"Primero la noticia: la Inspección de Trabajo ha obligado en estos últimos meses a hacer fijos a casi 80.000 trabajadores con falsos contratos eventuales, a regularizar a 30.000 empleadas del hogar,
ha destapado fraude en el control de jornada en más de 1.500 empresas y
ha encontrado que más del 70% de las inspecciones en el campo termina
en infracción de las empresas por fraude laboral.
Hablamos de noticia no
porque no sepamos ya de la precarización dolorosa del ámbito laboral en
España, sino porque, por fin, después de mucho tiempo, parece que desde
el ministerio de Trabajo se están llevando a cabo sus tareas que,
recordemos, son algo más que firmar las lesivas reformas laborales que
les venían impuestas desde Economía o, a lo peor, con el membrete de ese
ministerio pero pergeñadas por alguna consultora norteamericana. Que le
pregunten a Fátima Báñez, por ejemplo.
Desde los medios que se han hecho eco de la noticia —los
conservadores han pasado por ella de puntillas—, se ha centrado la
atención en la ministra responsable de este notable cambio, Yolanda
Díaz, algo que también, como parece normal, se ha impulsado desde la
organización a la que pertenece.
Normal porque vivimos una época
de liderazgos mediáticos y de infantilización del votante, que parece
necesitar creer en héroes más que en políticos, más en fuegos
de artificio que en proyectos a largo plazo, pero no del todo cierta.
Yolanda Díaz es la ministra de una cartera que había sido olvidada y que
hoy vuelve a tomar un nuevo protagonismo y, a pesar de las innegables
cualidades de la gallega, hay que hacer notar que no está sola, que es
la cabeza de un equipo amplio y cohesionado. Pero con eso no bastaría.
Hay que recordar también que Yolanda Díaz y su equipo se guían por un
proyecto político que pretende devolver al trabajo su naturaleza de
equilibrio social, de producción de riqueza para el conjunto de la
población, de base para que el país se desarrolle de forma uniforme.
Pongan la etiqueta que quieran, eso es lo que la izquierda buscaba en su
acción política.
El otro proyecto, el existente hasta ahora, el neoliberal, sólo entiende el trabajo como otro campo donde especular,
creando la ensoñación de que son las empresas las que crean la riqueza y
que, por tanto, los trabajadores son una especie de bien prescindible
al que hay que apretar las tuercas empeorando sus condiciones o
abaratando el despido para que la patronal tenga beneficios, es decir,
sacar el dinero no tanto de la propia actividad económica como de la
sobreexplotación de la mano de obra.
Yo, a lo que el ministerio de Trabajo está llevando adelante —no con
pocas zancadillas, externas e internas— sólo se me ocurre calificarlo de
política útil y elogiarlo. Elogiarlo no tanto como esa caricatura del
rojo que odia al empresario, sino como un ciudadano que entiende que, en
esta nueva post-normalidad que tenemos ante nosotros, los trabajadores
no pueden ser unos números en una cuenta de resultados, sino el sujeto
activo que reequilibre su fuerza con el capital para tener una sociedad
más estable, segura y próspera.
No hay pensamiento más fanático que el de pensar que estamos a salvo simplemente por lo que marque el índice bursátil:
cuando unos pocos viven muy bien y muchos no saben de qué van a vivir
surge la incertidumbre, que es muy mala consejera a la hora de tomar
decisiones. La gente temerosa nunca pregunta quién les salva ni a qué
precio.
Soy de los que creo que los llamamientos antifascistas no han sido
exagerados, allá donde he podido he intentado explicar cómo en este
último año, especialmente, hemos visto movimientos especialmente
extraños en ámbitos como la judicatura o los cuarteles por los que
deberíamos estar preocupados. Pero soy, también, de los que siempre
procuro aclarar que cualquier alerta por el crecimiento de la
ultraderecha no puede ser simplemente moral o sentimental, sobre todo
cuando los sentimientos están turbados tras muchos meses de una
extrañísima tensión vírica, tras una década de sobresaltos y novedades,
no todas positivas.
