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11.12.25

América Latina: Democracias estalladas o el desborde del crimen organizado... La bukelización de América Latina... En la última década, la expansión del crimen organizado se ha consolidado como un desafío fundamental para los Estados latinoamericanos y sus democracias... Lo mismo ocurre con naciones del Primer Mundo que son emblema de la socialdemocracia, como Suecia, Países Bajos y Bélgica, que enfrentan niveles de violencia «narco» sin precedentes... los operadores del microtráfico en las periferias urbanas tienden a comprar estructuras políticas y agentes estatales en el nivel local... la venta de droga en sectores altos, el tráfico internacional y el lavado de dinero generan más potencial de corrupción e infiltración de la política y el Estado en las zonas en que se realizan (los puertos, las aduanas, las fronteras, el sistema financiero, etc.)... Quienes operan los mercados de alta renta rara vez enfrentan a la justicia y son socialmente invisibles. El crimen organizado más lucrativo no se ve, porque funciona comprando voluntades en los intersticios del Estado y la política... más que un problema de seguridad, el crimen organizado debe comenzar a considerarse un problema de desarrollo... Ante una economía menos dinámica, que no logra satisfacer las demandas de amplios sectores de la ciudadanía, los mercados ilegales comenzaron a ofrecer una alternativa de empleo y movilidad social... mientras la ilegalidad genere crecimiento económico y no aumente la violencia, «el político» tiene todos los incentivos para «hacerse el gil y mirar para el costado». Los límites de este razonamiento están en que la fuerza de los mercados ilegales y la debilidad de nuestros Estados, paulatinamente colonizados por la ilegalidad, van dejando sin margen de acción a los sistemas políticos... los políticos delegan en la policía la tarea de coordinar los mercados ilegales y bajar la violencia... el pacto de protección tiene a la policía como actor fundamental, que articula y organiza el mercado criminal de venta de droga, lo que hace posible que los mercados ilegales funcionen «ordenadamente», reduciendo los niveles de violencia abierta... el caso de Bukele es relevante porque señala una vía electoral y democrática hacia el autoritarismo... ilustra cómo un sistema de partidos que se encontraba entre los más estables e institucionalizados de la región, terminó siendo barrido en una elección por un outsider que logró explotar la desesperación de la ciudadanía ante el problema de la seguridad

 "En la última década, la expansión del crimen organizado se ha consolidado como un desafío fundamental para los Estados latinoamericanos y sus democracias. Si en el pasado pensábamos que este problema superaba solo a Estados débiles, con poca capacidad de proyectar su autoridad y presencia en amplias zonas de sus territorios, hoy es claro que también genera graves problemas entre los más fuertes de la región, como Costa Rica, Chile y Uruguay, países que han visto incrementar notoriamente los niveles de violencia criminal en la última década. Lo mismo ocurre con naciones del Primer Mundo que son emblema de la socialdemocracia, como Suecia, Países Bajos y Bélgica, que enfrentan niveles de violencia «narco» sin precedentes1.

Para entender la naturaleza del crimen organizado y su relación con la democracia y el Estado, es necesario problematizar una serie de supuestos que subyacen a nuestra visión convencional sobre el tema. Por un lado, usualmente asociamos crimen organizado a altos niveles de violencia visible (por ejemplo, a homicidios). Pero en realidad, la violencia es mala para el negocio porque genera visibilidad social y atrae la atención de la opinión pública. El mejor crimen organizado y el más próspero es el que no se ve. 

Por otro lado, cuando pensamos en crimen organizado tendemos a asociarlo al narcotráfico, y cuando pensamos en narcotráfico, tenemos en mente a los grandes carteles mexicanos o colombianos, que controlan toda la cadena de valor del negocio. Es decir, imaginamos una sola organización, integrada verticalmente, que produce, distribuye, vende localmente, exporta y lava dinero. Sin embargo, la realidad del crimen organizado es sumamente compleja, varía rápidamente y se adapta a las nuevas oportunidades y a las ventajas competitivas que ofrecen distintos países y economías locales. En esa realidad conviven, compiten y cooperan múltiples organizaciones (algunas locales, algunas transnacionales) que explotan una diversidad de mercados ilegales. Es decir, el «narco» es solo uno de esos negocios. 

Las estructuras criminales pueden lograr la integración horizontal (desarrollando varios negocios) y la integración vertical (controlando distintas etapas de un mismo negocio), pero también pueden funcionar de forma más atomizada. Entender mejor los niveles de integración horizontal y vertical de los intercambios que ocurren en un territorio determinado es una de las claves para comprender su «lugar» en el mapa del crimen organizado, así como el tipo de estructura criminal que desafía y coopera con agentes estatales y actores políticos en cada país. 

Como dijimos, los mercados ilegales son variados. Incluyen actividades como la trata de migrantes y la trata sexual, la explotación laboral, el sicariato, el microcrédito, la extorsión (desde el impuesto de seguridad y la «vacuna» a comercios locales hasta el secuestro extorsivo), el tráfico de terrenos y lotes para vivienda, la explotación de productos primarios como la madera, la fruta y la minería, y el tráfico de especies protegidas. El tráfico de arena, catalizado por la expansión de la industria de la construcción, constituye otro negocio próspero en la región2. El reportaje «La noche de los caballos», ganador del Premio Gabo en 2024, que relata la operación de un enorme negocio de exportación de equinos robados desde Argentina hacia Europa, nos ha vuelto a mostrar la variedad que alcanza el negocio ilegal3.

De la gran mayoría de estos mercados no hablamos. En Chile, por ejemplo, están casi completamente ausentes del debate público sectores muy dinámicos como el de las máquinas tragamonedas presentes en buena parte de los almacenes en los barrios populares, el tráfico de medicamentos en ferias, o el mercado ilegal de la ropa usada (importada y luego vendida informalmente en el mercado nacional e internacional). La extorsión en varias de sus expresiones es otro negocio en expansión del que casi no hablamos. 

Esta falta de análisis hace que no percibamos lo dúctiles que estas organizaciones pueden ser. Por ejemplo, los carteles que operan en el estado de Michoacán han comenzado a especializarse en la exportación de palta (aguacate) y limón hacia Estados Unidos, donde se los sindica como responsables del alto precio de esos productos, mientras que el Clan del Golfo (también conocido como los Gaitanistas, un grupo originado en las autodefensas colombianas) domina el tráfico de migrantes cuyo epicentro es la región del Darién en Panamá. Por esa ruta migran hacia eeuu, bajo la «protección» y «guía» del Clan, latinoamericanos, pero también asiáticos. En 2023, transitaron por ese paso al menos 500.000 personas4

En América del Sur, la tala, la minería ilegal, el tráfico de hidrocarburos, el mercado de apuestas, la extorsión a negocios, y el tráfico y explotación de migrantes se han convertido en negocios prósperos de importantes organizaciones que solo identificamos como traficantes de droga. Aunque por sus altas rentas y la violencia que suele generar en el ámbito barrial el narcotráfico acapara la atención en el debate sobre seguridad en nuestros países, lo cierto es que la expansión de los «nuevos negocios» nos obliga a pensar en el crimen organizado de otra manera. A continuación, expondré cinco argumentos para perfilar las características que tiene el crimen organizado en nuestro continente hoy. 

Primero, como dijimos, en nuestros países asociamos el crimen organizado al narco, y el narco al microtráfico, el cual ubicamos especialmente en las periferias urbanas. A partir de esto se argumenta que la lucha contra la venta de droga (microtráfico) impactará en la vitalidad de las organizaciones criminales. Esta idea es engañosa. Aunque tiende a ser muy visible, pues produce violencia en las periferias urbanas, el microtráfico es hoy la actividad narco que menos renta genera. Esas ganancias se redujeron durante la pandemia, a partir del exceso de stock de droga que se generó en la región con el enlentecimiento del comercio internacional. Esa caída en los réditos generó incentivos para la diversificación de negocios criminales locales como la extorsión a comercios (las llamadas «vacunas») y personas. 

