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28.3.22

Con el telón de fondo de la guerra de Ucrania la campaña presidencial francesa puede servir de indicador del estado de nuestra sociedad y de la intensificación del mal viento que sopla sobre ella desde hace varias décadas... la campaña ha sacado claramente a la luz cinco rasgos significativos que interactúan entre sí: una sociedad en la que el racismo desde arriba ha acabado por empapar a una parte no desdeñable de la sociedad, una banalización del macartismo en forma de un aumento de las prohibiciones de asociaciones y colectivos, una fuerte tendencia a la desaparición del Parlamento como uno de los espacios del debate democrático, un panorama mediático cada vez más monopolístico, un tratamiento mediático y político de la guerra dominado por una lógica belicista

 "(...) Lo que destaca de este cuadro general no es sino una sociedad en la que el racismo desde arriba ha acabado por empapar a una parte no desdeñable de la sociedad, una banalización del macartismo en forma de un aumento de las prohibiciones de asociaciones y colectivos, una fuerte tendencia a la desaparición del Parlamento como uno de los espacios del debate democrático, un panorama mediático cada vez más monopolístico, un tratamiento mediático y político de la guerra dominado por una lógica belicista, etc. 

Racismo desde arriba y racismo desde abajo

Uno de los rasgos destacados de la campaña es, por una parte, la presencia de varios candidatos denominados de “extrema derecha” (lo ponemos comillas por desconfiar de este concepto de extrema derecha que eufemiza la matriz fascista de estos candidatos) y, por otra parte, la utilización que hacen otros candidatos de conceptos provenientes de esta misma matriz. Por supuesto, estos candidatos presentan sus propuestas racistas como respuesta a las preocupaciones de la “Francia de abajo”, es decir, como eco de un racismo desde abajo. Según esto, las clases populares y las capas medias son las que están en el origen del racismo y los candidatos no pueden sino tomar nota de ello y responder a las preocupaciones “legítimas” que expresa. Con este razonamiento estamos, simplemente, en presencia de una lógica de inversión del orden de las causas y las consecuencias. En efecto, no es un “racismo desde abajo” lo que ha dado suscitado un “racismo desde arriba”, sino lo contrario, como demuestran los debates y polémicas de estas últimas décadas en torno al “pañuelo”, al “laicismo”, al “separatismo” (1), al “peligro migratorio”, a la “inseguridad”, etc. Estos múltiples debates, polémicas y promesas electorales se caracterizan por situarse en una lógica descendente: quienes iniciaron estos temas son el jefe de Estado, los ministros, los líderes políticos, los programas mediáticos, etc., y no los movimientos sociales (que tienen otras preocupaciones: el poder adquisitivo, la redistribución, el deterioro del sistema educativo y del sistema sanitario, etc.). (...)

Pierre Bourdieu insistía en la necesidad de tener en cuenta este “racismo desde arriba”, que él denominaba “racismo de la inteligencia”: “El racismo de la inteligencia es un racismo de la clase dominante. […] El racismo de la inteligencia es aquello por medio de lo cual los dominantes pretenden producir una «teodicea de su proprio privilegio», como dice Weber, es decir una justificación del orden social que ellos dominan” (3). En ese mismo sentido Jacques Rancière recuerda de la siguiente manera la génesis de la redinamización de la opinión racista en las últimas décadas: “El racismo actual es en primer lugar una lógica estatal y no una pasión popular. Y esta lógica de Estado la apoya principalmente no algunos grupos sociales atrasados, sino gran parte de la élite intelectual. Las últimas campañas racistas no son en absoluto obra de la extrema derecha llamada «populista», sino que las han llevado a cabo una intelligentsia que se considera a sí misma intelligentsia de izquierda, republicana y laica. La discriminación ya no se basa en argumentos sobre las razas superiores e inferiores, se argumenta en nombre de la lucha contra el «comunitarismo», en nombre de la universalidad de la ley y de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y de la igualdad de los sexos” (4).

Una de las primeras lecciones de estas presidenciales es poner de relieve que una parte no desdeñable de la sociedad francesa está ahora embebida de este racismo construido desde arriba.

