas”, un relato de la clase media universitaria, que es individualista y partidaria de una economía globalizada. Para ellos, hablar de derechos es defender colectivos identitarios para lograr cuotas de representación por diversidad étnica, religiosa, de género o de orientación sexual... desprecia a los sectores obreros o rurales, a los que observa con arrogancia porque usan coches diesel en lugar de eléctricos, compran carne industrial en Aldi y prefieren tener una familia y quedarse en su pueblo... Es por ello que grandes sectores populares se están incorporando a las filas de la ultraderecha ante la orfandad que sienten en las organizaciones de izquierda... Por supuesto no le han faltado los ataques desde la izquierda. La han llamado ultraderechista disfrazada de izquierda, xenófoba y hasta negacionista del Covid y del cambio climático... Yo he buscado en las más de cuatrocientas páginas de su libro esa xenofobia y ese negacionismo y no lo he encontrado... se reivindican conservadores, es verdad, pero no se trata de un conservadurismo político, sino de conservadurismo de los valores frente a lo que consideran una agresión del capitalismo globalizado... Wagenknecht piensa que si seguimos despreciando a todas esas personas y, desde nuestra arrogancia y superioridad moral, llamandoles fascistas porque creen que esos valores solo se los ofrece la ultraderecha, solo lograremos más enfrentamiento con vecinos a los que no hemos sido capaces de presentarles unas propuestas sugerentes desde la izquierda... Quizá va siendo hora de mirar a esos barrios obreros y regiones rurales que antes votaban izquierda y ahora se están yendo a la ultraderecha (Pascual Serrano)

"El partido alemán que salió de la izquierda y le dobló los votos en cinco meses.

A estas alturas ya todos conocemos los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo y hemos sacado las principales conclusiones: victoria de la derecha, salto de la ultraderecha, mantenimiento de la socialdemocracia y fracaso de la izquierda y los verdes. Con ligeras variaciones, este panorama es el más generalizado en los diferentes países europeos. Sin embargo, hay un fenómeno en estos comicios que se está analizando poco y que merece ser estudiado porque puede ser perfectamente viable para llevarse a cabo en muchos países. Se trata del partido alemán Alianza Sahra Wagenknecht Por la Razón y la Justicia (BSW), un partido que se fundó hace cinco meses como una escisión de la izquierda (Die Linke) y les ha superado en más del doble de votos.

Pero vayamos a su inicio. El partido BSW nació en el pasado enero a partir de una asociación creada en septiembre por la diputada Sahra Wagenknecht, tras abandonar la directiva de Die Linke (La Izquierda). Doctora en Ciencias Económicas, Wagenknecht fue miembro del Parlamento Europeo desde julio de 2004 hasta julio de 2009, y desde 2009 es miembro del Bundestag alemán.

Pues bien, este nuevo partido reniega y se desmarca de la evolución dominante en los partidos de izquierda europeos. Según ellos, la izquierda europea actual ha adoptado lo que llaman unas posiciones alejadas de los sectores populares y trabajadores, se ha pasado a reivindicar luchas identitarias que fragmentan a la población en lugar de cohesionarla hacia reivindicaciones sociales universales. Sus críticas también se dirigen contra los discursos medioambientales mayoritarios que castigan a los sectores más humildes con tasas e impuestos ecológicos, mientras no afectan a las personas de mayor poder adquisitivo que pueden asumir todos esos gastos o incluso disfrutar de ayudas públicas ecológicas.

Su discurso estaba calando cada vez más entre los sectores más humildes de Alemania y se han cumplido las previsiones de éxito, al menos comparada con la izquierda hasta ahora existente. Mientras Die Linke logró el 2,7 % de los votos y se conformaba con 3 escaños de los cinco que tenía, los de Wagenknecht llegaban al 6,2 % y seis escaños, incluso más de los que tenía la izquierda en la legislatura pasada. Y todo ello con un partido creado hace cinco meses.

Sahra Wagenknecht explicó en un libro, recién traducido en España, “Los engreídos. Mi contraprograma en favor del civismo y de la cohesión social” (Lolabooks), su ideario, en el que comprobamos que es toda una enmienda a la deriva por la que ha discurrido la actual izquierda europea y parte también de la latinoamericana.

A diferencia de las habituales revisiones de la izquierda, que casi siempre son para abandonar elementos históricos y tradicionales de sus doctrina en aras de una supuesta modernidad, lo que hace Wagenknecht es enfrentar la modernidad de la izquierda para recuperar, incluso con esa tan estigmatizada nostalgia, los principios de lucha, solidaridad y cohesión social que caracterizaba a los obreros industriales de los setenta.

La autora alemana denuncia lo que denomina el “liberalismo de izquierdas”, un relato de la clase media universitaria, que, aunque se considera de izquierda, es individualista y partidaria de una economía globalizada. Para ellos, hablar de derechos es defender colectivos identitarios para lograr cuotas de representación por diversidad étnica, religiosa, de género o de orientación sexual. Es decir, un tratamiento desigual de los diferentes grupos, lo que, desde la perspectiva de Wagenknecht y sus partidarios, supone una clara contradicción con la defensa de las mayorías que debería ser el ADN de la izquierda.

La línea dominante de la izquierda, llamada desde algunos sectores posmoderna o woke, desprecia a los sectores obreros o rurales, a los que observa con arrogancia porque usan coches diesel en lugar de eléctricos, compran carne industrial en Aldi y prefieren tener una familia y quedarse en su pueblo, en lugar de viajar por el mundo.

Es por ello que, según la tesis del partido BSW, grandes sectores populares se están incorporando a las filas de la ultraderecha ante la orfandad que sienten en las organizaciones de izquierda. La alianza BSW ha tenido una acogida especialmente positiva en el este de Alemania. Allí, el nuevo partido obtuvo más del 13 por ciento de los votos, lo que la sitúa en el tercer lugar en esa parte del país. Muchos encuentran la explicación en elementos que se echan de menos de la época soviética como la defensa del Estado Nación y la negativa a enfrentarse a Rusia mediante las sanciones y la entrega de armas a Ucrania que está haciendo la UE.

Aunque los expertos habían pronosticado que la BSW recibiría votos procedentes de la ultraderecha AfD, los análisis del instituto Infratest Dimap lo desmienten. De los antiguos votantes del AfD, sólo 160.000 votaron por el partido de Wagenknecht. En cambio, alrededor de 520.000 votos del socialdemócrata SPD fueron para el BSW. Y 410.000 votos también provinieron de La Izquierda, a la que anteriormente pertenecía Wagenknecht. Es decir, un amplio espectro de la sociedad alemana ha encontrado sintonías con el discurso de BSW.

Por supuesto no le han faltado los ataques desde la izquierda. La han llamado ultraderechista disfrazada de izquierda, xenófoba y hasta negacionista del Covid y del cambio climático. Es decir, el cóctel perfecto para poder presentarla como una especie de Trump, Bolsonaro o Le Pen, pero con piel de izquierda para seducir. Yo he buscado en las más de cuatrocientas páginas de su libro esa xenofobia y ese negacionismo y no lo he encontrado. Por el contrario, he descubierto importantes razonamientos y duras críticas a la izquierda posmoderna y urbana dominante, comprendo bien los ataques que recibe.

Wagenknecht y su BSW se reivindican conservadores, es verdad, pero no se trata de un conservadurismo político, sino de conservadurismo de los valores frente a lo que consideran una agresión del capitalismo globalizado. Son sencillamente gentes que no quieren ser profesionales móviles y flexibles, sino que prefieren quedarse en su tierra; que la familia (por supuesto, no necesariamente de un hombre y una mujer) es una situación deseable a la que no pueden llegar debido a su precariedad económica. Gente que desea vivir en un entorno social estable, cohesionado con una menor desigualdad, y con sus valores y tradiciones.

Wagenknecht piensa que si seguimos despreciando a todas esas personas y, desde nuestra arrogancia y superioridad moral, llamandoles fascistas porque creen que esos valores solo se los ofrece la ultraderecha, solo lograremos más enfrentamiento con vecinos a los que no hemos sido capaces de presentarles unas propuestas sugerentes desde la izquierda. Porque quizá ha sido el supremacismo con el que les está mirando la izquierda universitaria y cosmopolita el que les está arrojando en los brazos de la ultraderecha. Una ultraderecha que ya es mayoría en Francia, Italia y Bélgica.