Ese giro ha ocurrido en varios países de la región y ha tendido a que las organizaciones busquen aumentar su control territorial (lo que hace posible la extorsión) e integren horizontalmente sus negocios (es decir, que multipliquen los mercados ilegales que explotan). También ha sucedido que bandas especializadas en alguna actividad transversalmente útil para la operación de mercados ilegales (el sicariato es un ejemplo) pasen a ser subcontratadas por otras bandas para operaciones específicas. Una consecuencia de este proceso es que en el ámbito territorial ha llevado a un aumento de la competencia entre bandas que pujan por el control de estos lugares, lo que conduce a una escalada de violencia y corrupción (porque las bandas buscan mejorar las condiciones en que operan comprando voluntades en la política y en las agencias estatales relevantes). Sin embargo, enfocarse solamente en el microtráfico, y más ampliamente, en los mercados criminales que operan en las periferias urbanas, reduce la atención pública sobre actividades mucho más lucrativas para las organizaciones criminales, como son la venta de droga en sectores altos, el tráfico internacional y el lavado de dinero. Estos negocios son menos violentos que el microtráfico porque no dependen del control territorial, pero generan más potencial de corrupción e infiltración de la política y el Estado en las zonas en que se realizan (los puertos, las aduanas, las fronteras, el sistema financiero, etc.). 

Así, mientras los operadores del microtráfico en las periferias urbanas tienden a comprar estructuras políticas y agentes estatales en el nivel local, quienes operan otros mercados y actividades tienden a infiltrar la institucionalidad política y estatal a más alto nivel. 

Una consecuencia es que los primeros tienen más probabilidad de terminar presos (especialmente los integrantes menos relevantes de cada organización, como las mujeres que complementan sus ingresos con microtráfico). Quienes operan los mercados de alta renta rara vez enfrentan a la justicia y son socialmente invisibles. El crimen organizado más lucrativo no se ve, porque funciona comprando voluntades en los intersticios del Estado y la política. 

Segundo, el debate público de los distintos países suele activar las alarmas cuando la policía detecta la operación en el territorio de alguno de los grandes carteles de droga. Hoy preocupan especialmente el Tren de Aragua de Venezuela y el Primer Comando de la Capital (pcc) de Brasil, como hace una década generaban miedo los carteles mexicanos o colombianos. Esta idea también resulta engañosa. 

Lo cierto es que los grandes operadores del mercado ilegal pueden o no integrarse verticalmente con los pequeños traficantes locales. En los casos emblemáticos de Colombia y México, las grandes organizaciones sí tenían integración vertical de sus negocios, y también lo tienen hoy las grandes bandas carcelarias brasileñas –como el Comando Vermelho o el pcc– que operan en buena parte de la región y son jugadores claves en el tráfico hacia el mercado europeo. Sin embargo, países por los que pasan grandes cargamentos, como Uruguay y Chile, pueden no contar con integración vertical, siendo escasos los vínculos orgánicos entre operadores internacionales y bandas que operan en el territorio.

La integración vertical, así como la dinámica del negocio, se transforman a un ritmo vertiginoso. A modo de ejemplo, con el auge de las drogas sintéticas (como las metanfetaminas, los opioides y, más recientemente, el fentanilo), China se ha convertido en un proveedor privilegiado de los insumos y precursores que son utilizados en México para su fabricación y exportación a eeuu. La misma cadena logística que une México y China, por la que circulan numerosos productos legales, también se ha ido convirtiendo en un vehículo para la exportación de especies protegidas y fauna exótica entre ambos países5.

Tercero, los equilibrios asociados a la interacción entre el crimen organizado y el Estado pueden cambiar con bastante rapidez. Un ejemplo es Ecuador, que pasó de tener una baja tasa de homicidios a convertirse en el país más violento de América Latina, con 45 homicidios cada 100.000 habitantes en 2023. Este cambio se explica por la combinación de dinámicas internas y factores externos que transformaron a Ecuador en el epicentro de las actividades de tráfico y lavado de bandas internacionales con alto poder de fuego (¡y de compra!). 

Otro caso de cambio rápido entre un equilibrio poco violento y una espiral de violencia homicida es Rosario, Argentina. Desde hace más de una década, esa ciudad constituye una excepción en un país que cuenta con los índices más bajos de homicidios en la región. Aunque la espiral de violencia ha sido influida por la posición estratégica de Rosario en la hidrovía que enlaza zonas productoras en Bolivia y Paraguay con zonas exportadoras que se han vuelto más relevantes (los puertos de la propia Rosario, Buenos Aires y Montevideo), las causas más importantes tienen más que ver con dinámicas internas del mercado ilegal.

Cuarto, el crimen organizado explota debilidades en cada país, pero también saca ventaja de las fortalezas que ellos poseen respecto al desarrollo de negocios legales. En algunos casos esto pasa por reconvertir (o utilizar) viejas rutas de contrabando o corredores logísticos entre países. A modo de ejemplo, Paraguay tiene una larga tradición de importar vehículos usados desde Japón y eeuu, los que ingresan a Chile por los puertos del norte del país. Esos autos son luego conducidos, por tierra, hacia Paraguay, por pilotos paraguayos. En los últimos años, parte de esos vehículos han alimentado el mercado de autos «chutos» en Bolivia (autos que ingresan ilegalmente a ese país y que circulan sin patente, hasta que son eventualmente legalizados por el Estado boliviano, con el objetivo de cobrarles por el trámite y la oficialización)6. El mercado de «chutos» también se alimenta de autos de alta gama sustraídos en Argentina, Brasil y Chile, los que en ocasiones son transados en Bolivia a cambio de algunos kilos de cocaína. El corredor logístico que transitan los autos que sí llegan a Paraguay también parece estar siendo utilizado por bandas brasileñas para el tráfico de armas7.

Los flujos de personas se vinculan asimismo con el desarrollo y la expansión de mercados ilegales en un momento determinado. En la década de 1980, por ejemplo, la llegada a la periferia de Buenos Aires de ex-guerrilleros del grupo peruano Sendero Luminoso que buscaban refugio tuvo un rol relevante en masificar el consumo de cocaína en la ciudad, pues los ex-senderistas tenían vínculos en zonas productoras en su país de origen8. Sin embargo, las ventajas que cada país ofrece al crimen organizado no solo se vinculan con «vacíos» estatales, sino también con el tipo de actividad legal que desarrollan. Por ejemplo, los países mineros poseen un amplio stock de químicos con los que los narcos pueden cocinar drogas sintéticas. También resultan interesantes para el crimen organizado los países que destacan por su capacidad logística. En ese sentido, los puertos de Chile y Uruguay, que poseen alto volumen de tráfico y buena reputación en los puertos de llegada, se han convertido en atractivos para el negocio de la exportación de droga hacia destinos del Primer Mundo. Más aún si estos les dan un trato de fast track (asociado a menos controles) pues exportan grandes cantidades de mercaderías perecibles. 

Quinto, más que un problema de seguridad, el crimen organizado debe comenzar a considerarse un problema de desarrollo9. Usualmente se argumenta que los países de ingreso medio, como lo son Argentina, Brasil, Chile y Uruguay, enfrentan una «trampa» que está dada por la explosión de expectativas (y de descontento) ante una trayectoria de crecimiento sostenido que aún no logra satisfacer la demanda ciudadana que ese mismo recorrido estimuló. Las protestas sociales que ocurrieron en Brasil en 2013, así como el estallido chileno de 2019 (también una ola de protestas masivas), suelen ser descritos como episodios que ilustran esa trampa. 

