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18.12.24

Esto es todo lo que les pido para 2025... hace unos meses fui a dar una conferencia a un pequeño pueblo extremeño en la Sierra de Gredos. De camino al local municipal donde tendría lugar el acto, me crucé con un centro de día autonómico donde un par de auxiliares bajaban de una furgoneta a un abuelo en silla de ruedas. Encontré en la escena más civilización que en el Partenón de Atenas... en términos históricos, en muy poco tiempo hemos conseguido ser una excepción. Nunca, a lo largo de todo el devenir de la humanidad, se había conseguido articular un sistema que buscara, en algunos aspectos esenciales, la idea de igualdad... En España partimos con algo de desventaja en esto del Estado del bienestar... cuando nos pusimos a ello a finales de los setenta, a edificar un país civilizado, la cosa nos quedó razonablemente bien. Sí, razonablemente bien... teniendo en cuenta de dónde veníamos, conseguimos un punto de partida digno (Nicolás Sartorius lo resume en una frase: Franco murió en la cama, pero el franquismo murió en la calle)... Personitas de esas que se ganan la vida escribiendo, afirmaron tras la riada de Valencia, que España era un Estado fallido... Que suframos algo tan desmesurado como una pandemia y que lo primero que se nos ocurra —a los rojos— sea nacionalizar cuatro millones de sueldos para evitar que la paralización de la economía, un pausa literalmente a vida o muerte, arrase nuestro sistema productivo, a mí me parece, al menos, tan sorprendente como lo de volar. Vivimos cada día algo sumamente excepcional en la historia, algo que por desgracia sólo ocurre en nuestro continente y en cuatro puntos más de este planeta, algo que es producto del esfuerzo organizado de la clase trabajadora... Si ustedes tienen hijos o nietos hagan el favor de contarles estas cosas. Si ustedes tienen hijas o nietas hagan el favor de contarles de dónde venimos, lo que nos costó llegar hasta aquí... Lo que tenemos (Daniel Bernabé)

 "Últimamente, debe de ser que me estoy haciendo mayor, me apetece observar con cierta admiración lo más prosaico que me rodea. La semana pasada, por ejemplo, me tomé un par de días libres para visitar algunas ciudades del norte. Por un precio bastante módico, crucé media península en tres horas a bordo de un tren público.

Lo mismo conviene que me explique. Ese mismo viaje me hubiera tomado unas diez horas hace cincuenta años. Hace cien, al menos, un par de días. No son la velocidad, la técnica y la ingeniería lo que más me soprende, sino que cualquiera, independientemente de quién sea, de lo que tenga, pueda hacer ese viaje.

No es sólo lo del tren. Hace unos meses fui a dar una conferencia a un pequeño pueblo extremeño en la Sierra de Gredos. De camino al local municipal donde tendría lugar el acto, me crucé con un centro de día autonómico donde un par de auxiliares bajaban de una furgoneta a un abuelo en silla de ruedas. Encontré en la escena más civilización que en el Partenón de Atenas.

Cada jornada, casi siete millones de alumnos acuden a centros de enseñanza públicos. Diez millones de personas reciben prestaciones del sistema público de pensiones. Solamente los hospitales públicos atendieron 82 millones de consultas en 2023, tuvieron cuatro millones de pacientes ingresados y realizaron en torno a tres millones y medio de operaciones quirúrgicas.

Si se paran a pensarlo, que todo esto suceda cada día en un país como España me resulta algo asombroso. Por un lado por el complicado sistema de financiación que se requiere para sufragar estos servicios, una arquitectura tributaria que transforma aportaciones individuales de empresas y trabajadores en el combustible para un motor común.

Por el otro, porque en términos históricos, en muy poco tiempo hemos conseguido ser una excepción. Nunca, a lo largo de todo el devenir de la humanidad, se había conseguido articular un sistema que buscara, en algunos aspectos esenciales, la idea de igualdad. En Europa todo esto se empezó a poner en marcha a finales de los años 40 del siglo XX. 

En España partimos con algo de desventaja en esto del Estado del bienestar. Entre otras cosas porque, en esa misma época, el franquismo estaba ocupado ejecutando a 15000 españoles que se negaron a la imposición por las armas de una dictadura asesina, ladrona e ignorante.