Una lógica macartista que se banaliza en medio de la indiferencia general

La reciente prohibición, en plena campaña electoral, de dos nuevos colectivos, el “Collectif Palestine Vaincra” [Colectivo Palestina Vencerá] en Toulouse y el “Comité Action Palestine” [Comité Acción Palestina] en Burdeos, pone de relieve la tendencia prohibicionista del actual gobierno en el ámbito de la gestión de la protesta social y política. Estas prohibiciones se producen después de la del CCIF (Collectif Contre l’Islamophobie en France, Colectivo contra la Islamofobia en Francia) y de la ONG Baraka City a finales 2020, de las de la CRI (Coordination contre le Racisme et l’Islamophobie, Coordinación contra el Racismo y la Islamofobia) y de la Ligue de défense noire africaine [Liga de Defensa Negra Africana] en octubre de 2021, y del cierre administrativo de varias mezquitas, la última la de Pessac el pasado 14 de marzo por un periodo de 6 meses. Aunque el gobierno informa mucho acerca de estas prohibiciones para dar testimonio de su determinación de luchar contra el “comunitarismo” y/o el “separatismo”, la lógica prohibicionista va mucho más allá de las cuestiones relacionadas con la inmigración o Palestina. Testimonio de ello son otras prohibiciones sobre las que el gobierno ha informado menos: Observatoire National de la Pauvreté [Observatorio Nacional de la Pobreza] en 2019, Observatoire de la laïcité [Observatorio del Laicismo] en 2021, Collectif Nantes Révoltés en 2022, Groupe antifasciste la Gale-Lyon (en curso). Al mismo tiempo el “Contrat d’Engagement Républicain” [Contrato de compromiso republicano] previsto por la ley sobre el “separatismo” entró en vigor a partir del 1 de enero de 2022 para todas las “asociaciones, fundaciones, ligas profesionales, federaciones deportivas autorizadas” y concierne a las “peticiones de subvenciones y de autorizaciones presentadas a contar desde la fecha de entrada en vigor de este decreto” (5). A partir de ahora se combinan las presiones discretas y la represión abierta para hacer callar las voces discordantes.

Lo más grave es la ausencia de reacciones colectivas ante esta lógica represiva. El miedo a ser acusados de complicidad y/o de complacencia con estos grupos y asociaciones a los que se presenta como grupos que llaman al “odio, la violencia y la discriminación, y a provocar actos terroristas” ha llevado o bien a que se hagan comunicados de denuncia de estas prohibiciones sin movilizaciones, o bien a silencios ensordecedores. Represión directa para algunos sin molestarse en presentar la menor prueba y política del miedo para los demás: hay que constatar que estamos ante dos ejes esenciales del macartismo estadounidense de la Guerra Fría. Sin duda no es comparable la magnitud de las medidas en ambos momentos, pero la lógica sigue siendo la misma: una falsa amenaza (ayer comunista, hoy “islamista” o “extremista”) justifica la restricción de los derechos democráticos sin necesidad de presentar pruebas. (...)

La segunda lección de las presidenciales es la afirmación de un macartismo oficial sin complejos que articula la censura por medio de una fuerte represión en el caso de algunos y de la política de amenaza destinada fomentar la autocensura en el delos demás.

Criminalización de la conflictividad democrática y fascistización

La lógica prohibicionista se inscribe a su vez en una mutación más amplia concerniente a la idea misma de debate democrático. El presidente, sus ministros y sus intermediarios ideológicos promueven la idea de una “democracia sin conflictividad” de muchas maneras: lógica “ni de derechas-ni de izquierdas” o mito de la tercera vía, diálogo social sin conflictos ni relaciones de fuerza, discurso de la unidad y del consenso nacional que supera las divisiones de clases y otras divisiones sociales, etc. Todos estos temas comunes a Macron, la extrema derecha, la derecha y parte de la “izquierda” contienen implícitamente una raíz común: el rechazo de la conflictividad política como reflejo de la existencia de intereses económicos enfrentados en nuestra sociedad. Es cierto que este enfoque ha existido siempre, pero hasta hace poco solo lo mantenía la “extrema derecha”. Ahora se trata de un discurso público que mantiene la más alta autoridad del Estado y que se traduce en decisiones legislativas. Así, desde el debate en el Parlamento sobre la Operación Serval en 2013 no se había abordado en el hemiciclo la guerra en Malí hasta la última crisis diplomática, con ocasión de la cual el primer ministro prometió el 2 de febrero que se iba a celebrar un debate sobre el tema. Del mismo modo la entrada en el derecho común de varias disposiciones del estado de urgencia, establecida por la ley “que refuerza la lucha contra el terrorismo y la seguridad interna” de octubre de 2017, se traduce concretamente en el debilitamiento de los espacios de conflictividad judiciales y parlamentarios. Por último, las actuales presidenciales se traducen en el rechazo asumido por parte del actual jefe de Estado de los debates discordantes con el pretexto de la guerra en Ucrania.

La negación de la conflictividad democrática no es sino una voluntad y un intento de silenciar a quienes pretenden poner en tela de juicio el orden de las cosas existente. Esta negación se inscribe en una lógica corporatista de negación de las divisiones sociales reales para sustituirlas por una falsa división entre, por una parte, los “productores” (tanto asalariados como empleadores) y, por otra, los “aprovechados” (beneficiarios de los mínimos sociales, “sin papeles” y en algunos discursos, los “patronos sin escrúpulos”). De forma más general, el discurso “ni derecha ni izquierda” (o, lo que viene a ser lo mismo, “a la vez de derecha y de izquierda”) lejos de ser nuevo se inscribe en la vieja tradición fascistoide. (...)

La tercera lección de las presidenciales es la confirmación del diagnóstico de la existencia de un proceso de fascistización como modalidad de gestión de una crisis de legitimidad del poder político, una crisis sin precedentes desde hace muchos años.

