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4.1.11

Los fúnebres pronósticos para la economía del 2011

"En contraste con sus previsiones cautamente optimistas, a fines de 2009, de una recuperación sostenida, el humor dominante en los círculos económicos liberales cuando termina 2010 es sombrío, si no apocalíptico. (...)

En los EEUU el déficit se sitúa por encima del 9% del PIB. No es un déficit desbocado, pero la derecha norteamericana logró la hazaña que el miedo al déficit y a la deuda federal pesara más en el espíritu de la opinión pública que el miedo a la profundización del estancamiento y al aumento del paro.

En Gran Bretaña y en los EEUU, los conservadores fiscales lograron un mandato electoral claro en 2010, mientras que en la Europa continental una Alemania recrecida hizo saber al resto de la eurozona que no seguiría subsidiando los déficits de los miembros más débiles de las economías meridionales o periféricas, como Grecia, Irlanda España y Portugal.

En los EEUU, la lógica de la razón dio paso a la lógica de la ideología.(...)

En Europa, los keynesianos arguyeron que la relajación fiscal no sólo ayudaría a Irlanda y a las economías meridionales con problemas, sino también a la poderosa maquinaria económica alemana, pues esas economías absorben las exportaciones de Alemania.

Lo mismo que en los EEUU, los argumentos racionales sucumbieron a las imágenes sensacionalistas, en este caso a la retrato mediático de unos esforzados alemanes subsidiando a hedonistas mediterráneos y derrochadores irlandeses. (...)

Para contrarrestar la contracción, China, presa del pánico, lanzó lo que Charles Dumas, autor de Globalisation Fractures, caracterizó como un “violento estímulo interior” de 4 billones de yuanes (580 mil millones de dólares). Eso significaba cerca del 13% del PIB en 2008 y constituyó “probablemente el mayor programa de la historia de este tipo, incluidos los años de guerras”.

El estímulo no sólo restituyó el crecimiento de dos dígitos; también comunicó a las economías del Este asiático un impulso recuperador, mientras Europa y los EEUU caían en el estancamiento.
(...)

“En China, con una ratio comercio/PIB y exportaciones/PIB que excede ya, respectivamente, el 60% y el 30%, la economía no puede seguir dependiendo de la demanda externa para sostener el crecimiento. Desgraciadamente, con un enorme sector exportador que emplea a millones y millones de trabajadores, esa dependencia se ha hecho estructural.

Eso significa que reducir la dependencia y el excedente comerciales de China pasa por harto más que por ajustar la política macroeconómica.”
(...)

“Aunque se ha prestado mucha atención a la demanda de consumo e industrial en los EEUU y en China, las políticas deflacionarias que envuelven a la UE, la unidad económica más grande del mundo, podrían hundir de mala manera el crecimiento económico global…

Las dificultades llevar a Europa a redoblar su empeño en las exportaciones al tiempo que EEUU, Asia y América Latina están disponiendo sus economías para vender más en todo el mundo, lo que no podría sino exacerbar las tensiones, ya suficientemente altas, en los mercados de divisas.

Podría llevar a un resurgimiento de las políticas industriales patrocinadas por los estados, cuyo crecimiento ya se observa por doquiera. Tomados de consuno, todos esos factores podrían llegar a propagar el incendio proteccionista tan temido por todos.”
(...)

Lo que nos aguarda en 2011 y en los próximos años, advierte Garten, son momentos de “turbulencia excepcional, a medida que el ocaso del orden económico global tal como lo hemos conocido avanza caótica y tal vez destructivamente”.

Garten destila un pesimismo que está apoderándose cada vez más de buena parte de la elite global que otrora anunciaba la buena nueva de la globalización y que ahora la ve desintegrarse literalmente ante sus propios ojos.
" (Sin Permiso, 02/01/2011, citando a 'Perspectivas de la economía mundial en 2011', de Walden Bello)

10.5.10

La pobreza la causa... ¿la corrupción? No solo... es peor la privatización

"Pero, aunque la investigación sugiere que la corrupción guardia cierta relación con la pobreza, no es la causa principal de la pobreza y del estancamiento económico, diga lo que quiera la opinión común.

