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10.8.26

El carry trade en yenes constituye una de las estrategias de financiación más importantes de los mercados internacionales. Su funcionamiento es sencillo: los inversores se endeudan en yenes, aprovechando sus reducidos tipos de interés, y convierten esos fondos en otras divisas, principalmente dólares, para invertir en activos con una rentabilidad superior, como bonos o acciones estadounidenses... La dimensión de esta operativa es enorme... el carry trade denominado en yenes moviliza entre 1,3 y 1,7 billones de dólares. Además, el volumen de contratos derivados vinculados a la moneda japonesa supera los 2.000 billones de yenes. Esta enorme exposición explica que el yen se haya convertido en la principal moneda de financiación del sistema financiero internacional... Quien financia una inversión con préstamos en yenes asume simultáneamente dos riesgos: que el yen se aprecie, encareciendo la devolución del préstamo, y que los activos adquiridos con ese dinero pierdan valor. Cuando ambos riesgos coinciden, los inversores se ven obligados a cerrar posiciones de forma acelerada, generando un proceso de desapalancamiento que puede amplificar las caídas de los mercados financieros... Si el carry trade se deshiciera de forma desordenada, sus efectos podrían extenderse rápidamente al conjunto del sistema financiero... podría desencadenar fuertes ventas en los activos de riesgo, amplificar el desapalancamiento global y provocar una corrección de gran magnitud en los mercados... Todo ello explica que algunos analistas describan el carry trade como una auténtica “bomba de relojería”... Incluso el mercado de bonos del Tesoro estadounidense podría verse tensionado si Japón, principal tenedor extranjero de deuda pública de Estados Unidos, necesitara vender parte de sus activos para sostener su moneda (Juan Laborda)

"El yen japonés ha vuelto a situarse en el centro de la atención de los mercados internacionales. Tras caer a mínimos de cuatro décadas frente al dólar, superando los 163 yenes por dólar en julio de 2026, la divisa nipona ha reavivado el debate sobre la estabilidad financiera mundial. Sin embargo, para comprender esta depreciación no basta con observar los movimientos recientes del mercado; es necesario analizar las causas estructurales que la explican.

La interpretación más extendida apunta al diferencial de tipos de interés entre Japón y Estados Unidos. Con la Reserva Federal manteniendo los tipos en el entorno del 3,50–3,75% y el Banco de Japón en el 1%, el diferencial ronda los 2,6 puntos porcentuales. Mientras los inversores anticipen que el Banco de Japón continuará normalizando su política monetaria de forma gradual y que Estados Unidos mantendrá unos tipos relativamente elevados, aparentemente seguirá siendo rentable vender yenes para invertir en activos denominados en dólares.

No es una crisis convencional de solvencia externa, sino la forma en que los riesgos financieros se distribuyen entre el Estado, el Banco de Japón, el sistema bancario, las aseguradoras, las empresas y los hogares

Ahora bien, atribuir la debilidad del yen a una supuesta “crisis de deuda” japonesa resulta poco convincente. Japón combina una deuda pública extraordinariamente elevada con una deuda corporativa no financiera cercana al 160% del PIB, pero toda ella está denominada mayoritariamente en su propia moneda, cuenta con una sólida base de inversores nacionales y mantiene una posición acreedora frente al resto del mundo. A finales de 2025, sus activos exteriores netos ascendían a unos 562 billones de yenes. El problema, por tanto, no es una crisis convencional de solvencia externa, sino la forma en que los riesgos financieros se distribuyen entre el Estado, el Banco de Japón, el sistema bancario, las aseguradoras, las empresas y los hogares.

Más allá de explicaciones convencionales, varios economistas ofrecen interpretaciones alternativas sobre el origen de la debilidad estructural del yen. Veámoslas.

Michael Pettis sostiene que los desequilibrios comerciales persistentes no responden principalmente al tipo de cambio, sino a desequilibrios internos entre ahorro y consumo. En el caso japonés, décadas de políticas orientadas a favorecer la inversión y las exportaciones han deprimido el consumo doméstico y generado un exceso de ahorro. Combinado con una política monetaria ultralaxa, este exceso de ahorro ha convertido a Japón en la principal fuente mundial de financiación barata, ejerciendo una presión estructural sobre el yen.

Desde otra perspectiva, Michael Hudson interpreta la depreciación del yen como un síntoma de un desequilibrio más profundo de la arquitectura financiera internacional. A su juicio, el enorme desarrollo del carry trade, financiarse en yenes a tipos muy reducidos para invertir en activos estadounidenses de mayor rentabilidad, ha alimentado una burbuja especulativa de alcance global que podría tener consecuencias sistémicas si llegara a deshacerse de forma abrupta.

