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8.9.23

77% de los jóvenes estadounidenses no están calificados para el servicio militar... La crisis de reclutamiento militar de los Estados Unidos tiene sus raíces en la obesidad, la adicción a las drogas, los problemas de salud mental y el bajo nivel educativo

 "El ejército estadounidense se enfrenta a una crisis de reclutamiento sin precedentes, con retos sanitarios, educativos, políticos y sociales que socavan la preparación de las fuerzas para el combate contra adversarios casi iguales, incluida China.

En marzo de 2023, American Military News informó de que un estudio del Pentágono de 2020 reveló que el 77% de los jóvenes estadounidenses no cumplen los requisitos para el servicio militar sin una exención debido a problemas mentales o físicos de drogadicción o sobrepeso.

Las tasas de descalificación más prevalentes fueron el sobrepeso (11%), el abuso de drogas y alcohol (8%) y la salud médica/física (7%), y los aumentos más significativos en las estimaciones de descalificación observados entre 2013 y 2020 fueron para las condiciones de salud mental y sobrepeso.

American Military News menciona que el Departamento de Defensa (DOD) de EE.UU. ha reconocido los desafíos de reclutar nuevos miembros militares, citando factores como que los jóvenes están más desconectados y desinteresados en comparación con las generaciones anteriores.

El informe señala que la disminución de la población de veteranos y la reducción de la presencia militar han contribuido a crear un mercado poco familiarizado con el servicio militar, lo que ha llevado a un exceso de confianza en los estereotipos militares.

 También dice que los líderes del Pentágono han expresado su preocupación por la misión de reclutamiento, prediciendo que colectivamente la fallarán a pesar de acceder a más de 170.000 hombres y mujeres jóvenes cualificados en el año fiscal que termina el 30 de septiembre.

 Ben Kensling señala en un artículo publicado en julio de 2023 en el Wall Street Journal que el Ejército de Tierra de EE.UU. espera acabar este año con 15.000 reclutas por debajo de su objetivo de 65.000, la Armada de EE.UU. con 10.000 por debajo de 38.000 reclutas y las Fuerzas Aéreas de EE.UU. con 3.000 por debajo de 27.000 reclutas.

Aunque Kensling señala que el Cuerpo de Marines cumplió el año pasado su objetivo de enviar 33.000 reclutas al campamento de entrenamiento, los jefes de servicio han calificado el reclutamiento de difícil. También afirma que los datos del Pentágono muestran que sólo el 9% de las personas de entre 16 y 21 años considerarían la posibilidad de hacer el servicio militar, frente al 13% antes de la pandemia de Covid-19.

 Profundizando en el problema, Task and Purpose menciona en un vídeo de agosto de 2022 que la falta de cualificación de los ciudadanos, la economía, la disminución de la confianza en el ejército y la cultura woke han agravado los problemas de reclutamiento del ejército estadounidense.

El bajo nivel educativo y los antecedentes penales descalifican a muchos posibles reclutas militares estadounidenses. En un artículo de febrero de 2018 para The Heritage Foundation, Thomas Spoehr y Bridget Handy mencionan que el ejército estadounidense requiere un diploma de escuela secundaria o un Diploma de Equivalencia General (GED) para calificar, lo que elimina a muchos jóvenes estadounidenses de poder servir.

Spoehr y Handy señalan que, a pesar de que el Centro Nacional de Estadísticas Educativas de EE. UU. informa de una tasa de graduación de cohorte ajustada del 83% en el curso escolar 2014-2015, esta estadística no tiene en cuenta los estándares de graduación rebajados, los datos incompletos o los estudiantes que se transfirieron a otros programas.

El bajo nivel educativo también afecta a la capacidad de Estados Unidos para mantener su ventaja tecnológica frente a adversarios cercanos como China y Rusia.

En un artículo de abril de 2022 para el think tank Center for Strategic and International Studies (CSIS), Gabrielle Athanasia y Jillian Cota señalan que Estados Unidos está cayendo en competencia en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM) en comparación con otros países líderes. Citan datos de 2019 que muestran que la puntuación media de EE.UU. en matemáticas se sitúa en el puesto 15 entre los estudiantes internacionales, por debajo de China, Corea del Sur, Japón Singapur y Rusia.

 Spoehr y Hardy también señalan que los antecedentes penales obstaculizan la capacidad de los jóvenes adultos para alistarse en el ejército estadounidense. Mencionan que los antecedentes penales impiden que uno de cada diez jóvenes adultos pueda alistarse en el ejército, lo que significa que 3,4 millones de personas que de otro modo cumplirían los requisitos no pueden alistarse, ya que su conducta delictiva inhabilitante comenzó en una etapa temprana de su juventud.

Mientras tanto, Task and Purpose señala que la tasa de desempleo de EE.UU. está en su punto más bajo en décadas, con datos de febrero de 2023 del Departamento de Comercio de EE.UU. que muestran que la tasa de desempleo de EE.UU. ha caído al 3,4%, con más de medio millón de puestos de trabajo creados en enero y 800.000 puestos de trabajo en el sector manufacturero creados en los últimos dos años, según la Oficina de Estadísticas Laborales. (...)

Estas cifras, señala Task and Purpose, han reducido la reserva de mano de obra disponible para el ejército estadounidense, ya que los reclutas potenciales tienen opciones de empleo más lucrativas.

 La disminución de la confianza en el ejército estadounidense también ha afectado a su atractivo para los posibles reclutas, según los informes. En un artículo publicado en julio de 2023 para Gallup, Mohammed Younis señala que los estadounidenses son menos propensos a expresar confianza en el ejército estadounidense, con un notable descenso que ha persistido durante los últimos cinco años.

Younis menciona que la confianza se mantuvo en general por encima del 70% tras los atentados terroristas del 11-S, hasta caer al 69% en 2021 y disminuir aún más desde la rápida retirada de Afganistán.

Señala que los republicanos han sido los más propensos a expresar confianza en el ejército, pero la tasa ha descendido más de 20 puntos porcentuales en tres años, del 91% al 68%.

También afirma que la confianza de los independientes ha caído casi tanto, del 68% al 55%, y que ahora tienen menos confianza que los demócratas.

Las prolongadas guerras de Estados Unidos en Afganistán e Irak, seguidas de la desastrosa retirada estadounidense de 2021 de la primera, pueden haber engendrado un sentimiento de pesimismo en la opinión pública y en los círculos políticos estadounidenses, dañando la percepción que la sociedad tiene del ejército de Estados Unidos.

 La "cultura woke" también puede ser un factor importante en el descenso de las tasas de reclutamiento militar en Estados Unidos. "Woke" se refiere a la concienciación y atención a hechos y problemas sociales críticos, especialmente relacionados con la raza, el género y la justicia social.

En un artículo de junio de 2023 para Task and Purpose, Jeff Schogol menciona que durante dos años los legisladores republicanos han acusado al ejército de volverse "woke", término que se utiliza para atacar a los miembros del servicio lesbianas, gays, bisexuales, transexuales y queer (LGBTQ) y afirmar que el ejército se está volviendo demasiado femenino.

Schogol señala que el gobernador de Florida, Ron DeSantis, ha hecho de sus críticas a los "militares woke" un pilar de su campaña para ganar la nominación presidencial del partido republicano.

Schogol también señala que los republicanos de la Cámara de Representantes añadieron recientemente una enmienda "anti-woke" a un proyecto de ley presupuestaria que impediría al Departamento de Asuntos de Veteranos de EE.UU. proporcionar abortos, atención médica a transexuales o izar banderas del Orgullo LGBTQ.

En cuanto al impacto de la "wokeness" en el reclutamiento militar estadounidense, Schogol cita a la Secretaria del Ejército de Estados Unidos, Christine Wormuth, quien ha expresado su preocupación por que la politización de los líderes militares contribuya a una disminución de la confianza en las fuerzas armadas. (...)"                     (

31.3.23

¿Cuál es la otra pandemia que nos está matando? Cerca de mil millones de personas sufren de depresión, bipolaridad, ansiedad, miedo, aislamiento, demencia, consumo de estupefacientes y alcohol, esquizofrenia y desórdenes alimenticios... La depresión, por ejemplo, es la principal causa de discapacidad. Y el suicidio ocupa el cuarto lugar en la lista de las causas de muerte de personas entre los 15 y los 29 años... el 14,3% de las muertes que ocurren en el mundo cada año, ocho millones de personas, son atribuibles a desórdenes mentales

 "Los gobiernos del mundo le están dedicando gran atención e ingentes recursos a contener la covid y sus mutaciones. Afortunadamente, están teniendo éxito. Pero, lamentablemente, están descuidando otra pandemia que lleva tiempo cobrándose millones de vidas cada año y discapacitando a millares de personas: las enfermedades mentales.

