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20.10.24

¿Por qué el Nobel de Economía siempre lo ganan economistas que nunca cuestionan seriamente las graves deficiencias del sistema económico capitalista? ¿Y por qué jamás gana quien lo cuestiona? ¿Por qué será? (Michael Roberts)

 "Por qué las naciones triunfan o fracasan: una causa Nobel

Daron Acemoglu, Simon Johnson y James A Robinson han sido galardonados con el Nobel (en realidad, el premio del Riksbank) de Economía «por sus estudios sobre cómo se forman las instituciones y afectan a la prosperidad». Daron Acemoglu es profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Simon Johnson es profesor en la misma universidad. Y James Robinson es profesor en la Universidad de Chicago.

He aquí lo que los jueces del Nobel dicen que fue la razón para ganar:

«Hoy en día, el 20% de los países más ricos son unas 30 veces más ricos que el 20% de los países más pobres. Las diferencias de renta entre países han sido muy persistentes en los últimos 75 años. Los datos disponibles también muestran que las disparidades de renta entre países han aumentado en los últimos 200 años. ¿Por qué las diferencias de renta entre países son tan grandes y tan persistentes?

»Los galardonados de este año han sido pioneros en un nuevo enfoque para dar respuestas creíbles y cuantitativas a esta cuestión crucial para la humanidad. Al examinar empíricamente el impacto y la persistencia de las estrategias coloniales en el desarrollo económico posterior, han identificado las raíces históricas de los entornos institucionales extractivos que caracterizan a muchos países de renta baja. Su énfasis en el uso de experimentos naturales y datos históricos ha iniciado una nueva tradición de investigación que sigue ayudando a descubrir los motores históricos de la prosperidad, o la falta de ella.

»Sus investigaciones se centran en la idea de que las instituciones políticas determinan fundamentalmente la riqueza de las naciones. Pero, ¿qué determina estas instituciones? Integrando las teorías de las ciencias políticas sobre la reforma democrática en un marco teórico de juegos, Acemoglu y Robinson desarrollaron un modelo dinámico en el que la élite gobernante toma decisiones estratégicas sobre las instituciones políticas –en particular, si se amplía el derecho de sufragio– en respuesta a amenazas periódicas. Este marco es ahora estándar para analizar la reforma política institucional y ha tenido un impacto significativo en la literatura de investigación. Y cada vez hay más pruebas que apoyan una de las principales implicaciones del modelo: los gobiernos más inclusivos promueven el desarrollo económico».

A lo largo de los años (¿o décadas?) he publicado artículos sobre el trabajo de varios premios Nobel de Economía.

Lo que he descubierto es que, sea cual sea la calidad del trabajo del ganador, él o ella (ocasionalmente) suelen recibir el premio por su peor trabajo de investigación, es decir, un trabajo que confirma la visión dominante del mundo económico, mientras que en realidad no nos lleva más lejos en la comprensión de sus contradicciones.

Esta conclusión creo que se aplica a los últimos ganadores.  El trabajo por el que recibieron el premio de un millón de dólares es por una investigación que pretende demostrar que los países que alcanzan la prosperidad y acaban con la pobreza son los que adoptan la «democracia» (y con ello se refiere a la democracia liberal de estilo occidental en la que la gente puede hablar (en su mayoría), puede votar a los funcionarios de vez en cuando y esperar que la ley proteja sus vidas y propiedades (con suerte). Las sociedades controladas por élites sin ninguna responsabilidad democrática son «extractivas» de recursos, no respetan la propiedad ni el valor y, por lo tanto, no prosperan con el tiempo. En una serie de artículos en los que se aplican algunos análisis empíricos (es decir, en los que se correlaciona la democracia (tal y como se define) con los niveles de prosperidad), los ganadores del Nobel afirman demostrarlo.

De hecho, los ganadores del Nobel sostienen que la colonización del Sur Global en los siglos XVIII y XIX podría ser «inclusiva» y convertir a países como Norteamérica en naciones prósperas (olvidando a la población indígena), o «extractiva» y mantener a los países en la pobreza extrema (África).

Este tipo de economía es lo que se denomina institucional, es decir, que no son tanto las fuerzas ciegas del mercado y la acumulación de capital las que impulsan el crecimiento (y las desigualdades), sino las decisiones y estructuras establecidas por los seres humanos. Apoyando este modelo, los vencedores afirman que las revoluciones preceden a los cambios económicos y no que los cambios económicos (o la falta de ellos ante un nuevo entorno económico) preceden a las revoluciones.

En primer lugar, si el crecimiento y la prosperidad van de la mano de la «democracia» y se considera que países como la Unión Soviética, China o Vietnam tienen élites «extractivas» o no democráticas, ¿cómo explican nuestros nobelistas su indudable rendimiento económico? Aparentemente, se explica por el hecho de que empezaron siendo pobres y tenían mucho que hacer para «ponerse al día», pero pronto su carácter extractivo les pasará factura y el hipercrecimiento de China se agotará.

En segundo lugar, ¿es correcto decir que las revoluciones o las reformas políticas son necesarias para encaminar las cosas hacia la prosperidad? Bueno, puede que haya algo de verdad en ello: ¿estaría Rusia a principios del siglo XX donde está hoy sin la revolución de 1917 o China donde está en 2024 sin la revolución de 1949? Pero nuestros nobelistas no nos presentan esos ejemplos: los suyos son la obtención del voto en Gran Bretaña en el siglo XIX o la independencia de las colonias americanas en la década de 1770.