Mi impresión es que los países latinoamericanos enfrentan un problema de desarrollo diferente y eventualmente complementario. Por una parte, el crecimiento económico que trajo el boom de los commodities estimuló el desarrollo de múltiples mercados ilegales. Esos mercados terminaron siendo dinamizados por la circunstancia de la pandemia del covid-19 y por el estancamiento económico que trajeron las restricciones de movilidad, así como por el frenazo del boom. Ante una economía menos dinámica, que no logra satisfacer las demandas de amplios sectores de la ciudadanía, los mercados ilegales comenzaron a ofrecer una alternativa de empleo y movilidad social. 

Además de generar crecimiento económico y proveer empleo y recursos a quienes no logran obtenerlo en el mercado formal, la expansión de mercados informales e ilegales también incrementó la infiltración de instituciones estatales y de los sistemas políticos de la región. Si los economistas argumentan que el crecimiento económico requiere de instituciones de buena calidad, el crecimiento económico en la región (inestable, con altos niveles de desigualdad) ha contribuido más bien a minar la calidad de aquellas instituciones. Como confesó un entrevistado en Uruguay, mientras la ilegalidad genere crecimiento económico y no aumente la violencia, «el político» tiene todos los incentivos para «hacerse el gil y mirar para el costado». Los límites de este razonamiento están en que la fuerza de los mercados ilegales y la debilidad de nuestros Estados, paulatinamente colonizados por la ilegalidad, van dejando sin margen de acción a los sistemas políticos. 

Además, es importante subrayar una obviedad que, sin embargo, usualmente pasamos por alto debido a nuestros sesgos normativos. Mientras buena parte de nosotros tendemos a ver una demarcación clara entre lo legal y lo ilegal, entre la política institucional y la violencia, en la realidad, esas esferas poseen interfases porosas. Lo legal y lo ilegal se determinan mutuamente y constituyen, en conjunto, el tipo de orden que observamos en distintos niveles sociales y territoriales.

La policía como coordinadora de mercados ilegales

América Latina es la región más violenta del mundo. Nuestras ciudades figuran entre aquellas con mayores tasas de homicidios a escala global. En el top de la tabla suelen estar localidades de México, Colombia, Venezuela y de los países del triángulo norte de América Central, pero recientemente la violencia ha aumentado fuertemente en localidades de países como Costa Rica y Ecuador. La violencia también ha aumentado en otros países que solían tener niveles bajos de homicidios, como Chile y Uruguay. Este último es un caso muy preocupante, pues tiene más del doble de homicidios cada 100.000 habitantes que Chile. Entre los países menos violentos de la región encontramos a Argentina, Bolivia y Paraguay. La situación paraguaya, sin embargo, posee varias similitudes estructurales con la configuración observada en México antes de 2000, es decir poco antes de que estallara la guerra contra el narco y comenzara un proceso en cuyos primeros diez años murieron unas 170.000 personas10

 Hoy se calcula que México ya ha superado las 250.000 muertes. Mientras tanto, la ciudad de Rosario en Argentina constituye la excepción más flagrante al patrón de baja violencia homicida que tiene ese país. En esa ciudad de la provincia de Santa Fe, la tasa de homicidios sobrepasa los 22 cada 100.000 habitantes y es aproximadamente cinco veces mayor que el promedio argentino. La escalada de violencia coincide con la ruptura del pacto de protección tradicional entre policías, políticos y operadores del crimen organizado que caracteriza el «manejo» de la violencia en el resto del país. 

Ese pacto se rompió (sin que haya sido posible reinstaurarlo) hacia 2007, luego de la alternancia entre el peronismo (que había estado en el poder provincial desde el retorno a la democracia y durante seis periodos consecutivos) y el Partido Socialista (que terminó gobernando la provincia por tres periodos, hasta que se produjo alternancia primero hacia el peronismo y, más recientemente, hacia la Unión Cívica Radical en 2023). Los trabajos de Hernán Flom, Marcelo Sain, Matías Dewey y Javier Auyero y Katerine Sobering permiten entender cómo funciona la coordinación del crimen organizado en el caso argentino11. El siguiente pasaje del libro de Sain, estudioso del fenómeno, así como ex-funcionario del gobierno provincial, permite entrever cómo funcionaba el viejo pacto. La cita corresponde al testimonio de un narcotraficante en una audiencia judicial:

"[Acá] nadie vende drogas si no es con el permiso de la policía. La policía controla el narcotráfico. Dice quién vende y quién no y todo el mundo lo sabe (...) la Brigada de Drogas Peligrosas, no toda, pero la gente más fuerte, es la que maneja la droga. Ellos dicen quién vende y quién no vende, ellos dicen, «este arregla y este no» y va preso. La policía arregla con las personas que le sirven. Al resto de los que venden drogas y no pueden arreglar los utilizan para hacer procedimientos que le son útiles para limpiarse. El razonamiento de ellos es: a algunos los tenemos para meterlos presos y a otros para trabajar. Es sencillo. Si uno no tiene drogas, ellos [la policía] se la proveen. Y si la tiene, se le paga mensualmente a la policía para poder trabajar.12"

Como puede colegirse del pasaje citado, el pacto de protección tiene a la policía como actor fundamental, que articula y organiza el mercado criminal de venta de droga. Esta coordinación policial, que según muestran estudios como el de Dewey, opera en otros mercados criminales (como el robo de vehículos, la venta clandestina de autopartes, la producción, explotación laboral y venta de textiles falsificados, etc.) hace posible que los mercados ilegales funcionen «ordenadamente», reduciendo los niveles de violencia abierta. 

En este sentido, es relevante subrayar un elemento crucial: la posibilidad de regulación policial depende de la capacidad estatal de hacer regir la ley (ante aquellos que no cumplen con el pacto). Es decir, las policías pueden suspender selectivamente la vigencia de la ley en beneficio de quienes adhieren al sistema de coordinación policial. Si usualmente pensamos que el crimen organizado prospera en espacios de vacío o ausencia estatal, el caso argentino ilustra la situación contraria. El crimen organizado está presente y solo puede funcionar con habilitación estatal. A modo de ejemplo, las policías segmentan el territorio que «liberan» para que distintas bandas operen, evitando la competencia territorial. Esto se explica también porque, aunque la violencia homicida es baja en Argentina, la prevalencia de otros delitos (como el robo), así como la corrupción, son desproporcionadamente altas. 

El trabajo de Matías Dewey también muestra cómo las policías actúan con poderes delegados por parte del poder político, pero asimismo en concertación con otros actores como las compañías textiles legítimas, o las aseguradoras de autos (ambas eventualmente negocian beneficios por debajo de la mesa, o en el caso de las aseguradoras, umbrales máximos para el robo de autos, de forma tal de hacer rentable y viable su negocio). Las policías también obtienen beneficios monetarios directos de esta coordinación, que proveen la base para el enriquecimiento ilícito de la oficialidad y sus jerarquías. Esos fondos, sin embargo, también financian insumos para el funcionamiento de las comisarías (Dewey documenta cómo, ante la austeridad o ausencia de transferencias oficiales, las coimas a veces se utilizan para comprar tinta para las impresoras con que se imprimen las denuncias de robos). Esos fondos, a su vez, también se vuelcan al financiamiento de campañas políticas. Así, si un candidato «arregla» con la policía, puede obtener fondos para su campaña, mientras que si no lo hace, de resultar electo, seguramente deba enfrentar una crisis de seguridad en su distrito, propiciada por la misma capacidad de las policías de regular el funcionamiento de los mercados ilegales. 

