Mostrando entradas con la etiqueta b. Política identitaria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta b. Política identitaria. Mostrar todas las entradas

29.4.26

Imanol Zubero: Una respuesta más compleja y más honesta a la cuestión de la “preferencia nacional”... los nativismos contemporáneos implican exclusión, jerarquización de vidas y negación de derechos básicos, pero hay que evitar la ingenuidad de ignorar que esa lógica está inscrita en la propia arquitectura del Estado moderno... Ferrajoli y Baumann no proponen una ruptura inmediata con el Estado-nación, sino una estrategia de transformación progresiva de sus categorías... su aportación más sugerente es el desplazamiento del eje de derechos desde la ciudadanía hacia la residencia. Esta idea introduce una vía intermedia entre el universalismo abstracto y el realismo estatal: reconocer derechos efectivos a quienes viven en un territorio, independientemente de su estatus formal... reconfigurar progresivamente la titularidad de derechos en torno a la persona y a la residencia, abriendo espacios de igualdad efectiva dentro y más allá del Estado... Esto no elimina de un plumazo las tensiones, pero sí mueve el terreno del debate. Frente a la dicotomía empobrecida entre “preferencia nacional” o “fronteras abiertas” entendidas de forma caricaturesca, introduce una agenda más exigente: la de construir instituciones que hagan compatibles la garantía de derechos con la pluralidad y movilidad de las sociedades contemporáneas... (o sea, es español el que vive, trabaja y paga impuestos en España, aunque no quiera ser catalán)

"La llamada “preferencia nacional”, tal como ha sido planteada en el acuerdo entre PP y Vox en Extremadura, no es simplemente una medida técnica de política social o económica: es, en realidad, una toma de posición moral y política de gran calado. Supone establecer una jerarquía de dignidad entre seres humanos en función de su pertenencia nacional, y eso la sitúa en una tradición claramente iliberal. La idea de que los derechos, o incluso el acceso a bienes básicos, deben depender del origen o la nacionalidad rompe con uno de los pilares normativos de las democracias contemporáneas: la igualdad moral de todas las personas.

Desde este punto de vista, la propuesta de Vox, y la asunción de sus premisas por parte del PP, encierra una profunda inhumanidad. No se trata solo de que discrimine a quienes llegan desde fuera, aunque esa llegada se haya producido en muchos casos hace años; es que redefine la comunidad política como un espacio de exclusión, donde la otra y el otro son sospechosos por definición. En un contexto global marcado por las migraciones, muchas de ellas forzadas por conflictos, desigualdades estructurales o crisis climáticas, esta concepción no solo resulta éticamente problemática, sino que contribuye a erosionar los fundamentos mismos de la convivencia democrática.
Nación, ciudadanía y exclusión: los límites del marco estatonacional

Ahora bien, una crítica honesta no puede detenerse ahí. Existe un riesgo evidente en limitarse a denunciar la “preferencia nacional” como si fuera una anomalía introducida por la extrema derecha. En realidad, esa lógica, aunque sea en formas más suaves o implícitas, está profundamente arraigada en la organización estatonacional del mundo moderno. Los Estados, incluso los más liberales, operan sobre la base de una distinción entre nacionales y no nacionales, entre quienes pertenecen plenamente a la comunidad política y quienes no. La ciudadanía, con todo su valor emancipador, también es un mecanismo de delimitación.

Aquí resulta iluminadora la reflexión de R. H. S. Crossman sobre la dificultad de definir qué es una nación. Sus ejemplos son incisivos: el nazi que apela al linaje biológico mientras perpetra el genocidio; el inglés que invoca la historia y la cultura mientras convive con tensiones internas en el Reino Unido; el estadounidense que habla de voluntad política común mientras evita mirar de frente sus propias fracturas raciales y sus políticas migratorias restrictivas. La lección es clara: ya sea racial, cultural o cívica, toda definición de nación contiene elementos problemáticos, exclusiones más o menos explícitas, zonas de sombra.

Esto cuestiona también la supuesta solución ofrecida por la distinción clásica entre el nacionalismo culturalista de Johann Gottfried Herder y el nacionalismo cívico de Ernest Renan. La célebre idea de Renan de la nación como un “plebiscito cotidiano” resulta seductora porque parece desplazar el foco desde la identidad esencial hacia la voluntad compartida. Sin embargo, esta visión presupone una homogeneidad que rara vez existe. ¿De verdad todos los miembros de una comunidad nacional comparten por igual una historia de sacrificios? ¿No es más preciso afirmar que esa historia está atravesada por conflictos, desigualdades y memorias divergentes, en las que algunas personas y grupos se han sacrificado o han sido sacrificados en favor de otros? Frente al idealismo de Locke y Rawls, no hay contrato social que no sea al tiempo un contrato sexual (Pateman), racial (Mills) y clasista (Marx) y, por lo mismo, nunca igualitario.

En toda sociedad compleja hay grupos que han sido sistemáticamente marginados, explotados o silenciados, mientras otros han acumulado privilegios. Presentar la nación como una comunidad de destino homogénea implica invisibilizar esas tensiones. En ese sentido, la mirada de Renan, aunque menos abiertamente excluyente que la de Herder, también puede derivar en una forma de totalización que resulta peligrosa.

La reflexión de José Antonio de Obieta Chalbaud (jurista y teólogo vasco, uno de los principales especialistas en derecho internacional público y derechos humanos en el ámbito hispano durante la segunda mitad del siglo XX), sobre el derecho de autodeterminación introduce otra perspectiva inquietante. Su insistencia en el derecho de un pueblo a definirse a sí mismo, decidiendo quién pertenece y quién no, pone de relieve un problema central: la delimitación de la comunidad nacional nunca es neutral ni pacífica. Escribe Obieta: «Pueden llegar a ser extremadamente peligrosas para un pueblo esas expresiones de carácter demagógico expresadas a veces por algunos líderes políticos –ignorantes o malignos– que propugnan como criterio para determinar la pertenencia de ciertas personas o grupos a un pueblo el hecho de residir simplemente en él, o aun inclusive el de “vender en él su fuerza de trabajo”. Si en ningún Estado del mundo se siguen criterios tan laxos y simplistas para obtener la nacionalidad, ¿por qué habría de seguirlos cuando se trata de meros grupos étnicos, o pobres pueblos indefensos, quienes a diferencia de los Estados, no poseen poder político propio capaz de contrarrestar eficazmente las consecuencias desnacionalizadoras que la aplicación de tales principios podrían producir?» (El derecho humano de la autodeterminación de los pueblos, Tecnos, 1993).

Cuando el autor advierte contra criterios “laxos” como la residencia o la participación económica, está señalando el temor a la dilución identitaria, pero también legitima la posibilidad de exclusiones más rígidas. El argumento puede justificar políticas profundamente discriminatorias bajo la apariencia de defensa colectiva.

Lo que emerge de todo este entramado es una tensión hoy por hoy irresoluble: por un lado, la aspiración universalista de igualdad; por otro, la realidad de comunidades políticas que se definen mediante fronteras, tanto físicas como simbólicas y, sobre todo, éticas. La “preferencia nacional” de Vox no es, en ese sentido, una aberración aislada, sino una radicalización explícita de una lógica que ya está presente, aunque más disimulada, en el funcionamiento de los Estados.

Precisamente por eso resulta tan importante combatirla. No basta con señalar su crudeza; hay que cuestionar las bases que la hacen posible. Defender una sociedad decente implica no solo rechazar las formas más agresivas de exclusión, sino también interrogar críticamente los límites de nuestras propias categorías políticas. La ciudadanía, la nación, el Estado: todos ellos deben ser repensados a la luz de un principio más exigente de justicia.

En última instancia, la cuestión no es si puede existir alguna forma de preferencia hacia los propios -algo que, en cierto grado, parece inevitable en el marco estatal-, sino hasta qué punto estamos dispuestas a aceptar que esa preferencia se traduzca en desigualdad estructural, en negación de derechos, en deshumanización de la otra y el otro. La propuesta de Vox responde a esa pregunta de la peor manera posible. La tarea crítica consiste no solo en rechazarla, sino en impedir que su lógica siga filtrándose, de manera más sutil, en el sentido común de nuestras democracias.
Cuando la preferencia nacional se vuelve social

En octubre de 2007 la revista El Viejo Topo, referencia esencial del pensamiento crítico durante la transición y buena parte de los años de democracia en España, publicó un Informe sobre la inmigración firmado por Jorge Vestrynge. Su planteamiento, formulado desde posiciones que se reclamaban abiertamente críticas con el neoliberalismo, introducía una defensa de la prioridad de los nacionales en el acceso a recursos escasos -empleo, prestaciones, servicios públicos- en nombre de la protección de las clases populares. Aquí la “preferencia nacional” ya no se presentaba como una cuestión identitaria o cultural, sino como una supuesta exigencia de justicia social. El informe finalizaba planteando el siguiente decálogo, que reproduzco literalmente:

1º. Hasta poder asistir correctamente a los inmigrantes que están ya dentro de España, cerrar puertas al menos a los inmigrantes no comunitarios.

2º. Expulsión de todos los inmigrantes que hayan cometido delitos importantes y, desde luego de todos los ilegales. Primero porque no existe ningún derecho humano (ni en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano francesa ni en la onusiana) que permita forzar la entrada a la casa del vecino (y menos aún sin aceptar cumplir con las normas básicas de convivencia de la casa huésped). Segundo, porque si la inmigración tira los salarios a la baja, la ilegal los lleva al abismo…

3º. Inmigración sólo aceptada en base a contratos previamente obtenidos y temporales (y validados, por un visado en buena y debida regla en el caso de inmigrantes no comunitarios): si la precariedad afecta al trabajador español y al inmigrante legal ya establecido, lo menos es que al mismo rasero sea sometido el “aspirante” no comunitario.

4º. Números clausus en las empresas: en tanto se cumpla dicha limitación, aportarán las empresas una cantidad a la Seguridad Social destinada a financiar los gastos de vivienda, sanidad y educación tanto del inmigrante como de su familia “reagrupada” y del coste del transporte de repatriación. En el caso de que la empresa emplee ilegales habría que duplicar esa aportación.

5º. Políticas estrictas de visados para el llamado “falso turismo”.

6º. Legalizaciones sólo caso por caso.

7º. Nacionalizaciones sólo caso por caso y tras 5 años de residencia permanente, y siempre y cuando la entrada en el país sea legal y no se haya delinquido gravemente.

8º. Reagrupación familiar sólo en el caso de familias de la Europa comunitaria.

9º. Cuatro años de vida en común demostrada para obtener la nacionalidad por matrimonio o pareja de hecho.

10º. Dichas medidas podrán ser suavizadas en el caso de los inmigrantes procedentes de la UE.

El mecanismo de fondo es inquietantemente similar. Lo que cambia es el lenguaje, no la lógica: donde la derecha radical habla de identidad, amenaza o civilización, ciertas formulaciones de izquierda apelan a la protección social, al conflicto distributivo o a la soberanía económica. Pero en ambos casos se introduce una frontera moral entre quienes “merecen primero” y quienes deben esperar o quedar fuera. Se establece, de nuevo, una jerarquía de acceso basada en la pertenencia.

Un año después, en la misma revista, Vestrynge se reafirmaba en su propuesta y respondía a quienes le habían criticado con un artículo titulado Cuando las barbas de tu vecino…, en el que, afirmando que “los trabajadores son en primer lugar los nuestros, los españoles, y los europeos. Eso primero y después lo demás”, concluía así: “Entonces: si la inmigración es un arma en manos del capital para luchar contra las reivindicaciones de nuestros trabajadores y mantener tasas altas de beneficio, ¿cómo no ver que la defensa de nuestros trabajadores pasa por una regulación estricta de la inmigración? Y que es a los comunistas a quien corresponde, por excelencia, la defensa de nuestros trabajadores. ¿O creen ustedes que las demás fuerzas políticas del sistema lo van a hacer? Porque no lo harán; entonces, el etnonacionalismo surgiría, y hará inútil, sobrante, a la izquierda real”.

Esto obliga a afinar la crítica: no basta con denunciar la crudeza discursiva de Vox, hay que identificar el patrón común que permite que esa crudeza sea políticamente inteligible e incluso, en ciertos contextos, socialmente aceptable. Y ese patrón tiene que ver con la naturalización de la comunidad nacional como sujeto prioritario de derechos.

En el caso de Vestrynge, la argumentación se apoya en una premisa que puede parecer intuitiva: en un contexto de escasez, el Estado debe proteger preferentemente a los suyos. Pero esa premisa encierra varios problemas de fondo. El primero es que desplaza el foco del conflicto: en lugar de interrogar las causas estructurales de la escasez -las desigualdades globales, las dinámicas del capital, las políticas económicas-, sitúa el problema en la competencia entre pobres, entre nacionales y migrantes. El resultado es una forma de redistribución excluyente que no cuestiona el marco general, sino que lo gestiona mediante la segmentación de derechos.

