Artículo 129 de la Constitución española: Los poderes públicos... establecerán los medios que faciliten el acceso de los trabajadores a la propiedad de los medios de producción - Implantar la democracia económica en España es constitucional
"Pronto
dejará de ser obligatorio vacunarse en Florida, incluyendo con vacunas
que históricamente los niños se han puesto para asistir a la escuela,
como las que protegen contra el sarampión, paperas o la hepatitis B. Así
lo ha anunciado el miércoles el máximo responsable de Salud del Estado,
Joseph Ladapo, en una conferencia de prensa en Tampa, donde comparó
estas reglas con la “esclavitud”.
Ladapo, un médico estadounidense-nigeriano designado por DeSantis en 2021, ha sido ampliamente criticado por sus posturas desafiando recomendaciones de la comunidad científica,
como el uso de mascarillas durante la pandemia del coronavirus y las
vacunas contra la covid. también permitió que durante un brote de
sarampión el año pasado, los niños sin vacunar fueran a la escuela,
contradiciendo las directrices de los Centros para el Control y la
Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos. En 2023, sus
comentarios sobre las vacunas le valieron una reprimenda de los CDC.
Por décadas, las vacunas han salvado millones de vidas en todo el mundo,
según la Organización Mundial de la Salud. Los CDC estiman que las
vacunas infantiles previenen unos 20 millones de casos y decenas de
miles de muertes anualmente en el país. En Florida, enfermedades como el
sarampión, paperas y rubéola se han erradicado desde que comenzó a
vacunarse con la MMR en la década del setenta. Las infecciones crónicas
de hepatitis B se han reducido un 90% desde que comenzó a aplicarse esta
vacuna en los noventa. La poliomielitis, cuyas epidemias causaban
cientos de parálisis en los años cincuenta, ha sido erradicada desde
hace décadas, entre otros ejemplos. Los expertos coinciden en que las
vacunas son más efectivas cuando se aplican masivamente.
La
Academia Estadounidense de Pediatría, una organización profesional de
médicos y especialistas en salud infantil, recomienda que todos los
niños reciban las vacunas básicas y actualizaciones según la edad para
prevenir enfermedades graves o potencialmente mortales. Entre las
vacunas infantiles de rutina están la MMR, contra la varicela, difteria,
tétanos y tos ferina, polio y hepatitis, entre otras. También
recomiendan vacunas para adolescentes.
Las autoridades
de Florida hasta ahora habían cuestionado las vacunas contra virus como
la covid o la influenza, en consonancia con el escepticismo expresado
por el presidente Donald Trump, quien nombró a Robert Kennedy Jr., un declarado opositor de las vacunas,
para dirigir el Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS).
Kennedy ha impulsado cambios radicales en el HHS, despedido a miles de
empleados, y destituido a los líderes de los CDC —en parte por
desacuerdos sobre cambios en las políticas de vacunación. Otros jefes de
los CDC han renunciado en protesta, incluyendo al Dr. Demetre
Daskalakis, director de Inmunización y Enfermedades Respiratorias, quien
a su salida señaló que se corre el riesgo de “deshacer los avances de
la vacunación” logrados en décadas. En junio, el HHS destituyó a los 17
miembros del Comité Asesor sobre Prácticas de Inmunización (ACIP), un
órgano independiente que hace recomendaciones sobre las pautas de las
vacunas, que habían sido nombrados durante el Gobierno de Biden, y
designó algunos nuevos, incluyendo algunos conocidos por posturas escépticas sobre las vacunas. Los CDC han quitado información de su sitio web sobre vacunas.
El
gobernador de Florida, Ron DeSantis, se ha opuesto a las medidas del
gobierno federal sobre la vacuna contra la covid, en particular a la
imposición de vacunarse para ciertos trabajadores, defendiendo la
“libertad personal” en ese tipo de decisiones. Es una posición que
también ha adoptado la mayoría de la base del partido Republicano, que
se ha mostrado opuesta a la obligatoriedad de las vacunas y otras
restricciones, según encuestas, y el énfasis ha sido en la libertad personal y contra la injerencia del gobierno.
La
eliminación de los mandatos de las vacunas en Florida ahora puede verse
como otro alineamiento con la agenda de un ala del partido que puede
chocar con sectores más tradicionales. Los críticos se apresuraron a
señalar que la narrativa conservadora de la libertad individual sobre
las medidas de salud pública contradice la evidencia científica. “El
próximo gobernador podrá despedir a este tipo”, tuiteó el demócrata
David Jolly, quien se prepara para ir contra DeSantis por la gubernatura
de Florida en 2026.
El Departamento de Salud de Florida
no respondió de inmediato a una solicitud de comentario. La oficina del
gobernador Ron DeSantis tampoco respondió."
Veo
en la miscelánea de CV-SLA que en “debats” habéis discutido (o leído un
artículo) sobre el confinamiento durante la covid. Os digo mi opinión,
discrepante quizá de la mayoría de cierta izquierda, que ve o vio en
aquello una maniobra preparatoria para la instauración de la dictadura
mundial.
Cuando se produjo
aquello, el desconocimiento era total. Se movilizó en muy poco tiempo a
todo el personal que podía saber o aportar algo. De eso soy testigo
directo, porque inmediatamente se me llamó a participar en un comité (mi
modesta ‘contribución’ fue una idea para producir mascarillas
reutilizables, que no salió adelante quizá por absurda, por imposible a
corto plazo, o porque era mejor vender muchas que pocas). En aquellas
reuniones de los primeros días nos juntábamos gentes de todos los
centros de investigación de España e incluso extranjeros (siempre
telemáticamente), y aquellas empresas que conocíamos que tenían
posibilidades y equipos. Hubo muchos comités y reuniones de ese género,
con diferentes especialidades. Todo el mundo partía de cero, o de un
infinitésimo. Lo que quiero decir es que, desde mi experiencia personal,
yo afirmo que se sabía muy poco del origen, del peligro, y del riesgo, y
se afrontaba una situación para todo el mundo nueva, en la que había
que improvisar ideas que no tenían más filtro que… nuestra propia
ignorancia y faliblidad. Porque, en efecto, no hubo dioses que nos
soplaran al oído de qué iba la cosa, y ninguno de los actuantes tenía la
cualidad de siquiera semidios.
En
esas circunstancias, el poder público, en mi opinión, actuó
correctamente al decretar el confinamiento como medida preventiva,
conservadora. Me veo confirmado en esta apreciación cuando veo el
paralelo con lo que acaba de suceder en Valencia. También un
confinamiento a las 8.00 de la mañana, cuando la alerta era ya roja pero
no había pasado aún nada, ni siquiera había llovido, hubiera sido una
medida preventiva y conservadora (de vidas) correcta, aunque “el estado
nos privase de libertad”.
Antonio Navas:
Estoy total, completa y absolutamente de acuerdo con Manuel. Yo
lo viví como sanitario en un centro de salud. No teníamos ni idea, ni
idea, de lo que se nos venía encima. Ni la más remota idea.
Recuerdo
a algún compañero cubano, anticipándose, más acostumbrados que nosotros
a epidemias naturales o provocadas, sugiriendo medidas básicas: lavado
de manos improvisando con lo que tuviéramos: barreños con agua y lejía;
mascarillas o protectores con lo que pudiéramos, y… el director de mi
centro riéndose por debajo del bigote de las medidas tercermundistas que
proponía mi compañero, más avezado que los demás y con experiencia
sobre suelo cubano.
En
todo lo que sucedió a continuación me parece que no se pecó de exceso,
en todo caso al contrario en alguna ocasión; lo de las residencias de
ancianos creo que es caso aparte y pone el foco justamente en lo
privado; y las barbaridades vinieron de los libérrimos ayusistas y
compañía, y de los criterios médicos y asistenciales que establecieron. No
me extiendo porque es asunto en el que ningún artículo ni texto me ha
hecho dudar hasta ahora; tampoco ese artículo crítico que se ha pasado,
aún cuando pueda tener algún argumento abstractamente razonable.
José Luis Martín Ramos:
Gracias Manuel, estoy por completo de acuerdo contigo. Los que lo han criticado a posteriori
se olvidan, o no quieren recordar, aquella situación que vivímos. Los
que la criticaron entonces pecaron de ignorancia o fueron unos
irresponsables. (...)"
"La mayoría nos hemos olvidado del Covid, y la pandemia ha pasado a
ser poco más que un mal recuerdo, pero la realidad es que el virus sigue
entre nosotros. Aunque la amplia tasa de vacunación e inmunización en
nuestro país ha hecho que la incidencia se desplome, no deberíamos bajar
la guardia, sobre todo para los sectores más vulnerables: ancianos,
inmunodeprimidos o niños. De hecho, el coronavirus acumula subidas desde
finales de junio, tanto en Atención Primaria como en hospitales y la
venta de test de antígenos en farmacias ha crecido un 372% en los
últimos dos meses.
Pero si afortunadamente en los países
desarrollados podemos dar por zanjada la pandemia, no podemos decir lo
mismo de los países en vías de desarrollo, especialmente en los más
empobrecidos: gran parte de África, y también varios países de Asia,
Europa, o Latinoamérica.