Las pandemias se caracterizan por esparcirse rápidamente y atacar a un gran número de habitantes. Este es el caso de los problemas de salud mental.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) cerca de mil millones de personas sufren de depresión, bipolaridad, ansiedad, miedo, aislamiento, demencia, consumo de estupefacientes y alcohol, esquizofrenia y desórdenes alimenticios (anorexia y bulimia) entre otros problemas. 14,3% de las muertes que ocurren en el mundo cada año, aproximadamente ocho millones de personas, son atribuibles a desórdenes mentales.

 La depresión, por ejemplo, es la principal causa de discapacidad. Y el suicidio ocupa el cuarto lugar en la lista de las causas de muerte de personas entre los 15 y los 29 años. Según el Project Hope (Proyecto Esperanza), una ONG que se especializa en estos temas, en el mundo se suicida una persona cada 40 segundos. Los hombres se suicidan al doble de la frecuencia con la que se quitan la vida las mujeres. A su vez, la depresión en las mujeres duplica la frecuencia con la que se deprimen los hombres. Si bien el suicidio es una realidad global, su mayor incidencia es en países de menores ingresos. En 2019, por ejemplo, el 77% de los suicidios en el mundo ocurrieron en países con ingresos bajos o medianos.

La covid produjo un aumento de un 25% en el número de personas que sufren ansiedad y depresión. Pero la crisis en la salud mental era ya una realidad preexistente. Jonathan Haidt, un prestigioso psicólogo social, mantiene que el aumento de las enfermedades mentales en adolescentes en Estados Unidos comenzó en 2012. Según él, “esta crisis está relacionada en gran medida con la transición hacia una infancia y adolescencia basadas en teléfonos y, con especial énfasis, en redes sociales”.

La evidencia de la crisis en EE UU es abrumadora. Entre 2004 y 2020 los adolescentes de ese país que sufren de una depresión mayor aumentaron un 145% entre las niñas y un 161% entre los niños. Desde el 2010, los estudiantes universitarios que sufren de ansiedad aumentaron un 134% y los que tienen trastornos bipolares un 57%. Entre 2010 y 2020 los suicidios de niñas adolescentes aumentaron un 82%. El Centro para el Control de Enfermedades (CDC) de EE UU reportó que entre 2011 y 2021 el número de mujeres jóvenes que se sienten persistentemente desesperanzadas y tristes aumentó un 60%. Cerca del 15% de las adolescentes entrevistadas por el CDC revelaron haber sido forzadas a tener relaciones sexuales, un aumento del 27% en dos años. La Academia Estadounidense de Pediatría, la Asociación de Hospitales de Niños y otras instituciones médicas de EE UU han declarado un “estado de emergencia nacional” con respecto a la salud mental de los niños.

Por otro lado, el mal uso y el abuso enfermizo de las tecnologías digitales no son hábitos exclusivos de los jóvenes. Hombres y mujeres de mediana edad y ancianos también evidencian el impacto negativo de las redes sociales en sus vidas cuando estas tecnologías son usadas de manera abusiva o tóxica.

 Esta es una crisis mundial. Las estadísticas y estudios en otros países muestran las mismas tendencias generales. El Estado Mental del Mundo es un reporte del 2022 basado en encuestas a más de 220.000 personas en 34 países. El estudio muestra un deterioro en la salud mental de todos los grupos etarios y de género. También encontró que los países de habla inglesa tienen los menores niveles de bienestar mental y que, en términos de edad, el grupo de 18 a 24 años sufre la peor salud mental de entre todos los demás grupos encuestados.

Lamentablemente, la escasez de psiquiatras, psicólogos y otros profesionales de la salud mental es la norma mundial. Según Project Hope, dos tercios de quienes necesitan ayuda no la reciben, aunque existen tratamientos eficaces para tratar su dolencia. Muchos países de menores ingresos cuentan con menos de un especialista en salud mental por cada 100.000 habitantes.

Factores culturales e institucionales dificultan la atención al paciente. En muchos países y culturas tener problemas de salud mental es una vergüenza que es mejor esconder. Sufrir de problemas de salud mental puede hacer que se pierda el trabajo, la pareja o las amistades. Desde el punto de vista institucional está la dificultad de acceder al seguro de salud, especialmente cuando es privado y, para muchos, prohibitivamente costoso.

Afortunadamente, las cosas están cambiando. La inteligencia artificial y el tratamiento remoto vía internet permitirá el acceso al sistema de salud a pacientes que ahora no lo tienen. Hay prometedores avances en medicinas y tratamientos. En muchos países la vergüenza está siendo reemplazada por el activismo que busca darles visibilidad y recursos a estos problemas. Ningún problema puede ser resuelto si antes no ha sido reconocido, estudiado y debatido. La salud mental es una crisis pandémica que requiere de más visibilidad y debate"                  (Moisés Naím , El País, 19/02/23)

30.7.21

Biles ha colocado en el tablero mediático un problema que afecta a multitud de sus compatriotas: Estados Unidos es líder mundial en ansiedad y otras dolencias mentales... hasta héroes como Aquiles tienen un punto débil... en la debilidad de Biles reside precisamente su heroísmo: es el talón de la más grande

 "El mito del sueño americano permea cada resquicio de Estados Unidos. Vale tanto para un Donald Trump, hijo de un adinerado magnate inmobiliario, como para Kamala Harris, cuyo origen inmigrante se cita sin recordar que sus padres pertenecían a una clase media-alta educada, o para Chris Gardner, el mendigo negro que logró convertirse en un rico empresario, como sabemos por la película The Pursuit of Happyness (2006), protagonizada por Will Smith.

Importa poco destacar los trampolines que brindan ciertos orígenes o las historias de quienes no alcanzan las cimas del éxito debido a desigualdades estructurales. El relato simplista y ascendente del “hombre hecho a sí mismo, sin fallos, dotado de una fuerza de voluntad impertérrita y capaz de vencer, individualmente, todas las adversidades (cuando no de convertirlas en oportunidades) siempre es el dominante. 

Sirve para justificar las mayores injusticias, se evoca cada vez que se debate alguna medida de corte social, mantiene la maquinaria capitalista bien lubricada y, de paso, provoca un reguero de supuestos perdedores que se culpabilizan por sus fracasos y, en el proceso, son excluidos de la mitología nacional. 

A grandes rasgos, el sueño americano silencia las pocas voces “molestas” que reclaman derechos y contribuye a perpetuar los poderes hegemónicos. La biografía de Simone Biles se adaptaba bastante bien a este mito hasta que, con su decisión de no seguir compitiendo en los Juegos Olímpicos de Tokio, lo hizo saltar por los aires.

Biles nació en el seno de lo que podría llamarse una familia disfuncional. Durante la primera infancia, tanto ella como sus hermanos pasaron temporadas en centros de acogida ya que su madre, drogadicta y a menudo en prisión, era incapaz de cuidar de sus hijos. Del padre biológico hay muy poca información, pero se sabe que la gimnasta no tiene contacto con él y que, cuando habla de “sus padres”, se refiere en realidad a sus abuelos, quienes la adoptaron oficialmente a los seis años.

 Ellos fueron los encargados de proporcionarle la estabilidad emocional necesaria como para dedicarse al deporte, además de bienes materiales tan básicos como la comida: en alguna ocasión, Biles ha declarado odiar a los gatos porque, cuando era pequeña, veía lo bien alimentados que estaban los de su barrio mientras ella pasaba hambre. 

 Aun así, el tesón y el talento prevalecieron, trabajó duro y, como recompensa, brilló con luz propia, habiéndose sobrepuesto incluso a las repulsivas manos de Larry Nassar, el médico del equipo de gimnasia olímpica que abusó sexualmente de ella y otras compañeras. Con 25 medallas mundiales en su haber a pesar de su difícil trayectoria, Biles se transformó en una heroína por derecho; para más inri, mujer y negra, en un país donde el racismo es omnipresente y el machismo apenas se discute a nivel político; merecedora, por lo tanto, de ocupar un sillón en el Olimpo de los dioses nacionales.