El segundo problema es más profundo: aceptar ese principio implica asumir que la igualdad moral entre seres humanos puede ser legítimamente suspendida en función de la pertenencia política. Y una vez que se acepta esa excepción, el terreno queda abonado para ampliarla, endurecerla y radicalizarla. Ahí es donde las posiciones de derecha encuentran un espacio fértil: no necesitan construir su lógica desde cero, sino llevarla a sus últimas consecuencias. En este sentido, la “preferencia nacional de izquierdas” no es un antídoto frente a la versión iliberal de Vox, sino una de sus condiciones de posibilidad. Funciona como un puente conceptual que traduce una lógica de exclusión en términos socialmente más aceptables, pero sin desactivarla.

Volvemos así al problema de fondo que atraviesa toda la reflexión: la tensión entre universalismo e inscripción estatal de los derechos. La izquierda, históricamente, ha oscilado entre ambos polos. Por un lado, una vocación internacionalista, igualitarista, que reconoce en todo ser humano un sujeto de derechos; por otro, una práctica política que se despliega dentro de marcos estatales y que, en ocasiones, asume sus límites como inevitables. El riesgo aparece cuando esos límites dejan de ser percibidos como una constricción a superar y pasan a ser reivindicados como principio normativo. Cuando la ciudadanía deja de ser un instrumento provisional de organización política para convertirse en un criterio legítimo de exclusión moral.

La lección que se desprende tanto del acuerdo PP-Vox como de las posiciones de Vestrynge es, a mi juicio, bien clara: la “preferencia nacional” no es un accidente ideológico, sino una tentación estructural de todas las sociedades enriquecidas en el marco de esta necronomía capitalista. La derecha la expresa de forma más descarnada, ciertas corrientes de izquierda la reformulan en clave social, pero ambas beben de una misma fuente: la aceptación de que la comunidad política puede y debe priorizar a los suyos frente a los otros.
Universalismo en tensión: de la crítica a las alternativas posibles

Frente a todo lo expuesto, la tarea crítica no puede limitarse a elegir la versión “menos mala”, exige cuestionar la propia premisa básica y resistirse a la comodidad de respuestas que, bajo distintas banderas, terminan por legitimar lo que en el fondo comparten: la exclusión radical de vidas que, simplemente, no importan.

Propuestas como las de Luigi Ferrajoli y Gerd Baumann permiten dar un paso decisivo en la reflexión: pasar de la crítica necesaria de la “preferencia nacional” a la exploración de alternativas normativas que no sean meramente idealistas, pero tampoco resignadas al marco existente.

En su ensayo Derechos y garantías Ferrajoli formula su diagnóstico con una claridad difícil de eludir: la ciudadanía, que en su origen moderno funcionó como un mecanismo de inclusión frente a los privilegios estamentales, se ha invertido en su función histórica. Hoy, en un mundo atravesado por desigualdades globales profundas y por movimientos migratorios masivos, la ciudadanía de los países ricos actúa como un “privilegio de estatus”, es decir, como un dispositivo de exclusión. Esta inversión es clave para entender por qué la “preferencia nacional” resulta tan fácilmente defendible desde posiciones tan distintas: porque se apoya en una estructura jurídica y política que ya discrimina de facto. La radicalidad de Ferrajoli no reside solo en la denuncia, sino en la consecuencia que extrae: si queremos tomarnos en serio la universalidad de los derechos fundamentales, debemos desvincularlos de la ciudadanía como pertenencia estatal. Y esto no en abstracto, sino en un punto muy concreto y sensible: el derecho de residencia y el derecho de circulación. Es decir, allí donde hoy se juega de manera más evidente la frontera entre inclusión y exclusión, el “derecho a tener derechos” (Hannah Arendt),

Esta propuesta tiene una virtud decisiva frente a las derivas nativistas, tanto de derechas como de izquierdas, al desactivar el presupuesto de escasez nacionalmente delimitada. Si los derechos fundamentales no dependen de la ciudadanía, la pregunta deja de ser “a quién priorizamos” dentro de una comunidad cerrada, y pasa a ser “cómo garantizamos derechos en un marco ampliado”. La lógica de la preferencia pierde así parte de su fuerza justificativa. Ahora bien, el propio planteamiento de Ferrajoli se enfrenta a una dificultad evidente: su viabilidad política en un mundo organizado en Estados soberanos. Y aquí es donde la reflexión de Baumann introduce un elemento de mediación especialmente valioso.

En El enigma multicultural, Baumann no propone una ruptura inmediata con el Estado-nación, sino una estrategia de transformación progresiva de sus categorías. Su primer movimiento es desmitificador: reconocer el Estado-nación como una construcción problemática, “pseudoétnica” y “pseudosecular”. Es decir, como una forma histórica contingente que no debe ser naturalizada. Pero su aportación más sugerente, en relación con el debate que nos ocupa, es el desplazamiento del eje de derechos desde la ciudadanía hacia la residencia. Esta idea -que converge claramente con Ferrajoli- introduce una vía intermedia entre el universalismo abstracto y el realismo estatal: reconocer derechos efectivos a quienes viven en un territorio, independientemente de su estatus formal.

Este desplazamiento tiene implicaciones profundas. En primer lugar, rompe la identificación automática entre pertenencia nacional y titularidad de derechos, sin necesidad de abolir de inmediato el marco estatal. En segundo lugar, reduce el espacio político de la “preferencia nacional”, al ampliar la comunidad de quienes tienen derecho a reclamar igualdad. Y en tercer lugar, introduce un criterio más empírico y menos identitario: la vida en común, la participación de hecho en una sociedad. A esto se suma otro elemento clave en Baumann: la necesidad de “desreificar” las identidades. Es decir, dejar de concebir las identidades nacionales, étnicas o religiosas como bloques fijos y homogéneos, y entenderlas como procesos dinámicos, atravesados por relaciones y conflictos. Esta perspectiva conecta directamente con la crítica previa a las concepciones de nación -desde Herder hasta Renan- y refuerza la idea de que toda política basada en una comunidad homogénea es, en el mejor de los casos, una simplificación, y en el peor, una mistificación peligrosa.

La convergencia entre Ferrajoli y Baumann permite, por tanto, esbozar una respuesta más compleja y más honesta a la cuestión de la “preferencia nacional”. Por un lado, mantienen una crítica firme a su formulación explícita en los nativismos contemporáneos: porque implica exclusión, jerarquización de vidas y negación de derechos básicos. Pero, por otro, evitan la ingenuidad de ignorar que esa lógica está inscrita en la propia arquitectura del Estado moderno. La salida que sugieren no es inmediata ni sencilla. Implica, en esencia, un doble movimiento: 1) desnaturalizar la ciudadanía como criterio último de distribución de derechos, reconociendo su carácter histórico y excluyente; 2) reconfigurar progresivamente la titularidad de derechos en torno a la persona y a la residencia, abriendo espacios de igualdad efectiva dentro y más allá del Estado. Por aquí va, o debería ir, el proceso de regularización extraordinaria actualmente en marcha.

Esto no elimina de un plumazo las tensiones, pero sí mueve el terreno del debate. Frente a la dicotomía empobrecida entre “preferencia nacional” o “fronteras abiertas” entendidas de forma caricaturesca, introduce una agenda más exigente: la de construir instituciones que hagan compatibles la garantía de derechos con la pluralidad y movilidad de las sociedades contemporáneas. En este sentido, las propuestas de Ferrajoli y Baumann no solo ayudan a repensar críticamente la “preferencia nacional”; permiten también desenmascarar su aparente realismo. Porque lo que hoy se presenta como sentido común -priorizar a “los nuestros”- descansa en una estructura que ellos mismos muestran como contingente, problemática y, en última instancia, reformable.

La cuestión no es si podemos prescindir completamente de toda forma de delimitación política, sino si estamos dispuestas a aceptar que esa delimitación siga funcionando como un criterio legítimo de desigualdad en derechos fundamentales. Ahí es donde nuestra crítica debe mantenerse firme: no, no estamos dispuestas a aceptarlo. Y ahí es también donde estas propuestas, aun con todas sus dificultades, abren un horizonte que va más allá de la resignación o del repliegue identitario."

( Imanol Zubero , Noticias Obreras, 26/04/26)  

7.7.25

Varoufakis: ¿Las minorías que viven en Occidente deben asimilarse para que no acabemos siendo una sociedad de extraños? El joven Marx declaró "¿El punto de vista de la emancipación política da derecho a exigir del judío la abolición del judaísmo y del hombre la abolición de la religión? ... Así como el Estado evangeliza cuando ... adopta una actitud cristiana hacia los judíos, así el judío actúa políticamente cuando, siendo judío, exige derechos cívicos"... sobre los efectos de la inmigración, Marx reconoce plenamente que los empresarios norteamericanos e ingleses estaban explotando a propósito la mano de obra barata de los inmigrantes irlandeses, enfrentándolos a los trabajadores nativos y debilitando la solidaridad laboral. Pero para Marx era contraproducente que los sindicatos se volvieran contra los inmigrantes irlandeses y adoptaran postulados antiinmigración. No, la solución nunca consistía en desterrar a los trabajadores inmigrantes, sino en organizarlos... sobre los sindicatos Marx dice que "Los sindicatos funcionan bien como centros de resistencia contra las invasiones del capital. [Pero] generalmente fracasan por limitarse a una guerra de guerrillas contra los efectos del sistema existente, en lugar de intentar también cambiarlo." ¿Cambiarlo en qué? En una nueva estructura corporativa basada en el principio de un empleado, una acción, un voto, el tipo de programa que realmente puede inspirar a los jóvenes que ansían liberarse tanto del estatismo como de las corporaciones dirigidas por los resultados de las empresas de capital riesgo o de un propietario ausente

 "Una joven a la que conocí no hace mucho me comentó que no era tanto la existencia del mal en estado puro lo que le sacaba de quicio, sino más bien las personas o instituciones con capacidad para hacer el bien que, por el contrario, acababan perjudicando a la humanidad. Su reflexión me hizo pensar en Karl Marx, cuya disputa con el capitalismo era precisamente esa: no tanto el que fuera explotador como el que nos deshumanizara y alienara a despecho de ser una fuerza tan progresista.

Los sistemas sociales anteriores podían ser más opresivos o explotadores que el capitalismo. Sin embargo, sólo bajo el capitalismo hemos estado los seres humanos tan completamente alienados respecto a nuestros productos y nuestro entorno, tan divorciados de nuestro trabajo, tan despojados incluso de un mínimo de control sobre lo que pensamos y hacemos. El capitalismo, especialmente después de su fase tecnofeudal, nos ha convertido a todos en una versión de Calibán o Shylock: mónadas en un archipiélago de seres aislados, cuya calidad de vida está inversamente relacionada con la abundancia de artilugios que produce nuestra maquinaria de última generación.

Esta semana, junto con otros políticos, escritores y pensadores, participaré en el festival Marxism 2025 en Londres, y una de las cuestiones que me ocupan es la forma en que los jóvenes de hoy sienten claramente esta alienación que identificó Marx. Pero la reacción contra los inmigrantes y las políticas identitarias -por no mencionar la distorsión algorítmica de sus voces- les paraliza. Y aquí puede volver a entrar Marx con consejos sobre cómo superar esta parálisis, buenos consejos que yacen enterrados bajo las arenas del tiempo.

Tomemos el argumento de que las minorías que viven en Occidente deben asimilarse para que no acabemos siendo una sociedad de extraños. Cuando tenía Marx 25 años, leyó un libro de Bruno Bauer, pensador al que respetaba, en el que defendía que, para acceder al derecho a la ciudadanía, debían los judíos alemanes renunciar al judaísmo.

Marx se puso furioso. Aunque el joven Marx no tenía mucha paciencia con el judaísmo, y de hecho con ninguna religión, su apasionada demolición del argumento de Bauer es un festín para la vista: "¿El punto de vista de la emancipación política da derecho a exigir del judío la abolición del judaísmo y del hombre la abolición de la religión? ... Así como el Estado evangeliza cuando ... adopta una actitud cristiana hacia los judíos, así el judío actúa políticamente cuando, siendo judío, exige derechos cívicos".

El truco que Marx nos está enseñando aquí es cómo combinar un compromiso con la libertad religiosa de judíos, musulmanes, cristianos, etc. con el rechazo total de la presunción de que, en una sociedad de clases, el Estado puede representar el interés general. Sí, los judíos, los musulmanes, las personas de creencias que quizá no compartamos -o que ni siquiera nos gusten mucho- deben emanciparse de inmediato. Sí, las mujeres, los negros y las personas LGBTQ+ deben obtener igualdad de derechos mucho antes de que aparezca en el horizonte cualquier revolución socialista. Pero la libertad exigirá mucho más que eso.