Pero, sin duda, el estado de la economía, su funcionamiento, la inversión y la productividad de la mano de obra también influyen… La aparición del capitalismo y la revolución industrial en Gran Bretaña precedieron al paso al sufragio universal… La Guerra Civil inglesa de la década de 1640 sentó las bases políticas para la hegemonía de la clase capitalista en Gran Bretaña, pero fue la expansión del comercio (incluido el de esclavos) y la colonización en el siglo siguiente lo que hizo avanzar la economía.

La ironía de este premio es que el mejor trabajo de Acemoglu y Johnson ha llegado mucho más recientemente que en las obras anteriores en las que se han centrado los jueces del Nobel. Sólo el año pasado, los autores publicaron Poder y progreso, donde plantean la contradicción en las economías modernas entre la tecnología que hace aumentar la productividad del trabajo pero también con la probabilidad de que aumenten la desigualdad y la pobreza. Por supuesto, sus soluciones políticas no tocan la cuestión de un cambio en las relaciones de propiedad, salvo para pedir un mayor equilibrio entre capital y trabajo.

Lo que se puede decir a favor de los ganadores de este año es que al menos su investigación trata de entender el mundo y su desarrollo, en lugar de un teorema arcano de equilibrio en los mercados por el que muchos ganadores anteriores han sido galardonados."

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16.5.24

Joseph Stiglitz proclama las bondades del «capitalismo progresista»... para él, el enemigo de la libertad humana no es el capitalismo como tal, sino el «neoliberalismo» que ha engendrado la desigualdad creciente, la degradación medioambiental y el afianzamiento de los monopolios corporativos... y quiere regularlo para que funcione para muchos (ovejas) y no para unos pocos (lobos). «Necesitamos regulaciones medioambientales, de tráfico, de zonificación, financieras, necesitamos regulaciones en todos los componentes de nuestra economía», escribe... Pero Stiglitz es un ingenuo o un sofista. La historia de la regulación es una historia de fracasos a la hora de controlar el capitalismo o de hacer que los bancos y las empresas apliquen políticas e inversiones en interés de las personas por encima del beneficio. ¿Cómo puede alguien no darse cuenta de ello, después del colapso financiero mundial de 2008, o los posteriores escándalos financieros en abundancia; o la incapacidad para detener o regular la producción de combustibles fósiles y las finanzas? ¿Cómo podrían la regulación y una mayor igualdad hacer frente al desastre inminente que supone el calentamiento global a medida que el capitalismo acumula rapazmente sin ninguna consideración por los recursos y la viabilidad del planeta? El capitalismo progresista es un oxímoron en el siglo XXI (Michael Roberts, economista de la City)

 "El economista liberal de izquierdas y premio Nobel (Riksbank) Joseph Stiglitz ha sacado otro libro para proclamar las bondades de lo que él llama «capitalismo progresista».  El camino hacia la libertad es un juego de palabras con el título del infame libro de Friedrich Hayek, El camino hacia la servidumbre, publicado en 1944, que afirmaba que la intervención del gobierno en la «libertad de los mercados» provocaría escasez y mala distribución de los recursos y, finalmente, el fin de la democracia y la libertad en una dictadura a la manera de la Unión Soviética estalinista.  John Maynard Keynes expresó su acuerdo con Hayek tras leer su libro. Escribió a Hayek que: «moral y filosóficamente me encuentro de acuerdo con prácticamente la totalidad del mismo; y no sólo de acuerdo con él, sino profundamente conmovido».

 Pero Stiglitz ciertamente no.  Para él, la afirmación de Hayek de que el «libre mercado» significa libertad para el individuo significa en realidad «libertad para los lobos y muerte para las ovejas» (Isaiah Berlin). Los mercados libres están diseñados para obtener beneficios, no para satisfacer las necesidades sociales de muchos. «Las externalidades están por todas partes», escribe Stiglitz. «Las mayores y más famosas externalidades negativas son la contaminación atmosférica y el cambio climático, que se derivan de la libertad de las empresas y los individuos para emprender acciones que crean emisiones nocivas». El argumento para restringir esta libertad, señala Stiglitz, es que hacerlo «ampliará la libertad de las personas de generaciones posteriores para existir en un planeta habitable sin tener que gastar una enorme cantidad de dinero para adaptarse a cambios masivos en el clima y el nivel del mar».

Para Stiglitz, el enemigo de la libertad humana no es el capitalismo como tal, sino el «neoliberalismo» que ha engendrado la desigualdad creciente, la degradación medioambiental, el afianzamiento de los monopolios corporativos, la crisis financiera de 2008 y el ascenso de peligrosos populistas de derechas como Donald Trump. Estos resultados nefastos no fueron ordenados por ninguna ley natural o económica, afirma. Más bien, fueron «una cuestión de elección, un resultado de las normas y reglamentos que habían regido nuestra economía. Habían sido moldeadas por décadas de neoliberalismo, y fue el neoliberalismo el culpable».

 Stiglitz ya ha argumentado en libros anteriores que la culpa no es del capitalismo, sino de las decisiones de los gobiernos y sus patrocinadores corporativos de «cambiar las reglas del juego» que habían existido en el periodo de posguerra del capitalismo dirigido.  Se cambiaron las reglas para desregular, privatizar, aplastar a los sindicatos, etc.  Pero Stiglitz nunca explica por qué la élite gobernante consideró necesario cambiar las reglas del juego.  ¿Qué ocurrió para que las reglas de la posguerra se convirtieran en las neoliberales?

De todos modos, Stigliz reitera su llamamiento a la creación de un «capitalismo progresista».  Bajo las reglas de esta forma de capitalismo, el gobierno emplearía toda una gama de políticas fiscales, de gasto y regulatorias para reducir la desigualdad, frenar el poder corporativo y desarrollar los tipos de capital para las necesidades sociales no lucrativas como el «capital humano» (educación), el «capital social» (cooperativas) y el «capital natural» (recursos medioambientales).

