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21.6.26

El espejismo de la derechización... los datos apuntan más bien a una izquierda desmovilizada que a un cambio ideológico del electorado... España sigue inclinada ideológicamente hacia la izquierda: 4,64 en abril de 2026... Este primer indicador del CIS plantea, no obstante, una paradoja: si la sociedad no se está derechizando, ¿por qué la derecha da ahora la impresión de encontrarse más cerca del poder que en varios momentos de la última década? Esta intuición no es nueva... La clave histórica es la capacidad de cada bloque para mantenerse cohesionado y movilizado; la conversión ideológica masiva pesa mucho menos... los datos no apuntan a una expansión histórica de la derecha, sino sobre todo a una contracción de la izquierda... la izquierda aparece otra vez debilitada tras varios años de gobierno, mientras que la derecha logra concentrar una dinámica de alternancia favorable... La cuestión de la vivienda resume probablemente mejor que ninguna otra esa pérdida progresiva de credibilidad material de la izquierda. Tras varios años de gobierno de coalición, amplios sectores populares y buena parte de los jóvenes siguen percibiendo que el acceso a la vivienda continúa deteriorándose... Vox puede así implantarse en sectores populares no porque la condición popular se haya vuelto espontáneamente conservadora, sino porque otras dimensiones de la experiencia social han adquirido una relevancia política creciente frente a la sola pertenencia de clase... la situación apuntaría a una alternancia coyuntural, de las que el ciclo político español ya ha conocido... la derecha puede ganar sin que el país vire en bloque al conservadurismo: en un sistema parlamentario fragmentado, su verdadera ventaja no es haber convencido a muchos más electores, sino haber recuperado una arquitectura más cohesionada, y con ella una ventaja de movilización que diferencias de participación reducidas bastan para convertir en mayoría... además, los procesos de removilización electoral parecen favorecer más a las derechas que a las izquierdas dentro del grupo de los abstencionistas (Marco Alagna Morales)

 "A un año de las próximas elecciones legislativas, la idea de una alternancia conservadora se va imponiendo en el debate político. Sin embargo, los datos sociológicos cuentan una historia mucho menos sensacionalista que la de una España súbitamente arrollada por la derecha.

El relato dominante ya se ha asentado plenamente en el panorama mediático: España se estaría “derechizando”. El ascenso de Vox, la radicalización de la cuestión migratoria y las crecientes dificultades de la izquierda alimentan la idea de un próximo giro conservador. Las series estadísticas largas dibujan un cuadro mucho más matizado. 

Desde mediados de los años ochenta, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) pide regularmente a los españoles que se sitúen en una escala que va del 1 (izquierda) al 10 (derecha). Una lectura atenta de la serie muestra una notable estabilidad de fondo durante las últimas cuatro décadas. Ello no significa que no se hayan producido movimientos significativos. A finales de los años noventa y comienzos de los 2000 se observa un pronunciado giro hacia la derecha, coincidiendo con el ciclo que culminó en la mayoría absoluta de José María Aznar, que terminó revirtiéndose posteriormente. En conjunto, las variaciones permanecen contenidas dentro de una horquilla relativamente estrecha y los desplazamientos hacia la izquierda o hacia la derecha tienden a neutralizarse con el tiempo, manteniendo la media en torno al centro del eje político. 

Ni la crisis económica y la irrupción de Podemos –que podrían haber provocado un vuelco hacia la izquierda como el de Syriza en Grecia– ni el conflicto catalán y el ascenso de Vox –que habrían podido anunciar una derechización de fondo– han alterado ese equilibrio. España sigue inclinada ideológicamente hacia la izquierda: 4,64 en abril de 2026, por debajo del punto medio real de la escala, que es el 5,5 puesto que el rango es de 1 a 10. A diferencia de los porcentajes por bloques, que dependen de dónde se sitúe la frontera entre izquierda y derecha, la media no exige fijar ese umbral, y se mantiene a la izquierda con independencia de dónde se trace esa frontera. La posición de esa media resulta aún más significativa cuando se compara con la de los distintos electorados en abril de 2026: Sumar (2,45), PSOE (3,21) y ERC (3,42) ↔ España (4,64) ↔ PP (6,86) y Vox (7,33). Incluso la media nacional se sitúa por debajo de la observada entre los votantes de Junts (5,15) y del PNV (5,05). Si España se estuviera desplazando mayoritariamente hacia la derecha, cabría esperar una media superior al punto medio de la escala y más próxima a la de los electorados conservadores. Los datos del CIS sugieren más bien lo contrario. 

Este primer indicador del CIS plantea, no obstante, una paradoja: si la sociedad no se está derechizando, ¿por qué la derecha da ahora la impresión de encontrarse más cerca del poder que en varios momentos de la última década? Esta intuición no es nueva: Alberto Garzón sostenía a comienzos de 2026 que España no es un país de derechas, sino un país progresista desmovilizado. Ello no implica ignorar el peso de los factores coyunturales. La derrota del PP en 2004, tras la gestión política de los atentados del 11-M, y la del PSOE en 2011, precedida por semanas de negación de la gravedad de la crisis económica, ilustran hasta qué punto una parte del electorado centrista puede reaccionar a determinados acontecimientos y alterar temporalmente los equilibrios entre bloques. Pero el objeto de este artículo son las tendencias estructurales de largo plazo que configuran los equilibrios políticos españoles. 

Desde 1982, el campo conservador ha atravesado crisis sucesivas (desaparición de la UCD, marginación del CDS, hundimiento de Ciudadanos), pero los partidos cambian sin que el bloque se mueva. Hoy, Vox funciona en gran medida como un instrumento de rearticulación interna de toda la derecha tras el colapso del centroderecha liberal de Rivera. Esa plasticidad organizativa contrasta con la trayectoria reciente del conjunto de los partidos progresistas. 

El PSOE mantiene, desde luego, una base electoral sólida, pero las fuerzas políticas a su alrededor se han desintegrado durante la última década. Podemos logró, tras 2014, canalizar parte del descontento surgido de la crisis financiera y de la austeridad, pero esa recomposición nunca llegó a producir una expansión prolongada del bloque de izquierda. Sobre todo, modificó su equilibrio interno.

Si aplicamos aquí la teoría de juegos, los histogramas sugieren un sistema bastante cercano a un juego de suma cero entre bloques: desde los años ochenta, el peso global de la izquierda y de la derecha cambia relativamente poco, de modo que el avance de un campo suele coincidir con el retroceso del otro. Pero no es un juego de suma cero perfecto tampoco, porque parte de las pérdidas electorales no pasan directamente (o de forma marginal) al adversario, sino a la abstención o a la desmovilización. La clave histórica que muestran los gráficos es la capacidad de cada bloque para mantenerse cohesionado y movilizado; la conversión ideológica masiva pesa mucho menos. 

La gráfica muestra por otro lado que el escenario proyectado para 2027 por Sigma Dos, 40dB y GAD3 (histogramas rayados de la derecha) presenta varias similitudes con las elecciones generales de 2011. En ambos casos, el bloque de derecha supera claramente al de izquierda en número de votos, con una diferencia aproximada comprendida entre los 2,5 y los 3,2 millones de votos. Sin embargo, los datos no apuntan a una expansión histórica de la derecha, sino sobre todo a una contracción de la izquierda. El volumen de votos del bloque conservador sería algo similar al registrado en 2011, mientras que el de la izquierda volvería a niveles ya observados en 2000 y 2011.

Sin embargo, los datos no apuntan a una expansión histórica de la derecha, sino sobre todo a una contracción de la izquierda. El volumen de votos del bloque conservador sería muy similar al registrado en 2011, mientras que el de la izquierda volvería a niveles ya observados en 2000 y 2011.

Las proyecciones demoscópicas para 2027 muestran que la izquierda aparece otra vez debilitada tras varios años de gobierno, mientras que la derecha logra concentrar una dinámica de alternancia favorable. Y si el escenario proyectado para 2027 se parece realmente al de 2011, apuntaría a una alternancia coyuntural, de las que el ciclo político español ya ha conocido. 

Cabe aquí objetar que las elecciones autonómicas y municipales de 2023 desmienten, a primera vista, esa lectura. El PP recuperó entonces buena parte del poder territorial perdido durante el ciclo anterior y consolidó, junto a Vox, una amplia implantación institucional. Dos meses después, en las elecciones generales de julio, el bloque de derecha volvió además a imponerse en número de votos, aunque por una diferencia relativamente reducida –alrededor de 400.000 sufragios–. Esas elecciones han sido interpretadas por numerosos observadores como una sanción al Gobierno tras varios años en el poder y como la expresión de una lógica clásica de alternancia agravada por la fragmentación de la izquierda. La propia dificultad del PP para transformar esa ventaja electoral en una mayoría parlamentaria suficiente invita, en ese sentido, a distinguir entre una victoria territorial y un verdadero realineamiento del electorado español. 

Por tanto, tres lecturas de naturaleza distinta –la autoidentificación ideológica media del CIS (estable desde los años ochenta), el peso electoral de cada bloque y el paralelismo entre el escenario de 2027 y las generales de 2011– apuntan en la misma dirección: los cambios de mayoría responden más al desgaste de los gobiernos, a las crisis económicas y a la fragmentación partidista que a una transformación profunda de la sociedad española. 

La sucesión Podemos-Sumar ilustra bien las dificultades actuales de la izquierda: a medida que las alianzas se fragmentan, el bloque progresista se vuelve más dependiente de complejas coaliciones parlamentarias, de acuerdos con los nacionalistas regionales y de electorados mucho menos estabilizados. El principal problema de la izquierda reside hoy en la dificultad creciente para mantener una coalición electoral coherente. 

Esta fragilidad se debe, en particular, a que los distintos componentes electorales del bloque progresista ya no responden a las mismas prioridades sociales y culturales. Los jóvenes urbanos titulados, las clases populares precarizadas, los jubilados socialistas tradicionales o los electorados regionalistas siguen coexistiendo electoralmente, pero de una manera cada vez más inestable. Allí donde el bipartidismo español descansaba antaño sobre lealtades políticas relativamente sólidas, la izquierda funciona ahora más bien como una coalición cambiante de electorados fragmentados.

Las diferencias entre los distintos electorados de cada bloque aparecen con claridad cuando se observan sus bases sociales respectivas. Vox ya no es fuerte únicamente, como en sus inicios, en los sectores más conservadores: jubilados nostálgicos del nacionalismo, clases medias-altas, burguesías urbanas o provinciales católicas. Como muestran numerosos estudios, el partido alcanza ya el 24,4 % entre los jóvenes de 18 a 24 años y supera o ronda el 20 % en la mayoría de las categorías de edad activa. Pero, sobre todo, en las categorías de “clase media-baja/baja”, Vox obtiene hoy un apoyo superior al de Podemos y Sumar juntos. Dentro del propio bloque conservador, además, Vox supera ya al PP en casi todas las categorías sociales salvo entre las clases altas, lo que sugiere una creciente popularización –e incluso cierta “obrerización”– de su base electoral (véase el gráfico más abajo). 

Todos esos cambios sociopolíticos no significan que las generaciones jóvenes se hayan desplazado mayoritariamente hacia la derecha, pese a la imagen cada vez más extendida en el debate mediático. Según el Barómetro del CIS de mayo de 2026, los jóvenes de 18 a 24 años siguen situándose más a la izquierda que a la derecha en términos de autoidentificación ideológica (45,9 % frente a 32 %). Y aunque Abascal obtenga entre ellos un 20,4 % de opiniones positivas, Pedro Sánchez alcanza el 41,1 % y Yolanda Díaz el 36,6 %. La novedad histórica no reside, por tanto, en un vuelco conservador de la juventud española, sino en una creciente implantación y en una transformación de los equilibrios internos de cada bloque político. Mientras que en 2010 la derecha representaba una minoría reducida entre los jóvenes, hoy reúne a cerca de un tercio de esta cohorte. El avance de Vox refleja así menos un desplazamiento masivo hacia la derecha que la capacidad de la extrema derecha para atraer a una parte del electorado descontento que durante años encontró en la izquierda alternativa su principal vehículo de expresión. 

La progresión de Vox también puede interpretarse como el síntoma de una transformación más profunda de la estructura social. Durante buena parte del período democrático, la posición social o la pertenencia de clase permitían anticipar con relativa facilidad las orientaciones políticas de amplios sectores de la población. Hoy esos vínculos parecen menos estables. Las experiencias sociales de individuos pertenecientes a una misma categoría social son cada vez más heterogéneas, atravesadas por diferencias generacionales, educativas, territoriales o culturales que tienden a fragmentar las antiguas identidades colectivas. Las divisiones socioeconómicas (identidades verticales) siguen siendo importantes, pero se entrecruzan cada vez más con otros factores como la edad, el nivel educativo, el género o los valores culturales (identidades horizontales). Vox puede así implantarse en sectores populares no porque la condición popular se haya vuelto espontáneamente conservadora, sino porque otras dimensiones de la experiencia social han adquirido una relevancia política creciente frente a la sola pertenencia de clase. 

Esta evolución plantea un desafío particular para las izquierdas. Aunque en la actualidad el PSOE conserve todavía una sólida base social popular, la evolución de su electorado podría orientarse hacia una concentración cada vez mayor en los segmentos socialmente más protegidos –jubilados, función pública, titulados urbanos–, es decir, en aquellos a quienes la incertidumbre económica menos afecta. 

Reconquistar a otros electores supondría volver a hablarles de economía, precariedad, poder adquisitivo y vivienda: precisamente el terreno en el que Vox ha logrado capitalizar una parte creciente del malestar social al vincular esas dificultades con la inmigración. La cuestión de la vivienda resume probablemente mejor que ninguna otra esa pérdida progresiva de credibilidad material de la izquierda. Tras varios años de gobierno de coalición, amplios sectores populares y buena parte de los jóvenes siguen percibiendo que el acceso a la vivienda continúa deteriorándose. Y esa percepción se alimenta de una paradoja: aunque la economía española presenta hoy indicadores mucho más sólidos que durante la crisis de 2008-2012, muchos hogares de clase media y trabajadora tienen la sensación de no beneficiarse plenamente de esa mejora, debido sobre todo al encarecimiento de la vivienda y al aumento del coste de la vida. 

Y ahí reside el principal dilema estratégico de la izquierda de cara a los próximos comicios. Por un lado, le resultará difícil articular un discurso creíble de esperanza social ante sectores populares cuya situación material apenas ha mejorado desde su llegada al gobierno. Por otro, tampoco puede disputar frontalmente el terreno migratorio sin tensionar sus propios equilibrios internos, ya que ello implicaría alejarse tanto de su tradición ideológica como de una parte esencial de su base urbana, progresista y titulada. 

Las consecuencias de esa fragilidad estratégica aparecen con claridad en los patrones de fidelidad electoral. Los trasvases de voto muestran que el PP, y sobre todo Vox, conservan un electorado mucho más disciplinado que el del bloque progresista. Vox fideliza a cerca del 88 % de quienes lo votaron en 2023. Por el contrario, Sumar se muestra extremadamente frágil: solo la mitad de sus antiguos votantes declaran querer volver a votar a la coalición. Una parte regresa al PSOE, pero otra deriva hacia la abstención o la indecisión. 

De hecho, Sumar es el partido más afectado por estos comportamientos, al registrar la mayor proporción de electores que optan por el voto en blanco o que permanecen indecisos. Al mismo tiempo, los procesos de removilización electoral parecen favorecer más a las derechas que a las izquierdas dentro del grupo de los abstencionistas.