Pasando al tema de los trabajadores inmigrantes que aplastan los salarios de los trabajadores locales, otro campo minado para los jóvenes de hoy, una carta que Marx envió en 1870 a dos asociados de la ciudad de Nueva York ofrece brillantes pistas sobre cómo tratar no sólo con los Nigel Farage de este mundo, sino también con algunos izquierdistas que han mordido el anzuelo de la antiinmigración.

En su carta, Marx reconoce plenamente que los empresarios norteamericanos e ingleses estaban explotando a propósito la mano de obra barata de los inmigrantes irlandeses, enfrentándolos a los trabajadores nativos y debilitando la solidaridad laboral. Pero para Marx era contraproducente que los sindicatos se volvieran contra los inmigrantes irlandeses y adoptaran postulados antiinmigración. No, la solución nunca consistía en desterrar a los trabajadores inmigrantes, sino en organizarlos. Y si el problema es la debilidad de los sindicatos, o la austeridad fiscal, entonces la solución no puede consistir nunca en convertir a los trabajadores inmigrantes en chivos expiatorios.

Hablando de sindicatos, Marx tiene también algunos espléndidos consejos para ellos. Sí, es crucial que aumenten los salarios para reducir la explotación de los trabajadores. Pero no caigamos en la fantasía del salario justo. La única manera de hacer que el lugar de trabajo sea justo es acabar con un sistema irracional basado en la estricta separación entre los que trabajan, pero no poseen, y la ínfima minoría de los que son poseedores, pero no trabajan.

En palabras suyas: "Los sindicatos funcionan bien como centros de resistencia contra las invasiones del capital. [Pero] generalmente fracasan por limitarse a una guerra de guerrillas contra los efectos del sistema existente, en lugar de intentar también cambiarlo."

¿Cambiarlo en qué? En una nueva estructura corporativa basada en el principio de un empleado, una acción, un voto, el tipo de programa que realmente puede inspirar a los jóvenes que ansían liberarse tanto del estatismo como de las corporaciones dirigidas por los resultados de las empresas de capital riesgo o de un propietario ausente que ni siquiera sabe que posee parte de la empresa para la que trabaja.

Por último, la frescura de Marx reluce cuando tratamos de dar sentido al mundo tecnofeudal en el que la gran tecnología, junto con las grandes finanzas y nuestros Estados, nos han encerrado subrepticiamente. Para entender por qué se trata de una forma de tecnofeudalismo, algo mucho peor que el capitalismo de vigilancia, tenemos que pensar como habría pensado Marx en relación a nuestros teléfonos inteligentes, tablillas, etc. Verlos como una mutación del capital -o «capital nube»- que modifica directamente nuestro comportamiento. Para comprender de qué modo los alucinantes avances científicos, las fantásticas redes neuronales y esos programas de inteligencia artificial que desafían la imaginación han creado un mundo en el que, mientras la privatización y el capital de riesgo vacían los activos de toda la riqueza física que nos rodea, el capital en nube se dedica a vaciar los activos de nuestros cerebros.

Sólo a través de la lente de Marx podemos entenderlo realmente: para poseer nuestras mentes individualmente, debemos poseer el capital en nube colectivamente." 

( Yanis Varoufakis, Jaque al imperialismo , 06/07/25,  fuente SinPermiso

3.4.25

Por qué Trump sigue ganando: La verdad que nadie admite, es que la ira, no solo la desigualdad, impulsa a los votantes blancos de clase trabajadora; los progresistas deben afrontar verdades incómodas para contrarrestarlas... ¿Qué ha hecho exactamente la élite liberal, democrática y culturalmente comprometida de Estados Unidos para provocar una ira tan profunda -incluso un odio declarado- en amplios sectores de la clase trabajadora y la clase media-baja, predominantemente blancas, que les ha llevado hacia un político como Donald Trump? Las acusaciones de corrupción contra la élite política de Washington y otros grupos percibidos como «elitistas» se convirtieron en temas centrales de la exitosa campaña de Trump... La corrupción, en opinión del público, va más allá del simple soborno... esto puede implicar aprovechar las conexiones personales para conseguir la admisión de los hijos en escuelas públicas populares o conseguir un empleo en el sector público a pesar de no ser el candidato más cualificado... la percepción de la corrupción como favoritismo indebido puede haber sido crucial para las victorias electorales de Donald Trump... La discriminación positiva, a sus ojos, representaba un favoritismo étnico más que una selección basada en el mérito... la mayoría de los estadounidenses blancos creen que la discriminación contra ellos mismos es un problema más importante que la discriminación a la que se enfrentan los estadounidenses negros ¿Cómo se ha generalizado esta percepción? En lugar de adoptar políticas universales que beneficien a amplios sectores de la sociedad, los demócratas han cultivado inadvertidamente entre los votantes blancos de clase trabajadora la imagen de que favorecen a los grupos minoritarios, un enfoque que muchos perciben como similar a la corrupción... Pensemos, por ejemplo, en un joven negro que solicita plaza en la universidad y cuyos padres son profesores, comparado con un joven blanco criado por una madre soltera que trabaja en la limpieza... En cambio, los programas universales rara vez se enfrentan a estos problemas (Bo Rothstein, Un. Gothenburg)

 "Las críticas a Donald Trump y a las acciones de su administración desde que asumió el cargo han sido, como mínimo, intensas. La agresividad de Trump hacia Volodymyr Zelensky, sus repetidas falsedades sobre quién instigó la guerra en Ucrania, el indulto a criminales violentos condenados por atacar el Congreso en enero de 2021, las afirmaciones de que como presidente está por encima de la ley, las amenazas dirigidas a Dinamarca y Canadá, y el desmantelamiento de políticas de ayuda estadounidenses de larga data son algunas de las acciones que han suscitado duras condenas. Estas críticas, y muchas más, están totalmente justificadas y son necesarias.

Sin embargo, hay una cuestión crucial que falta en la conversación general: ¿Qué ha hecho exactamente la élite liberal, democrática y culturalmente comprometida de Estados Unidos para provocar una ira tan profunda -incluso un odio declarado- en amplios sectores de la clase trabajadora y la clase media-baja, predominantemente blancas, que les ha llevado hacia un político como Donald Trump? Resulta asombroso considerar que no hace mucho Barack Obama se aseguró un segundo mandato presidencial en 2012, lo que sugiere que algo importante debe haber ocurrido en los años intermedios para provocar este dramático cambio en la política estadounidense.

 La desigualdad y las dificultades económicas se han citado con frecuencia como explicaciones del ascenso de Trump. Sin embargo, esto no puede explicar totalmente su atractivo, ya que Obama consiguió la reelección sólo cuatro años después de la crisis financiera mundial. Del mismo modo, el racismo, aunque profundamente arraigado en la sociedad estadounidense, no es un fenómeno nuevo. La inmigración es otro factor que se cita a menudo, aunque Estados Unidos siempre ha sido una nación de inmigrantes. Aunque estos elementos han contribuido sin duda, debe haber otro factor crítico que ha permitido a Trump no sólo ganar, sino volver a ganar, incluso después de orquestar un ataque ilegal contra el Congreso estadounidense.

Para comprender plenamente este cambio, hay que volver a las elecciones presidenciales de 2016. Al principio de la campaña, la mayoría de los comentaristas informados no consideraban seriamente a Trump un candidato republicano viable. Carecía del apoyo de las principales figuras del partido, nunca había ocupado un cargo político y no tenía acceso a los importantes recursos financieros que suelen requerirse para una candidatura presidencial exitosa. Sin embargo, una persona que reconoció el potencial de Trump desde el principio fue Jim Clifton, entonces director de Gallup en Estados Unidos.

 Ya en enero de 2016, once meses antes de las elecciones, Clifton destacó un dato profundamente preocupante de las encuestas de Gallup: El 75% de los votantes de Estados Unidos estaba de acuerdo con la afirmación de que «la corrupción está generalizada en todo el gobierno de este país». Clifton describió esta percepción como una «gran nube negra» que se cierne sobre el progreso de Estados Unidos, sugiriendo que podría alimentar el ascenso de un candidato «no tradicional» como Trump. En retrospectiva, la percepción de Clifton fue notablemente acertada. Las acusaciones de corrupción contra la élite política de Washington y otros grupos percibidos como «elitistas» se convirtieron en temas centrales de la exitosa campaña de Trump en 2016, así como de su candidatura para 2024.

La corrupción, en opinión del público, va más allá del simple soborno. Muchos estadounidenses tienen una definición más amplia que incluye diversas formas de favoritismo, especialmente en el sector público. En el día a día, esto puede implicar aprovechar las conexiones personales para conseguir la admisión de los hijos en escuelas públicas populares o conseguir un empleo en el sector público a pesar de no ser el candidato más cualificado. Los estadounidenses tienen la creencia generalizada de que las decisiones públicas deben caracterizarse por la imparcialidad y la igualdad de trato.

Mi argumento es que la percepción de la corrupción como favoritismo indebido puede haber sido crucial para las victorias electorales de Donald Trump tanto en 2016 como en 2024. Esta opinión está respaldada por el aclamado libro de la socióloga Arlie Hochschild Strangers in Their Own Land: Anger and Mourning on the American Right (The New Press, 2016). Hochschild pasó cinco años con comunidades de clase trabajadora blanca en el sur de Estados Unidos y descubrió que muchas de estas personas creían que llevaban mucho tiempo esperando pacientemente en la cola del «sueño americano», esperando que mejoraran sus condiciones económicas. Sin embargo, se encontraban continuamente decepcionados, culpando de este estancamiento a diversos programas introducidos por los demócratas para apoyar específicamente a los grupos minoritarios. Según los informantes de Hochschild, las personas que reivindicaban su condición de minoría podían efectivamente «saltarse la cola». La discriminación positiva, a sus ojos, representaba un favoritismo étnico más que una selección basada en el mérito.

Las encuestas también han indicado que la mayoría de los estadounidenses blancos creen que la discriminación contra ellos mismos es un problema más importante que la discriminación a la que se enfrentan los estadounidenses negros. Aunque considero que esta percepción está desconectada de la realidad, no deja de influir en las decisiones de los votantes, ya que son las percepciones, y no las realidades objetivas, las que guían el comportamiento electoral.

¿Cómo se ha generalizado esta percepción? Un factor crítico es la gran dependencia de los demócratas, sobre todo de su facción de izquierdas, de la política de identidad. En la práctica, esto ha supuesto el establecimiento de programas específicos diseñados para beneficiar a diversos grupos minoritarios y, en ocasiones, a las mujeres. La investigación de Hochschild revela que los blancos de clase trabajadora suelen considerar estos programas como cuotas injustas para acceder a puestos de trabajo y oportunidades educativas deseables. En respuesta, muchas empresas, universidades e instituciones públicas han creado departamentos especializados dedicados a la Diversidad, la Equidad y la Inclusión (DEI). Es significativo que una de las primeras medidas de Trump al volver al cargo fuera desmantelar estas iniciativas de DEI en todo el gobierno federal estadounidense.

En lugar de adoptar políticas universales que beneficien a amplios sectores de la sociedad, los demócratas han cultivado inadvertidamente entre los votantes blancos de clase trabajadora la imagen de que favorecen a los grupos minoritarios, un enfoque que muchos perciben como similar a la corrupción. Los programas específicos suelen despertar sospechas de injusticia debido a la naturaleza compleja y subjetiva de la determinación de la elegibilidad -decidir quién reúne los requisitos para ser considerado «blanco», «negro» o algo intermedio- y la gestión de decisiones matizadas relativas al trato preferente.

Pensemos, por ejemplo, en un joven negro que solicita plaza en la universidad y cuyos padres son profesores, comparado con un joven blanco criado por una madre soltera que trabaja en la limpieza. Estos dilemas ponen de manifiesto las dificultades y los posibles problemas de legitimidad de las iniciativas específicas. En cambio, los programas universales rara vez se enfrentan a estos problemas, ya que no requieren importantes poderes discrecionales ni una gran burocracia. Además, contrariamente a la creencia común, los programas sociales universales tienden a ser altamente redistributivos. Las prestaciones proporcionadas suelen ser iguales o nominales, pero la fiscalidad sigue siendo progresiva o proporcional. En consecuencia, los que más ganan pagan más de lo que reciben, mientras que los trabajadores pobres obtienen más beneficios de los que aportan. Conocido como la paradoja de la redistribución, este fenómeno explica por qué los países que emplean programas universales suelen lograr una mayor redistribución que los que intentan explícitamente «gravar a los ricos y dar a los pobres». Además, los programas diseñados exclusivamente para los pobres suelen prestar servicios de menor calidad.

