"Con la muerte de Jorge Bergoglio, el Papa Francisco, desaparece una
figura poco común que, en una Italia gobernada por los neofascistas y
una Europa cada vez más reaccionaria, se distinguía por un sorprendente
compromiso ético, social y ecológico.
Desde que Pío XII excomulgó a los comunistas, la izquierda solo podía
esperar anatemas del Vaticano. ¿Acaso Juan Pablo II y Ratzinger no
persiguieron a los teólogos de la liberación, acusados de utilizar
conceptos marxistas? ¿No intentaron imponer a Leonardo Boff un «silencio
obsequioso»? Es cierto que, desde el siglo XIX, siempre ha habido
corrientes de izquierda en el catolicismo, pero solo han encontrado
hostilidad por parte de las autoridades romanas. Por otra parte, las
corrientes clericales críticas con el capitalismo solían ser bastante
reaccionarias. Criticando el socialismo feudal o clerical en El Manifiesto Comunista,
Marx y Engels constataban «su absoluta incapacidad para comprender el
curso de la historia»; pero reconocían en esta mezcla de «ecos del
pasado y estruendos del futuro» una «crítica mordaz y espiritual» que a
veces podía «golpear a la burguesía en el corazón».
Max Weber ofrece un análisis más general sobre la relación entre la
Iglesia y el capital: en sus trabajos sobre sociología de las
religiones, constató la «profunda aversión» (tiefe Abneigung) de
la ética católica hacia el espíritu del capitalismo, a pesar de las
adaptaciones y los compromisos. Es una hipótesis que hay que tener en
cuenta para comprender lo que sucedió en Roma con la elección del Papa
argentino.
Jorge Bergoglio, el Papa Francisco
¿Qué podíamos esperar del cardenal Jorge Bergoglio, elegido Pontifex
Maximum en marzo de 2013? Es cierto que era un latinoamericano, lo que
ya significaba todo un cambio. Pero había sido elegido por el mismo
cónclave que había entronizado al conservador Ratzinger y procedía de
Argentina, un país donde la Iglesia no es famosa por su progresismo, ya
que varios de sus dignatarios colaboraron activamente con la sangrienta
dictadura militar de 1976. No fue el caso de Bergoglio: según algunos
testimonios, incluso ayudó a esconderse o a abandonar el país a personas
perseguidas por la Junta Militar. Pero tampoco se opuso al régimen: un
«pecado de omisión», podría decirse. Mientras que algunos cristianos de
izquierda, como el Premio Nobel de la Paz argentino Adolfo Pérez
Esquivel, siempre lo apoyaron, otros lo consideraban como un opositor de
derecha al gobierno de los «peronistas de izquierda» Néstor y Cristina
Kirchner.
Sea como fuere, una vez elegido como Sumo Pontífice,
Francisco —nombre que eligió en referencia a San Francisco, el amigo de
los pobres y de los pájaros— se distinguió inmediatamente por su postura
valiente y comprometida. En cierto modo, recuerda al Papa Roncalli,
Juan XXIII, quien fue elegido como un «Papa de transición» para
garantizar la continuidad y la tradición, pero inició el cambio más
profundo en siglos en la Iglesia: el Concilio Vaticano II (1962-65). De
hecho, Bergoglio había pensado inicialmente en tomar el nombre de Juan
XXIV, para honrar a su predecesor de los años sesenta.
El primer viaje del nuevo pontífice fuera de Roma fue en julio de 2013,
al puerto italiano de Lampedusa, donde llegaban cientos de inmigrantes
ilegales, mientras muchos otros se ahogan en el Mediterráneo. En su homilía,
no tuvo miedo de ir contra el Gobierno italiano —y gran parte de la
opinión pública— al denunciar la «globalización de la indiferencia» que
nos hace «insensibles a los gritos de los demás», es decir, a la suerte
de «los inmigrantes muertos en el mar, en esas embarcaciones que, en
lugar de ser un camino de esperanza, eran un camino de muerte». Luego
volvería varias veces sobre esta crítica a la inhumanidad de la política
europea hacia los inmigrantes.