En conjunto, estas interpretaciones muestran que la depreciación del yen no puede explicarse únicamente por el diferencial de tipos de interés

La visión de Bill Mitchell, economista poskeynesiano y uno de los principales referentes de la Teoría Monetaria Moderna (MMT), es radicalmente distinta. Mitchell rechaza que la elevada deuda pública japonesa represente un riesgo de insolvencia, ya que un Estado que emite su propia moneda no puede quebrar en ella. Desde esta perspectiva, el problema no reside en el sector público, sino en el privado. Tras el estallido de la burbuja de los años noventa, las grandes empresas japonesas han preferido acumular enormes excedentes de liquidez en lugar de invertir productivamente. Por ello, Mitchell defiende una política fiscal mucho más expansiva, capaz de estimular la demanda y forzar a las empresas a movilizar ese exceso de ahorro. En este punto discrepa claramente de Pettis y Hudson: mientras estos consideran necesario reequilibrar la distribución de la renta y reducir los incentivos al ahorro excesivo, Mitchell sostiene que la respuesta pasa precisamente por un mayor gasto público.

En conjunto, estas interpretaciones muestran que la depreciación del yen no puede explicarse únicamente por el diferencial de tipos de interés. Detrás de la evolución de la divisa confluyen factores monetarios, financieros y estructurales cuya importancia relativa sigue siendo objeto de un intenso debate entre economistas.

El papel de los bancos centrales

La debilidad del yen ha obligado a las autoridades japonesas a intervenir en varios frentes. Por un lado, el Banco de Japón (BoJ) ha iniciado un proceso de normalización monetaria elevando los tipos de interés hasta el 1%, su nivel más alto en 31 años, y los mercados anticipan nuevas subidas. Junto a la política monetaria, las autoridades niponas han recurrido a la intervención directa en el mercado de divisas. Entre abril y mayo de 2026, el Ministerio de Finanzas destinó aproximadamente 54.700 millones de dólares a comprar yenes con el objetivo de frenar su depreciación. Además, por primera vez desde 1998, Japón y Estados Unidos llevaron a cabo una intervención cambiaria coordinada, con Washington participando directamente en las compras de la moneda japonesa.

Un yen persistentemente débil reduce la capacidad inversora de las empresas japonesas en el exterior y puede poner en riesgo los aproximadamente 550.000 millones de dólares de inversiones comprometidas en Estados Unidos en 2025

La implicación estadounidense no es altruista, responde a intereses económicos y estratégicos muy concretos. En primer lugar, preservar la estabilidad financiera internacional, ya que el yen constituye la principal moneda de financiación del carry trade y una depreciación desordenada podría desencadenar un cierre masivo de posiciones con efectos contagio sobre los mercados globales. En segundo lugar, proteger el mercado de bonos del Tesoro estadounidense. Japón es el mayor tenedor extranjero de deuda pública de Estados Unidos y, si Tokio necesitara vender una parte significativa de esos activos para sostener el yen, los rendimientos de la deuda estadounidense aumentarían, encareciendo el coste de financiación del propio Gobierno federal. Finalmente, existe un componente geopolítico. Un yen persistentemente débil reduce la capacidad inversora de las empresas japonesas en el exterior y puede poner en riesgo los aproximadamente 550.000 millones de dólares de inversiones comprometidas en Estados Unidos en 2025, debilitando uno de los pilares de la cooperación económica entre ambos países.

En definitiva, la defensa del yen ha dejado de ser un asunto exclusivamente japonés. La evolución de la divisa afecta a la estabilidad del sistema financiero internacional, al mercado de deuda estadounidense y a la relación económica entre las dos principales economías desarrolladas del Pacífico.

¿Qué es el carry trade y por qué importa?

El carry trade en yenes constituye una de las estrategias de financiación más importantes de los mercados internacionales. Su funcionamiento es sencillo: los inversores se endeudan en yenes, aprovechando sus reducidos tipos de interés, y convierten esos fondos en otras divisas, principalmente dólares, para invertir en activos con una rentabilidad superior, como bonos o acciones estadounidenses.

Se estima que el carry trade denominado en yenes moviliza entre 1,3 y 1,7 billones de dólares. Además, el volumen de contratos derivados vinculados a la moneda japonesa supera ampliamente los 2.000 billones de yenes

La dimensión de esta operativa es enorme. Se estima que el carry trade denominado en yenes moviliza entre 1,3 y 1,7 billones de dólares. Además, el volumen de contratos derivados vinculados a la moneda japonesa —forwards, swaps de divisas y swaps de moneda— supera ampliamente los 2.000 billones de yenes. Esta enorme exposición explica que el yen se haya convertido en la principal moneda de financiación del sistema financiero internacional. Como resume BCA Research, el tamaño acumulado de estas posiciones hace que cualquier apreciación significativa del yen pueda desencadenar movimientos desproporcionados en los mercados.

La importancia del carry trade radica en que conecta mercados que, en apariencia, no guardan relación entre sí. Quien financia una inversión con préstamos en yenes asume simultáneamente dos riesgos: que el yen se aprecie, encareciendo la devolución del préstamo, y que los activos adquiridos con ese dinero pierdan valor. Cuando ambos riesgos coinciden, los inversores se ven obligados a cerrar posiciones de forma acelerada, generando un proceso de desapalancamiento que puede amplificar las caídas de los mercados financieros.