La realidad es que en las anteriores elecciones europeas el voto español de la izquierda más allá del PSOE fue del 18% y ahora se ha quedado en el 8%. Quizá va siendo hora de mirar a esos barrios obreros y regiones rurales que antes votaban izquierda y ahora se están yendo a la ultraderecha.

Leyendo el análisis del libro “Los engreídos” uno percibe que no está viendo el debate político de Alemania, sino el dilema al que debe enfrentarse la izquierda de toda Europa, como hemos podido ver en estas elecciones. Una izquierda que debe pensar en algo más que en aplaudir las identidades sentidas y airear el espantajo de que viene la ultraderecha, como si fuese por arte de magia y no hubiera ninguna explicación."           (Pascual Serrano, Globalter, 01/09/24)

3.9.24

Fin de ciclo... El cierre de un ciclo histórico para la izquierda global deja un panorama de desilusión. Mientras la extrema derecha avanza, la izquierda enfrenta su mayor crisis en décadas. Pero la situación sigue abierta e inestable. Es fundamental recoger pronto las lecciones del periodo pasado... y es que 2019 fué el año de mayor movilización social global desde 1968... Las debilidades de la izquierda son también las debilidades de un periodo histórico: la fragmentación de la clase trabajadora, la desarticulación de los partidos obreros de masas, el retroceso de la afiliación sindical, la ausencia de una conciencia socialista en las masas. Se siguen produciendo explosiones de cólera social en el mundo; el problema es que estas ocurren en un contexto caracterizado por la pérdida de referencias políticas... En este contexto de solapamiento de crisis de distintos tipos (crisis subjetiva de la clase trabajadora, crisis capitalista, crisis de la izquierda), la extrema derecha captura el malestar de la época... Los socialistas debemos cumplir nuestro papel en un período que amenaza los derechos laborales, el sistema democrático y la vida asociativa de la clase trabajadora así como la cultura, la ciencia y los valores de la Ilustración (Martín Mosquera)

 "Este texto es el editorial del #10 de Revista Jacobin, «La izquierda ante el fin de una época», segundo semestre de 2024.

En enero de 2015, un editorial de The Economist señalaba: «Tsipras lanzó el mayor desafío hasta la fecha para el euro, y también para Angela Merkel, canciller de Alemania, quien lideró el camino a la austeridad en el continente». El breve comentario sintetizaba la inquietud de las élites occidentales en ese periodo: Syriza estaba al borde del poder en Grecia, pero no era el único problema. Pocos meses antes, Podemos había irrumpido explosivamente en España, Jeremy Corbyn desafiaba el liderazgo del Partido Laborista desde una posición hasta entonces marginal dentro de la izquierda británica y, al otro lado del Atlántico, Bernie Sanders iniciaba su notable campaña en las primarias demócratas de los Estados Unidos.

Las turbulencias no se limitaban a los países capitalistas desarrollados; por el contrario, en la periferia las movilizaciones sociales y políticas llevaban más tiempo. En América Latina, el ciclo progresista, que no se refería únicamente a una serie de gobiernos heterodoxos sino también a movimientos sociales fuertes y a relaciones de fuerzas parcialmente favorables, aún mostraba vitalidad. Mientras tanto, aunque la Primavera Árabe experimentaba reveses, la situación en la región seguía pareciendo abierta.

Sin embargo, en pocos meses comenzó un cambio significativo en el panorama político global. En julio de ese mismo año Syriza capituló ante la Troika y aceptó aplicar un nuevo programa de austeridad, lo que representó un golpe devastador para la mayor esperanza de la izquierda europea en una generación. Podemos, por su parte, sintió este impacto y transitó desde una radicalidad inicial —quizás superficial— hacia un programa cada vez más moderado, que culminó en un cogobierno con el PSOE en España.

En América Latina el ciclo progresista que había tomado impulso a principios de siglo empezaba a perder fuerza. En Brasil, un golpe parlamentario iniciado en diciembre de 2015 destituyó al PT e instaló un gobierno neoliberal, culminando tres años después con la elección del neofascista Bolsonaro. En Argentina, la derecha obtuvo su primera victoria en 2015, con Mauricio Macri, y en 2023, tras un frustrado interludio peronista, fue la ultraderecha la que asumió el relevo. En Venezuela, la crisis económica se profundizó, exacerbando una situación humanitaria crítica. En Ecuador la derecha ganó sucesivas elecciones. En El Salvador, Bukele consolidó un régimen político autoritario y se convirtió en referente de las derechas centroamericanas. El subcontinente latinoamericano es el más disputado, puesto que estas tendencias se contrapesan con las recientes victorias electorales progresistas en Colombia, Brasil y México; pero no está exento de la ola reaccionaria global.

En el mundo árabe, la desilusión con el ciclo de protestas iniciado en 2011 se hizo finalmente evidente de manera trágica, con países hundidos en regresiones autoritarias, guerras civiles tribales y masacres a gran escala. Por su parte, Jeremy Corbyn y Bernie Sanders concluyeron sus aventuras en 2020, facilitando el regreso al business as usual en los partidos laborista y demócrata en sus respectivos países.

Estamos presenciando el cierre de un largo ciclo en la historia de la izquierda a nivel global. Varios eventos suelen señalarse como los puntos de partida de este ciclo: el levantamiento zapatista de 1994, las huelgas de noviembre y diciembre de 1995 en Francia o la movilización antiglobalización en Seattle en 1999. Tras la derrota estratégica representada por las contrarreformas neoliberales y el colapso de la Unión Soviética, comenzó un lento resurgimiento de la resistencia social. Presenciamos desde entonces una serie de oleadas de movilización: en América Latina a finales de los años 1990 y principios de los 2000, coincidiendo con las protestas antiglobalización y antiguerra en Europa y Estados Unidos; en el mundo árabe, Estados Unidos y el sur de Europa en 2011; seguido por el ciclo de 2018 y 2019, que abarcó casi todos los continentes de manera sincronizada.

Periodizar un momento político en el tiempo presente es difícil. Sin embargo, existen numerosos indicios de que nos encontramos ante una nueva etapa. Uno de estos signos es la crisis global de la izquierda en sus diversas formas, que ha visto deteriorarse su alianza histórica con las clases populares. Las frustraciones y los límites de las experiencias recientes han llevado a un momento de creciente desmoralización y desafección política. Al mismo tiempo, la extrema derecha se muestra cada vez más fuerte y capaz de capitalizar las frustraciones populares hacia la política neoliberal, adoptando un enfoque autoritario, racista, sexista y homófobo.

Muchos pensaron que la crisis capitalista de 2008 sería el momento que impulsaría a la izquierda radical al centro de la escena, en un contexto de crisis de la política neoliberal y los partidos tradicionales. Como hemos visto, no faltaron intentos. Sin embargo, hoy la izquierda se encuentra al límite de su fuerza, no solo en el ámbito político sino también en el sindical y social, mientras que la extrema derecha avanza, mostrando resiliencia frente a sus propias derrotas, las cuales se transforman en etapas parciales de su progreso.

Los límites de un periodo

Los momentos de estancamiento, derrota o retroceso suelen ser ocasiones tanto de reflexión y autocrítica como de confusión y desorientación. Pueden convertirse en terreno fértil para el desánimo y la apatía, así como para el repliegue sectario o la adaptación oportunista. Es preciso mantenernos lúcidos.

Algunos podrán argumentar que el mundo sigue atravesado por luchas y movilizaciones, incluidos estallidos sociales como la notable secuencia de 2019, que Beverly Silver consideró el año de mayor movilización social global desde 1968. No les falta razón; la situación internacional sigue siendo inestable y dinámica. Sin embargo, tras las experiencias fallidas recientes, la crisis de la izquierda se convierte en una crisis global de alternativa política, más aguda que en el pasado reciente. La incapacidad de conectar las luchas con un horizonte alternativo redefine el panorama en su conjunto. En este contexto, la extrema derecha comienza a ser un competidor real para capitalizar no solo el malestar popular, sino las mismas movilizaciones sociales (como sucedió en Brasil en 2014, en las protestas de la plaza Maidán en Ucrania o en la Primavera Árabe).