En relación con América Latina también se produjo un cambio notable. En septiembre de 2013, Francisco se reunió con Gustavo Gutiérrez, fundador de la teología de la liberación, y el diario vaticano Osservatore Romano publicó por primera vez un artículo favorable a este pensador. Otro gesto simbólico fue la beatificación —y más tarde, canonización— del arzobispo salvadoreño Óscar Romero,
asesinado en 1980 por militares tras denunciar la represión
antipopular, un héroe celebrado por la izquierda católica
latinoamericana pero ignorado por anteriores pontífices. Durante su
visita a Bolivia en julio de 2015, Bergoglio rindió un intenso y
vibrante homenaje a la memoria de su compañero jesuita Luis Espinal Camps,
sacerdote misionero, poeta y cineasta español asesinado el 21 de marzo
de 1980, bajo la dictadura de Luis García Meza, por su compromiso con
las luchas sociales. Durante su encuentro con Evo Morales, el presidente
socialista boliviano le regaló una escultura realizada por el mártir jesuita: una cruz apoyada sobre una hoz y un martillo de madera…
Durante su visita a Bolivia, Francisco participó de un Encuentro Mundial
de Movimientos Sociales en la ciudad de Santa Cruz. Su discurso en esta
ocasión ilustra la «profunda aversión» al capitalismo de la que hablaba
Max Weber, pero en un grado nunca alcanzado por ninguno de sus
predecesores. He aquí un pasaje ya famoso de su discurso:
Se está castigando a la tierra, a los pueblos y las
personas de un modo casi salvaje. Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y
destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea llamaba «el
estiércol del diablo». La ambición desenfrenada de dinero que gobierna.
Ese es el estiércol del diablo. El servicio para el bien común queda
relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones
de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el
sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo
convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta
pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra
casa común.
Como era de esperar, el planteamiento de Francisco encontró una
considerable resistencia en los sectores más conservadores de la
Iglesia. Uno de los opositores más activos es el cardenal norteamericano
Raymond Burke, entusiasta partidario de Donald Trump, que también entró
en contacto, durante un viaje a Italia, con Matteo Salvini, el líder de
la Legga del Norte. Algunos de estos opositores acusaron al nuevo
pontífice de ser un hereje, o incluso un… marxista disfrazado.
Cuando Rush Linebaugh, un periodista católico reaccionario
estadounidense, lo calificó de «Papa marxista», Francisco respondió
refutando cortésmente el adjetivo, al tiempo que añadía que no se sentía
ofendido ya que conocía «a muchos marxistas que eran buenas personas».
De hecho, en 2014 el Papa recibió en audiencia a dos destacados representantes de la izquierda europea:
Alexis Tsipras, entonces líder de la oposición al Gobierno derechista
de Atenas, y Walter Baier, coordinador de la red Transform, formada por
fundaciones culturales vinculadas al Partido de la Izquierda Europea
(como la Fundación Rosa Luxemburgo, de Alemania). En esa ocasión, se
decidió iniciar un proceso de diálogo entre marxistas y cristianos,
que se plasmó en varios encuentros, incluyendo una Universidad de
Verano conjunta en la isla de Syros, en Grecia, en 2018. En 2024 el Papa
recibió a una delegación de los participantes de este diálogo
(cristianos y marxistas), incluyendo al autor de la presente nota.
Es cierto que cuando se trata del derecho de la mujer a controlar su
propio cuerpo y de la moral sexual en general —anticoncepción, aborto,
divorcio, homosexualidad— Francisco se aferró a posiciones conservadoras
de la doctrina de la Iglesia. Pero hubo algunos signos de apertura, de
los que el violento conflicto de 2017 con la cúpula de la Orden de
Malta, una institución rica y aristocrática de la Iglesia católica, fue
un síntoma llamativo. El archiconservador Gran Maestre de la Orden, el
príncipe (¡¿?!) Matthew Festing, exigió la dimisión del canciller de la
Orden, el barón de Boeselager, por el terrible pecado de distribuir
preservativos a las poblaciones pobres amenazadas por la epidemia de
sida en África. El Canciller apeló al Vaticano, que falló a su favor
contra Festing; pero éste —apoyado por el cardenal Burke— se negó a
obedecer, por lo que fue destituido de su cargo por el Vaticano. Esto no implicó la adopción de los anticonceptivos por parte de la doctrina moral de la Iglesia, pero fue un cambio…
Está claro que no había nada marxista en el Papa Francisco y que su
teología estaba muy alejada de la forma marxista de la teología de la
liberación. Su formación intelectual, espiritual y política le debe
mucho a la teología del pueblo,
una variante argentina no marxista de la teología de la liberación,
cuyos principales inspiradores fueron Lucio Gera y el teólogo jesuita
Juan Carlos Scannone. La teología del pueblo no pretende basarse en la
lucha de clases, pero reconoce el conflicto entre pueblo y «antipueblo» y
apoya la opción prioritaria por los pobres. También muestra menos
interés por las cuestiones socioeconómicas que otras formas de teología
de la liberación y le presta más atención a la cultura, en particular a
la religión popular.