Existen tres factores capaces de desencadenar ese proceso. El primero es una apreciación brusca del yen, provocada por subidas de tipos del Banco de Japón, intervenciones coordinadas de los bancos centrales o un cambio repentino en las expectativas de los inversores. El segundo, y probablemente más relevante según BCA Research, es una caída del precio de los activos financiados mediante préstamos en yenes. De hecho, los grandes episodios de reversión del carry trade en 2008, 2015 y 2020 estuvieron precedidos por fuertes correcciones bursátiles más que por cambios en la política monetaria japonesa. El tercer factor es un aumento generalizado de la volatilidad, que eleva el coste de las coberturas y obliga a reducir el apalancamiento. Según Hyun-Song Shin, asesor económico del Banco de Pagos Internacionales, el volumen de posiciones expuestas asciende a decenas de billones de yenes dentro de balance y a billones de dólares en mercados de derivados, lo que ilustra la magnitud potencial del ajuste.

Si el carry trade se deshiciera de forma desordenada, sus efectos podrían extenderse rápidamente al conjunto del sistema financiero. El primer impacto se produciría en los mercados bursátiles, especialmente en aquellos activos que han sido financiados mediante deuda en yenes. Las ventas forzadas para obtener liquidez y cancelar préstamos acelerarían las caídas de los precios, tal y como ocurrió durante las turbulencias de 2008, 2015 y 2020. Paralelamente, el desapalancamiento reduciría la liquidez disponible y podría desencadenar un endurecimiento general de las condiciones de financiación para empresas y hogares.

El mercado de bonos del Tesoro estadounidense podría verse tensionado si Japón, principal tenedor extranjero de deuda pública de Estados Unidos, necesitara vender parte de sus activos para sostener su moneda

El contagio alcanzaría también a otras regiones y clases de activos. Goldman Sachs ha advertido de que una reversión abrupta del carry trade afectaría especialmente a las economías emergentes, favoreciendo salidas de capital y un aumento del coste de financiación externa. Del mismo modo, diversos analistas señalan que parte del capital invertido en criptomonedas procede también de financiación en yenes, por lo que un proceso de desapalancamiento podría amplificar la volatilidad de estos mercados. Incluso el mercado de bonos del Tesoro estadounidense podría verse tensionado si Japón, principal tenedor extranjero de deuda pública de Estados Unidos, necesitara vender parte de sus activos para sostener su moneda.

Todo ello explica que algunos analistas describan el carry trade como una auténtica “bomba de relojería”. BCA Research considera que el creciente volumen de posiciones apalancadas ha deteriorado significativamente la relación entre riesgo y rentabilidad, mientras que Torsten Slok, de Apollo Global Management, destaca que la evolución reciente del tipo de cambio dólar-yen ha dejado de responder al tradicional diferencial de tipos de interés, lo que sugiere que el mercado está siendo impulsado por factores más complejos y potencialmente más inestables.

Frente a esta visión, Bill Mitchell ofrece una interpretación radicalmente distinta. Desde la perspectiva de la Teoría Monetaria Moderna (MMT), sostiene que el alarmismo sobre el carry trade y la deuda pública japonesa está sobredimensionado. A su juicio, un Estado que emite su propia moneda no puede afrontar una crisis de solvencia en esa divisa, por lo que el verdadero problema no reside en las finanzas públicas, sino en el comportamiento del sector privado. Mitchell atribuye la debilidad del yen al exceso de ahorro de las grandes empresas japonesas y defiende una política fiscal expansiva para estimular la inversión y la demanda. En consecuencia, considera que un eventual ajuste del carry trade sería manejable siempre que el Estado utilizara su capacidad fiscal para estabilizar la economía.

La visión predominante interpreta el carry trade como una fuente potencial de riesgo sistémico debido al extraordinario volumen de apalancamiento acumulado

En definitiva, el debate refleja dos diagnósticos muy diferentes. La visión predominante interpreta el carry trade como una fuente potencial de riesgo sistémico debido al extraordinario volumen de apalancamiento acumulado. La perspectiva de Mitchell, en cambio, minimiza ese riesgo y sostiene que la política fiscal puede absorber sin grandes dificultades cualquier proceso de ajuste. Lo que resulta difícil discutir es que la evolución del yen ha dejado de ser una cuestión exclusivamente japonesa: la moneda se ha convertido en una pieza central del sistema financiero global y cualquier cambio brusco en su comportamiento puede tener repercusiones mucho más allá de Asia.

Mi interpretación y previsión combina elementos de ambas perspectivas. Comparto con Bill Mitchell el diagnóstico de la Teoría Monetaria Moderna de que Japón no afronta un problema de solvencia derivado de su elevada deuda pública, al tratarse de un Estado que emite su propia moneda. En ese sentido, considero equivocado interpretar la depreciación del yen como el preludio inevitable de una crisis fiscal. Sin embargo, ello no implica minimizar los riesgos financieros asociados al carry trade. Tras años de liquidez abundante y tipos de interés excepcionalmente bajos, esta estrategia se ha convertido en uno de los principales pilares de la exuberancia irracional que caracteriza a los mercados financieros internacionales. Precisamente por ello, un desmantelamiento desordenado del carry trade podría desencadenar fuertes ventas en los activos de riesgo, amplificar el desapalancamiento global y provocar una corrección de gran magnitud en los mercados. Ello enlaza con mi artículo anterior publicado en este medio. En otras palabras, comparto la visión de la TMM sobre la sostenibilidad financiera del Estado japonés, pero considero que ello es perfectamente compatible con reconocer que la acumulación de apalancamiento privado asociada al carry trade constituye una importante fuente de vulnerabilidad sistémica global."