Sin embargo, la matriz de trasvases de voto no muestra que esté en marcha un desplazamiento masivo de antiguos votantes de la izquierda alternativa hacia Vox.

El avance de Vox en las clases populares y entre los jóvenes responde a procesos más difusos como el relevo generacional, la llegada de votantes primerizos, la captación de antiguos abstencionistas y los realineamientos progresivos de electores anteriormente poco politizados. Lo que cambia ante todo es la capacidad creciente de Vox para consolidarse en segmentos sociales donde la izquierda alternativa ocupó durante décadas una posición simbólicamente hegemónica. Esto resulta aún más relevante si se tiene en cuenta que los jóvenes electores constituyen históricamente en España una de las categorías más abstencionistas del cuerpo electoral. La irrupción de Podemos después de 2014 ya había mostrado la capacidad de una nueva fuerza política para removilizar a una parte de la juventud hasta entonces alejada de las urnas; el avance actual de Vox entre los jóvenes responde, al menos en parte, a un mecanismo comparable de repolitización.

Más allá de esta transformación del cuerpo electoral, la derecha puede ganar sin que el país vire en bloque al conservadurismo: en un sistema parlamentario fragmentado, su verdadera ventaja no es haber convencido a muchos más electores, sino haber recuperado una arquitectura más cohesionada, y con ella una ventaja de movilización que diferencias de participación reducidas bastan para convertir en mayoría. Las recientes investigaciones por corrupción que afectan al entorno del PSOE han reforzado probablemente esa tendencia en los sondeos, pero conviene no confundir ese desgaste coyuntural con una transformación duradera de los equilibrios ideológicos del país. 

La autoubicación ideológica media de los españoles apenas se ha modificado durante la últimas décadas

Ahora bien, incluso si la derecha termina gobernando en 2027, eso no significa que pueda aplicar sin fricciones todo el programa que hoy enarbola Vox. En un contexto de tensiones persistentes en el mercado laboral, envejecimiento demográfico y presión constante de la patronal para facilitar la inmigración económica, un eventual gobierno del PP con apoyo de Vox probablemente tendría que asumir la entrada de trabajadores extranjeros. Giorgia Meloni en Italia ofrece un precedente revelador: pese a la dureza de su discurso identitario, su gobierno ha terminado ampliando los cupos de inmigración laboral. Porque una cosa es capitalizar en la oposición el malestar en torno a la inmigración, y otra muy distinta gobernar una economía que depende estructuralmente de nuevos flujos de trabajadores. La inmigración podría convertirse así para PP y Vox en una contradicción comparable a la que la vivienda representa para la izquierda.

Pero esas limitaciones no serían únicamente económicas, sino también culturales. En apenas cuarenta años, España ha pasado de ser una de las sociedades más conservadoras de Europa occidental a una de las más liberales en matrimonio homosexual, derechos LGBT o aborto. El 88 % respalda hoy el matrimonio homosexual (Eurobarómetro 535, 2023); y según una encuesta de Simple Lógica para elDiario.es (febrero de 2023), el 80,5 % reconoce el derecho al aborto, incluido el 60,9 % de los votantes del PP y el 67,4 % de los de Vox. Esa evolución alcanza a la propia derecha: el PP, que en 2005 recurrió la ley del matrimonio homosexual, hoy descarta derogarla. Difícilmente un gobierno del PP con apoyo de Vox podría impulsar políticas como las de Orbán en Hungría, como confirmó el rápido repliegue ante el protocolo del “latido fetal” en Castilla y León. A ello se añade que los marcadores habituales de la “derechización” europea –el islam, el multiculturalismo, las cuestiones identitarias– siguen ocupando en España una posición mucho más periférica que en Francia, Bélgica, Holanda o Alemania. 

Parece más prudente hablar de una reorganización de los bloques políticos y de dinámicas de movilización que de una conversión de la sociedad española al conservadurismo

En cualquier caso, los datos invitan a matizar la idea dominante de una España en proceso de derechización. El avance electoral de las derechas, el aumento del número de personas que se declaran de derechas o la creciente implantación de Vox en determinados segmentos de la población constituyen fenómenos reales que sería absurdo ignorar. Sin embargo, ninguno de estos indicadores basta por sí solo para demostrar una derechización general de la sociedad española. Una mirada de largo plazo ofrece una imagen más compleja. La autoubicación ideológica media de los españoles apenas se ha modificado durante décadas, el bloque conservador no muestra una expansión histórica indiscutible en los sondeos, los análisis de trasvases de voto no evidencian tampoco por el momento una transferencia significativa de electores desde la izquierda hacia las derechas y, al mismo tiempo, la sociedad ha seguido evolucionando hacia posiciones ampliamente liberales en numerosas cuestiones culturales, incluso entre una parte significativa de los electores de derechas. De hecho, algunos de los cambios que hoy suelen asociarse a la irrupción de Vox parecen hundir sus raíces mucho antes. Las transferencias parciales de voto obrero hacia el PP observadas por la ciencia política española a finales de los años noventa (ver los estudios de Miguel Caínzos, por ejemplo) sugieren que algunos de estos realineamientos sociales fueron ya perceptibles, de forma episódica, antes de la aparición de Vox.

La cuestión, por tanto, no es si algunos indicadores apuntan a la derecha –algo indiscutible–, sino si reflejan una transformación profunda y duradera del equilibrio ideológico del país. La propia historia invita a la cautela: la victoria del PP en 2000 fue interpretada en su momento por algunos comentaristas como la prueba de un giro conservador duradero de España. La izquierda regresó al poder unos cuantos años después. A la vista de los datos disponibles, parece más adecuado y prudente hablar de una reorganización de los bloques políticos y de dinámicas de movilización diferenciadas que de una conversión masiva de la sociedad española al conservadurismo.

El último ciclo electoral, las andaluzas de 2026, apunta en esa misma dirección: incluso en el territorio más favorable para el PP, la derecha no ha logrado ampliar su bloque más allá de los niveles de 2022, lo que la situaría cerca de su máximo electoral, mientras que la izquierda conservaría reservas susceptibles de reactivarse a escala nacional. 

La prueba decisiva llegará en 2027: si el bloque de derecha no supera los 12 millones de votos –el máximo alcanzado por ese espacio ideológico en 2011 según una definición amplia de ese espacio–, no habrá habido expansión, sino reagrupación."

(Marco Alagna Morales, CTXT, 19/06/2026, gráficos en el original)

18.5.26

En la última victoria con gobierno socialista en Andalucía –2015– la participación se fue casi al 64%. En la primera mayoría absoluta de Moreno Bonilla –2022– el recuento se quedó levemente por encima del 56%. Esos casi ocho puntos más de abstención no lo explicaban todo del actual mapa político andaluz, pero casi. El crecimiento de la participación ahora tampoco lo explica todo, pero casi... La sufrida movilización de la base electoral a la izquierda del PSOE, tras el enésimo episodio de división y suspense hasta el último segundo, le ha costado la mayoría absoluta a los populares... Vox condiciona y el PP gobierna; la fórmula se consolida en la derecha como la alternativa al sanchismo... A la izquierda del PSOE vuelve a quedar claro lo que todos saben, los mismos que han llevado a la izquierda española a la presente situación de penuria y precariedad no van a sacarla de ella (Antón Losada)

"En la última victoria con gobierno socialista en Andalucía –2015– la participación se fue casi al 64%. En la primera mayoría absoluta de Moreno Bonilla –2022– el recuento se quedó levemente por encima del 56%. Esos casi ocho puntos más de abstención no lo explicaban todo del actual mapa político andaluz, pero casi. El crecimiento de la participación ahora tampoco lo explica todo, pero casi.

Ahí se jugaba la mayoría absoluta el candidato popular. Los que no iban a votar casi importaban más que quienes sí iban a hacerlo. La sufrida movilización de la base electoral a la izquierda del PSOE, tras el enésimo episodio de división y suspense hasta el último segundo, le ha costado la mayoría absoluta a los populares. Otro objetivo, sin la reactivación mínima del votante socialista, se antojaba una misión imposible. La realidad y las matemáticas electorales son tozudas. 

Moreno Bonilla ha ganado, pero no ha conseguido su objetivo, que siempre es la peor de las victorias. Solo él puede ser presidente, pero no quería volver a serlo así. El candidato popular ha padecido el mismo problema durante toda su campaña: el PP. Su dilema entre él o un lío perdió toda la fuerza con los acuerdos de gobierno entre populares y Vox. Además, entre la mala valoración de su gestión de servicios públicos como la sanidad y la amenaza fantasma del lío, parece que los andaluces han preferido un poco de lío. 

En el PSOE y en la Moncloa seguramente estarán convencidos de ver otra prueba irrefutable de su teoría, según la cual a Pedro Sánchez le votan y a los demás socialistas les castigan. Cada uno ve lo que quiere ver. Pero esto no ha sido un accidente laboral de María Jesús Montero. Más parece el resultado de una década tras no hacer lo que había que haber acometido tras la corrupción de los ERE y una salida traumática del poder. Seguirá pasando mientras no lo afronten. Puede que en el ejecutivo consideren encapsulada la catástrofe respecto a la legislatura. Pero también puede que la realidad no haya recibido el mail de Presidencia y todo se acelere de aquí a las elecciones generales.  

A Vox se le ha acabado subir sin hacer más que flotar con la marea, pero, como siempre, ya acude el PP al rescate. Ahora tiene que nadar y lo de la prioridad nacional da para un par de brazadas, dos tertulias y un telediario, pero no para hacerse unos largos a buen ritmo. Si, además, andas a bofetadas como en un partido de los de siempre, la gente desconfía. El elector de derechas vota para gobernar, no para que le coman la cabeza con batallas culturales o de las otras. Vox condiciona y el PP gobierna; la fórmula se consolida en la derecha como la alternativa al sanchismo.  

A la izquierda del PSOE vuelve a quedar claro lo que todos saben, pero nadie parece querer asumir. Antonio Maíllo y José Ignacio García no han inventado la pólvora ni falta que hacía porque, con un poco de renovación en las caras y las formas, algo menos de agresividad en el discurso y algo más de energía positiva, sí se puede. Unos y otros harían mal en interpretar el nuevo balance de resultados como una ratificación de sus paupérrimas tácticas. Los mismos que han llevado a la izquierda española a la presente situación de penuria y precariedad no van a sacarla de ella. Es ley de vida."

Antón Losada, eldiario.es, 17/05/26)

10.5.26

Vox presenta la «prioridad nacional» como criterio de reparto cuando no hay suficiente para todos... Frente al discurso del «no hay recursos para todos», la izquierda no puede caer en la trampa de responder que todos tienen los mismos derechos a la hora de repartir lo escaso. Debe mostrar que esa escasez es artificialmente provocada generando una deliberada falta de financiación de aquello que se necesita... Cuando una persona no tiene vivienda, empleo digno o cita con el médico y le ofrecen ser la primera a la hora de acceder, es inútil decirle que sea ejemplar y no piense egoístamente, ni sea racista... Es un error discutir quién accede antes a lo escaso. Hay que mostrar por qué lo escaso sigue siéndolo en sociedades cada vez más ricas.... Hay recursos de sobra para que todos los seres humanos vivamos con suficiencia y dignidad. Lo que no hay es voluntad política de distribuirlos, y eso no es una desgracia colectiva que nos obligue a poner a unas personas por delante de otras, como propone la derecha, sino una elección de clase. La izquierda debería decirlo con esa claridad... Hay que señalar por qué la escasez de vivienda, de plazas sanitarias o de empleos dignos es el resultado deliberado de décadas de decisiones políticas concretas. De presión fiscal insuficiente sobre las rentas más altas y el capital; de transferencias masivas de riqueza hacia arriba, consentidas o promovidas por los mismos que hoy proponen racionar lo que queda... No es un problema de origen moral (aunque también tenga esa connotación), sino de sistema económico... Estos serían los argumentos que la derecha no puede rebatir (Juan Torres López)

"La izquierda que responde con argumentos morales a un problema material está situando a la extrema derecha en el terreno del sentido común

La derecha española no ha tardado mucho en hacerse con uno de los grandes lemas del extremismo mundial, la «prioridad nacional» como criterio de reparto cuando no hay suficiente para todos

El francés Jean-Marie Le Pen utilizó el mismo término (préférence nationale) en los años ochenta del siglo pasado. La ultraderecha alemana popularizó el Deutschland zuerst (Alemania primero), lo mismo que dice Trump en Estados Unidos (America First).

Ahora lo utiliza Vox para indicar lo mismo: los recursos son limitados e insuficientes y alguien debe ir primero a la hora de disfrutarlos.

Al presentarlo así, la derecha no sólo propone sólo una medida, impone un marco: el de la escasez inevitable y la competencia entre iguales. Un terreno de juego en el que siempre lleva las de ganar, puesto que deja a un lado el problema de por qué hay escasez para poner en primer plano un aspecto moral o emocional: quién debe estar primero en la fila, quién tiene derecho prioritario de acceso a lo que está racionado.

Lo sorprendente no es que la derecha ponga esa trampa, sino que la izquierda caiga en ella y pique el anzuelo, como está ocurriendo en España.

Desde que Vox comenzó a hablar de prioridad nacional, la respuesta de los dirigentes de los diferentes partidos de izquierdas, e incluso de periodistas progresistas líderes de opinión ha sido mayoritariamente la misma.

El presidente Sánchez dijo en el Parlamento que esa propuesta «no es sino racismo, xenofobia, segregación, confrontación». Prácticamente repitió lo mismo la ministra Mónica García: Lo que hay detrás de la “prioridad nacional” del PP y VOX no es otra cosa que el mismo racismo, la misma xenofobia y la misma exclusión sanitaria que atenta contra los mismos derechos humanos que desprecian».

Y en la misma dirección se han pronunciado la dirigente de Podemos, Ione Belarra, («Es una proclama abiertamente racista»), el lider independentista Gabriel Rufián, o periodistas como Julia Otero (“¿Por qué lo llamamos prioridad nacional cuando en realidad es racismo?”) o Ignacio Escolar («El racismo de la prioridad nacional»).

Otros dirigentes, como Rodríguez Zapatero, han respondido al criterio de reparto que propone Vox como algo «ignominioso» por establecer «preferencia, superioridad, discriminación» y ser, además, anticonstitucional. En el debate electoral reciente, Montero (PSOE) recriminó al candidato de Vox porque su propuesta «criminaliza a los niños», Maíllo (Por Andalucía) reclamó empatía a quienes la defienden y García (Adelante Andalucía) le reprochó que implica mirar «a nuestros vecinos como culpables».

La respuesta generalizada de la izquierda responde a un patrón reiterado en las últimas décadas: responder con argumentos y juicios morales al problema material de reparto que plantea la derecha.

De ese modo, la izquierda fracasa necesariamente porque, ante la falta de vivienda, de servicios de salud, de plazas educativas, o de trabajos que permitan vivir dignamente, la gente corriente no piensa con categorías morales, principios éticos o reglas constitucionales.

Vox establece un hecho (no hay recursos) y la izquierda responde con un criterio moral de acceso. Un criterio sin duda loable, pero una respuesta equivocada.

La persona que carece de recursos no se pregunta si la prioridad nacional es constitucional, si encaja con el derecho europeo, si es o no discriminatoria, éticamente aceptable o moralmente inclusiva. Se plantea si con ella conseguirá más fácilmente una vivienda, bajará la lista de espera, o tendrá más oportunidades de empleo y más ayudas. Y lo que entonces le dice la izquierda es que, pensado así, es racista.