Por lo tanto, el problema fundamental de la política de identidad no radica en la movilización -históricamente, los partidos socialdemócratas europeos se basaron en gran medida en la identidad de la clase trabajadora-, sino en la aplicación. La política de identidad fomenta la división al enfrentar a un grupo contra otro, socavando la confianza general y la solidaridad social. En el fondo, la política identitaria gira en torno al interés propio del grupo en bruto: «más para nosotros». También viola los valores liberales básicos de igualdad de trato y crea un terreno fértil para las sospechas de corrupción e injusticia. Aunque las protestas generalizadas contra la brutal violencia policial en Estados Unidos estaban totalmente justificadas, enmarcar estas protestas como «Black Lives Matter» (Las vidas de los negros importan) en lugar de «All Lives Matter Equally» (Todas las vidas importan por igual) puede haber reforzado inadvertidamente las percepciones de división étnica. Hay muchos otros ejemplos de errores políticos por motivos étnicos. 

El riesgo actual es que la crítica necesaria a la administración de Trump pueda oscurecer la necesidad igualmente crucial de autorreflexión crítica por parte de los grupos políticos que sufrieron la derrota electoral. Está claro que se cometieron errores si tantos votantes blancos de clase trabajadora y clase media-baja se sintieron obligados a apoyar a una figura abiertamente antiliberal como Donald Trump. Los progresistas europeos también deben prestar atención a esta lección; no aprender de la experiencia estadounidense podría llevar a Europa por un camino igualmente problemático."

( Un. Gothenburg, Social Europe, 02/04/25, traducción DEEPL)

31.1.25

Alemania: El estancamiento económico amenaza el corazón mismo de la identidad colectiva... Alemania está estancada. El PIB se mantiene estable desde 2019. Las exportaciones ya no crecen. La producción de automóviles ha caído casi un 30% desde su máximo en 2016. Las causas de esta caída son estructurales: China se ha metamorfoseado en un exportador competidor... no es probable que ni el mercado estadounidense ni una profundización de la globalización acudan al rescate de Alemania. En esta situación, el país necesita una nueva oleada de inversión pública y privada para reducir costes, impulsar la productividad y reorientar la economía hacia nuevos mercados... Alemania se da cuenta de repente del abismo cada vez mayor que separa sus aspiraciones de la realidad. Las esperanzas se convierten en desilusión, las opciones dan paso a los remordimientos... Cualitativamente, es catastrófico. La identidad de la República Federal se ha construido en torno al éxito económico... el estancamiento es algo más que una cifra. Es un auténtico veneno para la autoimagen de Alemania, y plantea profundas preguntas: si no somos prósperos y crecemos, ¿quiénes somos? ¿Qué nos une? ¿Qué nos diferencia? Por eso el estancamiento económico amenaza el núcleo mismo de la identidad colectiva. Las ideas reaccionarias corren el riesgo de filtrarse... ¿Quién debe absorber la diferencia de 370.000 millones de euros entre las expectativas y la realidad? Las exportaciones mundiales se consideran la única forma realista de mantener y aumentar el nivel actual de la industria alemana. Esto implica depender de un orden internacional liberal y de socios en materia de seguridad sobre los que Alemania tiene poco control... es esencial celebrar un auténtico debate sobre el modelo de crecimiento de Alemania (Max Krahé)

 "Alemania está estancada. El PIB se mantiene estable desde 2019. Las exportaciones ya no crecen. La producción de automóviles ha caído casi un 30% desde su máximo en 2016. Las causas de esta caída son estructurales: China se ha metamorfoseado en un exportador competidor. La apuesta por el gas ruso ha resultado contraproducente. Y con el segundo mandato de Donald Trump, no es probable que ni el mercado estadounidense ni una profundización de la globalización acudan al rescate de Alemania.

En esta situación, el país necesita una nueva oleada de inversión pública y privada para reducir costes, impulsar la productividad y reorientar la economía hacia nuevos mercados. Pero al mismo tiempo, el aumento del gasto militar y el incremento de los costes sanitarios y de las pensiones ejercen presión sobre los presupuestos.

La economía está en un atolladero, y no hay forma fácil de sacarla de él. Al igual que un joven ambicioso cuya carrera se ha estancado en los mandos intermedios, Alemania se da cuenta de repente del abismo cada vez mayor que separa sus aspiraciones de la realidad. Las esperanzas se convierten en desilusión, las opciones dan paso a los remordimientos... basta con intentar pronunciar la palabra «nuclear».

 Cuantitativamente, la brecha es amplia. El estancamiento comenzó en 2019. A finales de 2024, el PIB era 370.000 millones de euros (o alrededor del 9%) inferior al que habría sido si el crecimiento hubiera continuado al mismo ritmo que en la década de 2010. Una cantidad casi equivalente al PIB de Dinamarca.

Cualitativamente, es catastrófico. La identidad de la República Federal se ha construido en torno al éxito económico. A partir de los años 50, fue el Wirtschaftswunder (el «milagro económico») lo que permitió a los alemanes occidentales recuperar su orgullo. Como fuente de significado colectivo, este sentimiento surgió antes y arraigó más profundamente que otros elementos de la identidad germano-occidental, como la asunción del pasado, que se desarrolló a partir de 1968, o la política medioambiental, que pasó a primer plano en los años ochenta con el ascenso de los Verdes. Esta centralidad se vio reflejada y reforzada por la reunificación. Tras la caída del Muro de Berlín, los alemanes orientales se apresuraron a reclamar la unión monetaria: «Si el marco alemán viene aquí, nos quedamos. Si no, nos iremos donde esté», es decir, a Alemania Occidental.

 Proeza e identidad

Otro elemento importante fue la respuesta de Alemania a la hiperglobalización. A principios de la década de 2000, el país puso en marcha la Agenda 2010, una serie de reformas que afectaban a la política de oferta, el mercado laboral y las pensiones. Un gobierno de izquierdas, el del socialdemócrata Gerhard Schröder (en el poder entre 1998 y 2005), debilitó la protección contra el despido, redujo el seguro de desempleo y las prestaciones sociales y frenó el aumento de las pensiones públicas.

Cuando el crecimiento del PIB se reanudó en torno a 2008, quedó claro que estas medidas habían merecido la pena: Alemania se había apretado el cinturón y se había comprometido a realizar reformas dolorosas, pero ahora estaba siendo recompensada. Con la entrada de China en la escena mundial, Alemania se convirtió en el primer exportador del mundo. Una vez más, las proezas económicas eran una fuente de identidad: el trabajo duro llevaba al éxito económico, y el éxito económico llevaba al orgullo y la confianza en uno mismo.

Dada esta historia, el estancamiento es algo más que una cifra. Es un auténtico veneno para la autoimagen de Alemania, y plantea profundas preguntas: si no somos prósperos y crecemos, ¿quiénes somos? ¿Qué nos une? ¿Qué nos diferencia?

 Hay alternativas a la proeza económica. La ciencia y la cultura son opciones, como ha demostrado Francia. Pero las aportaciones contemporáneas de Alemania en estos ámbitos palidecen en comparación con las de otros países y con su propia historia. Y como el país ha renunciado -por muy buenas razones- a su historia marcial y se siente incómodo con las expresiones étnicas de identidad -lo que es aún más cierto hoy en día porque el éxito económico ha atraído a un gran número de emigrantes-, no queda mucho.

Un inventario doloroso

Por eso el estancamiento económico amenaza el núcleo mismo de la identidad colectiva. Las ideas reaccionarias corren el riesgo de filtrarse. La ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) podría alcanzar el 25% en las elecciones generales del 23 de febrero. ¿Qué podemos hacer al respecto? Como en una crisis de mediana edad, es esencial hacer un balance honesto. Es un proceso doloroso, que implica reconocer los errores del pasado y alinear las expectativas con las oportunidades actuales.

 En el caso de Alemania, este inventario ha sido, en el mejor de los casos, sesgado. Hay consenso en que se cometieron errores en política energética y de seguridad, pero no en cuáles. El rigor de la política fiscal y el freno de la deuda también son discutidos, pero siguen siendo símbolos preciosos para muchos.

Más decepcionante, sin embargo, es el hecho de que resulta casi imposible expresar la idea de que la doble obsesión de Alemania por la industria y las exportaciones puede haber sido un error. Esto es lamentable. Las exportaciones mundiales se consideran la única forma realista de mantener y aumentar el nivel actual de la industria alemana. Esto implica depender de un orden internacional liberal y de socios en materia de seguridad sobre los que Alemania tiene poco control; una estrategia objetivamente arriesgada.

Mientras siga siendo casi imposible abordar esta cuestión, Alemania seguirá viéndose sorprendida y confundida por los acontecimientos geopolíticos de los próximos años. El estancamiento podría persistir y las identidades erosionarse. Por tanto, es esencial celebrar un auténtico debate sobre el modelo de crecimiento de Alemania.

 Quien gane las elecciones del 23 de febrero tendrá que tomar grandes decisiones. ¿Quién debe absorber la diferencia de 370.000 millones de euros entre las expectativas y la realidad? ¿Qué modelo de crecimiento llevará a Alemania hacia el futuro? Y, sobre todo, ¿a qué fuentes recurrirán los alemanes para renovar su identidad? El próximo Gobierno tendrá que abordar estas cuestiones, y tendrá que hacerlo rápidamente. Pero para responderlas con éxito, primero tendrá que hacer un balance honesto de la situación."


(Max Krahé es cofundador y director del think tank macrofinanciero Dezernat Zukunft, con sede en Berlín. Revista de prensa, 31/01/25, fuente Le Monde, traducción DEEPL)

25.9.24

Alessandro Visalli: Sobre Sahra Wagenknech... el populismo, basado en un espíritu inevitablemente anarco-libertario y conservador, no es más que el primer signo de que el ser social está cambiando... es sólo un fenómeno superficial, preliminar y en gran medida «mórbido»... Necesitamos más y más: necesitamos la creación de un orden social que no sea un frágil cáliz de cristal; articular la necesidad de protección y, al mismo tiempo, desafiar el inconsciente principio religioso que confía la salvación a un mercado... la resolución de la contradicción neoliberal entre protección pública y orden social... El retorno a la dureza material conducirá al renacimiento de las personalidades «materialistas» y con ellas a la lucha de clases, propiamente entendida... el éxito de la formación Wagenknecht muestra esta tendencia... la política alemana ilustra perfectamente una agenda política post-populista directamente centrada en cuestiones materiales que toma nota del agotamiento de la "política de la identidad"... Se trata de construir una posición sobre la inmigración que sea pragmática, de sentido común básico y equilibrada (que se fije en las condiciones de las clases trabajadoras y no en la necesidad de cuidadores de las clases medias altas, sin negar que cierta inmigración es necesaria y que hay que ayudar a todos... denuncia a los «moralistas sin empatía» de la «izquierda de moda», que, una vez obtenido lo esencial y asegurada su propia vida (a veces durante generaciones), se centra en el lenguaje y se siente tan alto que sólo es un ciudadano del mundo (es decir, de ninguna parte)... Una izquierda que vive en el vacío y lo cultiva... y una pertenencia, también, a una «nación», término que la política alemana nos recuerda, con razón, que es hijo de la revolución francesa, que no tiene una base étnica, ni religiosa, ni siquiera racial. Sin miedo a referirse también al valor de las tradiciones (entre ellas también las de las democracias populares, de masas, ahora tan distantes de nosotros bajo la influencia de la reacción neoliberal de los años ochenta y noventa)... ataca los «discursos privilegiados», a la «diversidad», que son alienantes para los votantes que en esencia quieren, más bien, «pensiones decentes, salarios decentes e igualdad de derechos». Todo ello, una vez más, señalando que «estamos a favor de que todo el mundo pueda vivir y amar como quiera. Pero hay un tipo exagerado de política identitaria en la que tienes que disculparte si hablas de un tema si no tienes antecedentes de inmigración, o tienes que disculparte porque eres heterosexual»... A la espera de mejores palabras, Sahra llama a esta postura la "izquierda conservadora"... Se trata más bien de un nuevo ser social que empieza a traducirse en forma política: sentido económico, justicia social, paz, libertad de expresión (que va más allá de lo políticamente correcto). Al fin y al cabo, todo es sencillo

"(...) el «riesgo» del que tanto Beck como Giddens (pero, en esencia, todos los sociólogos de mediados de la eufórica década de 1990) hablaron en tono positivo en su momento, ha terminado por extenuar el consenso sobre este asfixiante montaje social. La misma flexibilidad que entonces parecía liberadora para la mayoría, de la sociedad burocrática y organizada de la posguerra, aparece ahora como una pesadilla hecha de angustia existencial, incertidumbre y narcisismo (10). El primer síntoma, pero transitorio, fue la aparición del «Momento Populista» mencionado, por ejemplo, por Carlo Formenti en su «La Variante Populista» (11). 

En una larga fase, que tuvo una fase ascendente en la década de 1910, tras la ampliación de la dinámica en cascada de las múltiples crisis abiertas por el crack de 2007-8 (crisis financiera, luego fiscal, luego política y social), sobre la base de lo que, con una imagen eficaz Moreno Pasquinelli llamó en su día «la papilla social producida por el capitalismo tardío», tomó forma una temporada internacional de movilizaciones hegemonizadas por las clases medias «reflexivas», sobreempleadas y subempleadas por formas económicas «flexibles» (12). Siguiendo la tesis expuesta en mi libro, y que ciertamente no puedo reproducir aquí en toda su extensión, el populismo, basado en los materiales suscitados inspirados por un espíritu inevitablemente anarco-libertario y conservador, no es más que el primer signo de que el ser social está cambiando.