Otros responsabilizan exclusivamente al reformismo por sus capitulaciones y traiciones. Estaríamos entonces ante una situación clásica de «crisis de dirección». Sin embargo, el problema va más allá. Tras los fracasos del reformismo, la izquierda radical sigue siendo tan impotente como antes. No solo no se beneficia cuando las desilusiones reformistas quedan expuestas, sino que es arrastrada por el espiral depresivo de su crisis. El reformismo no es simplemente una corriente política más; es la tendencia política «espontánea» de la clase trabajadora. Nadie se propone una guerra civil para conseguir un aumento de salario. Las clases trabajadoras buscan mejorar su calidad de vida por medio de los instrumentos institucionales a disposición y sin grandes convulsiones o costos sociales.

Por eso, aunque en algunos momentos el margen objetivo para la política reformista se estreche y los partidos de este tipo pierdan gradualmente su base material para una política de conciliación de clase, no existe un equivalente a la caída del Muro de Berlín que produzca un colapso definitivo del reformismo. Los frecuentes pronósticos sobre su crisis final han sido desmentidos sucesivamente y no han servido como una guía política eficaz.

Los clásicos del socialismo tendían a pensar que la clase trabajadora era instintivamente revolucionaria y que solo factores coyunturales podía llevarla a un letargo reformista transitorio. Pero la realidad resultó ser más compleja. Solo en circunstancias de crisis excepcionales y con una gran acumulación de fuerzas es posible superar la hegemonía reformista en la clase trabajadora. Además, esto no se logra únicamente denunciando al reformismo como una ilusión y anticipando capitulaciones.

Los procesos revolucionarios no surgieron de la pérdida de ilusiones reformistas, sino de llevar esas ilusiones más allá de sus propios límites. La revolución rusa, como es sabido, se realizó bajo el lema «paz, pan, tierra», y no con el llamado directo a la expropiación de la burguesía. A fin de cuentas, un revolucionario es un reformista hasta el final, que no se detiene ante el límite impuesto por la acumulación de capital. La tarea de los socialistas, entonces, no es tanto desenmascarar ilusiones, como pasar exitosamente a través de ellas.

Las debilidades de la izquierda son también las debilidades de un periodo histórico: la fragmentación de la clase trabajadora, la desarticulación de los partidos obreros de masas, el retroceso de la afiliación sindical, la ausencia de una conciencia socialista en las masas. Se siguen produciendo explosiones de cólera social en el mundo; el problema es que estas ocurren en un contexto caracterizado por la pérdida de referencias políticas y por el retroceso de las fuerzas orgánicas de la izquierda (partidarias, sindicales, asociativas). En este escenario, ¿es el hiperliderazgo populista (como el de Hugo Chávez, Pablo Iglesias o Jean-Luc Mélenchon) un reemplazo funcional inevitable de la organización de masas en momentos de debilidad «por abajo»? ¿Las ganancias que producen estos hiperliderazgos compensan las pérdidas? ¿Podríamos prescindir de ellos mientras reconstruimos las organizaciones y la cultura socialista de masas?

El ciclo político reciente ha evolucionado rápidamente «de la protesta a la política», pasando de movimientos que promovían una cultura de resistencia y abstencionismo político a formaciones populistas de izquierda en torno a figuras fuertes. Este cambio puede interpretarse como una respuesta a la situación de estancamiento alcanzada por las revueltas de 2011, influenciadas por concepciones autogestivas y antielectorales. Sin embargo, otra interpretación también es posible. Entre considerar que lo verdaderamente importante se juega en el terreno de los movimientos sociales y asumir que es preferible una victoria electoral progresista puede haber, más que una polarización drástica, apenas un desplazamiento de énfasis.

Creer que la construcción en los movimientos sociales es el verdadero terreno estratégico puede llevar, sin grandes cambios conceptuales, a aceptar la disputa electoral como un complemento exterior, instrumental y subordinado. Esto puede justificar sutilmente una forma de realpolitik: la conciliación de una retórica radical respecto a la lucha social con una táctica electoral altamente pragmática u oportunista. Si la táctica electoral, y la lucha política en general, se consideran secundarias, la lógica minimalista del «mal menor» puede imponerse sin resistencia.

Esto explica que haya habido una convergencia tan natural entre el activismo de los movimientos sociales y las formaciones electorales populistas, tanto en América Latina como en Europa y Estados Unidos. El populismo no constituye el retorno triunfal de la gran política en la historia, sino apenas una forma reducida de lo político, limitada a su dimensión electoral y a los golpes de efecto tácticos. El movimientismo y el populismo tienen en común dejar de lado aspectos centrales de la lucha política socialista, y por eso son hijos legítimos de esta época: ambos ignoran principalmente la necesidad de construir una organización política sólidamente arraigada en la clase trabajadora, capaz de desarrollar un proyecto estratégico en torno al cual formar y movilizar a sus miembros.

Los nuevos partisanos

¿Qué tenemos por delante? Por supuesto, no lo sabemos con seguridad, pero podemos analizar las tendencias más visibles. El aspecto destacado del nuevo ciclo es el auge de la extrema derecha. En medio de una crisis capitalista de escala histórica, en la que el malestar generado por décadas de políticas neoliberales ha creado un entorno de inseguridad social y anomia mercantil, la demanda de orden (es decir, protección, estabilidad, previsibilidad) parece ser el pegamento de un nuevo bloque político y social en ascenso. Las limitaciones y experiencias fallidas de la izquierda durante el último ciclo hicieron su parte para allanar el terreno a las fuerzas reaccionarias. Pero es fundamental recordar las tendencias de largo plazo: aún estamos lidiando con las secuelas de la crisis subjetiva de la clase trabajadora provocada por la caída del «campo socialista» hace treinta años, como bien describe Henrique Canary.

En este contexto de solapamiento de crisis de distintos tipos (crisis subjetiva de la clase trabajadora, crisis capitalista, crisis de la izquierda), la extrema derecha captura el malestar de la época. Esto abre la posibilidad de una nueva gran ofensiva contra la clase trabajadora, la cual podría poner en peligro las conquistas sobrevivientes del ciclo histórico anterior. Como dijo Angelo Tasca en los años 1930, el fascismo fue una «contrarrevolución póstuma y preventiva». Aunque ahora no hay amenazas revolucionarias, la extrema derecha tiene su propio carácter «póstumo y preventivo»: está ganando terreno en un contexto donde la izquierda y la clase trabajadora se han debilitado, pero aún conservan posiciones y conquistas históricas que representan un obstáculo para una ofensiva capitalista de gran escala.

Esta nueva situación no implica en absoluto, como afirman algunos sectores, la existencia de un radicalismo abstracto que pueda ser canalizado tanto por la izquierda como por la derecha. Quien tiene la iniciativa y está «radicalizada» es la derecha. Nuestro campo social está a la defensiva, intentando mantener sus posiciones. Pretender que la izquierda anticapitalista puede competir en un espacio común «antisistema» con la extrema derecha es una vía muerta, que lleva al aislamiento de un radicalismo desconectado de las realidades concretas. O, en una variante más perversa, a intentos de asimilación con sectores reaccionarios al incorporar temas del conservadurismo social, como lo hacen Sahra Wagenknecht en Alemania o el PC francés, lo cual finalmente contribuye a la normalización y banalización de las ideas de la extrema derecha.

No existe una polarización como la que caracterizó los primeros años de la década de 1930. Es por ello que la reacción política al crecimiento de la extrema derecha con frecuencia se traduce en la recuperación de las organizaciones reformistas o progresistas tradicionales (PSOE, PT, PD italiano, etc.) y no en su hundimiento. Esto no debe sorprendernos. El ascenso de la ultraderecha al poder plantea la urgencia de derrotarla políticamente, y las clases populares recurren a los instrumentos mejor colocados para esa tarea, con independencia de sus limitaciones.

