"Un sentido común entre los grupos de mayor poder económico y social
en el Perú, y que acapara los espacios del Estado en dictadura, es el de
calificar de “izquierda” a todo lo que se mueve en contra de lo que
piensan, creen o defienden. Esto es característico, además, de toda
extrema derecha, antidemocrática por definición, que necesita siempre de
un discurso maniqueo y absoluto para evitar cualquier debate.
La palabra “izquierda” les es útil para poder, de inmediato,
desplazarse hacia el terruqueo o –peor– el ninguneo, con matiz
abiertamente racista, de los opositores, que resultan siempre ser
manipulados, ignorantes, etc. (...)
Mala fe. Los dueños del poder no han inventado nada, solo acuden al
repliegue común a todos aquellos que se aferran no solo a sus
privilegios sino a sus hábitos y modos de vida que les aterra cambiar, y
que es el sentido común de todos los conservadores de la Historia. (...)
De esa suma de prejuicios nacen los motivos que hoy se instalan con
fuerza entre sectores de las clases medias y entre todo el sector más
dominante, pero –nuevamente– todo importado de Europa: ese es el
principal problema. Y es lo que hace que su matriz sea profundamente
racista.
Un ejemplo para entender los desencuentros de origen y que persisten lo
podemos buscar, como al azar, en un caso reciente, que me cupo la
posibilidad de seguir: el juicio a los indígenas awajún y wampís
involucrados en los eventos que culminaron en la masacre de Bagua
en 2009. Ocurrió que, “durante el juicio a los indígenas, los jueces
debieron retardar el proceso, porque la intérprete wampís Dina Ananco
Ahuananchi expresó la necesidad de que se explicara a los encausados
cada uno de los términos en que consistía la acusación. Ocurre que la
mayoría de los indígenas no entendía por qué estaban siendo
enjuiciados”. Entre los encausados razonaban: “A mí me provocan, me
invaden, reacciono, me defiendo, y el más grande me castiga encima”.
Isaac Paz, el intérprete awajún, explicaba: “Los awajún y wampís
siempre van al origen de las cosas, a la causa de las cosas. ¿Cuál fue
el inicio? Un juez awajún hubiera juzgado a los que entraron, a los que
invadieron”. Es decir, a los responsables políticos en el
Estado: el entonces presidente Alan García, la entonces ministra del
Interior Mercedes Cabanillas…
Con solo este ejemplo podemos explicarnos el abismo que distancia a
los múltiples pueblos del Perú de las élites dominantes, que pueden
situarse a la derecha o a la izquierda, es igual. Y reparar en que el
problema, de una manera más profunda y compleja, trata, aunque no se
puede/quiere ver, de relaciones distintas, de un lado y del otro, con la
tierra. (...)
Aníbal Quijano describe lo que son nuestras repúblicas independientes en
América Latina y el Caribe, como “esta extraña paradoja: una sociedad
organizada en términos coloniales, donde los ejes coloniales no sólo no
son desmontados, sino que se reafirman y encostran”.
Los que emergen
Hoy nos encontramos con un extenso movimiento de respuesta social,
pero también profundamente emotiva, y con objetivos muy concretos, que
no sigue a ninguna ideología definida y, además, sin liderazgo alguno.
Una repentina explosión de respuesta a siglos de olvido y rechazo y a
sinrazones nacidas del predominio de una sola herencia cultural,
impuesta desde la colonia como absoluta, mientras se rechaza la
pluriculturalidad originaria.
Todo para sustentar ideológicamente la explotación del otro y de su
tierra. Una respuesta que nace, igualmente, de las entrañas de muchos
pueblos, hartos finalmente, y a lo que la propaganda conservadora
insiste –por interés político– en llamar “izquierda”.
Cuando, en realidad, se trata del despertar de un país al que nunca
se tomaron el trabajo de entender más allá de la morfología y los dones
de su subsuelo.
Si analizamos las características generales de las personas que se
movilizan en las manifestaciones contra el régimen de Boluarte y el
Congreso de la República, vemos que hay efectivamente jornaleros o
trabajadores de ese tipo, pero son sobre todo comerciantes, pequeños
empresarios, campesinos dueños de sus tierras, estudiantes
universitarios hijos de campesinos, miembros de comunidades y también
desposeídos, empobrecidos –con apoyo del Estado– por las empresas
extractivas. Aymaras, chancas, quechuas, asheninkas, awajún, etc., y
mestizos, todos sumergidos en el limbo cultural al que la educación
formal y el ambiente social los ha sumergido. Unidos por el mismo
adversario, sin embargo. (...)