(Juan Laborda  , El Salto, 08/08/26) 

9.8.26

Takaichi buscaba el crecimiento al estilo de Liz Truss... Los rendimientos de los bonos del gobierno japonés se han disparado a niveles máximos históricos... El problema de Japón radica en que la expansión económica ha dependido cada vez más de déficits gubernamentales permanentes, con un gasto público en construcción y otros proyectos... Takaichi ha intentado poner fin a este estancamiento mediante un mayor gasto en proyectos para impulsar la tecnología, al tiempo que le pide al Banco de Japón que no suba los tipos de interés, ya que el servicio de la deuda pública existente ya consume una cuarta parte del gasto público total. Política al estilo de Truss-Trump... sin embargo, la economía japonesa continúa estancada ante la reticencia o incapacidad del sector empresarial japonés para invertir... la economía japonesa se ha transformado en estanflación, con precios al alza, PIB y gasto de consumo estancados y salarios reales a la baja... es la moneda la que se está desplomando, lo que llevó al Banco de Japón a intervenir... la novedad fue que el Tesoro estadounidense también acudió en ayuda de Takaichi, para no aumentar el servicio de la deuda pública estadounidense y el interés de las hipotecas... lo extraño de esta intervención fue que el Tesoro utilizó euros para comprar yenes, no dólares. Esto sugiere que el gobierno estadounidense se muestra reacio a imprimir más dólares, ya que los inversores extranjeros han perdido su interés por los bonos del gobierno estadounidense... ¿Qué podemos aprender? Que todos los caminos conducen ahora a la estanflación. Esta es la situación en Japón, Europa e incluso Estados Unidos... Takaichi se encuentra atrapado entre la inflación y la crisis (Michael Roberts)

"En febrero pasado, publiqué un artículo sobre la situación de la economía japonesa cuando Sanai Takaichi, la primera mujer primera ministra de Japón, convocó elecciones generales anticipadas, que ganó por una amplia mayoría. Takaichi, cuyas ideas se inspiran en Margaret Thatcher de la década de 1980 y ahora en el trumpismo, afirmó que sería diferente a todos los primeros ministros anteriores. Reduciría los impuestos, en particular el impuesto al consumo, que eleva los precios en las tiendas, pero al mismo tiempo aumentaría el gasto público en seguridad social y defensa, incluso si eso implicaba mayores déficits presupuestarios. Takaichi buscaba el crecimiento de una manera similar a la desafortunada y efímera primera ministra conservadora británica, Liz Truss. Los planes de Truss para un gran aumento del déficit presupuestario del Reino Unido provocaron una fuerte subida de los rendimientos de los bonos del gobierno británico y una fuga de capitales. Duró poco más de un mes antes de que los que mandan (los mercados de bonos) la derrocaran.

En febrero pasado, pronostiqué que algo similar ocurriría en Japón, aunque de forma gradual. Y ahora se ha cumplido. Los rendimientos de los bonos del gobierno japonés se han disparado a niveles máximos históricos.

Mientras tanto, el yen japonés se ha desplomado hasta mínimos históricos.

El problema de Japón radica en que la expansión económica ha dependido cada vez más de déficits gubernamentales permanentes, con un gasto público en construcción y otros proyectos; sin embargo, la economía japonesa continúa estancada. Ante la reticencia o incapacidad del sector empresarial japonés para invertir, Takaichi ha intentado poner fin a este estancamiento mediante un mayor gasto en proyectos para impulsar la tecnología, al tiempo que le pide al Banco de Japón que no suba los tipos de interés, ya que el servicio de la deuda pública existente ya consume una cuarta parte del gasto público total. Esta política, al estilo de Truss-Trump, tiene muy preocupados al Banco de Japón, a las instituciones financieras y a los inversores extranjeros.

Como comenté en febrero pasado, la economía japonesa se ha transformado en estanflación, con precios al alza, PIB y gasto de consumo estancados y salarios reales a la baja. Los precios al consumidor han aumentado un 12% desde 2021. Al mismo tiempo, el PIB real apenas supera el nivel de 2018. Los salarios reales han disminuido un 7% con respecto a ese año.  

Las políticas de Takaichi no provocarán el colapso del mercado de bonos del gobierno japonés, como ocurrió con Liz Truss en el Reino Unido. Esto se debe a que la mayor parte de la deuda pública japonesa está en manos japonesas (88%), a diferencia del Reino Unido. El riesgo de fuga de capitales reside únicamente en la parte en manos de inversores privados, la  deuda neta  . Y esta última es menor que en décadas, principalmente porque el Banco de Japón ha comprado gran parte de la deuda desde 2013.