 Pero, al mismo tiempo, sostengo, es sólo un fenómeno superficial, preliminar y en gran medida «mórbido» (por utilizar el conocido término gramsciano) (13). Necesitamos más y más: necesitamos la creación de un orden social que no sea un frágil cáliz de cristal; articular la necesidad de protección y, al mismo tiempo, desafiar el inconsciente principio religioso que confía la salvación a un mercado visto como un conjunto de libertades originales de un hombre anterior al orden social; la resolución de la contradicción neoliberal entre protección pública y orden social 

Mi tesis es que a partir de la crisis del espionaje de finales de los años 90, progresivamente y sobre la base de los propios fracasos de las movilizaciones populistas, comienza a suceder algo nuevo: la conciencia se realinea con el ser social, ya que, como hemos dicho, el neoliberalismo se ha atrincherado bajo sus pies. En los términos que me propongo considerar, la maduración de la «revocación de la revocación» (15) también pone fin a la fase «populista» inicial en la que los movimientos hegemonizados por los trabajadores del conocimiento expresaban, en el vacío de los marcos de sentido del siglo XX, la peculiar y familiar mezcla de individualismo hedonista frustrado, resentimiento ciego e impulso de socialización desestructurada. El retorno a la dureza material conducirá al renacimiento de las personalidades «materialistas» y con ellas a la lucha de clases, propiamente entendida.

Superada esta larga premisa, la interpretación que propongo es que, en las particulares condiciones sociales y políticas de Alemania del Este, donde la destrucción de la forma de compromiso fordista en salsa socialista fue particularmente brutal y prolongada en el tiempo, el éxito de la formación Wagenknecht muestra esta tendencia. En una entrevista para New Left Review, de abril de 2024, publicada en L’Antidiplomatico ( 16), la política alemana ilustra perfectamente una agenda política post-populista directamente centrada en cuestiones materiales que toma nota del agotamiento de la «política de la identidad«. Es también una propuesta post-ideológica en el sentido de que no se fija en las familias políticas de izquierda o de derecha, ni en sus marcas simbólicas, sino obstinadamente en su base material de intereses. De ahí que no tenga reparos en apoyar a las corporaciones Mittelstand, por un lado, y oponerse a los efectos sociales sobre las clases bajas de las políticas medioambientales, por otro. O en oponerse sin vacilaciones a la guerra contra Rusia y a la lucha contra China basándose en argumentos pragmáticos, ignorando la agenda identitaria occidental basada en una peliaguda retórica supremacista democrática. Se trata de construir una posición sobre la inmigración que sea pragmática, de sentido común básico y equilibrada (que se fije en las condiciones de las clases trabajadoras y no en la necesidad de cuidadores de las clases medias altas, sin negar que cierta inmigración es necesaria y que hay que ayudar a todos (17)).

De nuevo, en el contexto concreto de una contienda electoral en la que el BsW se opone, suburbio a suburbio, al ascenso de la AfD, recuerda que «la migración siempre tendrá lugar en un mundo abierto» y que «a menudo puede ser un enriquecimiento para ambas partes», pero, también, que «es esencial que su escala no se descontrole» y que «las olas repentinas de migración se mantengan bajo control». Recordando que el imperioso ascenso del racismo, y la xenofobia, y por tanto de la AfD es hijo de Merkel.

Por último, no teme decir que el BsW está a favor de la transición energética y de las políticas medioambientales, que son necesarias, pero no del planteamiento de los Verdes alemanes (la expresión política de las clases altas e incluidas de la sociedad), que hace que los ciudadanos paguen por ellas basándose en un planteamiento arrogante y autocomplaciente. Ese por el que parecen decir: «Somos los más virtuosos, porque podemos permitirnos comprar alimentos ecológicos. Podemos permitirnos una bicicleta de carga. Podemos permitirnos instalar una bomba de calor. Podemos permitírnoslo todo’. Encarnan, es decir, «un sentimiento de autosatisfacción, aunque aumenten el coste de la vida de las personas que luchan por salir adelante». Necesitamos establecer políticas medioambientales que «la gran mayoría de la gente pueda aceptar, tanto económica como socialmente», con «una amplia cobertura pública».

En su «Contra la izquierda neoliberal» (18), la parte más fuerte es aquella en la que denuncia a los «moralistas sin empatía» de la «izquierda de moda», que, una vez obtenido lo esencial y asegurada su propia vida (a veces durante generaciones), se centra en el lenguaje y se siente tan alto que sólo es un ciudadano del mundo (es decir, de ninguna parte). Un izquierdista, todas las encuestas postelectorales en Occidente lo dicen desde hace décadas, que se congrega en los lugares «céntricos» y conectados, pasa el rato sólo consigo mismo y se espeja dichoso. Consigue profesiones bien remuneradas en el sector de los servicios avanzados, se siente liberal porque bien puede permitírselo. Una izquierda que vive en el vacío y lo cultiva.

Por eso necesitas a los demás. Buscar lo lleno, no lo vacío. Encontrar el sentido de la vida no en la «inmensa colección de bienes» (19), sino en sentirse parte de una comunidad, en términos de compartir una pertenencia y un proyecto de futuro (20). Una pertenencia, también, a una «nación», término que la política alemana nos recuerda, con razón, que es hijo de la revolución francesa, que no tiene una base étnica, ni religiosa, ni siquiera racial. Sin miedo a referirse también al valor de las tradiciones (entre ellas también las de las democracias populares, de masas, ahora tan distantes de nosotros bajo la influencia de la reacción neoliberal de los años ochenta y noventa).

Con esta agenda, que puede explicarse según el método de la deducción social de categorías, es perfectamente lógico que también se encuentre en su discurso un aprecio por el giro pre-neoliberal de la CDU, y un ‘capitalismo domesticado con un fuerte componente social’, y, al mismo tiempo, encuentre su lugar criticando el giro hacia la (tardía y defensiva) ‘política identitaria’ de Die Linke. Luego el ataque a los «discursos privilegiados», a la «diversidad», que son alienantes para los votantes que en esencia quieren, más bien, «pensiones decentes, salarios decentes e igualdad de derechos». Todo ello, una vez más, señalando que «estamos a favor de que todo el mundo pueda vivir y amar como quiera. Pero hay un tipo exagerado de política identitaria en la que tienes que disculparte si hablas de un tema si no tienes antecedentes de inmigración, o tienes que disculparte porque eres heterosexual».

En el post «Unos apuntes» (21), en este mismo blog argumentaba, en línea con esta propuesta, que es hora de actualizar el análisis concreto. De huir del juego específico occidental de la lucha cultural en torno al ombliguismo, al entretenimiento. A la eterna búsqueda de agregaciones de nubes de significado continuamente reagrupadas en torno a nuevos significantes vacíos de los que parece haber catálogos interminables. De los que hay continuas re-propuestas y provocaciones cada vez más creativas. Ahora es el momento de volver a la dureza de un análisis que se atenga a las cosas, a los hechos. Como escribí, esos hechos son hoy la postura neocolonial y la guerra entre neobloques, simultáneamente de poder y de civilización, que se impone en la escena mundial. Surge y exige una movilización total contra el Otro, cuya existencia como tal se niega de hecho. Movilización que olvida toda la historia de los intercambios, del enriquecimiento recíproco, de la presencia densa, para exigir únicamente la afirmación obsesiva de sí mismo como «elegido»; legitimada hasta la destrucción total, física y moral, de aquellos que no reconocen la altura moral en la que pretendemos estar (22).

A la espera de mejores palabras, Sahra llama a esta postura la «izquierda conservadora«, pero, señala, es «algo más que un revival de izquierdas», ya que incorpora otras tradiciones cuyo catálogo señala.

Se trata más bien de un nuevo ser social que empieza a traducirse en forma política:

– sentido económico,


– justicia social,


– paz,


– libertad de expresión (que va más allá de lo políticamente correcto).

Al fin y al cabo, todo es sencillo."


(Alessandro Visalli, blog, 17/09/24, traducción DEEPL. Notas en el original)

23.9.24

“Los hijos de la inmigración no necesitamos ser salvados. Nosotros salvaremos a los franceses”... tenemos una Francia que se niega a mirarse a sí misma. La extrema derecha se escandaliza: se lo hemos dado todo y no están contentos. No previeron que no llegaríamos a ser franceses como los demás. Y yo digo: es un éxito que no nos hayamos vuelto franceses como los demás, eso significa avalar un crimen de civilización y mirar hacia otro lado. No solo no necesitamos que nos salven, sino que de hecho vamos a salvarlos. Somos una fuente de inspiración. Hay algo en nosotros que sigue viviendo, resistiendo. Y eso no formaba parte de la narrativa nacional (Louisa Yousfi)

 "Louisa Yousfi (1988, Cannes), periodista y crítica literaria, irrumpió en 2022 en el debate político en Francia sobre la inmigración y el pensamiento decolonial, con un ensayo breve pero contundente, hasta en el título, Seguir siendo bárbaro, que ahora Anagrama publica en España. Ese seguir siendo bárbaro se refiere a buscar las propias raíces de la identidad y no renunciar a ella, es más, ensalzarla como bandera, como respuesta a lo que considera un proyecto de integración fallido en su país. Desde este mes está en Roma, becada en la hermosa Academia de Francia Villa Médici, cerca de Piazza di Spagna, donde trabaja en un nuevo libro.

Pregunta. ¿Es difícil seguir siendo bárbaro aquí, en un lugar como Villa Médici?

Respuesta. Ya, es una paradoja (ríe). Es como una contradicción que ya existe en lo que hablo, los bárbaros son los descendientes de la inmigración poscolonial, los negros y los árabes en Francia. Han sido domesticados, pero no están integrados. Hay nudos, conflictos existenciales, políticos, en los que estamos atrapados. Pero aquí soy libre para escribir lo que quiera, claro.

P. Usted describe una ira muy profunda, una Francia a punto de estallar, dividida entre ellos y nosotros. ¿Es así?

R. Sí, y cada vez más. Basta con mirar la situación política. En las elecciones presidenciales, Marine Le Pen, el fascismo, puede llegar al poder. Tenemos una población que tiende a ser racista, impulsada por una ideología ambiental que se radicaliza. La zona de fricción no es explícita, no es entre blancos y no blancos, pero en todo caso pasa por el islam. Aquí no hay ningún tabú. Se puede decir que los musulmanes son una amenaza para el país, para la civilización. La islamofobia es un racismo respetable, porque tenemos derecho a criticar las religiones, ha habido atentados… Y es pura fantasía que haya un islamismo rampante en Francia.

P. ¿Esa división entre ellos y nosotros es entre todos los blancos y todos los demás, o hace distinciones?

R. Claro que tengo amigos blancos que luchan a nuestro lado. La cuestión no es culpabilizar a la gente. El enemigo es la forma en que la sociedad se ha constituido históricamente. Tenemos una extrema derecha tan fuerte también porque Francia es el país con más musulmanes de Europa. De ahí la teoría del Gran Reemplazo, es cierto que somos una fuerza demográfica. No una amenaza, pero sí una fuerza que, si se estructura políticamente a escala masiva, puede ser una amenaza real para el poder. El movimiento decolonial inició una estructuración del potencial revolucionario de la población inmigrante, que puede ser devastador para la derecha, y también para la izquierda.

P. También es crítica con la izquierda.

R. Sí. La izquierda durante mucho tiempo nos trató como una reserva de votos contra la derecha. Pero al margen de nuestros intereses. Incluso le era complicado tomar en serio el racismo, era un falso problema. Pero es que el antirracismo cuestiona los fundamentos de la República: el racismo no es una disfunción de la República, es el funcionamiento normal de la República, se fundó como un imperio colonial. Pero la izquierda no quería oír hablar de ello. De hecho, cuando surgieron las luchas contra la inmigración, el primer adversario, paradójicamente, fue la izquierda, era una batalla de liderazgo sobre la emancipación. Nosotros necesitamos una agenda política específica, una fuerza política que nos represente. Este es uno de los ejes del movimiento antirracista decolonial francés, la autonomía. No solo organizativa, también de pensamiento. Nos damos permiso para repensarlo todo.