Más allá de la excepción ibérica, no hablo de la electricidad, sino de cómo los aliados permitieron que el fascismo siguiera vivo por estas tierras tras el fin de la guerra, cuando nos pusimos a ello a finales de los setenta, a edificar un país civilizado, la cosa nos quedó razonablemente bien.

Sí, razonablemente bien. Esto no significa que todo haya sido un camino de rosas, tampoco que el resultado nos tenga que convencer por completo o que en la actualidad no existan flagrantes desigualdades que van a más. Significa que, teniendo en cuenta de dónde veníamos, conseguimos un punto de partida digno. Nicolás Sartorius lo resume en una frase: Franco murió en la cama, pero el franquismo murió en la calle.

Ahora, por lo visto, está mal recordar esto. El otro día leí a unos gilipollas, probablemente personas de clase media a medio hacer, que decían que El Corte Inglés era el último reducto de la España feliz. Que allí todo iba como tenía que ir, pero que fuera este país se consumía en una orgía de moros navajeros, homosexuales viciosos y rojos abyectos.

Personitas de esas que se ganan la vida escribiendo, sin duda mejor que yo, afirmaron hace poco, tras la riada de Valencia, que España era un Estado fallido. Después de mandar el artículo, supongo que saldrían a la calle, ese Mad Max castizo, para ir a tomar tortitas con nata a la cafetería que dicho centro comercial suele ubicar en su última planta. Y el resto a callar.

Supongo que con el progreso pasa lo mismo que con la aviación. Cuando los niños ven un cacharro volando se sorprenden y señalan con el dedo. Cómo no hacerlo. Luego nos acostumbramos y ya apenas levantamos la cabeza cuando vemos a un avión surcar los cielos. Pero, hostias, es que nos tiramos siete mil años soñando con ello.

Que suframos algo tan desmesurado como una pandemia y que lo primero que se nos ocurra —a los rojos— sea nacionalizar cuatro millones de sueldos para evitar que la paralización de la economía, un pausa literalmente a vida o muerte, arrase nuestro sistema productivo, a mí me parece, al menos, tan sorprendente como lo de volar.

Vivimos cada día algo sumamente excepcional en la historia, algo que por desgracia sólo ocurre en nuestro continente y en cuatro puntos más de este planeta, algo que es producto del esfuerzo organizado de la clase trabajadora en sus partidos y sindicatos para culminar la modernidad y darle a la ilustración un sentido plenamente social.

Algo que puede ser un paréntesis, un apunte a pie de página, un suspiro breve frente a la dilatada y terrible marca que han dejado la codicia, el egoísmo y la violencia en la piel de la humanidad. Hay gente muy poderosa que conspira a cada momento para borrar nuestras conquistas gloriosas, esas que no llevan nombre porque las conseguimos entre todos.

Si ustedes tienen hijos o nietos hagan el favor de contarles estas cosas. No hace tanto, cuando alguien de clase trabajadora se partía una pierna, solía acabar con el apelativo de inútil para el resto de su vida. Hoy le curamos entre todos, le pagamos su salario mientras se recupera para que, en cuatro meses, pueda seguir su camino. Es la medicina, pero sobre todo son las ideas.

Si ustedes tienen hijas o nietas hagan el favor de contarles de dónde venimos, lo que nos costó llegar hasta aquí. No contarlo como quien cuenta monedas sobre un mostrador, sino narrarlo con la emoción de las grandes gestas, de los episodios heroicos, de aquellas tradiciones que merece la pena recordar. Eso es todo lo que les pido para 2025."

(Daniel Bernabé , InfoLibre, 17/12/24)

28.11.23

La izquierda y su responsabilidad en el crecimiento de la ultraderecha populista...la ciudadanía de los países ha dejado de creer en la democracia por la incapacidad de ésta para resolver sus verdaderas problemáticas... La crisis de 2008 fue el punto de inflexión... Se aplicaron políticas basadas en la austeridad presupuestaria inducidas desde los bancos centrales... Las consecuencias de la crisis de 2008 aún no se han superado en las clases medias y trabajadoras. Sin embargo, para las élites financieras, económicas, empresariales y las grandes fortunas ha sido el negocio del siglo. La desigualdad se incrementa cada segundo que pasa, mientras los gobiernos democráticos bailan al ritmo impuesto por esas clases dominantes que, en realidad, son las que gobiernan... La depauperación de los salarios, el incremento de la precariedad de los puestos de trabajo, los despidos masivos, unido a una inflación que no se corresponde con las subidas de los sueldos ha provocado un empobrecimiento de las clases medias y una enorme vulnerabilidad en las clases trabajadoras... Las fórmulas neoliberales han demostrado su fracaso, pero los políticos las siguen aplicando, tanto en gobiernos conservadores como, y esto es peor, por socialdemócratas... los niveles de bienestar siguen en claro descenso... Los partidos de la izquierda estaban obligados, cuando han llegado al gobierno, a dar un vuelco radical a la situación generada desde poderes no democráticos. Sin embargo, han sido incapaces de hacerlo... así que a las víctimas del statu quo sólo les quedan los populistas de extrema derecha

