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19.7.26

El Informe de la CIA no confirma el fraude en las elecciones de Venezuela que dieron el triunfo a Maduro... las agencias estadounidenses investigaron durante años la posibilidad de que Venezuela desarrollara capacidades para intervenir sistemas electorales electrónicos, pero las mismas evaluaciones del organismo de inteligencia demostraron que "otros factores explicaban mejor los resultados electorales"... el análisis de inteligencia tomó en cuenta otros factores políticos que influyeron en el resultado electoral. Entre ellos, la decisión de los principales partidos opositores de no participar en los comicios, debido a sus cuestionamientos sobre las condiciones electorales... La evaluación señaló que esta situación redujo la competencia electoral y la presencia opositora en las urnas, por lo que el gobierno de Nicolás Maduro no habría tenido la misma necesidad de recurrir a una operación de fraude electrónico para obtener una victoria (Ariana Hernández)

"El Informe de la CIA no confirma el fraude en las elecciones de Venezuela. Documentos desclasificados contradicen las afirmaciones de Trump sobre los comicios

La administración de Donald Trump publicó una serie de documentos de inteligencia elaborados entre 2004 y 2020 que analizan supuestas capacidades de Venezuela para manipular sistemas de voto electrónico; aunque el presidente estadounidense aseguró que evidencian intentos de interferencia electoral, los reportes no confirman que algún resultado haya sido alterado.

La publicación generó un debate luego de que el presidente Trump afirmara que los archivos demostraban que Venezuela había desarrollado mecanismos para manipular elecciones y que esa información había sido ignorada por organismos estadounidenses durante años. Sin embargo, una revisión del contenido divulgado muestra que los informes contienen reportes de inteligencia y análisis sobre “posibles escenarios”, pero no presentan pruebas concluyentes de que Venezuela haya alterado elecciones en Estados Unidos ni de que haya modificado resultados electorales venezolanos.

Los archivos, agrupados bajo el título “Resumen de informes de inteligencia seleccionados de 2004 a 2020 sobre las capacidades de Venezuela para manipular el voto electrónico”, incluyen evaluaciones sobre los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, así como referencias a posibles intentos de influencia extranjera en procesos electorales fuera del país, incluyendo Estados Unidos.

En su alocución el mandatario estadounidense afirmó que los archivos demostraban que Venezuela había construido capacidades para manipular sistemas electorales mediante tecnología. No obstante, el contenido de los documentos presenta una diferencia entre las declaraciones del presidente estadounidense y las conclusiones de los informes de inteligencia. En ellos se puede evidenciar reportes, evaluaciones y sospechas recopiladas por agencias estadounidenses, pero no establecen como hecho comprobado que Venezuela haya alterado resultados electorales.

¿Qué dicen los informes desclasificados de la CIA sobre Venezuela?

Los documentos de la CIA incluyen reportes elaborados entre 2004 y 2020 sobre las capacidades tecnológicas de Venezuela para intervenir sistemas de votación electrónica y posibles intentos de influencia electoral.

Uno de los primeros informes corresponde a 2004, durante el gobierno de Hugo Chávez. Según la documentación, funcionarios estadounidenses recibieron información sobre una supuesta intención del mandatario venezolano de influir en las elecciones presidenciales de Estados Unidos de ese año, en las que George W. Bush buscaba la reelección.

En ese contexto, la CIA también analizó la adquisición de la empresa estadounidense Sequoia Voting Systems por parte de Smartmatic, compañía que participó en procesos electorales venezolanos entre 2004 y 2017.

Aunque los documentos reflejaron preocupaciones sobre los vínculos entre la empresa y el gobierno venezolano, no establecieron que Smartmatic hubiera utilizado sus sistemas para alterar elecciones en Estados Unidos.

El caso de las elecciones venezolanas de 2012

Otro de los reportes se refiere a las elecciones presidenciales venezolanas de 2012, en las que Hugo Chávez resultó ganador frente a Henrique Capriles.

La CIA recopiló información de fuentes de inteligencia que señalaban un supuesto plan para alterar resultados mediante máquinas de votación modificadas. Según el reporte, la operación habría contemplado la instalación de equipos preprogramados en zonas con respaldo tradicional al oficialismo.

Sin embargo, el documento no presentó pruebas que confirmaran que ese mecanismo fue ejecutado ni que los resultados electorales de 2012 hubieran sido modificados.

El informe sobre las elecciones parlamentarias de 2020

Los documentos también incluyen un reporte sobre los comicios parlamentarios venezolanos de 2020. La CIA registró información sobre un supuesto sistema tecnológico que permitiría sustituir máquinas electorales y modificar datos del conteo en tiempo real.

No obstante, el análisis de inteligencia tomó en cuenta otros factores políticos que influyeron en el resultado electoral. Entre ellos, la decisión de los principales partidos opositores de no participar en los comicios, debido a sus cuestionamientos sobre las condiciones electorales.

La evaluación señaló que esta situación redujo la competencia electoral y la presencia opositora en las urnas, por lo que el gobierno de Nicolás Maduro no habría tenido la misma necesidad de recurrir a una operación de fraude electrónico para obtener una victoria.

¿Venezuela manipuló elecciones? Lo que realmente dicen los documentos

El punto central del debate tras la publicación de los archivos es la diferencia entre una amenaza identificada por inteligencia y una operación comprobada. Los documentos de la CIA no concluyen que Venezuela haya cambiado el resultado de las elecciones tanto estadounidenses como venezolanas

Los informes describen escenarios teóricos, información recibida por fuentes de “inteligencia” y evaluaciones sobre capacidades tecnológicas, pero no presentan pruebas verificables de una operación ejecutada.

Medios estadounidenses que analizaron la documentación señalaron que los archivos no demuestran una interferencia electoral efectiva y sostienen que las declaraciones no son coherentes con la información difundida.

Inteligencia no equivale a pruebas

Los archivos desclasificados por la administración Trump muestran que las agencias estadounidenses investigaron durante años la posibilidad de que Venezuela desarrollara capacidades para intervenir sistemas electorales electrónicos.

El analista sénior de inteligencia de amenazas para América Latina, Geoff Ramsey, explicó a través de su cuenta en X que el informe publicado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), aunque la CIA identificó "preocupaciones siginificativas", las mismas evaluaciones del organismo de inteligencia demostraron que "otros factores explicaban mejor los resultados electorales". 

Lo que indica que una evaluación de inteligencia no representa una sentencia ni una confirmación definitivas.

 (Ariana Hernández, CiudadCCS, 17/07/26)

8.7.26

La versión tradicional de la independencia estadounidense presenta la guerra contra Gran Bretaña como una revolución democrática frente al despotismo. Sin negar la importancia de las ideas ilustradas, esa interpretación resulta incompleta si se ignoran otros intereses más espurios que impulsaron buena parte de la rebelión... la Corona británica promulgó la Proclamación Real de 1763, mediante la cual prohibía el establecimiento de nuevos colonos al oeste de los Montes Apalaches. El objetivo era evitar nuevas guerras con las naciones indígenas y estabilizar las fronteras del Imperio. Aquella decisión fue percibida por numerosos colonos como un obstáculo intolerable para sus expectativas económicas... George Washington había adquirido enormes extensiones de tierra y participaba activamente en operaciones especulativas relacionadas con el valle del Ohio. Su familia y buena parte de la aristocracia virginiana esperaban obtener beneficios extraordinarios mediante la ocupación de nuevos territorios indígenas. Thomas Jefferson, propietario de una gran plantación y de centenares de personas esclavizadas a lo largo de su vida, concebía el crecimiento de la nueva república como una expansión continua de la frontera agrícola. Benjamín Franklin también participó en iniciativas empresariales vinculadas a la colonización del interior del continente. Los llamados Padres Fundadores no fueron únicamente filósofos ilustrados. También fueron propietarios, terratenientes e inversores. La independencia eliminó el principal obstáculo jurídico que frenaba la apropiación privada de millones de hectáreas pertenecientes a las naciones indígenas... La nueva República nació vinculada al negocio de la tierra... Paralelamente, la joven República desarrolló otro de los grandes pilares de su crecimiento económico: la esclavitud africana. La paradoja resulta evidente. La nación que proclamaba que «todos los hombres son creados iguales» era al mismo tiempo una de las mayores sociedades esclavistas del mundo atlántico. La riqueza de muchos de sus dirigentes descansaba sobre el trabajo forzado de millones de personas privadas de cualquier derecho. La libertad proclamada en Filadelfia nunca fue verdaderamente universal. Era, ante todo, la libertad de una comunidad política restringida: hombres blancos propietarios. Los indígenas quedaban excluidos porque ocupaban las tierras que debían ser colonizadas. Los africanos esclavizados quedaban excluidos porque constituían la mano de obra indispensable para sostener el sistema económico (Eduardo Luque)

"Del colonialismo de asentamiento en Norteamérica a la tragedia Palestina

El aniversario de la independencia de Estados Unidos sigue celebrándose como el nacimiento de la libertad, la democracia y los derechos individuales. Desde hace dos siglos y medio, el 4 de julio se ha convertido en el gran mito fundacional de la primera potencia mundial. Sin embargo, toda celebración nacional implica también una selección de la memoria. Se recuerdan unos hechos y se silencian otros.

En 1852, el gran abolicionista afroamericano Frederick Douglass formuló una de las preguntas más devastadoras de la historia política estadounidense: «¿Qué significa el 4 de julio para el esclavo?». Su respuesta desmontaba la retórica oficial. Mientras la población blanca celebraba la libertad, millones de hombres, mujeres y niños seguían viviendo bajo la esclavitud. La independencia proclamaba derechos universales, pero esos derechos no alcanzaban a todos.

Hoy esa pregunta nos sigue interrogando.

¿Qué significó la Declaración de Independencia para los pueblos indígenas que habitaban Norteamérica desde hacía milenios? ¿Qué significó para las naciones que fueron expulsadas de sus tierras para permitir la expansión de los colonos? Y, observando el presente, ¿qué puede significar ese mismo discurso sobre la libertad para los palestinos sometidos desde hace décadas a un proceso continuado de ocupación y colonización?

Las tres preguntas apuntan hacia una misma contradicción: la distancia existente entre el lenguaje universal de la libertad y la realidad histórica de un proyecto político construido sobre la expansión territorial, la apropiación de tierras y la exclusión de quienes quedaban fuera de la comunidad política dominante.

La versión tradicional de la independencia estadounidense presenta la guerra contra Gran Bretaña como una revolución democrática frente al despotismo. Sin negar la importancia de las ideas ilustradas, esa interpretación resulta incompleta si se ignoran otros intereses más espurios que impulsaron buena parte de la rebelión.

Tras la Guerra de los Siete Años, la Corona británica promulgó la Proclamación Real de 1763, mediante la cual prohibía el establecimiento de nuevos colonos al oeste de los Montes Apalaches. El objetivo era evitar nuevas guerras con las naciones indígenas y estabilizar las fronteras del Imperio. Aquella decisión fue percibida por numerosos colonos como un obstáculo intolerable para sus expectativas económicas.

No es casual que una de las acusaciones contenidas en la propia Declaración de Independencia denunciara que el rey Jorge III había impedido la inmigración de nuevos colonos y había dificultado «las nuevas apropiaciones de tierras». La cuestión territorial ocupaba un lugar central en el conflicto.

La historia oficial suele presentar a Benjamín Franklin, Thomas Jefferson o George Washington de una forma sesgada, se les presenta exclusivamente como los grandes arquitectos de la democracia estadounidense. Sin embargo, eran también miembros de la élite económica colonial y mantenían importantes intereses en la expansión hacia el oeste. George Washington había adquirido enormes extensiones de tierra y participaba activamente en operaciones especulativas relacionadas con el valle del Ohio. Su familia y buena parte de la aristocracia virginiana esperaban obtener beneficios extraordinarios mediante la ocupación de nuevos territorios indígenas. Thomas Jefferson, propietario de una gran plantación y de centenares de personas esclavizadas a lo largo de su vida, concebía el crecimiento de la nueva república como una expansión continua de la frontera agrícola. Benjamín Franklin también participó en iniciativas empresariales vinculadas a la colonización del interior del continente. Los llamados Padres Fundadores no fueron únicamente filósofos ilustrados. También fueron propietarios, terratenientes e inversores. La independencia eliminó el principal obstáculo jurídico que frenaba la apropiación privada de millones de hectáreas pertenecientes a las naciones indígenas.

La nueva República nació vinculada al negocio de la tierra.

Ese proceso no puede comprenderse únicamente como una conquista militar. Responde a una lógica que numerosos historiadores han definido como colonialismo de asentamiento: un modelo en el que el objetivo no consiste simplemente en dominar a la población originaria, sino en sustituirla progresivamente mediante el establecimiento permanente de nuevos colonos.