El nivel de comunicación entre las distintas fuerzas policiales (provincial, de la ciudad y federal) y las bandas de crimen organizado es tal que, para uno de los operativos claves en contra de una de las principales organizaciones delictivas de Rosario, conocida como Los Monos, se tuvo que llevar desde Buenos Aires a una policía especializada en otra área (la gestión de aeropuertos) para evitar que el operativo fuera avisado desde la propia fuerza a los miembros de la banda. 

Los trabajos de Sain y Dewey (así como el de Auyero y Sobering para Rosario) también muestran que los políticos delegan en la policía la tarea de coordinar los mercados ilegales y bajar la violencia. Esto último, en tanto la violencia homicida es la que genera más atención y costos políticos. Otro resorte fundamental del Estado que tiene vínculos porosos con la corrupción policial y la política es el sistema judicial. Esto ha generado que la justicia se politice (mediante los mecanismos de nominación y promoción de actores judiciales afines) y la política se judicialice (mediante las operaciones que pueden hacer los actores judiciales para perseguir o proteger a los liderazgos políticos según sean amigos o enemigos). Este ejemplo ilustra uno de los mecanismos claves a través de los que se erosiona la calidad institucional de las democracias actuales (la politización de la justicia y la judicialización de la política). 

Paradójicamente, a pesar de este intrincado sistema de penetración cruzada entre actores criminales, la política, fuerzas policiales y miembros del sistema de justicia, Argentina ha logrado mantenerse como uno de los países menos violentos de la región. ¿Cómo se explica entonces la epidemia homicida en Rosario? Confluyeron en este caso varios factores que fragmentaron los pactos de protección entre la política, los criminales y las policías. Esa fragmentación se produjo tanto en el mundo criminal como en el espacio político y estatal. Del lado criminal, el crecimiento económico asociado al boom de la soja en las provincias de la pampa argentina aumentó la demanda de droga y amplió la posibilidad de lavar el dinero, por ejemplo, vía inversión en agronegocios, mercados financieros y construcción. Esto sucedió en mercados de alto poder adquisitivo, pero también en los cinturones urbanos de la ciudad de Rosario, a la que el crecimiento económico convirtió en polo de atracción para migrantes pobres, provenientes del Norte argentino, así como de la zona del Chaco boliviano y paraguayo. A esto también contribuyó la mayor centralidad de los puertos del Río de la Plata como hub logístico para la exportación de grandes embarques de droga hacia África y Europa. La ubicación central de Rosario en la hidrovía que conecta los ríos Paraná, Uruguay y el Río de la Plata la convierte en uno de los puertos con más tráfico del mundo. También la transforma en un punto nodal para la logística asociada al tráfico de grandes cantidades de droga. Si bien no existe evidencia de una articulación sistemática entre los exportadores de droga y las bandas de microtráfico locales, la centralidad de Rosario para el negocio internacional puso mucha droga a disposición del mercado minorista de la ciudad, vía pago en especies a las bandas que asistían en la logística y seguridad del negocio. 

En este contexto, las dos grandes estructuras que dominaban el microtráfico en la ciudad –Los Monos y el Clan Alvarado– entablaron abiertas disputas territoriales. Además, como resultado del desarrollo de un sistema de franquicias y de las disputas internas, estos grupos comenzaron a fragmentarse y generaron organizaciones más pequeñas. En sus investigaciones, Sain y Flom argumentan que las estructuras que hoy compiten en Rosario son fundamentalmente precarias y poco sofisticadas, lo que contribuye a un nivel mayor de violencia. 

Por su parte, la alternancia política ocurrida en 2007, así como la mayor competencia entre partidos, liderazgos provinciales y nacionales, generó descoordinación en la respuesta política a la violencia criminal. Esto se tradujo en que distintos sectores de la política y la justicia comenzaran a competir por la protección de diversos grupos criminales. En suma, mientras Argentina ilustra las posibles «virtudes» de un sistema de coordinación de los mercados criminales para reducir la violencia letal, Rosario muestra cómo esa coordinación puede quebrarse ante shocks que alteren la estructura de incentivos que enfrentan los actores que conforman el sistema local.

La bukelización de América Latina

En el caso chileno, la configuración del debate público y de la competencia política que está emergiendo es similar a la que ha facilitado la irrupción del «modelo Bukele» en El Salvador y su difusión en la región. Aunque sabemos que el «populismo punitivo» no funciona en términos de proveer soluciones sostenibles de política pública, sí lo hace como lógica de competencia electoral para actores orientados al corto plazo13. ¿Con qué argumentos afirmar que la «mano dura» no es solución, ante el «éxito» de Nayib Bukele en cuanto a la reducción de la violencia en El Salvador14? Los argumentos son tres. Primero, por varias razones, el experimento Bukele no es replicable en buena parte de la región. Por un lado, El Salvador es un país muy pequeño, en el que además operaban organizaciones criminales con una estructura de liderazgo piramidal con las que Bukele negoció treguas, así como la entrega de miembros de cada organización. Países de dimensiones mayores, con estructuras criminales y aparatos de seguridad más complejos, no tienen condiciones que hagan posible cuadrar una estrategia de este tipo «desde arriba» y en los plazos (muy comprimidos) en que Bukele desarrolló su estrategia de encarcelamiento masivo. La evidencia con que contamos respecto a enfoques de «mano dura» y militarización de la seguridad en contextos de mayor complejidad es apabullante: en Brasil, Colombia y México, la «mano dura» terminó escalando simultáneamente la violencia y la corrupción15

Segundo, el esquema de encarcelamiento masivo de Bukele no tiene una estrategia de salida. Las cárceles en América Latina son criminógenas, en el sentido de que expanden y complejizan el fenómeno criminal, más que atenuarlo y prevenirlo. ¿Por cuánto tiempo son sostenibles, entonces, los logros de Bukele en cuanto a seguridad? ¿Quiénes y en qué condiciones comenzarán eventualmente a salir de las cárceles salvadoreñas? La falta de respuesta a estas interrogantes anticipa el tercer argumento: la estrategia Bukele implica la caída de las libertades civiles y de la vigencia de los derechos humanos que son constitutivos de un régimen democrático. Un porcentaje importante de la ciudadanía salvadoreña se siente, no sin razón, más segura que en el pasado. Sin embargo, ellos y sus hijos corren el riesgo de encontrarse en cualquier momento con la arbitrariedad de las autoridades salvadoreñas y terminar en las mazmorras de Bukele. Y ante esa eventualidad, no tendrán a quien recurrir sin correr el riesgo de empeorar aún más su condición. 

Recientemente, ante el alza de precios y enfrentando una caída en su popularidad por la situación económica, Bukele amenazó a los empresarios (que hasta entonces lo apoyaban abiertamente) con perseguirlos judicialmente si no bajaban los precios. Lo hizo afirmando que «todos estaban fichados», a lo que añadió «ustedes saben los delitos que han cometido. No va a ser la multa por el incremento de los alimentos lo que les vamos a poner. No es broma. Como se lo dijimos a las pandillas en 2019, y se dieron cuenta de que no era broma. Entonces, importadores, distribuidores, comercializadores y mayoristas de alimentos: paren de abusar»16. Es probable que, al igual que como obró con las pandillas, al tiempo de hacer pública su amenaza, Bukele haya estado negociando la política de ajuste de precios con las empresas por debajo de la mesa. 