Stiglitz no quiere deshacerse del capitalismo, sino regularlo para que funcione para muchos (ovejas) y no para unos pocos (lobos). «Necesitamos regulaciones medioambientales, de tráfico, de zonificación, financieras, necesitamos regulaciones en todos los componentes de nuestra economía», escribe. Pero Stiglitz es un ingenuo o un sofista.  La historia de la regulación es una historia de fracasos a la hora de controlar el capitalismo o de hacer que los bancos y las empresas apliquen políticas e inversiones en interés de las personas por encima del beneficio.

 ¿Cómo puede alguien no darse cuenta de ello, después del colapso financiero mundial de 2008, o los posteriores escándalos financieros en abundancia; o la incapacidad para detener o regular la producción de combustibles fósiles y las finanzas?  La regulación no ha detenido las crisis regulares y recurrentes de la producción bajo el capitalismo, ya sea en la imaginaria «era progresista» de 1945-75 o en la era neoliberal desde entonces.  Stiglitz no tiene nada que decir al respecto.

De hecho, casi reconoce que sus propuestas políticas de gravar a los ricos, regular las finanzas y el medio ambiente y aumentar el gasto público para lograr un capitalismo progresista probablemente no sean adoptadas por los gobiernos y las grandes empresas.  Pero cuando se le preguntó que, tal vez, la única alternativa real para lograr la libertad humana es una transformación revolucionaria de la economía y la sociedad, respondió en una presentación de su libro en la LSE, que las revoluciones son violentas y arriesgadas, por lo que deben evitarse en favor de un cambio gradualista.

Su respuesta me recuerda el comentario de John Mann en su excelente libro In the Long Run We are all Dead, «la izquierda quiere democracia sin populismo, quiere política transformadora sin los riesgos de la transformación; quiere revolución sin revolucionarios». (p21).  Stiglitz realmente se hace eco de Keynes, quien una vez dijo: «En su mayor parte, creo que el capitalismo, sabiamente gestionado, probablemente puede ser más eficiente para alcanzar fines económicos que cualquier sistema alternativo aún a la vista, pero que en sí mismo es en muchos aspectos extremadamente objetable. Nuestro problema es elaborar una organización social que sea lo más eficiente posible sin ofender nuestras nociones de un modo de vida satisfactorio».

¿Cómo podrían la regulación y una mayor igualdad hacer frente al desastre inminente que supone el calentamiento global a medida que el capitalismo acumula rapazmente sin ninguna consideración por los recursos y la viabilidad del planeta?  Los programas de redistribución no servirán de mucho.  Y si una economía se hace más igualitaria, ¿detendría futuras caídas bajo el capitalismo o futuras Grandes Recesiones?  Las economías más igualitarias del pasado no evitaron estas caídas. El capitalismo progresista es un oxímoron en el siglo XXI.  E incluso Stiglitz duda de que sea posible lograrlo."

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26.1.24

Según Milei, los males de Argentina se iniciaron hace 100 años... las políticas colectivistas la hicieron retroceder hasta el lugar 140 mundial... calla que dentro de esa centuria el país austral ha sufrido cinco dictaduras militares... calla también los gobiernos neoliberales caracterizados por el despojo, la corrupción, la asfixia creada por los fondos buitres, la recesión, el desempleo... calla el corralito... calla mucho, y lo principal

 "El discurso de Javier Milei en el Foro Económico de Davos fue, hasta en la rúbrica (¡Viva la libertad, carajo!), una estribación de su campaña y de las medidas –no pocas anticonstitucionales– que ha empezado a instrumentar ya en el gobierno.

Desenfundó sus falacias embetunadas de teoría y datos duros, con la parsimonia del notario socarrón que enumera los bienes de un testamento profundamente injusto: hace menos de 200 años, Argentina era la primera potencia mundial. ¿No fue esa época en la que para el gaucho Martín Fierro, hombre representativo de los trabajadores de la Argentina rural, no hubo otro mundo que el de la pobreza y sus muros y penalidades?

Otra. El crecimiento del PIB mundial creció, entre el año cero y la revolución industrial a un ritmo anual de menos uno; entonces 95 por ciento de la población era pobre. Entre 1800 y 2020, la cifra se invirtió: 95 por ciento salió de la pobreza y sólo 5 por ciento siguió siendo pobre. Oxfam Internacional y sus cifras habrían sido el convidado de piedra en Davos.

Otra. Los males de Argentina –y del mun­do– se iniciaron hace 100 años: las políticas colectivistas la hicieron retroceder hasta el lugar 140 mundial. Dentro de esa centuria Milei calla las dictaduras militares que ha sufrido el país austral: todo serían, menos colectivistas. Entre la llamada Re­vo­lución de 1943 y la de 1976 se produjeron cinco dictaduras. Calla también los gobiernos neoliberales caracterizados por el despojo, la corrupción, la asfixia creada por los f ondos buitres, la recesión, el desempleo, el corralito (restricción de los retiros bancarios en efectivo hasta por 250 dólares semanales).

Cuarta. La creciente intervención del Estado en la economía redujo el crecimiento e hizo crecer la pobreza. Pero, ¿no ha sido la intervención del gobierno en las peores crisis capitalistas, la única vía para superarlas desde el New Deal de Roosevelt?

Un énfasis que sorprendió a los magnates de las potencias capitalistas hegemónicas fueron las loas y zalemas de Milei al capitalismo, la propiedad privada, la libre empresa, los monopolios, el mercado y los empresarios, a quienes llamó benefactores y héroes. Se sorprendieron, pero agradecieron íntimamente lo que ellos no se atreven a decir del régimen cuya dominación defienden y de la que se asumen como sus líderes.