Los pueblos indígenas constituían un obstáculo para la ocupación del territorio. Por ello fueron desplazados, confinados en reservas o exterminados a lo largo de un proceso que se prolongó durante generaciones.

Paralelamente, la joven República desarrolló otro de los grandes pilares de su crecimiento económico: la esclavitud africana. La paradoja resulta evidente. La nación que proclamaba que «todos los hombres son creados iguales» era al mismo tiempo una de las mayores sociedades esclavistas del mundo atlántico. La riqueza de muchos de sus dirigentes descansaba sobre el trabajo forzado de millones de personas privadas de cualquier derecho. La libertad proclamada en Filadelfia nunca fue verdaderamente universal. Era, ante todo, la libertad de una comunidad política restringida: hombres blancos propietarios. Los indígenas quedaban excluidos porque ocupaban las tierras que debían ser colonizadas. Los africanos esclavizados quedaban excluidos porque constituían la mano de obra indispensable para sostener el sistema económico.

El líder antiesclavista Frederick Douglass denunció con extraordinaria claridad esa contradicción. Su célebre discurso de 1852 no atacaba la idea de libertad, sino la hipocresía de celebrar la libertad mientras millones de personas permanecían sometidas. Su pregunta sigue siendo una de las críticas más profundas formuladas desde el interior de la propia tradición democrática estadounidense.

La construcción de la nación exigió también un lenguaje capaz de justificar la violencia. La Declaración de Independencia calificaba a los pueblos indígenas como «despiadados salvajes». No era una simple expresión retórica. La deshumanización constituye uno de los mecanismos clásicos de todo proceso colonial. Cuando el otro deja de ser considerado plenamente humano, su expulsión, su confinamiento o incluso su exterminio pueden presentarse como medidas legítimas de seguridad.

Es precisamente aquí donde aparecen algunos paralelismos con la tragedia palestina contemporánea. El conflicto palestino-israelí posee una historia propia y unas características específicas que no pueden reducirse a la experiencia norteamericana. Sin embargo, ambos procesos comparten rasgos estructurales propios del colonialismo de asentamiento. En ambos casos la tierra ocupa el centro del conflicto. En ambos casos la expansión de los asentamientos modifica progresivamente la realidad demográfica del territorio. En ambos casos la población originaria aparece convertida en un obstáculo para el proyecto colonizador. En ambos casos la seguridad sirve como principal argumento para justificar la expansión territorial y en ambos casos la deshumanización del adversario facilita la aceptación social de políticas de desplazamiento, confinamiento o destrucción. Estados Unidos construyó durante el siglo XIX dos grandes mitos: el mito del Destino Manifiesto y el de la nación elegida. Desde esa perspectiva la expansión hacia el oeste constituía una misión histórica casi providencial. El genocidio que conllevaba dejaba así de presentarse como una ocupación para convertirse en el cumplimiento de un supuesto destino nacional.

Determinados sectores del sionismo religioso contemporáneo utilizan argumentos que también apelan a derechos históricos o religiosos sobre la tierra, situando el proyecto político en un marco donde la expansión territorial adquiere una legitimidad superior al derecho de quienes ya habitan ese territorio.

No se trata de afirmar que ambos procesos sean idénticos. Toda comparación histórica exige prudencia. Pero sí resulta posible observar que pertenecen a una misma familia histórica caracterizada por la colonización de asentamiento, la sustitución progresiva de la población originaria y la utilización de discursos de legitimación moral para justificar la apropiación del territorio. Doscientos cincuenta años después de la independencia, la pregunta formulada por Frederick Douglass continúa resonando con fuerza. ¿Qué significa el 4 de julio para quienes quedaron fuera de la promesa de libertad? Para los millones de africanos esclavizados. Para las naciones indígenas expulsadas de sus tierra y para quienes, en otras geografías y otros tiempos, contemplan cómo la expansión de nuevos asentamientos transforma irreversiblemente el territorio donde han vivido durante generaciones.

Quizá la mejor manera de conmemorar el aniversario de Estados Unidos no sea repetir los mitos fundacionales, sino afrontar con honestidad las contradicciones sobre las que se construyó una de las democracias más influyentes de la historia. Solo desde ese reconocimiento crítico puede entenderse que la defensa de la libertad pierde toda credibilidad cuando convive con la esclavitud, el despojo territorial o la negación de los derechos de otros pueblos."

(Eduardo Luque, El Viejo Topo, 08/07/26)  

5.7.26

Si quieres conocer tu país tal como es realmente, mira las caras de la gente. ¿Y hay mejor lugar para estudiar los rostros que en el supermercado local?... Leo en sus rostros una silenciosa desesperación. Son participantes reacios y resentidos en la corporativización de toda la vida—la pesadilla del nihilismo del consumidor. Quizás lo más destacado, lo más estadounidense de mis exploraciones en sus pasillos, es que su nación los ha despojado de todo orgullo, lo que se refleja en su vestimenta y actitud. Desprovistos de esperanza, es su extravío lo que más directamente se impone... espíritus demacrados, rostros surcados por la alienación y la soledad—un aislamiento insalvable del uno al otro... mi supermercado local es un reflejo infinitamente más preciso de Estados Unidos en su 250 aniversario que cualquier cosa que lea en los medios... Seguimos atrapados entre nuestras mitologías y las fuerzas de la historia, pero no anticipé lo adicta que sigue siendo la nación a los mitos y delirios incluso cuando se sabe que son mitos y delirios. Los estadounidenses aprenderán algún día a vivir sin su conciencia excepcionalista, pero esto solo llegará cuando el mundo los obligue a hacerlo, no antes... Hay un precio que pagar mientras los estadounidenses continúan refugiándose en sus mitos y se aferran a su pretensión de un estatus excepcionalista en la comunidad humana. Otros pagan este precio, en sangre, sufrimiento, represión y privaciones. Y los estadounidenses lo pagan ellos mismos... es el precio de no afrontar la realidad... Así es como encontramos a Estados Unidos a sus 250 años... presidido por un régimen cuyos miembros, con el presidente a la cabeza, exhiben las características de una personalidad imperial, y una tendencia a la infantilidad, recreaciones de la sexualidad adolescente, una obsesión con la muerte... Bill Astore titula: "Declarando la Independencia de Estados Unidos de la Tiranía del Militarismo y la Guerra"... Díganme, ¿es esta la mejor idea que han escuchado en todo el día o no? ¿Tiene sentido someterse a las mitologías y delirios a los que nos invita la cultura dominante? Así pues, no deseo a mis lectores un "Feliz 4 de julio" (Patrick Lawrence)

"Yankee Doodle Dandy está acabado y muriendo.". Algunas notas sobre Estados Unidos a sus 250 años.

3 de julio—La semiología que circula estos días y semanas, mientras los estadounidenses se preparaban para el 4 de julio—o han sido preparados para ello, creo que es mejor decirlo—me ha fascinado. Entre todas las imágenes, los temas de los interminables comentarios, las citas históricas, nada parece más importante que lo felices que son los estadounidenses mientras siguen felizmente haciéndose felices. Hay una fijación absoluta en "la búsqueda de la felicidad", esa frase que Jefferson se cuidó de incluir en la Declaración.

¿Por qué es esto?, hay que preguntarse. Para ir directamente al grano, lo interpreto como una de esas ocasiones en que aquello que se insiste en afirmar demuestra precisamente lo que pretende refutar.

"La búsqueda adopta muchas formas", observó The New York Times en un artículo publicado hace un par de semanas:

    Algunas son relativamente concretas, como perseguir el sueño perdurable de la movilidad ascendente—riqueza material, éxito profesional, fama. Pero muchas personas se dedican a búsquedas mucho más nebulosas, en pos de claridad o propósito, euforia o serenidad.

Y así sucesivamente. Me encanta la lista. Dinero, éxito en la forma miserablemente vacía en que los estadounidenses lo conciben, la fama por encima de todo, y luego cosas "nebulosas", extrañas y difíciles de comprender, como darle un significado real a la propia vida.

Hay un video que acompaña el artículo de The Times, ya que el periódico se ha extendido mucho sobre la felicidad estadounidense. En él aparecen, entre otros, un hombre panzudo recostado en una silla fumando un puro, una mujer ligeramente excedida de peso sosteniendo una flor en la mejilla y sonriendo, un ala delta aterrizando sobre unos árboles. Satisfacción contenta con el estado de las cosas, alegría tranquila ante la belleza de todo, un "¡Yupi!" divertido en una nación sin preocupaciones: esto es lo que quiero decir con la semiología asociada al 250 aniversario. Cabe señalar: todas estas personas están solas. No hay nadie más con ellos en su contento, alegría o diversión despreocupada.

"La tiranía de la felicidad estadounidense" es mi término para este tipo de cosas. Está en el aire que respiran los estadounidenses y en el agua que beben. Se ve en cada anuncio que muestra a alguien haciendo cualquier cosa—manipulando un teléfono celular, mirando una pantalla de computadora, bebiendo un café para llevar, conduciendo por una carretera, caminando por la calle con un vestido elegante. Nunca encontrarás un anuncio en el que el modelo, hombre, mujer o niño, no esté sonriendo. Así funciona la publicidad. ¿Y qué ha sido la cobertura mediática del 250 aniversario estas últimas semanas sino un anuncio de un producto—a veces algo así como una venta dura, ciertamente?

¿Y cuál es el producto? En una sola palabra, es la ideología del excepcionalismo estadounidense. No está bien visto ser estadounidense y no ser feliz.

"Ser estadounidense, parece, es esforzarse", informa The Times en el artículo vinculado anteriormente. Esta debe ser nuestra característica distintiva, porque ¿qué tiene de excepcional en un mundo donde nadie más busca, aspira o se esfuerza como los estadounidenses? ¿Dónde nadie más es tan feliz como los estadounidenses?

¿Qué tan lejos de la realidad deben desviarse los estadounidenses para convencerse de que el gran cumpleaños de su nación es motivo de celebración?



HACE ALGÚN TIEMPO desarrollé un nuevo hábito al regresar de los viajes ocasionales que hago al extranjero para cumplir con obligaciones profesionales. La publicidad y los informes de los medios—¿y dónde está la línea que separa a ambos?—son asaltos inmediatos a la sensibilidad al volver a estos Estados Unidos, como también descubren muchos otros. Quieres conocer tu país tal como es realmente, decidí, mira las caras de la gente. ¿Y mejor lugar para estudiar los rostros que en el supermercado local? El mío está ubicado en una de las ciudades postindustriales de Nueva Inglaterra, lo que lo hace aún más conmovedor.

¿Qué verdades se pueden encontrar al observar a los compatriotas mientras empujan un carrito de compras y los demás empujan el suyo? ¡Qué amargamente lejos están los pasillos de todas las imágenes que nuestro país nos impone incesantemente! Los anuncios, a veces de los mismos productos que la gente busca, adquieren un aspecto de crueldad—de una tiranía, ciertamente. Rara vez te encuentras con una sonrisa como las de todos los anuncios, y cuando sucede, es un evento menor.

Lo que encuentro en cambio es una prevalente… permítanme elegir estas palabras con cuidado… una tristeza prevalente pero nunca expresada entre la gente que veo en los supermercados. Leo en sus rostros la silenciosa desesperación de la que escribió Thoreau. Son participantes reacios y resentidos en la corporativización de toda la vida—la pesadilla del nihilismo del consumidor, es decir.

Quizás lo más destacado, lo más estadounidense de mis exploraciones en los pasillos, es que su nación los ha despojado de todo orgullo, lo que se refleja en su vestimenta y actitud. Desprovistos de esperanza, es su extravío lo que más directamente se impone. A veces recuerdo, en mis expediciones en busca de lechuga, queso azul y una conexión con Estados Unidos tal como es, los famosos bronces de Giacometti, espíritus demacrados, rostros surcados por la alienación y la soledad—un aislamiento insalvable del uno al otro.

Ningún supermercado puede representar a Estados Unidos. Ningún pensamiento podría ser más tonto. Pero mi supermercado local es un reflejo infinitamente más preciso de Estados Unidos en su 250 aniversario que cualquier cosa que lea en los medios o encuentre en la conciencia popular y aprobada. ¿Acaso la gente en los pasillos no son los sobrinos reales y vivos de nuestro Tío Sam?

Una amiga de Manhattan llamó mientras escribía estas notas y le conté un poco sobre ellas. Suspiró con la sabiduría de sus años, y luego: "Estados Unidos es una nación que no está interesada en la realidad. Vive de sus mitos. ¿Por qué crees que Walt Disney ha tenido tanto éxito durante quién sabe cuántos años? Están creando mitos. Y vivimos en nuestros mitos, no en la realidad de lo que somos".