La construcción de la variante Zemmour

La candidatura de Zemmour se encuadra en un ámbito político caracterizado por dos candidatos “de extrema derecha” que cuentan con unos índices significativos en los sondeos (Marine Le Pen un 18% y Éric Zemmour 11,6% a fecha de 19 de marzo) (7). Esta candidatura significa sobre todo la construcción mediática de un candidato en dos fases: su lanzamiento por parte de [la empresa francesa] Bolloré y su promoción por parte del ámbito mediático tanto en la forma del tiempo que se le concede en antena como en la de la repetición de sus temas y sus análisis. La primera fase revela la monopolización cada vez mayor del ámbito mediático y la segunda lo que la periodista Pauline Perrenot denomina la “espectacularización de la información” y la “caza de la cuota de audiencia”: “Los grandes medios de comunicación, que siguen a Éric Zemmour desde hace dos décadas, no habían igualado todavía su proeza de septiembre de 2021. Sin lugar a dudas la idea de que Éric Zemmour está hecho por y para los medios de comunicación nunca ha sido más cierta que hoy. […] ¡Ningún complot en ello! Bastan (entre otras cosas) unas prácticas periodísticas gregarias, un tratamiento de la actualidad política y de las elecciones presidenciales uniforme en todos los medios de comunicación (bajo la forma de un combate de lucha libre y de un partida de parchís), una dependencia perniciosa y cada vez mayor de los sondeos y de los comentarios artificiales, prestos a hacer que la nada exista (recordemos que Zemmour no ha declarado la candidatura) y por último, pero no menos importante, una normalización general de la extrema derecha, proceso que ahora ya se ha completado en gran medida en los medios de comunicación dominantes” (8).

La cuarta lección de la campaña es que se pone en evidencia el poder que tiene en la prensa los “poderes del dinero”, por retomar una expresión del Consejo Nacional de la Resistencia en 1944, que afirmaba lo siguiente acerca de las condiciones de una prensa democrática en su programa de acción denominadoLos días felices: “Libertad total de pensamiento, de conciencia y de expresión, libertad de prensa, su honor y su independencia respecto al Estado, de los poderes del dinero y de las influencias extranjeras, libertad de asociación, de reunión y de manifestación” (9).

Una lógica belicista

La guerra en Ucrania ha irrumpido en las campaña de las presidenciales. Ha puesto en evidencia el predominio que los belicistas tienen en los ámbitos político y mediático. Cualquier duda crítica acerca de las causas de la guerra, sobre las sanciones, sobre a qué política que se debería dar prioridad para salir del conflicto, etc,. se reduce inmediatamente a una defensa de la política rusa y a una postura a favor de Putin. Cualquier recordatorio de la política de la OTAN en la zona, de la situación de Ucrania desde 2014, de la estrategia de los grupos fascistas ucranianos se reduce a la aprobación de la entrada de las tropas rusas en Ucrania. Aunque en el ámbito internacional prácticamente todos los países de África, Asia y América Latina han rechazado la adopción de sanciones contra Rusia y han pedido que se hagan gestiones para llegar a un alto el fuego y lograr una desescalada, estas sanciones se han presentado política y mediáticamente como un reflejo de la opinión pública mundial. Esta guerra y la propaganda bélica que la acompaña, que el candidato Macron ha convertido inmediatamente en una oportunidad electoral por un lado y en un arma ideal para ocultar las dificultades del imperialismo francés en África por otro, subraya la peligrosa dependencia que tienen las opciones internacionales francesas y europeas de las estrategias internacionales de Estados Unidos.

La quinta lección de las presidenciales francesas es la aceptación por parte de nuestra clase dominante de la estrategia de la tensión que a la larga solo puede llevar a nuevas guerras por motivos económicos y geoestratégicos."                  (Said Bouamama  , Rebelión, 26/03/2022)

10.12.21

Sami Nair: Zemmour es un producto derivado de la degeneración de la vida política, de la complicidad de las fuerzas conservadoras que añoran la época del colaboracionismo con los nazis, donde el orden, la patria y la familia prevalecen a golpes de violencia... Es una corriente de fondo que puede deteriorar gravemente el país, en un momento en que la construcción europea atraviesa una crisis profunda... El racismo y el ultranacionalismo que destila puede hacer de Francia un laboratorio de proyectos neofascistas y servir del peor ejemplo para otros países... El mero hecho de ser elevado a candidato para las próximas elecciones presidenciales da idea del profundo malestar social, político e intelectual francés. Una crisis que no parece tocar fondo, y que, posiblemente, concluirá en una explosión dramática de esas a las que Francia está habituada

 "Se llama Éric Zemmour, oriundo de Argelia y encarna en una sola persona el racismo anti-musulmán, el antisemitismo y el antieuropeísmo más rancio. Lo inquietante es que actúa como un nuevo misil de la extrema derecha francesa, respaldado por potentes fuerzas financieras dueñas de medios de comunicación.