Pero Simone Biles no era invencible. Como nos enseña, no la mitología norteamericana, sino la griega, los dioses están llenos de imperfecciones y hasta héroes como Aquiles tienen un punto débil. El de ella se manifestó mientras realizaba uno de sus célebres saltos: perdió la noción del espacio en el aire, no sabía dónde se encontraba ni cómo orientar su cuerpo durante unos pocos segundos que podrían haber acabado con una caída fatal. Ahí fue donde se dio cuenta de que su cerebro estaba sufriendo los efectos de una ansiedad y un estrés insoportables, agravados por la falta de público y, sobre todo, de una familia que no ha podido estar físicamente con ella debido a las restricciones pandémicas.

 Contra todo pronóstico, Biles decidió priorizar su salud frente a la competición que había generado tantas expectativas, renunciar al podio tras haber escuchado a su cuerpo. Cuando aún circulan las críticas de los que la llaman “vergüenza para el país” por no haber logrado, esta vez, superar los obstáculos, como si fuese posible ir en contra de lo que somos, un cuerpo vulnerable que sufre, enferma y manda señales para instigar sus cuidados, se puede afirmar que Biles ha efectuado una hazaña aún más heroica que las que le granjearon las medallas, y esta muestra varias bifurcaciones. 

Por un lado, la gimnasta ha dejado claro el componente colectivo de todo éxito; no es casual que su retirada se haya producido en un momento donde no goza de apoyos familiares cercanos. Por otro lado, ha conseguido llamar la atención sobre esa lacra que se ciñe sobre muchos de nosotros: la precariedad de la salud mental, y lo ha hecho, además, rompiendo la histórica dicotomía cuerpo vs. mente: si la orientación le fallaba, los músculos no le respondían.

 Más o menos conscientemente, Biles ha colocado en el tablero mediático un problema que afecta a multitud de sus compatriotas: Estados Unidos es líder mundial en ansiedad y otras dolencias mentales; sin un sistema sanitario público, muchas personas no reciben la atención psicológica o psiquiátrica que precisan y otras lo hacen víctimas de la inflación diagnóstica que mueve el beneficio económico, como ha denunciado el psiquiatra Allen Frances.

Las muertes por sobredosis, relacionadas con la salud mental, han aumentado un 30% en el último año y estas, junto a otras como las resultantes del suicidio, son tan frecuentes que han conseguido reducir la esperanza de vida del país, según se desprende de la investigación de Angus Deaton y Anne Case, recogida en su libro Deaths of Despair (2020).

Por si fuera poco, la decisión de Biles suscita la siguiente pregunta: ¿cuánto pesa ese pasado traumático en su malestar actual? ¿Hasta qué punto es posible recuperarse de lo que, dada la misma definición del trauma, es recurrente? Nunca lo sabremos, pero lo que está claro es la magnitud de su intervención política, tanto que quizá esté no solo protegiendo su vida, sino salvando ahora mismo las de quienes se hayan visto reflejados en ese lado frágil, sin avergonzarse por ello. En la debilidad de Biles reside precisamente su heroísmo: es el talón de la más grande."                 (Azahara Palomeque , La Marea, 29/07/21)

7.10.19

Se compran amigos y abrazos: la epidemia de soledad en EE UU ya es un negocio. Las autoridades alertan de que sentirse solo es tan dañino como fumar 15 cigarrillos diarios. Pasa que cuando tienes tres empleos para poder subsistir quedas agotado y no tienes ganas de juntarte con nadie...

"Un fin de semana de verano, Tracy Ruble y otras 20 personas se instalaron con sillas vacías en una esquina de una calle de San Francisco para hablar con desconocidos.

 Chuck McCarthy ofreció entrevistas en Los Ángeles sobre el éxito de su aplicación The People Walker, en la que “paseantes” cobran entre siete y 21 dólares (entre seis y 19 euros) por acompañar a caminar a otra persona. Adam Paulman, de 65 años, asistió a una fiesta de abrazos en San Diego.

 Una treintena de personas pagaron 20 dólares para tocarse unos a otros sin intenciones sexuales. Mientras proliferan este tipo de iniciativas, las autoridades sanitarias de Estados Unidos alertan de que hay una “epidemia de soledad”, una condición más dañina que la obesidad y tan perjudicial como fumar 15 cigarrillos diarios. Las cifras les dan la razón. Más de la mitad de los adultos de este país consideran que nadie los conoce realmente y un 46% reconoce sentirse solo a veces o siempre, según la última encuesta de Cigna e Ipsos.

No importa el género o la ascendencia, la diferencia la determina la edad. La llamada generación centenial (de 18 a 22 años), nativos digitales, es la que se siente más sola. Una conclusión obvia sería responsabilizar a la hiperconectividad, pero según la muestra mencionada, no existe una variación relevante entre quienes usan mucho o poco las redes sociales.

 El factor que define que una persona se sienta más o menos sola es la frecuencia con que sostiene relaciones personales cara a cara. Lo grave del aislamiento es que puede tener consecuencias mortales, como advirtió Julianne Holt-Lunstad, profesora de la Universidad Brigham Young, durante una declaración ante el Senado en 2017, en la que advirtió que este problema es tanto estructural como psicológico.

Desde hace dos años, CareMore Health ofrece en los planes de salud para adultos mayores y personas de escasos recursos un programa llamado Unidos, que trata la soledad como una condición de salud que se puede diagnosticar, prevenir y tratar. En la práctica, consiste en llamadas telefónicas semanales, visitas al hogar del paciente, estímulo personal y programas comunitarios.

Como apunta la máxima de los emprendedores, donde existe un problema, hay una oportunidad de negocio. Chuck McCarthy, creador de The People Walker en 2016, explica que su servicio de cobrar por pasear acompañado es una respuesta a las compañías que invierten miles de millones de dólares “para que las personas se sienten solas delante de una pantalla”. “Si alguien está caminando, no está en las redes sociales, no está viendo servicios de streaming, no está jugando videojuegos y no está comprando online”, afirma. Todos los “paseantes” pasan por un proceso de solicitud y verificación de antecedentes penales. Además, se hace un seguimiento de la ubicación durante el recorrido del usuario.

Un Tinder de amigos
Rent a Friend, fundada en 2009 en EE UU, cuenta con más de 600.000 “amigos de alquiler” en varios países del mundo. Los usuarios, que pagan entre 10 y 50 dólares la hora, también deben seguir un protocolo: reunirse en un lugar público, tener el móvil a mano, decirle a un conocido dónde va a estar y a qué hora planea regresar, entre otras. El emprendedor Scott Rosenbaum se inspiró en una aplicación japonesa, donde la gente pagaba para que un desconocido los acompañara a un funeral o a una cena familiar tras un divorcio. Sin embargo, en EE UU funciona como un Tinder de amigos (...)


Para la terapeuta Tracy Ruble, el hecho de que haya tantas iniciativas para combatir la soledad “demuestra lo grande que es el problema”. En 2015 fundó Sidewalk Talk: junto a unos amigos se sentó en la calle frente a sillas vacías, desplegadas para que quienes quisieran conversar con ellos, lo hicieran. Fue tal el éxito que lo transformó en una organización, que ahora funciona en más de una docena de países. 

De los más de 4.000 voluntarios que participan, una cuarta parte de ellos conocieron el proyecto porque fueron “escuchados” y ahora quieren devolver la ayuda recibida. Los voluntarios son capacitados para tener nociones básicas de crisis mentales y poseer empatía. En los cuatro años que llevan funcionando, solo han tenido dos episodios negativos, según Ruble.

En cuanto al lucro que están generando algunos emprendimientos con lo que ahora se considera una enfermedad, la terapeuta responde que no quiere juzgar a los clientes dispuestos a pagar, pero que cuando lo haces, “hay una dinámica de poder que no existe en las actividades gratuitas, donde todos somos lo mismo”. 

Para ella, si bien estos proyectos son parte de la solución, lo que hay que lograr es que las personas reciban sueldos dignos. “Cuando tienes tres empleos para poder subsistir quedas agotado y no tienes ganas de juntarte con nadie. Además, tenemos que construir una infraestructura para la gente necesitada. No puede haber el nivel de mendigos que hay en la calle”, alerta la mujer de San Francisco, donde el número de personas sin hogar ha crecido un 17% en los dos últimos años, superando los 8.000. Un habitante de cada 100 no tiene techo. La encuesta no incluye la pregunta sobre si se sienten solos, pero la respuesta se puede intuir.