Ese multitudinario mundo está unido por el común desprecio que recibe de las élites que gobiernan desde la capital.
Pero ese mundo sí se conoce a sí mismo. Y hoy, que tiene la influencia
de treinta años de sentido común individualista promovido por el
liberalismo económico descontrolado y simultáneamente mercantilista, ha
creado personajes sinérgicos, a caballo entre los sentidos colectivistas
originarios y el sentido de aislamiento social a que conduce la
certidumbre de que cada uno se las tiene que arreglar solo. Un encuentro
mal tejido entre el ser real en el mundo informal, y el deber/querer
ser que la formalidad de pocos ofrece como ideal inalcanzable.
Y así, sus aspiraciones no son las de un vivir bajo un Estado poderoso
como podría ser la apuesta socialista (o comunista), sino las de poder
desarrollar sus capacidades, individuales o colectivas, para lograr
afirmarse social, cultural y económicamente, con todas las ventajas y
prerrogativas de las élites que los desprecian, pero afirmados en sus
raíces y sus lugares. (...)
Esa aproximación distinta hacia la tierra marca la diferencia
fundamental entre los dos mundos. Y, a pesar de la disposición del mundo
mayoritario a incorporarse a la cultura dominante, al ser esta
disposición rechazada siempre, los mundos no solo se apartan, se afirman
permanentemente como extraños, sino que, a pesar de generar incluso
economías interconectadas por la necesidad, son por definición
diferentes. La colonialidad del poder tiene esta característica que
podemos reconocer como ecológica, donde el ecocidio es también parte de
la forma de imposición de los pocos sobre los muchos ajenos.
Es el problema central que Quijano identifica como el nudo
arguediano: identidad, modernidad y democracia son las aspiraciones que
“no pueden lograrse uno tras otro. No pueden lograrse los unos sin los
otros”.
Esta revolución no es “de izquierdas”
La situación es como sigue. “La recaudación tributaria como
porcentaje del PIB de Perú en 2020 (15,2%) estuvo por debajo del
promedio de América Latina y el Caribe (21,9%) (…) y por debajo del
promedio de la OCDE (33,5%)”. Es lo que aporta el 25% formal, cuya
cúspide empresarial se beneficia con la mayor parte del jamón y paga los
menos impuestos que puede.
Mientras que el 75% del país informal vive en el paraíso de Milton
Friedman, sin regulación alguna, sin pagar impuestos, pero pagando los
salarios que le da la gana, sin pagar o recibir beneficios ni seguros,
devastando también en algunos casos, y aportando por esta vía, más los
impuestos indirectos, a los ingresos del Estado. Según el INEI, “el
sector informal aporta el 18% al valor total de todos los productos
producidos”. A lo que hay que sumar lo que no se contabiliza, pero
ingresa de todas maneras al sistema financiero, sin que nadie pregunte
de dónde viene.
A este mundo de la informalidad le llama el economista Francisco
Durand el colchón que permite que la macroeconomía luzca exitosa. Un
mundo en el que circula mucho dinero ilegal pero mayoritariamente no
delictivo, y que –para que quede claro el financiamiento de las
movilizaciones– en todos los lugares del país, de manera espontánea, ha
acumulado fondos suficientes en bolsas que permiten mantener la
oposición al régimen.
Ahora bien, el debate sobre formalizar al informal es un debate
hipócrita, porque no conviene al estado de las cosas. ¿Qué se haría del
sector formal con ese ejército de trabajadores y pequeños empresarios?:
simplemente no hay sitio. ¿Qué se haría de ese mundo informal con las
cargas que necesariamente requiere el Estado para atender lo elemental?
No sobreviviría.
El mundo de la informalidad produce situaciones de explotación
extrema, humanamente insoportables. Lo hemos visto todos en los casos de
trágicas pérdidas de vidas por descontrol de los “emprendimientos”
informales. Es decir que tampoco es deseable desde la perspectiva de una
sociedad democrática, que es el valor al que todos aspiramos.
No pretendemos dar respuestas a esas interrogantes por nuestra cuenta,
porque queremos, más bien, explicar por qué creemos que todo aquel
dilema puede estar encontrando vías de solución por su propia cuenta.
Vamos adelantando: quizá estemos camino de romper el nudo arguediano.