En un artículo de 2014 («El Papa Francisco y la teología del pueblo»), Juan Carlos Scannone subraya con razón cuánto le deben a esta teología popular las primeras encíclicas del Papa, como Evangelii Gaudium
(2014), denostada por sus críticos de izquierda como «populista» (en el
sentido argentino y peronista del término, no en el europeo). Sin
embargo, me parece que Bergoglio, en su crítica al «ídolo del capital» y
a todo el «sistema socioeconómico» actual, va más lejos que sus
inspiradores argentinos. Sobre todo en su última Encíclica, Laudato si’ (2015), que merece una reflexión marxista.
Laudato si’
La «Encíclica ecológica» del Papa Francisco es un acontecimiento de
importancia planetaria, desde el punto de vista religioso, ético, social
y político. Teniendo en cuenta la enorme influencia de la Iglesia
católica, es una contribución crucial al desarrollo de una conciencia
ecológica crítica. Si bien fue recibida con entusiasmo por los
auténticos ecologistas, también suscitó preocupación y rechazo por parte
de los conservadores religiosos, los representantes del capital y los
ideólogos de la «ecología de mercado». Se trata de un documento de gran
riqueza y complejidad, que propone una nueva interpretación de la
tradición judeocristiana —rompiendo con el «sueño prometeico de
dominación del mundo»— y una reflexión crítica sobre las causas de la
crisis ecológica. En ciertos aspectos, como la inseparable asociación
del «clamor de la tierra» y el «clamor de los pobres», es evidente que
la teología de la liberación —en particular la del eco-teólogo Leonardo Boff — fue una de sus fuentes de inspiración.
En las breves notas que siguen, me gustaría subrayar un aspecto de la
Encíclica que explica la resistencia que encontró en el establishment
económico y mediático: su carácter antisistémico.
Para el Papa Francisco, las catástrofes ecológicas y el cambio climático
no son únicamente el resultado de comportamientos individuales —aunque
estos desempeñan un papel—, sino de «los actuales modelos de producción y
consumo». Bergoglio no es marxista, y la palabra «capitalismo» no
aparece en la encíclica. Pero queda muy claro que para él los dramáticos
problemas ecológicos de nuestro tiempo son el resultado de los
engranajes de la economía globalizada actual, engranajes constituidos
por un sistema global «estructuralmente perverso de relaciones
comerciales y de propiedad» (sección 52 del documento, énfasis añadido).
¿Cuáles son, para Francisco, estas características «estructuralmente
perversas»? Ante todo, un sistema en el que predominan «los intereses
limitados de las empresas» y «una racionalidad económica cuestionable»,
una racionalidad instrumental cuyo único objetivo es maximizar las
ganancias. En consecuencia, «el principio de maximización de la
ganancia, que tiende a aislarse de toda otra consideración, es una
distorsión conceptual de la economía: si aumenta la producción, interesa
poco que se produzca a costa de los recursos futuros o de la salud del
ambiente» (sección 195). Esta distorsión, esta perversidad ética y
social, no es más propia de un país que de otro, sino de un «sistema
global, en el que predominan la especulación y la búsqueda de rentas
financieras, que tienden a ignorar todo contexto y todo efecto sobre la
dignidad humana y el medio ambiente». Parece, pues, que «la degradación
ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas»
(56).
La obsesión por el crecimiento ilimitado, el consumismo, la tecnocracia,
el dominio absoluto de las finanzas y el endiosamiento del mercado son
características perversas del sistema. En una lógica destructiva, todo
se reduce al mercado y al «cálculo financiero de costos y beneficios».
Sin embargo, hay que entender que «el ambiente es uno de esos bienes que
los mecanismos del mercado no son capaces de defender o de promover
adecuadamente» (190). El mercado es incapaz de tener en cuenta valores
cualitativos, éticos, sociales, humanos o naturales, es decir, «valores
que exceden todo cálculo» (36).