P. Empezando por la idea de integración.

R. Es una trampa. Por un lado, una ideología racista, para la que somos monstruos que pueden contaminar la civilización. Y los que se supone que nos defienden tienen el paradigma integracionista, que quiere ser amable, benevolente, pero dice: miren, sí, tenemos problemas con esta gente, no son exactamente lo que deberían ser, pero se están convirtiendo en franceses, serán franceses. Es decir, hay una norma de francés. Y cuanto más nos deshagamos de todo lo que conforma nuestra identidad original, cuanto menos musulmanes seamos, mejor, ¡y más vale deshacerse de ello! Pertenezco a una generación que creía en la integración, pero hemos comprendido que nos impusieron conflictos de lealtad hacia nuestros padres, nuestros países de origen. Fue casi una desintegración para nosotros. Significaba perder lo que realmente éramos y lo que era la única manera de existir. Para existir en la sociedad francesa hay que dejar de existir. Eso crea un callejón sin salida. Un ejemplo gracioso es cuando la izquierda apoyó en 2004 la ley contra el velo en las escuelas, y una parte pensaba que era islamofobia, pero decían: a las jóvenes con velo se les debe permitir ir a la escuela porque es ahí donde entenderán que no deben llevar velo. Que cometen un error siendo lo que son.

 P. Se domesticarán, según su visión.

R. Eso es. Y se declina a todos los niveles. Por eso digo que, o somos monstruos o somos larvas, como si no tuviéramos alma, y hay razones históricas, milenarias, para ser lo que somos. No es algo de lo que te puedas deshacer.

P. ¿Cuál es la solución?

R. Es una cuestión política complicada. No se decreta desde arriba, está claro. Pero el movimiento decolonial en Francia intenta abrir un nuevo horizonte, está entrando en la sociedad. El partido Francia Insumisa es también el resultado, existe en su forma actual porque estábamos ahí. Se ha creado un frente cultural real, yo soy prueba de ello, estando aquí. Tenemos algo que decir.

P. Usted ve el rap como un instrumento clave: es triunfar siendo un bárbaro.

R. El rap es donde estaba la conciencia decolonial antes de que apareciera. Surge contra la respetabilidad que se nos impone. Si quieres que tu voz sea escuchada, tienes que pasar por una trayectoria escolar ejemplar, ser el mejor. Los representantes de las poblaciones inmigrantes son personas muy abstractas, asépticas, buenas. El rap es una forma de hablar de uno mismo completamente libre, no responde al mandato de ejemplaridad, es más, cuanto menos respetable seas, mejor. Este mundo quiere empequeñecernos, pero somos bárbaros en el sentido homérico, poético. No estamos aquí para agradar y además nos divertimos.

P. ¿Francia es un caso particular? El Reino Unido, el otro gran imperio colonial, no tiene problemas tan graves.

R. Francia es especial, sigue queriendo ser la luz del mundo, estar a la vanguardia de la modernidad, de la emancipación de los pueblos. Es un país que cree absolutamente en su inocencia. Sí, torturamos en Argelia, o apoyamos esa guerra, pero siempre es por las razones correctas, cosas que no funcionaron… Así, tenemos una Francia que se niega a mirarse a sí misma. La extrema derecha se escandaliza: se lo hemos dado todo y no están contentos. No previeron que no llegaríamos a ser franceses como los demás. Y yo digo: es un éxito que no nos hayamos vuelto franceses como los demás, eso significa avalar un crimen de civilización y mirar hacia otro lado. No solo no necesitamos que nos salven, sino que de hecho vamos a salvarlos. Somos una fuente de inspiración. Hay algo en nosotros que sigue viviendo, resistiendo. Y eso no formaba parte de la narrativa nacional."

(Entrevista a Louisa Yousfi, Íñigo Domínguez , El País, 21/09/24)

4.9.24

Sahra Wagenknecht recupera, incluso con la tan estigmatizada nostalgia, los principios de lucha, solidaridad y cohesión social que caracterizaba a los obreros industriales de los setenta... y denuncia el “liberalismo de izquierdas”, un relato de la clase media universitaria, que es individualista y partidaria de una economía globalizada. Para ellos, hablar de derechos es defender colectivos identitarios para lograr cuotas de representación por diversidad étnica, religiosa, de género o de orientación sexual... desprecia a los sectores obreros o rurales, a los que observa con arrogancia porque usan coches diesel en lugar de eléctricos, compran carne industrial en Aldi y prefieren tener una familia y quedarse en su pueblo... Es por ello que grandes sectores populares se están incorporando a las filas de la ultraderecha ante la orfandad que sienten en las organizaciones de izquierda... Por supuesto no le han faltado los ataques desde la izquierda. La han llamado ultraderechista disfrazada de izquierda, xenófoba y hasta negacionista del Covid y del cambio climático... Yo he buscado en las más de cuatrocientas páginas de su libro esa xenofobia y ese negacionismo y no lo he encontrado... se reivindican conservadores, es verdad, pero no se trata de un conservadurismo político, sino de conservadurismo de los valores frente a lo que consideran una agresión del capitalismo globalizado... Wagenknecht piensa que si seguimos despreciando a todas esas personas y, desde nuestra arrogancia y superioridad moral, llamandoles fascistas porque creen que esos valores solo se los ofrece la ultraderecha, solo lograremos más enfrentamiento con vecinos a los que no hemos sido capaces de presentarles unas propuestas sugerentes desde la izquierda... Quizá va siendo hora de mirar a esos barrios obreros y regiones rurales que antes votaban izquierda y ahora se están yendo a la ultraderecha (Pascual Serrano)

"El partido alemán que salió de la izquierda y le dobló los votos en cinco meses.

A estas alturas ya todos conocemos los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo y hemos sacado las principales conclusiones: victoria de la derecha, salto de la ultraderecha, mantenimiento de la socialdemocracia y fracaso de la izquierda y los verdes. Con ligeras variaciones, este panorama es el más generalizado en los diferentes países europeos. Sin embargo, hay un fenómeno en estos comicios que se está analizando poco y que merece ser estudiado porque puede ser perfectamente viable para llevarse a cabo en muchos países. Se trata del partido alemán Alianza Sahra Wagenknecht Por la Razón y la Justicia (BSW), un partido que se fundó hace cinco meses como una escisión de la izquierda (Die Linke) y les ha superado en más del doble de votos.

Pero vayamos a su inicio. El partido BSW nació en el pasado enero a partir de una asociación creada en septiembre por la diputada Sahra Wagenknecht, tras abandonar la directiva de Die Linke (La Izquierda). Doctora en Ciencias Económicas, Wagenknecht fue miembro del Parlamento Europeo desde julio de 2004 hasta julio de 2009, y desde 2009 es miembro del Bundestag alemán.

Pues bien, este nuevo partido reniega y se desmarca de la evolución dominante en los partidos de izquierda europeos. Según ellos, la izquierda europea actual ha adoptado lo que llaman unas posiciones alejadas de los sectores populares y trabajadores, se ha pasado a reivindicar luchas identitarias que fragmentan a la población en lugar de cohesionarla hacia reivindicaciones sociales universales. Sus críticas también se dirigen contra los discursos medioambientales mayoritarios que castigan a los sectores más humildes con tasas e impuestos ecológicos, mientras no afectan a las personas de mayor poder adquisitivo que pueden asumir todos esos gastos o incluso disfrutar de ayudas públicas ecológicas.

Su discurso estaba calando cada vez más entre los sectores más humildes de Alemania y se han cumplido las previsiones de éxito, al menos comparada con la izquierda hasta ahora existente. Mientras Die Linke logró el 2,7 % de los votos y se conformaba con 3 escaños de los cinco que tenía, los de Wagenknecht llegaban al 6,2 % y seis escaños, incluso más de los que tenía la izquierda en la legislatura pasada. Y todo ello con un partido creado hace cinco meses.

Sahra Wagenknecht explicó en un libro, recién traducido en España, “Los engreídos. Mi contraprograma en favor del civismo y de la cohesión social” (Lolabooks), su ideario, en el que comprobamos que es toda una enmienda a la deriva por la que ha discurrido la actual izquierda europea y parte también de la latinoamericana.

A diferencia de las habituales revisiones de la izquierda, que casi siempre son para abandonar elementos históricos y tradicionales de sus doctrina en aras de una supuesta modernidad, lo que hace Wagenknecht es enfrentar la modernidad de la izquierda para recuperar, incluso con esa tan estigmatizada nostalgia, los principios de lucha, solidaridad y cohesión social que caracterizaba a los obreros industriales de los setenta.

La autora alemana denuncia lo que denomina el “liberalismo de izquierdas”, un relato de la clase media universitaria, que, aunque se considera de izquierda, es individualista y partidaria de una economía globalizada. Para ellos, hablar de derechos es defender colectivos identitarios para lograr cuotas de representación por diversidad étnica, religiosa, de género o de orientación sexual. Es decir, un tratamiento desigual de los diferentes grupos, lo que, desde la perspectiva de Wagenknecht y sus partidarios, supone una clara contradicción con la defensa de las mayorías que debería ser el ADN de la izquierda.

La línea dominante de la izquierda, llamada desde algunos sectores posmoderna o woke, desprecia a los sectores obreros o rurales, a los que observa con arrogancia porque usan coches diesel en lugar de eléctricos, compran carne industrial en Aldi y prefieren tener una familia y quedarse en su pueblo, en lugar de viajar por el mundo.

Es por ello que, según la tesis del partido BSW, grandes sectores populares se están incorporando a las filas de la ultraderecha ante la orfandad que sienten en las organizaciones de izquierda. La alianza BSW ha tenido una acogida especialmente positiva en el este de Alemania. Allí, el nuevo partido obtuvo más del 13 por ciento de los votos, lo que la sitúa en el tercer lugar en esa parte del país. Muchos encuentran la explicación en elementos que se echan de menos de la época soviética como la defensa del Estado Nación y la negativa a enfrentarse a Rusia mediante las sanciones y la entrega de armas a Ucrania que está haciendo la UE.

Aunque los expertos habían pronosticado que la BSW recibiría votos procedentes de la ultraderecha AfD, los análisis del instituto Infratest Dimap lo desmienten. De los antiguos votantes del AfD, sólo 160.000 votaron por el partido de Wagenknecht. En cambio, alrededor de 520.000 votos del socialdemócrata SPD fueron para el BSW. Y 410.000 votos también provinieron de La Izquierda, a la que anteriormente pertenecía Wagenknecht. Es decir, un amplio espectro de la sociedad alemana ha encontrado sintonías con el discurso de BSW.

Por supuesto no le han faltado los ataques desde la izquierda. La han llamado ultraderechista disfrazada de izquierda, xenófoba y hasta negacionista del Covid y del cambio climático. Es decir, el cóctel perfecto para poder presentarla como una especie de Trump, Bolsonaro o Le Pen, pero con piel de izquierda para seducir. Yo he buscado en las más de cuatrocientas páginas de su libro esa xenofobia y ese negacionismo y no lo he encontrado. Por el contrario, he descubierto importantes razonamientos y duras críticas a la izquierda posmoderna y urbana dominante, comprendo bien los ataques que recibe.

Wagenknecht y su BSW se reivindican conservadores, es verdad, pero no se trata de un conservadurismo político, sino de conservadurismo de los valores frente a lo que consideran una agresión del capitalismo globalizado. Son sencillamente gentes que no quieren ser profesionales móviles y flexibles, sino que prefieren quedarse en su tierra; que la familia (por supuesto, no necesariamente de un hombre y una mujer) es una situación deseable a la que no pueden llegar debido a su precariedad económica. Gente que desea vivir en un entorno social estable, cohesionado con una menor desigualdad, y con sus valores y tradiciones.

Wagenknecht piensa que si seguimos despreciando a todas esas personas y, desde nuestra arrogancia y superioridad moral, llamandoles fascistas porque creen que esos valores solo se los ofrece la ultraderecha, solo lograremos más enfrentamiento con vecinos a los que no hemos sido capaces de presentarles unas propuestas sugerentes desde la izquierda. Porque quizá ha sido el supremacismo con el que les está mirando la izquierda universitaria y cosmopolita el que les está arrojando en los brazos de la ultraderecha. Una ultraderecha que ya es mayoría en Francia, Italia y Bélgica.

La realidad es que en las anteriores elecciones europeas el voto español de la izquierda más allá del PSOE fue del 18% y ahora se ha quedado en el 8%. Quizá va siendo hora de mirar a esos barrios obreros y regiones rurales que antes votaban izquierda y ahora se están yendo a la ultraderecha.