ESCRIBÍ UN LIBRO hace algunos años, Time No longer: Americans After the American Century (Yale, 2013), en el que postulaba que los estadounidenses, desde los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, estaban suspendidos entre el mito y la historia, "el uno fallándonos por fin, la otra con un dedo que nos llama hacia adelante". Más tarde publiqué un ensayo en el número de otoño de 2019 de Raritan titulado "After Exceptionalism". The Independent republicó el ensayo bajo un titular que exponía suficientemente bien mi argumento: "El último resplandor del crepúsculo: ¿Pueden los estadounidenses aprender a aceptar la noción del post-excepcionalismo?"

Es extraño pensar, en vísperas del cuarto de milenio de la nación, en cosas que escribí hace años. Seguimos atrapados entre nuestras mitologías y las fuerzas de la historia, pero no anticipé lo adicta que sigue siendo la nación a los mitos y delirios incluso cuando se sabe que son mitos y delirios. Los estadounidenses aprenderán algún día a vivir sin su conciencia excepcionalista, pero esto solo llegará cuando el mundo los obligue a hacerlo, no antes.

Mientras tanto, todos esos monstruos contra los que Gramsci nos advirtió siguen apareciendo. Estados Unidos continúa patrocinando y participando en el genocidio de otro pueblo: leo hoy que la "Junta de Paz" está estableciendo la infraestructura necesaria para una limpieza étnica en toda regla: los palestinos de Gaza serán forzados a un vasto campo de concentración en preparación para su traslado a otro país.

El régimen de Trump, con el estado terrorista que es su cliente y socio en Asia Occidental, libra una guerra de agresión ilegal contra la República Islámica y amenaza con su "aniquilación" si los iraníes no se someten a su lista de demandas imperialistas. Dicho régimen propone dar al Pentágono 1,5 billones de dólares en el próximo año fiscal, un aumento de más del 40% en un solo año sobre un presupuesto militar ya obsceno. La Corte Suprema acaba de autorizar—ilegalidad en nombre de la ley es mi término para esto—la destrucción del marco judicial previsto en la Constitución. Muy oportuno, esto último—justo a tiempo para el gran día, mientras celebramos nuestra felicidad y la resistencia de nuestra república.

Hay más, mucho más en esta línea. Pretendo hacer este punto a través de esta lista muy parcial de grotesquerías: Hay un precio que pagar mientras los estadounidenses continúan refugiándose en sus mitos contra el insistente llamamiento de la historia y mientras se aferran desesperadamente a su pretensión de un estatus excepcionalista en la comunidad humana. Otros pagan este precio, en sangre, sufrimiento, represión y privaciones. Y los estadounidenses lo pagan ellos mismos, ya que, al igual que con los romanos, lo que queda de la república da paso a los imperativos del imperio.

Este es el precio de no afrontar la realidad. Vergüenza para The New York Times y todos los demás medios corporativos por fomentar esta retirada colectiva. Y vergüenza para todos los que ceden a ella. Hay una responsabilidad asociada a esto.



HE DEFENDIDO DURANTE MUCHO TIEMPO una interpretación particular de la historia de posguerra y de "la era de la independencia", cuando decenas de naciones—unas sesenta, creo—lucharon para liberarse del yugo colonial. La aspiración predominante entre ellas—y en todo el mundo, en realidad—ha sido para mí inequívoca: era por uno u otro tipo—dejen que florezcan cien flores—de socialdemocracia. Esta fue la aspiración común del mundo después de las victorias de 1945.

Y fue la socialdemocracia lo que más preocupó a quienes dieron forma inicial al imperio global estadounidense. La socialdemocracia estaba destinada a extenderse si triunfaba: las camarillas políticas temían esto más que al comunismo, en mi lectura. Grecia e Italia de posguerra, el Irán de Mossadegh, el Guatemala de Árbenz, el Congo de Lumumba, y así sucesivamente: en una medida que no suele apreciarse, fue contra la promesa de la socialdemocracia que el nuevo imperio actuó con mayor frecuencia.

Y ahora esta lucha llega a casa. Naturalmente: estaba destinada a hacerlo desde que F.D.R. dio a los estadounidenses un modesto gusto de socialdemocracia durante la Depresión—para salvar al capitalismo del colapso, irónicamente.

Las recientes victorias en las primarias de una nueva generación de socialistas demócratas, comenzando con la exitosa candidatura de Zohran Mamdani a la alcaldía de la ciudad de Nueva York el año pasado, traen de vuelta toda la vieja paranoia. Deberíamos prestar atención a dónde se están trazando las líneas.

Los demócratas convencionales—y son estas personas congénitamente deshonestas las que provocan mi desprecio por el liberalismo estadounidense—han estado en un evidente dilema desde que los Socialistas Demócratas de América comenzaron a ganar terreno en las primarias de todo el país. A finales del mes pasado, un grupo de "demócratas de la Cámara moderados"—¿moderados en comparación con qué y con quién?—publicó una carta abierta declarando en parte: "Somos capitalistas, no socialistas". Titularon esta carta "La Promesa de América". Muchos "moderados" hacen ahora el mismo punto. Era un favorito de Nancy Pelosi, debo mencionar.

Me pregunto si los firmantes de la carta abierta tomaron prestado su título de The Promise of American Life, la célebre (en algunos círculos) defensa del liberalismo estadounidense de Herbert Croly, publicada en 1909. Aunque la ironía aquí sería suprema, dudo que estas personas sean lo suficientemente cultas como para conocer el libro. Dejando esto de lado, también me pregunto de dónde sacan estos individuos el derecho a hablar por Estados Unidos y su promesa cuando afirman que Estados Unidos, por su propia definición, es capitalista y no sería Estados Unidos si fuera de otra manera. Supongo que la implicación es que "D-Soc", como solíamos llamar al partido Socialista Demócrata en el pasado, es—¡Cúbranse!—antiestadounidense.

Presenciamos, de hecho, un enfrentamiento entre el capitalismo y el socialismo. Nunca tuve mucha fe en la capacidad de resistencia de D-Soc, para ser honesto, pero esto no cambia la verdad del momento. ¿Puede Estados Unidos ser algo más que capitalista y seguir siendo Estados Unidos? Triunfen o fracasen, los Socialistas Demócratas han vuelto a poner la cuestión sobre la mesa por primera vez en quién sabe cuánto tiempo. Bien por ellos.

La muy celebrada The Market Revolution: Jacksonian America, 1815–1846, de Charles Sellers, difícilmente podría ser más pertinente para el argumento. Un historiador de Berkeley, Sellers (1923–2021), la escribió para que formara parte de una serie sobre historia estadounidense que Oxford University Press había planeado, pero cuando la presentó, sus editores de O.U.P. la consideraron demasiado radical. La publicaron por separado, en 1991, y fue reconocida al instante como una obra maestra de la historia revisionista.

El argumento de Sellers se resume en esto, a riesgo de simplificar: la transformación de Estados Unidos de una sociedad agraria a una industrial se entiende mejor como un enfrentamiento tenso e intenso entre la democracia y el capitalismo. La primera era anterior a la segunda en la joven república—Estados Unidos era una democracia antes de ser capitalista—y la idea de que Estados Unidos fuera capitalista en su composición genética no es más que el aceite de serpiente de los ideólogos, completamente carente de historia. Para el final del marco temporal de Sellers, mediados del siglo XIX, era evidente que una América democrática y una América capitalista eran incompatibles y que esta última había triunfado.

Qué bien que esos dedicados socialistas demócratas que se postulan para cargos públicos, y todos los que trabajan para apoyarlos, defiendan el argumento de Sellers mientras Estados Unidos cumple 250 años, ya sea que entiendan su empresa de esta manera o no.



EN SU 250 CUMPLEAÑOS, Estados Unidos está presidido por un régimen cuyos miembros, con el presidente a la cabeza, exhiben las características de lo que voy a llamar una personalidad imperial. En esto tomo prestado de lo que Adorno y otros publicaron en 1950 como The Authoritarian Personality (Harper & Brothers). Afirmaciones agresivas de autoridad pero también sumisión a la autoridad, una preocupación por la hipermasculinidad inflexible, actitudes diferentes a las normales hacia el sexo: estos rasgos, entre los nueve que Adorno y sus coautores identificaron, están todos presentes en Trump, Pete Hegseth y muchos otros en el régimen reinante. A estos añado una tendencia prevalente a la infantilidad, recreaciones de la sexualidad adolescente, una obsesión con la muerte, una inclinación a la rebeldía mientras se insiste en las reglas.

1950, la fecha en que se publicó el libro de Adorno, me parece significativa. Cinco años después de las victorias de 1945, Estados Unidos estaba bien encaminado a construir un imperio global. El imperio crea el tipo de personalidad que describo y luego depende de él—creándolo, de hecho, porque el imperio necesita personas de este tipo para ejecutar sus imperativos.

Así es como encontramos a Estados Unidos a sus 250 años.



¿CÓMO NO VOY A PENSAR, en esta ocasión, en Empire as a Way of Life (Oxford, 1980), el último libro que William Appleman Williams (1921–1990) escribió y publicó? No está clasificado entre sus obras principales. Estas aparecieron durante los años de mayor actividad de Williams como historiador de la política exterior en la Universidad de Wisconsin. Pero ha sido importante para mí desde que lo leí por primera vez. Desde su título hasta sus 240 páginas, nos presenta la más amarga de las verdades: Viviendo en un imperio, todos participamos de sus frutos. No, no todos poseemos la personalidad imperial, pero el imperio es nuestra forma de vida. Salvo el exilio, por ahora no se puede remediar. Hace medio milenio, los frutos del imperio eran el oro, el azúcar, el algodón, los esclavos, el dominio. En nuestro tiempo son el petróleo y numerosos otros recursos, la mano de obra barata, las condiciones comerciales favorables, la proyección de la ortodoxia neoliberal, el beneficio a través de la explotación incesante de otros.

Williams subtituló su libro, Un ensayo sobre las causas y el carácter de la situación actual de Estados Unidos junto con algunas reflexiones sobre una alternativa. La situación de Estados Unidos ahora es la misma o aún más grave que en 1980—consecuencia del refugio que la nación toma en el mito y el delirio. Las reflexiones de Williams sobre alternativas aún merecen ser leídas y consideradas.

Instó sobre todo a una forma de socialdemocracia—¿me escuchan, gente de D-Soc?—basada en una descentralización radical, una mayor autonomía regional, más autogobierno local. En el ámbito exterior, este distinguido historiador de la diplomacia estadounidense pensaba que el repudio del imperio era la condición sine qua non de cualquier tipo de renovación nacional, junto con el compromiso con la autodeterminación auténtica y un verdadero respeto por la soberanía de todas las naciones.

Leo esto ahora y me pregunto, ¿estaba Ap, como lo conocemos en nuestra casa, perdido en el angélisme, esa maravillosa palabra francesa para el idealismo sin esperanza? Rechazo mi propia acusación, al final. El grado de dificultad de una empresa es una medida de la urgencia con que debe emprenderse. Señalo, en este sentido, lo último de Bill Astore en su boletín Bracing Views. Lleva fecha de hoy y aparece bajo el titular: "Declarando la Independencia de Estados Unidos de la Tiranía del Militarismo y la Guerra".

Díganme, ¿es esta la mejor idea que han escuchado en todo el día o no? ¿Tiene sentido someterse a las mitologías y delirios a los que nos invita la cultura dominante?



No deseamos a nuestros lectores un "Feliz 4 de julio", por razones que serán evidentes para cualquiera que haya llegado hasta aquí. Deseamos a todos nuestros lectores un 4 de julio reflexivo y honorable. (...)" 