En suma, que un porcentaje relevante de la población prefiera vivir con incertidumbre respecto a las arbitrariedades del régimen de Bukele antes que preservar sus libertades civiles dice mucho más de los déficits de la democracia salvadoreña que antecedió al mandatario (y por extensión, de varias de las democracias latinoamericanas contemporáneas) que del éxito de este último en generar una alternativa sostenible y normativamente razonable de política pública. 

Evité aquí de modo consciente referirme a los vínculos evidentes entre el crimen organizado y las tres dictaduras hoy vigentes en la región (Cuba, Nicaragua y Venezuela), porque lo que me interesaba era explorar las relaciones entre regímenes democráticos y las dinámicas del crimen organizado. Desde esta perspectiva, el caso de Bukele es relevante porque señala una vía electoral y democrática hacia el autoritarismo. Esa vía ilustra cómo un sistema de partidos que se encontraba entre los más estables e institucionalizados de la región (junto con los de Argentina, Chile y Uruguay) terminó siendo barrido en una elección por un outsider que logró explotar la desesperación de la ciudadanía ante el problema de la seguridad. A su vez, el camino salvadoreño es uno que, a diferencia de los procesos de dictaduras anacrónicas, hoy cuenta con una gran estrategia de marketing y viento a favor.

Nota: este texto forma parte del libro ¿Democracia Muerta? Chile, América Latina y un modelo estallado, Ariel, Santiago de Chile, 2024.



  • 1. Sobre el fenómeno del nuevo crimen organizado en Europa (y sus ramificaciones en Oriente Medio), vale la pena escuchar el pódcast de Miles Johnson, Patricia Nilsson y Alex Barker: Hot Money: The New Narcos, Pushkin, 2022-2025, disponible en www.pushkin.fm/. V. tb. Hanne Cokelaere: «Belgian Government Presents Plan to Fight Drug Violence that’s Become ‘Narco-Terrorism’» en Politico, 16/2/2023; Jean-Pierre Stroobants: «‘Narco-State’ Fears in Belgium after Summer of Violence» en Le Monde, 21/9/2022 y «Drug Trafficking and Gang Violence on the Rise in Brussels» en Le Monde, 15/3/2024; Femke Halsema: «As the Mayor of Amsterdam, I Can See the Netherlands Risks Becoming a Narco-State» en The Guardian, 5/1/2024; Charlie Duxbury: «Sweden’s Narco Wars Dominate Election Campaign» en Politico, 5/9/2022; «Swedish Criminal Gangs Using Fake Spotify Streams to Launder Money» en The Guardian, 5/9/2023.

  • 2. Marina Cavalari: «Las mafias detrás del tráfico de arena en América Latina» en InSight Crime, 8/7/2024.

  • 3. Diego Fernández Romeral: «La noche de los caballos: el rescate equino más grande de América del Sur» en Gatopardo, 19/1/2024. Disponible aquí: https://www.gatopardo.com/arti...

  • 4. Defensoría del Pueblo de Colombia: «Más de 520.000 personas migrantes atravesaron la selva del Darién en el 2023», comunicado No 495, Bogotá, 26/1/2024.

  • 5. Nathaniel Parish Flannery y Vanda Felbab-Brown: «How Is China Involved in Organized Crime in Mexico?» en Brookings, 23/2/2022.

  • 6. «En Bolivia hay 52 ‘zonas rojas’ de venta de autos ‘chutos’ donde existe riesgo de realizar operativos» en Correo del Sur, 12/7/2023.

  • 7. Ashley Pechinski: «Traficantes de armas tienen en la mira puerto de Chile» en InSight Crime, 6/8/2021.

  • 8. Cristian Alarcón: Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, Aguilar, Buenos Aires, 2012 y Si me querés, quereme transa, Aguilar, Buenos Aires, 2012.

  • 9. Exponemos este argumento in extenso en Andreas E. Feldmann y J.P. Luna: Criminal Politics and Botched Development in Contemporary Latin America, Cambridge UP, Cambridge, 2023.

  • 10. «Una guerra sin rumbo claro» en El País, especial, 2016.

  • 11. V., entre otros, J. Auyero y K. Sobering: Entre narcos y policías. Las relaciones clandestinas entre el Estado y el delito, y su impacto violento en la vida de las personas, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2021; M. Dewey: El orden clandestino. Política, fuerzas de seguridad y mercados ilegales en la Argentina, Katz, Buenos Aires, 2015; H. Flom: The Informal Regulation of Criminal Markets in Latin America, Cambridge UP, Cambridge, 2022; M. Sain: El Leviatán azul. Policía y política en la Argentina, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2019.

  • 12. M.F. Sain: Ciudad de pobres corazones. Estado, crimen y violencia narco en Rosario, Prohistoria, Rosario, 2023.

  • 13. Alejandra Luneke y J.P. Luna: «Democracias violentas» en Tercera Dosis, 13/10/2023.

  • 14. Sobre este fenómeno, recomiendo escuchar Bukele: el señor de los sueños, pódcast, Radio Ambulante, 23/1/2024, disponible en https://radioambulante.org/audio/bukele-senor-de-los-suenos.

  • 15. Benjamin Lessing: Making Peace in Drug Wars: Crackdowns and Cartels in Latin America, Cambridge UP, Cambridge, 2017.

  • 16. «Bukele amenaza a las empresas alimentarias: ‘Mañana mismo tienen que bajar los precios’», video en Libertad Digital Televisión, disponible en www.dailymotion.com/video/x91vm0u." 

 (Juan Pablo Luna , Universidad de Carolina del Norte, Sin Permiso , 07/12/2025)

21.10.25

El secretario de Estado, Marco Rubio, aseguró en privado al presidente salvadoreño, Nayib Bukele, que Estados Unidos entregaría a nueve líderes de la MS-13, incluidos varios informantes federales, a cambio de acceso a la megacárcel de El Salvador para detener a venezolanos deportados... Bukele consiguió liberar a jefes de pandillas que podrían exponer su presunto pacto con la MS-13 para reducir los índices de criminalidad... y Trump se aseguró un destino para su programa de deportaciones masivas (Drop Site News)

 "(...) El secretario de Estado, Marco Rubio, aseguró en privado al presidente salvadoreño, Nayib Bukele, que Estados Unidos entregaría a nueve líderes de la MS-13, incluidos varios informantes federales, a cambio de acceso a la megacárcel de El Salvador para detener a venezolanos deportados, según informaron funcionarios a la prensa de The Washington Post.  

La promesa, que exigía a la fiscal general Pam Bondi anular los acuerdos de protección del Departamento de Justicia, ha indignado a las autoridades estadounidenses, quienes afirman que delata años de trabajo encubierto y pone en peligro a los testigos que cooperan. 

El acuerdo favoreció los intereses de ambos líderes: el presidente Donald Trump aseguró una sede para su programa de deportaciones masivas, mientras que Bukele consiguió figuras de pandillas que podrían exponer su presunto pacto con la MS-13 para reducir los índices de criminalidad. Hasta el momento, solo se ha devuelto a un informante, pero jueces y fiscales están analizando el acuerdo, que, según los críticos, socava la credibilidad de Estados Unidos y protege al gobierno de Bukele de investigaciones por corrupción. (...)"

(Drop Site News,  20/10/25, traducción google)

26.5.24

Bukele: la violencia del Estado tapa la corrupción sistémica... El presidente de El Salvador se ha convertido en un referente de la extrema derecha mundial por su política contra la delincuencia que ha derivado en una violación sistemática de los derechos humanos... Una de las investigaciones que fue cerrada por el fiscal general de Bukele fue el caso «Catedral». Ahí se descubrió una red arraigada dentro del gobierno involucrada en prácticas fraudulentas con los hermanos del presidente. Según la investigación, se crearon registros ficticios, el desvío de fondos y la negociación con los líderes de las maras

 "La extrema derecha mundial idolatra al presidente de El Salvador, Nayib Bukele, por su política de seguridad que ha derivado en la detención de cerca de una decena de miles de pandilleros y en una reducción de los delitos. En la cumbre ultra de la CPAC fue recibido como una verdadera estrella del rock.