 "La semana pasada se oficializaron las victorias electorales de los ultras Javier Milei en Argentina y del racista Geert Wilders en Países Bajos, que se suman a las de Donald Trump en Estados Unidos, Giorgia Meloni en Italia o la del eterno Viktor Orbán en Hungría, lo que demuestra que la ciudadanía de los países ha dejado de creer en la democracia por la incapacidad de ésta para resolver sus verdaderas problemáticas.

El crecimiento de las fuerzas populistas de ultraderecha en todo el mundo no es un fenómeno que haya surgido de la nada. Ni siquiera hay que mirarlo como un reflejo de los movimientos fascistas nacidos en la década de los años 30 del siglo XX, aunque hay elementos que los pueden llegar a conectar.

El ascenso de Hitler, Mussolini o Franco no fue igual. Si se quisiera hacer un paralelismo con lo que sucede en la actualidad lo más similar es el incremento de la popularidad del Partido Nacionalsocialista que le llevó hasta el poder. Sin embargo, las verdaderas causas son más profundas.

La crisis de 2008 fue el punto de inflexión, como lo fue en el mundo el crack de 1929. Sin embargo, los movimientos populistas de extrema derecha sólo tuvieron impacto en Alemania. No sólo se trató de las consecuencias económicas de la caída de Wall Street, sino que se unieron las sanciones del Tratado de Versalles que se sumaron a la creación de un discurso patriótico que unió a la población alemana en torno al populismo de Hitler.

La respuesta que se dio desde los gobiernos del mundo a la Gran Depresión tras el crack de 1929 fue muy diferente que la que se aplicó desde los países y las organizaciones supranacionales tras la quiebra de Lehman Brothers. Mientras que el presidente Franklin Delano Roosevelt aprobó el New Deal, donde se priorizó el sostenimiento de las capas más vulnerables de la sociedad, la reforma de los mercados financieros y la dinamización de la economía, en la crisis de 2008 se aplicaron políticas de recorte del gasto público que dejaron en la cuneta a miles de millones de personas en todo el mundo.

El New Deal fue el germen del estado del bienestar que se aplicaron las democracias europeas tras la II Guerra Mundial. La posguerra hizo que fuera necesaria la intervención de los Estados para proveer a su población de los servicios necesarios para dar dignidad a sus vidas.

En esta época una parte de los beneficios del capitalismo iba a las arcas del Estado en forma de impuestos y aquél, a su vez, lo invertía en servicios como la sanidad o la educación y en generar estrategias políticas que se tradujeran en empleos dignos que llevaran a los ciudadanos a consumir y, de este modo, aumentar los beneficios de las empresas, beneficios que volvían a repercutir en los presupuestos estatales.

Es decir, existía el concepto de la redistribución de la riqueza y, en mayor o menor medida, se aplicaba. El historiador británico Eric Hobsbawm definió esta época como «la edad de oro del capitalismo». En esta época fue muy importante la aportación de la socialdemocracia europea a la hora del mantenimiento de ese modelo económico y social.

Los países democráticos, además, tenían un interés en que ese Estado del Bienestar se potenciara y se mantuviera: la existencia de los países de la órbita comunista. Los gobiernos debían ofrecer a sus ciudadanos las condiciones que evitaran que se interesaran o que se sintieran atraídos por lo que ocurría tras el muro de Berlín.

Sin embargo, tras la crisis de 2008 las decisiones de los gobiernos democráticos fueron muy diferentes. Se aplicaron políticas basadas en la austeridad presupuestaria inducidas desde los bancos centrales, sobre todo desde la Reserva Federal de los Estados Unidos y el Banco Central Europeo, la Unión Europea, la OCDE o el Fondo Monetario Internacional.