En cambio, es la moneda la que se está desplomando. El yen ha perdido un 50% de su valor desde 2021, alcanzando su nivel más bajo en 40 años. Lejos de impulsar el crecimiento económico y las exportaciones, la caída del yen no ha hecho más que acelerar la inflación. La tasa de inflación se encamina hacia el 3% anual, una cifra sin precedentes en Japón.

La semana pasada, la caída del yen llevó al Banco de Japón a intervenir y comenzar a comprar yenes con sus reservas de dólares. Sin embargo, la novedad fue que el Tesoro estadounidense también acudió en ayuda del Banco de Japón y de Takaichi, comenzando a comprar yenes. Esto ha contribuido a frenar la depreciación de la moneda, al menos por ahora. 

Estados Unidos entró en la contienda por dos razones. En primer lugar, al secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, le preocupaba que el rápido aumento de los rendimientos de los bonos del gobierno japonés (2,86 % en julio, su nivel más alto en unos 30 años) también provocara un aumento adicional en los rendimientos de los bonos del gobierno estadounidense, que ya se encontraban en niveles elevados. El costo del servicio de la deuda pública estadounidense aumentaría y otras tasas de interés en Estados Unidos, como las hipotecarias, también subirían. Los costos de endeudamiento del gobierno estadounidense se sitúan actualmente en torno al 4,6 %, y las tasas de los bonos a 30 años superan el 5 % por primera vez desde la gran crisis financiera.

El aumento de los tipos de interés no goza de popularidad entre los hogares estadounidenses, donde la inflación también va en aumento, el mercado laboral está estancado y los ingresos reales se encuentran, en el mejor de los casos, en un estado de estancamiento.

La otra razón de la intervención estadounidense fue que un yen débil provocaría una salida acelerada de yenes por parte de los inversores financieros, quienes optarían por comprar dólares estadounidenses. Esto fortalecería el dólar y, por ende, dificultaría aún más la competencia de las exportaciones estadounidenses en los mercados mundiales. Sin embargo, lo extraño de la intervención estadounidense fue que el Tesoro de Estados Unidos utilizó euros para comprar yenes, no dólares. Esto sugiere que el gobierno estadounidense ahora se muestra reacio a imprimir más dólares, ya que los inversores extranjeros han perdido, en cierta medida, su interés por los activos denominados en dólares, al menos en lo que respecta a los bonos del gobierno estadounidense. Es un indicio del debilitamiento del «privilegio exorbitante» del dólar estadounidense en los mercados financieros mundiales.

¿Qué podemos aprender de estos acontecimientos monetarios? En primer lugar, que todos los caminos conducen ahora a la estanflación, donde la inflación aumenta, pero las economías no crecen. Esta es la situación en Japón, Europa e incluso Estados Unidos. En segundo lugar, que los gobiernos que favorecen a las empresas no pueden estimular el crecimiento mediante la depreciación de la moneda ni manteniendo bajos los tipos de interés si las empresas capitalistas no invierten. Puede que las corporaciones japonesas hayan aumentado sus beneficios a costa de los salarios, pero no están invirtiendo ese capital adicional en nuevas tecnologías ni en equipos que mejoren la productividad.  

La actual crisis del yen solo podría resolverse con un fuerte aumento de los tipos de interés japoneses para incentivar a los inversores a mantener activos financieros japoneses. Sin embargo, esto provocaría una recesión en toda regla en la economía japonesa. Takaichi se encuentra atrapado entre la inflación y la crisis." 

(Michael Roberts, blog, 08/08/26, traducción Gaceta Crítica, gráficos y enlaces en el original) 

8.8.26

La guerra de Estados Unidos contra Irán sacude la economía de Japón... está disparando la factura petrolera de Japón y dejando al descubierto una profunda debilidad en su economía... Japón compra casi todo su petróleo a Asia Occidental, la mayor parte transportado a través del estrecho de Ormuz. La guerra ha disparado el precio del petróleo, el transporte marítimo y los seguros... El petróleo se compra en dólares, y la escasez de dólares ha provocado que el yen se devalúe. A finales de julio, se necesitaban más yenes para comprar un dólar que en casi cualquier otro momento de los últimos 40 años, lo que encareció aún más cada barril de petróleo importado... Durante años, los bancos, aseguradoras y fondos de pensiones de Japón compraron sus bonos cuando los tipos de interés eran prácticamente nulos. Esos bonos parecían seguros. Pero no lo son... el coste de endeudamiento del gobierno alcanzó su nivel más alto en casi 30 años, y los antiguos bonos de bajo interés ahora valen mucho menos de lo que pagaron los bancos. Se encuentran atrapados con montañas de ellos... No hay una salida segura. La guerra no creó estas debilidades, pero las está exacerbando y empujando a Japón hacia una crisis bancaria y económica... Para evitar que el yen siga devaluándose, Japón usa sus ahorros en dólares, invertidos en bonos del gobierno estadounidense, para comprar yenes. Si Japón vende grandes cantidades de esos bonos, su precio baja y Washington tiene que pagar más intereses para obtener financiación... El 1 de agosto, Washington se unió a Japón en la compra de yenes, la primera intervención estadounidense de este tipo desde 1998. El yen recuperó parte de sus pérdidas... Washington no intervino para ayudar a Japón. Intervino para protegerse a sí mismo, para evitar que Japón vendiera sus bonos estadounidenses y aumentara los costos de endeudamiento de Washington. Pero la intervención no solucionó el problema del petróleo en la guerra ni la demanda de dóares que depreciaba el yen... Un acuerdo sobre el estrecho de Ormuz podría calmar los mercados, pero no podrá borrar las deudas y pérdidas ya contraídas (Gary Wilson)

"La guerra de Estados Unidos contra Irán está disparando la factura petrolera de Japón y dejando al descubierto una profunda debilidad en su economía.