 De polemista en la tradición fascista de los años treinta, un oficio que viene ejerciendo cómodamente en el periódico Le Figaro, ha saltado a la política fácil, con una sola obsesión: el odio contra los inmigrantes musulmanes. Muchos lo atribuían a un asunto patológico no resuelto, pero la realidad es que, tras un año de precampaña electoral y apoyo mediático, Zemmour ha sido capaz de reunir, en torno a su nombre, muchas voces, perturbando el escenario político.

 Desde la derecha tradicional, ya consolidada en discursos de xenofobia, a ciertas figuras de la intelectualidad de izquierda que han migrado del cosmopolitismo político al nacionalismo radicalmente antieuropeo (es la moda ahora en París), la retórica de este polemista profesional está aglutinando una peligrosa constelación de fuerzas. El mero hecho de ser elevado a candidato para las próximas elecciones presidenciales de 2022 da idea del profundo malestar social, político e intelectual francés. Una crisis que no parece tocar fondo, y que, posiblemente, concluirá en una explosión dramática de esas a las que Francia está habituada.

 El método Zemmour es simple: actúa como Heróstrato, dispuesto ahora a quemar el Eliseo mientras se hable de él. Sus discursos son radicalmente disruptivos: insulta, miente, no teme a la justicia (suma ya dos condenas por incitación al odio racista), ataca violentamente a los periodistas y a todos sus adversarios políticos. Para este personaje no importa la verdad, ni el respeto en el debate político, porque sólo cuenta el hambre de audiencia mediática, en un terreno ya abonado generosamente por las cadenas de televisión en estos últimos años.

 Zemmour es un producto derivado de la misma degeneración de la vida política, de la complicidad de las fuerzas conservadoras que añoran, como un símil, la época del colaboracionismo con los nazis, donde el orden, la patria y la familia en sentido endogámico prevalecen a golpes de violencia. Representa la Francia sociológicamente minoritaria pero mediáticamente potente, que tiembla ante la libre circulación de las personas, la apertura cultural al otro, la diversidad, la igualdad de derechos y deberes, en otras palabras, que es incapaz de asumir democráticamente el mundo nuevo que se está desplegando, con sus fuerzas y sus debilidades.

 El caso Zemmour no es casual ni superficial. Es una corriente de fondo que puede deteriorar gravemente el país, en un momento en que la construcción europea atraviesa también una crisis profunda. El racismo y el ultranacionalismo que destila puede hacer de Francia un laboratorio de experimentación de proyectos neofascistas y servir del peor ejemplo para otros países. La derecha, que ha sido complaciente con él, mide ahora el peligro; nunca es tarde para entender que el odio contra los seres humanos es también una semilla criminal."                    (Sami Naïr , El País, 03/12/21)

9.12.21

Francia pivota hacia la derecha... Los puntos de vista de la extrema derecha se han convertido en la corriente principal... Eric Ciotti, un conservador de línea dura de Les Republicains, ha prometido crear un "Guantánamo francés"... A pesar de un alto nivel de vida, y un país que sigue siendo el primer destino turístico del mundo, la percepción francesa de la decadencia de su propio país es aguda... El vídeo del anuncio de la candidatura presidencial de Zemmour se apoyó en esa percepción. A lo largo de diez minutos, se explayó sobre los viejos tiempos de gloria... Sólo el 25% de los franceses afirma que Francia no está en declive, y la mayoría dice que no se siente en casa como antes (62%); que hay demasiados inmigrantes (64%); y que es necesario un líder fuerte que restablezca la ley y el orden (79%)... la mitad de los franceses, tras el anuncio de la candidatura de Zemmour, estan de acuerdo con su afirmación de que ya no viven en un país que conocen, y que los políticos han ocultado hasta qué punto están siendo sustituidos en su propia sociedad... Hay un verdadero pesimismo social... Hay un giro a la derecha del cuerpo electoral, porque la juventud es mucho más de izquierdas, pero tiene el mayor índice de abstención

 "Puede que Francia sea el país de generosas políticas de bienestar social y fuertes protecciones laborales, pero cualquiera que sintonice las primeras etapas de la campaña presidencial pensaría que el país es bastante de derechas.

Los candidatos a la presidencia que han prometido las líneas más duras en materia de inmigración y seguridad se han beneficiado del mayor impulso en las últimas semanas, mientras que un tercio sin precedentes del electorado dice que piensa votar a un candidato de extrema derecha.

El ascenso de Eric Zemmour, un experto televisivo de extrema derecha que afirma que el Islam es una amenaza existencial para Francia y que ha sido condenado en dos ocasiones por incitación al odio, es quizá el signo más visible de la ola de la derecha.

Otro es el giro dado por los conservadores de Les Républicains (LR), el partido de los ex presidentes Nicolas Sarkozy y Jacques Chirac. Desplazados a su izquierda por el liberalismo económico de Macron y a su derecha por la normalización de la ultraderecha, los conservadores han endurecido sus posiciones en materia de seguridad e inmigración para tratar de conservar una base.