Además, muchos gobiernos democráticos unieron esa austeridad a una rebaja indiscriminada de impuestos a grandes empresas, multinacionales y grandes fortunas por la teoría simplista de que si esos poderes disponen de más dinero lo invertirán en crear más empleo, lo cual se ha demostrado que es falso.

Las consecuencias de la crisis de 2008 aún no se han superado en las clases medias y trabajadoras. Sin embargo, para las élites financieras, económicas, empresariales y las grandes fortunas ha sido el negocio del siglo. La desigualdad se incrementa cada segundo que pasa, mientras los gobiernos democráticos bailan al ritmo impuesto por esas clases dominantes que, en realidad, son las que gobiernan.

La depauperación de los salarios, el incremento de la precariedad de los puestos de trabajo, los despidos masivos, unido a una inflación que no se corresponde con las subidas de los sueldos ha provocado un empobrecimiento de las clases medias y una enorme vulnerabilidad en las clases trabajadoras. Esto, evidentemente, genera descontento.

Las fórmulas neoliberales han demostrado su fracaso, pero los políticos las siguen aplicando, tanto en gobiernos conservadores como, y esto es peor, por socialdemócratas que no dudan en pactar lo que haga falta para mantenerse en el poder. Además, los niveles de bienestar siguen en claro descenso.

La incapacidad de la clase política, sobre todo de las izquierdas, para restablecer los niveles de bienestar previos a 2008 ha provocado una evidente desafección por parte de la ciudadanía que llega a poner en duda si la democracia es el sistema que solucionará los problemas principales. Los pueblos ven que la clase política, sobre todo las izquierdas, se entretienen en cuestiones que nada tiene que ver con sus necesidades. Por esa razón, se ha producido el crecimiento de fuerzas de corte ultraderechista que alcanzan el poder gracias a un discurso populista en el que se le dice a la ciudadanía todo lo que quieren escuchar.

La reacción contra el sistema está sucediendo en todas las democracias, sobre todo porque mientras las familias ven que sus ingresos se van reduciendo, las grandes empresas aumentan sus beneficios en unos porcentajes que podrían ser calificados como criminales.

Los partidos de la izquierda, en todas sus concepciones ideológicas, estaban obligados, cuando han llegado al gobierno, a dar un vuelco radical a la situación generada desde poderes no democráticos. Sin embargo, han sido incapaces, en muchos casos por una incapacidad para priorizar las necesidades de la ciudadanía y enfrentarse de manera radical contra los intereses de las clases dominantes.

Las derrotas del progresismo han sido constantes y, por tanto, los pueblos están sufriendo ante la incapacidad de quienes tienen la obligación ética e ideológica de defenderlos frente a los poderosos. Esta es la principal causa por la que personajes como Donald Trump, Giorgia Meloni, Jair Bolsonaro, Viktor Orbán, y, más recientemente, Javier Milei y Geert Wilders hayan conseguido ganar las elecciones o que Santiago Abascal o Marine Le Pen obtengan decenas de millones de votos.

No se trata de un elemento ideológico. Es más la reacción en contra de la incapacidad de los políticos de izquierda. Es la aplicación de la tercera ley de Newton: «Toda acción tiene una reacción igual y contraria». La ciudadanía apoyó durante años a los partidos democráticos que defendían el estado del bienestar. Cuando han dejado de hacerlo, han buscado otras opciones. Probaron con la derecha, el centro, la izquierda y los populistas de extrema izquierda y nada ha funcionado. A las víctimas del statu quo sólo les queda a los populistas de extrema derecha. Javier Milei y Geert Wilders no van a ser los últimos. Es triste, pero es así, y sólo una reacción por parte de la izquierda en la que prioricen de verdad las necesidades de los pueblos servirá para frenar a los ultras. Será duro, pero se puede hacer porque, al fin y al cabo, si las élites siguen obteniendo beneficios, les dará igual todo. (...)