Al responder como lo está haciendo la izquierda, está aceptando el marco-trampa que le plantea la derecha (hay una lucha por los recursos limitados) y sólo se diferencia de ella donde va a perder, en el criterio de reparto. La derecha dirá que los españoles primero, y la izquierda que todos merecen disfrutarlos, pero ambas coinciden en lo fundamental, quedando entonces encerradas en un mismo marco mental: “No hay suficiente para todos”.

La derecha le señala un terreno de debate, el del mayor o menor derecho de cada persona, y la izquierda cae en la trampa al no salirse de él. Se subordina al relato (tramposo, por falso) de la derecha.

Las izquierdas lograron defender con éxito los intereses más amplios de los pueblos cuando impedían que se fragmentaran entre sí por razones de sexo, nación, etnia o religión, manteniendo a las élites fuera de foco.

Frente al discurso del «no hay recursos para todos», la izquierda no puede caer en la trampa de responder que todos tienen los mismos derechos a la hora de repartir lo escaso. Debe mostrar que esa escasez es artificialmente provocada generando una deliberada falta de financiación de aquello que se necesita.

Si no lo hace, como viene ocurriendo, está perdida porque, nos guste o no, la moral universalista moviliza menos que la promesa de protección preferente a quienes, sobre todo entre las clases precarizadas, se encuentran en situación de ansiedad y carencia material.

Cuando una persona no tiene vivienda, empleo digno o cita con el médico y le ofrecen ser la primera a la hora de acceder, es inútil decirle que sea ejemplar y no piense egoístamente, ni sea racista.

Cuesta decirlo, pero lo cierto es que la izquierda que responde con argumentos morales a un problema material está situando a la extrema derecha en el terreno del sentido común. Deja a Vox el papel de padre o madre de familia que organiza el reparto de lo escaso mientras que presenta a la sociedad como la guardiana de principios de legalidad y moral con los que, la gente desposeída, sabe que no le basta para vivir con dignidad.

El discurso moralizante en el que la izquierda lleva décadas instalada es más fácil y da un aura de superioridad ética indiscutible, pero políticamente es letal y lleva l deja en una posición subalterna, secundaria. En la que está en casi todo el mundo, incluso cuando gobierna.

Es más. A veces, la respuesta moral incluso refuerza el discurso de la extrema derecha. Por ejemplo, cuando se quiere insistir en que los inmigrantes tienen derecho porque «también aportan», «nos proporcionan ingreso», «están empleados en donde los nacionales no queremos trabajar» o «gastan menos que nosotros en servicios públicos». Es el propio discurso «progresista», cuando se fórmula en esos términos, el que pone en cuestión su aspiración universalista e igualitaria, al practicar una especie de “contabilidad identitaria” que convierte los derechos en el resultado de un balance entre costes y beneficios, entre lo que se “aporta” y lo que se “cuesta”.

Es un error discutir quién accede antes a lo escaso. Hay que mostrar por qué lo escaso sigue siéndolo en sociedades cada vez más ricas. Hay que señalar por qué la escasez de vivienda, de plazas sanitarias o de empleos dignos es el resultado deliberado de décadas de decisiones políticas concretas. De presión fiscal insuficiente sobre las rentas más altas y el capital; de infrafinanciación de los servicios públicos para que, al funcionar cada día peor, los privados parezcan inevitables y salvadores; de transferencias masivas de riqueza hacia arriba, consentidas o promovidas por los mismos que hoy proponen racionar lo que queda.

Hay recursos de sobra para que todos los seres humanos vivamos con suficiencia y dignidad. Lo que no hay es voluntad política de distribuirlos, y eso no es una desgracia colectiva que nos obligue a poner a unas personas por delante de otras, como propone la derecha, sino una elección de clase. La izquierda debería decirlo con esa claridad.

A la propuesta trampa de Vox no se puede responder con argumentos morales superiores, sino desplazando el foco. No se trata de decir a la gente «todos tenemos los mismos derechos para acceder a lo que escasea», sino que nos han arrebatado lo que nos pertenece y que tenemos delante de nosotros a los responsables.

La izquierda no se debe arrogar el papel de árbitro entre las víctimas que compiten por las migajas.

Aceptar que el problema es repartir lo escaso, lo insuficiente, obliga a seguir jugando en el campo de la derecha. El terreno que libera es otro: el que explica por qué se produce artificialmente la escasez, el que muestra los intereses de quienes la generan y la sostienen, y el que señala los instrumentos políticos y fiscales que han de utilizarse para revertirla. No es un problema de origen moral (aunque también tenga esa connotación), sino de sistema económico.

Estos serían los argumentos que la derecha no puede rebatir, pero es en ese terreno en donde la izquierda lleva demasiado tiempo sin aparecer.

Publicado en La voz del Sur el 8 de mayo de 2026."

 (Juan Torres López , Rebelión, 09/05/2026)

19.4.26

Juan Torres López: La Junta de Andalucía ha dispuesto en los últimos años de más dinero que nunca y, sin embargo, esos servicios funcionan peor. La administración de Moreno no ha sido capaz de ejecutar todo el presupuesto disponible y se ha dedicado a financiar el negocio privado... Moreno ha sido un ejemplar ejecutor de la estrategia orientada a debilitar calladamente el sector público para así justificar el apoyo financiero al privado, y eso ha provocado listas de espera gigantescas, escasez de aulas y profesionales, irregularidades, escándalos en la gestión y corruptelas de todo tipo... La gente recibe cada día peor atención, menos ayudas, servicios públicos más deteriorados y, sin embargo, las encuestas apuntan a que el Partido Popular, responsable de todo ello, volverá a ganar las elecciones... La explicación de este fenómeno no puede ser simplista y a mí se me escapa en toda su pofundidad, pero debe tener mucho que ver con lo que vienen haciendo los partidos de izquierda... La incapacidad de los dirigentes de los diferentes partidos de izquierda para coaligarse los desnuda ante la ciudadanía... Su incoherencia es brutal, no se puede decir que se defiende el bienestar de la gente y luego no alcanzar coaliciones amplias, sin las cuáles es imposible que eso se pueda conseguir... Sin embargo, la ciudadanía debe sobreponerse a la irresponsabilidad de sus representantes y votar con inteligencia, incluso a quienes no se merecen nuestro voto ni apoyo. El riesgo de deterioro económico y dictadura no es retórico, ni una metáfora más, sino real y próximo... Hemos de votar a quien defiende la democracia, la paz, los servicios públicos y la justicia social -aunque lo estén haciendo con irresponsabilidad e incoherencia- para mostrar así que no queremos que se siga avanzando por el camino de las privatizaciones y el deterioro de las libertades que llevan consigo los gobiernos del Partido Popular y Vox

 "Una vez que el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, ha convocado elecciones, ya sólo nos queda saber si se consumará el disparate de la izquierda del PSOE presentando varias candidaturas, luego votar y conocer por fin las consecuencias de la irresponsabilidad con la que han actuado todos los partidos progresistas de nuestra comunidad en los últimos tiempos.

Las encuestas predicen que ganará de nuevo el PP y algunas señalan que incluso podría hacerlo con mayoría absoluta. Algo que debería resultar extraño pues, bajo el mandato de Moreno, se ha producido un enorme deterioro en la provisión de servicios públicos esenciales, como sanidad y educación, de los que depende la vida de la inmensa mayoría del electorado.

La Junta de Andalucía ha dispuesto en los últimos años de más dinero que nunca y, sin embargo, esos servicios funcionan peor. La administración de Moreno no ha sido capaz de ejecutar todo el presupuesto disponible y se ha dedicado a financiar el negocio privado. Moreno ha sido un ejemplar ejecutor de la estrategia orientada a debilitar calladamente el sector público para así justificar el apoyo financiero al privado, y eso ha provocado listas de espera gigantescas, escasez de aulas y profesionales, irregularidades, escándalos en la gestión y corruptelas de todo tipo.  La gente recibe cada día peor atención, menos ayudas, servicios públicos más deteriorados y, sin embargo, las encuestas apuntan, como acabo de señalar, a que el Partido Popular, responsable de todo ello, volverá a ganar las elecciones con una gran subida, además, de la extrema derecha.

La explicación de este fenómeno no puede ser simplista y a mí se me escapa en toda su pofundidad, pero debe tener mucho que ver con lo que vienen haciendo los partidos de izquierda que, supuestamente, constituyen la alternativa a lo que está sucediendo.

El Partido Socialista, noqueado desde los escándalos que la derecha judicial urdió con la complicidad indisimulada del PP para acabar con su hegemonía, ha hecho oposición en régimen mediopensionista, de fin de semana. Cuando más se necesitaban dirigentes pegados al terreno denunciando lo que estaba pasando, su candidata estaba en Madrid. No me cabe la menor duda de allí ha tratado de defender lo mejor posible los intereses de Andalucía gestionando las cuentas públicas y la administración del Estado. Pero la tarea de una candidata a la presidencia de la Junta de Andalucía no es esa, sino la de tratar de alcanzar esa representación en las urnas. Un objetivo a cuyo alcance no ha contribuido su actividad en el gobierno de la Nación. Hasta ella misma ha dicho que jugaba en la champions, como la mujer más poderosa de nuestra historia democrática, y que venir a Andalucía es algo así como fichar por un equipo de segunda división. En lugar de liderar la oposición a pie de obra en nuestra tierra, ella misma ha escrito la partitura con la que Moreno la criticará en campaña al haber sido autora de un diseño de financiación autonómica para contentar al soberanismo catalán basado en principios que rompen la equidad y solidaridad interterritorial que son cruciales para Andalucía.

A su izquierda, lo ocurrido es sencillamente un disparate, una muestra de irresponsabilidad política en grado sumo. La incapacidad de los dirigentes de los diferentes partidos para coaligarse los desnuda ante la ciudadanía. Nada hay que pueda justificar sus personalismos y vergonzoso comportamiento, las alianzas segmentadas de mesa camilla entre siglas que no tienen nada detrás y sin otro fin que salvaguardar nóminas, prebendas y financiación a partidos endeudados hasta las cejas. Su incoherencia es brutal: no se puede decir que se defienden los servicios públicos y el bienestar de la gente y luego no alcanzar acuerdos y coaliciones amplios, cuando estos son condición previa y sin la cual es imposible que eso se pueda conseguir.

Andalucía no se merece lo que le han hecho los dirigentes de las organizaciones de la izquierda. Mucho menos, en circunstancias tan excepcionales como las actuales, en medio de dos guerras que pueden afectarnos directamente en cualquier momento, bajo la amenaza de una gran crisis económica y cuando la extrema derecha, cada día más agresiva y totalitaria se propone destruir la democracia.

Sin embargo, es en estos momentos cuando la ciudadanía mínimamente consciente de todo ello debe sobreponerse a la irresponsabilidad de sus representantes y votar con inteligencia, incluso a quienes no se merecen nuestro voto ni apoyo. El riesgo de involución, de guerra, de deterioro económico y dictadura no es retórico, ni una metáfora más, sino real y próximo. Basta ver lo que está sucediendo en países como Argentina, Hungría o Estados Unidos, en donde ya se persigue sin disimulo a los adversarios políticos.

No podemos dejar de utilizar nuestro voto porque este es un instrumento fundamental para señalar por dónde queremos ir. En estos momentos es más necesario que nunca y no usarlo ahora nos haría ser tan irresponsables como lo han sido los dirigentes de la izquierda andaluza. Hemos de votar a quien defiende la democracia, la paz, los servicios públicos y la justicia social -aunque lo estén haciendo con irresponsabilidad e incoherencia- para mostrar así que no queremos que se siga avanzando por el camino de la guerra, las privatizaciones y el deterioro de las libertades que llevan consigo los gobiernos del Partido Popular y Vox. Y hemos de esforzarnos para mostrar, al mismo tiempo, que ese voto es también de censura hacia los dirigentes de las izquierdas que habrán sido los directos responsables de lo que todo indica que será un nuevo retroceso en bienestar y equidad, tras las elecciones del 17 de mayo. Es muy posible que la tremenda irresponsabilidad del PSOE y de los demás partidos a su izquierda impida a estas alturas que la derecha y la extrema derecha sigan haciendo en Andalucía lo que hacen. Pero lo que es totalmente seguro es que, sin nuestro voto, incluso a quien nos duela votar, iremos a peor."

(Juan Torres López, blog, 28/03/26) 

27.12.25

Uno de los rotos más grandes que afrontan las izquierdas es la pérdida de apoyo en las ciudades pequeñas e intermedias, como muestran las elecciones en Extremadura... El malestar en los territorios interiores, y en sus ciudades pequeñas e intermedias puede ser explicado desde los cambios operados en la época global... En ellas ha crecido un sentimiento de haber sido relegadas, cuando no olvidadas, en las que resuenan nuevas preguntas: ¿por qué nadie nos presta atención? ¿Por qué se ignoran nuestras necesidades? Cuando esos interrogantes se expresan en voz alta a menudo, las derechas resultan beneficiadas por el simple hecho de que en España gobiernan los socialistas y sus socios. Es sencillo, y es una baza que el PP juega con insistencia... también hay malestares que se formulan en términos personales: ¿las personas como yo le importamos a alguien? ¿Somos tenidos en cuenta? A veces, esas cuitas se expresan de maneras más hostiles: ¿se están riendo de nosotros? Esta reacción afecta a ambos lados del espectro político, pero hacen más daño a las izquierdas, porque están en el gobierno y porque sus ideas se anclan en una mirada de gran ciudad... El sentimiento antiestablishment, que se traduce en el alejamiento de las urnas de parte de la población y en el acercamiento a las opciones políticas que prometen un cambio más contundente, en especial en regiones a las que les falta impulso, proviene de estos fuegos. Hay gente que se siente olvidada, y con razón, y no está obteniendo una respuesta. Con ese suelo, es bastante fácil que penetren las ideas que afirman “lo que nos negáis a nosotros se lo dais a los catalanes” (o a los vascos, o a las ONG, o a los chiringuitos de vuestros amigos), y “las ayudas que no nos llegan van a parar a los inmigrantes”. La reacción contra los impuestos también proviene de ahí (Esteban Hernández)

 "(...) El agujero de la izquierda

Extremadura señala que España se ha ido desplazando hacia la derecha, pero no solo políticamente, también en el plano social. España ya no es sociológicamente de izquierdas, y ese es un giro que se tiene que anotar con mayúsculas. Y es más significativo en la medida en que en las regiones más desfavorecidas del país, las que muestran mayor desgaste económico, domina electoralmente la derecha.

Uno de los rotos más grandes que afrontan las izquierdas es la pérdida de apoyo en las ciudades pequeñas e intermedias

Este cambio no puede explicarse sin reparar en uno de los rotos más grandes que afrontan las izquierdas, y especialmente el PSOE, que es el partido dominante en ellas: las ciudades pequeñas e intermedias. En las últimas elecciones generales, donde los socialistas crecieron en votos respecto de las autonómicas y municipales celebradas pocos meses antes, el agujero en las capitales era significativo, salvo al norte del Ebro.

Extremadura ha mostrado de manera nítida esa deriva, con el PSOE en descenso en el mundo urbano (un entorno de ciudades pequeñas e intermedias), al igual que ocurre en Castilla y León y en Andalucía. Las elecciones andaluzas aportarán todavía más luz al respecto. La izquierda perdió las capitales hace tiempo, pero conservaba tirón en muchas ciudades de provincia. Ahí está todavía su esperanza de obtener un buen resultado. El PSOE puede resistir en los entornos rurales, pero necesita de un empujón en las ciudades. De momento, la tendencia es a la baja, también ahí.