Un país sin cultura del tacto


“En Estados Unidos no existe la cultura del tacto, que es un tipo de comunicación más allá de las palabras. En las fiestas de abrazos puedes pedir que te toquen y aprender cómo te gusta que lo hagan”, sostiene Adam Paulman, un participante. Los asistentes, que acuden en pijama para no potenciar el deseo sexual, suelen tener entre 35 y 70 años. Sostiene que, desde que comenzó a ir, nunca ha presenciado una situación de abuso.

 “Puedes encontrar a alguien atractivo y que te despierte una energía sexual, pero al igual que en un aeropuerto, aquí tampoco haces nada al respecto”. Antes de empezar la fiesta, se reúnen en círculo para presentarse y compartir por qué han asistido. En esa conversación se explica que no puede haber un tipo de contacto sexual. “Si hay alguien muy entusiasmado, le pedimos que se siente”, concluye."                   (Antonia Laborde, El País, 26/08/19)

2.7.19

La cara factura de los opiáceos en Estados Unidos. La epidemia empezó cuando la farmacéutica Purdue Pharma desarrolló el OxyContin, un analgésico. A los cinco años sus ventas superaban los 1.000 millones anuales. Este estallido se fraguó con la ayuda de un ejército de vendedores que convencían a los médicos de la seguridad del medicamento, regalos a los doctores, una intensa estructura de relaciones públicas y un despliegue lobista en Washington...

"El dolor para millones de personas es igual que llevar dentro un campo de concentración. Una rutina de alambradas, desesperación y un insomne sufrimiento. La epidemia de los opiáceos en Estados Unidos deja un camposanto de 192 muertes diarias y un coste anual que supera los 100.000 millones de dólares (88.000 millones de euros), según la consulora Altarum. 

Desde 1990, unos 400.000 estadounidenses han muerto por sobredosis de estas sustancias. Ya sean prescritas por médicos u obtenidas de forma ilegal. Por situar ese túmulo en perspectiva, la interminable década de la guerra de Vietnam costó la vida a 58.220 americanos. En tiempos más actuales (2017), la carretera se cobra un peaje de 40.100 muertos.

Pero todo tiene un inicio. La epidemia empezó cuando la farmacéutica Purdue Pharma, propiedad de la familia Sackler, desarrolló el OxyContin, un analgésico basado en la oxicodona. La máxima autoridad sanitaria de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) lo aprobó en diciembre de 1996. En términos de potencia, no tenía comparación con anteriores opiáceos. Los médicos empezaron a prescribirlo con irresponsabilidad. 

A los cinco años, las recetas se habían disparado de 670.000 a 6,2 millones. Para entonces, las ventas del OxyContin (conocido como Oxy) superaban los 1.000 millones de dólares anuales. Este estallido se fraguó con la ayuda de un ejército de vendedores que convencían a los médicos de la seguridad y eficacia del medicamento, regalos a los doctores, una intensa estructura de relaciones públicas y un despliegue lobista en Washington.

Solo entre 2000 y 2018, las farmacéuticas destinaron 3.300 millones de euros a estos grupos de presión. Los pacientes se engancharon rápidamente. Algunos galenos y familiares de enfermos que habían muerto por el uso de opiáceos alzaron la voz. Y en 2007, Purdue tuvo que pagar una multa de 634 millones de dólares por informar mal sobre los riesgos de adicción. Tres años más tarde, la versión original fue sustituida por una menos adictiva. Aunque el medicamento siguió consumiéndose.

Entre medias, acorde con el Departamento de Justicia, se supo que la empresa conocía desde muy pronto que el Oxy se estaba esnifando e inyectando, pero lo escondió. Actualmente, 48 Estados junto a 500 ciudades, condados y gobiernos locales han denunciado a la farmacéutica, acusándola de propagar la epidemia empleando infinidad de malas prácticas. Purdue podría declararse en bancarrota. ¿Y la familia Sackler? En una entrevista en Vanity Fair, uno de sus miembros, David (tercera generación), defendía que “ellos no habían causado la crisis”. 

Apenas dos semanas antes de esta frase, Mike Hunter, fiscal general de Oklahoma, acusaba frente al juez al coloso farmacéutico Johnson & Johnson de engañar a los pacientes sobre los peligros de los opiáceos para tratar el dolor severo. “¿Cómo ha sucedido esto?”, se cuestionó el letrado republicano en el tribunal. “Tengo una respuesta de una sola palabra: codicia”.

Sin embargo, el problema no se explica solo señalando con el dedo. Es ininteligible sin el declive industrial, la inequidad creciente en Estados Unidos, la marginación o la desconexión con el entorno familiar y social. Ni tampoco sin el contrasentido público. “La FDA dice que ha aprendido la lección e impondrá normas más estrictas pero el año pasado, o sea, hace poco, aprobaba otro analgésico fuerte y muy controvertido: el Dsuvia, fabricado por AcelRx, que es mil veces más potente que la morfina”, critica Rajan Menon, investigador del Instituto Saltzman de Estudios sobre Guerra y Paz de la Universidad de Columbia.

Si siguen apareciendo opiáceos, si siguen prescribiéndose de forma incorrecta, la epidemia continuará. Un artículo de The New York Times revelaba que la mayoría de las mujeres que dan a luz con cesárea regresan a casa con una receta de un mes de opiáceos. “Y como hay cientos de miles de operaciones anuales: ¡esta forma de prescribir conduce a miles de nuevos adictos cada año!”, exclama Janet Currie, codirectora del Centro para la Salud y el Bienestar de la Universidad de Princeton. 

Parece que alguien hubiera instalado una cámara anecoica entre la economía y la sociedad. Silencio. “Hace falta una regulación que proteja a los consumidores en áreas donde son mal informados, que es lo que sucede con productos complejos como las drogas farmacéuticas”, defiende Nicholas Barr, profesor en la London School of Economics.  (...)

Desde luego, monetizar el sufrimiento va contra la esencia humana, pero también es una vía para hacer tangible la epidemia. Porque se acerca a Europa. Están aumentando, según la OCDE, las muertes relacionadas con opiáceos en Suecia, Noruega, Irlanda, Inglaterra y Gales. La organización que agrupa a los países más ricos del mundo no tiene datos sobre España, aunque sí algunas pistas. La disponibilidad de esas sustancias aumentó un 19% entre 2011-2013 y 2014-2016.

 “Es un signo de alarma, pero no es suficiente, por sí mismo, para predecir una potencial crisis del opio”, aclara Stefano Scarpetta, director de Empleo, Trabajo y Asuntos Sociales de la OCDE. Sin embargo, ahí está, como un asesino a punto de ser descubierto por la luz de una farola. “Carecemos de estimaciones para Europa pero es probable que el coste económico, si surge una epidemia similar a la de Estados Unidos, sea del 2,8% del PIB europeo. La misma tasa que en el país de las barras y estrellas”, calcu­la el experto.

Este dolor en observación se deja sentir especialmente —según el trabajo Addressing Problematic Opioid Use in OECD Countries— en los parados y en quienes no tienen techo. En Estados Unidos, un 1% de aumento en la tasa de desempleo está relacionado con el 3,6% de incremento en la ratio de muertes por opiáceos. Y la drogadicción es un factor que contribuye a un entorno familiar inestable y a la pérdida del hogar.

Algo se ha resquebrajado dentro del hombre cuando quiere mitigar su desesperación con sustancias como el carfentanil, un compuesto para sedar elefantes. Hacen falta 13 miligramos si queremos tranquilizar a un paquidermo adulto. Pero bastan 0,5 miligramos para matar a un ser humano. En la primera mitad de 2017, más de 800 personas fallecieron por sobredosis de esta droga. A lo que se añade el “éxito” del fentanilo. Es un opiáceo sintético —cincuenta veces más potente que la morfina— cuyo consumo ilegal se ha disparado.

 “Cuesta producirlo más que la heroína, pero no necesita amapolas y se vende en cantidades pequeñas, así que resulta fácil de distribuir y es muy lucrativo”, relata Giles Alston, analista de Oxford Analytica. La sociedad se engancha y Estados Unidos destinará 7.000 millones este año para combatir la crisis. Una cifra insuficiente. 