Japón compra casi todo su petróleo a Asia Occidental, la mayor parte transportado a través del estrecho de Ormuz. La guerra ha paralizado el tráfico de buques cisterna y ha disparado el precio del petróleo, el transporte marítimo y los seguros.

El petróleo se compra en dólares, y la escasez de dólares ha provocado que el yen se devalúe. A finales de julio, se necesitaban más yenes para comprar un dólar que en casi cualquier otro momento de los últimos 40 años, lo que encareció aún más cada barril de petróleo importado.

Para los trabajadores japoneses, esto significa precios más altos para los alimentos, el combustible y los productos de primera necesidad. Sus salarios ya han perdido terreno frente a los precios durante cuatro años consecutivos, incluso después de que los sindicatos consiguieran los mayores aumentos salariales en tres décadas. El petróleo barato y los subsidios gubernamentales brindaron un breve alivio a principios de 2026. La guerra está revirtiendo esta situación.

Los daños ya están llegando a los bancos de Japón.

Durante años, los bancos, aseguradoras y fondos de pensiones de Japón prestaron enormes sumas al gobierno, comprando sus bonos cuando los tipos de interés eran prácticamente nulos. Esos bonos parecían seguros. Pero no lo son. El 9 de julio, el coste de endeudamiento del gobierno alcanzó su nivel más alto en casi 30 años, y los antiguos bonos de bajo interés ahora valen mucho menos de lo que pagaron los bancos. Se encuentran atrapados con montañas de ellos.

El Banco de Japón se encuentra acorralado. Subir los tipos de interés podría frenar la caída del yen, pero reduciría aún más el valor de los bonos que posee el banco. Además, encarecería los préstamos comerciales e hipotecarios y pondría en peligro a las empresas que han sobrevivido durante años gracias al crédito barato. Mantener los tipos bajos permite que el yen siga depreciándose, lo que eleva el coste del petróleo, los alimentos y las materias primas importadas.

No hay una salida segura. La guerra no creó estas debilidades, pero las está exacerbando y empujando a Japón hacia una crisis bancaria y económica.

Una alianza imperialista desigual

Japón no es una colonia ni un país pobre dominado por capital extranjero. Es una potencia imperialista con bancos poderosos, monopolios industriales e inversiones en todo el mundo.

Pero su alianza con Estados Unidos es desigual.

La ocupación estadounidense formal de Japón finalizó en 1952, pero las tropas nunca se marcharon. Aproximadamente 54 000 soldados estadounidenses permanecen estacionados en una vasta red de bases e instalaciones militares en Japón, la mayor guarnición estadounidense permanente en el extranjero. Okinawa representa menos del 1 % del territorio japonés, pero alberga cerca del 70 % de la tierra reservada exclusivamente para bases estadounidenses.

En términos militares, Japón sigue siendo un país ocupado. Ninguna otra gran potencia capitalista mantiene una ocupación militar extranjera de esta magnitud. Alemania es la que más se acerca, con más de 36 000 soldados estadounidenses, otra presencia militar que surgió directamente de la ocupación de Washington tras la Segunda Guerra Mundial. Unos 29 000 soldados estadounidenses también ocupan Corea del Sur. Dicha ocupación comenzó cuando Washington ocupó la mitad sur de Corea tras la derrota de Japón en 1945. El armisticio de 1953 puso fin a los combates abiertos, pero la guerra de Estados Unidos contra Corea nunca terminó.

La constitución japonesa de posguerra, redactada bajo la ocupación estadounidense, renunciaba a la guerra. Japón creó las Fuerzas de Autodefensa en 1954. Pero el Artículo 9, respaldado por un poderoso movimiento pacifista, las mantuvo principalmente dedicadas a la defensa del territorio nacional durante décadas y al margen de las guerras de Washington.

Esa limitación benefició al capitalismo japonés. Mientras Washington suministraba la principal maquinaria bélica, Japón podía invertir una mayor parte de su riqueza en fábricas, tecnología y exportaciones, en lugar de mantener fuerzas armadas para la guerra en el extranjero. Alemania Occidental prosperó bajo un acuerdo similar durante la Guerra Fría.

Durante la última década, Washington ha presionado a Japón para que supere las limitaciones impuestas por su propia ocupación de posguerra. Nuevas leyes permiten a las fuerzas japonesas combatir en apoyo de Estados Unidos. Tokio está adquiriendo misiles de largo alcance y aumentando rápidamente el gasto militar para el rearme estadounidense contra China.