Los fuegos que no se apagan

El malestar en los territorios interiores, y en sus ciudades pequeñas e intermedias puede ser explicado desde los cambios operados en la época global. Las grandes urbes concentraron recursos, inversión, empleo y posibilidades de futuro, mientras otras sentían el peso del declive. En ellas ha crecido un sentimiento de haber sido relegadas, cuando no olvidadas, en las que resuenan nuevas preguntas: ¿por qué nadie nos presta atención? ¿Por qué se ignoran nuestras necesidades? Cuando esos interrogantes se expresan en voz alta a menudo, las derechas resultan beneficiadas por el simple hecho de que en España gobiernan los socialistas y sus socios. Es sencillo, y es una baza que el PP juega con insistencia, responsabilizar al Gobierno de Sánchez de las condiciones insuficientes en que se desenvuelve la vida cotidiana muchos territorios.

Pero este es un momento antiestablishment, y del mismo modo que no le basta a las izquierdas con agitar la irrupción de la extrema derecha para movilizar a sus electores, al PP le está llegando ese instante en el que señalar a Sánchez como responsable ya no le permite crecer. Vox obtiene rédito del malestar, porque la confianza en los partidos tradicionales decae. Si el PSOE gobierna en Madrid, el PP lo hace en muchas comunidades y ayuntamientos. Las campañas contra el bipartidismo hacen efecto.

"No pensáis en nosotros, no os importamos" es una convicción que arraiga en los jóvenes que giran a la derecha, pero también en sus padres

Además del desencanto territorial, que opera en muchas comunidades que se sienten maltratadas, también hay malestares que se formulan en términos personales: ¿las personas como yo le importamos a alguien? ¿Somos tenidos en cuenta? A veces, esas cuitas se expresan de maneras más hostiles: ¿se están riendo de nosotros? Esta reacción afecta a ambos lados del espectro político, pero hacen más daño a las izquierdas, porque están en el gobierno y porque sus ideas se anclan en una mirada de gran ciudad.

Pero, en segunda instancia, salen perjudicadas por su posición ideológico-electoral. Han priorizado confrontar con las ideas de la extrema derecha, por convicción y por táctica electoral, de manera que, en lugar de proponer soluciones para el conjunto de la población, se han centrado en aquellos sectores en los que confían para detener la deriva reaccionaria: los jóvenes, el feminista, el que apoya la inmigración y el que aboga por otra estructura territorial. Ese programa ha sido entendido en muchos lugares con una suerte de arrinconamiento, de desdén para quienes no coinciden con él, con una sensación de haberse convertido en ciudadanos de segunda. Se aprecia especialmente en los jóvenes que han girado hacia la derecha, pero también en sus padres: “No pensáis en nosotros, no os importamos”.

Este sentimiento se hace todavía mayor en muchas ciudades pequeñas, así como en las poblaciones rurales, porque la pérdida de servicios públicos y, por tanto, de calidad de vida, les hace verse maltratados: “No solo no nos ayudáis, sino que nos hacéis la vida más difícil; parece que estáis haciendo todo lo posible para que nos vayamos de nuestro pueblo. Parece que sobramos”.

El sentimiento antiestablishment, que se traduce en el alejamiento de las urnas de parte de la población y en el acercamiento a las opciones políticas que prometen un cambio más contundente, en especial en regiones a las que les falta impulso, proviene de estos fuegos. Hay gente que se siente olvidada, y con razón, y no está obteniendo una respuesta. Con ese suelo, es bastante fácil que penetren las ideas que afirman “lo que nos negáis a nosotros se lo dais a los catalanes” (o a los vascos, o a las ONG, o a los chiringuitos de vuestros amigos), y “las ayudas que no nos llegan van a parar a los inmigrantes”. La reacción contra los impuestos también proviene de ahí. El error consiste en fijarse en las respuestas, y en catalogarlas mediante connotaciones políticas negativas, en lugar de escuchar las preguntas."             (Esteban Hernández , El Confidencial , 24/12/25)

20.12.25

El triunfo de Kast en Chile forma parte de la ola de ira que ha barrido América Latina desde El Salvador hasta Argentina... Es consecuencia del colapso de la agenda liberal que intentó mantener rígidas políticas de austeridad económica junto con programas sociales limitados, y es el resultado del fracaso de la izquierda a la hora de construir una agenda sólida que satisfaga las demandas de los levantamientos sociales que han estallado puntualmente contra la austeridad y la jerarquía... A pesar del fin de la dictadura militar hace treinta y cinco años, las estructuras establecidas por Pinochet siguen vigentes... Pinochet privatizó una de las principales empresas mineras, la Sociedad Química y Minera (SQM), que fue adquirida por su yerno Julio Ponce Lerou (entonces casado con su hija Verónica), la nieta de Pinochet dirige ahora la empresa... Estas características de la oligarquía y su consolidación durante la era Pinochet son cruciales para la prominencia y el ascenso de Kast... figuras como Kast no surgen por casualidad. Son convocadas por las élites cuando la democracia amenaza con volverse demasiado democrática, cuando el pueblo comienza a pedir dignidad en lugar de permiso... Boric no logró nada, e incluso fracasó la reforma constitucional. Al desaparecer la promesa de movilidad social para la población, especialmente para los jóvenes, aumentó el descontento. El centroizquierda perdió su legitimidad y ese descontento se convirtió una vez más en desilusión (Vijay Prashad)

 "El 14 de diciembre ocurrió lo previsible: José Antonio Kast, el candidato del partido ultraderechista Partido Republicano, se impuso a Jeannette Jara, del Partido Comunista de Chile, por un 58,16 % frente a un 41,84 %. Kast se presentó como candidato de la plataforma Cambio por Chile y contó con el respaldo de todos los partidos de la derecha tradicional y el centro-derecha. Jara, por su parte, era la candidata de Unidad por Chile, que aglutinaba a los partidos de centro-izquierda, incluido el bloque del actual presidente de Chile, Gabriel Boric, el Frente Amplio.

En la primera vuelta de las elecciones, Jara había sido la candidata líder con un 26,58 % de los votos, mientras que Kast obtuvo un 23,92 %. Pero esto era engañoso. Los dos candidatos de derecha que inmediatamente respaldaron a Kast, Johannes Kaiser (con un 13,94 %) y Evelyn Matthei (con un 12,46 %), le proporcionaron una ventaja aritmética del 50,32 %. La pregunta para Jara era si podría superar el 30 %. El hecho de que acabara con más del 40 % es en sí mismo un logro notable. No es fácil para la población chilena, impregnada de anticomunismo durante varias generaciones (especialmente durante la dictadura militar de 1973 a 1990), plantearse votar a una comunista para la presidencia, aunque su oponente sea un hombre de extrema derecha.

La llegada de Kast a La Moneda, el palacio presidencial, forma parte de la ola de ira que ha barrido América Latina desde El Salvador hasta Argentina. Su victoria no es del todo única. Es consecuencia del colapso de la agenda liberal que intentó mantener rígidas políticas de austeridad económica junto con programas sociales limitados, y es el resultado del fracaso de la izquierda a la hora de construir una agenda sólida que satisfaga las demandas de los levantamientos sociales que han estallado puntualmente contra la austeridad y la jerarquía.

El hijo de la dictadura

José Antonio Kast es producto de la larga sombra de Chile, donde el legado sin resolver de la dictadura militar se filtra en el presente. Nacido en 1966 en el seno de una familia de inmigrantes alemanes, Kast surgió de los bastiones conservadores de la política chilena, primero como miembro de la Unión Democrática Independiente, el partido más fiel al proyecto de Augusto Pinochet. Su formación política es inseparable de esa historia: una defensa impenitente del orden neoliberal impuesto por la fuerza y un autoritarismo moral disfrazado de «tradición».

El padre de Kast, Michael Martin Kast Schindele, sirvió en la Wehrmacht (el ejército alemán) y fue miembro del Partido Nazi. Tras la derrota de Alemania, Michael Kast huyó de la custodia aliada en Italia, regresó a Baviera, escapó del proceso de desnazificación de la posguerra y emigró a Argentina y luego a Chile a través de las rutas de escape del Vaticano. En Santiago, en 1950, Kast fundó una empresa de embutidos y amasó una fortuna. Su hijo mayor, Miguel Kast —un «chico de Chicago»— fue ministro de Trabajo y presidente del Banco Central bajo el gobierno militar del general Augusto Pinochet. Toda la familia apoyó a Pinochet. Cuando La Tercera le preguntó sobre Pinochet en 2017, José Antonio Kast respondió: «Defendí su gobierno, pero nunca tomé ni un café con él. No hay que ser muy imaginativo para pensar que, si estuviera vivo, votaría por mí. Ahora bien, si me hubiera reunido con él, habríamos tomado un té en La Moneda».

Kast no puede ser responsable de su padre. Ha dicho que el nazismo es una ideología con la que no está de acuerdo, y hay que creerle. Por otro lado, la facilidad con la que abraza la dictadura militar de Pinochet debería dar que pensar. Durante el levantamiento social en Chile en 2019, Kast se reinventó como el defensor del chileno común contra los migrantes, las feministas, los socialistas, los comunistas y las demandas mapuches contra el cruel orden social. Kast tomó prestado de la extrema derecha global: fantasías de ley y orden, nostalgia por las antiguas jerarquías de raza y género, y un desprecio despiadado por los movimientos sociales que se atreven a desafiar la desigualdad arraigada.

Lo que hace peligroso a Kast no es su originalidad, ya que no hay nada original en sus ideas ni en su lugar en la sociedad. Es su familiaridad lo que resulta peligroso. A pesar del fin de la dictadura militar hace treinta y cinco años, las estructuras establecidas por Pinochet siguen vigentes. Esto incluye la Constitución de 1980, que ahora parece eterna porque fracasaron dos intentos de revisarla (en 2022 y 2023). Es fundamental señalar que la realidad de Chile incluye las relaciones de propiedad reorganizadas durante la dictadura para favorecer a la oligarquía, incluidos los propios familiares de Pinochet. Durante la dictadura, Pinochet privatizó una de las principales empresas mineras, la Sociedad Química y Minera (SQM), que fue adquirida por su yerno Julio Ponce Lerou (entonces casado con su hija Verónica). Este tipo de piratería impulsada por la dictadura se mantuvo intacta tras el fin de la dictadura (la nieta de Pinochet dirige ahora la empresa).

Estas características de la oligarquía y su consolidación durante la era Pinochet son cruciales para la prominencia y el ascenso de Kast. Él habla un lenguaje utilizado durante mucho tiempo en Chile para justificar esta desigualdad: que los mercados son sagrados, que la disciplina es una virtud y que la memoria debe ser silenciada. En momentos de crisis, figuras como Kast no surgen por casualidad. Son convocadas por las élites cuando la democracia amenaza con volverse demasiado democrática, cuando el pueblo comienza a pedir dignidad en lugar de permiso. Tomará posesión de su cargo el 11 de marzo de 2026.

¿Volverá a levantarse Chile?

Un levantamiento social masivo que comenzó en octubre de 2019 reunió a muchos sectores de la sociedad chilena que habían sentido el duro impacto de la austeridad neoliberal. No se trató de una rebelión espontánea, sino del resultado de décadas de agravios acumulados, arraigados en la desigualdad, la privatización y la humillación social, agravios que habían sido cuestionados durante mucho tiempo por diversas fuerzas sociales organizadas en movimientos y plataformas. Esa protesta condujo a la victoria del centroizquierdista Gabriel Boric en 2021, pero el Gobierno de Boric fue simplemente incapaz de romper con el consenso y proporcionar al país una nueva agenda para los nuevos tiempos. Fue casi un gobierno interino entre un presidente de derecha (Sebastián Piñera, 2010-2014 y 2018-2022) y otro. Las calles están más tranquilas ahora que en 2019, pero las condiciones estructurales que provocaron ese levantamiento no se han desmantelado.

Cuando conocí a Boric antes de que asumiera el cargo, estaba convencido de que su gobierno sería capaz de reformar el sistema de pensiones y tal vez abordar las crisis de la sanidad, la educación y la vivienda. En realidad, no se logró nada, e incluso fracasó la reforma constitucional. Al desaparecer la promesa de movilidad social para la población, especialmente para los jóvenes, aumentó el descontento. El centroizquierda perdió su legitimidad y ese descontento se convirtió una vez más en desilusión. Existe una sensación generalizada de agotamiento político y traición. Las instituciones parecen incapaces de traducir las demandas populares en cambios reales, lo que refuerza la idea de que votar, aunque sea obligatorio, no puede inaugurar un mundo nuevo. Esta desmoralización es una fuerza social real, que llevó a una gran parte de los votantes de Jara a votar para bloquear a Kast en lugar de votar con entusiasmo por Jara.

La edad media en Chile es de 38 años. Muchos jóvenes chilenos entraron en la edad adulta en medio del levantamiento social de la última década, luego de una pandemia y, finalmente, de lo que parece ser una inflación permanente. Con el fracaso de la ratificación de una nueva Constitución y la victoria de Kast, la voz de los jóvenes chilenos que reclaman un futuro diferente se verá sin duda silenciada. Pero no permanecerá silenciada por mucho tiempo. Tendrá que aceptar el terrible programa de Kast: la continua militarización del territorio mapuche en el sur, la criminalización de las protestas y la expansión de un Estado que se prepara para la contención, no para la redistribución. La agenda de Kast no eliminará los disturbios, sino que los pospondrá por un tiempo, solo para agudizar su eventual regreso a las calles. Cuando Kast envíe a la policía a golpear a los manifestantes, sus seguidores se refugiarán sin duda en el lenguaje de la legalidad, mientras que sus oponentes hablarán de la ilegitimidad del régimen. Si Kast no puede aplicar políticas para contener la inflación y el desempleo, la desigualdad aumentará y generará su propia furia.

Si se produce un nuevo levantamiento social, ¿cuál será su tema central? ¿Y serán capaces quienes lo lideren de generar un proyecto político creíble capaz de canalizar esa ira hacia la transformación? Si no existe tal proyecto, una repetición de 2019 podría pasar de la explosión a la decepción y luego al desánimo total. Dependerá de Jara y de quienes la rodean elaborar una agenda para defender los derechos constitucionales de los ciudadanos frente al gobierno de Kast y luego dar forma a un proyecto que sea creíble y deseable. El levantamiento social de 2019 no es un capítulo cerrado, sino una frase inconclusa. Dentro de esa frase inconclusa se encuentran los años de Boric (2022-2026), que son más que nada un retraso. La dignidad sigue siendo la demanda. Puede que se reafirme, pero solo cuando se agote de nuevo la paciencia." 

( , Counter Punch, 19/12/25, traducción DEEPL

15.10.25

Por qué los estadounidenses odian al Partido Demócrata... La mayoría de los votantes no rechazan a los demócratas por la guerra cultural. Los rechazan porque no cumplen sus promesas... solo el 29 por ciento de los estadounidenses tiene una opinión favorable del Partido Demócrata... más del 70 por ciento de los votantes del Rust Belt tienen una opinión negativa del partido, por su percepción de incapacidad para llevar a cabo políticas que ayuden a la gente común (Jared Abbott)

 "Con la aprobación del presidente Donald Trump profundamente por debajo del agua, y las opiniones de los estadounidenses sobre su manejo de la economía más de 20 puntos más negativas que el día de su inauguración, un observador ingenuo de la política estadounidense podría esperar que la fortuna de los demócratas estuviera en ascenso.

Nada de eso. Una reciente encuesta de CNN/SSRS de marzo de 2025 encontró que solo el 29 por ciento de los estadounidenses tiene una opinión favorable del Partido Demócrata. Ese es el número más bajo desde que SSRS comenzó a hacer la pregunta en 2002.