La política útil, es decir, aquella que afecta a la
cotidianeidad de la gente, es condición necesaria para parar la
intentona involucionista. La democracia es cuestionada por los ultras,
pero antes, para que esos ultras existan, ha sido cuestionada durante décadas por unos neoliberales que han dejado a la economía fuera del control democrático,
que es lo que significa “desregular”, precarizando tanto el empleo como
la producción: para qué fundar empresas útiles cuando puedes invertir
en criptomonedas. Todos perdemos con este caos egoísta.
Todos sabemos que solo con hacer políticas útiles, por desgracia, no
es suficiente para revertir el camino al precipicio que hemos
emprendido: es necesario saber contarlas, es decir, que la mayoría de la
población no sólo se entere de los datos que he aportado al principio
del artículo, sino que ese cambio a mejor en su vida proviene, primero,
de un ministerio, es decir, del papel del Estado como árbitro de nuestra
sociedad y, en segundo lugar, de un proyecto ideológico llevado a cabo
por políticos, esas dos palabras de las que todo el mundo huye,
incluidos sus protagonistas.
Porque si no parece que las cosas pasan
porque pasan y nadie se entera ni de quién las promueve ni de su cómo ni
de su por qué. Al igual que la sanidad pública, esa tan útil en
la pandemia, es una conquista de la clase trabajadora de la segunda
mitad del siglo XX, expresada en sus organizaciones políticas y
sindicales, a los derechos laborales, lo que nos diferencia de los
esclavos, les ocurre lo mismo.
La cuestión no es negar que haya que comunicar bien lo que se hace, sino
recordar, por extraño que parezca, que hay que hacer cosas, cosas que
afecten directamente a la vida de los ciudadanos. El problema, de nuevo,
es que Yolanda Díaz y su equipo van a contracorriente incluso en eso:
la izquierda, reducida al progresismo liberal, parece siempre más
preocupada por la narrativa, por batallas en base a lo que creemos ser,
que por lo que realmente podemos conseguir.
Hacer política útil no es simplemente teorizar sobre supuestos, ni siquiera simplemente legislar como quien escribe fábulas,
es hacer leyes prácticas que puedan ser aplicables por el aparato
público en un tiempo razonable, con unos instrumentos siempre escasos y
con unas inercias que no siempre nos son favorables.
Y en eso también se
ha maleducado al electorado progresista: antes de asaltar los cielos
hay que entender cómo funciona la administración, cuáles son los límites
y cómo se pueden ampliar. Lo otro es literatura, necesaria para
encender los afectos, pero poco más.
Decía Vázquez Montalbán, con bastante sorna, que comprendía cómo era “ético-estéticamente más estimulante ser un clochard maoísta que un miembro de la célula de farmacéuticos del PCF, sección territorial del Marais”, es decir, que la
política es gris vulgaridad en la mayoría de las ocasiones, una gris
vulgaridad que sí puede cambiar la vida de la gente a mejor,
pero que la izquierda abandona, unas veces por gusto, otras porque no
sabe, otras porque como no puede prefiere mentirse a sí misma, por las
campanillas de lo retórico, lo identitario y la inmediatez.
Hoy,
actualizando a Vázquez Montalbán, es más llamativo ser un activista con
acceso a los platós, que hable del carácter burgués de la familia,
deconstruya las masculinidades o nos enseñe cómo hablar, que un simple
sindicalista de una empresa de un polígono de la periferia de cualquier
gran ciudad que consiga que se respeten los derechos laborales.
Hoy,
como ayer, una cosa es tan inútil como aplaudida y la otra tan necesaria
como silenciada. Por eso el ministerio de Trabajo, Yolanda Díaz y su
equipo, son tan incómodos para tanta gente, porque a unos les ponen
frente al espejo de su codicia y a otros frente al reflejo de su
incapacidad." (Daniel Bermabé, InfoLibre, 26/05/21)