(Patrick Lawrence , blog, 04/07/26, traducción Deep Seek, enlaces en el original)  

30.6.26

Las sanciones estadunidenses y europeas ya estaban asesinando a inocentes en todo el planeta mucho antes de los sismos de esta semana.... en el que se hizo evidente que el Estado venezolano está rebasado por la catástrofe: los hospitales carecen de la capacidad para atender a los damnificados y los equipos de rescate no pueden entrar plenamente en acción porque las excavadoras y otros vehículos se encuentran fuera de servicio... Como buitres, políticos de derecha y medios de comunicación de todo el continente se abalanzaron sobre la tragedia para convertirla en carroña política, acusando a las administraciones chavistas del deterioro institucional que ha impedido una respuesta adecuada ante los terremotos. Sin embargo, cualquier mirada honesta a la situación deja claro que los principales responsables de convertir la catástrofe natural en una crisis social y humanitaria se encuentran en Washington y, en menor medida, en Bruselas... Desde que la administración de Barack Obama emitió la Orden Ejecutiva 13692 en 2015, declarando a Venezuela una “amenaza inusual y extraordinaria”, el país ha sido sometido a un asedio económico que viola la Carta de Naciones Unidas... La radicalización del acoso aniquiló de manera deliberada la economía venezolana con embargos petroleros y bloqueos financieros frente a los cuales ningún Estado puede salir indemne... Bajo las sanciones ilegales de Estados Unidos, el sector salud no puede adquirir equipos médicos de alta tecnología, repuestos para generadores eléctricos de emergencia ni medicinas traumatológicas vitales en catástrofes. El sistema eléctrico venezolano se encuentra en ruinas porque las empresas internacionales tienen prohibido proveer mantenimiento, turbinas o repuestos... De acuerdo con un estudio publicado en la revista científica The Lancet, entre 1970 y 2021 las sanciones económicas unilaterales impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea han causado aproximadamente 38 millones de muertes (La Jornada)

 "El pasado miércoles 24 de junio, dos sismos consecutivos de magnitud 7.2 y 7.5, separados por apenas 39 segundos, fracturaron el centro-norte de Venezuela, dejando a su paso edificios colapsados en La Guaira, una destrucción material incuantificable en Caracas, más de mil personas fallecidas, miles de heridos y 50 mil desaparecidos reportados hasta el cierre de esta edición. De inmediato, se hizo evidente que el Estado venezolano está rebasado por la catástrofe: los hospitales carecen de la capacidad para atender a los damnificados y los equipos de rescate no pueden entrar plenamente en acción porque las excavadoras y otros vehículos se encuentran fuera de servicio.

Como buitres, políticos de derecha y medios de comunicación de todo el continente se abalanzaron sobre la tragedia para convertirla en carroña política, acusando a las administraciones chavistas del deterioro institucional que ha impedido una respuesta adecuada ante los terremotos. Sin embargo, cualquier mirada honesta a la situación deja claro que los principales responsables de convertir la catástrofe natural en una crisis social y humanitaria se encuentran en Washington y, en menor medida, en Bruselas.

Desde que la administración de Barack Obama emitió la Orden Ejecutiva 13692 en 2015, declarando a Venezuela una “amenaza inusual y extraordinaria”, el país ha sido sometido a un asedio económico que viola la Carta de Naciones Unidas, al ser aplicado fuera del marco del Consejo de Seguridad. La radicalización del acoso en los dos mandatos de Donald Trump (y en el de Joe Biden) aniquiló de manera deliberada la economía venezolana con embargos petroleros y bloqueos financieros frente a los cuales ningún Estado puede salir indemne, y mucho menos uno que por medio siglo ha dependido de las exportaciones petroleras para sufragar la práctica totalidad de sus gastos.

Bajo las sanciones ilegales de Estados Unidos, el sector salud no puede adquirir equipos médicos de alta tecnología, repuestos para generadores eléctricos de emergencia ni medicinas traumatológicas vitales en catástrofes. El sistema eléctrico venezolano se encuentra en ruinas porque las empresas internacionales tienen prohibido proveer mantenimiento, turbinas o repuestos. El embargo a la petrolera estatal PDVSA y la prohibición de importar diluyentes y repuestos para refinerías limitaron la capacidad de movilización de maquinaria pesada. Hoy, el traslado de retroexcavadoras, grúas y ambulancias se ve directamente entorpecido por una escasez estructural de combustible refinado y repuestos automotrices, producto directo de las sanciones. Los edificios mismos se encontraban debilitados por la falta de mantenimiento o el carácter subóptimo de los materiales de construcción debidos a los obstáculos para fabricar o importar lo más elemental.

Para asignar responsabilidades no es necesario especular, pues las cifras hablan por sí mismas. Hasta diciembre del año pasado, el consenso mediático y académico aseguraba que la caída en la producción y exportación de hidrocarburos se debía de manera exclusiva a la ineptitud y la corrupción de los gobiernos de Nicolás Maduro y su antecesor Hugo Chávez. Pero, después de que el primero fue secuestrado por las fuerzas armadas estadunidenses, las exportaciones de crudo crecieron 144 por ciento, al pasar de 0.62 en enero a 1.5 millones de barriles a mediados de junio. Lo que cambió en esos seis meses no fue la estructura del gobierno venezolano, sino el levantamiento de una parte de las sanciones mediante “licencias de exportación”.

 El imperialismo descarnado que pone en práctica el trumpismo no se limita a la afrenta de que un país nominalmente soberano necesite licencias de otro para vender sus propios recursos, sino que además todo el dinero proveniente del crudo venezolano es administrado por el Departamento del Tesoro. Es decir, Caracas no puede destinar sus ingresos a atender las necesidades de la población, sino únicamente a lo que la Casa Blanca disponga.

Las sanciones estadunidenses y europeas ya estaban asesinando a inocentes en todo el planeta mucho antes de los sismos de esta semana. De acuerdo con un estudio publicado en la revista científica The Lancet, entre 1970 y 2021 las sanciones económicas unilaterales impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea han causado aproximadamente 38 millones de muertes; de las cuales 800 mil ocurrieron tan sólo en el último año de la investigación. Está claro, entonces, que la mejor ayuda que las potencias occidentales pueden prestar a Venezuela y a todos los países en desarrollo es abstenerse de interferir en sus asuntos internos y de usar la economía como arma."     (La Jornada, 27/06/26) 

22.6.26

Hay una ironía particular —de las que la historia saborea— en el hecho de que Estados Unidos se propusiera en febrero de 2026 destruir a Irán como potencia regional y, en cambio, terminara consolidando su dominio. Esto no es una paradoja, es un patrón... Esta es la lección... reconocible de inmediato porque ha ocurrido antes... Irán había estudiado la guerra de Irak y la intervención en Libia. Llegaron a la conclusión de que las operaciones militares estadounidenses tienden a ser rápidas en sus fases iniciales y cada vez más carentes de propósito a partir de entonces. La la estrategia óptima para su adversario es sobrevivir al golpe inicial, preservar la capacidad y esperar a que la voluntad política estadounidense se erosione... Irán no ganó en el sentido de derrotar militarmente a Estados Unidos, nadie sugiere que la Guardia Revolucionaria haya derrotado a la Séptima Flota... Irán ganó en el sentido estratégico: preservó el régimen, resistió militar e industrialmente, neutralizó la voluntad política de sus adversarios para continuar la campaña y emergió con una legitimidad reforzada en casa y un prestigio elevado en toda la región... Sobrevivió al intento de decapitación. Y ahora controla el Estrecho de Ormuz , lo que le otorga una influencia sobre la economía global que ninguna presencia naval estadounidense puede contrarrestar... Los errores de cálculo que produjeron este resultado no fueron fallos de inteligencia. Según la mayoría de los informes, fué razonablemente precisa sobre las capacidades militares de Irán, la solidez de su infraestructura de misiles y los preparativos de la Guardia Revolucionaria para una campaña prolongada.... El fracaso fue político y estratégico, fracaso de juicio en los niveles más altos, y arraigado en el mismo pensamiento mágico que envió a las tropas estadounidenses a Bagdad en 2003 esperando ser recibidas con flores (Leon Hadar)

"Cómo la guerra de Estados Unidos coronó a Irán como el nuevo hegemón del Golfo

La credibilidad de EE.UU. ante sus socios del Golfo se ha esfumado, mientras que el nuevo liderazgo iraní forjado en la guerra es más duro, más joven e inteligente.

Irán ha emergido de la guerra más fuerte y con mayor determinación

Hay una ironía particular —de las que la historia saborea— en el hecho de que Estados Unidos se propusiera en febrero de 2026 destruir a Irán como potencia regional y, en cambio, terminara consolidando su dominio.

Esto no es una paradoja, es un patrón. Cualquiera que haya prestado atención a la política exterior estadounidense en Oriente Medio durante las últimas tres décadas lo reconocerá de inmediato, porque ha ocurrido antes y porque muchos de nosotros dijimos, de antemano y por escrito, que volvería a suceder.

Escribí en "Quagmire" (Atolladero) en 1992 que Estados Unidos no tenía ningún interés estratégico en convertirse en el árbitro permanente de la política de Oriente Medio ni capacidad —militar, cultural o institucional— para remodelar la región a su imagen.

Escribí en "Sandstorm" (Tormenta de arena) en 2005 que la invasión de Irak no había disminuido el poder iraní, sino que lo había magnificado enormemente, al eliminar el principal contrapeso regional de Teherán y entregar un Estado a la mayoría chií del país.

La respuesta de Washington a ambos argumentos, entonces y ahora, fue producir más documentos de grupos de expertos, programar más audiencias en el Senado y lanzar más guerras.

Ahora estamos viviendo las consecuencias de la última iteración de esta catástrofe, y el panorama se vuelve inequívocamente claro: Irán ha emergido de la guerra de 2026 no como un Estado quebrado, sino como la potencia preeminente en el Golfo Pérsico.

Los mulás a quienes Donald Trump prometió barrer del escenario han sido reemplazados, sí, pero por un liderazgo militar más duro, más joven y más capaz bajo Mojtaba Jameneí y el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, que ha desechado la actitud defensiva teológica de la generación fundadora y ha adoptado el frío cálculo estratégico de un Estado que sabe que sobrevivió y sabe a qué sobrevivió.

Este no es el Irán que firmó el JCPOA. Este es un Irán que ha ido a la guerra y ha ganado.

Seamos precisos sobre lo que "ganar" significa aquí, porque los defensores de Washington discutirán el término. Irán no ganó en el sentido de derrotar militarmente a Estados Unidos —nadie sugiere que la Guardia Revolucionaria haya derrotado a la Séptima Flota.

Irán ganó en el sentido que importa estratégicamente: preservó el régimen, demostró la resiliencia de su capacidad militar e industrial, neutralizó la voluntad política de sus adversarios para continuar la campaña y emergió con una legitimidad reforzada en casa y un prestigio elevado en toda la región.

Sobrevivió al intento de decapitación. Reconstituyó sus fuerzas de misiles más rápido de lo previsto. Y ahora, en términos prácticos, controla el Estrecho de Ormuz de una manera que le otorga influencia sobre la economía global que ninguna cantidad de presencia naval estadounidense puede contrarrestar fácilmente.

Trump declaró la "victoria total y completa" a principios de marzo. Para junio, el panorama había cambiado por completo. Esto también es un patrón. Los estadounidenses en posiciones de poder tienen un talento notable para declarar la victoria en el momento en que las consecuencias de la guerra apenas comienzan a acumularse.

La tradición realista en la política exterior estadounidense —la tradición de George Kennan, de Hans Morgenthau, del Instituto Cato donde pasé muchos años— advirtió precisamente contra esto. Advirtió que los Estados tienen intereses nacionales arraigados en la geografía, la historia y la demografía que no pueden ser bombardeados.

Advirtió que Irán, una civilización de tres milenios con una población de 90 millones y una ubicación estratégica a horcajadas sobre las vías fluviales más importantes del mundo, no es un problema que se resuelva con campañas aéreas.

Advirtió que las fantasías de cambio de régimen, alimentadas por personas que nunca han leído a Clausewitz en serio, tienden a producir no gobiernos sucesores dóciles, sino versiones radicalizadas, nacionalizadas y militarizadas del adversario que se buscaba eliminar.

Los Estados árabes del Golfo entendieron esto, razón por la cual —con la excepción parcial y característicamente cínica de Arabia Saudita— negaron a Washington el acceso a su espacio aéreo y hicieron pública su oposición a la guerra de manera inusualmente abierta.

Viven al lado de Irán. No pueden permitirse el lujo de confundir a un adversario temporalmente debilitado con uno derrotado de manera permanente. Sabían que un Irán de posguerra, cualquiera que fuera su configuración interna, seguiría ahí a la mañana siguiente, y que tendrían que negociar los términos de su coexistencia con él mucho después de que los portaaviones estadounidenses hubieran zarpado de vuelta a casa.

Los errores de cálculo que produjeron este resultado no fueron fallos de inteligencia en el sentido estricto. La inteligencia era, según la mayoría de los informes, razonablemente precisa sobre las capacidades militares de Irán, la solidez de su infraestructura de misiles dispersa y los preparativos de la Guardia Revolucionaria para una campaña prolongada.

El fracaso fue político y estratégico: un fracaso de juicio en los niveles más altos, arraigado en el mismo pensamiento mágico que envió a las tropas estadounidenses a Bagdad en 2003 esperando ser recibidas con flores.

Washington se convenció a sí mismo de que la moderación de Irán en 2024 y 2025 era evidencia de debilidad. Era, como escribí en ese momento, evidencia de paciencia.