Porque la epidemia, sostiene David Mark Walton, profesor de fisioterapia en la Universidad Western Ontario, “es un indicador de problemas sociales más profundos, como la estigmatización, el acceso a servicios de salud mental, la pobreza, el aislamiento, la criminalidad y la pérdida de conexión con las comunidades”. Es una imagen terrible que el único sentido que encuentran a sus vidas cientos de miles de personas sea una jeringuilla, una cuchara, una pastilla; y, en silencio: querer desaparecer."                        (Miguel Ángel García Vega, El País, 28/06/19)

12.4.18

La batalla contra la epidemia de opiáceos en EE UU lleva a las farmacéuticas ante el juez. ¿Oubiña las denunciará también por competencia desleal?

"Estados Unidos ha declarado una guerra a las compañías detrás de la sangría de muertes por el consumo de opiáceos. Más de 400 ciudades, condados y organizaciones han interpuesto una demanda conjunta contra los fabricantes y distribuidores de los potentes analgésicos. Casi todos los Estados han lanzado investigaciones a la industria farmacéutica y varios de ellos tienen previsto unirse al litigio colectivo. 

El Gobierno federal apoya esa hoja de ruta y no descarta presentar su propia denuncia. Se acusa a empresas gigantescas de publicidad engañosa y de ocultar a los consumidores el potencial de adicción de las pastillas de opiáceos. De ser cómplices de una feroz epidemia que abruma a EE UU: cada día mueren por sobredosis más de 150 personas. El proceso evoca la ofensiva judicial en los años noventa contra los gigantes de la industria del tabaco.

“Es una crisis, es una epidemia. Todo el mundo lo sabe, todo el mundo lo siente, así que creo que todos debemos empezar a trabajar conjuntamente”, dice en una entrevista telefónica el juez Dan Aaron Polster. Temido por las poderosas compañías farmacéuticas. Admirado por quienes conocen de primera mano la sangría de muertes por el consumo de opiáceos. Polster tiene uno de los trabajos más difíciles de EE UU. 

En su mesa en el juzgado federal del Distrito Norte de Ohio, en Cleveland, se acumulan 434 demandas contra la industria. “Mi objetivo es cambiar la trayectoria de esta crisis. No dije que fuera o fuéramos a solucionarla este año pero tenemos que dar algunos pasos. Más gente se está volviendo adicta. Es inaceptable”, clama.

Polster, de 66 años, ha optado por un enfoque heterodoxo desde que en diciembre una comisión judicial decidió agrupar en su tribunal casi todos los litigios en EE UU relacionados con las prescripciones de opiáceos. El juez ha comunicado a las partes de que su objetivo es lograr un acuerdo en vez de iniciar un largo y agresivo juicio, lo que ha soliviantado a la defensa de los grandes fabricantes, distribuidores y vendedores de fármacos.

 La estrategia se ha comparado con el acuerdo de 1998 que llevó a las grandes tabacaleras a pagar una compensación millonaria (206.000 millones de dólares) por los efectos nocivos del tabaco. El pacto también incluyó prohibiciones a la publicidad de cigarrillos y advertencias públicas sobre sus riesgos para la salud.

Las estadísticas son escalofriantes. En 2016, el último año con cifras completas, murieron alrededor de 64.000 estadounidenses por sobredosis. Tres cuartas partes fueron provocadas por el abuso de pastillas analgésicas, heroína o fentanilo. Los récords se rompen año tras año. La estimación provisional de 2017 alcanza las 66.000 muertes. 

Para hacerse una idea del alcance del drama, más de 58.000 estadounidenses fallecieron en toda la Guerra de Vietnam, 55.000 lo hicieron en accidentes de coche en 1972, un año récord, o 43.000 durante el pico de la epidemia de Sida en 1995. La crisis de los opiáceos ha costado al Gobierno estadounidense cerca de un billón de dólares desde 2001.

 De fondo, subyace una poderosa conexión entre fármacos y heroína. Cuatro de cada cinco nuevos consumidores de heroína aseguran haber abusado antes de pastillas contra el dolor. Cuando se quedan sin recetas para comprarlas, la desesperación les lleva a pincharse. Y muchas miradas apuntan a la actuación de médicos, farmacéuticos y dispensarios: en 1992, se prescribieron 79 millones de recetas de opiáceos en el país, en 2012 fueron 217 millones.

El Gobierno de Donald Trump ha declarado la crisis de los opiáceos una emergencia de salud pública. Y el juez Polster apunta a la raíz de la tragedia. Su objetivo es lograr soluciones tangibles a corto plazo que no solo impliquen compensaciones económicas sino transformaciones en el sector. 

“Cuando das algunos pasos luego puedas dar otros más. En general, así es cómo uno soluciona un problema muy complejo. No te quedas sentado esperando a que alguien haya encontrado una gran solución para todo”, esgrime.

La presión ante una industria vigorosa pero que se sabe en el ojo del huracán está empezando a dar frutos. A los 10 días de una de las sesiones judiciales, Purdue Pharma, fabricante de OxyContin, el más conocido de los opiáceos, anunció en febrero que dejaba de promocionar sus pastillas a médicos y recortaba por la mitad su equipo comercial.

Greg Williams, vicepresidente de Facing Addiction, una organización que ayuda a adictos, lo considera un paso insuficiente. “Ellos y otros fabricantes y distribuidores de opiáceos deben a nuestras comunidades miles de millones de dólares en reparación”, sostiene. 

“Necesitamos financiación para educación pública, profesionales de la salud, prevención y tratamiento”.

Anna Lembke, una experta en adicciones de la Universidad de Stanford que ha comparecido ante el juez de Cleveland, coincide en que el anuncio de Purdue supone una “gota en el océano” del conjunto de la crisis de los opiáceos. Pero subraya que “simbólicamente es muy importante” porque encarna, tras años negándolo, una admisión implícita de la farmacéutica de su impacto sobre qué recetan los doctores.

En la megacausa judicial, se acusa a Purdue y a otros fabricantes, como Johnson & Johnson, de publicitar durante años sus opioáceos pese a conocer perfectamente su potencial adictivo. A las compañías distribuidoras se las denuncia por enviar cantidades ingentes de fármacos sin avisar a las autoridades; y a las farmacéuticas de no advertir lo suficiente a los pacientes del producto que estaban comprando.

Todos alegan que los fármacos han sido autorizados por el Gobierno y que son los médicos quienes los recetan. Sin embargo, los críticos argumentan que no se informa suficientemente a los doctores sobre los riesgos. 

Y las compañías han financiado a lobbies médicos que minimizaban los posibles problemas de las pastillas, según un informe del Senado.
De hecho, Purdue se declaró culpable en 2007 ante un juez federal de engañar a médicos y pacientes sobre el riesgo de adicción y el potencial de abuso de OxyContin tras una investigación que terminó en 2001. 

Pagó una multa de 600 millones de dólares. El diario Los Angeles Times reveló en 2016 que, durante dos décadas, Purdue conocía que su fármaco podía tener un efecto más corto del anunciado, lo que aviva el riesgo de adicción, pero lo ocultó para no perder cuota de mercado. OxyContin supone el 80% de las ventas de la compañía por un valor de 1.700 millones de dólares en 2017.

 Lembke enfatiza que la solución a la adicción rampante de opiáceos llevará “años sino décadas en llegar”. Pide actuar en múltiples ámbitos, más allá de atajar la influencia del sector farmacéutico, y abordar asuntos incómodos, como lo que llama “medicalización de la pobreza” o la estigmatización del dolor, que contribuyó a que a partir de los años noventa proliferaran las prescripciones de opiáceos ideadas contra las dolencias crónicas. Lo que nadie imaginaba es que de esa intención inicial se pasaría a la pesadilla actual.

Los orígenes de Purdue Pharma, el fabricante del opiáceo OxyContin, están en una pequeña compañía científica impulsado por la familia Sackler. Los Sackler son conocidos por su riqueza y sus generosas donaciones a museos y universidades. Pero en los últimos años la epidemia de muertes por consumo de opiáceos los ha colocado ante un espejo incómodo.

 Por ejemplo, la fotógrafa Nan Goldin, una antigua víctima de la adicción de OxyContin, lideró el pasado fin de semana una protesta en un ala del museo Metropolitan de Nueva York que lleva el nombre de la familia. Los manifestantes exhibieron carteles, como “Vergüenza en los Sackler”, y otros que pedían que el clan financie programas de rehabilitación.