Asumir plenamente las características y tareas de un momento defensivo ayuda a salir de esta situación lo antes posible. Los socialistas debemos cumplir nuestro papel en un período que amenaza los derechos laborales, el sistema democrático y la vida asociativa de la clase trabajadora así como la cultura, la ciencia y los valores de la Ilustración. Si nos mostramos como el sector más fiel y consecuente en la defensa de lo que merece ser conservado, estaremos mejor preparados para impulsar las luchas ofensivas del próximo periodo."

( , JACOBINLAT, 19/08/24)

1.9.24

Thoma Fazi: Pocos habrían predicho que Alemania se convertiría en el epicentro de la nueva revuelta populista de Europa, y mucho menos que ésta procedería tanto de la derecha como de la izquierda... El fenómeno Wagenknecht es fascinante... su plataforma puede describirse mejor como izquierda-conservadora... mezcla reivindicaciones que antaño se habrían asociado con la izquierda socialista-laboral, políticas gubernamentales intervencionistas y redistributivas para regular las fuerzas del mercado capitalista, pensiones y salarios mínimos más altos, generosas políticas de bienestar y seguridad social, impuestos sobre la riqueza, con posiciones que hoy se caracterizarían como culturalmente conservadoras: ante todo, un reconocimiento de la importancia de preservar y fomentar las tradiciones, la estabilidad, la seguridad y el sentido de comunidad... Esto implica políticas de inmigración más restrictivas y el rechazo del dogma multiculturalista... así la promoción de la cohesión social es una condición previa para la aplicación de políticas económicamente redistributivas... insiste en la importancia de la soberanía nacional y se muestra muy crítica con la Unión Europea, no sólo porque la UE es fundamentalmente antidemocrática y propensa a la captura oligárquica, sino porque no puede ser de otra manera, dado que hoy en día el Estado-nación sigue siendo la principal fuente de identidad colectiva y sentido de pertenencia de las personas... «El llamamiento a 'acabar con el Estado-nación' es, en última instancia, un llamamiento a 'acabar con la democracia y el Estado del bienestar'»... Wagenknecht también se ha convertido en la más firme crítica del apoyo militar alemán a Ucrania y del régimen de sanciones... considera la oposición a la guerra por poderes contra Rusia como parte de un replanteamiento mucho más profundo de la estrategia geopolítica de Alemania. Su objetivo es «liberarse de las garras geoestratégicas de Estados Unidos, guiándose por los intereses nacionales alemanes de supervivencia, en lugar de por la lealtad a la pretensión estadounidense de dominación política mundial»... su programa económico de izquierdas choca con la política económica neoliberal de la AfD... por lo que recibe apoyo principalmente de grupos socialmente marginados y de bajos ingresos, tradicionalmente el grupo objetivo clásico de los partidos socialdemócratas

 "Pocos habrían predicho que Alemania, conocida desde hace tiempo por tener la política más aburrida del continente, se convertiría en el epicentro de la nueva revuelta populista de Europa, y mucho menos que ésta procedería tanto de la derecha como de la izquierda. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que está ocurriendo.

En las recientes elecciones europeas, como era de esperar, el partido populista de derechas Alternativa para Alemania (AfD) superó por primera vez al SPD de centro-izquierda, convirtiéndose en el segundo partido más grande del país después de la alianza de centro-derecha CDU/CSU. Mientras tanto, los dos grandes partidos obtuvieron entre los dos menos del 45% de los votos, frente al 70% de hace solo 20 años. Fue el mayor hundimiento de la corriente política alemana desde la reunificación.

La verdadera sorpresa, sin embargo, fue el impresionante rendimiento de un nuevo partido populista de izquierdas lanzado unos meses antes por el icono de la izquierda radical alemana: la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW). En total, el partido obtuvo el 6,2% de los votos; pero, al igual que la AfD en elecciones anteriores, obtuvo mejores resultados en el este del país, con dos dígitos en todos esos estados, pero sólo el 5% en el oeste. Más que nada, las elecciones revelaron que la Alemania posterior a la reunificación sigue estando claramente dividida a lo largo de su antigua frontera: mientras que los alemanes occidentales también están mostrando un creciente descontento con la actual coalición SPD-Verdes-FDP, pero permaneciendo dentro de los límites de la política dominante, los alemanes orientales se están rebelando contra el propio establishment político.

 Así, con las elecciones estatales que tendrán lugar en tres estados del este durante el próximo mes -en Sajonia y Turingia este fin de semana, y en Brandeburgo el 22 de septiembre- no es de extrañar que el centro alemán se esté preparando para el colapso. Pero aunque se da por descontado que la AfD logrará avances masivos, ya que el partido lidera las encuestas en dos de los tres estados, la verdadera sorpresa puede ser, una vez más, el nuevo partido de Sahra Wagenknecht, que actualmente obtiene entre un 11% y un 19% en las encuestas.

Por ahora, Wagenknecht ha descartado formar gobiernos regionales de coalición con la AfD, así como con cualquier partido que apoye el suministro de armas a Ucrania (lo que significa la mayoría de los partidos mayoritarios). Pero su mera presencia en las urnas erosionará aún más el apoyo a la coalición gobernante, y hará muy difícil, si no imposible, que ésta pueda formar gobiernos de coalición centristas a nivel estatal.

El fenómeno Wagenknecht es fascinante y único por varias razones. No sólo ha conseguido establecer al BSW como una de las principales fuerzas políticas del país en cuestión de meses, sino que además se presenta con una plataforma única en el panorama político occidental, al menos entre los partidos electoralmente relevantes. Aunque Wagenknecht tiende a evitar enmarcar su partido en los manidos términos izquierda-derecha, su plataforma puede describirse mejor como izquierda-conservadora.

En resumen, esto significa que mezcla reivindicaciones que antaño se habrían asociado con la izquierda socialista-laboral -políticas gubernamentales intervencionistas y redistributivas para regular las fuerzas del mercado capitalista, pensiones y salarios mínimos más altos, generosas políticas de bienestar y seguridad social, impuestos sobre la riqueza- con posiciones que hoy se caracterizarían como culturalmente conservadoras: ante todo, un reconocimiento de la importancia de preservar y fomentar las tradiciones, la estabilidad, la seguridad y el sentido de comunidad.

Esto implica inevitablemente políticas de inmigración más restrictivas y el rechazo del dogma multiculturalista, en el que las minorías se niegan a reconocer la superioridad de las normas comunes, lo que amenaza la cohesión social. Como reza el texto fundacional del partido «La inmigración y la coexistencia de culturas diferentes pueden ser enriquecedoras. Sin embargo, esto sólo es válido mientras la afluencia se limite a un nivel que no sobrecargue nuestro país y su infraestructura, y mientras la integración se promueva activamente y tenga éxito». Lo que esto parece en la práctica quedó claro en 2015, cuando Wagenknecht criticó duramente la decisión de la entonces canciller Angela Merkel de permitir la entrada de cientos de miles de solicitantes de asilo, invocando el mantra «Wir schaffen das!» («¡Podemos hacerlo!»). Un año después, tras una serie de atentados terroristas perpetrados por inmigrantes, Wagenknecht hizo pública una declaración en la que se leía: «La acogida e integración de un gran número de refugiados e inmigrantes conlleva problemas considerables y es más difícil que el frívolo «¡Podemos hacerlo!» de Merkel».

Más recientemente, tras un ataque mortal con cuchillo en Mannheim, Wagenknecht volvió a arremeter contra las políticas de inmigración del gobierno: «Básicamente, nosotros también financiamos la radicalización [del atacante inmigrante]. Vivía de nosotros, del dinero de los ciudadanos». Su énfasis en los beneficios es aquí crucial. Para Wagenknecht, la promoción de la cohesión social, incluso mediante la restricción de los flujos de inmigración, no debe considerarse sólo como un fin positivo en sí mismo, por ejemplo por razones de seguridad pública, sino también como una condición previa para la aplicación de políticas económicamente redistributivas, e incluso de la propia democracia. Sólo una comunidad política definida por una identidad colectiva -un demos- es capaz de comprometerse con un discurso democrático y con el correspondiente proceso de toma de decisiones, y de generar los lazos afectivos y de solidaridad necesarios para legitimar y sostener políticas redistributivas entre clases y/o regiones. En pocas palabras, si no hay demos, no puede haber democracia efectiva, y mucho menos una democracia social.