No fueron gratuitas las alabanzas de Mi­lei a los empresarios. Ellos y sus pares del exterior patrocinaron su campaña. En concreto, les ofrece dar un segundo aire al neoliberalismo y dotarlo de mayor fuerza depredadora.

Quienes votaron por Milei, en su mayoría jóvenes y trabajadores, ¿recibieron siquiera una mínima referencia en su discurso? Ninguna. Los trabajadores, principales destinatarios de la justicia social (injusta, según el presidente argentino), serán los primeros en resentir la supresión de todas las medidas que la traducen. En la omisión de Milei, los trabajadores no benefician a nadie y menos podrían ser considerados como héroes. Empobrecidos, serán además despojados de los derechos que antes pudieron conquistar en luchas arduas y prolongadas.

Para Milei, los socialistas han cambiado la lucha de clases por la pelea entre hombres y mujeres, el feminismo y otros sustitutos. En su amalgama de socialismo y colectivismo mete a socialistas, comunistas, nazis, socialdemócratas, keynesianos, neokeynesianos, progresistas, populistas. Todos parten de la teoría clásica de la economía –dice–, que favorece las regulaciones del mercado mientras que a éste le atribuye fallas (el mercado fantasmal de Milei no las admite: es perfecto).

Esa teoría genera medidas coactivas ta­les como los impuestos, los subsidios, las regulaciones económicas, los castigos a la libre empresa, a sus monopolios, al estímulo necesario para desarrollarse y crear riqueza. Occidente, que la ha abrazado, abre así las puertas al socialismo.

La corriente radical del Partido Republicano ha tachado de socialista al gobierno de Biden por querer cobrar impuestos a quienes tienen mayores ingresos y los texanos llaman comunistas a los inmigrantes. Ese juicio conecta con el de los libertarios, a los que Milei da voz. En México tienen sin duda sus partidarios en figuras como las de Ricardo Salinas Pliego (Tv Azteca, Electra, Banco Azteca) y José Antonio Carbajal (Coca-Cola, Oxxo, OxxoGas, etcétera): sus fortunas se iniciaron y tienen su sede en Monterrey.

Los empresarios de todo el mundo se ha­brán sentido aludidos en el discurso de Milei en Davos. Como obvia –e idílica– conclusión de todo lo que expuso, dijo que el capitalismo de libre empresa es el único sistema para acabar con la pobreza, el hambre y la indigencia, pues lejos de apropiarse de la riqueza ajena, contribuye al bienestar general.

Frente a la decidida y monda defensa del capitalismo, salvo alguna excepción, los jefes de gobierno en América Latina identificados con la izquierda, y aun con el socialismo, no logran tener los alcances y penetración del discurso de Milei, por falso y esperpéntico que sea.

Si alguna tarea resulta urgente para la izquierda de nuestros países esa es la vigorización, esclarecimiento y objetivos de lo que su visión y su proyecto buscan comunicar y compartir."            (Abraham Nuncio, Other News, 25/01/24)

21.1.24

El sorprendente y contradictorio efecto de Milei sobre la derecha española... le admiran una parte del PP, la más cercana a Aznar, al PP de Madrid y a Díaz Ayuso, y Vox... No apuntó a la inmigración, como los populistas europeos, ni a Bruselas, como ocurrió con el Brexit, ni a las élites de Washington, como hizo Trump: el mal era el Estado en sí mismo, que impedía el desarrollo personal económico, y especialmente esos socialistas de toda índole (incluyó en el mismo saco en su discurso de Davos a nazis, socialdemócratas, comunistas y demócrata cristianos) que abogan por un Estado fuerte. Este es un discurso enormemente potente en unas circunstancias como las actuales, pero en especial en las españolas, con un Gobierno encabezado por Sánchez... a quienes ahora les parecen abominables las posiciones estatalistas de los partidos conservadores europeos de los años sesenta y setenta, el regreso parcial al Estado que estamos viviendo en la ruptura de la globalización les suene amenazador...esa aspiración es absurda: el Estado siempre interviene en la economía, en el sentido que se quiera, pero siempre está ahí... curiosamente, Milei utilizó los poderes estatales de forma masiva y urgente para dictar a los argentinos el tipo de política económica que deben seguir... Sus políticas son contrarias a la supervivencia de las pymes, que están ya asfixiadas y muchas de ellas se verán abocadas al cierre... Milei prefiere impulsar la concentración empresarial y financiera. Pero eso no es defender la libre empresa, sino favorecer desde el Estado a un tipo de empresarios sobre otros... Es cierto que algunos empresarios argentinos saldrán ganando, pero el resto se convertirán en sirvientes de conglomerados ajenos... su programa no lo puede defender una derecha nacionalista... también dice que Argentina tiene que separarse de China, pero ¿quién es el Estado para decirle a un empresario con qué países puede o no comerciar? (Esteban Hernández)

 "Es comprensible el atractivo que Javier Milei tiene para la derecha española, como quedó de manifiesto con la acogida que tuvo su investidura y, más aún, con su discurso en Davos. La agitada retórica que utiliza, el señalamiento de los progresistas como mal endémico de las sociedades y el enfrentamiento indisimulado con los “zurdos de mierda” ejercen un efecto de seducción grande: es el dirigente atrevido que dice sin miedo las verdades tal y como son.

Milei atrae las miradas de la derecha porque puede ir a Davos, señalar que Occidente está en peligro a consecuencia del socialismo y poner un discurso ideológico sobre la mesa para apoyar esa afirmación. Hay que entender que, entre los motivos que le han llevado a la presidencia argentina, ese no fue menor. El apoyo de Macri tuvo peso, el enorme desgaste del Gobierno kirchnerista fue clave y la situación económica resultó determinante, pero, además de eso, Milei obtuvo alrededor de un 30% de voto propio en las PASO. Lo consiguió por el gran descrédito de la profesión política y su vínculo con la corrupción, pero también porque supo encontrar un enemigo.