El crecimiento de la extrema derecha y de los movimientos populistas son la consecuencia de la reacción popular contra un sistema que les está empobreciendo y oprimiendo. Los partidos democráticos han sido incapaces, pero lo más grave es la impotencia de las formaciones progresistas para priorizar a su pueblo frente a los intereses de las élites. Por eso estamos donde estamos."            (J. A. Gómez, Diario16, 27/11/23)

10.11.23

Los países nórdicos con elevados impuestos aparecen sistemáticamente en los primeros puestos de las clasificaciones internacionales que miden desde la calidad de vida, la democracia y el bienestar hasta la productividad, la competitividad y la innovación... no es una coincidencia... las economías pequeñas y abiertas que fomentan el desarrollo tecnológico necesitan compromisos más amplios en materia de seguridad social para que los ciudadanos acepten los cambios estructurales que los avances tecnológicos traen consigo. Las políticas que crean seguridad social, redistribuyen las oportunidades de vida y combaten la desigualdad de ingresos refuerzan las condiciones de crecimiento a largo plazo... la economía sueca se ha desarrollado gracias a los grandes compromisos públicos, no a pesar de ellos... pero, en la actualidad, observamos serias amenazas para el éxito continuado del modelo social sueco: en particular, la aceptación en el sistema político de un déficit de inversión (incluso de mantenimiento) significativo y en rápido crecimiento, y en su lugar la búsqueda de economías fiscales. Esta falta de inversión amenaza la eficacia y la cohesión económicas del país... Desde la comunidad empresarial sueca se piden inversiones récord en infraestructuras... pero el marco fiscal actual impide al Estado aportar su parte a estas inversiones... Para los ideólogos del mundo empresarial, sin embargo, esto representa una excelente oportunidad para conducir a Suecia hacia una mayor privatización y desregulación, tipos impositivos más bajos, menores compromisos públicos, mayores disparidades de ingresos y menor movilidad social... cuando esta falta de inversión amenaza la competitividad de las empresas y los salarios reales

 "El ex presidente de Estados Unidos Ronald Reagan declaró célebremente: "Las nueve palabras más aterradoras de la lengua inglesa son "Soy del Gobierno y estoy aquí para ayudar"". Esta frase se repite a menudo para afirmar que un Estado activo, con elevados tipos impositivos y amplios compromisos en materia de bienestar, es perjudicial para el empleo, la innovación, la inversión privada y el espíritu empresarial. Pero, ¿es realmente un Estado del bienestar activo un obstáculo para una economía de mercado eficiente?

La realidad no apoya mucho esta afirmación, a pesar de los persistentes esfuerzos de los ideólogos empresariales por describir a Suecia y a otros países desarrollados del bienestar bajo una luz negativa. Por el contrario, los países nórdicos con elevados impuestos aparecen sistemáticamente en los primeros puestos de las clasificaciones internacionales que miden desde la calidad de vida, la democracia y el bienestar hasta la productividad, la competitividad y la innovación. Este éxito no es una coincidencia, sino el resultado de un sistema económico eficiente y promotor de la igualdad.

En los últimos años, los efectos positivos sobre el crecimiento económico de las políticas de bienestar que favorecen la igualdad han sido subrayados por la investigación en ciencias sociales, incluido el personal de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico y el Fondo Monetario Internacional. Cada vez es más difícil aferrarse a teorías anticuadas e inconexas ignorando la realidad. En el debate público sueco, sin embargo, este consenso en desarrollo ha tenido dificultades para llegar a los políticos responsables.
Debate constructivo

Para contribuir a un debate más constructivo sobre el futuro del modelo social del país, los cinco sindicatos de la industria sueca han financiado una Comisión de Productividad Industrial, un proyecto de tres años en colaboración con el think tank de orientación sindical Arena Idé. Su objetivo es aumentar los conocimientos sobre productividad y estimular el desarrollo de políticas desde una perspectiva sindical.

En este marco, la Comisión ha publicado un informe (en sueco), The democratic and investing welfare state: an irrigation system for growth. En él se abordan los nuevos estudios sobre el crecimiento, que contribuyen a entender por qué Suecia y otros Estados del bienestar han tenido tanto éxito económico y social.

Una pieza clave del rompecabezas es que las inversiones que promueven los avances tecnológicos determinan cada vez más el crecimiento en las economías maduras. Estos avances, a su vez, requieren importantes compromisos públicos, que mejoran el capital humano e intelectual de la sociedad. En Suecia, los ingresos fiscales se han utilizado ampliamente para inversiones sociales y de otro tipo, que el mercado necesita para funcionar bien pero que el sector privado por sí solo no puede generar (aunque la inversión pública engendrará efectos multiplicadores en ese sentido).