Los herederos de Arthur Sackler aseguran que él murió antes de que se desarrollara OxyContin y que ellos no se han beneficiado económicamente del fármaco. Pero una de las hijas, Elizabeth Sackler, ha elogiado el activismo de Goldin y ha considerado “moralmente aberrante” el papel de Purdue en la crisis de los opioáceos."                 (Joan Faus, El País, 17/03/18)

14.3.18

Las siete plagas norteamericanas... y algunas más

"La elección de Donald Trump es solo una manifestación de las fuerzas que tienen a la sociedad estadounidense dividida, crispada y confundida. Los grandes problemas de ese país son conocidos: desigualdad, racismo, terrorismo, dificultad para llegar a acuerdos políticos, menguada influencia internacional.

Con la excepción del racismo y la desigualdad, estos grandes problemas no afectan a la vida diaria de los norteamericanos. Hay otros, sin embargo, que les alcanzan de manera cruel, tangible y frecuente.

Uno de estos es la regulación irresponsablemente laxa de las armas de fuego. Las cifras son aterradoras. EE UU tiene el 4,4% de la población del planeta y el 42% de las armas. También el mayor número de asesinatos masivos, especialmente en las escuelas. Desde 2002, más de 400 estudiantes, maestros y personal escolar han muerto asesinados por armas de fuego, cinco al mes. 

En lo que va de 2018, ya ha habido nueve ataques. Pero en EE UU, el lugar más peligroso para niños y jóvenes no es el colegio. Es su casa. Muchos más mueren asesinados por armas de fuego en sus hogares que en las aulas. Los asesinos suelen ser familiares o conocidos.  (...)

Todos los estudios independientes concluyen que la facilidad con la que se puede comprar un arma —incluso ametralladoras— es la explicación de estas masacres. (...)

El 75% de los estadounidenses desea más controles sobre la venta y la posesión de armas, así como más restricciones en el acceso a armas de guerra. Pero las preferencias de esa abrumadora mayoría caen sistemáticamente aplastadas por la NRA, que, disfrazada de ONG, es el lobby de los fabricantes de armas. (...)

Otra realidad nociva para millones de estadounidenses es el uso abusivo de opiáceos. Los obtienen tanto legalmente, con receta médica, como por vías ilícitas. El consumo ilegal de heroína y opiáceos sintéticos como el fentanilo se ha disparado. En 2015, dos millones de estadounidenses sufrieron problemas de salud a causa del uso excesivo de estas drogas.

 Un tercio de los pacientes que empezaron a consumir opiáceos para aliviar el dolor terminó abusando de ellos. El 80% de los adictos a la heroína había tenido previamente un consumo excesivo de opiáceos. Cada día mueren 115 estadounidenses por sobredosis de estas drogas. En ningún otro país se recetan y consumen tantos opiáceos como en Estados Unidos.

Hacia el final de los años noventa, las empresas farmacéuticas lanzaron una vasta campaña dirigida a persuadir a médicos y hospitales de que estos medicamentos eran idóneos para aliviar el dolor y, sobre todo, que no eran adictivos. El resultado fue un enorme aumento de la prescripción de opiáceos, las sobredosis y los casos de adicción. También de los beneficios económicos para las empresas.

 Los intentos del Gobierno de poner límites a las prescripciones de estas drogas se encontraron con el veto del poderoso lobby farmacéutico. De nuevo, los beneficios económicos de unos pocos, con dinero e influencia en los políticos, tuvieron más peso que el bienestar de la sociedad.  (...)

Pero, al mismo tiempo que en Estados Unidos abundan los opiáceos que matan, también hay una grave escasez de medicamentos que salvan. Esta escasez no se debe a que los medicamentos no están disponibles, sino a que están fuera del alcance de millones de estadounidenses que no los pueden pagar. Los precios de las medicinas en EE UU son los más altos del mundo. (...)

La conducta de algunas empresas farmacéuticas es indignante. En los últimos años, las compañías han incrementado, sin explicación, el coste de la insulina para los diabéticos en un 325%. El precio de Lomustine, una medicina para el tratamiento del cáncer, ha aumentado un 1.400% desde 1993, sin que sus costes de producción hayan aumentado.

 El precio de EpiPen, un fármaco antialérgico, saltó de 57 dólares en 2007 a 500 dólares, mientras que el precio de 30 capsulas de cycloserina, usada para tratar la tuberculosis, subió de 500 dólares a 10.800 dólares. Solamente en 2015, el precio de la cesta de los medicamentos más usados aumentó 130 veces más que la inflación en general.

El 82% de los estadounidenses quiere unas leyes que bajen los precios de los medicamentos. Pero… el lobby de las compañías farmacéuticas se disputa con el de la NRA el primer lugar entre los grupos empresariales con más dinero para bloquear iniciativas gubernamentales que protejan al consumidor.  (...)

Otro fenómeno que está matando a los estadounidenses es el cambio climático. El año 2017 fue el año que se cobró un mayor coste en accidentes climáticos de la historia de EE UU: huracanes, incendios forestales, tornados, inundaciones y sequías. La frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos ha aumentado. (...)

Reducir las emisiones que contribuyen al calentamiento global puede ser muy costoso para algunos sectores empresariales, que, naturalmente, preferirían evitar esos costes o posponerlos al máximo y así salvaguardar sus beneficios. De ahí que hayan contribuido con tanta eficacia a fomentar el escepticismo, que atenúa la sensación de urgencia y permite a los políticos cómplices posponer las iniciativas necesarias. 

Esta táctica no es nueva. Durante décadas, las empresas de tabaco financiaron campañas para hacer creer al público que existía un “debate científico” sobre si fumar producía cáncer. Participaban en él “científicos escépticos” que argumentaban que no había suficientes pruebas de un vínculo causal entre tabaco y cáncer. 

Años después —y cientos de miles de muertos después— se supo que aquellos “científicos escépticos” estaban patrocinados por los vendedores de cigarrillos, cuyo único propósito era confundir a la opinión pública e impedir que el Gobierno actuara para proteger la salud de la población. 

Algo parecido está pasando con el “debate científico” sobre el cambio climático. La agencia Reuters ha informado de que 25 de las principales empresas estadounidenses (Google, PepsiCo, DuPont, Verizon, etcétera) financian a más de 130 miembros del Congreso, casi todos del Partido Republicano, que se declaran escépticos ante el cambio climático y bloquean sistemáticamente las iniciativas para reducir las emisiones. 

ExxonMobil ha reconocido que durante décadas financió organizaciones cuya misión era sembrar dudas sobre el consenso científico a propósito del cambio climático.

 ¿Qué tienen en común estas cuatro tragedias? El dinero. O, mejor dicho, la propensión de algunos empresarios que, en su afán de aumentar y proteger sus ganancias, abusan de sus clientes y de la sociedad. 

Lo pueden hacer porque se las han arreglado para “secuestrar” las instituciones del Estado encargadas de regularlos y limitar sus prácticas abusivas. Y también porque el Gobierno y los políticos no impiden ese secuestro de los reguladores. (...)

Este secuestro de los reguladores perdura cuando la democracia falla (en las elecciones no se penaliza a los políticos que apoyan más a intereses particulares que a los de los votantes).
La solución es tan obvia como difícil de instrumentar: reparar la democracia donde está rota. No hay prioridad más importante."              (Moisés Naím, El País, 10/03/18)

11.9.17

Hasta la FED está ya preocupada (económicamente) por la alarmante epidemia de opiáceos entre la ex-clase media blanca de EEUU

"(...) El hecho de que esta lacra socioeconómica esté causando estragos entre la población empieza a hacer que se sientan sus efectos a nivel macroeconómico

No se puede pasar por alto que esta epidemia tiene especial incidencia en las zonas más duramente golpeadas tras la crisis iniciada con las hipotecas subprime, y que afecta en mayor proporción al hombre blanco de clase media, o lamentablemente deberíamos decir de ex-clase media.

 La doble vertiente por la que les traemos hoy este asunto teñido de color salmón es porque uno de los principales desencadenantes de esta crisis sanitaria ha sido el factor económico, a lo que se añade ahora también que sus efectos macroeconómicos están en boca incluso de las principales instituciones económicas del país. (...)