A mediados de marzo de 2023, el 71,3% de
la población mundial (5.500 millones de personas) ya habían recibido al
menos una dosis de la vacuna contra el Covid. Pero otros 2.500 millones
de personas siguen sin vacunar, especialmente porque sus gobiernos no
pueden costear la compra, almacenamiento y logística (en condiciones de
refrigeración o ultracongelación) de los preparados de las grandes
farmacéuticas.
Y mientras el SARS-CoV-2 sigue circulando, sigue
mutando, sigue generando variantes ante las cuales las primeras
versiones de la vacuna no son tan eficaces. Este es el contexto en el
que Mariano Esteban y Juan García Arriaza, -investigadores del Centro
Nacional de Biotecnología (CNB) del CSIC- han decidido poner a
disposición de la Organización Mundial de la Salud (OMS) -a través de la
iniciativa COVID-19 Technology Access Pool (C-TAP)- su prototipo de vacuna contra el coronavirus.
Una colaboración al servicio de la salud global
«Hay
que poner la mirada en los países en desarrollo», decía Mariano Esteban
en ‘La Linterna’ de la COPE, asegurando que el objetivo de esta
iniciativa es transferir vacunas baratas y accesibles a países pobres.
La contribución del CSIC, el mayor organismo de la investigación pública
española, a la salud pública global, «busca llegar donde no se puede
por los costes elevados de las farmacéuticas», asegura Esteban, que
junto a García Arriaza lleva desde 2020 desarrollando una prometedora
vacuna contra el coronavirus. (...)
El acuerdo firmado entre el CSIC y la OMS cede la patente de la vacuna y
el poder de producir el medicamento. Incluye formación y asistencia
directa a los países que vayan a elaborar la vacuna, y consultas
continuas con los fabricantes receptores, incluso sobre cuestiones de
calidad y reglamentación. El CSIC no cobrará regalías por la explotación
de su vacuna siempre que se fabrique para países incluidos en la lista
de aquellos con ingresos bajos o medios. Y no es la primera vez que la
investigación pública española cede sus patentes a programas de la OMS:
el CSIC ya lo había hecho anteriormente con fármacos para tumores.
Pero además de una oferta altruista, es un «win-win» para el
CSIC, porque aunque la vacuna de Esteban y García Arriaza ha obtenido
muy buenos resultados en las pruebas con animales, se ha encontrado con
grandes dificultades a la hora de realizar ensayos clínicos en España,
donde más del 85% de la población ya tiene la pauta completa de
inmunización.
De esta manera, asegura Eloísa del Pino, se «abre la
posibilidad de encontrar socios en terceros países para avanzar en los
ensayos clínicos con esta vacuna como futura alternativa a las opciones
de vacunas covid autorizadas en todo el mundo, especialmente en países
de escasos recursos».
Una vacuna robusta y eficaz
La
vacuna del equipo de Esteban y Arriaza, del Centro Nacional de
Biotecnología (CNB) del CSIC, es más que prometedora. Probada en modelos
animales, ha demostrado un 100% de eficacia, y no sólo protege de la
enfermedad grave, sino de la infección.
Su prototipo vacunal -llamado MVA-CoV2-S(3P)- está basado en la
tecnología del virus recombinante. Usa un vector sobradamente conocido y
seguro: el virus vaccinia modificado de Ankara (MVA), un virus
atenuado al que se le ha privado del poder de replicarse y producir
enfermedad, pero que conserva la capacidad para penetrar en la células y
desplegar la información genética para producir una proteína. En este
caso, expresa en la superficie de las células la proteína de la espícula
(S) del coronavirus, que es lo que desencadena la respuesta inmune.
Los
estudios que los investigadores han realizado en diversos modelos
animales son más que positivos, y demuestran de forma detallada que su
vacuna activa el sistema inmunitario y protege frente a la infección por
SARS-CoV-2. Por un lado, la vacuna activa una respuesta inmunitaria de
células T CD4 y T CD8 específicas frente a SARS-CoV-2, que es robusta,
amplia, de alta calidad y duradera. Por otro lado, induce altos niveles
de anticuerpos de unión IgG frente a la proteína S y el dominio de unión
al receptor (RBD) del SARS-CoV-2, así como de anticuerpos
neutralizantes frente a la variante parental de Wuhan o frente a
distintas variantes del virus, que también son duraderas.
Al
contrario que otros preparados presentes en el mercado, que protegen de
los efectos más graves de la enfermedad pero no consiguen impedir la
infección y la transmisión del virus, en modelos animales esta vacuna
del CSIC sí protege frente a la infección por el SARS-CoV-2, evitando la
replicación del virus tanto en el pulmón como en el cerebro, así como
la patología asociada (daño pulmonar y cerebral, y ausencia de tormenta
de citoquinas, entre otros parámetros). Además, en el modelo de ratón,
la vacuna previene de la mortalidad causada por el SARS-CoV-2.
Se
trata por tanto de un prototipo vacunal más que excelente. Una
contribución comparativamente valiosa de la investigación pública
española a la salud pública global." (Pablo M. Escanciano, De Verdad Digital, 11/09/23)
"En pocos días, las manifestaciones se han propagado en China de una
ciudad a otra, incluyendo grandes metrópolis como Beijing o Shanghái.
Sin duda, estas protestas ponen de manifiesto el desasosiego y el
malestar de importantes capas de la sociedad ante la persistencia de las
restricciones derivadas de la política de tolerancia cero con la
covid-19 y sus efectos.
El detonante inicial se remite a sucesos trágicos como el
incendio ocurrido en Urumqi, Xinjiang, que se saldó con la muerte de
diez personas. Algunos lo atribuyen a las dificultades que encontraron
los servicios de emergencia para acceder a la zona debido al rigor del
confinamiento del edificio. Otros, sin embargo, lo achacan a la
estrechez de las calles circundantes, atestadas de vehículos. Actuando
como catalizador del hartazgo público con los cierres abruptos, las
cuarentenas prolongadas y las campañas de pruebas masivas, las
movilizaciones denotan una severa quiebra de la confianza social en la
capacidad de las autoridades para dar una pronta salida a la pandemia
mientras cunde la sensación de que esta dinámica, que contrasta con la
progresiva normalidad alcanzada en otros países, podría mantenerse
durante un largo tiempo si persiste ese afán de erradicación total del
virus, insostenible según sus críticos.
En China siempre ha habido cientos o miles de protestas cada año,
aunque rara vez se hicieran eco de ellas los medios occidentales.
Habitualmente se trata de conflictos sectoriales o de profunda raíz
local, y en el punto de mira se sitúa a las autoridades territoriales.
La excepcionalidad de estas manifestaciones es que se vertebran en torno
a un hilo común y transversal y que pone el foco, en gran medida, en el
poder central, alcanzando de lleno a su principal exponente, Xi
Jinping, quien siempre ha exhibido con orgullo las bondades de esta
estrategia.
Por otra parte, la elevada presencia de jóvenes en las
manifestaciones también podría evidenciar un cambio cultural que sugiere
una mayor autodeterminación individual frente al afán regulatorio e
invasivo de las autoridades, lo que da a entender que las invocaciones a
la disciplina colectiva ya no son tan eficaces.
Las razones chinas del covid cero
En su respuesta a la pandemia, China ha optado por priorizar el freno
a la propagación del virus. De esa forma se controlarían mejor los
contagios y se evitarían víctimas. Se explica en razón de su abultada
población general y, concretamente, de la más vulnerable. Los mayores de
60 años representan más de cinco veces la población de España. Su
índice de vacunación es bajo. Por otra parte, los recursos sanitarios
disponibles son limitados, no solo en el medio rural, también en las
grandes urbes. Cualquiera que haya tenido necesidad de visitar un
hospital en China coincidirá en su habitual masificación en condiciones
normales. En una pandemia que afectara a cientos de miles de personas,
el colapso sería un efecto inmediato. Hay que señalar que en el índice
de desarrollo humano, la segunda potencia económica del mundo se ubica
en la posición 85 (de 189). La inversión social no ha discurrido, ni
mucho menos, en paralelo al incremento del poder económico.
Paradójicamente, Xi Jinping es uno de los líderes chinos que
recientemente ha puesto mayor énfasis en alterar dicha situación.
A las sociales se suman también razones políticas. La pandemia se ha
convertido en un ejemplo de manual de por qué China debe tener siempre
en cuenta sus propias condiciones nacionales y, consecuentemente, dar
una respuesta ajustada y propia. Es así como también se garantizará la
mayor eficiencia y rigor de las políticas públicas asociadas a su modelo
de “socialismo con peculiaridades chinas”. La singularidad del modelo
chino consistiría en anteponer la vida y la salud de las personas a la
lógica del beneficio económico, en contraposición al empeño capitalista
en priorizar la economía despreciando los costes humanos de dicha
elección.
Cabe añadir también que los procedimientos asociados a esta política
de tolerancia cero fueron adoptados por las autoridades siguiendo las
recomendaciones de expertos, tanto chinos como extranjeros, en salud
pública. Entre los epidemiólogos, el debate arreció en los últimos meses
a propósito de la sostenibilidad, pero la mayoría se inclinó por
mantener la estrategia por ser “la más práctica” a la hora de contener
el virus.