La rosca y la nueva burguesía chola
El caso de Pedro Castillo, campesino maestro rural elevado a
presidente de la República, más allá de su propia consciencia sobre la
imagen que proyecta, parece haber sido el gatillo que aguardaba hace
tiempo el mundo contenido en la informalidad económica, cultural,
social, cultural, lingüística. El margen social para el que nunca hay
tiempo ni recursos.
Verse de pronto entronizados elevó las expectativas de una enorme
marea social diversa pero unida por la común marginación obra de un
grupo cerrado, identificado con Lima, neoeuropeo, y con el gobierno
desde la capital de la República. Por mediocre, corrupto y sin rumbo que
haya sido el gobierno de Castillo, el trato que recibió el personaje,
antes incluso de que mostrara sus pocas capacidades para gobernar, fue
degradante, humillante y flagrantemente racializado, racista.
La vacancia de Castillo, formalmente legal y consecuencia de una
acción a la que, al parecer, fue conducido con engaños pueriles, nunca
fue entendida como lo que la formalidad legal establece, sino como la
conclusión de todas las agresiones y maltratos recibidos antes por parte
del pequeño grupo dueño del poder en la capital y que, en estos
tiempos, se encuentra empoderado en el Congreso de la República como
sostén de una dictadura militarizada.
Suma –este grupo– de antigua burguesía capitalina, ya lo dijimos, y de
nuevos ricos y sus representantes provincianos. Sostenidos por la fuerza
de un dinero acumulado en ese mundo de las finanzas que –hasta hoy– los
sublevados no logran percibir con claridad. Falta eso… Y dirigencias de
las fuerzas armadas y policiales ideologizadas a la extrema derecha,
pero también con tramas de corrupción sobre las que ya ha habido
bastante prensa. Esa es la rosca gobernante, que usa a Boluarte como
escudo.
La revuelta popular, espontánea, sin azuzadores ni dirigencias, con
una agenda no ideológica sino práctica, que incluye disolución del
Congreso, renuncia de Dina Boluarte a la presidencia y elecciones
generales en 2023, a lo que se suma ahora demanda de justicia para los
asesinados por la represión con balas, implica también la afirmación de
la población mayoritaria, la de la informalidad y la marginación, en su
demanda de ser reconocidos. Varios dicen: “Que respeten mi voto”, lo que
no es necesariamente respaldo a la figura del expresidente vacado, sino
al principio del valor de ese voto, que se resiente como despreciado.
En ese marco general, lo que vemos es a una burguesía chola,
comerciante semiurbana y urbana, pequeña inversionista, agrocomerciante,
profesional, mayormente en el mundo informal, que busca irrumpir con
fuerza para intentar dar a sus hijos las mismas oportunidades que tienen
las minorías neoeuropeas que hoy acaparan todo el poder de decisión. Y
que busca acceder a los espacios donde se definen los modos de vida, las
orientaciones generales culturales, las estrategias económicas, los
modos y fondos de la educación, el acceso igual a la salud, pública o
privada, y la posibilidad de hacer, finalmente, el Estado de la sociedad
pluricultural nacida de la biodiversidad que lo produjo.
Pero, además, que todo ello no transcurra solo en Lima u otra ciudad
costera, sino de manera equivalente en cada lugar del país: una
descentralización de verdad, desde abajo, desde la producción, la
organización social, el mercado local, y el Estado para todos y en todos
lados, y no la comedia burocrática fallida que hoy nos desorganiza.
En esa movilización sin liderazgo único, sino de liderazgos múltiples
pero objetivos políticos muy definidos, la figura de Castillo ha sido
tan solo el pretexto para manifestarse finalmente. Pero, al mismo
tiempo, por sus mismas características de espontaneidad, tal
movilización con controles locales o dispersos permite que pequeños
grupos con intereses propios traten de sacar provecho de la
circunstancia o incurran en actos vandálicos, lo que proporciona
argumentos para la represión de la dictadura que, característicamente y
desbordada, o inventa situaciones o generaliza situaciones particulares
reales con la ayuda de los medios. (...)
Es, pues, un enorme destacamento de productores urbanos,
agricultores, comerciantes, profesionales y quienes aspiran a serlo, que
hoy reclaman su lugar en lo que me atrevo a sugerir que puede devenir
en la revolución de una burguesía chola –al modo del tercer Estado
durante la revolución francesa, por acercarnos a una idea conocida y
cuya similitud es posible en el estado colonial– que hace tiempo está
esperando su hora.
Nada menos a la izquierda que eso."
(David Roca Basadre es escritor y periodista peruano. CTXT, 21/01/23)