También ha quedado claro que las economías pequeñas y abiertas que fomentan el desarrollo tecnológico necesitan compromisos más amplios en materia de seguridad social para que los ciudadanos acepten los cambios estructurales que los avances tecnológicos traen consigo. Las políticas que crean seguridad social, redistribuyen las oportunidades de vida y combaten la desigualdad de ingresos refuerzan las condiciones de crecimiento a largo plazo. La confianza social -que, como ha demostrado el politólogo sueco Bo Rothstein, se ve favorecida por los Estados nórdicos de bienestar universal- es una piedra angular del desarrollo económico.

El creciente énfasis de los investigadores en la importancia de los factores sociales para el crecimiento ha llevado a instituciones como la OCDE a cuestionar el antiguo paradigma de que unos impuestos más bajos y un Estado más pequeño son el camino de oro hacia la prosperidad económica. Cada vez se destaca más la importancia de que el Estado garantice un alto nivel de inversión, apoye el desarrollo tecnológico, promueva la inclusión social, garantice una buena sanidad pública y fomente altos niveles de educación. Parece que la economía sueca se ha desarrollado gracias a los grandes compromisos públicos, no a pesar de ellos.

Consenso minado

Al mismo tiempo, no es una ley natural que un sector público más amplio y más políticas de bienestar proporcionen mejores condiciones para una economía productiva. Los compromisos públicos mal diseñados y las instituciones corruptas pueden ser un cubo con fugas para la economía. Sin embargo, los compromisos de bienestar y las inversiones públicas bien diseñadas "irrigarán" el crecimiento.

El enfoque del consenso sueco, centrado en una economía de mercado competitiva con políticas sociales de gran alcance, ha sido crucial para aunar esa sabiduría política y lograr el éxito. El consenso presupone las inversiones públicas subyacentes, que benefician tanto a las empresas como a los ciudadanos y al bienestar social. Sin embargo, se está viendo socavado por la creciente polarización social y las promesas incumplidas en materia de bienestar.

 En la actualidad, observamos serias amenazas para el éxito continuado del modelo social sueco: en particular, la aceptación en el sistema político de un déficit de inversión (incluso de mantenimiento) significativo y en rápido crecimiento, y en su lugar la búsqueda de economías fiscales. Esta falta de inversión -a pesar de que la proporción de deuda pública con respecto al producto interior bruto es sólo de alrededor del 30%, la mitad del límite establecido por las normas fiscales de la Unión Europea- amenaza la eficacia y la cohesión económicas del país.

Desde la comunidad empresarial sueca se piden inversiones récord en carreteras, ferrocarriles, sistemas de agua y alcantarillado, infraestructuras, telecomunicaciones 5G, electricidad y energía. Además, hay una enorme escasez de vivienda, tenemos que invertir mucho en la transición climática y -con la entrada de Suecia en la Organización del Tratado del Atlántico Norte- el presupuesto de defensa tendrá que alcanzar el 2% del PIB. Por último, los sistemas de bienestar del país son profundamente anémicos, el seguro de desempleo sólo proporciona una renta básica y las escuelas y universidades están muy infradotadas.

Silencio ensordecedor

Es evidente que el marco fiscal actual impide al Estado aportar su parte a estas inversiones. Para los ideólogos del mundo empresarial, sin embargo, esto representa una excelente oportunidad para conducir a Suecia hacia una mayor privatización y desregulación, tipos impositivos más bajos, menores compromisos públicos, mayores disparidades de ingresos y menor movilidad social.

Sin embargo, la parte pragmática del mundo empresarial y de los sindicatos guarda un silencio ensordecedor al respecto, a pesar de que la falta de inversión amenaza la competitividad de las empresas y los salarios reales. Esto es crucial para el futuro de Suecia y más voces -más claras y decididas- deben unirse al debate.

Suecia no puede seguir confiando en los logros del pasado. El Estado debe poder tomar prestados fondos sustanciales para las inversiones sociales necesarias para garantizar la prosperidad, el bienestar y la calidad de vida de las generaciones futuras.

Y esto es una verdad universal, no sólo para Suecia."