No apuntó a la inmigración, como los populistas europeos, ni a Bruselas, como ocurrió con el Brexit, ni a las élites de Washington, como hizo Trump: el mal era el Estado en sí mismo, que impedía el desarrollo personal económico, y especialmente esos socialistas de toda índole (incluyó en el mismo saco en su discurso de Davos a nazis, socialdemócratas, comunistas y demócrata cristianos) que abogan por un Estado fuerte.

Este es un discurso enormemente potente en unas circunstancias como las actuales, pero en especial en las españolas, con un Gobierno encabezado por Sánchez. Por supuesto, la presencia del Estado en la economía dista mucho de ser socialismo y mucho más de ser comunismo, pero no resulta raro que a quienes ahora les parecen abominables las posiciones estatalistas de los partidos conservadores europeos de los años sesenta y setenta, el regreso parcial al Estado que estamos viviendo en la ruptura de la globalización les suene amenazador.

El discurso mileista, además, encaja muy bien en el ideario de la derecha española: los empresarios como héroes, el capitalismo como motor de progreso, los colectivistas que quieren repartir la pobreza como enemigos. En especial, hay dos sectores que acogen con los brazos abiertos las posturas de Milei: una parte del PP, la más cercana a Aznar, al PP de Madrid y a Díaz Ayuso, con un componente neoliberal de nacimiento, y una parte de Vox, que está enraizada también en esa doctrina económica.

Milei, contra las derechas tradicionales

Sin embargo, la doctrina libertaria de Milei es muy extraña para la derecha, y su acogida demuestra las contradicciones teóricas e ideológicas en las que el conservadurismo está inmerso. No solo en España o Argentina, sino a nivel mundial.

Milei se opone absolutamente a la intervención estatal en el mercado. El Estado nunca debe poner sus manos en las transacciones privadas. Esto es sistemáticamente objetado desde la izquierda, pero más allá de la perspectiva política que cada cual adopte, hay un hecho evidente que no puede ser pasado por alto: lo primero que hizo el nuevo presidente argentino al tomar posesión fue aprobar un megadecreto con 366 artículos, el Decreto de Necesidad y Urgencia. Es decir, puso en marcha una enorme intervención estatal para ordenar la economía, y por la vía más rápida y expeditiva. Milei no tomó medidas, sino que acometió una regulación masiva de la actividad económica del país, y lo hizo utilizando los poderes estatales. Se puede argumentar que el contenido de las medidas iba en la línea de favorecer determinadas posiciones políticas y no otras, pero eso no anula el hecho de fondo: Milei utilizó los poderes estatales para dictar a los argentinos el tipo de política económica que iban a seguir. Suena raro para un presidente que aboga por un Estado mínimo. Como lo es tener que repetir a estas alturas que esa aspiración es absurda: el Estado siempre interviene en la economía, en el sentido que se quiera, pero siempre está ahí.

Un perturbador nacionalismo

El empresario es un héroe, salvo si es un pequeño o mediano empresario, que entonces se convierte en prescindible. Sus políticas son contrarias a la supervivencia de las pymes, que están ya asfixiadas y muchas de ellas se verán abocadas al cierre. La mayor parte de los trabajos argentinos, como en Occidente, los proporcionan las pymes, y en lugar de favorecerlas, Milei prefiere impulsar la concentración empresarial y financiera. Pero eso no es defender la libre empresa, sino favorecer desde el Estado a un tipo de empresarios sobre otros. Y no lo es por partida doble, ya que esas medidas acaban fomentando o asentando monopolios y oligopolios, lo que es definitivamente opuesto al liberalismo de mercado.

Desde luego, su programa no lo puede defender una derecha nacionalista. Milei puede señalar, como hizo en Davos, que su propósito es hacer Argentina grande otra vez, aunque tenga que remontarse a hace 100 años. Ese es el momento en que, afirma, las políticas socialistas comenzaron a dañar su país y lo convirtieron en irrelevante. Pero es extraño que quiera recuperar la potencia del país vendiéndolo, como propone. Y no se trata solo de que coloque en manos extranjeras empresas públicas argentinas, sino que una parte relevante de sus empresarios serán sacados del mercado, y no por un mal desempeño de su tarea, sino por la mera fuerza del capital. Y todo ello sin deseo ninguno de mantener en manos argentinas, públicas o privadas, sectores estratégicos indispensables para que el país pueda contar con desarrollo, y más cuando está dejando Argentina en manos del sector primario y de los sectores extractivos. Buena parte de la desaparición de las empresas nacionales en Occidente tuvo que ver con adquisiciones no siempre deseadas, lo que tiene sentido desde un plan para que los inversores extranjeros se hagan con ellas, pero poco más. Es cierto que algunos (pocos) empresarios argentinos saldrán ganando, pero el resto se convertirán en sirvientes de conglomerados ajenos. Puede ser útil o no, positivo o negativo, pero no se puede aspirar a un renacimiento nacionalista y defender al mismo tiempo este programa.

Otra de las grandes contradicciones de Milei es su posicionamiento geopolítico, porque ha afirmado que Argentina tiene que separarse de China y vincularse únicamente a la esfera occidental. Eso es complicado de lograr, dados los grandes lazos comerciales que Pekín y Buenos Aires mantienen, pero, aunque fuera posible, ¿quién es el Estado para decirle a un empresario con qué países puede o no comerciar? ¿Por qué ese intervencionismo es bueno y hay otros que son malos? ¿En nombre de qué mercado puede Milei imponer a sus nacionales a quién deben vender sus productos?