Las fuerzas armadas japonesas están creciendo, pero se están integrando a la maquinaria bélica estadounidense. Las islas del suroeste de Japón, especialmente Okinawa, forman el extremo norte de la «primera cadena de islas»: la línea de bases, misiles y buques de guerra que Washington está construyendo a lo largo de la costa china.

Washington controla el aparato militar en su conjunto.

La ocupación también consolidó el orden político que aún rige Japón. Washington fortaleció el bloque conservador gobernante frente a los movimientos obreros y comunistas. Tras la formación del Partido Liberal Democrático en 1955, la CIA financió secretamente al partido que gobernó Japón durante la mayor parte de las siguientes siete décadas.

Este acuerdo beneficia a ambas clases dominantes. El poder militar estadounidense protege las rutas marítimas, las inversiones y los mercados extranjeros de los que depende el capital japonés. Japón, por su parte, proporciona bases, capacidad industrial y apoyo financiero al sistema imperialista liderado por Estados Unidos.

Las dos potencias cooperan para defender la propiedad capitalista, hacer frente a China y preservar el sistema financiero centrado en el dólar. También compiten por los mercados, la tecnología y las ganancias.

Washington ostenta la posición dominante. Controla la principal maquinaria bélica de la alianza y emite el dólar que se utiliza para la mayor parte del comercio mundial.

La guerra contra Irán demuestra cómo funciona esta alianza desigual.

Washington tomó la decisión y lanzó el ataque. Japón no envió sus propias fuerzas para bombardear Irán, y la primera ministra Sanae Takaichi se abstuvo de acceder a la exigencia de Trump de desplegar buques de guerra japoneses en el estrecho de Ormuz.

Pero Japón no se mantiene al margen de la guerra. Dos destructores estadounidenses con base en Yokosuka —el USS John Finn y el USS Milius— fueron enviados al mar Arábigo para participar en el ataque contra Irán. El Milius lanzó misiles Tomahawk durante la operación. Japón también mantiene un destructor y aviones de patrulla en el golfo de Omán y el norte del mar Arábigo, recabando información sobre el tráfico marítimo.

Tokio respaldó las declaraciones que culpaban a Irán de la interrupción del estrecho y dijo que consideraría enviar fuerzas japonesas para desminar el estrecho una vez que cesaran los combates.

La clase dirigente japonesa contribuye a abastecer de bases, financiación y apoyo político a la maquinaria bélica estadounidense. Sin embargo, no la controla. Washington inicia la guerra, mientras que Japón absorbe parte de los daños a través del aumento de los costes energéticos, la devaluación de su moneda y la inestabilidad de sus bancos.

Japón ayuda a financiar la energía estadounidense.

Esta alianza desigual es tanto financiera como militar.

Durante décadas, Japón vendió automóviles, maquinaria y productos electrónicos en todo el mundo y obtuvo dólares. Para mantener esos productos baratos en el extranjero, Tokio devaluó el yen, comprando aún más dólares para lograrlo. La reserva de dólares creció enormemente.

Los bancos, las aseguradoras y las agencias gubernamentales japonesas han prestado a Washington alrededor de 1,1 billones de dólares mediante la compra de bonos del Tesoro estadounidense. Ese dinero ayuda a financiar al gobierno de Estados Unidos, a sus fuerzas armadas y a sus guerras.

Este acuerdo también beneficia a las grandes corporaciones japonesas. Cuando un dólar compra más yenes, las empresas japonesas pueden cobrar menos por sus automóviles y maquinaria en el extranjero sin que ello afecte sus ingresos en Japón. Además, los dólares que ganan en el extranjero les reportan más yenes cuando repatrian las ganancias.

Pero esto vincula las finanzas japonesas con Washington.

Para evitar que el yen siga devaluándose, Japón puede usar parte de sus ahorros en dólares para comprar yenes. Sin embargo, gran parte de la riqueza japonesa en dólares está invertida en bonos del gobierno estadounidense. Si Japón vende grandes cantidades de esos bonos, su precio baja y Washington tiene que pagar más intereses para obtener financiación. Los bonos que Japón aún posee también pierden valor.

El 1 de agosto, Washington se unió a Japón en la compra de yenes, la primera intervención estadounidense de este tipo desde 1998. El yen recuperó parte de sus pérdidas.

Los funcionarios estadounidenses también instaron a Japón a utilizar un programa de préstamos de la Reserva Federal que le permitiría obtener dólares mediante la venta de sus bonos del Tesoro, en lugar de venderlos.

Washington no intervino para ayudar a Japón. Intervino para protegerse a sí mismo, para evitar que Japón vendiera sus bonos estadounidenses y aumentara los costos de endeudamiento de Washington. Pero la intervención no solucionó el problema del petróleo de la guerra ni la demanda de dólares que depreciaba el yen.

La dependencia es mutua, pero Washington tiene la sartén por el mango.

Demasiados centros de datos

El riesgo financiero de Japón va más allá de sus tenencias de bonos estadounidenses. Durante años, los especuladores pidieron prestado yenes a intereses casi nulos y utilizaron ese dinero para comprar acciones, bonos y otros activos en todo el mundo. Esa avalancha de crédito barato contribuyó a inflar las acciones tecnológicas vinculadas al auge de la inteligencia artificial y los centros de datos.