Durante los años que lleva en la Presidencia de la república centroamericana, Bukele se ha ganado el apoyo de la práctica totalidad de los salvadoreños gracias a los resultados de esa política de seguridad, en la que se están violando de manera sistemática los derechos humanos y en la que se está aprovechando para encarcelar a opositores a activistas, y a una supuesta guerra contra la corrupción que no es tal.

Según indica un informe del Institute for Policy Studies, al que Diario16 ha tenido acceso, en El Salvador de Bukele existe una corrupción generalizada en torno a los préstamos externos que llegaron al país.

«El Salvador recibió un préstamo de emergencia de 389 millones de dólares del FMI para el alivio inmediato de la pandemia. Luego de ese préstamo, el entonces Fiscal General de la República, Raúl Melara, inició una investigación criminal que se conoció como Operación Catedral. Esta reveló una compleja red de prácticas fraudulentas en varios departamentos de la administración de Bukele que fueron supervisadas por tres de los hermanos de Bukele; Karim, Ibrajim y Yusef, así como su primo y jefe de Nuevas Ideas, Xavier Zablah. Cuando el bloque legislativo pro-Bukele reemplazó a Melara el 1 de mayo de 2021 por Rodolfo Delgado, este último rápidamente disolvió la investigación. La Asamblea Legislativa controlada por Bukele más tarde aprobó una ley que bloquea cualquier escrutinio de las compras relativas a la pandemia por parte de las agencias gubernamentales y otorga inmunidad a los acusados de malversar fondos de ayuda para el Covid 19», afirma el informe.

El gobierno salvadoreño declaró el estado de emergencia en marzo de 2020 por la pandemia de Covid19. Esto provocó que las instituciones retuvieran toda información pública de manera indefinida. Precisamente, El Salvador fue uno de los países con menor acceso a la información pública durante la pandemia, lo que obstaculizó el control de la respuesta de Bukele a la crisis sanitaria y el gasto de emergencia.

Fue aprobado un préstamo de 2.000 millones de dólares para responder a la pandemia, lo que fue aprovechado por Bukele para manejar de manera indiscriminada el presupuesto. A finales de 2020, se detectaron gravísimas irregularidades en dos tercios de todas las adquisiciones de contratación pública, según señalaron los informes de los fiscales de corrupción pública que fueron destituidos posteriormente por Bukele.

En concreto, la Fundación Nacional para el Desarrollo registró 20 casos de mala conducta financiera y poca transparencia en el uso de los recursos públicos en 2020. Bukele fue acusado de distribución partidista de ayuda financiera de emergencia, de eliminar los registros públicos de gastos, de impedir las inspecciones a los gastos de emergencia y de no presentar informes a la Asamblea Legislativa.

Mientras Fiscalía investigaba estas irregularidades, el gobierno se protegía de la inspección suspendiendo el acceso a la información pública. En noviembre de 2020, la creciente sospecha sobre malversación de fondos llevó a la Fiscalía General a iniciar una investigación para determinar si esas irregularidades constituían delitos de corrupción.

El gobierno de Bukele eludió la rendición de cuentas gracias a las elecciones legislativas de febrero de 2021. El partido del presidente obtuvo entonces la mayoría absoluta, lo que aprovechó para imponer su poder autoritario.

En la primera sesión de la Asamblea Legislativa, celebrada en mayo de 2021, se destituyó al fiscal general, alegando sus vínculos con un partido de la oposición. Todos los jueces de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia fueron destituidos por una sentencia dictada contra el Ministerio de Salud.

La Asamblea Nacional nombró entonces a nuevos magistrados y fiscales generales afines a Bukele. Meses después, en agosto de 2021, promulgó una reforma que jubilaba de manera forzosa a todos los jueces mayores de 60 años o con más de 30 años de servicio. La nueva Corte Suprema de partidarios de Bukele designó a 98 jueces para reemplazar a los salientes, sin seguir el procedimiento legal establecido para tal fin.

Así, el gobierno salvadoreño también gozó de impunidad completa, hecho que se reforzó con la aprobación de una ley que prohibía la auditoría de las compras gubernamentales relacionadas con la pandemia y otorgaba a los funcionarios públicos protección frente a sus responsabilidades civiles y penales.

Por su parte, Rodolfo Delgado, el fiscal general puesto a dedo por Bukele cerró todas las investigaciones. A pesar de las acusaciones de esquemas y tramas de corrupción multimillonarias relacionadas con la pandemia, el presidente salvadoreño logró imponer la impunidad.

Una de las investigaciones que fue cerrada por el fiscal general de Bukele fue el caso «Catedral». Ahí se descubrió una red arraigada dentro del gobierno involucrada en prácticas fraudulentas con los hermanos del presidente.

Según la investigación, se crearon registros ficticios, el desvío de fondos y la negociación con los líderes de las maras. La destitución del fiscal general, destinada única y exclusivamente a detener estas investigaciones sobre los hermanos de Bukele, sacó a la luz tanto las cuestionables actividades criminales llevadas a cabo por el entorno familiar del presidente como el intento de eliminar cualquier control judicial que los amenazara.

Finalmente, en junio de 2021, Bukele eliminó todas las restricciones de supervisión y controles. La OEA denunció los intentos del gobierno de «impedir el avance en las investigaciones sobre las denuncias de corrupción de la actual administración» e «inducir a investigar exclusivamente las acciones de los políticos de la oposición».

Bukele, además, está contando con la complicidad de las potencias económicas del continente americano: Estados Unidos y Canadá. En la actualidad ni el gobierno de Biden ni el de Trudeau se están oponiendo a un préstamo de 1.300 millones de dólares que se está negociando con el Fondo Monetario Internacional.

Tanto el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos como el propio FMI expresaron serias dudas sobre todo por la falta de transparencia presupuestaria y por la adopción del Bitcoin como moneda de curso legal en El Salvador.

El cambio de actitud estadounidense hacia Bukele, un mandatario que viola la Constitución salvadoreña, suspende las libertades civiles y socava los controles democráticos del poder ejecutivo, ha coincidido con las declaraciones de importantes miembros del FMI en favor de la concesión de ese préstamo.

Sin embargo, con los precedentes existentes, hay gran preocupación en El Salvador porque es más que probable que ese dinero sea malversado o mal utilizado. Por ejemplo, en 2021, recibió un préstamo de 600 millones de dólares del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE) para brindar alivio a las pequeñas empresas afectadas negativamente por la pandemia de Covid19. Una investigación del Proyecto de Denuncias de Crimen Organizado y Corrupción encontró que Bukele desvió 200 millones de dólares de ese préstamo para pagar la adopción del Bitcoin como moneda de curso legal."               (José Antonio Gómez , Diario16, 26/05/24)

5.2.24

Detrás de la revolución de Bukele... la popularidad de Bukele entre los salvadoreños de a pie es innegable, y no sorprende que respalden abrumadoramente a un líder que ha asestado un golpe decisivo a las bandas callejeras que los aterrorizaron durante décadas... es poco probable que las advertencias sobre un retroceso democrático o un autoritarismo progresivo les hagan cambiar de opinión... Muchos salvadoreños no sienten más que desprecio por los anteriores partidos gobernantes del país, porque no cumplieron la función básica del Estado de proteger a los ciudadanos de la violencia criminal desenfrenada. Bukele lo ha hecho, con un estado de excepción que ha permitido el encarcelamiento del 2% de la población, sin ningún tipo de garantías procesales... para la mayoría de los votantes, estas injusticias son un precio que merece la pena pagar... por ejemplo, a raíz de las huelgas de los trabajadores de los servicios públicos, el gobierno encarceló de forma expeditiva a los trabajadores en el marco del actual estado de excepción... la única crítica que se suele oír de los salvadoreños medios es que las oportunidades económicas siguen siendo escasas