Los datos del Banco Mundial y de Transparency Intertantional muestran que Filipinas y China tienen el mismo nivel de corrupción; sin embargo, China creció a un 10,3% anual entre 1990 y 2000, mientras que las Filipinas crecieron sólo un 3,3%. Además, como muestra un reciente estudio de Shaomin Lee y Judy Wu, “China no está sola; hay otros países que tienen, simultáneamente, altos niveles de corrupción y una elevada tasa de crecimiento”.

La narrativa de la “corrupción-causante-de-pobreza” ha llegado a ser a tal punto hegemónica, que conseguido marginar los asuntos propiamente políticos del discurso político. Esa narrativa apela a la elite y a la clase media, que dominan la conformación de la opinión pública. Es también un lenguaje exento de riesgos, adecuado para la competición entre políticos profesionales. Los dirigentes políticos pueden acusarse mutuamente de corrupción a efectos electorales, sin necesidad de acudir a un desestabilizador discurso de clase.

Sin embargo, esa narrativa de la corrupción resulta cada vez menos atractiva para las clases pobres. A pesar de la corrupción que marcó su reinado, Joseph Estrada está en un respetable tercer puesto en la carrera presidencial filipina, con un sólido apoyo entre muchas comunidades urbanas pobres. Pero tal vez sea Tailandia el país en el que las clases bajas hayan rechazado más resueltamente el discurso de la corrupción, desplegado por las elites y las clases medias radicadas en Bangkok para echar a Thaksin Shinawatra de la presidencia del gobierno en 2006.

Mientras estuvo en el poder, Thaksin se sirvió sin rebozo de su cargo para ampliar su imperio empresarial. Pero las masas rurales y las clases bajas urbanas –la base de los llamados “camisas rojas”— han ignorado esa corrupción y luchan por devolver su coalición al poder. Recuerdan el período de Thaksin (2001-2006) como una edad de oro. Tailandia se recuperó de la crisis financiera asiática luego de que Thaksin se quitara de encima al FMI y de que el dirigente Thai promoviera políticas expansivas con dimensión redistributiva, y señaladamente: una asistencia sanitaria universal barata, una financiación del desarrollo local por valor de un millón de baths para cada ciudad y una moratoria en el servicio de las deudas contraídas por los campesinos. Esas políticas cambiaron a mejor sus vidas.

Los camisas rojas de Thaksin llevan probablemente razón en su implícito juicio de que las políticas pro-populares son más decisivas que la corrupción cuando de lo que se trata es de enfrentarse a la pobreza. En efecto: en Tailanda y en otros sitios, unos impecables tecnócratas han sido probablemente más responsables del incremento de la pobreza que los políticos más corruptos. El discurso de la “corrupción-causante-de-pobreza”, eso no ofrece duda, es popular entre las elites y las instituciones financieras internacionales, porque sirve de cortina de humo para ocultar las causas estructurales de la pobreza, así como las erradas decisiones políticas de los más transparentes tecnócratas, que llevan al estancamiento.

El caso de las Filipinas desde 1986 ilustra la mayor capacidad explicativa de la narrativa de la “política-errada” respecto de la narrativa de la “corrupción-causante-de-pobreza”. De acuerdo con una narrativa a-histórica, la corrupción masiva habría sofocado las promesas de la república democrática post-Marcos. En cambio, la narrativa de la política equivocada localiza las causas clave del subdesarrollo y de la pobreza filipinos en acontecimientos y procesos de todo punto históricos.