Por otra parte, es unánime el convencimiento de que un
desconfinamiento rápido en ausencia de una cobertura vacunal sustancial,
especialmente entre los sectores más vulnerables, podría tener efectos
desastrosos ante la aparición de variantes supercontagiosas. En palabras
de Liang Wannian, asesor del Gobierno chino en estos temas, lo deseable
es ir despacio y ganar tiempo para dar un impulso sustancial a la
vacunación. El epidemiólogo Ben Cowling también insiste en la prudencia.
En estos tres años de pandemia en China, la estrategia covid cero
ofrece un balance en contagios y muertes nada despreciable,
especialmente si lo comparamos con el de los países desarrollados. El
número oficial de muertos no supera los 6.000 (frente a los 600.000 de
la India, por ejemplo). Ello también ha acarreado costes: ha afectado
especialmente al ritmo de crecimiento de la economía, hasta ahora la
prioridad máxima del liderazgo chino. Y a las personas, en su salud
mental y en su vida cotidiana. Millones de chinos se han confinado en
sus hogares hasta cuatro meses, y muchos se han quejado de la falta de
alimentos y suministros médicos adecuados. La paralización de los
transportes ha agotado la paciencia de la gente. Por fin, la sacrosanta
estabilidad social se ha resentido. (...)
En el transcurso de la pandemia, los responsables locales han actuado, a
menudo, de manera expeditiva ante el mínimo crecimiento de los
contagios para cortar de raíz cualquier foco de infección. La
arbitrariedad de las decisiones también ha sido habitual. El nivel de
cumplimiento de las exigencias centrales se convirtió en un medidor del
nivel de lealtad política.
El domingo 26 de noviembre, Beijing anunciaba ajustes en las medidas antivirus (...)
Se trata, en suma, de garantizar que las necesidades vitales y médicas básicas de las personas sean satisfechas adecuadamente.
Este puede ser el rumbo en lo inmediato. En cualquier caso, todo
parece indicar que las medidas altamente restrictivas, como los bloqueos
de distritos y ciudades enteras, tienen los días contados.
¿Xi en peligro?
Una de las principales preocupaciones de las autoridades es evitar
ahora que esta crisis sociosanitaria derive en una crisis política
mayor.
Cabe imaginar que esa primera respuesta, ya en curso, centrada en el
alivio de las medidas restrictivas y un mayor despliegue de las fuerzas
de seguridad para evitar que se repitan las movilizaciones, produzca
cierto efecto. Pero, ¿será suficiente?
Una de las principales conclusiones del XX Congreso del PCCh,
celebrado el pasado octubre, fue la conformación de un liderazgo
totalmente afín a las tesis de Xi Jinping, desplazando a la irrelevancia
a otras sensibilidades. Y cuando en la cumbre se cierra el paso a la
integración de la discrepancia, no es complicado imaginar que esta pueda
desembocar en la calle si hay un hilo conductor. Y esta vez lo hay, y
puede abrir camino a una convergencia de descontentos.
La persistencia de la movilización social puede provocar divisiones
en el liderazgo sobre la política a adoptar y, a su vez, puede actuar
como catalizador igualmente del hipotético malestar existente en algunos
sectores del Partido con la estrategia general de Xi.
Por ello, si bien no se debe sobrevalorar el alcance de estas
movilizaciones, con vaticinios de difícil realización que responden a
parámetros alejados de la realidad, tampoco debemos subestimar su
importancia. " (Xulio Ríos , CTXT, 29/11/2022)
"La pandemia nos fragilizó sin fronteras, aunque quizá no sea justo
llamarle pandemia, pues lo que nos pasa no trató a todos los humanos por
igual. Una vez más las desigualdades, fueron decisivas.
Los imaginarios de la pandemia gravitaron alrededor de los PCR, los
antígenos y las vacunas, pero no pudieron acallar del todo la relevancia
que tiene el país, el barrio, la profesión y el origen social de los
ciudadanos. La pandemia multiplicó los problemas de los más
desprotegidos. Por eso necesitamos del vocablo sindemia para visualizar las muchas sinergias entre lo social y lo epidémico.
El resurgimiento del ciudadano
Además de los médicos, los economistas y los políticos también hubo
espacio para otros actores. Y no hablamos sólo de las enfermeras, los
reponedores o los transportistas. También aparecieron los ciudadanos. La
gente quería ayudar y surgieron innumerables propuestas. Frena la Curva,
la más visible de todas, fue una iniciativa de innovación capaz de
canalizar la resiliencia cívica en tiempos de pandemia y de organizar
eso que Rebeca Solnit llamó un paraíso en el infierno.
El 12 de marzo de 2020, el Laboratorio de Gobierno Abierto LAAAB
(promovido por el Gobierno de Aragón) asumió la necesidad de lanzar una
herramienta que maximizara la ola de solidaridad. Al día siguiente, Las
Naves (Valencia), Colaborabora (Bilbao), TeamLab (Madrid), Impact HUB (Zaragoza), junto con La Coordinadora
estatal de voluntariado, entre otras entidades, habían expresado su
voluntad de incorporarse; y el 14 de marzo, con la ayuda de la empresa Kaleidos, la web de Frena la Curva estaba operativa.
Frena la Curva ha sido una experiencia de innovación abierta y cooperación anfibia
que involucró a más de 2 000 activistas, entre voluntarios y
voluntarias, empleados y empleadas públicos, personas emprendedoras y
profesionales, de más de 300 organizaciones sociales, laboratorios de
innovación, empresas y universidades, creando 18 nodos nacionales que
replicaron algunas de las herramientas originales, como los repositorios
abiertos de buenas prácticas y los Frena La Curva Maps, basados en Ushaidi.
Iniciativas ciudadanas en Europa
En Europa, como en el resto el mundo, mucha gente no se quedó en casa
esperando las instrucciones del gobierno. Hay un admirable proyecto, Solivid, que está inventariando todas la iniciativas ciudadanas por el mundo y que ha contabilizado en 2020 más de 1 300 proyectos solidarios en Europa.
Frena la Curva, por su parte, mapeó más de 900 iniciativas
de autoayuda y de acción local por todo el territorio español. Y, entre
los muchos voluntarios, ningún colectivo fue más madrugador y generoso que la comunidad maker que desde el primer momento se propuso proporcionar mascarillas y respiradores en un momento donde todo escaseaba.
Los cuidados entonces no solo fueron asunto de enfermeras,
comerciantes y transportistas. También se dio una oportunidad a otros
colectivos menos (re)conocidos y que merecen nuestra admiración, como
los hackers, que crearon la plataforma que todo lo articulaba, ayudados por diseñadores y periodistas.
Premiada y replicada
Frena la Curva acumuló 10 000 chinchetas en una mapa que
geolocalizaba las necesidades concretas de la gente. Por ejemplo,
solicitudes de compañía, medicinas, comida, paseo o higiene. En nuestro
mundo hay mucha más gente dependiente de la que imaginamos y todas esas
personas corrían riesgo de ser abandonadas.
Frena la Curva entonces creó el espacio que articulaba las
demandas de ayuda con las ofertas de solidaridad, permitiendo que
numerosas entidades (ONG, laboratorios de innovación, asociaciones
civiles o bancos de alimentos) actuaran eficientemente. De esas 10 000
chinchetas, sabemos que 7 000 eran expresión de la acción voluntaria
ofrecida por gente de a pie que supo, entre tanta zozobra, que era el
momento de la empatía y de la ayuda mutua.
Frena la Curva se ha replicado en más de 22 países,
facilitando una forma de colaboración capaz de cosechar talento y tiempo
sin que importen las artificiales fronteras de género, raza, nación,
lengua o formación que nos dividen. Fueron más de 800 las personas que
hicieron posible esta iniciativa ejemplar. Recientemente ha sido
premiada con el #PoliticsAwards21 entregado por The Innovation in Politics Institute.
Otros ejemplos
Hubo, por suerte, más ejemplos que mencionar. Vence al Virus, promovido por la Comunidad de Madrid, organizó un hackaton
gigantesco durante el mes de marzo de 2020 entorno a estas preguntas:
¿cómo podemos ayudar a paliar los efectos negativos de covid-19?, ¿cómo
podemos crear comunidad y cuidar a las personas ante epidemias? y ¿cómo
podemos crear, mantener y mejorar el empleo y los negocios ante esta
situación?
La lista de iniciativas es impresionante, pero sólo vamos a mencionar
dos más: una de alcance latinoamericano y la otra pensada para
desplegarse en Europa.
Cada día cuenta organizada por diversas redes de América Latina en marzo de 2020, con 877 propuestas y 3 600 inscritos.
Y, finalmente, EUvsVIRUS, un hackaton
organizado por la Comisión Europea entre el 24 y el 26 de abril de
2020, que movilizó a 20 000 personas, 2 235 entidades promotoras, 1 500
reuniones de trabajo y 2 164 equipos multidisciplinares de 40 países que
necesitaron de 2 235 acuerdos con 500 socios, públicos y privados, para
dar acompañamiento a los 120 proyectos seleccionados.