Mejor evangélicos que católicos

Los conservadores religiosos son los que menos deberían apoyar la doctrina del presidente argentino. Puede que Milei argumente en contra del aborto (al mismo tiempo que defiende la venta de órganos o la gestación subrogada) y eso le granjee simpatías en esos sectores, pero es probable que católicos y protestantes no estén comprendiendo la época. La religión que está en auge en Occidente, la que ha penetrado profundamente en toda América y lo está haciendo en Europa, es la evangélica, cuyos valores son muy diferentes de los cristianos tradicionales. El sentido de la comunidad que promueven los evangélicos es un elemento importante, ya que atrae a poblaciones atomizadas, y les sirve para penetrar en las clases con menos recursos, por las que las religiones tradicionales han perdido interés. Lo peculiar es que ese aliento comunitario lo compatibilizan con un mensaje orientado hacia el éxito individual en el plano material que se compadece muy mal con la religión. Sus valores son muy distintos del catolicismo, y propuestas como "Dios quiere que seas rico" deberían sonar muy mal en los oídos de la jerarquía eclesiástica. Milei, como otras figuras políticas, es claramente favorable al desarrollo del evangelismo, que ha sido y es una fuerza social importante en muchos países americanos, y mucho menos al catolicismo. Que haya católicos españoles apoyando a Milei es sorprendente.

La filosofía en la que se apoya Milei

Los conservadores religiosos, además (aunque explicar eso llevaría un rato largo), deberían tener en cuenta hasta qué punto la ideología de Milei es un sustituto laico de la religión, donde la figura de Dios se sustituye por el mercado y la salvación por el éxito.

Es extraña también la perspectiva filosófica en la que Milei apoya sentencias como “el mercado no se equivoca nunca”. Del mismo modo que, para Rousseau, el ser humano es bueno por naturaleza y la sociedad lo pervierte, para Milei, el mercado tiene un funcionamiento perfecto por sí mismo, pero los gobiernos lo pervierten.

Por supuesto, y dado que estamos en democracia, cada cual puede defender las posturas que tenga por conveniente y argumentar sobre sus bondades. Pero lo que sí es exigible en el debate es cierta coherencia. Y, en este sentido, una derecha nacional, religiosa, conservadora o liberal en el sentido clásico choca de frente con el programa de Milei. Sin embargo, muchos de quienes dicen pertenecer a esos ámbitos, en España y fuera de España, lo defienden. Tiene sentido si se es un libertario de Silicon Valley como Elon Musk, pero fuera de eso..."              (Esteban Hernández, El Confidencial, 19/01/24)

15.12.17

Si alguna vez lo fue, hoy el capitalismo ha dejado de ser el soporte de una sociedad democrática, justa y estable. El triunfo enfermo del capitalismo reside en haber eliminado a la oposición para mantener operando un sistema disfuncional y a todas luces injusto

"Antes de la gran crisis financiera de 2007 era raro escuchar hablar de capitalismo. El sistema social y económico existente en el mundo era considerado por la ideología dominante el resultado de un proceso natural.

 Si en alguna ocasión se hablaba de capitalismo era sólo para indicar que se trataba de un sistema ganador, un esquema de relaciones sociales que había triunfado sobre todos los demás (como lo demostraba el colapso del comunismo en la Unión Soviética). Hoy las cosas han cambiado.

A partir de la debacle de 2007 y del fracaso de la política macroeconómica para superar sus efectos negativos, hablar de capitalismo y de su evolución es algo común. Los reveses que sufre el capitalismo son múltiples y se necesita estar ciego para no percibirlos.

El primer fracaso se sitúa en el plano del crecimiento. Los economistas del establishment piensan que a raíz de la crisis estamos frente a un proceso de lento crecimiento o estancamiento secular. Pero lo cierto es que la tasa de expansión del capitalismo global ha venido disminuyendo desde hace más de 45 años.(...)

El segundo frente en el que fracasa el capitalismo se relaciona con la política económica. Es cierto que en las décadas de la posguerra la mezcla de política macroeconómica dio buenos resultados, pero hoy la política económica no es capaz de sacar a la economía mundial del entumecimiento. 

La política monetaria explora nuevos territorios mediante la inyección desorbitada de liquidez al sistema financiero, pero el efecto sobre la economía real ha sido muy débil o nulo (como en Japón durante los pasados dos decenios). Por su parte, la política fiscal no ha podido escapar del terrible dilema que le ha impuesto el sistema financiero global: si el Estado no disciplina sus finanzas, el mercado de capitales le castigará.

El tercer fracaso se relaciona con la única fuente de legitimidad social y política que tenía el capitalismo, a saber, su capacidad de mejorar el bienestar de las grandes masas de la población.  

Ese resultado no sólo depende de la acumulación continua de capital (hoy debilitada), sino de la redistribución de los logros económicos entre la población. Entre 1945 y 1975 el capitalismo desarrollado pudo elevar el nivel de vida promedio de la población. Sin embargo, desde 1973 el crecimiento de los salarios se estancó y el aspecto redistributivo del régimen de acumulación se transformó radicalmente. (...)

Las siguientes décadas estuvieron marcadas por una desigualdad creciente y la transferencia de recursos desde las clases más bajas hasta los más privilegiados de la pirámide social.

El cuarto frente en el que el capitalismo ha fracasado es quizás el más importante. La red de instituciones que proporcionan estabilidad al capitalismo es compleja y desempeña muchas funciones.  

Pero quizás el apoyo decisivo lo recibe de la idea de que capitalismo, democracia y libertad son criaturas que nacieron en el mismo nido. La verdad es que en ocasiones el capitalismo no ha tenido más remedio que respetar el sistema democrático, pero cuando se ha sentido fuerte ha escogido el camino de la violencia y la represión. Ese fue el destino de Allende y de Mossadegh.