El poder «absoluto» del capital financiero especulativo es un aspecto
esencial del sistema, como confirman las crisis bancarias. En este
sentido, el comentario de la encíclica es desmitificador:
La salvación de los bancos a toda costa, haciendo pagar
el precio a la población, sin la firme decisión de revisar y reformar el
entero sistema, reafirma un dominio absoluto de las finanzas que no
tiene futuro y que sólo podrá generar nuevas crisis después de una
larga, costosa y aparente curación. La crisis financiera de 2007-2008
era la ocasión para el desarrollo de una nueva economía más atenta a los
principios éticos y para una nueva regulación de la actividad
financiera especulativa y de la riqueza ficticia. Pero no hubo una
reacción que llevara a repensar los criterios obsoletos que siguen
rigiendo al mundo. (189)
Esta dinámica perversa del sistema global que «sigue rigiendo el mundo»
es la razón del fracaso de las Cumbres Mundiales sobre Medio Ambiente:
«Hay demasiados intereses particulares y muy fácilmente el interés
económico llega a prevalecer sobre el bien común y a manipular la
información para no ver afectados sus proyectos» (54). En cuanto
predominan los imperativos de los poderosos grupos económicos
Sólo podrían esperarse algunas declamaciones
superficiales, acciones filantrópicas aisladas, y aun esfuerzos por
mostrar sensibilidad hacia el medio ambiente, cuando en la realidad
cualquier intento de las organizaciones sociales por modificar las cosas
será visto como una molestia provocada por ilusos románticos o como un
obstáculo a sortear. (54)
En este contexto, la Encíclica denuncia la irresponsabilidad de los
«responsables», es decir, de las élites dominantes o de las oligarquías
interesadas en preservar el sistema, en relación con la crisis
ecológica:
Muchos de aquellos que tienen más recursos y poder
económico o político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los
problemas o en ocultar los síntomas, tratando sólo de reducir algunos
impactos negativos del cambio climático. Pero muchos síntomas indican
que esos efectos podrán ser cada vez peores si continuamos con los
actuales modelos de producción y de consumo. (26)
Ante la dramática destrucción del equilibrio ecológico del planeta y la
amenaza sin precedentes que supone el cambio climático, ¿qué proponen
los gobiernos o los representantes internacionales del sistema (Banco
Mundial, FMI, etc.)? Su respuesta es el llamado «desarrollo sostenible»,
un concepto cuyo contenido es cada vez más vacío, un verdadero flatus vocis, como decían los escolásticos de la Edad Media. Francisco no se hace ilusiones sobre esta mistificación tecnocrática:
El discurso del crecimiento sostenible suele convertirse
en un recurso diversivo y exculpatorio que absorbe valores del discurso
ecologista dentro de la lógica de las finanzas y de la tecnocracia, y
la responsabilidad social y ambiental de las empresas suele reducirse a
una serie de acciones de marketing e imagen. (194)
Las medidas concretas propuestas por la oligarquía tecnofinanciera
dominante son completamente ineficaces, como los llamados «mercados de
carbono». La crítica del Papa a esta falsa solución es uno de los
argumentos más importantes de la Encíclica. Refiriéndose a una
resolución de la Conferencia Episcopal Boliviana, Bergoglio escribe:
La estrategia de compraventa de «bonos de carbono »
puede dar lugar a una nueva forma de especulación, y no servir para
reducir la emisión global de gases contaminantes. Este sistema parece
ser una solución rápida y fácil, con la apariencia de cierto compromiso
con el medio ambiente, pero que de ninguna manera implica un cambio
radical a la altura de las circunstancias. Más bien puede convertirse en
un recurso diversivo que permita sostener el sobreconsumo de algunos
países y sectores. (171).
Pasajes como éste explican la falta de entusiasmo en los círculos
«oficiales» y entre los partidarios de la «ecología de mercado» (o del
«capitalismo verde») por Laudato si’.
Al vincular la cuestión ecológica con la cuestión social, Francisco
insiste en la necesidad de medidas drásticas, es decir, de cambios
profundos para hacer frente a este doble desafío. El principal obstáculo
para ello es la naturaleza «perversa» del sistema: «La misma lógica que
dificulta tomar decisiones drásticas para invertir la tendencia al
calentamiento global es la que no permite cumplir con el objetivo de
erradicar la pobreza» (175).
Si bien el diagnóstico de Laudato si’ sobre la crisis ecológica
es impresionantemente claro y coherente, las acciones que propone son
más limitadas. Es cierto que muchas de sus sugerencias son útiles y
necesarias, por ejemplo: «Se pueden facilitar formas de cooperación o de
organización comunitaria que defiendan los intereses de los pequeños
productores y preserven los ecosistemas locales de la depredación».
(180) También es muy significativo que la Encíclica reconozca la
necesidad, para las sociedades más desarrolladas, de «detener un poco la
marcha, en poner algunos límites racionales e incluso en volver atrás
antes que sea tarde», es decir, «aceptar cierto decrecimiento en algunas
partes del mundo aportando recursos para que se pueda crecer sanamente
en otras partes» (193).