Por supuesto, lo contrario también es cierto: la cohesión social necesaria para sostener el demos sólo puede florecer en un contexto en el que el Estado intervenga para frenar los efectos socialmente destructivos del capitalismo sin restricciones (incluido el empuje hacia la libre circulación de la mano de obra). En otras palabras, según Wagenknecht, no hay contradicción entre ser económicamente de izquierdas y culturalmente conservador, sino que ambas cosas van de la mano. Tampoco es un concepto especialmente nuevo, añade: ésta era básicamente la plataforma (ganadora) de la mayoría de los partidos socialistas y socialdemócratas europeos de la vieja escuela.

Esta es también la razón por la que Wagenknecht insiste tanto en la importancia de la soberanía nacional y se muestra tan crítica con la Unión Europea: no sólo porque la UE es fundamentalmente antidemocrática y propensa a la captura oligárquica, sino porque no puede ser de otra manera, dado que hoy en día el Estado-nación sigue siendo la principal fuente de identidad colectiva y sentido de pertenencia de las personas y, por tanto, la única institución territorial (o al menos la mayor) a través de la cual es posible organizar la democracia y lograr el equilibrio social. Como ella misma ha dicho «El llamamiento a 'acabar con el Estado-nación' es, en última instancia, un llamamiento a 'acabar con la democracia y el Estado del bienestar'».

En resumen, Sahra Wagenknecht es cualquier cosa menos la típica izquierdista occidental. Esto se debe en parte a que nació al otro lado del Telón de Acero, en la antigua Alemania del Este, en 1969. En su adolescencia se interesó por la filosofía y la economía marxista, pero el final de la RDA socialista, en 1989, fue, según su biógrafo Christian Schneider, «el momento en que nació la Wagenknecht política». Ella lo vivió como un «horror único»: como muchos alemanes del Este, creía en un socialismo reformado, no en abrazar la vía capitalista de Alemania Occidental.

Ese mismo año se afilió al partido comunista de Alemania Oriental, poco antes de la caída del Muro de Berlín, y luego, tras la reunificación, se convirtió en una de las figuras más destacadas del sucesor del partido, el Partido del Socialismo Democrático (PDS). Ya entonces destacaba por ser a la vez más radical y más conservadora que sus compañeros comunistas. «Esta joven quería desesperadamente volver a los viejos tiempos» de la RDA, dijo un antiguo dirigente del PDS.

Cuando, en 2007, el PDS se fusionó con una escisión del SPD para dar lugar a Die Linke (La Izquierda), Wagenknecht se convirtió rápidamente en una de las principales voces del partido y en el rostro de la izquierda radical alemana. El apoyo a Die Linke se disparó hasta el 12% de los votos en las elecciones al Bundestag de 2009, y se mantuvo cerca de ese porcentaje durante casi una década. Wagenknecht también se convirtió en una figura clave en el Parlamento alemán, como copresidenta parlamentaria de su partido de 2015 a 2019 y como líder de la oposición (contra la gran coalición de la canciller Angela Merkel) hasta 2017. Fue allí donde se ganó una reputación por su poderosa retórica y su capacidad para desafiar las narrativas políticas dominantes.

Su relación con Die Linke, sin embargo, se volvió cada vez más tensa con los años: mientras que el partido fue capturado por el tipo de «neoliberalismo progresista» que ha infectado, en un grado u otro, a todos los partidos de izquierda occidentales, Wagenknecht se mantuvo fiel a sus raíces socialistas de la vieja escuela. Sus puntos de vista sobre la inmigración y otros temas -que una vez habrían sido completamente no controvertidos en los círculos socialistas- se estaban convirtiendo rápidamente en anatema en la izquierda. Finalmente, en noviembre de 2019, Wagenknecht anunció su dimisión como líder parlamentaria, alegando agotamiento. Dos años después, en las elecciones federales, Die Linke obtuvo menos del 5% de las papeletas y perdió casi la mitad de sus escaños, su peor resultado histórico. Para Wagenknecht, no fue una sorpresa.

En un libro muy comentado publicado ese mismo año, Die Selbstgerechten («Los santurrones»), Wagenknecht explicaba las razones de su creciente distanciamiento de la izquierda dominante. «Sin embargo, el movimiento progresista actual está dominado por lo que Wagenknecht denomina la «izquierda del estilo de vida», cuyos miembros «ya no sitúan los problemas sociales y político-económicos en el centro de la política de izquierdas. En lugar de tales preocupaciones, promueven cuestiones relativas al estilo de vida, los hábitos de consumo y las actitudes morales». Señala además que, lejos de ser liberales, los izquierdistas de hoy tienden a ser viciosamente autoritarios.

Para Wagenknecht, el matiz autoritario de este nuevo movimiento quedó claro durante la pandemia. A diferencia de prácticamente todos sus colegas -y de la mayor parte de la izquierda alemana-, Wagenknecht se convirtió en una aguda crítica de los «interminables cierres» del gobierno y del programa coercitivo de vacunación masiva (ella misma se negó a vacunarse). Desde la invasión rusa de Ucrania, Wagenknecht también se ha convertido en la más firme crítica del apoyo militar alemán a Ucrania y del régimen de sanciones. Esto agravó su ruptura con Die Linke, que votó a favor de las sanciones económicas contra Rusia.

En ese momento, su ruptura se hizo inevitable y, finalmente, a finales del año pasado, Wagenknecht anunció el lanzamiento de su nuevo partido. La elección provocó la desintegración de Die Linke, que se vio obligado a disolver su facción parlamentaria, y ahora prácticamente ha desaparecido del mapa político, al recibir sólo el 2,7% de los votos en las elecciones europeas de junio.

Desde el lanzamiento del BSW, Wagenknecht ha situado la cuestión de la distensión con Rusia en el centro de la plataforma de su partido. En varias ocasiones ha subrayado que la subordinación de Alemania a la estrategia de guerra por delegación de Estados Unidos y la OTAN en Ucrania, y su negativa a entablar conversaciones diplomáticas con Rusia, es contraproducente tanto desde el punto de vista económico como geopolítico. No sólo el embargo de petróleo y gas a Rusia es la principal razón del colapso de la economía alemana, sino que el Gobierno está, según declaró ante el Bundestag, «jugando negligentemente con la seguridad y, en el peor de los casos, con la vida de millones de personas en Alemania». Más recientemente, ha condenado enérgicamente el plan del gobierno de desplegar misiles estadounidenses de largo alcance en territorio alemán y, quizá lo más dramático, ha desafiado la omertá que rodea el ataque al Nord Stream. De hecho, tras las recientes revelaciones sobre el posible encubrimiento por parte del gobierno alemán de la implicación ucraniana, pidió una investigación pública, afirmando que «si las autoridades alemanas hubieran conocido de antemano el plan de ataque a Nord Stream 1 y 2, entonces tendríamos el escándalo del siglo en la política alemana».

Es importante señalar que Wagenknecht considera la oposición a la guerra por poderes contra Rusia como parte de un replanteamiento mucho más profundo de la estrategia geopolítica de Alemania. Su objetivo, como ha escrito Wolfgang Streeck, es «liberarse de las garras geoestratégicas de Estados Unidos, guiándose por los intereses nacionales alemanes de supervivencia en lugar de por la Nibelungentreue, o lealtad, a la pretensión estadounidense de dominación política mundial». Esto implica necesariamente el restablecimiento de relaciones políticas y económicas a largo plazo con Rusia, que podrían sentar las bases de una nueva arquitectura de seguridad euroasiática, e incluso de una comunidad euroasiática de Estados y economías.

Por otra parte, Wagenknecht ha criticado las políticas «verdes» y de afirmación de género del gobierno, argumentando que «el suministro energético de Alemania no puede garantizarse actualmente sólo con energías renovables», y votando en contra de un proyecto de ley aprobado por el Parlamento alemán a principios de este año para facilitar el cambio de género legal. «Su ley convierte a padres e hijos en cobayas de una ideología que sólo beneficia al lobby farmacéutico», afirmó.