Eric Ciotti, un conservador de línea dura que ganó inesperadamente la primera vuelta de las primarias del partido la semana pasada, ha prometido crear un "Guantánamo francés" y ha abrazado la teoría de la extrema derecha de que el pueblo francés está siendo "sustituido" por inmigrantes extranjeros -árabes, negros, musulmanes-.

Valérie Pécresse, presidenta de la región de París, que se impuso el sábado a Ciotti por la candidatura de LR, abogó por la primacía de la ley francesa sobre la europea, y quiere mantener en la cárcel a los encarcelados por yihadismo más allá de sus condenas.

En su discurso de victoria del sábado, pidió explícitamente a los partidarios de la líder ultraderechista Marine Le Pen y de Zemmour que se unieran a ella y afirmó que Ciotti tendría un papel central en su campaña.

"Se lo digo a todos los que están cansados de las promesas incumplidas, exasperados por la impotencia de los poderes públicos y tentados por Marine Le Pen o Eric Zemmour... a diferencia de los extremos, vamos a pasar la página de Macron", dijo Pécresse.

El éxito en los sondeos de los políticos con puntos de vista más estridentes sobre la inmigración, la seguridad y la identidad han hecho que estos temas sean centrales en la campaña presidencial, incluso si la población francesa en general sigue considerando el poder adquisitivo y las cuestiones medioambientales como preocupaciones más urgentes.

Con una Francia todavía traumatizada por los atentados terroristas islamistas de 2015, ese éxito se debe a tres factores: la percepción de decadencia de los franceses, el hundimiento de la izquierda y el aumento de la abstención entre los jóvenes y los votantes de izquierdas.

Decadencia

A pesar de un alto nivel de vida, un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y un país que sigue siendo el primer destino turístico del mundo, la percepción francesa de la decadencia de su propio país es aguda.

"La inmigración ha surgido como una gran preocupación porque los franceses están profundamente convencidos de que Francia está en declive. Sienten que su país era una gran potencia mundial y ahora es una pequeña. Cuando un país siente que le va bien, maneja mejor la inmigración", dijo Gérard Grunberg, analista e investigador político.

El vídeo del anuncio de la candidatura presidencial de Zemmour se apoyó en esa percepción. A lo largo de diez minutos, se explayó sobre los viejos tiempos de gloria, con imágenes de archivo en tono sepia de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, tocando la fibra sensible de la historia de Francia y mencionando a Juana de Arco, Napoleón y Charles de Gaulle.

Sólo el 25% de los franceses afirma que Francia no está en declive, y la mayoría dice que no se siente en casa como antes (62%); que hay demasiados inmigrantes (64%); y que es necesario un líder fuerte que restablezca la ley y el orden (79%), según una encuesta de Ipsos.

Se trata de un patrón al que el presidente francés Emmanuel Macron ha tenido que hacer frente y que pesará en su posicionamiento de cara a su candidatura a la reelección.

Si bien Macron ha conseguido despojarse de la derecha económicamente liberal, al principio de su presidencia se le acusó de ser incómodo en temas relacionados con la delincuencia y el islamismo.

Poco a poco ha ido endureciendo su postura sobre los solicitantes de asilo, las expulsiones de inmigrantes ilegales hacia el norte de África y ha aumentado el presupuesto de las fuerzas del orden. También nombró a un conservador de línea dura, Gérald Darmanin, como ministro del Interior. Darmanin acusó en su día a Le Pen de haberse ablandado cuando dijo que no creía que el Islam fuera un problema.

El reto de Macron será bruñir sus credenciales en materia de migración y orden público, a la vez que intenta preservar los votos de centro izquierda que le llevaron a la presidencia en 2017.
Puede que le ayude en esto último el estado actual de la izquierda.

Izquierda desvinculada

Con ningún candidato capaz de superar el 10 por ciento en las encuestas, según el sondeo de POLITICO, no es de extrañar que los temas de la derecha dominen la conversación.

"Hay un giro a la derecha del cuerpo electoral -es decir, de los que votan- porque la juventud es mucho más de izquierdas, pero tiene el mayor índice de abstención", dijo Antoine Bristielle, director del observatorio de opinión de la Fundación Jean Jaurès. "Los votantes de izquierdas también están mucho menos movilizados que los de derechas en esta fase de la campaña".

Sin embargo, el apoyo simultáneo de los franceses a un bienestar social generoso y a una línea dura en materia de inmigración, identidad y seguridad no es contradictorio si se considera en el contexto de la gloria pasada de Francia y la forma en que se construyó el Estado francés.

"Hay un verdadero pesimismo social en Francia... nos acostumbramos a estar en una sociedad con tremendas protecciones, proporcionadas por un fuerte estado centralizado. Pero desde los años 90 y la globalización y las sucesivas crisis, tenemos la sensación de que nuestras protecciones sociales y culturales se están desintegrando y eso nos asusta más que a la gente de países más liberales económicamente", explica Bristielle.