Pero precisamente lo que faltan son «medidas drásticas», como las que propone Naomi Klein en su libro This changes everything:
romper con los combustibles fósiles (carbón, petróleo), antes de que
sea demasiado tarde, dejándolos bajo tierra. No podemos cambiar las
estructuras perversas del actual modo de producción y consumo sin un
conjunto de iniciativas antisistémicas que cuestionen la propiedad
privada, por ejemplo la de las grandes multinacionales de los
combustibles fósiles (BP, Shell, Total, etc.). Es cierto que el Papa
habla de la utilidad de «grandes estrategias que detengan eficazmente la
degradación ambiental y alienten una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad», pero este aspecto estratégico está poco desarrollado en la Encíclica.
Reconociendo que «el actual sistema mundial es insostenible», Bergoglio
busca una alternativa global, que denominó como «cultura ecológica»:
La cultura ecológica no se puede reducir a una serie de
respuestas urgentes y parciales a los problemas que van apareciendo en
torno a la degradación del ambiente, al agotamiento de las reservas
naturales y a la contaminación. Debería ser una mirada distinta, un
pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y
una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del
paradigma tecnocrático. (111)
Pero hay pocos indicios de la nueva economía y de la nueva sociedad que
correspondan a esta cultura ecológica. No se trata de pedirle al Papa
que adopte el ecosocialismo, pero la alternativa de futuro sigue siendo
un tanto abstracta.
El Papa Francisco hace suya la «opción prioritaria por los pobres» de
las iglesias latinoamericanas. La Encíclica lo expone claramente, como
un imperativo planetario:
En las condiciones actuales de la sociedad mundial,
donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas
descartables, privadas de derechos humanos básicos, el principio del
bien común se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible
consecuencia, en un llamado a la solidaridad y en una opción
preferencial por los más pobres. (158)
Pero en la Encíclica, los pobres no aparecen como actores de su propia
emancipación, el proyecto más importante de la teología de la
liberación. Las luchas de los pobres, los campesinos y los pueblos
indígenas para defender los bosques, el agua y la tierra frente a las
multinacionales y el comercio agrícola, y el papel de los movimientos
sociales, que son precisamente los principales actores en la lucha
contra el cambio climático —Vía Campesina, Justicia Climática, el Foro
Social Mundial— son una realidad social que no aparece mucho en Laudato si’.
Sin embargo, será un tema central en los encuentros del Papa con los
movimientos populares, los primeros en la historia de la Iglesia. En el
encuentro de Santa Cruz (Bolivia, julio de 2015) Francisco declaró:
Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y
excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de
la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de
organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana
de las “tres T”. ¿De acuerdo? Trabajo, techo y tierra. Y también, en su
participación protagónica en los grandes procesos de cambio, cambios
nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!
Por supuesto, como subrayó Bergoglio en la Encíclica, la tarea de la
Iglesia no es ocupar el lugar de los partidos políticos proponiendo un
programa de cambio social. Con su diagnóstico antisistémico de la
crisis, que vincula inseparablemente la cuestión social y la protección
del medio ambiente, «el grito de los pobres» y «el grito de la tierra», Laudato si’
constituyó una contribución preciosa e inestimable a la reflexión y a
la acción para salvar a la naturaleza y a la humanidad de la catástrofe.
Corresponde a los marxistas, comunistas y ecosocialistas completar este
diagnóstico con propuestas radicales para cambiar no sólo el sistema
económico dominante, sino el perverso modelo de civilización impuesto
globalmente por el capitalismo, formulando propuestas que incluyan no
sólo un programa concreto de transición ecológica sino también una
visión de otra forma de sociedad, más allá del reino del dinero y las
mercancías, fundada en los valores de la libertad, la solidaridad, la
justicia social y el respeto a la naturaleza.
Es difícil prever cuál será el futuro de la Iglesia después de la muerte
del Papa Francisco: quien sea elegido por el próximo cónclave, ¿seguirá
la orientación crítica y humanista de Bergoglio o volverá a la
tradición conservadora de los pontífices anteriores? Muchos nuevos
cardenales fueron nombrados por Francisco, es cierto, ¿pero cuáles son
sus convicciones íntimas?
En las próximas semanas sabremos si Bergoglio fue solo un paréntesis o
si efectivamente abrió un nuevo capítulo en la larga historia del
catolicismo."
(Michael Löwy, Jaque al neoliberalismo, 23/04/25, fuente Jacobin)