El complejo de políticas que empujó a las Filipinas al abismo económico en los últimos 30 años puede reducirse a un palabro formidable: ajuste estructural. También responde la nombre de reestructuración neoliberal, y entraña la primacía de la devolución de la deuda, la gestión macroeconómica conservadora, unos gigantescos recortes del gasto público, la liberalización comercial y financiera, la privatización y la desregulación, así como la producción orientada a la exportación. El ajuste estructural llegó a las Filipinas por cortesía del Banco Mundial, el FMI y la Organización Mundial de Comercio (OMC), pero los tecnócratas y los economistas locales lo hicieron suyo, y difundieron la doctrina.

En lo personal, Corazón Aquino fue una mujer honrada –en realidad, el epítome de la incorruptibilidad—, y su contribución al restablecimiento de la democracia, indispensable. Pero su aceptación de la exigencia del FMI de dar a la devolución de la deuda primacía sobre el desarrollo trajo consigo una década de estancamiento y continuada pobreza. Los pagos de intereses en relación con el gasto público total pasaron de un 7% en 1980 a un 28% en 1994. (...)

El número de pobres subió en América Latina y en el Caribe, en la Europa central y oriental, en los Estados árabes y en el África subsahariana. La reducción del número de pobres en el mundo se dio primordialmente en China en los países del este asiático que rechazaron las políticas de ajuste estructural y la liberalización del comerció que las instituciones multilaterales y los tecnócratas neoliberales locales impusieron a otras economías en vías de desarrollo.

China y los países de nueva y acelerada industrialización del este y el sureste asiáticos, en donde ha tenido lugar el grueso de la reducción de la pobreza que se ha registrado en el mundo, estuvieron marcados por altos grados de corrupción. La diferencia decisiva entre sus logros y los de los países sujetos al ajuste estructural no fue la corrupción, sino la política económica.

A pesar de sus efectos malignos en la democracia y en la sociedad civil, la corrupción no es la causa principal de la pobreza. Las cruzadas “antipobreza y anti corrupción” que tanto seducen a las clases medias y al Banco Mundial no sirven para enfrentarse al desafío de la pobreza. Las malas políticas económicas son las que crean pobreza y la enquistan. A menos que –y hasta que no— revirtamos esas políticas de ajuste estructural, de liberalización del comercio y de gestión macroeconómica conservadora, no saldremos de la trampa de la pobreza." (Sin Permiso, 09/05/2010)

28.5.09

Empieza la "desglobización"... el no consumir alimentos cultivados a 6.500 km. de distancia

"El sociólogo y politólogo filipino Walden Bello define globalización como "el paradigma de la integración lo más rápida posible de los mercados". Y, acto seguido, certifica su "crisis final". "Esta crisis no va a acabar pronto", añade, "sino que probablemente entraremos en una depresión mundial". (...)

"La situación esconde, al mismo tiempo, una oportunidad para otros modelos económicos". En la democratización de una economía que deberá funcionar al servicio del bienestar de las personas reside el reto de los activistas por otra organización social. Y a pesar de que Bello no menciona el decrecimiento, sí teoriza sobre la "desglobalización". Sin embargo reconoció que esa marcha atrás de la mundialización "se debe a la crisis y no a los análisis antiglobalización". (...)

"No es lógico consumir alimentos que se producen a 6.500 kilómetros de distancia del hogar", explicó, antes de resaltar la importancia de lo local en la necesaria reestructuración del sistema. No predicó, quizás por modestia, quizás por prudencia, sobre el fin del capitalismo, pero cartografió, someramente, la recesión con cifras y los puntos calientes en los que la recesión puede desembocar en las armas. (...)

Preguntado por la respuesta de la izquierda en estos tiempos turbulentos, el sociólogo recordó el acierto de las predicciones de los foros sociales. "Esta crisis había sido prevista por el movimiento antiglobalización". Pero no tiene reparos en admitir la escasez de propuestas ofrecidas. "Ahora tenemos que ejercitar nuestra imaginación política", concluye." (Walden Bello: "Estamos ante la crisis final de la globalización". El País, ed. Galicia, Galicia, 27/05/2009, p. 6)