Eso explica que la mitad de los franceses encuestados tras el anuncio de la candidatura de Zemmour hayan manifestado estar de acuerdo con su afirmación de que ya no viven en un país que conocen, y que los políticos han ocultado hasta qué punto están siendo sustituidos en su propia sociedad.

Sin embargo, sólo el 24% pensaba que Zemmour tenía los atributos de un jefe de Estado.

Los políticos establecidos de LR han tratado de sacar provecho de ello adoptando posiciones cercanas a las suyas, al tiempo que destacan sus credenciales políticas y su estatura. (...)"   
   (Rym Momtaz , POLITICO, 06/12/21; traducción DEEPL)

7.12.21

No es imposible que el conjunto de la extrema derecha pueda reunir hasta un 40% de votos en la primera vuelta... se confirma como más probable una 2ª vuelta entre Emmanuel Macron y Marine Le Pen... que se beneficia de la desdiabolización de su perfil político gracias a Zemmour, quién además, ha acelerado el extremismo de la derecha burguesa clásica... estos últimos años, las mismas políticas neoliberales y autoritarias de Macron han producido los efectos similares: las organizaciones y las ideas fascistas o fascistoides han seguido avanzando, electoral e ideológicamente. Al mismo tiempo que los grupos más violentos han incrementado sus ataques contra activistas de izquierda, feministas y antirracistas en los últimos meses... El ascenso del neofascismo se deriva de una prolongada crisis de hegemonía, es decir, de la escasa capacidad de la clase dirigente francesa para obtener el consentimiento de la mayoría de la población a sus políticas neoliberales... y a que la izquierda política ha fracasado en los últimos veinte años a la hora de impulsar una política emancipadora capaz de competir por la hegemonía con el dúo constituido por el extremo centro neoliberal y la extrema derecha neofascista

 "Cuando Eric Zemmour acaba de lanzar su candidatura a través de un vídeo que no deja lugar a dudas sobre el tipo de proyecto que tiene en mente, en una puesta en escena gaullista que disimula mal el contenido neopetenista de su discurso, merece la pena hacer un primer balance, desde el punto de vista de la lucha antifascista, de estos tres meses en los que Zemmour ha sido impulsado por los "grandes" medios de comunicación a la primera línea de la escena política

Sin ninguna duda, hay que empezar por constatar que los tiempos que corren han permitido a la extrema derecha ver aumentar su perímetro electoral potencial, al menos en los sondeos de opinión, pasando de alrededor del 30% antes del verano (si sumamos las intenciones de voto de Marine Le Pen y de Nicolas Dupont-Aignan) a un 36-37% según un reciente sondeo (sumando las intenciones de voto a favor de Zemmour); marcador al que habría que añadir los votos que podrían ir para Florian Philippot y François Asselineau. Por tanto, aunque la relación de fuerzas pueda cambiar de aquí a la próxima primavera, no es imposible, en absoluto, que el conjunto de componentes de la extrema derecha pueda reunir hasta un 40% de votos en la primera vuelta.

 No engañarse sobre la situación política en Francia supone tomar en serio este ascenso electoral, sobre todo si recordamos que en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2017 la extrema derecha -representada por Le Pen, Dupont-Aignan y Asselineau- se situó en el 27% (un nivel que ya era históricamente muy alto). Y de ahí podemos sacar conclusiones de para qué sirvió el famoso bloqueo macronista[1]: estos últimos años, las mismas políticas neoliberales y autoritarias de Macron han producido los efectos similares: las organizaciones y las ideas fascistas o fascistoides han seguido avanzando, electoral e ideológicamente. Al mismo tiempo que los grupos más violentos han incrementado sus ataques contra activistas de izquierda, feministas y antirracistas en los últimos meses.

Integrar el extremismo en la mayoría, extremización de la mayoría

Esto se confirma en la hipótesis -la más probable en este momento- de una 2ª vuelta entre Emmanuel Macron y Marine Le Pen, ya que en los sondeos de opinión esta última ha vuelto a ampliar la distancia con respecto a sus competidores (especialmente Zemmour, pero también LR[2]). A finales de junio y principios de septiembre, Le Pen sólo obtenía el 40% (ya significativamente por encima de su resultado de 2017, el 34%, y sin comparación con el de su padre en 2002, el 18%); ahora se sitúa en el 45%, acercándose a las cotas más altas que alcanzó hace unos meses, después del terrible asesinato de Samuel Paty, en el marco de una ofensiva reaccionaria total (en nombre de la lucha contra el separatismo, el islamoizquierdismo, etc.), con el voto de las leyes de Seguridad y Contra el separatismo.