Todas, en definitiva, estaban orientadas a la creación de lazos de
confianza, espacios de aprendizaje y, por supuesto, redes de
colaboración distribuida, abierta y recursiva. Todas nos enseñan que la
tecnología no sólo debe ser eficiente, sino que también puede cuidarnos (tech for good).
Lo insólito de la situación
No sólo estábamos confinados, sino que también nadie sabía cuáles
eran las necesidades, pues intuirlas no es conocerlas. Tampoco se sabía
quiénes serían las otras personas con las que coordinarse. Quienes
quisieran colaborar tendrían que inventar el objetivo, la metodología,
los equipos y el contexto.
Ayudar no implicaba transitar el camino conocido que, más o menos,
consiste en apuntarse a una ONG que nos va diciendo lo que hay que
hacer. Ayudar en tiempos de pandemia obligó a experimentar con lo
desconocido.
El altruismo supo encontrar respuestas y, en consecuencia, transitar
entre épocas, pues para la nueva situación creada por la covid 19 se
requería el uso intensivo de las nuevas tecnologías, la implementación
de nuevas formas de organización y la formación de comunidades menos
identitarias (cosidas por creencias compartidas) que singulares
(articuladas por un interés común).
Originalidad y horizontalidad
La originalidad de las formas adoptadas merece un reconocimiento
entre quienes estamos atentos a las novedades en innovación social. De
pronto aparecieron iniciativas, sabiamente vertebradas, que nacieron sin
saber qué sería lo que habría que hacer, conscientes de que lo que
fuera tendrían que realizarlo con premura y pulcritud.
La eficacia, rapidez y acierto eran un asunto de cuidados. El
ecosistema improvisado funcionaba sin jefes y, en consecuencia, no había
nadie ante quien quejarse. De nada valía lamentar la precariedad de
recursos, lo que obligaba a improvisar y, antes que inventar problemas,
era obligado encontrar soluciones.
Lo aprendimos de E. Hutchins y su inspirador Cognition in the wild:
cuando el barco zozobra en medio de la tormenta, no hay manual de
instrucciones, ni nadie que de órdenes. La tripulación echa mano de la
experiencia y actúa para minimizar el impacto negativo que pudiera tener
una “mala” decisión del colega más próximo.
Tal conducta requiere que los involucrados sepan que no siempre
podemos elegir la mejor respuesta, sino la que tiene un coste menor. En
la tormenta no hay decisiones acertadas sino convenientes. No hay
saberes de primera, ni actores indiscutibles o roles decisivos, pues
todo el mundo colabora y nadie exhibe galones. Se llama organización
distribuida: un modo de organización sin despacho oval.
Una tormenta no es un examen, sino una prueba de convivencia,
complementariedad y cooperación. Sólo hay una regla segura: como todos
improvisamos, nuestra conducta tiene que servir para aminorar el efecto
negativo que pudieran tener los (supuestos) errores percibidos. Si
operamos de otra manera, el barco se hunde.
El procomún recuperado
Hay una relación de vecindad entre la palabra común y los términos
ordinario y colaborativo. Nos intriga esa complicidad entre lo que está
al alcance de todas las personas y lo que sólo se puede conseguir
sumando esfuerzos. La pandemia nos había revelado la importancia del procomún, de todo eso que, según el diccionario de Nebrija, se hace en provecho de todos.
Un mundo común, entonces, es algo en construcción, que vamos haciendo
y que está abierto a la colaboración. Un mundo común es algo que se
compone, como en las jam sessions, sumando peras con manzanas.
Cosas tan distintas como una flauta, un cajón y un violonchelo pueden
producir algo único e inesperado, sin que ninguno renuncie a su propia
singularidad. Lo prohíbe el álgebra, pero lo reclama el corazón; y, en
fin, lo exige la convivialidad.
La diferencia como activo
Un bien común reclama el ensamblaje de heterogeneidades: exige formas
de organización peculiares que conviertan la diferencia en un activo.
Pero no basta con encerrar a los músicos hasta que compongan algo
hermoso. Con frecuencia los bienes comunes no pueden aislarse. De hecho,
no es raro que el entorno sea hostil y hasta poderoso. En tales
circunstancias, la sostenibilidad del bien reclama mucha inteligencia
colectiva.
Nadie lo explicó mejor que E. Ostrom, primera mujer en ganar el premio Nobel de Economía, cuando rechazó las tesis (de G. Hardin) sobre el destino inevitablemente trágico de los bienes comunes. Para Ostron, la causa que arruina un bien común es su mala gestión.
Una tesis que llevada al extremo nos dice que un bien común sólo es
una manera particular de gestionar los recursos y de articular las
relaciones entre el bien que queremos preservar y la comunidad que
sostiene dicho bien y es sostenida por él.
Qué significa gestionar el bien común
Y, sin duda, gestionar bien exige procesar gran cantidad de
información, contrastar los distintos puntos de vista, crear las
condiciones de validación del conocimiento fiable, difundir los
hallazgos entre los concernidos para estar seguros de que la solución
adoptada no vaya a crear más problemas de los que ya teníamos y, en fin,
estar abiertos a rectificar cualquier medida en función de las
circunstancias del momento. No basta con ser colaborativos, también
tenemos que ser recursivos. Si queremos preservar los bienes comunes
tendremos que ser sabios, abiertos y resilientes. O, en otros términos,
hay que estar siempre en disposición de tomar decisiones acertadas,
incluida la que implica modificar algo ya decidido.
Un bien común, entonces, tiene que ser un espacio experimental de
producción de conocimiento. Y más les vale a sus promotores no
conformarse con saberes ramplones, caprichosos o advenedizos, pues, si
no funcionan, si no aciertan a interpretar adecuadamente los signos que
reciben del entorno, acabarán siendo la causa que destruya el bien.
No es viable si la información que procesan es errónea, está
incompleta o es obsoleta. No es viable, por mal gestionado. Asume pues
un destino trágico cualquier comunidad que no funcione también como un
laboratorio ciudadano."
"No todos los días Canadá se convierte en el centro de un movimiento de protesta mundial.
Pero lo que empezó como una concentración de camioneros canadienses enfadados por la imposición de vacunas transfronterizas se ha convertido rápidamente en un imán para las quejas de la extrema derecha en todo el mundo.
Las protestas en Ottawa ya han entrado en su segunda semana, con cientos de camiones atascados en las calles de la capital y grandes grupos de manifestantes construyendo campamentos de larga duración. El alcalde de la ciudad ha declarado el estado de emergencia. Las fuerzas del orden locales han prometido reprimir las protestas "cada vez más peligrosas".
Pero mientras el enfrentamiento canadiense contra las restricciones de la COVID-19 paraliza Ottawa, se está convirtiendo en viral en Internet como un grito de guerra para los principales políticos republicanos de Estados Unidos, los influenciadores de extrema derecha y los grupos de supremacía blanca que han trasladado las críticas al gobierno del primer ministro canadiense Justin Trudeau a una audiencia internacional para su propio beneficio político.
Los políticos, desde el ex presidente Donald Trump hasta la representante Marjorie Taylor Greene (republicana de Georgia), han defendido las protestas a nivel nacional en Canadá, que comenzaron en respuesta al mandato de vacunación de Ottawa para los camioneros que entran en Canadá. Rápidamente se ha convertido en un movimiento global que incorpora un conjunto de causas antisistema, coordinadas en las redes sociales y en grupos de mensajería encriptada. (...)
En múltiples plataformas de crowdfunding, personas de todo el mundo -a menudo dirigidas a la causa por personas influyentes de la extrema derecha estadounidense como Dan Bongino y Ben Shapiro- han donado colectivamente millones de dólares en apoyo del movimiento canadiense y han iniciado campañas de crowdfunding similares para protestas afines en estados de Estados Unidos y países europeos.
"Figuras políticas estadounidenses de extrema derecha y creadores de contenido... realmente le dieron un impulso que lo hizo global", dijo Ciaran O'Connor, un analista del Instituto para el Diálogo Estratégico, un grupo de expertos que rastrea el extremismo en línea y que ha estado siguiendo las protestas canadienses contra las restricciones de la COVID-19.
"Las donaciones desde el extranjero son una parte bastante común de cualquier campaña de crowdfunding", añadió. "Pero la escala de ésta no tiene precedentes".
El respaldo mundial del llamado convoy de camioneros de Canadá se produce en medio de un creciente nivel de sofisticación entre los grupos antivacunas en la coordinación de operaciones en línea y en el mundo real.
Desde el comienzo de la pandemia, a principios de 2020, las personas que se oponen a los mandatos de mascarilla del gobierno, a los requisitos de las vacunas y a otras medidas de salud pública han establecido estrechos vínculos a través de las redes sociales, recurriendo a menudo a redes marginales después de que Facebook y Twitter comenzaran a reprimir la desinformación antivacunas en 2021.