Ahora que los tipos de interés en Japón están subiendo, pedir prestado en yenes resulta menos atractivo. Los especuladores que pidieron prestado en yenes para comprar acciones y otras inversiones podrían verse obligados a venderlas y comprar más yenes para saldar sus deudas. Cuando esto ocurrió repentinamente en agosto de 2024, las bolsas de valores de todo el mundo se desplomaron. Una caída aún mayor podría afectar a las empresas tecnológicas, que ya dependen de un gasto enorme y de un crédito fácil.

Washington ha exigido a Japón que aumente su gasto militar y fortalezca sus fuerzas armadas ante el posible enfrentamiento entre Estados Unidos y China. Takaichi ha integrado este fortalecimiento en su programa económico, incrementando drásticamente el gasto militar y la producción de armamento. Al mismo tiempo, su gobierno está canalizando la inversión pública y privada hacia sectores como la inteligencia artificial, los semiconductores y la industria aeroespacial.

Eso podría mantener el flujo de pedidos durante un tiempo. Pero también aumenta la deuda, la demanda de electricidad y la capacidad productiva, justo cuando la energía y el crédito se están encareciendo. El mismo programa destinado a rescatar el capitalismo japonés podría agravar la crisis que ya se está gestando.

La crisis del petróleo está golpeando a una economía capitalista ya sobrecargada de deuda, especulación y exceso de capacidad productiva. El auge de los centros de datos es uno de los ejemplos más claros.

Japón forma parte de un auge mundial en inteligencia artificial y centros de datos, impulsado en gran medida por las mayores corporaciones tecnológicas estadounidenses. Su inversión genera pedidos mucho más allá de Estados Unidos, para chips, equipos eléctricos, maquinaria e infraestructura energética, incluyendo productos fabricados por empresas japonesas.

Amazon, Microsoft, Alphabet y Meta planean invertir más de 700 mil millones de dólares en 2026, gran parte de ello en centros de datos, chips, servidores y los sistemas de energía necesarios para su funcionamiento. Cada una apuesta a que captará una gran parte del futuro mercado de la inteligencia artificial. Este auge genera enormes pedidos de acero, hormigón, servidores, transformadores y equipos eléctricos. El aumento de los precios de las acciones y la facilidad de crédito hacen que la expansión parezca ilimitada.

Pero las empresas tecnológicas no planifican la producción en conjunto. Cada una construye para su propio beneficio sin saber cuánta capacidad informática total puede generar ganancias. La industria podría descubrir que ha construido más de lo que el mercado puede absorber; no más de lo que la sociedad podría usar, sino más de lo que se puede operar de manera rentable.

La expansión depende de energía y crédito baratos. Ambos se están encareciendo. Si los proyectos se retrasan o cancelan, los pedidos de chips, transformadores, materiales de construcción y equipos eléctricos disminuirán. Los proveedores, a su vez, reducirán sus propios pedidos.

Para los trabajadores, es entonces cuando el auge se convierte en crisis: se recorta la producción, desaparecen los empleos y las familias pierden los salarios de los que dependen para vivir.

El crédito oculta la crisis

Las crisis capitalistas son crisis de sobreproducción general: se producen más mercancías de las que se pueden vender con ganancias, lo que deja inactivas las fábricas y otras capacidades productivas.

El crédito disimula el problema durante el auge económico. Un nuevo centro de datos genera pedidos de servidores, acero y equipos eléctricos. Los proveedores, a su vez, se expanden y piden préstamos.

Entonces suben los costes y los bancos retiran sus inversiones. Se cancelan proyectos. Caen los pedidos. Las fábricas reducen la producción. Las empresas más débiles quiebran.

No existe contradicción alguna entre la escasez de petróleo y el exceso de automóviles, chips o centros de datos. El petróleo puede ser caro mientras que otras industrias han producido más de lo que el mercado puede soportar.

La caída del yen japonés y las pérdidas en los bonos demuestran que la tensión ya se está acumulando. Si se extiende, se cancelarán proyectos de construcción, se acumularán mercancías sin vender, los bancos recortarán los préstamos, las fábricas reducirán la producción y los trabajadores perderán sus empleos.

Un acuerdo sobre el estrecho de Ormuz podría calmar los mercados, pero no podrá borrar las deudas y pérdidas ya contraídas.

La escasez de petróleo no es en sí misma la crisis capitalista. Pero puede sacar a la luz la crisis más profunda de la sobreproducción generalizada.

Japón contribuye a proporcionar las bases, el dinero y la industria para una maquinaria bélica estadounidense que no controla. Ahora, la guerra de Washington contra Irán está elevando los costos de Japón y empujando su economía hacia una crisis.

Los trabajadores japoneses son los primeros en pagar las consecuencias: una moneda más débil, alimentos y combustible más caros, y salarios que les permiten comprar menos. No tuvieron voz ni voto en la guerra que se libraba en su nombre." 

(Gary Wilson, Gaceta Crítica, 07/08/26, fuente Strugle/LaLucha)