Es posible que Le Pen se beneficie actualmente tanto de la impregnación ideológica derivada de esta ofensiva (en la que el poder macronista jugó un papel crucial) como por la hipermediatización de Zemmour en los últimos tres meses. Pero también cabe suponer que se beneficia de la desdiabolización de su perfil político, en contraste con el autor de Suicide français. En efecto, una encuesta realizada a mediados de noviembre de 2021 muestra -comparando los resultados con los de una encuesta de 2014 sobre la imagen de la ideóloga-, que hoy se le ve [a Eric Zemmour [a Eric Zemmour] mucho más como "de extrema derecha" (+24 puntos), "racista" (+23 puntos), "peligroso" (+23 puntos), "misógino" (+15 puntos) y "agresivo" (+9 puntos). Por su parte, Le Pen es juzgada con menos frecuencia como "agresiva" y "racista" en comparación con una encuesta de 2014 realizada por el mismo instituto.

Otro elemento importante a tener en cuenta es hasta qué punto la irrupción de Zemmour en los medios de comunicación y en las encuestas ha acelerado el extremismo de la derecha burguesa clásica. Así, las primarias de la derecha se han desarrollado casi en su totalidad en el terreno marcado por Zemmour de una Francia amenazada, sumergida, al borde de la aniquilación por el exceso de inmigración, la delincuencia endémica, etc. No se trata simple o principalmente de que uno de los candidatos -Eric Ciotti- haya tratado de imitar en todos los sentidos las posiciones de Zemmour, incluso haciendo suya la pseudoteoría conspirativa y racista del gran reemplazo. El conjunto de candidatos (Éric Ciotti, Valérie Précresse, Michel Barnier, Xavier Bertrand) ha interpretado lo misma música Zemmour; hasta Michel Barnier, que podría aparecer inicialmente como el más centrista, lo ha hecho[3].

En este sentido, tiene razón Stathis Kouvélakis cuando afirma que Zemmour ya había ganado antes [la batalla] gracias a la difusión de sus ideas en una gran parte de la arena política (aunque es posible que su candidatura sea finalmente un fracaso). Y no será la derecha macronista la que niegue esta afirmación, pues en los últimos años no ha dejado de explotar de forma intensiva las obsesiones, el lenguaje y las propuestas de la extrema derecha; principalmente a través de figuras como Darmanin, ministro de Interior, Blanquer, ministo de Educación y Vidal, ministra de Enseñanza superior.

La vía muerta del todo menos Zemmour

Al menos existen dos razones que nos permiten ver la vía muerta que supone una estrategia [electoral] de todo menos Zemmour.

La primera es que esa estrategia minimiza el peligro que sigue representando el FN/RN [Marine Le Pen], y oculta el hecho de que su proyecto político no es menos opresivo que el de Zemmour[4], y subestima la solidez de su anclaje electoral. Si Marine Le Pen parece actualmente capaz de superar la prueba de choque de la aparición de un candidato rival apoyado por un imperio mediático (el de Bolloré), es porque Zemmour nunca ha picado significativamente en la franja popular de su electorado (obreros y empleados), entre los que la intención de voto a Le Pen es muy estable y ampliamente superior a la del resto.

La segunda razón es que la focalización en el fascista Zemmour tiende a ocultar no sólo el extremismo de las fuerzas de la derecha burguesa (macronista y de LR), del que el periodista de Le Figaro [Zemmour] es un producto puro, sino también los procesos de fascistización que han desencadenado las políticas islamófobas, antimigratorias y de ultrasecuritarias que se han llevado a cabo, sobre todo, en los últimos veinte años. Pensemos en particular, en el último período, en las dos leyes liberticidas gemelas (seguridad global y separatismo) que pudieron imponerse con extrema facilidad, lo que no quiere decir sin que fueran contestadas, en medio de una instrumentalización descarada e implacable de los atentados, cuyo objetivo era disolver las organizaciones musulmanas (en nombre de la lucha contra el separatismo) y descalificar a la izquierda (por su supuesta complicidad, designada bajo una expresión - islamoizquierdismo- directamente tomada de la extrema derecha).

Estrategia antifascista y lucha contra la islamofobia

Cualquier estrategia antifascista debe enfrentarse tanto a las fuerzas fascistas (las que ocupan el terreno electoral/institucional y las que pretenden dominar la calle), como a los procesos de fascistización que, en forma de transformaciones institucionales e ideológicas, proporcionan un terreno fértil para la progresión de la extrema derecha (de sus organizaciones y de sus ideas).