 "El domingo alrededor de las 7 p.m., el presidente de El Salvador de 42 años, Nayib Bukele, anunció en X, la aplicación antes conocida como Twitter, que él y su partido, Nuevas Ideas, habían establecido "un récord en la historia del mundo democrático", ganando más del 85 por ciento de los votos presidenciales y al menos 58 de los 60 escaños en la asamblea nacional. Unas horas más tarde, se presentó ante una multitud jubilosa reunida frente al Palacio Nacional, ataviado con su característico uniforme de tecnócrata: vaqueros, zapatillas de deporte y camisa beige sin cuello. En su discurso, reiteró la idea de batir récords: Nunca antes en la historia de la democracia, declaró, se había ratificado un proyecto político con una mayoría tan abrumadora, con un margen de victoria tan amplio sobre sus oponentes.

 Las cifras anunciadas por Bukele aún no han sido ratificadas por el Tribunal Supremo Electoral, lo que para sus detractores no es más que el último indicio de que lo que ha roto no son los récords históricos, sino la propia democracia salvadoreña. Ha llenado de leales no sólo la Asamblea Legislativa, sino también la Corte Suprema y la Fiscalía General, sin dejar ningún control contra su poder. El hecho de que se le permitiera presentarse y ganar un segundo mandato, violando una prohibición constitucional, es prueba suficiente de ello. Desde el momento en que Bukele anunció que se presentaba a la reelección, su victoria nunca estuvo en duda, por lo que la única cuestión real era el tamaño de la mayoría de su partido en la legislatura. El domingo por la noche, los votantes parecieron responder rotundamente a esa pregunta, aunque, dada la falta de resultados oficiales, persisten algunas dudas sobre la verdadera magnitud de la victoria.

En cualquier caso, la popularidad de Bukele entre los salvadoreños de a pie es innegable, y no sorprende que respalden abrumadoramente a un líder que ha asestado un golpe decisivo a las bandas callejeras que los aterrorizaron durante décadas. Pero al entrar en su segundo mandato, lo que sigue siendo menos seguro es si es capaz de convertir sus logros en materia de ley y orden -conseguidos mediante la prolongación indefinida del estado de excepción- en un modelo de gobierno duradero, y si es capaz de alcanzar un nivel de desarrollo económico que pueda situar al país en una nueva posición.

 Los partidarios y detractores de Bukele están de acuerdo en una cosa: Bukele ha demolido completamente el orden político establecido cuando la horrible guerra civil de El Salvador llegó a su fin en 1992. Ya en las elecciones legislativas de 2021, dos años después del inicio del mandato de Bukele, Nuevas Ideas redujo a los dos partidos anteriormente dominantes -el derechista ARENA y el izquierdista FMLN- a la categoría de partidos basura. Para la inmensa mayoría de los salvadoreños, al parecer, se trata de una evolución positiva, y es poco probable que las advertencias sobre un retroceso democrático o un autoritarismo progresivo les hagan cambiar de opinión.

La razón de esto es bastante simple: en casi todos los aspectos, el país está mejor hoy que cuando Bukele asumió el cargo en 2019. Las pandillas rivales que ejercían el control de facto sobre gran parte del país, La Mara Salvatrucha y Barrio 13, hicieron de la extorsión y el asesinato parte de la vida cotidiana; durante algún tiempo, el país fue considerado uno de los más peligrosos del planeta, a la par con Siria y Somalia, devastadas por la guerra. Tras el primer mandato de Bukele, al menos según las cifras oficiales, El Salvador es el país más seguro de América Latina y rivaliza con Canadá en el hemisferio occidental en homicidios per cápita.

 Muchos salvadoreños no sienten más que desprecio por los anteriores partidos gobernantes del país, porque no cumplieron la función básica del Estado de proteger a los ciudadanos de la violencia criminal desenfrenada. Bukele lo ha hecho, a un coste que sus críticos consideran demasiado elevado: un estado de excepción que ha durado dos años y ha permitido el encarcelamiento de cerca de 75.000 personas, aproximadamente el 2% de la población, sin ningún tipo de garantías procesales. Nadie se hace ilusiones de que no haya habido inocentes en esta redada; de hecho, el gobierno lo ha admitido y ha liberado a algunos presos. Pero los resultados electorales parecen demostrar que, para la mayoría de los votantes, estas injusticias son un precio que merece la pena pagar.

Bukele no fue en absoluto el primer jefe del ejecutivo salvadoreño o latinoamericano que declaró el estado de excepción para hacer frente a la delincuencia violenta o que adoptó un enfoque de "mano dura" contra las bandas. Sus predecesores del partido derechista ARENA, que ocupó la presidencia de 1992 a 2009, adoptaron en repetidas ocasiones políticas de mano dura contra las bandas, que sólo consiguieron aumentar los niveles de violencia. La llegada del izquierdista FMLN a la presidencia en 2009 trajo consigo una nueva estrategia de seguridad. De cara al exterior, el primer presidente del partido, Mauricio Funes, continuó con las mismas políticas de mano dura que sus predecesores de ARENA, pero, de forma encubierta, los funcionarios nacionales y municipales del FMLN comenzaron a negociar con los líderes de las bandas. A cambio de privilegios y beneficios del gobierno, las bandas accedieron a limitar la violencia.

El ascenso inicial de Bukele a la prominencia se produjo durante este período de ascenso del FMLN; en 2013, se convirtió en alcalde del pequeño municipio de Nuevo Cuscatlán como candidato del partido de izquierda, con el que su familia había estado asociada durante mucho tiempo. Luego ascendió a la alcaldía de San Salvador, siempre por el FMLN. Curiosamente, dada su actual reputación de partidario de la mano dura contra el crimen, Bukele tenía fama de ser uno de los administradores más eficaces del FMLN en las negociaciones secretas entre las bandas y el Estado como alcalde de San Salvador. Las mejoras de seguridad resultantes le permitieron revitalizar el centro de San Salvador. Entre 2015 -cuando Bukele se convirtió en alcalde- y 2020, San Salvador registró una reducción de 106 homicidios, frente a los más de 500 registrados. Durante el mismo período, bajo el predecesor de Bukele en la presidencia, Salvador Sánchez Cerén, del FMLN, la tasa nacional de homicidios disminuyó un 70 por ciento, a 36 por cada 100.000, frente a 103.

Se ha afirmado que, tras convertirse en presidente, Bukele siguió negociando con los líderes de las bandas, aunque él lo niega, pero en cualquier caso, no fue hasta el tercer año de su mandato cuando impuso el estado de excepción por el que se ha hecho más conocido. Antes de eso, parecía que la estrategia de seguridad que el presidente había adoptado de sus predecesores seguiría dando resultados. A principios de 2022, los homicidios habían caído a su punto más bajo en 25 años. Pero esta relativa paz se rompió repentina y agriamente tras un repunte de 87 asesinatos durante un solo fin de semana de marzo de 2022.