Si esto parece contundente, es porque lo es. Pero en conjunto, la economía de izquierdas de la vieja escuela de Wagenknecht, su política exterior a favor de la paz y contra la OTAN y su visión cultural conservadora están calando entre los votantes. Y como resultado, se encuentra ahora en el punto de mira tanto del establishment como de sus competidores populistas. De hecho, en la derecha en particular, la crítica común que se le hace es que, al alejar a los votantes de la AfD, está debilitando y dividiendo el frente populista de Alemania.

Sin embargo, las pruebas son poco sólidas. Más bien, las encuestas de opinión muestran que la aparición del BSW no parece haber afectado demasiado a la AfD, que sigue manteniendo una cuota de voto del 30% en varios estados del este de Alemania y del 20% a nivel nacional. De hecho, según un estudio reciente de la Fundación Hans Böckler, el BSW está atrayendo a votantes del centro y de la izquierda (Die Linke y el SPD) más que a la AfD. La clave parece estar en el programa económico de izquierdas del BSW, que choca con la política económica neoliberal de la AfD: el estudio muestra que el BSW recibe apoyo principalmente de grupos socialmente marginados y de bajos ingresos, tradicionalmente el grupo objetivo clásico de los partidos socialdemócratas. También explica por qué goza de un apoyo mucho mayor en el este de Alemania, que tiene un PIB per cápita y unos salarios significativamente más bajos, y unas tasas de desempleo y pobreza más altas que Alemania occidental.

Esto sugiere que el programa conservador de izquierdas de Wagenknecht está ocupando un espacio político que antes estaba vacante, atrayendo a votantes alemanes desilusionados con la política dominante, e incluso muy críticos con la inmigración, pero que sin embargo se sienten incómodos votando a un partido que tiene innegables rasgos xenófobos o racistas. El BSW, por el contrario, representa una opción «no extremista» mucho más aceptable para estos posibles votantes populistas. Esto se ve confirmado por el hecho de que, a pesar de su dura postura frente a la inmigración, el BSW parece estar ganándose a un número superior a la media de votantes de origen inmigrante, un grupo demográfico que tradicionalmente ha votado a partidos de centro-izquierda. En resumen, los datos sugieren que Wagenknecht está ampliando el frente populista en lugar de simplemente desplazar al grupo populista existente.

Esto, junto con el hecho de que Wagenknecht se encuentra entre los tres políticos más populares de Alemania, explica por qué la clase dirigente ha decidido pasar al ataque. En las últimas semanas, los medios de comunicación han lanzado una campaña implacable contra Wagenknecht y el BSW, centrada, como era de esperar, en las afirmaciones de que es una «propagandista rusa», o «Vladimir Putinova», como la llamó un artículo. De forma aún más desesperada, algunos han intentado pintar a Wagenknecht, una comunista literal, como una «extremista de extrema derecha». Esta misma semana, Político, propiedad del titán alemán de los medios de comunicación Axel Springer, se preguntaba sin ironía: «¿Es la nueva superestrella alemana tan de extrema izquierda que es de extrema derecha?».

La respuesta, por supuesto, es un aburrido nein. Y, sin duda, los resultados de este fin de semana plantearán una cuestión mucho más interesante: con unas elecciones generales previstas para el año que viene, ¿ha encontrado Alemania por fin un político capaz de romper su muro ideológico?"

( , UnHerd, 31/08/24, traducción DEEPL, enlaces en el original)

10.4.24

Sahra Wagenknecht, nueva estrella (roja) alemana: «La UE es demasiado centralista, Ucrania no puede ganar. Es cierto que muchos votantes de la vieja izquierda se han pasado a la derecha, no porque sean racistas o nacionalistas, sino porque están insatisfechos... somos conservadores de izquierdas. Como solíamos ser, antes de esta ola identitaria, antes de los «discursos woke»... me dirijo a las personas con ingresos medios o bajos. Olvidados por todos, incluso por la izquierda

"Sahra Wagenknecht: «La UE es demasiado centralista, Ucrania no puede ganar». Es cierto que muchos votantes de la vieja izquierda se han pasado a la derecha, no porque sean racistas o nacionalistas, sino porque están insatisfechos»

BERLÍN – Sahra Wagenknecht es de izquierdas, conservadora de izquierdas, dice. Fundó un partido que lleva su nombre porque, según ella, el principal problema de los progresistas europeos es que «su clientela hoy está formada por privilegiados». Sus detractores la acusan de populista, pero el partido crece y en algunas regiones del Este es la segunda o tercera fuerza. Suficiente para romper el equilibrio de la política alemana.

En resumen, se ha convertido en un fenómeno. Nos recibe en su despacho, con colegas de la Gazeta Wyborcza polaca y La Croix francesa, a las 18.00. En la puerta aún cuelga la placa de su antiguo partido, el Linke. Traje rojo, pendientes de plata que se balancean como pequeños péndulos cuando discrepa, acentuando la disidencia, rodilla desnuda como ante las cámaras. Confirma lo que parece en televisión: a medio camino entre una figura hierática de los años 50 y una actriz austera con encanto natural, dotada de una compostura, un control y una dialéctica superiores: no es casualidad que en los debates televisivos a menudo domine a todos.

Sahra Wagenknecht, ¿por qué un nuevo partido? ¿A quién se dirige?

A las personas con ingresos medios o bajos. Olvidados por todos, incluso por la izquierda. Thomas Piketty demostró en su libro Capital y Economía, estadísticas en mano, que históricamente la izquierda ha sido votada por los menos favorecidos. Hoy es al revés. Por ejemplo, los Verdes, ya sé que suena a tópico: quienes les votan tienen formación académica, viven en el centro, compran en tiendas ecológicas, conducen coches eléctricos. Quieren prohibir los aviones para todo el mundo, explicar por qué no deberías ir de vacaciones a Mallorca y luego volar por todo el mundo. Y es este doble rasero lo que enfada a la gente».

Suena como los discursos de Alternative fur Deutschland….

«Es cierto que muchos votantes de la vieja izquierda se han pasado a la derecha. Pero no porque sean racistas, nacionalistas, sino porque están insatisfechos. Nadie defiende sus intereses».

Ha fundado un partido «personal», la Unión por la Razón y el Progreso Sahra Wagenknecht.

¿No es una costumbre de derechas?

‘En Alemania la legislación sobre partidos es muy estricta, de ahí también la estabilidad del sistema, es difícil fundar uno nuevo. Un partido nuevo debe tener su propio perfil. Ahora soy relativamente conocida, mis ideas son conocidas. Pero el objetivo es que mi nombre acabe desapareciendo. Como digo en el libro «Die Selbstgerechten» (Los presuntuosos), somos conservadores de izquierdas. Como solíamos ser, antes de esta ola identitaria, antes de los «discursos woke».

De vuelta al siglo XIX…

«No, al SPD de Willy Brandt. No somos retrógrados, homófobos, gracias a Dios con estas tesis no tenemos nada que ver. Pero del cannabis a la prostitución, incluso sobre el aborto -por supuesto que estoy a favor del aborto, pero no en el octavo mes, ni siquiera en el sexto-, la izquierda ha adoptado una serie de posiciones equivocadas».

A menudo se burla de la ministra verde Annalena Baerbock y de su política exterior feminista. 

¿Acaso no es feminista?

«El feminismo no tiene nada que ver con esto. Es una política exterior militarista: glorificar la guerra y suministrar armas. Realmente aterrador adónde han ido a parar los Verdes».

¿Está hablando de Ucrania?

«Y Gaza. Lo que estamos haciendo con Israel, dada su forma de conducir la guerra, nos hace corresponsables. En cuanto a Ucrania: no pondremos fin al conflicto si seguimos entregando armas sin presionar. El Papa tiene razón. Hay que negociar ya».

¿Así que dejan las armas y luego vemos qué hace Putin?

«Mientras tanto eso congelaría el frente. Si hubiéramos hecho esto hace seis meses, habría sido mejor. Esto es lo que dice el Papa. No habló de capitulación, sino de la forma correcta de no llevar al país al suicidio. Creo que Zelensky no tiene ninguna posibilidad de ganar la guerra, alimentar esta ilusión es peligroso».

No cree que Putin pueda entonces atacar Polonia.

«No, porque no es capaz de hacerlo. El ejército ruso no logró tomar Kiev. Que puedan mantener un enfrentamiento con la OTAN lo excluyo».