En el contexto francés actual, parece bastante evidente que la islamofobia desempeña el papel principal en términos de vector de fascistización:

  • institucionalización de la discriminación (en nombre de la amenaza que constituiría el Islam para la República y para Francia) ;
  • banalización de los procedimientos arbitrarios dirigidos, en particular, a los musulmanes (desde los registros administrativos hasta la disolución sin motivos serios de las organizaciones que luchan contra la islamofobia);
  • Deshumanización de las personas del Sur global que pretenden llegar a Europa (con el argumento de que son musulmanas y, por tanto, potencialmente peligrosas);
  • Auge de una variante conspirativa de la islamofobia que legitima de antemano las políticas de limpieza étnica (¿para qué están quienes imaginan seriamente que Francia está ocupada, dominada, colonizada, etc., por las personas musulmanas?[5]

Todo ello hace que para el antifascismo la lucha contra la islamofobia sea fundamental en un país como Francia y, desde luego, en toda Europa occidental, en unas condiciones que se han vuelto especialmente difíciles, ya que ahora no sólo está estigmatizada por los medios de comunicación, sino también ampliamente criminalizada. En concreto, la forma en que recientemente el Consejo de Estado dio luz verde a la disolución del CCIF (Collectif contre l'islamophobie en France) constituye desde este punto de vista una advertencia para todos los colectivos o asociaciones que luchan contra la opresión:

"Por un curioso giro, la disolución del CCIF se aprueba así con el argumento de que al luchar -legalmente- contra la discriminación y el odio antimusulmán, se ha hecho culpable de la discriminación y el odio... En efecto, para el Consejo de Estado, "criticar sin matices" las políticas públicas o las leyes que uno considera discriminatorias es empujar a las víctimas de la supuesta discriminación por la pendiente de la radicalización e invitarlas a evadir las leyes de la República"[6].

No hay victoria contra el fascismo sin una alternativa política

El ascenso del neofascismo se deriva de una prolongada crisis de hegemonía, es decir, de la escasa capacidad de la clase dirigente francesa para obtener el consentimiento de la mayoría de la población a sus políticas (neoliberales), y de la desintegración de la relación entre representantes y representados (marcada por el debilitamiento de los partidos, el aumento de la abstención, etc.). Pero también tiene su origen en la crisis de la alternativa al capitalismo neoliberal, es decir, en otras palabras, en la crisis de la izquierda (si por tal entendemos las fuerzas que no han renunciado a desafiar al capitalismo de una u otra manera).

 Sin embargo, sumado al declive de la socialdemocracia y de los partidos comunistas, la crisis de la hegemonía habría podido (o podría) constituir un terreno propicio para el renacimiento de las fuerzas portadoras de tal alternativa. De hecho, hemos visto este renacimiento en forma de éxitos electorales conseguidos por organizaciones como Syriza, Podemos o La France Insoumise, por figuras como Sanders o especialmente Corbyn, que han venido a desafiar la hegemonía de las corrientes de la izquierda neoliberal dentro del Partido Demócrata y del Partido Laborista respectivamente. Pero estos éxitos fueron efímeros y, por diversas razones, no cristalizaron en forma de organizaciones capaces de recrear vínculos orgánicos y duraderos con las clases trabajadoras.

En el caso francés, los movimientos sociales son vigorosos (si los comparamos con Inglaterra y Alemania, para quedarnos con la Europa occidental), al igual que las reflexiones críticas, pero la izquierda política ha fracasado en los últimos veinte años a la hora de impulsar una política emancipadora capaz de competir por la hegemonía con el dúo constituido por el extremo centro neoliberal y la extrema derecha neofascista. Hasta tal punto que la izquierda, si no incluimos al Partido Socialista (cuya política se situó íntegramente en el terreno de la derecha entre 2012 y 2017), solo logró el 21,3% de los votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales (y solo el 27,7% si sumamos el resultado de B. Hamon, el candidato del PS). Sin embargo, podría estar en un nivel aún más bajo en 2022.

En todas las encuestas, es entre la clase trabajadora - obreros y empleados, es decir, alrededor del 50% de la población activa - donde la izquierda está en su punto más bajo. Uno podría consolarse imaginando que esto suprimiría ipso facto las ilusiones electorales y liberaría la combatividad, despejando un camino -si no una vía real- hacia la insurrección. En realidad, no es esto lo que vemos históricamente: la mayoría de los grandes momentos de conflicto social de masas, en los que se planteó concretamente la cuestión de la ruptura revolucionaria, fueron también momentos en los que la izquierda política consiguió reunir los votos de una gran parte de las clases trabajadoras y constituyó vastas organizaciones militantes, capaces de reelaborar el sentido común de los trabajadores desde dentro.

Es esta capacidad contrahegemónica y este vínculo orgánico con las clases trabajadoras lo que se ha perdido, y no va a ser por medio de una nueva unión de la izquierda o de unas primarias populares[7], colocando a todas las organizaciones existentes detrás de un solo candidato e imaginando que esto permitirá sumar las (pequeñas) puntuaciones de todas ellas, lo que bastará para salir de este marasmo. Los problemas son mucho más profundos y tendrán que ser abordados en el difícil período que se avecina. La unidad es políticamente necesaria -incluso electoralmente-, pero sobre la base de un proyecto rupturista, y no sobre una base vaga con fuerzas o figuras que han contribuido al desastre del quinquenio de Hollande y que desean renovar más o menos las mismas políticas neoliberales. (...)"                  

 ( es sociólogo, profesor de la Universidad de Lille y miembro de Cresppa-CSU. Viento sur, 04/12/21; fuente: Contretems)