Leyendo el análisis del libro “Los engreídos” uno percibe que no está viendo el debate político de Alemania, sino el dilema al que debe enfrentarse la izquierda de toda Europa, como hemos podido ver en estas elecciones. Una izquierda que debe pensar en algo más que en aplaudir las identidades sentidas y airear el espantajo de que viene la ultraderecha, como si fuese por arte de magia y no hubiera ninguna explicación."           (Pascual Serrano, Globalter, 01/09/24)

29.5.24

Juan Torres López: Hablemos claro: la izquierda también es responsable del ascenso de la extrema derecha... Milei, Trump, Meloni, Orbán, Le Pen, Abascal, Ayuso… están instigados y financiados por el poder económico y financiero, pero su apoyo social proviene de millones de personas desposeídas, de clases trabajadoras explotadas, desahuciadas y excluidas, de trabajadores autónomos precarizados y de miles de propietarios de micro empresas o de pequeños y medianos negocios cada vez más ahogados... Ese es el drama. Pero un drama que se produce porque han sido partidos socialistas los que han puesto en marcha en Europa las políticas que han producido esos efectos. En concreto, los Tratados pro-mercado y las de estabilidad y austeridad. Y porque los que se sitúan a su izquierda, en lugar de dar prioridad a las reivindicaciones socioeconómicas centrales que tienen que ver con esa desposesión, han fragmentado su discurso y se dedican a defender reivindicaciones particularistas con las que es imposible conseguir amplios apoyos sociales... En mi reciente libro Para que haya futuro he contabilizado 16 corrientes de izquierdas, 21 feministas y 27 ecologistas... ¿Cómo van a confiar y encontrar la voz y el poder que buscan en quienes no se entienden ni aclaran entre sí y andan siempre a la greña? Las izquierdas han renunciado a defender los valores universales que son los únicos que permiten aglutinar en torno a ellos a las amplias mayorías sociales que es imprescindible tener para evitar la desposesión generalizada. Y el resultado es que la derecha y ahora la extrema derecha inteligentemente los asumen como suyos... ¿Cómo se va a evitar que las clases desposeídas voten a la extrema derecha si esta defiende los valores con los que se identifica el sentir común de tanta gente, mientras que las izquierdas no hacen autocrítica de sus políticas equivocadas, o se empeñan en darle prioridad a valores o reivindicaciones que tan sólo pueden defender grupos muy reducidos o de interés, por muy legítimo que sea, muy minoritario? ¿A quién le puede extrañar que la extrema derecha se haga con la bandera de la libertad, de la seguridad o la soberanía nacional mientras las izquierdas no disimulan su complicidad con los grandes poderes, se hacen militaristas y se dedican a plantear la tauromaquia como gran problema político o a hacer creer que en la especie humana no hay diferentes sexos masculino y femenino, según los casos y por poner algún ejemplo concreto? En pocas palabras: la izquierda ha dejado desamparada a su base social

 "Escribió Walter Benjamín que lo hecho nunca está definitivamente hecho y que, por tanto, lo peor puede volver. Desde hace tiempo, comprobamos que es así: los partidos de una extrema derecha que creíamos desparecida, o al menos reducida a la mínima expresión desde hace décadas, vuelven a tener influencia política decisiva, e incluso gobiernan en algunos países de gran relevancia.

En las próximas elecciones europeas veremos, sin duda, que su representación parlamentaria se multiplica y, lo que es peor, que se convertirán en socios para nada vergonzantes de las fuerzas de derecha más centristas que dirigen los destinos de la Unión Europea.

Cuando todo eso se produce, las izquierdas se empeñan en erigirse en defensoras de la democracia y en baluartes frente al extremismo de la derecha neofascista. Un intento que se revela vano cuando no cambian la estrategia que precisamente ha llevado a que sus antiguos electores se conviertan en la base social y electoral de la extrema derecha.

Esta, en sus diferentes variedades, está llevando a cabo en todos los países donde se expande políticas privatizadoras, recortes sociales y favores indisimulados a las grandes empresas, a la banca y fondos de inversión. Pero con los únicos votos de los propietarios de estos últimos no podría nunca tener el éxito electoral que tiene.

Milei, Trump, Meloni, Orbán, Le Pen, Abascal, Ayuso… están instigados y financiados por el poder económico y financiero, pero su apoyo social proviene de millones de personas desposeídas, de clases trabajadoras explotadas, desahuciadas y excluidas, de trabajadores autónomos precarizados y de miles de propietarios de micro empresas o de pequeños y medianos negocios cada vez más ahogados a base de impuestos que las grandes empresas no pagan o por la morosidad de estas últimas (en España les deben más de 80.000 millones de euros), o de clases medias que ven que sus hijos no pueden salir del hogar familiar porque no pueden tener vivienda y que viven en la inseguridad e incertidumbre permanentes. Y, sobre todo, que están hartas de cómo se ha venido gobernando antes, de la corrupción y, como he dicho, de la desposesión que sufren.

Ese es el drama. Pero un drama que se produce porque han sido partidos socialistas los que han puesto en marcha en Europa las políticas que han producido esos efectos. En concreto, los Tratados pro-mercado y las de estabilidad y austeridad. Y porque los que se sitúan a su izquierda, en lugar de dar prioridad a las reivindicaciones socioeconómicas centrales que tienen que ver con esa desposesión, han fragmentado su discurso y se dedican a defender reivindicaciones particularistas con las que es imposible conseguir amplios apoyos sociales. En mi reciente libro Para que haya futuro he contabilizado 16 corrientes de izquierdas, 21 feministas y 27 ecologistas, aunque es posible que estén mal contadas y que aún haya más de cada una. Por supuesto, sin unirse ni apenas colaborar entre sí y, a veces, incluso fuertemente enfrentadas. ¿Cómo se van a poder sentir protegidas así las clases desposeídas que necesitan seguridad, ayuda y comprensión? ¿Cómo van a confiar y encontrar la voz y el poder que buscan en quienes no se entienden ni aclaran entre sí y andan siempre a la greña?

Las izquierdas han renunciado a defender los valores universales que son los únicos que permiten aglutinar en torno a ellos a las amplias mayorías sociales que es imprescindible tener para evitar la desposesión generalizada. Y el resultado es que la derecha y ahora la extrema derecha inteligentemente los asumen como suyos. Es verdad que no mencionan que para ponerlos en práctica y disfrutarlos es preciso actuar sobre los derechos de propiedad, que ocultan las causas reales que producen la desposesión y que mienten sobre ellas, por ejemplo, haciendo creer que no hay vivienda por culpa de los okupas o que hay paro e inseguridad ciudadana por los inmigrantes. Pero, como no hay reclamo alternativo sobre ellos, su mera enunciación basta para que la gente crea que la extrema derecha es la que puede defender la libertad, la seguridad, la soberanía, los intereses nacionales, el empleo o la integridad del territorio. Y, al paso que vamos, incluso otros derechos como el acceso a la vivienda, la propia democracia, los derechos humanos o la paz. Tiempo al tiempo.

¿Cómo se va a evitar que las clases desposeídas voten a la extrema derecha si esta defiende los valores con los que se identifica el sentir común de tanta gente, mientras que las izquierdas no hacen autocrítica de sus políticas equivocadas, o se empeñan en darle prioridad a valores o reivindicaciones que tan sólo pueden defender grupos muy reducidos o de interés, por muy legítimo que sea, muy minoritario?

¿A quién le puede extrañar que la extrema derecha se haga con la bandera de la libertad, de la seguridad o la soberanía nacional mientras las izquierdas no disimulan su complicidad con los grandes poderes, se hacen militaristas y se dedican a plantear la tauromaquia como gran problema político o a hacer creer que en la especie humana no hay diferentes sexos masculino y femenino, según los casos y por poner algún ejemplo concreto? O mientras que no terminan de pelearse entre ellas y elevan a la categoría de arte el maltrato hacia quienes tratan de poner en marcha sus propios proyectos políticos.

¿Cómo se va a poder evitar que la gente desposeída se eche en brazos de la extrema derecha si los partidos de izquierdas se han convertido en organizaciones cesaristas en donde la militancia apenas participa, ni decide, ni tiene protagonismo diario, o cuyos dirigentes y cargos públicos no son referentes ejemplares para la gente corriente, sino privilegiados que no muestran más interés ni estrategia que mantener sus prebendas?

En pocas palabras: la izquierda ha dejado desamparada a su base social.

Como explico en mi libro, las izquierdas no sólo han renunciado a soñar, para diseñar horizontes y proyectos que sean atractivos a la gente que sufre; ni ponen en práctica experiencias que permitan demostrar que otro mundo es posible. Más grave aún es que, a fuerza de haber estado expuestas al neoliberalismo, han terminado siendo insensibles a sus males y los reproducen en su seno.

Cuesta decirlo, pero las izquierdas que ahora se nos ofrecen como salvadoras frente al ascenso de la extrema derecha no van a poder evitar su creciente protagonismo porque, como he dicho, en gran medida han sido sus torpezas y renuncias las que han permitido que esos nuevos partidos totalitarios se ganen el apoyo de su antigua base social.

Es imprescindible darle la vuelta a todo esto que está pasando entre quienes se autodefinen como motores del progreso y la transformación social. Afortunadamente, hay otras formas de hacer política y de hacer sociedad y ya las ponen en marcha muchas personas y colectivos sociales en todo el mundo. Lo urgente es apoyarlas, difundirlas y, sobre todo, practicarlas."                (Juan Torres López, blog, 28/05/24)

29.2.24

La batalla cultural y de valores que puede hacer que el gobierno de Sánchez descarrile... Uno de los detonantes de los chalecos amarillos fue la incapacidad de buena parte de la población de poder permitirse una vida de clase media... Y esto es importante en lo material, pero también en lo simbólico... En ese escenario de desclasamiento, en el que las clases medias y las populares occidentales han ido perdiendo paulatinamente nivel de vida, aparece un elemento desasosegante, la hostilidad hacia las instituciones... Las instituciones no funcionan, y cuando lo hacen no es para gente como ellos. El "queremos que nos escuchen" de los agricultores es parte de este clima: lo que están diciendo es "nos habéis olvidado"... el deseo de una vida menos agitada, la defensa de valores colectivos frente a la soledad a la que aboca el mercado y el frenazo frente a cambios continuos que no dejan de empeorar la vida son ahora aspiraciones de buena parte de la sociedad. Esa mentalidad choca con los sectores con mayor recorrido, esas clases medias altas conectadas con el capital global... Las demandas de estabilidad y seguridad se han vehiculado sobre todo a través de términos territoriales y por eso las nuevas derechas están creciendo, ya que han apostado por privilegiar los mensajes nacionalistas... Lo que están diciendo ahora las poblaciones, cuando se oponen a los tratados del libre comercio, cuando piden protección, cuando atacan a la forma de actuar de la UE o cuando demandan cambios en las cadenas de precios, es que lo que debe cambiar es la sociedad, la política, las estructuras. Y eso es material políticamente inflamable. Y muy difícil de manejar, si continúa extendiéndose, para el gobierno de Sánchez, para el de Macron, para el de Biden o para el de Scholz (Esteban Hernández)

 "En su entrevista del lunes con Ferreras, el presidente del Gobierno contempló la canción que representará a España en Eurovisión con una sonrisa. Afirmó que le gustaba, que el feminismo es también divertido y que otros preferirían enviar al festival el Cara al sol. Sánchez añadió más carga política a la polémica, todavía no apagada, sobre la elección de Zorra, el tema de Nebulossa.

Sánchez utilizó tácticamente la guerra cultural porque le es útil para afianzar su posición. El presidente está muy seguro de que, tal y como se repartieron las cartas el 23-J, en esta legislatura no hay más opción que su gobierno. En la medida en que Vox está presente en la ecuación, las posibles coaliciones alternativas se desvanecen. Por lo tanto, para asentar esa mayoría, le conviene que se resalte que en el otro lado está la extrema derecha. Y su declaración respecto de Zorra, con tono de provocación, buscaba generar ese efecto. Cuanto más airadamente se manifiesten sus oponentes, más quedará ratificado que no hay otra posibilidad de gobierno.

El presidente necesita de las formas extremistas de la derecha, de manera que pueda señalar a los reaccionarios que se oponen a la reconversión verde, al feminismo y a la justicia social y que criminalizan a los inmigrantes, para ratificarse en el gobierno. Cuando las derechas tienden a elevar el tono, Sánchez sonríe más ampliamente. Puede que, a la larga, actuar con tanta soltura en el flanco cultural se le vuelva en contra, pero de momento le es provechoso.

Europa, en dirección opuesta

Sin embargo, los vientos están soplando en su contra, en todo Occidente, y particularmente en Europa. No se trata únicamente del ascenso electoral de partidos de la extrema derecha y de la derecha populista, sino de que incluso formaciones afines a la socialista están incorporando a sus programas reivindicaciones típicas del otro lado del espectro ideológico. Las manifestaciones agrícolas en el continente han conseguido sus propósitos en Alemania y Francia e incluso la Comisión ha dado marcha atrás en algunas de sus medidas referidas a la reconversión verde. Macron ha asumido parte del ideario de Le Pen en lo referido a la inmigración, como lo han hecho otros gobiernos europeos, y al mismo tiempo, las proclamas woke son puestas en entredicho y cada vez generan más rechazo entre los partidos de masas y sus votantes. En cuanto a la redistribución, el fantasma del equilibrio presupuestario asoma de nuevo.

En el enfrentamiento entre el plan verde, digital y de ampliación de derechos por el que aboga Bruselas y al que se oponen las extremas derechas, que parece constituir la gran división de las próximas elecciones europeas, las segundas están avanzando con insistencia. Sin embargo, las cosas van mucho más allá de este choque reduccionista y las manifestaciones agrarias son un buen ejemplo. Esto no va únicamente de Sánchez contra Vox, Macron contra Le Pen o Scholz contra AfD. Las batallas políticas y culturales tienen un nuevo cariz, porque la sociedad es distinta de aquella de la que venimos.