(Roger Mörtvik, ex secretario de Estado responsable del mercado laboral, la educación y la política social. Daniel Lind es director de investigación de la Comisión de Productividad Industrial. Anteriormente trabajó como economista jefe y director de política en el movimiento sindical sueco. Social Europe, 07/11/23; traducción DEEPL)

16.3.11

"El estado del bienestar... socialdemócrata... es un estado universal... (en el que) los derechos sociales eran para todos, ciudadanos y residentes"


Tipología de los distintos modelos sociales europeos

"El estado del bienestar, establecido por la socialdemocracia, (definiendo como tal todas las sensibilidades socialistas que desean desarrollar tal proyecto político a través de la vía democrática, llámense como se llamen: partidos socialistas, laboristas, socialdemócratas o comunistas) es un estado universal, en el que, desde el principio, los derechos sociales eran para todos, ciudadanos y residentes, sin limitaciones o definición de derechos según el nivel de renta.

La traducción operativa de este derecho son las transferencias y los servicios públicos universales, tales como sanidad, educación, servicios sociales, escuelas de infancia y servicios domiciliarios, entre otros, que no se otorgan por el Estado, sino que se consideran como derechos de todos los ciudadanos que son garantizados por el Estado.

El motor de tal proyecto históricamente fue el movimiento obrero en alianza con las clases medias.

La Iglesia y las fuerzas conservadoras, incluyendo los liberales, se opusieron a tal estado del bienestar hablando en su lugar de la sociedad del bienestar.

El eje social de la Iglesia era la familia, donde la mujer cuidaba de los niños y de los ancianos y el esposo trabajaba desde los 16 a los 65 años, financiando las transferencias de fondos públicos -como las pensiones y la sanidad- a través de las cotizaciones sociales de los empresarios y de los trabajadores a las cajas de la Seguridad Social, controladas por los empresarios y trabajadores (divididos en distintos sectores) junto con representantes del estado.

Tal formato sí que había sido establecido por un conservador, el canciller Bismarck, que temeroso de los movimientos obreros, que estaban surgiendo con fuerza en Europa, quiso romper con la solidaridad obrera estableciendo una diversidad de beneficios de manera que unos trabajadores tendrían más beneficios que otros, enfrentando a unos trabajadores con otros.

Su enemigo era la universalidad de derechos, tal como el propio Bismarck indicó. La manera de frenar el movimiento obrero no era sólo mediante la represión, sino también con medidas que dividieran a la clase trabajadora.

De ahí surgió el programa de Seguridad Social que se establecía, no a partir de fondos del estado, sino a partir de contribuciones de los propios trabajadores y de los empresarios, donde los beneficios respondían a un sistema jerárquico dependiendo del lugar del trabajador en el orden social, que quería defenderse y reproducirse con tal programa.

(Ver Vicente Navarro “Why some countries have National Health Insurance, others have National Health Services and The US has neither” International Journal of Health Services 19 (3) pp. 383-404.1989).

Este modelo conservador ha ido cambiando resultado de las alianzas que tales fuerzas conservadoras tuvieron que hacer con la social democracia a fin de poder gobernar. Y así se han ido adaptando a un modelo universal." (Vicenç Navarro: ¿El estado del bienestar lo inventaron las derechas?; en www.vnavarro.org, 14/03/2011)

5.1.11

Una historia de la crisis ecónomica

"¿Pero cómo empezó todo? El análisis que realizó al final de su vida el gran economista Hyman Minsky es particularmente potente, porque permite ver esos cambios desde una vasta perspectiva histórica. Minsky llamó a la situación salida de la II Guerra Mundial "capitalismo paternalista".

Se caracterizaba por un "Tesoro público enorme" (cuyo gasto equivalía al 5% del PIB) dotado de un presupuesto que oscilaba contracíclicamente a fin de estabilizar el ingreso, el empleo y los flujos de beneficios; una Reserva federal a modo de "enorme banco" que mantenía bajos los tipos de interés e intervenía como prestador de último recurso; una amplia variedad de garantías estatales (seguro de depósitos, respaldo público implícito al grueso de las hipotecas); programas de bienestar social (Seguridad Social, Ayuda a las familias con hijos dependientes, Medicaid y Medicare); estrecha supervisión y regulación de las instituciones financieras; y un abanico de programas públicos para promover la mejora de los ingresos y la igualdad de riqueza (fiscalidad progresiva, leyes de salario mínimo, protección para el trabajo sindicalmente organizado, mayor acceso a la educación y a la vivienda para las personas de bajos ingresos).