Lo cierto es que este problema socio-sanitario, y ahora también económico, no es nuevo en absoluto, sino que más bien viene de (bastante) atrás. Realmente la (poca) novedad puede venir por la nueva vertiente macroeconómica que ha empezado a tomar el asunto, pero lo cierto es que hace varios años que ya se encendieron todas las alarmas a nivel sanitario, que lamentablemente no socioeconómico, en las calles de ciudades como Nueva York.

 En esta noticia del New York Times pueden leer cómo en 2014 la policía de la Gran Manzana empezó de nuevo a llevar de servicio kits anti-sobredosis, una medida que no se veía desde aquellos (en términos nacórticos) terribles años 80 y parte de los 90.

Así en las calles de las ciudades que marcan tendencia en todos los sentidos se empezó hace años a sentir el incremento de muertes por sobredosis, pero lo cierto es que la dimensión del problema también tenía una importante vertiente en la América rural (o al menos no tan cosmopolita), en especial en zonas donde la crisis golpeó con mayor virulencia.

 De hecho, en esta noticia del semanario económico Forbes pueden leer cómo la anterior administración del expresidente Obama ya trajo en 2016 una legislación específica sobre el asunto, que trataba de atajar la creciente (y entonces ya desbocada) ola de adicción a los opiáceos.

La situación ha seguido deteriorándose desde entonces, y la actual administración del presidente Trump está incluso valorando declarar el estado de emergencia nacional por este asunto, como pueden leer en esta noticia de USA Today

 Como no podía ser de otra forma, con un sector creciente de la población dependiente de una sustancia tan adictiva como es la heroína (aquel temible "caballo" de los años 80), se ha acabado llegando a una situación en la que tiene incluso impacto económico y laboral en las cuentas de Estados Unidos S.A.; punto en el cual la FED ha entrado en escena.

 El desarrollo de los acontecimientos parece en parte venir heredado de la prescripción "alegre" de medicamentos opiáceos, que demasiados facultativos han estado recetando incluso como analgésicos de uso común. 

De hecho, se ha legislado ya al respecto, y las barreras para tener acceso a estos medicamentos son cada vez mayores. Estas prescripciones, unidas a la terrible recesión que ha asolado condados enteros, ha acabado echando en brazos de la felicidad artificial a ciudadanos arrinconados por una crisis económica acuciante, y que no conseguían ver la luz al final del túnel.  (...)

Entonces ya les introdujimos a cómo el factor económico ha sido el principal desencadenante de la crisis socioeconómica que ha afectado a bastantes de los condados que coinciden en ser hoy por hoy los puntos "calientes" en cuanto a la adicción a la heroína y los opiáceos, y también en cuanto a la lamentable pérdida de vidas humanas por sobredosis. La última crisis ha sido la guinda de un largo proceso que, como pueden leer en este análisis de Brookings, ha llevado a la contundente pérdida de más de un tercio de los puestos de trabajo manufactureros que estaban radicados en EEUU, lo cual se traduce en más de seis millones de puestos de trabajo volatilizados.

 Una parte importante de esta pérdida de empleo manufacturero se ensañó en el Midwest y en los estados del conocido como "Rust Belt" (o "Cinturón de óxido", apodo que hace referencia a su carácter industrial), un polo manufacturero que abarca(ba) además del Midwest también al Midatlantic.

Como extremo más oriental de esta extensa región, el Midatlantic acaba en la ciudad de Baltimore, una ciudad costera que en sus recientes días de gloria fue uno de los puertos más importantes de la costa este. Como pueden leer en este artículo del National Observer, hasta la década de los 80 Baltimore era una pujante ciudad que alardeaba de una amplia clase acomodada, en donde los ingresos medios por hogar superaban en un 7% a la media nacional. 

El número de familias de clase media estaba por encima de la cifra del resto del país en una quinta parte, y el número de habitantes en situación de pobreza era inferior a la media estadounidense también en una quinta parte.

En la cúspide de su boom económico, tres cuartas partes de los trabajadores de Baltimore desarrollaban su actividad profesional en el sector de la industria manufacturera o en el sector portuario.

 Su puerto no sólo se beneficiaba de la pujante industria local, sino que era la vía de salida natural al mar de las mercancías producidas en el importante cinturón industrial del "Rust Belt", que se extendía por el este hacia el Midwest americano. Pero el declive económico llegó, con la estocada letal de la última crisis, según pueden leer en este artículo de ABC News, que lleva el representativo título de "Baltimore es la capital estadounidense de la heroína". 

Uno de los datos más alarmantes de la dimensión del drama narcótico de Baltimore revela cómo, en una ciudad de poco más de 600.000 almas, hay una impactante cifra de 60.000 heroinómanos: ni más ni menos un 10% de la población consume este potente, adictivo, y peligroso estupefaciente.

Y otro indicador representativo de la dimensión y alcance del problema viene del lado de la salud, el bienestar y la calidad de vida: según pueden leer en esta noticia y el gráfico de The Atlantic, la mortalidad se está disparando en el segmento de la población del hombre blanco de (ex)-clase media, que es el que más fielmente representa el perfil del descontento popular en Estados Unidos

Ante la desesperación y los problemas económicos acuciantes, no es de extrañar que una parte importante de este grupo de población haya podido creer encontrar en los opiáceos una efímera forma de ver la vida de otro color distinto al negro.

Entonces ya les introdujimos a cómo el factor económico ha sido el principal desencadenante de la crisis socioeconómica que ha afectado a bastantes de los condados que coinciden en ser hoy por hoy los puntos "calientes" en cuanto a la adicción a la heroína y los opiáceos, y también en cuanto a la lamentable pérdida de vidas humanas por sobredosis.

 La última crisis ha sido la guinda de un largo proceso que, como pueden leer en este análisis de Brookings, ha llevado a la contundente pérdida de más de un tercio de los puestos de trabajo manufactureros que estaban radicados en EEUU, lo cual se traduce en más de seis millones de puestos de trabajo volatilizados.

Una parte importante de esta pérdida de empleo manufacturero se ensañó en el Midwest y en los estados del conocido como "Rust Belt" (o "Cinturón de óxido", apodo que hace referencia a su carácter industrial), un polo manufacturero que abarca(ba) además del Midwest también al Midatlantic.

Como extremo más oriental de esta extensa región, el Midatlantic acaba en la ciudad de Baltimore, una ciudad costera que en sus recientes días de gloria fue uno de los puertos más importantes de la costa este. Como pueden leer en este artículo del National Observer, hasta la década de los 80 Baltimore era una pujante ciudad que alardeaba de una amplia clase acomodada, en donde los ingresos medios por hogar superaban en un 7% a la media nacional. 

El número de familias de clase media estaba por encima de la cifra del resto del país en una quinta parte, y el número de habitantes en situación de pobreza era inferior a la media estadounidense también en una quinta parte.

En la cúspide de su boom económico, tres cuartas partes de los trabajadores de Baltimore desarrollaban su actividad profesional en el sector de la industria manufacturera o en el sector portuario. Su puerto no sólo se beneficiaba de la pujante industria local, sino que era la vía de salida natural al mar de las mercancías producidas en el importante cinturón industrial del "Rust Belt", que se extendía por el este hacia el Midwest americano. 

Pero el declive económico llegó, con la estocada letal de la última crisis, según pueden leer en este artículo de ABC News, que lleva el representativo título de "Baltimore es la capital estadounidense de la heroína". Uno de los datos más alarmantes de la dimensión del drama narcótico de Baltimore revela cómo, en una ciudad de poco más de 600.000 almas, hay una impactante cifra de 60.000 heroinómanos: ni más ni menos un 10% de la población consume este potente, adictivo, y peligroso estupefaciente.

Y otro indicador representativo de la dimensión y alcance del problema viene del lado de la salud, el bienestar y la calidad de vida: según pueden leer en esta noticia y el gráfico de The Atlantic, la mortalidad se está disparando en el segmento de la población del hombre blanco de (ex)-clase media, que es el que más fielmente representa el perfil del descontento popular en Estados Unidos. (...)

Como les decíamos antes, parte de la causa del problema ha sido la generalización del uso de los medicamentos opiáceos como analgésicos de uso común, lo cual ha introducido a amplios segmentos de población en el mundo de las sensaciones de bienestar "artificiales", sin ser muchas veces conscientes de ello y del peligroso terreno en el que se estaban adentrando

Una parte nada desdeñable de este grupo de población ha acabado yendo más allá, y, una vez desarrollada la adicción a estos medicamentos, ante la dificultad de seguir consiguiendo prescripciones de un doctor y el elevado precio de los medicamentos opiáceos, acaban recurriendo a la heroína para mantener esa sensación de felicidad inyectada por vena, que les ha permitido momentáneamente dejar de lado las calamidades económicas que les rodeaban.