Este sentimiento abrumadoramente negativo hacia los demócratas fue confirmado por un nuevo estudio de votantes en cuatro estados del Rust Belt (Michigan, Ohio, Pennsylvania y Wisconsin) realizado por el Centro para la Política de la Clase Trabajadora (CWCP), el Instituto Laboral y la Universidad de Rutgers. Encontró que más del 70 por ciento de los votantes del Rust Belt tienen una opinión negativa del partido.

Pero la encuesta de CWCP/Instituto Laboral/Rutgers fue más allá de simplemente preguntar a los encuestados cómo se sentían acerca del partido. Más bien, los investigadores querían saber si había un efecto negativo discernible de postularse como demócrata en comparación con postularse como independiente en los cuatro estados probados. Para responder a esta pregunta, la encuesta evaluó la favorabilidad de los encuestados hacia candidatos populistas económicos que empleaban un lenguaje idéntico sobre la avaricia corporativa, la reducción de costos y la protección de empleos, excepto que algunos eran descritos como demócratas y otros como independientes.

El resultado fue contundente: los candidatos descritos como demócratas obtuvieron de 10 a 16 puntos menos en Michigan, Wisconsin y Ohio que los independientes idénticos que presentaron el mismo discurso. Pensilvania fue la única excepción donde esta "penalización demócrata" no apareció. El arrastre fue mayor entre los encuestados de clase trabajadora, latinos y de áreas rurales/pequeñas ciudades, precisamente los bloques que los demócratas deben ganar para llevar los estados clave con una fuerte presencia de clase trabajadora.

A continuación, los investigadores del CWCP/Instituto Laboral/Rutgers querían saber por qué a tantas personas no les gusta el Partido Demócrata, pero queríamos una respuesta que no simplemente reflejara las ideas preconcebidas de los encuestadores o consultores. Muchas encuestas —incluida esta a menudo citada y particularmente condenatoria realizada por Blueprint en noviembre de 2024— presentan a los encuestados explicaciones preescritas (“demasiado centrados en la política de identidad”, “demasiado a la izquierda”, “elitista”, y así sucesivamente) y les piden que estén de acuerdo o en desacuerdo. Tales instrumentos nos dicen si los votantes marcarán una casilla que les hemos dado. Pero no nos dicen lo que los votantes dicen cuando no les estamos poniendo palabras en la boca.

Entonces, la encuesta de CWCP/Instituto Laboral/Rutgers hizo algo diferente. Le hicimos a los votantes del Rust Belt una sola pregunta abierta: "Cuando piensas en el Partido Demócrata, ¿qué te viene a la mente?" Luego utilizamos análisis de texto para resumir miles de respuestas no solicitadas.

Contrario a muchos análisis que han culpado a los demócratas por mantener posiciones extremas en cuestiones sociales y culturales que alienaron a los votantes indecisos, el tema dominante que observamos fue la ira de los votantes hacia el Partido Demócrata por no cumplir con sus promesas. Entre los encuestados demócratas e independientes, la crítica más común al Partido Demócrata fue su percepción de incapacidad para llevar a cabo políticas que ayuden a la gente común.

Un encuestado demócrata sintió que el partido estaba "bien intencionado, [pero] pobre [en] ejecución." Otro creía que “el Partido Demócrata habla mucho pero ha logrado poco en los últimos años.” Un tercero lo expresó de manera sucinta: "Algunas buenas ideas, pero muy ineficaces para llevarlas a cabo." Muchos independientes expresaron frustraciones similares, describiendo a los demócratas como "Personas que ofrecen palabras vacías pero no están interesadas en cambiar el statu quo," lamentando que los demócratas no hagan "lo que fueron elegidos para hacer," o diciendo, "Estoy tan decepcionado con el Partido Demócrata y siento que no han representado a sus electores en mucho tiempo."

De manera relacionada, porcentajes sustanciales tanto de independientes como de republicanos enfatizaron que sienten que el Partido Demócrata no es de fiar, ya sea porque mienten o porque son corruptos. Un encuestado republicano informó que siente que el Partido Demócrata “se ha vuelto extremadamente corrupto mientras señala con el dedo a otros. [Están] más interesados en ayudarse a sí mismos que en ayudar a sus electores.” En una línea similar, un encuestado independiente acusó a los demócratas de ser el "partido de los ricos y fraudulentos".

Tanto los independientes como los republicanos eran más propensos que los encuestados demócratas a describir al partido como desconectado o alienante. Un independiente típico lo expresó claramente: "Están desconectados y han olvidado quiénes son." Otros fueron aún más cáusticos, llamando a los demócratas "completamente desconectados, unos idiotas," que están "enfocados en las prioridades equivocadas."

Algunas de estas críticas de "desconexión/alienación" claramente tienen matices culturales, pero no fueron el principal motor del descontento. Solo el 11 por ciento de los independientes y el 19 por ciento de los republicanos mencionaron explícitamente la "conciencia social" o el extremismo ideológico en su descripción del Partido Demócrata. Entre aquellos que lo hicieron, el lenguaje, como era de esperar, podía ser mordaz: los demócratas fueron etiquetados como "comunistas y traidores", "un grupo de payasos woke" y "perjudiciales para los niños, las familias y el país".

La conclusión es que, aunque algunos votantes se sintieron desanimados por lo que consideraban posiciones demasiado progresistas de los demócratas en cuestiones sociales y culturales, estas no eran las preocupaciones dominantes de los votantes del Rust Belt. Este hallazgo contrasta con las encuestas post-electorales de alto perfil de grupos como Blueprint, que sugirieron que la mayoría de los votantes indecisos de 2024 creen que los demócratas “tienen ideas extremas sobre raza y género” y están generalmente “demasiado enfocados en la política de identidad.”

Para llegar a los votantes indecisos en los estados clave, entonces, los demócratas no necesitan imitar a Trump en temas divisivos; necesitan demostrar que están alineados con la clase trabajadora, dispuestos a confrontar intereses poderosos y capaces de producir ganancias concretas. Nada de esto elimina las vulnerabilidades culturales del partido — especialmente en torno a la percepción de que los demócratas son elitistas y condescendientes — pero la evidencia sugiere que la mayoría de los votantes que tienen opiniones negativas sobre el Partido Demócrata están motivados menos por la guerra cultural y más por un juicio más amplio de que el partido está capturado por las élites y no está logrando beneficios tangibles para la clase trabajadora.

Si los demócratas tienen alguna esperanza de capitalizar las crecientes vulnerabilidades políticas de los republicanos, necesitan trabajar incansablemente para mostrar a los votantes escépticos —que se sienten decepcionados por décadas de falsas promesas— que son serios en su intención de recuperar el abrigo del partido de la clase trabajadora de América." 

(Jared Abbott , JACOBIN, 15/10/25, traducción Quillbot, enlaces en el original)

21.8.25

Lecciones de Bolivia: Evo Morales logró sacar a más de 3 millones de bolivianos de la pobreza en sus 13 años de gobierno. Más aún. La pobreza extrema, una de las condiciones sociales más difíciles de erradicar, bajó del 38 al 15 % y la desigualdad se redujo, según el coeficiente de Gini, de 0.60 a 0.47. Por ello, Bolivia fue clasificada en el Informe Mundial de Desarrollo Humano de 2018 como un país de “desarrollo alto”. Su bonanza estaba cimentada en cuatro ejes: la nacionalización de recursos estratégicos, el estímulo al mercado interno, la inversión pública en infraestructura y la industrialización del el gas y el litio... Bolivia era entonces ejemplo a seguir para las izquierdas en América latina. El golpe de Estado de 2019 provocó una grave crisis política, social, institucional y económica, que se vio profundizada por la pandemia. Pero, los sectores populares que sostuvieron el proceso de cambio lograron una proeza: recuperarse del golpe y regresar al poder en un año, por la vía democrática... Sin embargo, algo falló en el plan. La responsabilidad de mantener el proyecto político fue entregada a Luis Arce. Y Arce arrastró a Bolivia a un precipicio con decisiones equivocadas, el retroceso del Estado como actor económico central y la obsesión por quitar a Evo del camino. Arce hizo todo lo que pudo para destruir el liderazgo de Evo Morales, con la toma violenta de las organizaciones sociales, la inhabilitación de Evo Morales, el atentado contra su vida, la persecución y el encarcelamiento de más de cien personas que protestaron contra la proscripción y pagos a jueces y vocales el Tribunal Supremo Electoral para sacarlo del tablero electoral... Hacia el final de su gestión, la combinación de desabastecimiento, inflación y falta de dólares había provocado una crisis multidimensional... la lección que dejan los resultados electorales de Bolivia tiene que ver con las fracturas en los movimientos populares y la incapacidad de sus líderes de llegar a acuerdos ante un enemigo común... En medio de esa refriega entre los candidatos del movimiento popular, nadie vio venir el crecimiento de Rodrigo Paz, un centroderechista que se presenta como un outsider, ni el corrimiento del voto popular de jóvenes que, hartos de la situación económica y la crisis política, eligieron a la derecha (Diario Red)

 "Evo Morales logró sacar a más de 3 millones de bolivianos de la pobreza en sus 13 años de gobierno. Más aún. La pobreza extrema, una de las condiciones sociales más difíciles de erradicar, bajó del 38 al 15 % y la desigualdad se redujo, según el coeficiente de Gini, de 0.60 a 0.47. Por ello, Bolivia fue clasificada en el Informe Mundial de Desarrollo Humano de 2018 como un país de “desarrollo alto”.

Su bonanza estaba cimentada en cuatro ejes: la nacionalización de recursos estratégicos, el estímulo al mercado interno, la inversión pública en infraestructura y la industrialización del el gas y el litio. A ese crecimiento económico sostenido se agregaba una transformación política, con una nueva Constitución que debatió las bases del Estado Plurinacional. Bolivia era entonces ejemplo a seguir para las izquierdas en América latina.

El golpe de Estado de 2019 provocó una grave crisis política, social, institucional y económica, que se vio profundizada por la pandemia. Pero, los sectores populares que sostuvieron el proceso de cambio lograron una proeza: recuperarse del golpe y regresar al poder en un año, por la vía democrática. Sin embargo, algo falló en el plan. La responsabilidad de mantener el proyecto político fue entregada a Luis Arce, quien había sido Ministro de Economía del gobierno de Morales. Y Arce arrastró a Bolivia a un precipicio con decisiones equivocadas, el retroceso del Estado como actor económico central y la obsesión por quitar a Evo del camino. Hacia el final de su gestión, la combinación de desabastecimiento, inflación y falta de dólares había provocado una crisis multidimensional que debilitó la capacidad del Estado para cumplir funciones redistributivas, estabilizadoras y productivas

Bolivia vive hoy una crisis energética de magnitudes impensadas, contaba hace dos meses Adriana Salvatierra en Diario Red. «Desde fines de 2023, el país sufre constantes olas de escasez de combustibles. En los momentos más críticos, las personas pasan más de seis horas en fila para conseguir gasolina o diésel, afectando la producción y el transporte, mientras camiones, maquinarias y buses pueden esperar hasta tres días para abastecerse». Arce, quien fue electo en 2020 con 55% de los votos, terminó su mandato con apenas 1% de intención de voto, tuvo que renunciar a la candidatura presidencial y puso en la cuerda floja la existencia del MAS-IPSP, partido que ganó cinco elecciones consecutivas desde 2005.

Al desastre económico y social hay que agregarle otro elemento: Arce hizo todo lo que pudo para destruir el liderazgo de Evo Morales, como dice Sacha Llorenti en estas mismas páginas: ”el robo de la sigla del MAS-IPSP, la anulación de toda posibilidad de participación con otra sigla, la toma violenta de las organizaciones sociales, la inhabilitación de Evo Morales, el atentado contra su vida, la persecución y el encarcelamiento de más de cien personas que protestaron contra la proscripción y, como fue denunciado por Diario Red, pagos a jueces y vocales el Tribunal Supremo Electoral para sacarlo del tablero electoral”.

La primera lección que nos dejan los resultados electorales de Bolivia, entonces, obliga a pensar en la elección del sucesor de quienes encabezan los grandes proyectos transformadores. Lo mismo en Ecuador, con Lenin Moreno, que en Argentina, con Albero Fernández, y ahora en Bolivia, dejar la responsabilidad de mantener un proyecto político en las manos equivocadas puede llevar el país a un barranco.

Una segunda lección tiene que ver con las fracturas en los movimientos populares y la incapacidad de sus líderes de llegar a acuerdos ante un enemigo común. Así, Andrónico Rodríguez decidió postularse sin escuchar al bloque popular que pedía respaldar a Morales y el expresidente decidió acusar traición de Rodríguez, negando un respaldo que habría puesto la candidatura del joven político en el campo de batalla.

En medio de esa refriega entre los candidatos del movimiento popular, nadie vio venir el crecimiento de Rodrigo Paz, un centroderechista que se presenta como un outsider, y que, en esta primera vuelta, sorprendió a propios y extraños al ponerse a la cabeza del proceso. Nadie vio venir, tampoco, el corrimiento del voto popular de jóvenes que, hartos de la situación económica y la crisis política, eligieron a la derecha." 

( Editorial, Diario Red, 18/08/25)

1.8.25

Después de Sánchez, ¿qué? El fin del gobierno de Sánchez puede ser el fin de la izquierda en nuestro país... ¿Hay un plan alternativo para revertir la situación? ¿Resistir por resistir? El escenario europeo e internacional no invita al optimismo. La palabra clave es militarización de la política y de la sociedad, rearme general, incremento de la deuda pública y cuestionamiento a fondo de lo que va quedando del Estado Social... hace falta entender cuatro asuntos: el agotamiento histórico de lo que fue el 15M y el fracaso de Podemos... el secesionismo catalán y el surgimiento de un nacionalismo español de masas entorno a Vox... las derechas mayoritarias en la sociedad y en la política, y el gobierno a la defensiva y sin proyecto... unos poderes facticos que han decidido poner fin a este gobierno para entran en una nueva etapa... Estamos, aquí y ahora, ante un proceso destituyente... ¿Por qué los poderes facticos han decido poner fin al gobierno de Pedro Sánchez? Los que mandan han decido que hace falta alinearse con una UE en proceso, el enésimo, de refundación y giro radical, insisto, hacia la militarización; ese es el dato políticamente relevante y que marcará la fase, porque es necesario y urgente un giro radical hacia la derecha, cumplir las directivas que vienen de arriba (OTAN, UE, EEUU), imponer políticas de austeridad para garantizar el rearme y, sobre todo, reducir el gasto social. A mi juicio, este gobierno de VOX y del PP buscará limitar el poder contractual de las clases populares, debilitar aún más el papel de los sindicatos y acelerar la deconstrucción del Estado Social... Trump, Meloni, Abascal ganan fuerza, obtienen votos por oponerse a las consecuencias de las políticas neoliberales y, paradoja de las paradojas, que ellos defienden mucho más allá que los (neo)liberales. Ellos, las derechas extremas, son el recambio necesario de esta UE dirigida por la OTAN... O el gobierno pasa a lo ofensiva en los temas centrales (guerra, rearme, derechos sociales y laborales, democratización del poder judicial) o pasar a la oposición... hay que dar una señal clara de que se está por otra cosa y que se afrontan los retos de frente, con coraje y con firmeza (Manolo Monereo)

"Parece que la mayoría de gobierno y aquellos que lo apoyan se han tranquilizado; Pedro Sánchez, cada vez más demacrado, resiste y no habrá elecciones. Tezanos sabe su oficio: ir a las urnas ahora es dar el gobierno a las derechas unificadas. Todo menos eso, se repite una y otra vez. La pregunta hay que hacerla: ¿hay un plan alternativo para revertir la situación? ¿Resistir por resistir? ¿El tiempo todo lo cura? No sabemos las dimensiones de la corrupción y hasta qué punto el PSOE está implicado; también desconocemos si algunos de los procesados “colaborará” con la fiscalía y delatará a posibles cómplices. Todo está muy abierto. Feijóo actúa con fiereza, mordiendo a una presa que cree, ¡por fin!, abatible. Abascal a lo suyo: apostando al medio plazo y, sobre todo, intentando crear un espacio político propio autónomo de la “derechita cobarde”. Hay una pequeña luz en el túnel: el ínclito Montoro ha sido procesado. Resistencia ante unos telediarios cada vez más adversos.       