Este movimiento -que se ha inclinado principalmente hacia la política de derechas- se ha apresurado a saltar sobre las últimas protestas antivacunas para promover un mensaje global coordinado de que los esfuerzos de los políticos para mantener a la gente a salvo del coronavirus son, en cambio, restricciones antidemocráticas a las libertades individuales. El alcance global de Ottawa
Los funcionarios de seguridad nacional y los investigadores han visto cómo esta coordinación mundial se pone en marcha durante las protestas que se están produciendo en Canadá, en un país que cuenta con una de las tasas de vacunación más altas del mundo.
En un post de finales de enero, Eric Trump se preguntaba por qué los medios de comunicación no hablaban de las protestas canadienses. Franklin Graham, líder evangélico estadounidense, elogió el convoy en un post que decía: "Me encantan estos chicos: camioneros canadienses que defienden la libertad".
Entre el 22 de enero y el 5 de febrero, más de 7.000 publicaciones en Facebook, que en conjunto obtuvieron casi 10 millones de interacciones en las redes sociales, mencionaron el convoy de camioneros en páginas de Facebook con sede en Estados Unidos, según datos de Crowdtangle facilitados a POLITICO por el Instituto para el Diálogo Estratégico.
Los manifestantes están "muy organizados, bien financiados, extremadamente comprometidos a resistir todos los intentos de acabar con las manifestaciones de forma segura", dijo el jefe de la policía de Ottawa, Peter Sloly, quien añadió que un "elemento significativo de Estados Unidos" estaba involucrado en la financiación y organización del convoy de camioneros. (...)
Ese apoyo internacional, en parte, fue impulsado por varios canales de supremacía blanca centrados en Estados Unidos en Telegram, que habían compartido repetidamente un enlace a la página de GoFundMe. En 4Chan, un tablero de mensajes en línea favorecido por los grupos extremistas, el mismo enlace se había publicado al menos 25 veces entre el 28 de enero y el 5 de febrero, según una investigación del Instituto para el Diálogo Estratégico.
La eliminación de la página de donaciones de GoFundMe no ha impedido que el apoyo financiero internacional siga fluyendo.
En GiveSendGo -un sitio de crowdfunding rival que se utilizó anteriormente para recaudar dinero para la defensa legal de Kyle Rittenhouse, el adolescente estadounidense absuelto de disparar y matar a dos hombres, y herir a un tercero, durante los disturbios en Kenosha, Wisconsin, en 2020- una nueva página vinculada a las protestas canadienses ya ha recaudado más de 2,1 millones de dólares. El objetivo es recaudar 16 millones de dólares.
Influenciadores de la derecha estadounidense como Jack Posobiec -que tiene 1,6 millones de seguidores en Twitter- promovieron intensamente esa página de crowdfunding. Personas que viven en Estados Unidos, Israel y el Reino Unido han donado a la causa, según un análisis del sitio GiveSendGo. Primero Canadá, luego el mundo
Un canal de Telegram, que cuenta con casi 40.000 seguidores, está compartiendo actualizaciones sobre las protestas regionales previstas en estados desde Alabama hasta Wyoming, según el análisis de POLITICO de la actividad en las redes sociales. (...)
La organización masiva antivacunas no se limita sólo a Norteamérica.
Desde principios de febrero, también han surgido protestas similares en toda Europa, a menudo utilizando canales de Telegram encriptados y hashtags específicos de cada país bajo los cuales los partidarios pueden reunirse.
Muchos de estos canales de Telegram han expresado su oposición a las protestas violentas. Pero los grupos también han visto una afluencia de contenido más extremo, incluyendo la publicación y el reenvío de material antisemita y de supremacía blanca.
Los grupos de extrema derecha han aprovechado la pandemia del COVID-19 para aprovechar la retórica antigubernamental del movimiento antivacunas, publicando repetidamente afirmaciones en estos canales de medios sociales a favor de sus creencias extremistas, según el análisis de POLITICO de seis meses de actividad en los medios sociales.
Se están planeando próximas caravanas en los 27 países de la Unión Europea. Los organizadores también se están preparando para llegar a Bruselas -sede de las principales instituciones de la UE- con fuerza el 14 de febrero. (...)
En Ottawa, las protestas de los camioneros pueden estar asentándose para el largo plazo. Pero para los simpatizantes en Estados Unidos y en otros lugares, han ofrecido un caso de estudio sobre cómo llevar el sentimiento antisistema a la corriente principal.
"El Convoy de la Libertad allanó el camino", dijo uno de los organizadores del canal de Telegram centrado en Francia, con más de 22.000 seguidores, en referencia a las protestas canadienses. "Tengan la seguridad de que no estamos solos. Estamos en contacto permanente con el grupo de Europa en la organización de este movimiento de liberación." (
Mark Scott , POLITICO, 07/02/22)
"En Portugal, la izquierda a la izquierda está formada por los
partidos a la izquierda del Partido Socialista (PS), es decir, el
Partido Comunista Portugués (PCP) y el Bloco de Esquerda (BE). En las
elecciones del pasado 30 de enero, el PS ganó las elecciones con mayoría
absoluta.
Portugal será a partir de ahora el único país europeo con un
gobierno de mayoría absoluta de un partido de izquierda, el Partido
Socialista. Los dos partidos a su izquierda obtuvieron los peores
resultados de su historia. El PCP, que tenía 12 diputados en el
Parlamento, pasa a tener la mitad y el BE, que tenía 19 diputados, ahora
tiene cinco. El BE pasa de ser la tercera fuerza política a la quinta y
el PCP pasa de cuarta a sexta fuerza.
Las posiciones de estos partidos
pasan a ocuparlas fuerzas ultraderechistas, una de inspiración fascista
(Chega), ahora tercera fuerza política, de la familia de Vox y de la
extrema derecha europea y mundial; y una de corte hiperneoliberal,
darwinismo social puro y duro, es decir, supervivencia del más fuerte
(Iniciativa Liberal), ahora cuarta fuerza política.
Los resultados electorales muestran que la izquierda a la izquierda
del PS perdió la oportunidad histórica que ganó después de 2015 al
construir una solución de gobierno de izquierda que se conoció como
“jerigonza” (PS, BE, PCP), una solución que detuvo la austeridad
impuesta por la solución neoliberal de la crisis financiera de 2008 y
que lanzó al país a una modesta pero consistente recuperación económica y
social.
Esta solución comenzó a precarizarse en 2020 y colapsó a finales de
2021 con el rechazo del Presupuesto del Estado presentado por el
Gobierno. Esto es lo que llevó a las elecciones anticipadas del 30 de
enero.
Pasará tiempo hasta que estos partidos de izquierda tengan otra
oportunidad y ojalá que entonces recuerden los fracasos anteriores y
aprendan a no repetirlos. Seguramente habrá otros líderes y es de
esperar que las políticas también sean diferentes. (...)
En el contexto portugués, la caída del PCP es estructural porque está
ligada al declive de los sindicatos, base de la implantación social del
partido. El PCP es uno de los únicos partidos comunistas europeos que
no se renovó tras la caída del muro de Berlín y por ello quedó rehén de
la evolución de su base social organizada, los sindicatos. La decadencia
de estos arrastra la decadencia del partido.
La no renovación del PCP
fue, de hecho, una de las razones del surgimiento y éxito del BE. La
tragedia de BE ha sido que, en lugar de acentuar su diferencia, dejó que
se vaya diluyendo. En estas elecciones, nadie notó ninguna diferencia
relevante entre el discurso bloquista y el discurso comunista. Pero la
caída del BE se explica por la acumulación de otros errores en los
últimos años.
La pandemia otorgó una nueva dimensión a la fragilidad humana, duró
lo suficiente como para no ser considerada un accidente menor y afectó
especialmente a las poblaciones envejecidas, en particular a aquellas
acostumbradas a un mínimo de protección social que de repente pareció
valioso, no porque fuera satisfactorio, sino por existir a pesar de las
deficiencias. El desequilibrio entre el miedo y la esperanza ha
aumentado exponencialmente.
Este desequilibrio a favor del miedo creó
dos emociones colectivas distintas: el temor a una mayor precariedad y
la desesperación vivida como resentimiento.
La primera emoción alimentó
el deseo de estabilidad y fue captada casi en su totalidad por el PS.
La
segunda emoción alimentó el deseo del autoritarismo necesario para un
cambio radical y fue captada por la ultraderecha de dos formas: el
autoritarismo del Estado que, en Portugal, equivale a la nostalgia
salazarista (Chega); y el autoritarismo del capital y del darwinismo
social, es decir, la supervivencia del más fuerte (Iniciativa Liberal).
En estas circunstancias, es evidente que el BE sólo podía estar del lado
de la estabilidad para fortalecerla y cualificarla. Tal como lo hizo
brillantemente Livre. En vez de eso, jugó todo a la aventura de una
tercera emoción colectiva para la que no había base social.
El BE no entendió las señales de su electorado porque su pensamiento
vanguardista no le permitió bajar hasta donde los ciudadanos discuten,
en sus propios términos, sus miedos y sus esperanzas. No los escuchó y
si tuvo algún impacto fue hacerles sospechar que su fortalecimiento
electoral significaría más inestabilidad.