El liderazgo iraní había estudiado la guerra de Irak de 2003. Habían estudiado la intervención en Libia de 2011. Llegaron a la misma conclusión que cualquier estratega serio sacaría: que las operaciones militares estadounidenses en la región tienden a ser rápidas en sus fases iniciales y cada vez más carentes de propósito a partir de entonces, y que la estrategia óptima para un adversario atacado es sobrevivir al golpe inicial, preservar la capacidad y esperar a que la voluntad política estadounidense se erosione.

Esta no es una idea novedosa. Es la lógica estratégica de casi todas las campañas asimétricas exitosas del último medio siglo.

Las consecuencias que ahora se registran en todo Oriente Medio son predecibles para cualquiera que no estuviera deseando pensar. La credibilidad de Estados Unidos ante los socios del Golfo se ha visto gravemente dañada, no porque Estados Unidos lanzara una guerra, sino porque la lanzó en contra de sus objeciones explícitas, infligió daños económicos colaterales a través de las interrupciones en Ormuz y la explosión de las primas de seguros, y luego no logró los objetivos que prometió justificarían el ejercicio.

Estados Unidos ha demostrado, una vez más, que es un socio impredecible cuyos compromisos estratégicos globales están sujetos a los entusiasmos de la administración que esté en el poder en cada momento.

Mientras tanto, el nuevo liderazgo de Irán ha aprendido la lección de la guerra con la claridad sin sentimentalismos que suele acompañar a las experiencias cercanas a la muerte. Ha desechado el antiestadounidismo teatral de la era de Jomeini —que siempre fue tanto teatro como política— y lo ha reemplazado con algo más decidido y, por tanto, más peligroso: una orientación estratégica centrada en la disuasión a través de la capacidad más que en la disuasión a través de la retórica.

La nueva generación que dirige la República Islámica no llegó al poder defendiendo una revolución. Llegó al poder administrando un Estado que acababa de sobrevivir al intento de una superpotencia de destruirlo. Ese es un tipo diferente de autoridad, y produce un tipo diferente de política exterior.

Llevo cuatro décadas escribiendo sobre Oriente Medio y la política exterior estadounidense. Durante ese tiempo, he visto a Washington cometer la misma categoría de error con notable consistencia: confundir el deseo de un resultado particular con el análisis necesario para lograrlo; confundir el dominio militar con la influencia política; y negarse a preguntar, antes de cualquier intervención, la pregunta que Carl von Clausewitz identificó como la primera obligación del estadista: ¿en qué tipo de guerra estamos entrando y cuáles son sus fines realistas?

La respuesta a esa pregunta, de haberse formulado seriamente en el invierno estadounidense de 2026, habría apuntado hacia una limitación negociada del programa nuclear iraní, hacia las estrategias de contención y disuasión pacientes que habían manejado la amenaza soviética durante cuatro décadas sin un intercambio nuclear, hacia el reconocimiento de que un país del tamaño, la historia y la posición estratégica de Irán no puede ser eliminado de la ecuación regional y debe ser, en cambio, gestionado.

Habría apuntado, en definitiva, hacia el trabajo aburrido, poco glamuroso y exigente institucionalmente de la diplomacia que el establishment de la política exterior tiende a encontrar insuficientemente satisfactorio.

En cambio, Estados Unidos tuvo una guerra. Y ahora, observando el panorama del Oriente Medio de posguerra —con el nuevo liderazgo de Irán consolidado, su prestigio regional elevado, su control de las vías fluviales críticas más firmemente establecido que en cualquier otro momento de la historia de la República Islámica y la influencia estadounidense con sus socios del Golfo en un mínimo de varias décadas— nos queda contemplar, una vez más, la distancia entre lo que se prometió y lo que se entregó.

El hegemón que Estados Unidos buscó destruir, lo creó. Esta es la lección. Si Washington es capaz de aprenderla sigue siendo, como siempre, la cuestión abierta."

( 

16.4.26

Irán: una guerra a muerte... “Estamos bombardeando sin piedad ese ferrocarril que China había terminado, que llegaba hasta el Golfo Pérsico y que iba a llegar hasta el corazón del Cáucaso… Eso es porque saben adónde va ese ferrocarril... ese ferrocarril… desviará el 60% del comercio que China genera actualmente, que probablemente representa alrededor del 40% del comercio mundial, de los mares, donde Estados Unidos tiene dominio, por así decirlo —o cree que aún lo tiene—, y lo trasladará a tierra. No queremos eso. No lo queremos en absoluto…”... El verdadero objetivo estratégico de la guerra del imperio contra Irán es el mismo que el de la guerra contra Rusia en Ucrania, el inminente conflicto por Taiwán y otros muchos conflictos latentes en Asia y África: preservar la hegemonía del imperio sobre el continente euroasiático... El incentivo fundamental de las guerras imperiales es, y siempre ha sido, la búsqueda de beneficios colaterales (riqueza en recursos y mano de obra esclava). Todo el discurso sobre Rusia mala , China mala , los mulás iraníes, o las armas de destrucción masiva, no son más que cuentos inventados para obtener la aprobación de la opinión pública nacional... Las consideraciones expuestas anteriormente prácticamente garantizan que la guerra contra Irán (y contra Rusia) continuará y escalará hasta la muerte de uno u otro bando. Debemos comprender que las líneas divisorias de este conflicto se encuentran «entre dos sistemas de gobierno». Por un lado, está el imperio occidental luchando por su propia hegemonía. Por otro lado, se encuentran las potencias que desean permanecer independientes y que se niegan a convertirse en colonias del imperio... Por lo tanto, Irán no puede permitirse ceder, ni Rusia, ni China. Para el imperio, el acceso a nuevas garantías es existencial y nunca dejará de buscarlo a cualquier precio (Lawrence Wilkerson, coronel retirado)

 "En la entrevista de ayer con el coronel retirado Lawrence Wilkerson , el profesor Glenn Diesen subrayó el aspecto mackinderiano de la geopolítica actual de Oriente Medio (en referencia a uno de los padres fundadores de la geopolítica británica, Halford Mackinder).

Dirigido a la infraestructura de la Franja y la Ruta de China

El coronel Wilkerson, quien anteriormente se desempeñó como jefe de gabinete del secretario de Estado de los Estados Unidos, Colin Powell, estuvo de acuerdo y declaró lo siguiente sobre uno de los objetivos prioritarios de la campaña de bombardeos de Estados Unidos contra Israel (resumen):

“Estamos bombardeando sin piedad ese ferrocarril que China había terminado, que llegaba hasta el Golfo Pérsico y que iba a llegar hasta el corazón del Cáucaso… Lo están bombardeando. Lo están bombardeando a más no poder. Todos los días bombardean ese ferrocarril… Eso es porque saben adónde va ese ferrocarril.”

Y ese ferrocarril… desviará el 60% del comercio que China genera actualmente, que probablemente representa alrededor del 40% del comercio mundial, de los mares, donde Estados Unidos tiene dominio, por así decirlo —o cree que aún lo tiene—, y lo trasladará a tierra. No queremos eso. No lo queremos en absoluto…

El ferrocarril al que se refería Wilkerson es el Ferrocarril China-Irán, también conocido como el corredor ferroviario China-Irán o el enlace ferroviario Xi'an-Teherán (parte de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China). El ferrocarril fue construido por China como el principal corredor terrestre de carga (aproximadamente 10.400 km / 6.500 millas en total desde Xi'an en China hasta el puerto seco de Aprin, cerca de Teherán), financiado y fuertemente respaldado por China.

Se inauguró en junio de 2025 y fue diseñado para transportar petróleo, mercancías y carga iraníes a China y otros destinos mucho más rápido que las rutas marítimas, reduciendo los tiempos de envío entre 15 y 20 días, al tiempo que evitaba puntos críticos como el estrecho de Ormuz y el estrecho de Malaca. Recientemente, Estados Unidos e Israel llevaron a cabo ataques aéreos contra varios tramos y puentes a lo largo de esta línea férrea como parte de una campaña más amplia, alcanzando entre 8 y 10 puentes y vías férreas (por ejemplo, el puente ferroviario de Yahya Abad en la provincia de Kashan/Isfahán, tramos cerca de Karaj, Tabriz-Zanjan, Aminabad, Qom y otros).

Todo sobre la hegemonía euroasiática

Para comprender la importancia de la preocupación del imperio por el ferrocarril China-Irán, debemos examinar los imperativos geopolíticos a largo plazo del imperio occidental. La guerra contra Irán es solo el último episodio de más de dos décadas de guerras imperiales permanentes en la región. Podemos descartar sin temor a equivocarnos las historias exageradas que demonizan al régimen iraní , así como cualquier ilusión de que el conflicto tenga algo que ver con la democracia y la libertad, el programa nuclear iraní, los misiles balísticos, los derechos de las mujeres o cualquier otro pretexto aceptable .

El verdadero objetivo estratégico de la guerra del imperio contra Irán es el mismo que el de la guerra contra Rusia en Ucrania, el inminente conflicto por Taiwán y otros muchos conflictos latentes en Asia y África: preservar la hegemonía del imperio sobre el continente euroasiático. Esta estrategia geopolítica fue ideada por el Imperio Británico y adoptada por su sucesor estadounidense.

Geopolítica macinderiana

En 1904, tras un extenso estudio de la historia y la geografía mundiales, el erudito y estadista británico Sir Halford Mackinder publicó un artículo fundamental titulado "El pivote geográfico de la historia", en el que argumentaba que el enfoque exclusivo del Imperio Británico en el poder marítimo era erróneo y que el destino del mundo estaría determinado por un poder terrestre.

Hipotetizó que la viabilidad a largo plazo de los estados dependía fundamentalmente de su espacio geográfico y ubicación, y concluyó que, en ese sentido, las condiciones óptimas solo se encontraban en las regiones interiores de Eurasia, a las que denominó Área Pivote : una vasta extensión que abarca aproximadamente Rusia, la región del Cáucaso, Kazajistán, Irán y Afganistán. En el marco de Mackinder, el Área Pivote está rodeada por la Media Luna Interior o Marginal, que incluye Europa, el norte de África, Asia Menor, la península arábiga, India, China y Japón, mientras que las tierras de la Media Luna Exterior o Insular comprenden el resto del mundo.

Lo que hacía estratégica la Zona Pivote era su potencial para convertirse en una potencia económica viable e independiente, capaz de generar un imperio rival, especialmente gracias a las mejoras en sus comunicaciones internas y transporte que se estaban implementando con el ferrocarril Transiberiano. La nación que se consideraba mejor posicionada para emerger como esa potencia terrestre pivote era Rusia.

“Los territorios del imperio ruso y Mongolia son tan vastos, y su potencial en población, trigo, algodón, combustible y metales tan incalculable, que resulta inevitable que se desarrolle un vasto mundo económico, más o menos aislado, inaccesible al comercio marítimo… En el mundo en general, [Rusia] ocupa la posición estratégica central que Alemania ostentaba en Europa. Puede atacar por todos lados, excepto por el norte.”

El pleno desarrollo de su moderna red ferroviaria es solo cuestión de tiempo… El desequilibrio de poder a favor del Estado clave , que resultaría en su expansión por los territorios marginales de Eurasia, permitiría el uso de vastos recursos continentales para la construcción de flotas, y el imperio mundial estaría entonces al alcance de la mano. Esto podría ocurrir si Alemania se aliara con Rusia .

Esto se consideró una amenaza existencial para el imperio, que debía ser neutralizada y destruida. Mackinder escribió:

“Me parece que, en la presente década, por primera vez estamos en condiciones de intentar… establecer una correlación entre las generalizaciones geográficas y las históricas más amplias… y podemos buscar una fórmula que exprese, al menos, ciertos aspectos de la causalidad geográfica en la historia universal… poniendo en perspectiva algunas de las fuerzas contrapuestas en la política internacional actual.”

¿A qué fórmula se refería y qué quería decir con «poner en perspectiva algunas de las fuerzas en pugna en la política internacional actual»? El lenguaje profético de Mackinder presagió la geopolítica actual:

“Por lo tanto, la amenaza de tal acontecimiento debería llevar a Francia a aliarse con las potencias marítimas, y Francia, Italia, Egipto, India y Corea se convertirían en numerosas cabezas de puente donde las armadas extranjeras apoyarían a los ejércitos para obligar a los aliados clave a desplegar fuerzas terrestres e impedirles concentrar toda su fuerza en flotas.”

En pocas palabras, Mackinder sugirió rodear la Zona Pivote con una media luna de focos de crisis e inducir a naciones como Italia, Egipto, India y Corea a atraer a la potencia pivote a una serie interminable de atolladeros agotadores y paralizantes. A lo largo de las décadas siguientes, la geografía de los focos de crisis designados evolucionó con las cambiantes oportunidades geopolíticas (con la creación de nuevas naciones como Israel, Siria, Jordania, Ucrania, Pakistán, Bangladesh…) y el lenguaje de Mackinder evolucionó en consecuencia.