A veces al capital le ha resultado costoso agachar la cabeza y aceptar esquemas de redistribución y garantías de mayor seguridad social y libertad de asociación para la clase trabajadora. 

Por eso de la Gran Depresión emerge el estado de bienestar. No fue una concesión graciosa de la clase capitalista. Pero una vez que el capital recuperó sus fuerzas, la democracia pasó a segundo plano. Las decisiones políticas se toman ahora por las élites de las corporaciones, bancos y otros agentes de los mercados financieros.  (...)

Por la vía electoral no se puede cambiar la desigualdad o alcanzar un nuevo estado de bienestar. Las elecciones son el camuflaje perfecto para disfrazar la explotación y degradar a los ciudadanos al nivel de simples consumidores (aunque cada vez con menor poder de compra).

El triunfo enfermo del capitalismo reside en haber eliminado a la oposición para mantener operando un sistema disfuncional y a todas luces injusto. Pero ese éxito marca al mismo tiempo el principio del crepúsculo. Si alguna vez lo fue, hoy el capitalismo ha dejado de ser el soporte de una sociedad democrática, justa y estable."                   (Alejandro Nadal, Jornada, 22/11/17)

6.9.17

Zizek: convertirse en emprendedor-del-yo sólo significa que tienes que administrar tu empleabilidad, tus deudas, la caída de tu salario y de tus ingresos, y la reducción de los servicios sociales que recibes

"(...) Mediante esta individualización de la política social y la privatización de la protección social, que se consiguen a través de su alineamiento con las normas del mercado, la protección deviene condicional (es decir, deja de ser un derecho) y se vincula a unos individuos cuyos comportamientos pasan a ser de esta forma sometidos a evaluación.

Para la mayoría de las personas, convertirse en un «emprendedor-del-yo» se relaciona con la capacidad del individuo para enfrentarse a esos riesgos externalizados sin contar con los recursos necesarios ni el poder para entablar esa lucha de manera adecuada. Así lo expresa Lazzarato:

Las prácticas neoliberales contemporáneas producen un capital humano, un «emprendedor-del-yo» más o menos endeudado y más o menos depauperado, pero siempre precario. Para la mayoría de la población, convertirse en emprendedor-del-yo sólo significa que tienes que administrar tu empleabilidad, tus deudas, la caída de tu salario y de tus ingresos, y la reducción de los servicios sociales que recibes de acuerdo con las normas de los negocios y de la competencia.

A medida que los individuos se empobrecen conforme se reduce su salario y se les quitan las ayudas sociales, clincoliberalismo les ofrece una compensación a través de la deuda y mediante la promoción de su bolsa de valores. Así, los salarios y el sueldo aplazado (o pensión) no aumentan, pero a cambio las personas tienen acceso al crédito para el consumo, y se les anima a proveer para su retiro mediante carteras personales de valores.

Ya no tienen derecho a una vivienda, pero tienen acceso a un crédito hipotecario; ya no tienen derecho a la educación superior, pero pueden pedir créditos para estudiantes; la protección mutua y colectiva frente a los riesgos va siendo desmantelada, pero se anima a la gente a que se haga diversos seguros privados.

Aunque no llegue a reemplazar todas las relaciones sociales existentes, el nexo acreedor-deudor acaba superponiéndose a todas ellas. Los obreros se convierten en obreros endeudados (y tienen que pagar a los accionistas de sus empresas a cambio de que les den un empleo); los consumidores se convierten en consumidores endeudados; los ciudadanos se convierten en ciudadanos endeudados, y han de hacerse responsables de su parte en la deuda de su país. (...)

Esta constelación produce un tipo concreto de subjetividad que se caracteriza por la moralización y la temporalización específicas. El sujeto endeudado practica dos clases de trabajo: el trabajo asalariado y el trabajo sobre su propio yo, el necesario a fin de produ cir un sujeto capaz de prometer que pagará sus deudas, que las pagará efectivamente, y que está dispuesto a asumir la culpa por ser 1 sujeto endeudado.

Con el endeudamiento se abre una gama específica de temporalidades: para ser capaz de devolver lo que debes (de recordar tu promesa), hay que conseguir que tu comportamiento sea previsible, regular y calculable. Esto tiene incidencia no sólo en contra de cualquier revuelta futura, pues ésta traería consigo la quiebra de la capacidad de devolver lo que se debe, sino que implica además que queda borrado en tu cabeza el recuerdo de las revueltas ocurridas en el pasado, de toda clase de resistencia colectiva y la consiguiente interrupción del tiempo y el estallido de conductas impredecibles.

Este sujeto endeudado es sometido constantemente a examen mediante su evaluación por parte de otros. Valoración del desempeño y de los objetivos laborales en el puesto de trabajo; valoración de su capacidad de endeudamiento; entrevistas individuales a todos los que son receptores de ayudas públicas.

De este modo el inviduo no sólo se ve forzado a demostrar que va a poder pagar su deuda (y devolverle a la sociedad lo que le debe mediante un comportamiento correcto), sino que además ha de demostrar que tiene la actitud adecuada y asume la culpa individual en relación con cualquier desajuste sobre lo previsto.

Aquí se hace palpable la asimetría entre acreedor y deudor: el «emprendedordel-yo» endeudado es más activo que el sujeto de los modos anteriores de gobernanza, que tenían un sistema más disciplinario.

Por mucho que le hayan privado de su capacidad para gobernar su propio tiempo, o para evaluar su propio comportamiento, la capacidad de acción autónoma del individuo queda estrictamente cercenada. Por si pudiese parecer que la deuda no es más que una herramienta gubernamental que sirve para modular el comportamiento de los individuos, hay que subrayar que se pueden aplicar técnicas similares a la gobernanza de las instituciones y los países.