La líder bloquista pasó la
primera mitad de la campaña justificando la decisión de rechazar el
Presupuesto y la segunda mitad pareciendo querer disculparse por haberlo
hecho. ¿Qué credibilidad puede tener una líder así? Además, si el BE
hubiera aprobado el Presupuesto del Estado, éste podría haber mejorado
en lo específico y en buena parte gracias a las propuestas técnicamente
competentes del BE.
En cambio, objetivamente terminó contribuyendo a
tener eventualmente un Presupuesto menos bueno del que hubiéramos tenido
si no hubiese habido elecciones. Además, al infligirse esta derrota a
sí mismo, dejó libre al PS para ser menos de izquierda de lo que nos
gustaría que fuese. El partido que logra disparar simultáneamente dos
tiros en ambos pies solo de milagro no caería." (Boaventura de Sousa Santos, Other News, 02/02/22)
"Durante los últimos 50 años, las crisis económicas han sido sinónimo de
desregulación y retrocesos en materia de derechos laborales.
(...) dando lugar a una serie de transformaciones que experimentaron un
último impulso durante la crisis del 2008: mercados laborales altamente
segmentados, con niveles elevados de desprotección y temporalidad, donde
ha aumentado la desprotección y la temporalidad, y donde la negociación
colectiva y la organización sindical son extremadamente difíciles,
sobre todo para las trabajadoras más vulnerables (las llamadas outsiders).
Este enorme desequilibrio de poder entre capital y trabajo podría
haber seguido profundizándose durante la crisis económica que ha
generado la pandemia. Sin embargo, en esta ocasión parece que la balanza
comienza a moverse, tímidamente, en dirección contraria.
La "Gran Renuncia" (Great Resignation) es el nombre que
utilizan muchos economistas para describir el fenómeno de renuncia
masiva al trabajo que está teniendo lugar en EEUU. Los niveles de
renuncia comenzaron a subir en abril de 2021, superaron los 4 millones
en julio y no han bajado desde entonces. En noviembre de 2021
renunciaron al trabajo 4,5 millones de estadounidenses, un millón más
que en el mismo mes de 2020[1].
Estas dimisiones masivas han afectado a variedad de sectores e
incluyen empleos de mayor y menor remuneración: desde el sector de la
salud o la industria tecnológica, a sectores como el comercio minorista y
la hostelería[2].
Al contrario de lo que pasaba en crisis económicas anteriores, donde
los despidos masivos iban acompañados de recortes en condiciones
laborales y salarios, ahora, la dificultad para encontrar mano de obra
tras la reactivación económica está empujando los salarios al alza en EEUU,
a unos niveles más propios de un contexto de boom económico. La última
vez que la tasa de crecimiento de los salarios alcanzó el 4,3% actual
fue en noviembre de 2007[3].
¿Qué ha cambiado, respecto a otras crisis, para que la lógica se haya
invertido y el poder de negociación de la fuerza de trabajo vaya en
aumento? ¿Por qué ahora se sienten con más poder para decidir si cambian
de trabajo, para presionar y exigir condiciones mejores? Si bien han
confluido una diversidad de factores, hay dos que han cambiado
sustancialmente la posición desde la que negocian las trabajadoras:
tener tiempo y dinero.
La pandemia ha llevado a miles de personas a situaciones vitales
extremas, pero detener la rueda de la economía también nos ha permitido
ganarle tiempo al capital. El tiempo siempre ha sido una demanda
histórica del movimiento obrero, la jornada laboral de 8 horas fue la
protagonista de buena parte de las huelgas en el mundo industrializado a
lo largo del siglo XIX y principios del XX. El tiempo, que es
fundamental para el descanso y el ocio (como decía el famoso lema de
Robert Owen), pero también es condición necesaria para poder pensar,
conectar con otros, organizar alternativas o cuidar de los demás.
Tener tiempo para pensar ha sido un factor tan determinante en la
Gran Renuncia que el economista Paul Krugman la ha "rebautizado" como the great rethink[el
gran replanteamiento]. La crisis sanitaria y el confinamiento también
han supuesto una oportunidad para apreciar el tiempo propio, la propia
vida, en una sociedad tan mediada por las lógicas de mercado como la
estadounidense. Como señala Krugman, cuando algo interrumpe la
cotidianeidad y la rutina, uno es más capaz de tomar conciencia de su
situación y explorar alternativas de vida. Esto ha ayudado a muchos a
decidir renunciar o, directamente, no volver trabajos mal pagado, sin
garantías ni protección, ni mucho menos flexibilidad para conciliar. Y
si bien, en buena medida, se trata de una decisión individual, las
renuncias alimentan un descontento colectivo que está impulsando a otros
a hacer lo mismo.
Así
mismo, otra característica de este fenómeno es que el tiempo para el
trabajo de cuidados se ha convertido en una demanda y un factor
fundamental. Esto es, sin duda, consecuencia de la incorporación masiva
de las mujeres al mercado laboral, aunque existen grandes diferencias
entre unas y otras. En los sectores de clase media, que han tenido la
oportunidad de trabajar desde casa durante la pandemia, empieza a
asentarse la demanda de normalizar el teletrabajo. Por otro lado, en los
sectores peor pagados – muchos altamente feminizados —, donde las
trabajadoras fueron despedidas durante la pandemia o estuvieron en
primera línea expuestas al riesgo de contagio, muchas mujeres están
renunciando a trabajar por la imposibilidad de conciliar, empujadas por
la falta de flexibilidad en el empleo y una ausencia abrumadora de
servicios públicos destinados a los cuidados.
Todo indica que se está produciendo un cambio de mentalidad entre las
y los trabajadores estadounidenses, que durante la pandemia han
terminado de acumular cansancio y hartazgo hacia unas condiciones
laborales que no han hecho más que empeorar durante las últimas décadas.
Esto no solo ha llevado a la Gran Renuncia, sino también a un repunte de las movilizaciones y huelgas por todo el país.
Si bien entre 2018 y 2019, a causa de las movilizaciones en el sector
educativo y de la salud, también hubo un gran número de huelgas, en 2020
y 2021 han aumentado las huelgas vinculadas al sector privado,
incluyendo a trabajadoras no sindicalizadas con condiciones
especialmente precarias que sufren el estrés producido por el sistema
laboral del "justo a tiempo" (just in time).
Pero más allá de poseer tiempo, del hartazgo y el aumento de las
movilizaciones, la Gran Renuncia no hubiese sido posible si no hubiesen
tenido, además, dinero.
Muchos economistas señalan que en esta crisis la situación económica de los trabajadores, en todos los sectores, es mucho mejor
que durante las crisis anteriores. Esto se debe, principalmente, al
ahorro que se produjo durante el confinamiento y a las ayudas económicas
impulsadas por el gobierno de EEUU. El CARES act incluyó como medidas temporales un refuerzo de las prestaciones por desempleo existentes (Unemployment Insurance),
a las que se añadirían 600$ semanales extra, y una ayuda específica
para quienes no cumplían con los requisitos para percibir el UI.
Esto último ha sido fundamental para garantizar algún tipo de seguridad
de ingresos a los autónomos y sobre todo a trabajadores de la gig economy (riders,
repartidores de Amazon, conductores de Uber y Apps similares, etc.),
que normalmente se encuentran en situación de total desprotección. En un
país donde la protección social es extremadamente limitada y residual,
estas medidas y sus sucesivas prórrogas han dotado a las asalariadas de
una herramienta esencial, que les da el poder de decir "no" a trabajos
de mierda, como los denominó David Graeber.
En definitiva, las políticas de garantía de ingresos, concretamente
las políticas de desempleo, no son solo un mecanismo para dar seguridad
económica en momentos de recesión. Son también un mecanismo que otorga
cierta independencia del mercado laboral, lo cual es esencial para
garantizar un margen y poder de negociación frente a los empresarios. En
el contexto actual, ante a las grandes transformaciones que ha
experimentado el mercado de trabajo y el aumento de la precariedad
laboral, plantear políticas de garantía de ingresos generosas e
incondicionales que garanticen esta independencia es esencial para
plantear un nuevo gran pacto social que incluya a las trabajadoras más
vulnerables.(...)
La conclusión es que este fenómeno, junto al aumento de la movilización
social, puede estar impulsando un cambio de mentalidad, abriendo el
debate sobre los derechos laborales en EEUU e incluso puede dar lugar a
ciertos cambios importantes, como un aumento de los salarios en los
sectores peor pagados de la economía estadounidense. Pero para que la
balanza no vuelva a su posición anterior y, sobre todo, para que siga
aumentando el poder negociador de la fuerza de trabajo frente al
capital, hacen falta cambios permanentes y estables en las políticas de
bienestar y la regulación laboral estadounidense. Es necesario
cristalizar, en las instituciones, el Gran Replanteamiento."
(Emma Álvarez Cronin. Doctoranda en la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro del grupo de investigación GSADI. Público, 19/01/22)
"(...) Las políticas de austeridad y de recortes en bienes y servicios públicos
para “calmar” a los mercados financieros, y una devaluación interna vía
costes laborales para aumentar las exportaciones han dejado paso
durante la crisis del coronavirus a una flexibilización de reglas
fiscales europeas para generar deuda cuasi mancomunada –los fondos Next Generation–
y, además de realizar inversiones sociales masivas para rescatar a
trabajadores y empresas, y avanzar en la transformación de la economía
de la UE en clave social, verde y digital.