En 1919 publicó «Ideales democráticos y realidad», en el que renombró la Zona Pivote como «el Corazón de la Tierra» y explicó su significado en términos más directos y menos oraculares: « Quien gobierna Europa del Este controla el Corazón de la Tierra; quien gobierna el Corazón de la Tierra controla la Isla Mundial; quien gobierna la Isla Mundial controla el mundo». Con «Isla Mundial», Mackinder se refería a la masa continental euroasiática. Dominar esta masa continental seguía siendo la obsesión eterna del Imperio. En 1943, Mackinder escribió lo siguiente :

“He vuelto a describir mi concepto del Corazón de la Tierra, que, no dudo en afirmar, es hoy más válido y útil que hace veinte o cuarenta años.”

El parásito imperial cambia de huésped.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, cuando el imperio había agotado su influencia sobre Gran Bretaña, la camarilla parasitaria se trasladó a un nuevo huésped: Estados Unidos. Al hacerlo, llevaron consigo sus planes de dominación mundial y convirtieron sus propios objetivos políticos en los de Estados Unidos.

Uno de los discípulos de Mackinder fue Henry Kissinger . Junto con su protegido Zbigniew Brzezinski, Kissinger fundó la Comisión Trilateral, uno de los grupos de expertos en política exterior más influyentes del mundo. El propio Brzezinski se convertiría en un asesor político de gran influencia para numerosas administraciones presidenciales, incluidas las de John F. Kennedy Lyndon Johnson Ronald Reagan Jimmy Carter .

Kissinger y Brzezinski fueron fundamentales para integrar la geopolítica británica en la política exterior estadounidense. En su libro de 1997, «El gran tablero de ajedrez», Brzezinski escribió que « para Estados Unidos, el principal premio geopolítico es Eurasia… ». En el mismo texto, desmitifica las razones detrás de la obsesión del imperio por Eurasia:

Eurasia es el continente más grande del planeta y ocupa una posición geopolítica central. Una potencia que domine Eurasia controlaría dos de las tres regiones más avanzadas y económicamente productivas del mundo. Aproximadamente el 75 % de la población mundial vive en Eurasia, donde también se encuentra la mayor parte de la riqueza material del planeta, tanto en sus empresas como en sus yacimientos. Eurasia representa el 60 % del PIB mundial y cerca de las tres cuartas partes de los recursos energéticos conocidos del mundo.

Los reconfortantes cuentos del Imperio

Por supuesto, todos esos recursos energéticos, activos físicos y mano de obra requieren, les guste o no, la democracia y la libertad occidentales de nivel exportador. Hoy en día, esa democracia se exporta con la misma sinceridad con la que se exportaba el cristianismo cuando los españoles saqueaban Centroamérica y Sudamérica, y con la que se exportaba la civilización de los salvajes cuando Gran Bretaña, Francia, Bélgica y otras potencias coloniales europeas saqueaban África, India, China y otros lugares.

El incentivo fundamental de las guerras imperiales es, y siempre ha sido, la búsqueda de beneficios colaterales (riqueza en recursos y mano de obra esclava). Todo el discurso sobre Rusia mala China mala , los mulás iraníes, la guerra en la Tierra, las mujeres y las niñas o las armas de destrucción masiva, no son más que cuentos inventados para obtener la aprobación de la opinión pública nacional. Uno de ellos ha sido también el cuento de «la única democracia en Oriente Medio».

La ciudadela en la colina de Jerusalén

Cuando Mackinder escribió sobre “tantas cabezas de puente” que podrían rodear y asfixiar el corazón de Estados Unidos, mencionó a Francia, Italia, Egipto, India y Corea. Pero desde entonces se han establecido cabezas de puente más efectivas, y quizás la más importante haya sido el Estado de Israel. El relato reconfortante sobre la patria democrática para el sufrido pueblo judío ha servido al mismo propósito cínico que todos los demás relatos reconfortantes: permitir que el Imperio cometiera innumerables atrocidades impunemente bajo el pretexto de democracia, holocausto, victimismo, etc.

La cruda realidad del proyecto sionista es mucho más siniestra: la creación de Israel en 1948 no fue más que una maniobra geopolítica del Imperio Británico. Mucho antes del Holocausto en la Alemania nazi, Sir Arthur Balfour emitió su famoso memorándum a Lord Walter Rothschild que por alguna razón se acepta como base legal válida para la creación de un país completamente nuevo. La verdadera agenda fue expuesta por Mackinder:

“Si la isla-mundo es inevitablemente la sede principal de la humanidad en este globo, y si Arabia, como tierra de paso entre Europa y las Indias y entre el corazón del norte y el del sur, es central para la isla-mundo, entonces la ciudadela de Jerusalén tiene una posición estratégica con respecto a las realidades mundiales que no difiere… de su posición ideal en la perspectiva de la Edad Media, o de su posición estratégica entre la antigua Babilonia y Egipto.”

Estas reflexiones fueron corroboradas por los exmiembros de la Mesa Redonda de Alfred Milner en un artículo publicado en noviembre de 1915 por el Manchester Guardian. Explicaron que «todo el futuro del Imperio Británico como Imperio Marítimo» dependía de que Palestina se convirtiera en un estado tapón habitado «por una raza intensamente patriota». Cabe destacar que esto fue antes de la Segunda Guerra Mundial e incluso antes del importantísimo memorándum Balfour. Con respecto a dicho documento, Mackinder declaró lo siguiente:

“La sede nacional judía en Palestina será uno de los resultados más importantes de la guerra. Ese es un tema sobre el que ahora podemos permitirnos decir la verdad [nótese que es extremadamente raro que la camarilla imperial británica se haya sentido capaz de decir la verdad]… Un hogar nacional en el centro físico e histórico del mundo debería hacer que el judío se sienta plenamente realizado…

Pues bien, el plan parece haber funcionado, y «el judío» efectivamente se lanzó a la guerra. Hoy podemos apreciar lo bien que le fue a «el judío», convertido en el principal perpetrador y víctima de las guerras interminables del imperio, obligado permanentemente a librar guerras contra cualquier potencia «entre la antigua Babilonia y Egipto» que pudiera desafiar la hegemonía del imperio en la región. Lamentablemente, muy pocos entre la «raza intensamente patriota» de Israel aprecian el cinismo depravado con el que fueron seducidos para asumir ese papel.

La lucha es a muerte.

Las consideraciones expuestas anteriormente prácticamente garantizan que la guerra contra Irán (y contra Rusia) continuará y escalará hasta la muerte de uno u otro bando. Debemos comprender que las líneas divisorias de este conflicto se encuentran, como han explicado George Soros y otros, «entre dos sistemas de gobierno». Por un lado, está el imperio occidental luchando por su propia hegemonía. Por otro lado, se encuentran las potencias que desean permanecer independientes y que se niegan a convertirse en colonias del imperio.

Creo que esta realidad ya se comprende bien, lo que plantea una disyuntiva crucial para todas las naciones con espíritu independiente: o se unen en su resistencia, o serán eliminadas una a una por las fuerzas imperiales y sus aliados. Por lo tanto, Irán no puede permitirse ceder, ni Rusia, ni China. Para el imperio, el acceso a nuevas garantías es existencial y nunca dejará de buscarlo a cualquier precio. Hasta su completa destrucción. 

Gracias a Alex Krainer y TREND COMPASS y a la colaboración de Joaquín Rábago" 

(Entrevista a Lawrence Wilkerson, Glenn Diesen , La casa de mi tía, 12/04/26)

26.3.26

Donald Trump es un presidente de EE. UU. que está haciendo cosas propias de un presidente de EE. UU. Los presidentes de EE. UU. asesinan constantemente a personas con actos imperdonables de violencia militar masiva, maltratan a los inmigrantes y a las comunidades marginadas, y promueven la tiranía en beneficio de intereses especiales corruptos en defensa del imperio estadounidense y del status quo capitalista. Ese es su trabajo. Si no estuvieran dispuestos a hacer estas cosas, no conseguirían el cargo. Trump no es una aberración extravagante; es el producto del mismo status quo político estadounidense que sus predecesores... El problema son los presidentes de EE. UU., no los reyes. El problema es el imperio estadounidense, no Trump. Estados Unidos necesita un cambio drástico y revolucionario, no protestas diurnas diseñadas para ser lo menos ofensivas posible... El problema de las protestas «No Kings» es que no están protestando contra el imperio estadounidense. Solo quieren un imperio más educado y fotogénico (Caitlin Johnstone)

"Hay otra gran protesta «No Kings» programada para este fin de semana, y ahora mismo lo único en lo que puedo pensar es en lo repugnante que resulta que esto sea lo más parecido a una protesta antibélica a gran escala que hay en Estados Unidos en este momento.

El problema de las protestas «No Kings» está precisamente en el título. Están diciendo: «¡No queremos un rey, queremos un presidente!». Pero Donald Trump no es un rey. Es un presidente. Y ese es el verdadero problema: los presidentes de EE. UU. son hombres extremadamente malvados que hacen cosas extremadamente malvadas.

Donald Trump es un presidente de EE. UU. que está haciendo cosas propias de un presidente de EE. UU. Los presidentes de EE. UU. asesinan constantemente a personas con actos imperdonables de violencia militar masiva, maltratan a los inmigrantes y a las comunidades marginadas, y promueven la tiranía en beneficio de intereses especiales corruptos en defensa del imperio estadounidense y del status quo capitalista. Ese es su trabajo. Si no estuvieran dispuestos a hacer estas cosas, no conseguirían el cargo.

Trump no es una aberración extravagante; es el producto del mismo status quo político estadounidense que sus predecesores. Llegó a la presidencia de la misma manera que ellos, y los poderes que ahora ejerce le fueron otorgados a su cargo a través de decisiones y precedentes ejecutivos, legislativos y judiciales de lo más mundanos.

Pero como las protestas «No Kings» están organizadas por defensores liberales de ese mismo status quo político, las manifestaciones no pueden abordar nada de esto. Todo está diseñado para ser lo más multitudinario e inclusivo posible, al tiempo que se garantiza que no altere el orden establecido de ninguna manera significativa. No plantean reivindicaciones reales. Coordinan las manifestaciones con la policía y los funcionarios del Gobierno. Los manifestantes se presentan durante unas horas con sus pancartas de brunch y sus camisetas naranjas, y luego se van a casa sin molestar a nadie.
No están protestando contra el imperio estadounidense. Solo quieren un imperio más educado y fotogénico.

No están protestando contra el sistema político oligárquico y corrupto que dio lugar a Donald Trump. Solo quieren que el sistema político oligárquico y corrupto dé lugar a presidentes que les hagan sentir menos incómodos.

El problema son los presidentes de EE. UU., no los reyes. El problema es el imperio estadounidense, no Trump. Estados Unidos necesita un cambio drástico y revolucionario, no protestas diurnas diseñadas para ser lo menos ofensivas posible. Mientras los estadounidenses protesten contra monarquías ficticias y títeres oligárquicos fácilmente reemplazables en lugar de resistirse a la maquinaria imperial real, los abusos continuarán.

La guerra en Irán es la guerra estadounidense más claramente malvada en generaciones. La gente debería estar inundando las calles de todas las grandes ciudades de EE.UU. Washington D. C. debería estar en llamas. Los soldados deberían estar desertando en masa. En cambio, lo que vemos son esas estúpidas y superficiales convenciones teatrales de los liberales, donde la gente se reúne para no hacer nada.

Los estadounidenses con conciencia deberían sentirse profundamente avergonzados en este momento.

(Publicado en: The Problem Isn’t “Kings”, The Problem Is US Presidents – Caitlin Johnstone )"

(Caitlin Johnstone , en Rafael Poch, 25/03/26)

8.3.26

El objetivo de Estados Unidos es crear un dominio en el campo de la energía y poder controlar la evolución económica y el desarrollo de China y, al mismo tiempo, reducir las perspectivas económicas de Rusia controlando no solo el petróleo y el gas —y, por supuesto, Irán tiene ambos en abundancia, pero no solo eso—, sino volviendo al antiguo sistema, el sistema del siglo XIX de controlar las vías navegables y los puntos de control para poder imponer bloqueos y asedios a China y a Rusia como parte de su visión económica, por así decirlo... creo que el principal interés de Irán es cambiar toda la situación, todo el paradigma del Golfo y el Mar Rojo y las rutas marítimas adyacentes, y sacarlas del dominio estadounidense bajo el que han estado durante todo este tiempo (Alastair Crooke, exdiplomático inglés)

 "(...) Chris Hedges

Así que hay una fuerte censura militar impuesta en Israel. Usted ha trabajado allí, yo he trabajado allí. Es difícil, desde la distancia, saber cuál ha sido la eficacia de los ataques. ¿Cuál es su impresión?