Usted sugiere normalizar las relaciones con Rusia. Pero los estrechos lazos entre Alemania y Rusia nunca han ido especialmente bien…

«Desde el punto de vista polaco, entiendo las preocupaciones. Pero Alemania nunca ha sido atacada por Rusia, lo contrario ha ocurrido dos veces. Lo mismo ocurre con Europa Occidental».

¿Recibe su partido dinero de Moscú?

«Por supuesto que no. Es completamente absurdo, hubo estas dos transferencias de 35 euros desde Rusia. Recibimos tanto dinero del Kremlin como de Trump o de la mafia siciliana».

¿Qué piensa de la UE?

‘Que debe centrarse en lo que puede regular. Queremos desmantelar la centralización. Estamos por una Europa de democracias soberanas’. ¿Una Europa de patrias? «Patria es quizá un concepto algo anticuado, pero la idea que subyace me parece acertada. Queremos una Europa que coopere, sin rivalidades ni hostilidades, pero estamos en contra de una centralización de las decisiones en Bruselas que luego socava la democracia en cada uno de los países. Creo que De Gaulle era un hombre inteligente. En cualquier caso, no queremos preservar la Europa actual, sino cambiarla».

Su padre era iraní, su adjunto Fabio Masi tiene orígenes italianos. ¿Por qué -con estas conexiones- está tan en contra de la inmigración?

En principio, no estamos en contra de la inmigración. Los problemas surgen cuando llegan demasiados y faltan infraestructuras. En Alemania necesitamos urgentemente 700.000 viviendas, guarderías, profesores. Se crea una sobrecarga. El otro punto crítico es cuando la identidad de algunas comunidades de inmigrantes se basa en el rechazo de la cultura del país de acogida. Veamos lo que ocurre en Francia, donde hay realidades paralelas inaceptables en las que se practica el islam radical».

¿Gobernaría usted con la Afd? En el Este tendría los números tras las elecciones de septiembre.

«Eso lo excluyo. En Sajonia y Turingia son extremistas».

Presentó su partido en un antiguo cine de la RDA. A veces parece sentir nostalgia de aquel mundo.

Para mí la caída del Muro fue una liberación. Tuve dificultades en Alemania del Este, quería reformas, había criticado a los dirigentes, la planificación centralizada. No pude encontrar plaza en la universidad a pesar de tener buenas notas. Me ofrecieron un trabajo de secretaria: entonces dije que me quedaría en casa leyendo y viviría dando clases particulares. El ‘Turning Point’ para mí fue una bendición, pude estudiar. Al mismo tiempo, sé que para los que no tenían 20 años como yo, la RDA fue en parte su biografía. Y cuando, tras la reunificación, los alemanes occidentales afirmaron que sus vidas no valían nada, se rebelaron»." (altrenotizie, 28/03/24, traducción DEEPL)

5.2.24

La entrada de un nuevo partido de izquierda alemán sacude al país... existe en Alemania, una división entre un gobierno deseoso de continuar la guerra en Ucrania, y una población que quiere que esta guerra termine, y que su gobierno afronte la grave crisis de inflación... "Si defiendes la guerra económica autodestructiva contra Rusia, que está empujando a millones de personas en Alemania a la penuria y provocando una redistribución ascendente de la riqueza, entonces no puedes defender de forma creíble la justicia social y la seguridad social"... Wagenknecht sostiene que el problema de la pobreza mundial no puede resolverse con la inmigración, sino con políticas económicas sólidas y el fin de las sanciones a países como Siria... la frustración de las comunidades contra los inmigrantes es a menudo una frustración más amplia con los recortes en el bienestar social, los recortes en la financiación de la educación y la salud (Vijay Prashad)

 "En octubre de 2023, 10 diputados del Parlamento alemán (Bundestag) abandonaron Die Linke (La Izquierda) y declararon su intención de formar su propio partido. Con su marcha, el grupo parlamentario de Die Linke se redujo a 28 de los 736 diputados del Bundestag, frente a los 78 de la ultraderechista Alianza por Alemania (AfD). Una de las razones de la marcha de estos 10 diputados es que consideran que Die Linke ha perdido el contacto con su base obrera, cuya descomposición por los temas de la guerra y la inflación ha llevado a muchos de ellos a los brazos de la AfD. La nueva formación está liderada por Sahra Wagenknecht (nacida en 1969), una de las políticas más dinámicas de su generación en Alemania y antigua estrella de Die Linke, y Amira Mohamed Ali. Se llama Alianza Sahra Wagenknecht por la Razón y la Justicia (Bündnis Sahra Wagenknecht, BSW) y se lanzó a principios de enero de 2024.

Los antiguos compañeros de Wagenknecht en Die Linke la acusan de "conservadurismo" por sus opiniones sobre la inmigración en particular. Sin embargo, como veremos, Wagenknecht refuta esta descripción de su enfoque. La descripción de "conservadurismo de izquierdas" (articulada por el profesor holandés Cas Mudde) se utiliza con frecuencia, aunque sus críticos no la desarrollan. Hablé con Wagenknecht y su estrecho aliado, Sevim Dağdelen, sobre su nuevo partido y sus esperanzas de impulsar una agenda progresista en Alemania.

Contra la guerra

El núcleo de nuestra conversación giró en torno a la profunda división que existe en Alemania entre un gobierno -dirigido por el socialdemócrata Olaf Scholz- deseoso de continuar la guerra en Ucrania, y una población que quiere que esta guerra termine y que su gobierno afronte la grave crisis de inflación. El meollo de la cuestión, según Wagenknecht y Dağdelen, es la actitud ante la guerra. Die Linke, argumentan, simplemente no se pronunció con firmeza contra el respaldo occidental a la guerra en Ucrania y no articuló la desesperación de la población. "Si defiendes la guerra económica autodestructiva contra Rusia, que está empujando a millones de personas en Alemania a la penuria y provocando una redistribución ascendente de la riqueza, entonces no puedes defender de forma creíble la justicia social y la seguridad social", me dijo Wagenknecht. "Si defiendes políticas energéticas irracionales, como traer energía rusa más cara a través de India o Bélgica, mientras haces campaña para no reabrir los gasoductos con Rusia para obtener energía barata, entonces la gente simplemente no creerá que defiendes a los millones de empleados cuyos puestos de trabajo están en peligro como resultado del colapso de industrias enteras provocado por el aumento de los precios de la energía".

El índice de aprobación de Scholz está ahora en el 17%, y a menos que su gobierno sea capaz de resolver los acuciantes problemas engendrados por la guerra de Ucrania, es poco probable que pueda revertir esta imagen. En lugar de intentar impulsar un alto el fuego y las negociaciones en Ucrania, la coalición de Scholz formada por los socialdemócratas, los verdes y los demócratas libres, dice Dağdelen, "está intentando comprometer al pueblo de Alemania en una guerra global junto a Estados Unidos en al menos tres frentes: en Ucrania, en Asia Oriental con Taiwán y en Oriente Medio al lado de Israel". Es elocuente que la ministra de Asuntos Exteriores Annalena Baerbock incluso impidiera un alto el fuego humanitario en Gaza en la cumbre de El Cairo" en octubre de 2023.

De hecho, en 2022, el primer ministro de Turingia y líder de Die Linke, Bodo Ramelow, declaró a Süddeutsche Zeitung que el gobierno federal alemán debía enviar tanques a Ucrania. Cuando Wagenknecht calificó a Gaza de "prisión al aire libre" en octubre de 2023, el líder del grupo parlamentario Die Linke, Dietmar Bartsch, dijo que se "distanciaba fuertemente" de ella (la frase "prisión al aire libre" para describir Gaza es muy utilizada, incluso por Francesca Albanese, relatora especial de la ONU sobre la situación de los derechos humanos en los Territorios Palestinos ocupados desde 1967). "Tenemos que señalar lo que está ocurriendo aquí", me dice Dağdelen. "Es nuestro deber organizar la resistencia a este colapso de la postura antibelicista de Die Linke. Rechazamos la implicación de Alemania en las guerras por poderes de Estados Unidos y la OTAN en Ucrania, Asia Oriental y Oriente Medio."