Todo el que esté siguiendo el gradual desarrollo en cámara lenta del choque de trenes que es esta crisis en la que vivimos se habrá fijado en que los países y las instituciones están sometidos a una evaluación constante (por ejemplo, por parte de las agencias de rating), en que tienen que aceptar el fallo moral implícito en los errores y excesos que hayan cometido en el pasado, y que han de aceptar el compromiso de comportarse bien en el futuro para de este modo garantizar que, sean cuales sean las amputaciones que vaya sufriendo el cuerpo de su sistema de protección social, o el de los derechos de sus trabajadores, seguirá siendo capaz de pagar la libra de carne que le debe al prestamista.

El triunfo definitivo del capitalismo se produce cuando cada obrero se convierte en su propio capitalista, en el «emprendedordel-yo» que decide cuánto quiere invertir en su propio futuro (educación, sanidad...), a sabiendas de que pagará mediante su propio endeudamiento todas y cada una de esas inversiones.

Los derechos (a la educación, la sanidad, la vivienda...) se convierten de esta manera en decisiones tomadas libremente por el sujeto, cuyas inversiones en cada uno de estos sectores son formalmente equivalentes a las diccisiones que toma el banquero o el capitalista cuando decide invertir en esta o aquella empresa, de modo que en este nivel formal todo el mundo es un capitalista que se endeuda a fin de por der realizar una inversión. Hemos dado de este modo un paso más en la equiparación -que hasta ahora sólo existía en el ámbito legal- entre capitalista y obrero.

Los dos son ahora inversores de capital; sin embargo, la misma diferencia en la «fisonomía de nuestra dramatis personae» que, según Marx, aparece cuando queda concluido el intercambio entre trabajo y capital, reaparece de nuevo en esta situación presente una vez incluido el intercambio entre el capitalista propiamente dicho y el obrero que se ve forzado a actuar como «emprendedor-del-yo»:

«El uno alardea dándose aires y se concentra en su negocio; el otro es tímido y reservado, como una persona que lleva al mercado su propia piel y no puede esperar otra cosa que un buen curtido». Y hace bien en mantener esa actitud tímida: la libertad de elección que le ha sido impuesta es una falsa libertad, en realidad es la forma de su servidumbre (...)"

(Slavoj Zizek y Srecko Horvat: El sur pide la palabra. El futuro de una Europa en crisis (Ed. Los libros del lince, Barna, 2014, 158/160)

19.3.11

"Casi una cuarta parte de la población mundial se muestra convencida de que el capitalismo es un sistema económico irreparable e irreformable"

"En el vigésimo aniversario de la caída del Muro, y a modo de contribución a la celebración de un capitalismo triunfante, la británica BBC ha publicado los resultados de una encuesta mundial que difícilmente pudieron animar la “Fiesta de la Libertad” berlinesa del 9 de noviembre.

Sólo una minoría –no más del 10% de la población— comparte aún la extraña fe del carbonero [juego de palabras con Köhler (“carbonero”), apellido del actual presidente de la República alemana y antiguo presidente del FMI; n.t.], según la cual la “economía de libre mercado” funciona a pedir de boca, y cualquier intento de regulación de ese milagrero sistema no hace sino estorbarlo.

En cambio, casi una cuarta parte de la población mundial se muestra convencida de que el capitalismo es un sistema económico irreparable e irreformable, y de que lo deseable es una alternativa.

Una ajustada mayoría –el 51% de los encuestados— es de la opinión de que la reproducción capitalista, aun seriamente tocada, puede llegar a reanimarse con reformas dentro del sistema y con una regulación más intensa.

Los críticos del capitalismo, en sus distintas variantes, constituyen, así pues, una mayoría del 74%. Hay que recordar que, en una encuesta análoga llevada a cabo en 2005 por el Instituto Globscan en 20 países, había todavía una mayoría del 63% que tenía al capitalismo por el mejor sistema posible. (...)

En 17 de los 27 países encuestados por Globscann, la mayoría (un 56% en promedio) quiere que los gobiernos regulen más vigorosamente. En Brasil (87%), Francia (76%), España (73%), China (71%) y Rusia (68%), las intervenciones estatales en la vida económica encuentran el mayor aplauso.

En Alemania el porcentaje de los partidarios de la intervención estatal ronda el 45%, pero una clara mayoría del 77% de los alemanes quiere que la riqueza se distribuya de manera más justa.(...)

En suma: regulación, sí; redistribución, sí; propiedad pública de los medios de producción, sí; pero con reservas. A escala mundial, el “sistema económico mixto” cuenta con más amigos que el capitalismo “puro”.

Una mayoría sabe, o intuye, que el capitalismo sólo ha logrado sobrevivir hasta ahora porque nunca ha sido propiamente capitalismo.

Los resultados de una encuesta realizada simultáneamente por el Instituto Globscan sobre la política económica en la crisis (22 mil encuestados en 20 países) muestran asimismo claros perfiles.

Una mayoría en 13 de los 20 Estados quiere un aumento significativo del gasto público, a fin de estimular la economía.

El mayor porcentaje lo encontramos en China (94%); el menor, en los EEUU (pero llega al 50%) y, sorprendentemente, en Japón (con un 38%). En lo atinente a medidas concretas, las inversiones en energías renovables y en tecnologías verdes cuentan con un elevado consenso (72%). (...)

La múltiple crisis mundial, cuyas dimensiones no han comprendido hasta el día de hoy ni los gobernantes ni el grueso de los aparatos de los partidos en Alemania, es también una crisis de fe." (Sin Permiso, 13/12/2009, citando a 'La iglesia capitalista pierde fieles', de Michael R. Krätke)