La gente pillada en medio

Hasta ahora, el marco dominante, en el que se está jugando la política, es el de la contienda entre el progreso y las resistencias al cambio, lideradas por los impulsos conservadores y las reivindicaciones tradicionales. Cada uno de los temas que aparecen en el debate público es subsumido en esa oposición: el rechazo al feminismo, a las transformaciones digital y verde, a la presencia de los inmigrantes, e incluso a una integración diferente de los distintos territorios que conforman España. Avance contra detención, progreso contra conservadurismo.

Es más complejo que eso, y la transición ecológica lo subraya. En España, como en buena parte de Europa, hay segmentos de la sociedad plenamente alineados con la transformación verde. Las élites económicas (incluido casi todo el Ibex, gracias a los fondos de recuperación), los grupos ecologistas locales y las clases medias altas formadas por profesionales urbanos defienden la necesidad de la reconversión. Enfrente están quienes la entienden perjudicial, como los nuevos partidos de derecha, los colectivos negacionistas minoritarios y los grupos de poder interesados en sacar provecho de las energías fósiles.

Pero la revuelta del campo se sale de ese marco. Las reivindicaciones de los agricultores se centran en tres aspectos: las malas condiciones de mercado y los conflictos con la distribución, las importaciones de otros países (la competencia desleal y la consecuente oposición a los tratados comerciales) y esa nueva burocracia ligada al cuaderno digital de explotación. Por más que la transición ecológica centre el debate público, los problemas que los agricultores señalan son otros.

El campo no es bloque unitario, existen grandes explotaciones y muchas otras más modestas. Las pequeñas y medianas son las más amenazadas, y ello a pesar de que llevan tiempo realizando una tarea de adaptación constante en la que han invertido mucho dinero. La gran mayoría está también alineada con la idea de un circuito producción-consumo de cercanía. Su problema es su subsistencia: están presionados por el mercado y por las administraciones al mismo tiempo, por un aumento de costes añadido, el derivado por las exigencias regulatorias, y por la dificultad para conseguir precios justos. Pierden por ambas partes. En ese contexto, insistir en la transición ecológica como el problema último es lo mismo que cuando lo woke toma el centro del debate político: se desplaza hacia un marco manejable y polarizante lo que son problemas estructurales de otra índole. No es progreso contra reacción, no es avance contra retroceso, sino gente cogida en un fuego cruzado y que está luchando por su supervivencia.

El malestar cultural

El intento de simplificar los problemas y derivarlos hacia un eje político conocido, en general dibujado en términos morales, es demasiado común. Como lo es que la mayoría de la gente los devuelva a lo que de verdad les importa. Ocurre con la amnistía: las tensiones entre el ejecutivo y el judicial y lo que eso significa desde el punto de vista institucional, así como la suerte final de la ley, son asuntos continuamente subrayados entre las clases medias altas de Madrid y Barcelona, pero fuera de esos entornos es percibido de manera muy distinta. Basta que un tren se pare en mitad del trayecto para que la gente concluya que los retrasos vienen causados porque todos los recursos se están dando a catalanes y vascos y se están olvidando de la otra España. Esa es la interpretación que puede hacer daño al Gobierno, porque las preocupaciones de la gente común tienen un anclaje material muy presente, mientras que el deterioro institucional les resulta poco relevante.

La cuestión es que una buena parte de la sociedad percibe de manera clara que hay ganadores y perdedores, y que los segundos son muchos más. De la nueva naturaleza de los perdedores provienen las tensiones culturales.

La promesa de prosperidad

Desde que la economía occidental entró en un proceso incesante de liberalismo económico y globalización comercial, aparecieron nuevas formas de pensar y promesas renovadas. Dado que la historia había terminado y que las opciones políticas que pretendían mejorar colectivamente la sociedad desembocaban en utopías totalitarias, el foco del futuro debía ponerse en la prosperidad personal. El progreso tecnológico era abrumador y traía enormes posibilidades de desarrollo para los ciudadanos occidentales, siempre y cuando realizasen una tarea de adaptación, de evolución, de comprensión de las nuevas necesidades y ventajas del mercado. Para quienes supieran abrirse camino a través de una formación adecuada, de una mentalidad abierta y de la aportación de valor, los tiempos serían excelentes. En ese giro individualista, las figuras del emprendedor y del innovador se convirtieron en los referentes sociales.

Los sectores que creyeron en las promesas de cambio son hoy los más irritados. Hicieron lo que se les pedía, pero les sirvió de poco

Hubo mucha gente que creyó firmemente en estas promesas y que decidió ponerse en marcha. Los jóvenes cursaban más másteres, quienes tenían algo de capital trataron de sumarse a esa ola creando sus propias empresas, la mano de obra emprendió una tarea de readaptación para posicionarse en el mercado.

Lo que subraya la situación de los agricultores, como la de muchos autónomos, pequeños y medianos empresarios y profesionales formados, es que esas promesas, lejos de funcionar, se han convertido en una trampa. El descontento en el mundo del trabajo y del emprendimiento permea la vida contemporánea de muchas maneras. No son solo los repartidores de Glovo, los empleados en los almacenes de Amazon o la mano de obra uberizada: profesionales formados se ganan la vida en su sector en empleos de bajos ingresos, empresarios acuciados por los costes fijos y por los préstamos ven cómo sus márgenes se reducen o desaparecen, los autónomos oscilan entre la sobrecarga laboral y la falta de ingresos y los agricultores que hicieron las reformas que les pedían tienen que pagar ahora la factura. Los sectores que creyeron más fervientemente en las promesas de cambio son hoy los más irritados. Hicieron lo que se les pedía, pero les sirvió de poco.

Un Rolex a los 50 años, unas Nike a los 40

Al mismo tiempo que se promovía la adaptación a las transformaciones y las posibilidades ligadas a ella, el consumo y el consumismo individualizado vivieron un auge enorme. Los trabajos que se perdieron con las deslocalizaciones traían ventajas, porque permitían la afluencia masiva de bienes baratos. El bienestar se extendería a grandes masas de la población través de los precios bajos y de la laxitud con el crédito. Los problemas que causó esta segunda parte fueron constatados en la crisis de 2008, pero los de la primera no son menores.

Uno de los detonantes de los chalecos amarillos fue la incapacidad de buena parte de la población de poder permitirse una vida de clase media

La era de los precios baratos se ha terminado. No se trata solo de la tensión de las cadenas de suministro, del encarecimiento del transporte o de la inflación, sino de las tendencias estructurales. Vivienda y energía multiplican sus precios, pero también los productos que vienen de fuera son más caros. El textil es un ejemplo, ya que las cadenas de precios bajos y ropa de peor calidad concentraron el mercado gracias a sus ofertas, pero ya no son tan baratas; a veces, ni siquiera baratas. Y lo mismo está ocurriendo con la alimentación, donde los productos asequibles están dejando de serlo. Cada aumento de precios no es compensado con una bajada posterior de la misma intensidad, sino más suave, lo que termina elevando el suelo. Es fácil de entender si reparamos en lo que ha ocurrido con la gasolina y el gasoil.

Y esto es importante en lo material, pero también en lo simbólico. En estos años, el estatus no solo quedó definido por el puesto que se ocupaba, por el tipo de trabajo que se realizaba, sino por la capacidad para participar extensamente en una sociedad centrada en el consumo y el ocio. Como recuerda Jérôme Fourquet, uno de los detonantes de la revuelta de los chalecos amarillos fue la incapacidad de buena parte de la población de permitirse una vida de clase media. El giro es significativo: entre el "si a los 30 no tienes un coche y vas en transporte público eres un perdedor" de Thatcher, o el "si a los 50 años no tienes un Rolex, has desperdiciado tu vida" de Jacques Séguéla, hasta el actual "si a los 40 años no puedes comprar unas Nike a tus hijos es que estás arruinado", como afirmaban los chalecos amarillos, yace todo un mundo. Mucho malestar proviene de esa sociedad en la que los extras son cada vez más complicados para mucha gente.

Damos más, tenemos menos

En ese escenario de desclasamiento, en el que las clases medias y las populares occidentales han ido perdiendo paulatinamente nivel de vida, aparece un elemento desasosegante, la acción pública. El ejemplo del campo, a pesar de las ayudas, muestra cómo las instituciones son vistas como un problema: la percepción dominante es que, como los bancos, ayudan a quienes menos lo necesitan y perjudican a aquellos que están en situación complicada.

El "queremos que nos escuchen" de los agricultores es parte de este clima: lo que están diciendo en realidad es "nos habéis olvidado"

Esa hostilidad hacia las instituciones aparece en el nivel cotidiano con dos clases de descontento muy frecuentes. El primero aparece entre las clases medias: afirman que cada vez pagan más impuestos y obtienen menos a cambio. Ya no se trata de que los recursos públicos se destinen a la corrupción o al despilfarro (según lo interprete la izquierda o la derecha) sino de que no perciben ningún retorno del dinero que pagan, y máxime cuando el deterioro de los servicios públicos es notable. Igual les ocurre a las clases trabajadoras, que sufren las enormes tardanzas para una cita médica, las dificultades para percibir cualquier ayuda o la falta de inversión en la enseñanza pública. Las instituciones no funcionan, y cuando lo hacen no es para gente como ellos. El "queremos que nos escuchen" de los agricultores es parte de este clima: lo que están diciendo es "nos habéis olvidado".

Políticamente inflamable

En este clima, el movimiento del eje cultural es profundo. Es normal que una sociedad sometida a cambios, transformaciones, reformas, exigencias de adaptación y oleaje continuo modifique sus valores. El desinterés por el individualismo, el hartazgo con el sálvese quien pueda, la necesidad de estabilidad y continuidad, el deseo de una vida menos agitada, la defensa de valores colectivos frente a la soledad a la que aboca el mercado y el frenazo frente a cambios continuos que no dejan de empeorar la vida son ahora aspiraciones de buena parte de la sociedad.

Esa mentalidad choca con los sectores con mayor recorrido, esas clases medias altas conectadas con el capital global, las que se mueven mucho más en el mundo financiero y de la gestión que en el del trabajo, y que se apoyan en la tecnocracia: son capas de la sociedad que tratan de mantener el tipo de valores dominante. El enfrentamiento de esta visión con la del resto de la sociedad está cada vez más presente.

Las demandas de estabilidad y seguridad se han vehiculado sobre todo a través de términos territoriales y por eso las nuevas derechas están creciendo, ya que han apostado por privilegiar los mensajes nacionalistas. Pero es muy dudoso que programas como los de Milei puedan aportar otra cosa que no sea más velocidad y caos a una sociedad que demanda todo lo contrario, como lo es que tener como proyecto de futuro la reconversión tecnológica y digital vaya a consistir en otra cosa que añadir nuevas capas a lo mismo.

El agotamiento del programa del liberalismo económico en lo que se refiere a trabajo y posibilidades de consumo lo demuestran las recomposiciones geopolíticas, que están teniendo lugar en términos muy diferentes de la era global. En ese ámbito, la palabra clave es proteccionismo. Sea o no pronunciada en alto, se ha puesto en marcha de facto: Francia está intentando captar el máximo de inversión para impulsar su industria, Alemania subvenciona a sus empresas para que aguanten la tensión energética, EEUU puso en marcha esa OPA a la UE que es la IRA (la Ley de Reducción de la Inflación) para fortalecer su entorno productivo, China ha establecido límites a exportaciones en sectores relevantes y así sucesivamente. El nuevo papel del Estado está cada vez más presente, y países como Turquía, India, Arabia Saudí o Israel, pero también los dos principales, China y EEUU, subrayan los cambios que están teniendo lugar.

Es inevitable, por tanto, que esas transformaciones a gran escala produzcan efectos en la pequeña. Pero, más allá de cómo estos movimientos vayan estableciéndose, y de cómo afrontemos desde Europa la nueva época, lo que queda claro es que el cambio en los valores en los valores está produciéndose. Lo que solicitan las poblaciones occidentales es algo muy distinto de lo que pedían en el pasado reciente. Y conviene entender la profundidad de las demandas: hasta la fecha, el mensaje que recibían las poblaciones, y que interiorizaban, es que debían adaptarse, cambiar y evolucionar. Lo que están diciendo ahora, cuando se oponen a los tratados del libre comercio, cuando piden protección, cuando atacan a la forma de actuar de la UE o cuando demandan cambios en las cadenas de precios, es que lo que debe cambiar es la sociedad, la política, las estructuras. Y eso es material políticamente inflamable. Y muy difícil de manejar, si continúa extendiéndose, para el gobierno de Sánchez, para el de Macron, para el de Biden o para el de Scholz. Convendría escuchar el rumor de fondo."                (Esteban Hernández, El Confidencial, 11/02/24)