Pensar al ritmo de los medios, dejarse mover por un día a día cada vez volátil, no tener criterios claros para la fase política que vivimos es ir derechos a la derrota. No hay estrategia y se va por detrás de los acontecimientos, que, a su vez, los gobiernan los juzgados. Esto ya lo conocimos con el PSOE y con el PP. Tiempo, ¿para qué? El escenario europeo e internacional no invita al optimismo. La palabra clave es militarización de la política y de la sociedad, rearme general, incremento de la deuda pública y cuestionamiento a fondo de lo que va quedando del Estado Social. Putin como enemigo está funcionando bien, hasta muy bien; las élites dirigentes siguen pensando que es una buena cobertura para legitimar una mayor centralización del poder en una Unión Europea dirigida políticamente por la OTAN, reconvertir el viejo aparato productivo del núcleo central dominado por Alemania y, sobre todo, alinearse más que nunca con unos EEUU que exigen apremiantemente el pago inmediato del coste de su protección pasada, presente y futura. Nada es gratis.

No hace mucho, Wolfgang Mönchau hablaba, en otro contexto, de la importancia de tener estrategia clara y poner a su servicio una táctica adecuada, de no dejarse gobernar por una agenda impuesta por las varias oposiciones. Desde la izquierda alemana, Michael Brie reclamaba un debate estratégico ante un cambio de época. De eso se trata. Y del fin, digámoslo con franqueza, del ciclo político del gobierno de Pedro Sánchez. Hay que hacerse las preguntas adecuadas: ¿qué quedará del PSOE? ¿Qué quedará de lo poco que hay ya a su izquierda? ¿Cómo afrontar la reconstrucción de un proyecto alternativo de poder y de sociedad en las condiciones de una larga, agotadora y compleja travesía del desierto? Ahora se juega a verlas venir dirigidos y al lado del superviviente Sánchez. Todo menos elecciones. Ganar tiempo, ¿para qué? El debate hay que abrirlo ahora. El problema es claro y distinto: el fin del gobierno de Sánchez puede ser el fin de la izquierda en nuestro país. Se puede vivir sin izquierda; miremos a nuestro alrededor.

Para entender lo que pasa hace falta entender cuatro asuntos que andan sueltos y que conviene volverlos a relacionar. Primero, el agotamiento histórico de lo que fue el 15M y el fracaso de Podemos como alternativa al bipartidismo. Segundo, el secesionismo catalán y el surgimiento de un nacionalismo español de masas entorno a Vox. Tercero, las derechas mayoritarias en la sociedad y en la política, y el gobierno a la defensiva y sin proyecto. Cuarto, unos poderes facticos que han decidido poner fin a este gobierno para entran en una nueva etapa. Son cuatro cuestiones, dos del reciente pasado que determinan, en gran medida, el presente y dos sobrevenidas que lo cambian. Siempre se puede afinar más. ¿Qué las une? La crisis de régimen. Se puede decir que eso ya pasó; no lo creo, sigue ahí, pero en otra clave. Dicho de otra forma, ya no viene por la izquierda, por la defensa y desarrollo de la democracia, ahora viene por la derecha, por el cambio de la Constitución real y por la restricción de las libertades públicas y los derechos sociales. Estamos, aquí y ahora, ante un proceso destituyente y mientras, lo que queda de la izquierda, mirando al cielo y rogando a los dioses que Pedro Sánchez dure. No parece mucho.

El régimen del 78 lleva cambiando desde hace tiempo y dentro de poco, cambiará más. Está pasando en todas partes, en todos los Estados. La Unión Europea juega su papel hacia dentro (derogando el constitucionalismo social e imponiendo un liberalismo cada vez más autoritario) y hacia afuera (militarizándose y profundizando en la dependencia de los EEUU). Es curioso, tanto hablar de Europa y blandir el europeísmo como arma, para no relacionar, en lo concreto, la UE y sus políticas, y la crisis de las democracias constitucionales en los Estados individualmente considerados. Con la erosión y la desintegración de la soberanía popular las democracias realmente existentes se convierten en “comunidades autónomas” de una forma de dominio (la Unión Europea) esencialmente autoritaria, firmemente controlada por los grandes poderes corporativos financieros y cada vez más subalterna de un Occidente colectivo dirigido por Donald Trump. Para (re)comenzar hay mirar la realidad tal como es y no confundir deseos con realidades.

Hay que ir al fondo: ¿por qué los poderes facticos han decido poner fin al gobierno de Pedro Sánchez? La respuesta inmediata: porque no están de acuerdo con sus políticas. No hablo del tema de la corrupción; para los que mandan y no se presentan a las elecciones, la corrupción es funcional a sus intereses y la vienen practicando desde siempre. Periódicamente sus medios, siempre sus medios, la hacen emerger y consiguen intervenir decisivamente en la vida pública. El negocio es completo: comprando a los políticos consiguen amplios beneficios, neutralizan a los partidos críticos con el sistema de poder y, maravilla, ponen de manifiesto ante las clases populares que la política es corrupta por definición; que todos son iguales y que lo mejor es el sálvese quien pueda. Idea central: en la política no hay salvación y en la acción colectiva, menos. Rizando el rizo: ¿por qué no votar a los ricos? ¿Por qué no votar a los señoritos? ¿Por qué no votar a los que ya tienen poder? Ellos se corrompen, sí, sin duda, pero al menos hacen algo. El “Estado de Obras” dejó poso cultural y siempre vuelve cuando la política, la de verdad, como ética de lo colectivo, como autodeterminación democrática y programa, entra en crisis.

El asunto, parece claro: los que mandan han decido que Pedro Sánchez ya ha cumplido su papel y que hace falta alinearse con una UE en proceso, el enésimo, de refundación y giro radical, insisto, hacia la militarización; ese es el dato políticamente relevante y que marcará la fase. No hay que engañarse ni engañar. No echan al gobierno de coalición porque haya realizado políticas que democraticen sustancialmente las relaciones sociales de poder, que modifiquen en sentido progresivo el modelo productivo dominante, que promoviera los derechos de las mayorías sociales o una redistribución real de la renta y la riqueza del país. Ellos, los que mandan, saben que no es así. Lo echan porque es necesario y urgente un giro radical hacia la derecha, cumplir las directivas que vienen de arriba (OTAN, UE, EEUU), imponer políticas de austeridad para garantizar el rearme y, sobre todo, reducir el gasto social. A mi juicio, este gobierno de VOX y del PP buscará limitar el poder contractual de las clases populares, debilitar aún más el papel de los sindicatos y acelerar la deconstrucción del Estado Social. VOX, desde el gobierno o desde la oposición, le dará un sesgo especial; a saber, profundizar desde el gobierno la batalla cultural desde posiciones nacional-católicas, promover y ejercer un fuerte “liberalismo autoritario” combinado, como siempre, con nacionalismo español de consumo interno y dependencia, clara y nítida, de la UE y, sobre todo, de EEUU y de la OTAN. Georgia Meloni, enseña mucho.

Siempre se olvida un dato esencial. El neoliberalismo fue y es una (contra)revolución de masas contra las conquistas históricas de las clases trabajadoras. Su objetivo conseguir que su modelo económico y de poder fuese irreversible. Lo lograron en todas partes. Lo que viene ahora es otra cosa, una forma de liberalismo fuertemente autoritario que pretende cancelar a las clases trabajadoras como sujeto político y cultural, poner fin al conflicto social y a los derechos laborales en la empresa. El nuevo régimen que llega se parecerá mucho a una “democracia militante” que prohíba las fuerzas extremistas y que deje a Santiago Abascal la definición de lo que es o debería ser una democracia puesta al día.

El “soberanismo” de las derechas duras es postizo: oponerse a los efectos y defender fanáticamente las causas. Trump, Meloni, Abascal ganan fuerza, obtienen votos por oponerse a las consecuencias de las políticas neoliberales y, paradoja de las paradojas, que ellos defienden mucho más allá que los (neo)liberales. Ellos, las derechas extremas, son el recambio necesario de esta UE dirigida por la OTAN. Los llamados federalistas europeos no acaban de entender (el PSOE el primero) que ellos legitiman una “Europa otra” que conduce inevitablemente a gobiernos “pro Trump”. ¿Quién mejor que ellos para representarlo?

Vuelvo al principio. Sigo debatiendo mucho sobre el gobierno de Sánchez en estos días. Escucho el mismo discurso: Sánchez es fundamental y debe continuar sí o sí; todo menos elecciones. ¿Tiene algún plan? No parece. ¿Pasará a la ofensiva? No está claro. Lo de Montoro , creen que le da un poco de oxígeno, se gana tiempo. ¿Tiempo para hacer qué cosa? No podemos ir por separado a las elecciones, sería una tragedia. Los más realistas, apuestan por aprovechar este tiempo para construir algo. Hay coincidencia en el diagnóstico: por abajo hay cada vez menos organización, menos militancia y los vínculos sociales se están perdiendo. La economía de la organización es debilísima y lo único, que nos queda –poco- es los medios de comunicación ligados a la acción de gobierno.

Hay que tomar decisiones. O el gobierno pasa a lo ofensiva en los temas centrales (guerra, rearme, derechos sociales y laborales, democratización del poder judicial) o mejor dejarlo ya y pasar a la oposición. No es fácil, pero hay que dar una señal clara de que se está por otra cosa y que se afrontan los retos de frente, con coraje y con firmeza. No se trata de dejar caer al gobierno sino de defender una propuesta coherente y, lo fundamental, dedicar todas las energías de las que se disponen en la construcción de un programa alternativo. Es el momento, luego será demasiado tarde. ¿Construir sobre la derrota? ¿Se lo imaginan?

El ¿qué hacer? es ahora dramático. El problema más complejo es afrontar un cambio de época que obliga a un nuevo comienzo, a la fundación de un entero proyecto histórico y, a la vez, responder a las necesidades, urgentes y decisivas, de un fin de ciclo político español marcado por la debilidad, la fragmentación y la carencia de ideas. Algunos piensan que no hay mimbres. No lo creo. La primera tarea será poner fin a la resignación, romper con la consciencia de que no hay alternativa y que estamos condenados, una vez más, a perder.

Hace una semana Héctor Illueca hablaba de construir un “tercer espacio” político frente al bibloquismo partidista dominante. Hay mucha verdad en ello. Ahora es el momento de la autonomía, de la unidad y de la diferenciación, de la construcción de un nuevo sujeto político, de un espacio democrático-socialista, republicano y plebeyo. En su centro: un programa para la acción consciente, colectivamente organizado y una propuesta unitaria solvente. Las batallas que no se dan se pierden siempre. Seguimos."

4.7.25

¡Socialdemócratas, despertad! “Ni la cajera del supermercado ni el obrero industrial votan SPD”, se lamentaba el secretario general socialdemócrata, Lars Klingbeil... Como no tienen ni idea de por dónde tirar, si volver a ser el partido de los trabajadores, de centro o según el día... se han dado un plazo de dos años (¡dos años!) para hacer una consulta ciudadana sobre qué ideario y programa escoger... En el 2027, Marine Le Pen puede estar ya sentada en el Elíseo... Algo muy grave está pasando cuando los gobiernos socialistas están en minoría en Europa y no se ve mejora en el horizonte. Algo grave cuando el concepto de “izquierda” recula y va unido, en muchos casos, a los sentimientos de decepción, desconfianza y lejanía de las clases más desfavorecidas, aquellas a las que más debería defender... La francesa Fundación Jean Jaurés ha realizado una encuesta sobre cómo se ve a la izquierda: la gente no se siente escuchada, ha perdido la esperanza de que los socialdemócratas vayan a arreglar en algo sus vidas. Constatan que no han hecho nada frente al poder de los bancos y el gran capital, que se han dedicado a hacerse la guerra en sus luchas y corruptelas internas y a compadrear con los conservadores... “La socialdemocracia nació con el objetivo de corregir los desmanes del capitalismo con métodos democráticos”. Esto no ha sido posible y sus seguidores se sienten defraudados. ¿Ya no quedan ideas? Es hora, como afirma Edgar Morin, de “repensar el mundo porque hay una crisis del pensamiento político (...) porque estamos en un mundo lleno de expertos y de especialistas que no ven más que una pequeña parte de los problemas, aislados los unos de los otros” (Aurora Mínguez)

 "Si todo va bien, el próximo 8 de julio el sociólogo y filósofo francés Edgar Morin cumplirá 104 años. Su último libro, aparecido en 2022, se titula ¡Despertemos! (Réveillons-nous!) y en él afirma: “seguimos los acontecimientos como si fuéramos sonámbulos”. Esa frase se puede aplicar bien a los socialdemócratas alemanes (SPD), quienes han celebrado hace unos días un Congreso del que no ha salido ninguna autocrítica por sus últimos desastres electorales ni tampoco una línea clara de actuación. Si no reaccionan, van camino de convertirse en una formación irrelevante, con apenas un 15% de intención de voto (casi 20 puntos menos de lo logrado en 2005).

“Ni la cajera del supermercado ni el obrero industrial votan SPD”, se lamentaba el secretario general socialdemócrata, Lars Klingbeil, vicecanciller y titular de Hacienda, quien fue refrendado solo por el 64,9% de los delegados. Como no tienen ni idea de por dónde tirar, si volver a ser el partido de los trabajadores, de centro o según el día (difícil tarea siendo socio junior del gobierno del conservador Friedrich Merz), se han dado un plazo de dos años (¡dos años!) para hacer una consulta ciudadana sobre qué ideario y programa escoger. En el 2027 se pueden encontrar con que el cordón sanitario esté a punto de quebrarse y Marine Le Pen puede estar ya sentada en el Elíseo... porque la izquierda francesa también inició su descenso a los infiernos hace más de diez años.

Algo muy grave está pasando cuando los gobiernos socialistas están en minoría en Europa y no se ve mejora en el horizonte. Algo grave cuando el concepto de “izquierda” recula y va unido, en muchos casos, a los sentimientos de decepción, desconfianza y lejanía de las clases más desfavorecidas, aquellas a las que más debería defender. Sorprende incluso que sea un musulmán norteamericano aspirante a alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, quien haya resucitado el concepto de líder “izquierdista” y quien haya hecho renacer una cierta esperanza de cambio positivo.

La francesa Fundación Jean Jaurés, próxima al Partido Socialista galo, ha realizado una encuesta sobre cómo se ve a la izquierda. Sus conclusiones son válidas más allá de las fronteras del Hexágono: la gente no se siente escuchada, ha perdido la esperanza de que los socialdemócratas vayan a arreglar en algo sus vidas. Constatan que no han hecho nada frente al poder de los bancos y el gran capital, que se han dedicado a hacerse la guerra en sus luchas y corruptelas internas y a compadrear con los conservadores disfrutando de los privilegios del escaño o el despacho oficial. Renaud Large colabora con la Fundación Jaurés. Recuerda que una generación, la de Felipe González o Mario Soares o, incluso, la anterior con líderes como François Mitterrand, inspiraron ese deseo y esa esperanza de cambio. Pero aquellos líderes, y sus seguidores, son ya abuelos a quienes les preocupa ahora la seguridad, la inmigración desordenada o sus pensiones.