Hoy es ya casi una verdad histórica que la gestión neoliberal de la
crisis del 2008 en Europa fue un desastre social y profundamente
ineficiente en términos económicos. Por ejemplo, en España: mientras en
la crisis anterior se tardaron casi doce años en recuperar las cifras de
empleo, en la crisis de la pandemia se han tardado prácticamente dos
años.
Siguiendo la célebre tesis de Karl Polanyi en la Gran
Transformación, podemos entender el neoliberalismo como el regreso de la
vieja utopía liberal de que el mercado autorregulado aspirase a ser la
institución básica de la organización social.
Ello generaba lo que él
denominaba un “doble movimiento”: por un lado, una ampliación de la
esfera de influencia del mercado – convirtiendo hasta la tierra, la
fuerza de trabajo y el dinero en mercancías – y, por otro, una reacción
“instintiva” de la sociedad en clave de autodefensa o autoprotección
ante el desgarro comunitario causado por la expansión del mercado a
todos los ámbitos de la vida.
Ahora que se ha puesto de moda hablar de un “momento laborista” como una
suerte de superación de la fase 15M-Podemos, la perspectiva de Polanyi
nos ayuda a ver las cosas de manera diferente. La gestión neoliberal de
la crisis del 2008 dio lugar en España a una primera reacción social de
autoprotección con distintas expresiones: algunas de carácter laboral
como las huelgas generales de 2010 y 2012 promovidas por las centrales
sindicales mayoritarias, y otras de carácter más político como el
movimiento ciudadano y popular del 15M, las mareas o el propio Podemos.
Recordemos que, tal y como afirma Adam Tooze en su último libro sobre
la crisis del coronavirus, se produjo un parón incomparable a cualquier
período anterior y que en términos de destrucción económica y social
solo es comparable a la devastación que produjo en Europa la II Guerra
Mundial. A los millones de infectados y los miles de fallecidos había
que sumarle una economía frenada en seco debido a los cierres y los
confinamientos dirigidos a parar la expansión del virus.
Tras haber parado lo peor del golpe sanitario, económico y social
gracias al intervencionismo estatal, lo que está en juego ahora es
consolidar ese nuevo paradigma de trabajo decente, relaciones más
igualitarias y el cuidado del planeta. Esto implica de manera
imprescindible proteger de las fuerzas del mercado la tierra, la fuerza
de trabajo y el dinero. Y ello solo será posible recordando, como decía
Toni Domènech, que las olas de los movimientos populares son como las
oceánicas. Aquellas que vienen de muy lejos y en aparente calma tienen
una tremenda fuerza a la hora de llegar a su destino.
Ante esto, las izquierdas deben aprovechar el marco intervencionista
generado por el impacto de la pandemia en la sociedad y en la economía y
dirigirlo hacía los retos que tenemos que afrontar. El combate contra
la desigualdad socioeconómica, la necesaria transición ecológica que
mitigue los efectos del cambio climático y el fortalecimiento de la
democracia sólo podrán darse desde unas instituciones inclusivas y
protectoras que demuestren su utilidad ante las derivas nihilistas o
represoras que surgen como falsos atajos. Hace falta construir un
proyecto cultural, social y político que avance desde el keynesianismo
tecnocrático que ha hecho frente a la pandemia a un nuevo sentido de
época que asiente las bases del contrato social del siglo XXI."
(Mario Ríos es analista político y profesor asociado en la UdG y en la UB. Rodrigo Amírola, licenciado en filosofía por la UCM, es asesor de la vicepresidenta segunda del Gobierno, Yolanda Díaz. CTXT, 01/09/22)
"A lo largo de la última década, el mundo fue testigo de un aluvión de
movimientos de extrema derecha. Con ellos, parecían resurgir los
fantasmas de la década de 1930 y extenderse por varios continentes la
sombra de una oleada neofascista o posfascista. El punto culminante se
situó entre 2016 y 2018, con los triunfos electorales de Donald Trump en
los Estados Unidos y Jair Bolsonaro en Brasil y, entretanto, el choque
entre Marine Le Pen y Emmanuel Macron en Francia.
Muchos partidos de
extrema derecha llegaron al gobierno en países de la Unión Europea, y se
terminaron algunas «excepciones», con la aparición de Alternativa para
Alemania [Alternative für Deutschland] y el Vox en la escena política
alemana y española, respectivamente, más la expansión de la Liga del
Norte [Lega Nord] italiana bajo la conducción de Matteo Salvini. Se
instalaron gobiernos autoritarios, nacionalistas y xenófobos por
doquier, desde la Rusia de Vladímir Putin hasta la India de Narendra
Modi y la Turquía de Recep Tayyip Erdoğan.
El mundo tomaba un rumbo
sombrío: ¿neofascismo, posfascismo, populismo de extrema derecha? El
debate sobre cómo llamarlo siguió abierto, pero cada cual entendía que
en ese momento el fascismo era más que un área de los estudios
históricos; volvía a ser una cuestión de la agenda contemporánea.
La
mayoría de los observadores —y me incluyo— creían que una nueva crisis
económica aceleraría drásticamente esa tendencia general y que debíamos
prepararnos para un nuevo y horrible escenario. Se produjo la crisis:
desde comienzos de 2020, la pandemia de COVID-19 ha sumido al planeta en
una recesión global. Pero al mismo tiempo —por suerte—, nuestro
calamitoso diagnóstico no se ha cumplido.
Por supuesto, seguimos en
medio de una crisis mundial, los movimientos de extrema derecha no han
desaparecido y todavía hay varios desenlaces posibles. Sin embargo,
actualmente queda en claro que ha habido un significativo retroceso en
la dinámica aparentemente inexorable de fascistización. El indicador más
evidente de este cambio fue la derrota de Trump en noviembre de 2020.
Si
observamos desde una perspectiva general este panorama heterogéneo y
contradictorio, sin limitarnos a un único país, la pandemia se muestra
como la matriz de dos tendencias globales: un giro biopolítico y un giro
potencialmente autoritario. Si bien hablar de una matriz tal vez sea
inapropiado —por supuesto, esas tendencias existían de antemano—, no hay
duda de que la pandemia las incrementó y las aceleró con vigor. Sin
excepción, el giro biopolítico es bastante notorio: los gobiernos
desarrollaron extraordinariamente su control sobre las poblaciones,
ocupándose de nuestra vida —de nuestros cuerpos físicos, literalmente—
como objetos biológicos que administrar y proteger.
El futuro de la
economía global depende de la eficacia de estas políticas de salud; en
primer lugar, una campaña de vacunación rápida, amplia y efectiva.
Apoyamos o criticamos a nuestros gobiernos según su capacidad de
implementar dichas políticas sanitarias. Pero el problema tiene una
segunda dimensión, que ya no nos afecta como objetos biopolíticos, sino
como sujetos jurídicos y políticos, como ciudadanos.
Esta segunda
dimensión es un giro potencialmente autoritario que radica en la
transformación de nuestros gobiernos en «estados de excepción», en
poderes políticos que limitan de manera radical nuestras libertades
públicas e individuales. Desde luego, aceptamos los confinamientos y las
restricciones impuestos en nombre de la seguridad colectiva, pero poco a
poco advertimos que estas políticas están alterando nuestros estilos de
vida, nuestras maneras de trabajar, nuestras formas de socializar e
interactuar, y que en nuestras sociedades aumentan radicalmente las
diferencias de clase.
No es cierto que todos seamos iguales de cara al
virus, dado que quedamos expuestos a él selectivamente en función de
nuestro estatus social y económico, y también en función del país al
cual pertenecemos. No hay duda de que la pandemia tiene un impacto mayor
en el Sur Global. Esto implica desigualdades cada vez mayores en todos
los niveles, y, a su vez, más desigualdades implican poderes más
autoritarios.
En China, la pandemia se neutralizó con medidas despóticas
dignas de un gobierno orwelliano. En varios países de Europa, los
confinamientos y las restricciones se implementaron mediante la
aplicación de leyes antiterroristas y coincidieron con un significativo
aumento de la violencia policial.
En un contexto como este, los
movimientos de extrema derecha acaso parezcan buenos candidatos para
liderar el giro autoritario hacia el estado de excepción. Pero hay un
hecho crucial: no cuentan con credenciales serias para controlar el giro
biopolítico. Como «buenos pastores», Donald Trump, Jair Bolsonaro,
Narendra Modi, Marine Le Pen y Matteo Salvini no tienen credibilidad
alguna.
En términos del filósofo francés Michel Foucault,
podríamos decir que nadie los ve como la personificación de un «poder
pastoral» efectivo. Esta es una diferencia significativa entre los
actuales movimientos de extrema derecha y el fascismo clásico, y va
mucho más allá de varios otros deslindes relacionados con nuestros
diferentes contextos históricos. En la década de 1930, Benito Mussolini,
Adolf Hitler y Francisco Franco prometían un futuro y se mostraban como
una respuesta eficaz a la depresión económica, en contra de las
exhaustas democracias liberales que, a los ojos de mucha gente,
encarnaban los vestigios de un orden político en ruinas. Por supuesto,
esta era una peligrosa ilusión —el esfuerzo por poner fin a la
desocupación mediante el rearme y la guerra condujo a la catástrofe—,
pero hasta la Segunda Guerra Mundial su propaganda funcionó bastante
bien.