Al principio, había pocos indicios de que el estado de excepción decretado por Bukele fuera a tener más que un éxito limitado. Al igual que las políticas de mano dura, los estados de excepción se han utilizado y reutilizado en toda América Latina y rara vez han logrado avances duraderos en materia de seguridad. Pero casi dos años después, los esfuerzos de Bukele han llevado la delincuencia violenta a un nivel que nadie creía posible en el país o en la región. En 2022, los homicidios descendieron a 7,8 por 100.000, frente a los 17 por 100.000 de 2021. Y en 2023, los homicidios cayeron a un sorprendente 2,3 por 100.000, y se espera que la tasa caiga a 1,6 por 100.000 este año. Y el descenso de los homicidios ni siquiera cuenta la historia completa. Según todos los indicios, la extorsión -el principal medio de financiación de las bandas- ha sido prácticamente eliminada.

¿Por qué el estado de excepción de El Salvador ha tenido éxito donde tantos otros han fracasado? La respuesta sencilla es que, en contra de los tópicos de muchos progresistas, el encarcelamiento es un remedio crucial contra la delincuencia violenta. Más concretamente, el éxito de las políticas de mano dura contra la delincuencia depende de la reducción de la impunidad. El problema de las políticas de mano dura en América Latina suele ser que no abordan la debilidad subyacente del sistema judicial en Estados como El Salvador. Hasta 2022, menos de 3 de cada 100 detenciones en el país acababan en condena. Bajo el actual estado de excepción, efectivamente todos los que son arrestados van a la cárcel, y la suspensión de las garantías constitucionales permite condenas fáciles a través de juicios masivos a presuntos pandilleros.

En otras palabras, cuando el Estado priva a los ciudadanos de sus derechos individuales, reducir la delincuencia se convierte en una perspectiva menos desalentadora. Esta es la razón por la que las dictaduras pasadas y presentes de América Latina han sido normalmente mejores en el control de la delincuencia violenta. Bukele, que en su día se autodenominó juguetonamente "el dictador más guay del mundo" en su biografía de Twitter -ahora dice "rey filósofo"-, necesitaba el control total del poder legislativo y de los tribunales para lograr lo que ha conseguido en materia de seguridad; así lo reconoció en su discurso de victoria del domingo por la noche. Por este motivo, otros líderes regionales que intenten emular su modelo podrían verse incapaces de repetir sus resultados, a menos que primero sean capaces de hacerse con el control casi total del Estado.

La profunda impopularidad de los partidos tradicionales de derecha e izquierda se deriva, además de su incapacidad para garantizar la seguridad, de su incapacidad para mejorar la situación económica de la población. No está tan claro que Bukele pueda mejorar sus resultados en este ámbito. Con una mano de obra formal de sólo el 30% y una economía basada principalmente en el turismo, los textiles de baja calidad y un puñado de cultivos comerciales, El Salvador depende en gran medida tanto de las importaciones como de las remesas de su gran diáspora en Estados Unidos. El nivel de seguridad alcanzado con Bukele ha impulsado el turismo y promete atraer más inversión extranjera, pero no altera la ecuación básica.

En el frente del desarrollo, Bukele se ha mostrado ambicioso, pero no tan centrado o decidido como en el ámbito de la seguridad pública. Durante su mandato ha mostrado tendencias contrapuestas hacia las políticas neoliberales favorables al mercado y el populismo económico. En la primera categoría, ha promovido el libre comercio y ha ofrecido exenciones fiscales a las empresas tecnológicas interesadas en hacer negocios en El Salvador. También ha recortado drásticamente la financiación de los servicios públicos y ha privatizado el suministro de agua en el país. A raíz de las huelgas de los trabajadores de los servicios públicos, el gobierno encarceló de forma expeditiva a los trabajadores en el marco del actual estado de excepción. En 2023, las autoridades detuvieron a trabajadores municipales en huelga en San Salvador por exigir meses de salarios atrasados.

Por otra parte, Bukele ha defendido importantes proyectos de obras públicas. De hecho, gran parte de su popularidad como alcalde de San Salvador, que impulsó su ascenso a la presidencia, se debió a la revitalización y embellecimiento del centro histórico de la ciudad. Al otro lado de la plaza central, desde donde pronunció su discurso el domingo por la noche, se levantaba la recién inaugurada biblioteca nacional, un reluciente edificio de cristal construido con el apoyo del gobierno chino. El anterior gobierno izquierdista del FMLN normalizó las relaciones diplomáticas con la República Popular en 2018, al tiempo que puso fin al reconocimiento de Taiwán, pero es Bukele quien ha cosechado los beneficios políticos y económicos de la creciente cooperación con el Reino del Medio. También se está construyendo un nuevo estadio nacional de fútbol gracias a la generosidad -y las ambiciones geopolíticas- de Xi Jinping.

Dados los elevados niveles de gasto en obras públicas que ha supervisado, Bukele no es un halcón de la deuda; la relación deuda/PIB de El Salvador se ha mantenido en torno al 73% desde que asumió el cargo. El gasto social también ha desempeñado un papel importante: Durante su primer mandato, la legislatura aumentó las pensiones en un 30% y el salario mínimo en un 20%, al tiempo que amplió la distribución de alimentos durante la pandemia. Nada de esto es tan sorprendente: Los antiguos miembros del FMLN desempeñan un papel importante en Nuevas Ideas, y el partido ha logrado la hegemonía cooptando muchas de las promesas económicas de la izquierda, así como las promesas de seguridad de la derecha.

El área de la política económica en la que Bukele ha intentado dar un nuevo golpe de timón es su apuesta sin precedentes por las criptomonedas. El 7 de septiembre de 2021, declaró el Bitcoin moneda de curso legal junto con el dólar estadounidense, que el país adoptó como moneda a principios de la década de 2000. El momento resultó desafortunado: El precio del Bitcoin se desplomó casi un 70% en junio de 2022. Tras haber invertido más de 100.000 millones de dólares en criptomonedas procedentes de las arcas públicas del país, El Salvador estuvo al borde del impago a lo largo de 2022. A finales de año, Bukele sufrió un golpe humillante, ya que el país se vio obligado a recomprar importantes sumas de su propia deuda. Las encuestas muestran que la adopción de Bitcoin es, de lejos, la medida más impopular del gobierno.

A principios de 2024, El Salvador consiguió recuperar la mayor parte de sus pérdidas asociadas a las criptomonedas, lo que permitió a Bukele dar una vuelta triunfal. Pero hasta ahora hay pocos indicios de que El Salvador esté en la senda de un desarrollo económico más amplio bajo su mandato. A pesar de los beneficios de una menor delincuencia, el crecimiento del PIB se mantiene prácticamente sin cambios desde que Bukele asumió el cargo, en torno al 2 por ciento; una cifra que sigue siendo la más baja de Centroamérica. Los avances en materia de seguridad han reducido a la mitad la tasa de emigración de El Salvador y han fomentado la repatriación, pero siguen llegando salvadoreños a la frontera sur de Estados Unidos, unos 100.000 al año. A pesar de la inmensa popularidad de Bukele, la única crítica que se suele oír de los salvadoreños medios es que las oportunidades económicas siguen siendo escasas.

Cuando Bukele terminó su discurso triunfal, sonó por los altavoces "It's the End of the World As We Know It (and I Feel Fine)" de REM. Habría sido difícil encontrar una selección mejor: Independientemente de la preocupación que suscitara en otras partes la consolidación en el poder de un presidente que ya lleva dos mandatos, el público se sentía ciertamente bien, mejor que bien. El escenario más probable en el que esto deje de ser así es si el país sigue tambaleándose económicamente o, peor aún, se enfrenta a una grave recesión económica. En ese caso, los salvadoreños tendrán que decidir si les sigue pareciendo bien que el presidente controle por completo las instituciones del país."

(Juan David Rojas,  Geoff Shullenberger , Compact, 05/02/24; traducción DEEPL)