En temas de seguridad, subraya Large en una entrevista en Le Nouvel Obs’, la derecha ha llevado siempre la voz cantante. Líderes progresistas como la primera ministra danesa Mette Frederiksen, o el británico Keir Starmer, han tomado nota. Mano dura pero, a la vez, apoyo al ciudadano intentando preservar un máximo de justicia social. Claro que, en este último capítulo, los socialdemócratas se han topado con el freno de la deuda. En el caso alemán, un país rico, imponer simplemente el salario mínimo costó sangre, sudor y lágrimas. Hoy día está fijado en 12,82 euros la hora (en España 9,47 euros). Llegará a los 15 euros, si todo va bien, en el 2028. En el caso francés, el conflicto mayor gira en torno al futuro de las pensiones, y en un izquierdista radical, Jean-Luc Mélenchon, 75 años, líder de la Francia Insumisa, exsenador y exministro socialista, quien aprovecha la debilidad y las tensiones de su antigua familia política para presentarse como la única fuerza capaz de parar el avance de la señora Le Pen. En su libro La Meute (La Manada) los periodistas Charlotte Belaïch y Olivier Pérou le presentan como un personaje dictatorial interesado exclusivamente en sí mismo.

¿Merece la izquierda el castigo en las urnas y el desapego de sus antiguos electores? Victoria Camps escribía recientemente en este periódico: “La socialdemocracia nació con el objetivo de corregir los desmanes del capitalismo con métodos democráticos”. Esto no ha sido posible y sus seguidores se sienten defraudados. ¿Ya no quedan ideas? ¿Han tirado la toalla frente al avance de la extrema derecha que dice defender los intereses de la clase trabajadora? Es responsabilidad de los líderes socialdemócratas presentar programas y alternativas atractivas, elaboradas no en las sedes oficiales de los partidos, sino entre esa sociedad civil que se siente huérfana de personajes inspiradores que no jueguen solo a llevar la contraria al mandatario de turno. Es hora, como afirma Edgar Morin, de “repensar el mundo porque hay una crisis del pensamiento político (...) porque estamos en un mundo lleno de expertos y de especialistas que no ven más que una pequeña parte de los problemas, aislados los unos de los otros”."

(Aurora Mínguez es periodista y analista de asuntos europeos. El País, 03/07/25)

2.7.25

Non cabe dúbida: o planeta foi tomado por viláns. Nos Estados Unidos os máis ricos quítanlles o seguro médico aos máis pobres dos pobres... tamén lles quitan os cupóns de alimentación... é a historia da avaricia inmensa de certos seres humanos. Mentres os Estados Unidos andan tomados polo MAL con maiúsculas e o planeta enteiro pasma ante un xenocidio en vivo, as forzas dos viláns organízanse para tomar o poder en todo o mundo... é a historia da avaricia inmensa de certos seres humanos. Mentres os Estados Unidos andan tomados polo MAL con maiúsculas e o planeta enteiro pasma ante un xenocidio en vivo, as forzas dos viláns organízanse para tomar o poder en todo o mundo... E aínda hai personaxes chamados socialistas que prefiren irse de putas e encher os petos, sen importarlles que os fascistas están a piques de tombar as portas e roubarnos o aire... Nestes tempos, os superheroes somos nós: ti e mais eu e miña nai, que soubo cambiar a cabeciña cando entendeu que estes me ían comer a min e a case toda a familia... temos que seguir loitando contra o fascismo. Isto non é un test. O Abascal é un pseudonazi de verdade. Feijóo é unha personaxe que é capaz de vender a quen sexa só para ser chamado Presidente. Ollo, estes tipos son perigosos... Se tipos coma estes chegan a gobernarnos, van facernos o MAL con maiúsculas. Non podemos cometer o mesmo erro que xa estamos vendo noutros lugares... a reacción dos estadounidenses é de superheroes. As xentes de a pé da América profunda están asistindo a mitins da esquerda de Bernie Sanders... Non estamos soas. Somos moitas e moitos superheroes... Os heroes en bata e zapatillas que cada día facemos o que temos que facer, que non odiamos os emigrantes porque sempre temos presente a nosa historia, o noso pasado. Xente que somos solidarios con Palestina e cos que veñen navegando en cáscaras de noz para poder traballar aquí. Xente que quere organizarse contra o quecemento do planeta, contra a catástrofe que será ALTRI; xente que respecta as mulleres tanto como aos menas, os gais, os trans e os vellos. Hai que ter presente quen somos. Somos os fillos, netos e bisnetos dos superheroes que loitaron contra o fascismo... E non digo «No Pasarán» porque me vou emocionar. Só que fóra fai 30 graos á sombra e son as 10 da mañá. Bo día (Mara Mahía)

 "Non cabe dúbida: o planeta foi tomado por viláns. Nos Estados Unidos pasaron unha lei infame. É moi simple. Pensen en Robin Hood ao revés. Os máis ricos quítanlles o seguro médico aos máis pobres dos pobres e utilizan os cartos aforrados en baixarlles os impostos aos máis ricos. Tamén lles quitan os cupóns de alimentación. Agora se estás enfermo e necesitas médico, tes que probar que traballas. Basicamente, o que non traballa non come. Mentres, os ricos van pagar menos que alguén que gañe 30.000 dólares anuais, aínda que os primeiros vivan da especulación e as rendas. Non é 1984, é o 2025. Non é unha historia de Marvel; é a historia da avaricia inmensa de certos seres humanos.

Mentres os Estados Unidos andan tomados polo MAL con maiúsculas e o planeta enteiro pasma ante un xenocidio en vivo, as forzas dos viláns organízanse para tomar o poder en todo o mundo. E aínda hai personaxes chamados socialistas que prefiren irse de putas e encher os petos, sen importarlles que os fascistas están a piques de tombar as portas e roubarnos o aire. Nestes tempos, quen di ser feminista,  socialista ou activista, que ande con pés de chumbo, por favor. Calquera erro é un penalti que lle regalan ao MAL. Nestes tempos, os superheroes somos nós: ti e mais eu e miña nai, que soubo cambiar a cabeciña cando entendeu que estes me ían comer a min e a case toda a familia.

Aínda que suban as temperaturas e vivamos nun ambiente de ola a presión, temos que seguir loitando contra o fascismo. Isto non é un test. O Abascal é un pseudonazi de verdade. Feijóo é unha personaxe que olvidou as súas raíces e que é capaz de vender a quen sexa só para ser chamado Presidente. Ollo, estes tipos son perigosos. Tanto coma Trump e a súa camarilla de republicanos. Se tipos coma estes chegan a gobernarnos, van facernos o MAL con maiúsculas. Non podemos cometer o mesmo erro que xa estamos vendo noutros lugares. As consecuencias da lei que pasaron hai uns nos EE.UU. van provocar a miseria, senón a morte, de millóns de persoas. Ademais, non podemos esquecer que a reacción dos estadounidenses é de superheroes. As xentes de a pé da América profunda están asistindo a mitins da esquerda de Bernie Sanders. A chamada Brigada de AOC (Alexandra Ocasio-Cortez), que se formou nas eleccións do 2018 coas mulleres congresistas Ilhan Omar (por Minnesota), Ayanna Pressley (por Massachussets) e Rashida Tlaib (por Michigan), esta última a primeira palestina-americana no Congreso, segue loitando todos os días. En Nova York acaba de ser elixido Zohran Mamdami, un home musulmán nacido en África, como representante do partido demócrata nas próximas eleccións para alcalde.

Non estamos soas. Somos moitas e moitos superheroes. Non se pode tirar a toalla porque catro desvergoñados socialistas machistas anden enredados en corrupción. Xa xabemos que habelas hailas, mais tamén estamos nós. Os heroes en bata e zapatillas que cada día facemos o que temos que facer, que non odiamos os emigrantes porque sempre temos presente a nosa historia, o noso pasado. Xente que somos solidarios con Palestina e cos que veñen navegando en cáscaras de noz para poder traballar aquí. Xente que quere organizarse contra o quecemento do planeta, contra a catástrofe que será ALTRI; xente que respecta as mulleres tanto como aos menas, os gais, os trans e os vellos. Hai que ter presente quen somos. Somos os fillos, netos e bisnetos dos superheroes que loitaron contra o fascismo no 36. Cando o planeta enteiro mirou para outro lado soubemos levantar paixóns e resistimos o que puidemos. Non podemos rendernos nunca. E non digo «No Pasarán» porque me vou emocionar. Só que fóra fai 30 graos á sombra e son as 10 da mañá. Bo día." 

(Mara Mahía , Luzes, 02/07/25)

3.5.25

JACOBIN: El proyecto de Yolanda Díaz, de reorganizar la izquierda radical, ha implosionado... Gran parte del capital político que Díaz acumuló como ministra de Trabajo pro-obrera se ha dilapidado en los últimos dos años en un enfrentamiento de alto riesgo con la actual dirección de Podemos... se echó en falta un papel para la organización de las bases o un discurso claro contra las élites... fracasando en su intento de ampliar su popularidad como ministra de la época de la pandemia para construir una marca u organización electoral sostenible... cuando se encuentra operando en un campo político marcado por una mayor polarización y en el que ahora es incapaz de avanzar en soluciones políticas... Sumar no ha sido capaz de mantener un perfil político diferenciado del PSOE en los últimos dieciocho meses... «La política actual se basa en la confrontación de modelos, valores y visiones del mundo... En cambio, Sumar se basa en la idea de que los votantes simplemente quieren soluciones a los problemas a los que se enfrentan. Centrarse únicamente en políticas como el salario mínimo o la reducción de la semana laboral sin enmarcarlas en una visión más amplia sólo puede conducir a la derrota electoral.»

 "El partido de izquierdas español Sumar celebró su segundo congreso nacional los días 29 y 30 de marzo, con su futuro ya en entredicho. En dos encuestas recientes, el socio menor del Gobierno de coalición había perdido más de la mitad de sus apoyos desde las elecciones generales de 2023 (del 12,3% a cerca del 6%). Más preocupante aún, Público calcula que esto significaría que Sumar sólo conservaría un tercio de sus escaños, lo que hace difícil ver cómo uno de los pocos gobiernos de amplia izquierda de Europa podría asegurarse la reelección.                
                      
El proyecto de la vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Díaz, de reorganizar la izquierda radical ha implosionado tras su sólido resultado electoral inicial en 2023. Este colapso se explica en parte por las contradicciones internas. La capacidad de Sumar para funcionar como plataforma de unidad de la amplia izquierda, destinada a aglutinar fuerzas dispersas, se vio minada desde el principio por la guerra de facciones entre Díaz y Podemos, la fuerza anteriormente hegemónica en la izquierda española.

Gran parte del capital político que Díaz acumuló como ministra de Trabajo pro-obrera se ha dilapidado en los últimos dos años en un enfrentamiento de alto riesgo con la actual dirección de Podemos. En particular, su decisión de no ofrecer ni a Ione Belarra ni a Irene Montero un papel ministerial en la segunda legislatura del Gobierno de coalición dio a su partido la excusa que había estado buscando para romper con Sumar, sólo unos meses después de presentarse bajo su bandera a las elecciones de 2023.

 Tras esta desmoralizadora ruptura y una serie de duras derrotas en las elecciones regionales y europeas, Sumar sufrió un duro golpe el pasado octubre, cuando estalló un escándalo de conducta sexual inapropiada en torno a su principal estratega, Íñigo Errejón. Tras su dimisión y el reconocimiento de su comportamiento abusivo hacia las activistas, Sumar tuvo que esforzarse por responder a las preguntas sobre qué y cuándo había tenido conocimiento de las acusaciones. Cuando surgió una acusación posterior de violación (que Errejón niega), la derecha española pasó al ataque, denunciando la hipócrita moralización de la izquierda en torno al feminismo. Podemos vio una oportunidad para socavar aún más el prestigio de Díaz.

Sin embargo, el caso Errejón fue también la primera vez desde las elecciones generales que una noticia relacionada con Sumar había captado realmente la atención nacional. Como socio menor de una coalición gobernante ahora sin mayoría parlamentaria, ha luchado por mantener la relevancia a lo largo de más de dieciocho meses de bloqueo institucional. Esto contrasta fuertemente con la experiencia de la izquierda radical en el primer gobierno de coalición del presidente Pedro Sánchez de 2020 a 2023. Operando bajo la anterior alianza electoral Unidas Podemos, había forzado concesiones específicas pero sustanciales del Partido Socialista (PSOE) de centro-izquierda de Sánchez, que iban desde medidas para hacer frente a la crisis del coste de la vida y un fortalecimiento de las leyes laborales hasta una serie de leyes feministas.

 Pero ahora, enfrentados a un equilibrio de fuerzas mucho peor en el Parlamento, los cuatro nuevos ministros de Sumar que Díaz incorporó al gabinete han seguido siendo figuras marginales, cuyos limitados cometidos no les han proporcionado los medios para intervenir en la agenda política de los últimos dieciocho meses. Esto es especialmente devastador, ya que el perfil de liderazgo de Díaz se basa en los resultados obtenidos en el cargo, y en su reputación de asegurar avances políticos progresistas. Sumar ya no puede presumir de su influencia institucional, carece de estructuras extraparlamentarias propias e incluso de una fuerte presencia en los medios de comunicación, por lo que ha pasado a un segundo plano.
Liderazgo pandémico

Esto, a su vez, apunta a la estrecha base en torno a la cual Díaz había intentado reorganizar la izquierda española a partir de mediados de 2022. Basándose en la experiencia del gobierno de coalición en la gestión de la pandemia, así como en sus logros legislativos en el fortalecimiento de los derechos de los trabajadores, Sumar trató de ampliar el atractivo electoral de la izquierda presentándose como un partido de gobierno creíble, capaz de ofrecer avances políticos concretos. En este sentido, su perfil encajaba con el espíritu tecnocrático de principios de la década de 2020. Era un momento en el que Bidenomics y el fondo de rescate COVID-19 de la Unión Europea parecían abrir la posibilidad de un nuevo intervencionismo estatal progresista y en el que -muy brevemente- el populismo de extrema derecha estaba en retirada.

 Durante la presentación de Sumar en una serie de actos públicos a finales de 2022 y principios de 2023, Díaz se mostró pragmática y reformista. Señalando el éxito de la limitación de los precios de la energía por parte de la coalición y su reforma para acabar con los falsos autónomos en la economía colaborativa, insistió en que a través de la negociación institucional y la colaboración social se podría lograr un nuevo contrato social para el siglo XXI que fuera más allá del neoliberalismo. Sin embargo, se echó en falta un papel para la organización de las bases o un discurso claro contra las élites: el perfil más directivo de Díaz y los mensajes más suaves de su plataforma marcaron una diferencia con el populismo combativo de izquierdas de Podemos.