No sucede lo mismo con sus herederos. Las respuestas de
Trump, Bolsonaro, Modi, Le Pen y Salvini a la pandemia consistieron
simplemente en la negación, la incomprensión, la incompetencia y la
ineficiencia. El primer año de pandemia nos hizo tomar una noción cada
vez más aguda de que estamos frente a una emergencia global que requiere
respuestas globales. Las recetas tradicionales de la extrema derecha
—el nacionalismo, el retorno a valores conservadores y a la soberanía
nacional, más la búsqueda de chivos expiatorios— no funcionaron en modo
alguno.
En Italia, Salvini, el carismático líder de la Liga nacionalista
y xenófoba, se había acostumbrado a organizar manifestaciones masivas
en las cuales denunciaba las terribles enfermedades que
afectaban a su país: los inmigrantes, los refugiados y, por supuesto, el
islam. La prédica del odio había demostrado ser un ejercicio muy
popular, y Salvini estaba a la cabeza en las encuestas. Sin embargo, al
cabo de algunos meses de pandemia, cuando el país era el epicentro del
brote europeo y los hospitales no daban abasto, la gente empezó a llenar
de elogios a los médicos y enfermeros albaneses, tunecinos y chinos que
acudían en ayuda de sus colegas italianos.
Esta es la señal de un
retroceso, no de una derrota o una decadencia irreversible. Estamos en
medio de un proceso de transición cuyos resultados aún son desconocidos y
están abiertos: o bien un New Deal del siglo XXI, capaz de enfrentar el
cambio climático y revertir las transformaciones producidas por
cuarenta años de neoliberalismo, o un giro a la extrema derecha que
arrojará a nuestro planeta a la catástrofe anunciada. En el contexto
actual, los dos resultados son perfectamente posibles. (...)
¿Esto significa que no existe un peligro fascista? De ningún modo. A
decir verdad, si observamos el presente a través de un prisma histórico,
no podemos descartar esa posibilidad. El impresionante ascenso de los
movimientos, partidos y gobiernos de extrema derecha muestra con
claridad que el fascismo puede convertirse en una alternativa. Pero
aunque no cabe duda de que persiste la posibilidad de una nueva era
posfascista, es importante señalar que la crisis económica desatada por
la pandemia no la fortaleció. Así, la pretensión ultraderechista de
encarnar una alternativa «antisistema» probablemente parezca menos
convincente hoy en día que cinco años atrás.
En última instancia, sin
embargo, el futuro de los movimientos de extrema derecha no dependerá
exclusivamente de su evolución interna, su orientación ideológica y sus
decisiones estratégicas, ni tampoco del apoyo que puedan obtener de las
élites globales. A fin de cuentas, dependerá de qué capacidad tenga la
izquierda para delinear una alternativa." (Enzo Traverso, Sin permiso, 29/12/21)
"Después de un año en que la gente añoró volver a la «normalidad», ya es
evidente que la COVID‑19 no permitirá que eso suceda. La pandemia, ya
próxima a empezar su tercer año, ha tenido un profundo efecto sobre
personas, comunidades, países y la cooperación internacional, y plantea
duros desafíos para 2022. Un elemento esencial para hacerles frente será
la reconstrucción de la confianza.
El primer desafío es que ha cambiado la relación de las personas con el
trabajo. En algunos países, las medidas de confinamiento, la muerte de
seres queridos y la incertidumbre general derivada de la pandemia han
causado (o acelerado) replanteos vitales. En Estados Unidos, entre julio
y octubre de 2021 renunciaron a sus empleos más de cuatro millones de trabajadores por mes. Muchos jóvenes chinos se están uniendo al movimiento de los «tumbados»:
rechazan horarios de trabajo prolongados, se limitan a hacer lo mínimo
necesario y no se esfuerzan por nada que no sea absolutamente esencial
para la supervivencia.
La pandemia ha profundizado la divisoria entre
quienes pueden trabajar desde casa y los muchos que no pueden. En 2022
hay que lograr que la gente confíe en que volver al trabajo realmente
mejorará sus vidas. Para eso serán necesarias acciones de los gobiernos y
de las empresas.
Es crucial invertir para remediar la disrupción
educativa causada por la COVID‑19. La pandemia llevó a que unos 1600 millones de estudiantes
en 180 países no pudieran ir a la escuela. Instituir programas que los
ayuden a ponerse al día (y a obtener las habilidades y la formación
necesarias para la economía del siglo XXI) les hará más fácil conseguir
empleos mejores.
El segundo desafío de 2022 es cortar la creciente tendencia global al autoritarismo. Según Freedom House, la pandemia ha debilitado los mecanismos de control y contrapeso del poder gubernamental en al menos 80 países,
sin distinción de nivel de ingresos. Han aumentado la vigilancia
estatal, la brutalidad policial y las detenciones, y en muchos países la
libertad de prensa y expresión ha sufrido amenazas o limitaciones.
Grupos vulnerables, por ejemplo migrantes y minorías étnicas y
religiosas, se han llevado la peor parte.
También está en alza la corrupción política. El informe de Freedom House
señala que en Mauritania ministros del partido gobernante malversaron
fondos destinados a la lucha contra la COVID‑19 (por este hecho en 2020 renunciaron
el primer ministro y todo su gabinete). En el Reino Unido, miembros y
simpatizantes del Partido Conservador recibieron acceso privilegiado a licitaciones para la provisión de equipos de protección personal. (...)
El tercer desafío que enfrenta el mundo en 2022 es que haya otra
pandemia. Aunque es lógico pensar que la COVID‑19 es la mayor emergencia
sanitaria de nuestras vidas, eso no debe impedirnos ver otras amenazas
derivadas de enfermedades infecciosas. Por ejemplo, este mes la
autoridad veterinaria del RU alertó
sobre un «nivel espectacular» de gripe aviaria, con «inmensas
derivaciones para los seres humanos, los animales y el comercio».
En 2021 el mundo no distribuyó vacunas, tratamientos y terapias contra
la COVID‑19 en forma equitativa o eficiente. El Fondo de Acceso Global
para Vacunas contra la COVID‑19 (COVAX) se creó para asegurar la
vacunación universal y así contener la aparición y difusión de
mutaciones del virus. Pero en vez de eso, los gobiernos de países ricos compitieron para priorizar el acceso a vacunas de sus propios ciudadanos.
La confianza y la cooperación entre gobiernos no es un ideal imposible.
La clave está en diseñar reglas, instituciones y la implementación de
políticas de forma tal que cada país sepa que todos están cumpliendo a
grandes rasgos. Un importante defecto de la respuesta a la COVID‑19 ha
sido la falta de transparencia
sobre los montos que pagan los gobiernos (y a quién) por el acceso a
dosis. Es urgente que en 2022 el mundo rediseñe y mejore los mecanismos
globales para la investigación, la distribución y la financiación de
vacunas, con el objetivo de asegurar el nivel mínimo de confianza
necesario para la cooperación internacional.
Finalmente, la COVID‑19 está cambiando las reglas por las que se regirá
la economía en 2022. Hay un aumento del nacionalismo económico,
acelerado por la experiencia que han tenido los países en el intento de
obtener equipos, tratamientos y vacunas. Si a esto se le suma el deseo
de alcanzar las metas de emisión neta nula, el resultado probable será
una proliferación de políticas industriales, aumento del proteccionismo
comercial y más desconfianza hacia la inversión extranjera, todo esto en
un contexto de endurecimiento de la política monetaria y aumento de la
deuda pública.
Estas tendencias se agravan por la presencia de alianzas
y rivalidades geopolíticas que influyen en las negociaciones
económicas. Hace poco, la India y Rusia
reforzaron sus vínculos con la firma de 28 acuerdos en áreas que van de
la cooperación militar al comercio. Y la Unión Europea está enmarcando
deliberadamente su nuevo enfoque comercial en un concepto de
planificación de defensa y militar denominado «autonomía estratégica abierta». (...)
Los desafíos económicos mundiales de 2022 son preocupantes. Pero incluso
en lo peor de la Guerra Fría, fueron posibles instituciones y acuerdos
internacionales básicos para la contención mutua, mediante un proceso de
negociación paciente y acuerdos que daban garantías a ambas partes. La
confianza no es una panacea contra el aumento de tensiones
internacionales; pero para contener esas tensiones, se necesitará un
mínimo de confianza, respaldada por instituciones con amplia
credibilidad.
No habrá un regreso a lo que era antes de la COVID‑19,
porque la pandemia ha cambiado demasiadas cosas. El desafío para los
años venideros es seguir adelante rediseñando y reimaginando las reglas e
instituciones con la mirada puesta en restablecer la confianza en los
ámbitos del trabajo, la política, la salud pública y la política
económica."