La heroína inicialmente resulta mucho más barata en comparación con los carísimos medicamentos opiáceos, pero esta sustancia estupefaciente, además de ser tremendamente adictiva, resulta que conlleva una rápida evolución en la necesidad de inyectarse cada vez dosis mayores para mantener el nivel de sus efectos placenteros y de paraíso artificial. En este artículo de Xataka Magnet pueden ponerle cifras a la pasmosa epidemia sobre la que les hablamos hoy. 

De hecho, incluso iconos mediáticos y sociales han caído víctimas (mortales) de esta epidemia silenciosa, con el preocupante agravante de que algunos de ellos eran destacados estandartes anti-estupefacientes, que ni en los años 80 llegaron a caer en la tentación de la efímera felicidad inducida.

Entre las cifras más alarmantes que destacaban los compañeros de Magnet está que esta epidemia ha llevado a que, en los últimos tres años, el número de muertes en EEUU por sobredosis haya sobrepasado a las muertes por arma de fuego en el pico de los violentos 90, las de la epidemia del SIDA de aquellos mismos años, o las muertes por accidente de coche en los 70, cuando se empezó a actuar por una normativa estricta contra este tipo de sucesos.

 Y poniéndonos ya en el contexto concreto del consumo de estupefacientes, también hay que resaltar que 18 personas de cada 100.000 han muerto en 2017 por sobredosis, cuando en 2014 éstos eran 14.7 personas, y en 1999 sólo eran tan sólo 6 de cada 100.000. Parece tratarse pues de una verdadera situación de emergencia nacional.

El resultado es que hoy en día es tristemente frecuente encontrarse en ciertos condados, asolados por el paro y los problemas socioeconómicos, a parejas de padres y madres de familia heroinómanos, en entornos rurales o en ciudades como Baltimore.

 El choque socioeconómico que han sufrido en estos cinturones de población es doblemente grave, puesto que eran condados en los que hace tan sólo unos lustros se disfrutaba de un excelente nivel de vida, sensiblemente superior a la media nacional. 

El drama de esta epidemia llega al extremo de que es relativamente habitual para la policía de estos condados encontrarse a padres y madres de familia totalmente drogados en presencia de sus hijos pequeños, como pueden ver en las impactantes imágenes de esta noticia de The Inquisitr, sobre cuya crudeza les advierto. Debo decirles que las enlazamos simplemente con el ánimo de mostrar lo crudo de este drama, hasta qué punto de dependencia puede llevar una adicción tan fuerte y letal como es la de los opiáceos, y con la intención última de alertar de a qué acaba llevando esta efímera sensación de felicidad inyectada

 Ahí está el hueco de ese gap en el mercado laboral del que hablábamos antes: llegados a ese punto de adicción y dependencia, si se preocupan por sus propios hijos lo que parece (y eso que son lo más importante para unos padres), háganse una idea de lo que se van a preocupar por una simple entrevista para un puesto de trabajo. 

Y según abríamos con el título de este análisis, los efectos que esta terrible y extendida epidemia está teniendo en la población estadounidense ha acabado por impactar al mercado de trabajo de Estados Unidos. Recordemos que la FED tiene, como el BCE, el mandato de mantener bajo control la inflación, pero que además en el caso de la FED el mandato es doble, y debe también vigilar el empleo.

 Precisamente es por esta segunda parte del mandato de la Reserva Federal por lo que la FED ha mostrado su precoupación respecto a la epidemia de los opiáceos sobre la que les hablamos hoy. Como pueden leer en esta noticia de Bloomberg, es sorprendente cómo, a pesar del drama del desempleo que hay tras toda crisis, en especial tras esta última tan intensa, hay empresas en Estados Unidos que no son capaces de cubrir sus vacantes hoy en día.

Hoy por hoy, uno de cada siete hombres en la banda de edad entre los 25 y los 54 años de edad han desaparecido inexplicablemente del panorama laboral, a pesar de que la tasa de desempleo está sensiblemente por debajo del 5% actualmente. 

Como pueden leer en el enlace anterior, la FED cree que la epidemia de opiáceos está detrás de este gap laboral inexplicable, puesto que además afecta a la banda de edad preferida mayoritariamente en las contrataciones. De hecho, las distintas Reservas Federales Regionales afirman que las empresas de sus respectivas áreas citan recurrentemente la epidemia de opiáceos como un impedimento para cerrar con éxito sus procesos de selección.

Hasta qué extremo habrá llegado el asunto que la FED incluso ha incluido en su Libro Beige menciones varias sobre la dificultad de los empleadores para encontrar candidatos aptos para sus vacantes, y aquí está lo más revelador del asunto, cita en especial la dificultad en el sector manufacturero: recuerden, ¡Oh, casualidad!, aquel en cuyos desempleados se cebaron más las penurias económicas de la última crisis, el descontento social, y, por lo visto, la tentación de encontrar una salida donde no la hay.  (...)

. No es excusa que en su momento la epidemia pareciese de alcance limitado, porque tenemos amplia literatura de la experiencia que dejó en nuestras sociedades la heroína en los años 80 y 90. Sabíamos tanto a qué llevaba a los individuos que caían en sus jeringuillas, como lo rápidamente que se podía extender a nivel social, y apenas se ha hecho nada por cortarlo de raíz antes de que fuese demasiado tarde. 

La ecuación rentabilidad-riesgo le ha fallado tanto a la FED como a otros organismos federales, porque el riesgo era conocido y potencialmente muy relevante tanto en proporción como en impacto, mientras que la rentabilidad de haber acometido las políticas adecuadas en las etapas iniciales de la epidemia habría sido apabullante. 

Y no se equivoquen, hablo de "rentabilidad" en términos económicos pero también sanitarios y por supuesto sociales: no hay nada más valioso que la vida. Según la opinión de un servidor, el origen del problema está en no haber sabido ver que un problema considerado únicamente social y sanitario como es la drogodependencia, en realidad era un importante factor socioeconómico de gravedad exponencialmente creciente.  (...)

Me despido por hoy permitiéndome la licencia de dirigirme personalmente a los representantes de la FED. Creo que alguien tiene que sacarles a relucir hoy aquella famosa frase de Bill Clinton que abanderó su campaña electoral frente a George H. W. Bush allá por 1992: "It's the economy, stupid" ("Es la economía, estúpido"). 

El caso es que la economía sigue siendo la base de todo, y esta frase no ha cedido ni un ápice de protagonismo hoy en día, pero lo que sí requiere es una ligera readaptación a los tiempos que corren: “It’s the socioeconomy, stupid!”.                 ( , El blog salmón, 22/08/17)

12.2.13

Alto consumo de medicamentos para la ansiedad en España

"Una encuesta de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) ha revelado que cuatro de cada 10 españoles ha recurrido en alguna ocasión a medicamentos para tratar la ansiedad, la mitad en el caso de las mujeres, y hasta un 29% lo ha hecho en el último año.
 
El trabajo se ha elaborado a partir de más de 2.000 entrevistas a ciudadanos de entre 18 y 74 años, a quienes se les preguntó por los medicamentos que habían usado para tranquilizarse o sentirse más relajado, ya fueran ansiolíticos, somníferos, antidepresivos, u opiaceos. Los tranquilizantes naturales, como la valeriana y las infusiones de hierbas como la tila no están contabilizadas.

Tras estos datos, que se publican en la revista ‘OCU-Salud’ del mes de febrero, esta organización considera que las cifras de consumo en España son “llamativamente altas”, sobre todo cuando se han comparado los datos con encuestas similares realizadas en Bélgica, Italia, Portugal y Brasil.

La OCU, por su parte, establece en el estudio que el perfil del usuario habitual de ansiolíticos es una mujer mayor de 34 años, con nivel de estudios bajo-medio, en situación económica difícil o de desempleo.

Y las principales razones para tomar estos medicamentos son la dificultad en conciliar el sueño (32%), problemas laborales (30%), sucesos traumáticos (29%) y por causas económicas (17%)."          (Crónica Norte, 12/02/2013)