Polémicas

El 25 de febrero de 2023, Wagenknecht y sus seguidores organizaron una protesta contra la guerra en la Puerta de Brandemburgo de Berlín que congregó a 30.000 personas. La protesta siguió a la publicación de un "manifiesto por la paz", redactado por Wagenknecht y la escritora feminista Alice Schwarzer, que ya ha conseguido más de un millón de firmas. The Washington Post informó sobre esta manifestación con un artículo titulado "El Kremlin intenta crear una coalición antibelicista en Alemania". Dağdelen me dice que el grueso de los asistentes a la concentración y de los que firmaron el manifiesto pertenecen a los "campos centrista, liberal y de izquierdas." Un conocido periodista de extrema derecha, Jürgen Elsässer, intentó participar en la manifestación, pero Dağdelen -como muestran las imágenes de vídeo- discutió con él y le dijo que se marchara. Todo el mundo menos la derecha, dice, era bienvenido a la manifestación. Sin embargo, tanto Dağdelen como Wagenknecht afirman que su antiguo partido -Die Linke- intentó obstaculizar el mitin y los demonizó por celebrarlo. "La difamación pretende crear un enemigo interno", me dijo Dağdelen. "Vilipendiar las protestas pacifistas pretende desanimar a la gente y, al mismo tiempo, movilizar el apoyo a políticas gubernamentales repugnantes, como el suministro de armas a Ucrania".

Parte de la polémica en torno a Wagenknecht gira en torno a sus opiniones sobre la inmigración. Wagenknecht se declara partidaria del derecho de asilo político y afirma que las personas que huyen de la guerra deben recibir protección. Pero sostiene que el problema de la pobreza mundial no puede resolverse con la inmigración, sino con políticas económicas sólidas y el fin de las sanciones a países como Siria. Una auténtica izquierda, dice, debe atender la llamada de alarma de las comunidades que piden el fin de la inmigración y se acercan a la ultraderechista AfD. "A diferencia de la dirección de Die Linke", me dijo Wagenknecht, "no pretendemos dar por perdidos a los votantes de AfD y limitarnos a observar cómo sigue creciendo la amenaza de la derecha en Alemania. Queremos recuperar a los votantes de la AfD que se han ido a ese partido por frustración y en protesta por la falta de una oposición real que hable en nombre de las comunidades."

El objetivo de su política, dijo Wagenknecht, no es tanto la anti-inmigración como atacar la postura anti-inmigración de la AfD al mismo tiempo que su partido trabajará con las comunidades para entender por qué están frustradas y cómo su frustración contra los inmigrantes es a menudo una frustración más amplia con los recortes en el bienestar social, los recortes en la financiación de la educación y la salud, y en una política arrogante hacia la migración económica. "Es revelador", dijo, "que los ataques más duros contra nosotros provengan de la extrema derecha". No quieren, señala, que el nuevo partido desvíe el argumento de un estrecho enfoque antiinmigración hacia una política a favor de la clase trabajadora.

Los sondeos muestran que el nuevo partido podría obtener el 14% de los votos, lo que triplicaría la cuota de Die Linke y convertiría a BSW en el tercer partido más grande del Bundestag." 

(Traducción realizada con la versión gratuita del traductor DeepL.com)

25.1.24

El partido de Wagenknecht quiere reducir el tamaño de la UE y fortalecer el papel de los Estados miembros. También rechaza categóricamente la ampliación de la UE. Además, aboga por una resistencia activa a la implementación de las normas de la UE en áreas que van en contra de los intereses económicos, la justicia social, la paz, la democracia y la libertad de opinión de Alemania... en otras palabras, en todas las áreas en las que la UE está activa. Básicamente, ella está pidiendo un camino de resistencia que esencialmente mataría a la UE si se aplicara durante un cierto período de tiempo... La principal afirmación del manifiesto es que la integración europea, representada por la UE, había fracasado (Wolfgang Münchau)

 "Farage de Alemania  

Es demasiado pronto para saber si el nuevo partido político de Sahra Wagenknecht tiene fuerza. Creemos que el entorno político se está moviendo a su favor. Sabíamos que BSW, como se conoce a su partido, estaría a favor de una interrupción inmediata de los envíos de armas a Ucrania y de la reanudación del suministro de gas desde Rusia. También conocíamos su posición sobre la inmigración.  

Una de las cosas que no sabíamos es el profundo euroescepticismo, como acaba de revelarse en el manifiesto electoral europeo de su partido. Es una versión del euroescepticismo que recuerda a la campaña Vote Leave en el Reino Unido. Europa no es un gran tema en el debate político alemán, ni siquiera en la campaña electoral europea. Pero como hemos visto en el Reino Unido en los últimos 50 años, Europa entra en la categoría de cosas que no importan hasta que lo hacen. 

Y cuando lo hacen, nada más parece importar mucho. La principal afirmación del manifiesto es que la integración europea, representada por la UE, había fracasado. Su gran queja es que la UE se ha vuelto demasiado verde, demasiado burocrática y demasiado americana. El regreso al atlantismo bajo Ursula von der Leyen es difícil de discutir. Abre la UE a una nueva forma de oposición de izquierda. El partido de Wagenknecht quiere reducir el tamaño de la UE y fortalecer el papel de los Estados miembros. También rechaza categóricamente la ampliación de la UE. 

 Además, aboga por una resistencia activa a la implementación de las normas de la UE en áreas que van en contra de los intereses económicos, la justicia social, la paz, la democracia y la libertad de opinión de Alemania; en otras palabras, en todas las áreas en las que la UE está activa. Básicamente, ella está pidiendo un camino de resistencia que esencialmente mataría a la UE si se aplicara durante un cierto período de tiempo, como señaló FAZ. El euroescepticismo se presenta de diferentes formas. Los euroescépticos no son todos iguales.  

La principal fuerza del euroescepticismo en el Reino Unido era la derecha, pero sin el apoyo tácito del voto de izquierda, el Brexit nunca habría conseguido una mayoría. Creemos que en Alemania la versión izquierdista del euroescepticismo es potencialmente la más peligrosa. En total, el AfD tiene más seguidores que Wagenknecht, pero Wagenknecht tiene una posible carta de Trump. A diferencia del AfD, ella podría convertirse en miembro de un gobierno de coalición. Su partido no permite que antiguos miembros de AfD se unan. 

 Al igual que los demás partidos políticos, ella también descartó categóricamente cualquier alianza con el AfD. Si los partidos del centro finalmente forman coaliciones permanentes entre sí, ella podría convertirse en un socio potencial, posiblemente para un gobierno liderado por CDU/CSU/FDP. Obviamente no podrá implementar sus promesas europeas más radicales, excepto tal vez en materia de ampliación. Es peligrosa en el sentido en que Nigel Farage lo era. No ganó poder, pero sus narrativas se infiltraron en el discurso político. Incluso el partido proeuropeo FAZ señaló que en algunos aspectos sus críticas a la UE están justificadas. 

 Como sabrán los lectores veteranos, nuestro propio discurso sobre la UE también cambió a lo largo de los años, especialmente después de que nos dimos cuenta de que el límite máximo para la integración económica y fiscal había pasado y había dado paso a un simbolismo vacío. Se puede argumentar con fundamento que es necesario concentrar el poder político, ya sea a nivel europeo o nacional. 

Las posiciones proeuropeas y antieuropeas no siempre están tan alejadas. El principal adversario político de Wagenknecht es el Partido Verde, que es popular en las grandes ciudades, especialmente en aquellas con una gran población estudiantil. La coalición de semáforos de Olaf Scholz es en gran medida un gobierno metropolitano. La población se rebela ahora contra los dos planes principales que definen esta coalición: la agenda verde y una política de inmigración abierta. Escribimos sobre las protestas de los agricultores. 

Los agricultores, a diferencia de los industriales, no tienen una representación política efectiva en Alemania. Ahora mismo salen a la calle. Wagenknecht no tiene nada de rural. La ubicaríamos en la categoría de ciudad/suburbano de geografía política. Pero su postura abiertamente anti-verde y anti-UE sería muy atractiva para varios sectores de la sociedad alemana, incluidos los agricultores."                (Wolfgang Münchau , Eurointelligence, 22/01/24)