 De hecho, el fundador de Podemos, Pablo Iglesias, tampoco había conseguido combinar eficazmente su papel de ministro con un discurso de oposición durante sus dieciocho meses en el gabinete, involucrándose en polémicas de gran carga en torno al lawfare y la parcialidad de los medios de comunicación que alienaron a los votantes en el punto álgido de la pandemia. Por el contrario, Díaz se convirtió en el líder político mejor valorado de España tras supervisar con éxito el plan de bajas laborales COVID-19 del Estado español e impulsar repetidos aumentos del salario mínimo. Gracias a estas medidas, Díaz se convirtió rápidamente en un nombre conocido y fue capaz de atraer a una parte sustancial del voto del PSOE a pesar de ser miembro del Partido Comunista de España y ministra de Unidos Podemos. Cuando Iglesias dimitió y nombró a Díaz vicepresidenta del Gobierno en 2021, muchos en la izquierda española creyeron que su candidatura podría hacer que la izquierda parlamentaria ampliara su perfil y su peso en el gabinete.

 Reorganizar la izquierda para explotar esta oportunidad era el núcleo de la hipótesis táctica de Sumar. Sin embargo, en última instancia Díaz y su círculo más cercano no fueron capaces de aprovechar esta promesa inicial, fracasando en su intento de ampliar su popularidad como ministra de la época de la pandemia para construir una marca u organización electoral sostenible. Al igual que Podemos antes que ella, Sumar se construyó como una plataforma delgada y vertical, pero que a diferencia de su predecesora no tuvo sus orígenes en una ola de movimiento más allá de las instituciones, sino que se construyó desde el cargo. Esto ha reforzado aún más la sensación de que se define más por su promesa de un gobierno progresista «eficaz» que por una identidad social o política clara.

En un principio, Sumar adoptó una línea obrerista, resaltando los vínculos de Díaz con el sindicalismo, antes de pivotar hacia un discurso ecologista impregnado de pop durante las elecciones anticipadas de 2023 y de volver lentamente hacia un cierto mensaje social y obrerista en los últimos meses, tras la salida de Errejón. Pero estos cambios discursivos se produjeron sin que nunca articulara un proyecto político más amplio que fuera más allá de su participación en el gobierno.

Límites a la gobernabilidad

 Incluso en la campaña de las elecciones generales de 2023, la primera vez que se puso en marcha la maquinaria de Sumar, la plataforma tuvo dificultades para calar, ya que su campaña centrada en las políticas carecía de una narrativa clara y resultaba excesivamente técnica para muchos votantes. Aunque Díaz se había dado a conocer por sus reformas laborales y sociales, sus asesores ecologistas cambiaron de rumbo y centraron la campaña de Sumar en políticas innovadoras relacionadas con el tiempo libre, la igualdad de oportunidades y la salud mental. En parte, era una forma de distinguir a Sumar del discurso de Sánchez a favor de la estabilidad socialdemócrata, pero propuestas como su plan de herencia universal inspirado en Thomas Piketty (por el que todos los jóvenes españoles de dieciocho años recibirían 20.000 euros para «poner en marcha un proyecto de vida») no lograron atraer a las bases de la izquierda, y los jóvenes académicos y asesores profesionales que trabajaban en la campaña fueron incapaces de vender sus políticas.

La buena actuación de Díaz en la recta final de la campaña, especialmente en el debate de líderes, fue suficiente para repetir el resultado obtenido por la alianza Unidos Podemos en 2019, pero no para ganarse a los votantes del PSOE en las cifras previstas anteriormente. De hecho, en medio de una oleada reaccionaria global, Sánchez rompió la tendencia más amplia de los titulares de cargos que fueron castigados por la crisis del coste de la vida, entre otras cosas debido a la protección más sólida del Gobierno español de los niveles de vida de los trabajadores, que la presión de la izquierda había sido clave para asegurar.

 Sin embargo, el alivio por haber evitado un gobierno de extrema derecha del Partido Popular-Vox se vio pronto atenuado por la debilidad de los números de la segunda coalición en el Parlamento, ya que la administración depende ahora del apoyo del partido de centro-derecha nacionalista catalán Junts para tener una mayoría que le permita aprobar leyes. En los últimos dieciocho meses, este partido independentista ha utilizado su veto efectivo para paralizar la mayor parte de la agenda del gobierno, incluido el bloqueo de la coalición para aprobar cualquier presupuesto gubernamental desde las elecciones. Al mismo tiempo, también se han puesto de manifiesto los límites de la agenda reformista de la primera coalición, sobre todo en lo que respecta a su desdentada ley de vivienda, con la que las ciudades más grandes de España se enfrentan a subidas de los alquileres de entre el 10% y el 14% en 2024.

 Sin embargo, ante este cambio de escenario, Sumar se ha mantenido fiel a su línea de gobierno progresista, incluso cuando se encuentra operando en un campo político marcado por una mayor polarización y en el que ahora es incapaz de avanzar en soluciones políticas. En parte, esto refleja el hecho de que Díaz ha construido la plataforma a su imagen y semejanza, eliminando la primera fila de Unidos Podemos antes de las elecciones e incorporando a una serie de candidatos poco conocidos con formación política y profesional. Los nuevos diputados no han sido capaces de generar sus propios perfiles mediáticos ni han mostrado mucha capacidad para la comunicación política -como ejemplifica la primera portavoz parlamentaria de la plataforma, Marta Lois, cuyas contenidas intervenciones durante sus breves cinco meses en el puesto fueron simplemente ahogadas en medio de la exaltada atmósfera de la política española actual.

En última instancia, sin el impulso institucional previo de la izquierda y la capacidad de Díaz para conseguir concesiones políticas de alto perfil en el gabinete, Sumar no ha sido capaz de mantener un perfil político diferenciado del PSOE en los últimos dieciocho meses. Junts se ha negado a apoyar la propuesta política estrella de Díaz de reducir la jornada laboral de 40 a 37,5 horas semanales, mientras que también ha votado en contra de medidas como la renovación del impuesto extraordinario sobre los beneficios de las compañías eléctricas y una reforma vital que habría permitido controlar los alquileres de corta duración.

 El analista político Mario Ríos duda de que esas medidas por sí solas hubieran podido sostener a Sumar, dado el rumbo político de la Europa pospandémica. «En el panorama político actual, la gobernabilidad es necesaria, pero no es la principal herramienta para atraer votantes y ganar elecciones», explica en relación al posicionamiento de Sumar. «La política actual se basa en la confrontación de modelos, valores y visiones del mundo», continúa. «En cambio, Sumar se basa en la idea de que los votantes simplemente quieren soluciones a los problemas a los que se enfrentan. Centrarse únicamente en políticas como el salario mínimo o la reducción de la semana laboral sin enmarcarlas en una visión más amplia sólo puede conducir a la derrota electoral.»
Unidad fallida

Sin embargo, el fracaso de Sumar a la hora de concretar su proyecto y su falta de resultados en el gabinete no pueden explicar por sí solos el desplome de la popularidad de Díaz entre el propio electorado de izquierdas. En los últimos dieciocho meses, ha pasado de ser la opción preferida para presidenta del Gobierno de dos tercios de los votantes de Sumar en 2023 a serlo sólo del 23 por ciento. También hay ahora bastantes más votantes de Sumar de las últimas elecciones que preferirían a Pedro Sánchez al frente del Gobierno que a ella. Aunque sus índices generales de aprobación siguen siendo mucho más altos que los de Iglesias cuando éste dimitió, sólo el 40,9% de los votantes le dan ahora un aprobado o más, frente al 54,9% de hace dos años.

 En este sentido, el descenso de sus cifras entre sus propias bases y los desastrosos resultados de la plataforma en las elecciones europeas del año pasado también deben verse en términos del descenso de Sumar a una espiral de crisis internas y escándalos. La plataforma parecía haber tocado fondo la noche de las elecciones europeas del pasado junio, cuando Díaz dimitió como su líder tras haber obtenido sólo el 4,6 por ciento de los votos y tres escaños. Más tarde aclaró que seguiría como vicepresidenta del Gobierno y que seguiría siendo la figura de la izquierda en el Gobierno, pero que ya no lideraría la construcción de un proyecto de unidad de la izquierda.

En ese momento, sin embargo, su autoridad ya se había esfumado. Izquierda Unida, liderada por los comunistas, que había sido el mayor apoyo de Sumar sólo un año antes, denunciaba ahora su estructura de «hiperliderazgo» y su falta de democracia interna después de haberse quedado sin escaño en el Parlamento Europeo por primera vez desde su creación en 1986. «Se acabó el tiempo en que Sumar marcaba la agenda y otras fuerzas la seguían», insistió el coordinador de Izquierda Unida, Antonio Maíllo. La dimisión de Errejón privó a la plataforma de su única figura reconocida a nivel nacional y abrió una tormenta de recriminaciones en la izquierda.

 En términos más generales, sin embargo, la velocidad con la que Sumar implosionó debe verse en términos de dos factores relacionados con su desarrollo interno. En primer lugar, se construyó en oposición a Podemos. En segundo lugar, la reorganización de la izquierda española en torno a una plataforma centrada en la personalidad la hizo dependiente de la popularidad continuada de Díaz, y Sumar, como Podemos antes que ella, se saltó el duro trabajo de organización sobre el terreno durante su auge inicial, cuando aún tenía impulso.

En cuanto al primer punto, no debe ignorarse la responsabilidad de Podemos en tres años de faccionalismo debilitante, sobre todo por la forma en que Iglesias nombró a Díaz como su sustituta como vicepresidenta del Gobierno a través de las redes sociales sin ni siquiera consultarla. En aquel momento, Iglesias parecía calcular que, sin ninguna base de poder propia, Díaz funcionaría como una figura independiente mientras seguía dependiendo de Podemos. Pero en realidad, el propio Podemos no tenía una infraestructura de base robusta que pudiera haber funcionado como una sólida plataforma de lanzamiento para su candidatura, más allá, quizás, de su plataforma mediática, que llegó a ser Canal Red.

 A medida que Díaz intentaba distanciarse del partido e instituir una renovación más amplia del espacio de izquierdas, Iglesias, Montero y Belarra reaccionaban con creciente hostilidad. Sin embargo, su respuesta a la presión de Podemos ha sido repetidamente desproporcionada, y en lugar de buscar un acuerdo de trabajo viable de cara a las elecciones de 2023, cuando el partido estaba más debilitado, apostó por acabar con su actual dirección, al vetar a Irene Montero, su figura activa más destacada, para presentarse en la lista de Sumar. Al hacerlo, jugó demasiado su baza y subestimó la capacidad del partido para sobrevivir como fuerza independiente en el flanco izquierdo de Sumar -aunque de forma muy reducida, con Podemos obteniendo un 3,3% y dos escaños en las elecciones europeas-.

 Además, la nueva posición de Podemos en los bancos de la oposición también ha complicado aún más las opciones abiertas a Sumar desde el punto de vista táctico. Como señala el analista político Sergio Pascual, «Sumar se encuentra ahora atrapada en una pinza entre PSOE y Podemos. En los temas que dominan la agenda actual, como Gaza, el rearme o la vivienda, le queda muy poco espacio que ocupar entre el posicionamiento ampliamente progresista de Sánchez, por tímido que sea en el fondo, y el maximalismo de izquierdas de Podemos.» «Los mensajes suaves y muy racionales de Sumar no pueden ganar tracción», continúa. Ríos está de acuerdo, señalando que «incluso si Sumar quisiera movilizar a los votantes más a la izquierda, por ejemplo, abandonando la coalición por cuestiones como el gasto militar o la vivienda, obtendría muy poca ventaja electoral porque ahora se enfrenta a un rival más radical, que está mejor posicionado para canalizar esta frustración y la ira de la izquierda.»

Intentar un reseteo

 En este difícil contexto, Sumar celebró su segunda conferencia nacional los días 29 y 30 de marzo. El evento se había retrasado casi cuatro meses a causa del escándalo Errejón, ya que el antiguo portavoz de Sumar había estado redactando su nuevo documento de estrategia política mientras salían a la luz las acusaciones contra él. Díaz, criticada por su gestión del escándalo, se enfrentó a una importante revuelta interna de los distintos partidos de su alianza electoral, que insistieron en que Sumar ya no estaba en condiciones de actuar como fuerza unificadora de la izquierda parlamentaria.

En la conferencia, Sumar aceptó un reajuste de las relaciones con sus aliados al formalizar su estatus como un partido político más, sin sus pretensiones anteriores de incorporar también a otras fuerzas dentro de su plataforma paraguas. Ahora, con dos leales a Díaz poco conocidos nombrados como sus nuevos líderes, el horizonte de Sumar se limitará en gran medida a construir una base de poder para la vicepresidenta del Gobierno. Esto significa crear una base organizativa desde la que negociar su lugar y el de su frente dentro de un nuevo acuerdo electoral de izquierdas que se espera para antes de las próximas elecciones, y en el que Sumar ya no desempeñará un papel tan definitorio.

 Los detalles siguen siendo escasos, pero Maíllo, de Izquierda Unida, ha propuesto una nueva alianza de «iguales» en un intento de evitar la fragmentación completa del espacio de izquierdas. Sin embargo, la gran incógnita sigue siendo la capacidad de Podemos y los restos de Sumar para trabajar juntos. En su actual papel de oposición de izquierdas al Gobierno de coalición, Podemos parece convencido de que tiene más que ganar yendo en solitario en las próximas elecciones. Sin embargo, esto podría cambiar en función de las encuestas y de si una lista de unidad podría ser decisiva para evitar una mayoría de derechas.

«Ahora mismo, no veo un interés genuino de ninguna de las partes por acercarse, por lo que cualquier negociación tendrá que ser empujada por otros actores de este espacio, como Izquierda Unida o quizá el sindicato Comisiones Obreras», argumenta Pascual. Para Ríos, el proyecto inicial de Sumar «ya está muerto». Pero insiste en que «el principal beneficiario de una izquierda dividida será la extrema derecha, que reforzará su posición relativa [en cuanto al reparto de escaños].» «Ahora hace falta buena voluntad por parte de todos los de la izquierda alternativa», prosigue. «De lo contrario, nos enfrentamos a la perspectiva de un gobierno reaccionario de derechas en un momento de declive democrático mundial».

 Estas elecciones no se vislumbran en el horizonte inmediato. Sin embargo, incapaz de aprobar un presupuesto gubernamental, y con España enfrentándose a nuevas presiones sobre el coste de la vida, es improbable que Sánchez aguante los cuatro años. La otra incógnita es el propio futuro de Díaz y su disposición a continuar en primera línea política más allá de dos legislaturas en el Gobierno y en una nueva alianza que no sea de su propia cosecha. En su forma actual, sin embargo, es poco probable que Sumar sobreviva de alguna forma sin ella. Así lo puso de manifiesto la pequeña escala de su conferencia, que reunió a unos cientos de personas en un teatro de tamaño medio, muy lejos de los miles que abarrotaron su acto de presentación hace menos de tres años.

Muchos de los inicialmente entusiasmados por el liderazgo de Díaz se habían quedado aislados en los grupos de mensajería de Telegram de Sumar, sin vías abiertas para su afiliación o participación formal durante los dos primeros años de la plataforma. Cuando llegó el momento de organizar algo básico a raíz de las elecciones europeas, la energía ya había desaparecido de la sala.

 En realidad, ésta es una historia familiar en la izquierda española. Una serie de proyectos de izquierdas internamente diversos han experimentado un auge electoral inicial durante la última década, desde Podemos a nivel nacional y plataformas municipalistas como Ahora Madrid y Zaragoza en Común hasta el anterior vehículo de Díaz, En Marea, en Galicia. Pero al operar en un vacío organizativo, la mayoría se han deshecho muy rápidamente bajo presiones externas y tensiones internas. Cualquier proyecto de futuro sostenible para la izquierda española tendrá que trascender este modelo de «máquina de guerra electoral». No parece probable que Díaz vaya a liderarlo."               (Eoghan Gilmartin, JACOBIN, 13/04/25, traducción DEEPL)