Además, el Estado jugaba un papel importante en materia de financiación y refinanciación (por ejemplo, la Corporación pública para financiar la reconstrucción y la Corporación pública para el crédito y la compra de vivienda) y en la creación de un mercado hipotecario moderno para la compra de vivienda (basado en un préstamo de tipo fijo amortizable en 30 años) sostenido por empresas patrocinadas por el Estado.

Minsky reconoció el papel jugado por la Gran Depresión y la II Guerra Mundial en la creación de unas bases para la estabilidad financiera. En palabras de Randy Wray:

"La Depresión pulverizó y aventó el grueso de los activos y los pasivos financieros: eso permitió a las empresas y a los hogares salir con poca deuda privada. El ciclópeo gasto público durante la II Guerra Mundial creó ahorró y beneficio en el sector privado, llenando los libro de contabilidad con saneada deuda del Tesoro (60% del PIB, inmediatamente después de la Guerra).

La creación de una clase media, así como el baby boom, mantuvieron alta la demanda de consumo y alimentaron un rápido crecimiento del gasto público de los estados federados y de los municipios en infraestructura y en servicios públicos deseados por los consumidores metropolitanos.

La elevada demanda de los entes públicos y de los consumidores trajo a su vez consigo el que pudiera cubrirse el grueso de las necesidades de las empresas en punto a financiar el gasto interno, incluida la inversión. Así, durante las primeras décadas que siguieron a la II Guerra Mundial, el 'capital financiero' desempeñó un papel inusualmente menor.

El recuerdo de la Gran Depresión generó reluctancia al endeudamiento. Los sindicatos presionaban, y a menudo obtenían más y más compensaciones, lo que permitió el crecimiento de los niveles de vida, financiados en su mayor parte sólo con los ingresos."

En la década de 1970 todo eso empezó a cambiar, como bien se explica en Econned. El gasto público comenzó a crecer más lentamente que el PIB; los salarios ajustados a la inflación se estancaron a medida que los sindicatos perdían poder; la desigualdad arrancó a crecer y las tasas de pobreza dejaron de caer; las tasas de desempleo se dispararon; y el crecimiento económico se ralentizó.

En los 70 asistimos también a los primeros esfuerzos sostenidos para escapar a las restricciones puestas por el New Deal a medida que las finanzas respondían para aprovechar las oportunidades. Tras el desastroso experimento monetarista de Volcker (1979-82), muchos de los viejos vestigios del sistema bancario establecido por el New Deal fueron arrasados.

El ritmo de innovaciones se aceleró a medida que fueron adoptándose muchas prácticas financieras nuevas para proteger a las instituciones del riesgo de la tasa de interés.

A despecho de todas las apologías hechas de los años de Volcker al frente de la Reserva federal, lo cierto es que sus políticas de tipos de interés altos sentaron las bases del actual sistema financiero basado en el mercado, incluidas la titulización hipotecaria, la innovación financiera en forma de derivados para cubrir el riesgo de los tipos de interés, así como muchos de los vehículos financieros "extracontables" que han proliferado en las dos últimas décadas.

Se legisló para crear un tratamiento fiscal mucho más favorable a los intereses, lo cual, a su vez, estimuló las compras apalancadas para substituir activos por deuda (con la toma de control empresarial financiada con deuda que sería servida por los futuros flujos de ingresos de la empresa así controlada).

Los excedentes presupuestarios de los años de Clinton –otro ejemplo de ascendencia de una filosofía neoliberal que huyó de la política fiscal y determinó la primacía de la política monetaria— restringieron la demanda agregada, encogieron los ingresos y crearon una mayor dependencia respecto de la deuda privada como medio de sostener el crecimiento y los ingresos.

Eso se vio claramente facilitado por innovaciones que ampliaron el acceso al crédito y cambiaron las criterios de las empresas y de los hogares respecto al nivel del endeudamiento prudente. El consumo llevaba la batuta, y la economía volvió finalmente a los rendimientos de los años 60.

Regresó el crecimiento robusto, ahora alimentado por el déficit del gasto privado, no por el crecimiento del gasto público y el ingreso privado. Todo eso llevó a lo que Minsky llamó el capitalismo de los gestores del dinero.

Tal es el contexto histórico básico. Pero ha venido desarrollándose desde hace cerca de 40 años." (Sin Permiso, 02/01/2011, citando a ' ¿Cómo se ha llegado hasta aquí? Brevísima historia de 40 años de imposición de políticas económicas neoliberales', de Marshall Auerback)