Alastair Crooke

Lo que dice es absolutamente cierto. La censura, quiero decir, es absolutamente estricta. Cualquiera que intente grabar es inmediatamente detenido o interceptado. Es muy difícil obtener datos. Pero hace poco escuché al coronel [Lawrence] Wilkerson, que era el jefe de gabinete de Colin Powell en aquella época, un militar con mucha experiencia. Y dijo que había visto algunos vídeos reales procedentes de Tel Aviv.

Y dijo que no se trataba de inteligencia artificial. Que era material real que había llegado. Vio un vídeo de 15 minutos y dijo que lo que se avecina es absolutamente devastador. Es implacable y continuo, y al final se ve que ni siquiera hay misiles interceptores disparando en ese momento. Así que creo que no sabemos el alcance. Esto fue en Tel Aviv, pero sabemos que se están disparando misiles en todo Israel.

Pero parece que los daños son enormes. No está claro cuáles serán las consecuencias en Israel. Recibimos mensajes muy contradictorios. Probablemente los haya oído. Algunos de ellos en estas situaciones, como en todas las guerras, pueden estar en una parte y decir: «Bueno, no pasa nada. Todo parece normal». Y luego se desplazan 500 metros en otra dirección y es un caos, un desastre.

Por lo tanto, es difícil obtener una imagen global concertada, pero yo diría que los daños superan con creces los de la Guerra de los Doce Días, incluso hasta la fecha. Los iraníes pretenden aumentar poco a poco el número de estos misiles Khorramshahr e hipersónicos, que serán muy difíciles de derribar y detener tanto para Estados Unidos como para Israel. Se están produciendo grandes daños en todo el Golfo, que han sido enormes para las bases estadounidenses. No hay duda de que han sido destruidas. Creo que la intención de Irán en el Golfo se centra especialmente en los puertos que lo atraviesan.

Y creo que la razón es que la Quinta Flota, con base en Baréin, ha creado una especie de zona que abarca desde Ormuz y el Golfo Pérsico hasta, por así decirlo, Yemen, donde hay un pequeño cuello de botella, un cuello de botella naval, en el sur, con el fin de controlar los corredores energéticos y los corredores económicos a través de este proceso.

Y creo que los iraníes están en proceso de cambiar esto desde [inaudible] hasta Ormuz para restablecer más una hegemonía iraní, por así decirlo, en estas zonas y detener el plan estadounidense, que, creo, se presagiaba en la declaración de seguridad nacional. La NSS publicó hace poco, hace un par de meses, tres meses, algo [Subsecretario de Guerra para Política] Elbridge Colby era el autor de la mayor parte.

Pero una de las cosas que contenía era la idea de que había que coaccionar a China para que cambiara su modelo económico y pasara de exportar a consumir más. Y esto se podía hacer mediante aranceles o mediante lo que hemos visto en Venezuela: bloqueos navales, sanciones a barcos, intentos de crear un asedio. Pero también Rusia se está viendo cada vez más sometida a este tipo de medidas. Su llamada flota fantasma está siendo sancionada y, en ocasiones, confiscada.

Por lo tanto, creo que tanto en Moscú como en China existe la impresión de que Estados Unidos tiene la intención de intentar perjudicar a China mediante estos medios, tomando el control y estableciendo una especie de hegemonía sobre las rutas marítimas y los puntos de estrangulamiento. Lo mismo ocurre, por supuesto, en China con ese primer continuo insular, que está siendo militarizado por Estados Unidos, presumiblemente para, en última instancia, si fuera necesario, sitiar a China para los buques que pasan por esa estrecha, por así decirlo, vía marítima por Indonesia hacia el mar de China.

Y para Rusia también es importante, porque, al contrario que China, quieren exportar su petróleo y no quieren que eso se vea asediado, restringido y limitado. Así que estamos asistiendo a lo que creo que es un cambio geopolítico realmente importante. Y aunque el foco de atención, todos hablamos de lo que está pasando con el ejército y con los hoteles donde se alojan los militares.

Pero creo que el principal interés de Irán es cambiar toda la situación, todo el paradigma del Golfo y el Mar Rojo y las rutas marítimas adyacentes, y sacarlas del dominio estadounidense bajo el que han estado durante todo este tiempo.

Chris Hedges

Hablemos del estrecho de Ormuz. Es una vía navegable muy estrecha. Irán la ha cerrado. Usted sabe más que yo, pero tengo entendido que no solo pueden minarla con solo pulsar un botón, y que estas minas son autónomas, ¿puede explicar cómo funcionan? También tienen baterías de misiles. Uno de los comentarios más sorprendentes de Trump fue la idea de enviar fuerzas navales estadounidenses, lo que es como pedir que todos los barcos sean volados por los aires, y luego también comentar por qué, en su opinión, Estados Unidos ha dado tanta prioridad a la destrucción de la Armada iraní

Alastair Crooke

Bueno, sí, creo que para responder primero a su segunda pregunta, eso es exactamente de lo que estoy hablando. El objetivo de Estados Unidos es crear un dominio en el campo de la energía y poder controlar la evolución económica y el desarrollo de China y, al mismo tiempo, reducir las perspectivas económicas de Rusia controlando no solo el petróleo y el gas —y, por supuesto, Irán tiene ambos en abundancia, pero no solo eso—, sino volviendo al antiguo sistema, el sistema del siglo XIX de controlar las vías navegables y los puntos de control para poder imponer bloqueos y asedios a China y a Rusia como parte de su visión económica, por así decirlo.

Quiero decir que Irán es un peón en una visión más amplia, que consiste, por así decirlo, en cómo eliminar a los BRICS y cómo, por así decirlo, no pueden, creo, derrotar militarmente a China, sino simplemente debilitarla reteniendo tecnología, reteniendo petróleo y materias primas de China. Y China está devolviendo el complemento a Estados Unidos. Pero, no obstante, esto es lo que creo que están tratando de hacer. Así que la Armada, la Armada iraní, tiene algunos barcos antiguos, fragatas y cosas por el estilo.

Y Estados Unidos acaba de hundir un par que estaban en el puerto y que eran muy antiguos. Lo principal que tiene Irán son estas embarcaciones rápidas, estas lanchas rápidas que tienen misiles de corto alcance. Están equipadas con misiles de corto alcance y tienen unas creo, 25 submarinos, minisubmarinos, pero pueden disparar misiles antibuque desde el estado sumergido. Y estos son mucho más peligrosos para la navegación que los antiguos buques de guerra clásicos, grandes y enormes.

Pero ahora se ha abierto porque, como probablemente vieron, los iraníes habían enviado un barco desarmado a una visita de cortesía a la India, un ejercicio naval al que habían sido invitados por el Gobierno indio para participar. Y ese buque estaba allí y Estados Unidos lo hundió, el submarino lo torpedeó y lo hundió. Creo que murieron más de cien marineros. Los cadáveres siguen llegando a Sri Lanka y algunos fueron rescatados, pero la mayoría han muerto.

Así que creo que está bastante claro. No creo que Irán vaya a ser especialmente indulgente con los buques de guerra estadounidenses que intentan proteger un tanque o un buque que atraviesa Ormuz después de que, como digo, hundieran un barco, una visita de cortesía de un buque de guerra iraní por invitación de los indios. Y luego alguien pasó los detalles y fue hundido frente a Sri Lanka por un torpedo, un torpedo estadounidense.

Así que creo que va a ser mucho, mucho, mucho más difícil. Por cierto, la anchura de Ormuz es de 21 kilómetros, por lo que ni siquiera es necesario minarlo. Está dentro del alcance suficiente de la artillería. Así que pueden quedarse allí, seleccionar un buque, disparar la artillería y dejar que se incendie. Y eso es, quiero decir, es así de fácil.

Chris Hedges

Cuando escuché la propuesta de Trump, pensé en el ataque naval ruso de 1905 contra los japoneses, en el que se produjo el mismo tipo de desdén imperial hacia la raza inferior y toda la flota fue hundida, que es lo que yo esperaría si fueran tan insensatos como para entrar en el estrecho de Ormuz. Hay que suponer que los comandantes navales convencerán a Trump de que no cometa esa locura. (...)"

 (Entrevista a Alastair Crooke, exdiplomático inglés, Chris Hedges, blog, 07/03/26, traducción DEEPL)

9.2.26

Wolfgang Streeck: Estados Unidos siempre ha sido, sorprendentemente, propenso a la violencia, tanto a escala nacional como internacional... desde 1990 no ha habido un solo día en el que Estados Unidos no haya estado en guerra en algún lugar del planeta... Trump ha desatado el potencial violento de la sociedad estadounidense a escala interna al incitar a la mitad de la población contra la otra mitad. Pero Trump no es responsable del sistema penitenciario estadounidense, extraordinariamente vasto y cruel, que es obra de sus predecesores... el orden basado en reglas ha sido inquietante desde al menos el bombardeo de Belgrado por la OTAN en 1999... este orden ha sido administrado por Estados Unidos, erigido en policía, tribunal y verdugo del mundo... pero Estados Unidos nunca se atuvo a este orden, véase el estado de emergencia permanente decretado en el marco de la «guerra contra el terrorismo»; la situación imperante en Israel y en los territorios palestinos ocupados, considerados como una zona experimental situada al margen de toda legalidad para provocar una despoblación total sin recurrir al uso de armas nucleares; o la más reciente cruzada armada por la «democracia» contra el «autoritarismo». Bajo el pretexto del «orden» encontramos todo un arsenal de justificaciones para imponer «sanciones» de todo tipo a voluntad por parte del único poder punitivo realmente existente, que ni siquiera ha rendido cuentas por su mortífera invención de la existencia de «armas de destrucción masiva» en Iraq

 "Wolfgang Streeck es director emérito del Max-Planck-Institut für Gesellschaftsforschung de Colonia, tras haber enseñado Sociología en el mismo y en la Facultad de Economía y Ciencias Sociales de la Universidad de esa ciudad entre 1995 y 2014; es miembro del Consejo de Investigación del Instituto Universitario Europeo de Fiesole desde 2012 y ha enseñado Sociología y Relaciones Industriales en la Universidad de Wisconsin-Madison entre 1988 y 1995. Autor de decenas de artículos, entre sus publicaciones destacan las siguientes: Democracy at Work: Contract, Status and Post-Industrial Justice (con Ruth Dukes, 2022), ¿Cómo terminará el capitalismo? (2017), Comprando tiempo: La crisis pospuesta del capitalismo democrático (2014), y Re-Forming Capitalism: Institutional Change in the German Political Economy (2009). Ha editado también, entre otras, las siguientes obras: Politics in the Age of Austerity (con A. Schäfer, 2013); The Diversity of Democracy (con C. Crouch, 2006); Beyond Continuity: Institutional Change in Advanced Political Economies (con K. Thelen, 2005); The Origins of Nonliberal Capitalism: Germany and Japan (con K. Yamamura, 2001). Wolfgang Streeck colabora habitualmente con la New Left Review, Sidecar y Diario Red y mantiene este blog https://wolfgangstreeck.com

La siguiente entrevista se ha publicado originalmente en el Frankfurter Rundschau el pasado 24 de enero.

Durante su primer mandato, Donald Trump prometió centrarse principalmente en el pueblo estadounidense. ¿Estamos presenciando ahora, por el contrario, una especie de neoimperialismo estadounidense?

El programa de Trump para Make America Great Again siempre tuvo dos vertientes: reparar la sociedad estadounidense, que se encuentra profundamente atravesada por múltiples crisis, o restaurar el dominio mundial de Estados Unidos. Cuál de los dos cursos de acción era el dominante era una incógnita entonces y sigue siéndolo a día de hoy. En ocasiones constatamos una orientación aislacionista, a veces observamos un descarado intervencionismo; actualmente, ambos cursos de acción se hallan vigentes alternativa o incluso simultáneamente. La «Doctrina Donroe» de Trump es una versión particular de esta combinación: intervencionismo, pero limitado a América Central y América del Sur; nada nuevo en sí mismo. A escala mundial, ello equivaldría a una división del mundo en «esferas de influencia» regionales mutuamente respetadas en las que la correspondiente gran potencia gobierna más o menos a su antojo. Lo que no encaja en este cuadro es el apoyo incondicional prestado a Israel en su guerra de aniquilación perpetrada en Gaza y Cisjordania, ni las amenazas de bombardear Irán.

¿Por qué hay tan poca resistencia a las políticas de Trump en la democracia más antigua del mundo?

 A primera vista, esto resulta sorprendente, pero las apariencias engañan. La Constitución estadounidense tiene casi dos siglos y medio de antigüedad y nunca se ha adaptado a las realidades de un Estado centralizado moderno (hasta 1945 Estados Unidos ni siquiera tenía un ejército federal permanente). Durante un tiempo los antiguos controles y contrapesos cumplieron su misión, pero solo lo hicieron mientras el país funcionaba razonablemente bien. Dada la profunda crisis social en la que se encuentra sumido Estados Unidos desde hace mucho tiempo, las lagunas y las fracturas de la estructura constitucional se están haciendo totalmente visibles como queda demostrado por la facilidad con la que un personaje sin escrúpulos y ávido de poder como Trump, él mismo producto de esa crisis, ha podido explotarlas de un modo tan brutal (con cinco jueces del Tribunal Supremos nombrados de por vida prácticamente todo es posible), mientras engaña a sus votantes haciéndoles creer que la «miseria» de la que hablaba Carter en la década de 1970 finalmente va a ser superada.

¿Representa Trump un nuevo tipo de fascismo?

Para decirlo sin rodeos: en su comportamiento no hay nada nuevo bajo el sol, salvo que se ha dejado caer la hoja de parra. Y no toda la violencia es «fascista», no malgastemos el concepto, porque la suya es lo suficientemente intensa como para considerarla en sí misma. Estados Unidos siempre ha sido, por otro lado, sorprendentemente propenso a la violencia, tanto a escala nacional como internacional. Para los estadounidenses el período de posguerra comenzó con Hiroshima y Nagasaki, luego vinieron Corea, Vietnam (nadie sabe por qué se exterminó a más de tres millones de vietnamitas, camboyanos y laosianos con napalm en esta guerra) y desde 1990 no ha habido un solo día en el que Estados Unidos no haya estado en guerra en algún lugar del planeta. Actualmente mantienen aproximadamente setecientas cincuenta bases militares repartidas por todo el mundo. Es cierto que Trump ha desatado el potencial violento de la sociedad estadounidense a escala interna al incitar a la mitad de la población contra la otra mitad. Pero su tipo de guerra civil está muy lejos de la guerra contra esclavitud y de las guerras indias del siglo XIX, y Trump tampoco es responsable del sistema penitenciario estadounidense, extraordinariamente vasto y cruel, que es obra de sus predecesores.

¿Quiénes, por ejemplo?

Bueno, en política exterior, principalmente Bush y Cheney, que han causado estragos monumentales en Iraq, Afganistán y Siria, países que jamás habían hecho nada a Estados Unidos y que nunca podrían haberle hecho nada. Admito que la gran cantidad de muertes infligidas gracias a la tecnología avanzada, sin apenas pérdidas por su parte, tiene, desde el punto de vista fenomenológico, algo de fascista. En quince años de guerra murieron, como he indicado, aproximadamente tres millones de vietnamitas, camboyanos y laosianos frente a cincuenta mil soldados estadounidenses, cifra que en la década de 1960 correspondía al número de víctimas mortales por accidentes de tráfico registradas en Estados Unidos anualmente.

¿Cómo deben comportarse los europeos con respecto a Estados Unidos y Trump? Algunos hablan de la relativa fortaleza de la UE como zona económica, mientras que otros destacan la desunión y la debilidad.

Ambas descripciones son correctas. Los estadounidenses seguirán jugando duro con los europeos durante bastante tiempo: Musk y sus colegas oligarcas se encargarán de ello. ¿Por qué pueden hacerlo? Fundamentalmente porque los europeos no pueden librar una guerra contra Rusia, ya sea caliente o fría, sin exponerse a las imposiciones de Estados Unidos, si este es su aliado. Y en lo que respecta a la «unidad», creo que Alemania no podrá seguir eternamente sosteniendo la política de sanciones impuesta por Estados Unidos contra Rusia, y especialmente contra China, por razones económicas. Igualmente, Alemania tampoco puede comprometerse con una política báltica o polaca, que conlleve el riesgo de tener que enviar tropas terrestres a combatir contra Rusia sin disponer de sus propias armas nucleares.

El canciller Merz confía en su «buena relación» con Trump y está aplicando una aproximación «amigable». ¿Es esta la estrategia correcta?

Nadie lo sabe. Pero, ¿qué se supone que debe hacer Merz? ¿Enviar la marina alemana a la bahía de Chesapeake y exigir la extradición de Trump al Tribunal Penal Internacional? Por otro lado, no puede mostrarse tan amable como María Corina Machado, ya que no ha ganado todavía el Premio Nobel de la Paz para poder regalárselo a Trump. (No es que de todas formas a ella le haya servido de mucho). ¿Recordáis la deferencia pública mostrada por Scholz  anteBiden, incluso cuando este último dijo a la prensa que los estadounidenses sabían muy bien cómo cerrar el Nord Stream 2, si los alemanes no lo hacían ellos mismos? Para comportamientos de este tipo tampoco necesitamos a Trump.

¿Crees que Groenlandia debería dejarse en manos de los estadounidenses para evitar un conflicto importante?

Tú y yo no tenemos voz en este asunto y, por lo tanto, no es necesario que tengamos una opinión al respecto. Los estadounidenses llevan mucho tiempo involucrados profundamente en Groenlandia, sin duda desde la Segunda Guerra Mundial y de forma permanente desde el inicio de la Guerra Fría. Si hubieras sobrevolado el norte de Groenlandia en un día soleado antes de 1990, como yo tuve la suerte de hacer, habrías visto alineadas una base militar estadounidense tras otra. Si quieres una predicción, hela aquí: dada la rusofobia imperante en Dinamarca, supongo que, con el apoyo de una OTAN reconfortada, el gobierno danés concederá a los estadounidenses algo así como la soberanía de facto sobre la isla, introduciendo pequeños ajustes cosméticos para salvar las apariencias.

¿Qué grado de peligrosidad alcanzará el conflicto entre Estados Unidos y China?

Se trata de un conflicto muy peligroso. Estados Unidos lleva mucho tiempo debatiendo sobre China, al menos desde la presidencia de Obama, y lo hace partiendo de la perspectiva de la llamada «trampa de Tucídides». En resumen, el historiador griego, él mismo un general muy admirado, explicó la derrota de los atenienses ante los espartanos en la Guerra del Peloponeso por el hecho de que los primeros habían esperado demasiado tiempo mientras Esparta crecía y se hacía más poderosa en lugar de atacarla tempranamente en un momento en el que podrían haber acabado con los espartanos rápidamente.

¿Qué significa eso?

Como sabemos, la estrategia militar oficial estadounidense tiene como objetivo impedir el surgimiento de cualquier otra potencia en cualquier parte del mundo capaz de rivalizar con Estados Unidos. El debate entre los expertos gira actualmente en torno a la cuestión de si ya ha pasado el momento adecuado para atacar a China o no. Hace unos días Trump anunció que el presupuesto de defensa de Estados Unidos aumentará el 50 por 100 hasta alcanzar los 1,5 billones de dólares en 2027. ¿Cuál es la función de ese presupuesto, cabe preguntarse?

No se aprecia ningún avance en las negociaciones entre Estados Unidos y Rusia. ¿No indica esto que Putin no quiere la paz?

¿Y si Estados Unidos, o la Unión Europea en su caso, tampoco la quieren? A diferencia de Ursula von der Leyen y el resto de nuestros estrategas, Estados Unidos no da por sentado que Rusia pueda ser derrotada. Pero eso no les importa a los estadounidenses; les basta con que los europeos mantengan a Rusia ocupada en una guerra de desgaste «hasta el último ucraniano». Un efecto secundario positivo de la continuación de la guerra es que su prolongación sine die imposibilita cualquier acercamiento entre Alemania y Rusia, lo que constituye la pesadilla tradicional, especialmente de la política británica hacia Europa continental.

Bueno, la guerra en Ucrania la empezó Rusia, no Estados Unidos, ¿no?

Es una larga historia. No puedes planear el despliegue de misiles de alcance intermedio a 800 kilómetros de la capital de una potencia nuclear rival sin que esta reaccione. Pero estoy de acuerdo contigo en que Rusia ha logrado modernizar su armamento y convertirse en una economía de guerra durante los cuatro años de conflicto bélico, a pesar de haber sufrido aparentemente grandes pérdidas en el campo de batalla. Ahora parece estar ganando terreno cada día frente a una coalición europea, que había jurado a los ucranianos a principios de 2022 que la guerra habría terminado en Navidad con una derrota rotunda de Rusia (von der Leyen incluso anunció que «nosotros» «desmantelaríamos capa a capa» la sociedad industrial rusa mediante las milagrosas sanciones que ella misma había ideado).

¿Qué se deduce de esto?

Rusia puede ver ahora una oportunidad para ir mucho más allá de lo planteado en las negociaciones de Minsk y Estambul y optar por eliminar efectivamente a Ucrania como un Estado-nación viable en el futuro previsible, al tiempo que humilla por completo a la UE. Me imagino que Putin encontraría un escenario de este tipo irresistible. Los «europeos» se lo habrían buscado ellos mismos.

Macron planteó la idea de que Putin asistiera a la cumbre del G7. ¿Pura desesperación o una buena idea?

Una de las famosas autopromociones intrascendentes de Macron. Aparte de eso, es sorprendente lo exótico que se antoja el simple sentido común en estos días. ¿Cómo puede ponerse fin a una guerra, que no puede ganarse en el campo de batalla, si una parte se niega a hablar con la otra parte?

¿Estamos asistiendo al fin del mundo tal y como lo conocemos, caracterizado por su orden basado en reglas?

No sé hasta qué punto este mundo te resulta familiar; para mí, este orden basado en reglas ha sido inquietante desde al menos el bombardeo de Belgrado por la OTAN en 1999 con el bombardero estratégico Northrop B-2 Spirit, si no antes. Y, de todos modos, en realidad no se basaba en «reglas», salvo quizá en el caso del régimen comercial de la OMC, que, sin embargo, desde la crisis financiera de 2008 existe cada vez más solo sobre el papel. Este «orden basado en reglas», proclamado tras el llamado fin de la historia a principios de la década de 1990, ha sido administrado por Estados Unidos, erigido en policía, tribunal y verdugo del mundo, todo ello al mismo tiempo, y solo por él mismo a su total discreción. Estados Unidos nunca se atuvo a este orden: véase la invención del «deber de proteger» esgrimido durante la década de 1990; el estado de emergencia permanente decretado en el marco de la «guerra contra el terrorismo», que se ha ampliado continuamente después de 2001; la situación imperante en Israel y en los territorios palestinos ocupados, considerados como una zona experimental situada al margen de toda legalidad para provocar una despoblación total sin recurrir al uso de armas nucleares; o la más reciente cruzada armada por la «democracia» contra el «autoritarismo». Bajo el pretexto del «orden» encontramos todo un arsenal de justificaciones para imponer «sanciones» de todo tipo a voluntad por parte del único poder punitivo realmente existente, que ni siquiera ha rendido cuentas por su mortífera invención de la existencia de «armas de destrucción masiva» en Iraq, cuyo coste estimado asciende a la muerte de al menos 500.000 civiles.

¿Y qué ha cambiado con Trump?

A diferencia de sus predecesores, Trump renuncia a los cultos discursos pronunciados con una elocuencia legalista, pero el núcleo violento de su idea de una Pax Americana no es en absoluto nuevo. Por cierto, en comparación con Bush II y Obama, la pretensión de Trump de obtener el Premio Nobel de la Paz no es del todo absurda, al menos por ahora. Recordemos que Obama lo obtuvo gratis, un año después de comenzar su primer mandato. Y al final incluso Kissinger lo obtuvo.

Recomendamos leer Wolfgang Streeck, «Progreso tecnológico y cambio histórico: Engels, la guerra y la hipertrofia del Estado en el siglo XX», NLR 123, «¿Cómo terminará el capitalismo?», NLR 87, ¿Cómo terminará el capitalismo?, (2017),  Comprando tiempo: La crisis pospuesta del capitalismo democrático (2016), «La coyuntura leída por Wolfgang Streeck» y «La Unión Europea en guerra: dos años después», todos ellos publicados en Diario Red; «El retorno del rey», «El belicismo suicida de las democracias autoritarias occidentales», «Los peligros de la lealtad inquebrantable a Estados Unidos» y «La Unión Europea, la OTAN y el próximo orden mundial», todos ellos publicados en El Salto.

Este texto se ha publicado originalmente en Frankfurter Rundschau y se publica aquí con permiso expreso del entrevistado." 

(Entrevista a   Wolfgang Streeck, Michael Hesse  , DiarioRed,  30/01/26)