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26.8.26

Una noticia aparentemente seria en The Guardian: "Se dirá a los ciudadanos británicos que abastezcan de comida enlatada y tomen medidas para asegurarse de estar preparados para emergencias nacionales... la Oficina del Gabinete establecerá formas en que las personas puedan prepararse para eventos climáticos extremos y posibles ataques de estados hostiles, incluido el abastecimiento de agua embotellada"... agosto es la temporada tonta para las noticias políticas, pero esto realmente toca fondo... Al mismo tiempo, quizás deberíamos tomarlo muy en serio... Sobrevivir al cambio climático solo requiere almacenar un poco más de agua, en botellas de plástico... y un stock de comida enlatada nos sacará adelante en cualquier emergencia nacional... La estupidez de esto es extraordinaria. El veinte por ciento de las personas en el Reino Unido viven en la pobreza. No tienen posibilidad de comprar estos artículos. Muchos más hogares están al límite de sus posibilidades; tampoco podrán reservar dinero para estos artículos... En lugar de describir cuáles son estas emergencias nacionales, lo que queda muy claro es que este gobierno está haciendo admitiendo que no puede, o más bien no quiere, gestionar estas crisis, y está externalizando la responsabilidad ante cualquier eventualidad hacia nosotros... Esto, por supuesto, es el pensamiento neoliberal llevado al extremo... sugerí que una señal segura de un gobierno neoliberal era que cada vez que identificaba un problema, negaba que hubiera algo que pudiera hacer al respecto, y luego trasladaba la carga de la responsabilidad a los mercados o a los individuos... Andy Burnham está demostrándolo ser día tras día. Entonces, ¿qué haría un gobierno valiente frente a las emergencias nacionales y la crisis climática? Una vez identificadas esas posibles emergencias nacionales, tomaría todas las medidas posibles para evitar que ocurran... ante la crisis climática, implementaría un Green New Deal y dejaría claro que este tema es tan importante que gestionar cualquier otra cosa pasaría a ser secundario para lograr este objetivo. Eso significaría que las reglas fiscales, los objetivos de inflación, las normas sobre la independencia del Banco de Inglaterra, y mucho más, quedarían en suspenso para implementar los programas necesarios (Richard Murphy)

"¿Qué haría un gobierno valiente?

Esta es una noticia aparentemente seria en The Guardian esta mañana (...):

"Se dirá a los ciudadanos británicos que abastezcan de comida enlatada y tomen medidas para asegurarse de estar preparados para emergencias nacionales como parte de una nueva campaña gubernamental para mejorar la resiliencia del país.

 La nueva campaña de la Oficina del Gabinete establecerá formas en que las personas puedan prepararse para eventos climáticos extremos y posibles ataques de estados hostiles, incluido el abastecimiento de agua embotellada, según informaron fuentes a The Guardian."

Para quienes tienen la edad suficiente para recordarlo, esto me recuerda mucho a las instrucciones emitidas (creo) en la década de 1970 que decían que si queríamos sobrevivir a un ataque nuclear, debíamos construir un refugio antinuclear en el armario debajo de las escaleras, suponiendo que tuviéramos uno, y mi familia lo tenía.

Soy muy consciente de que agosto es la temporada tonta para las noticias políticas, pero esto realmente toca fondo.

Al mismo tiempo, quizás deberíamos tomarlo muy en serio. Tal vez esta sea una indicación real del nivel de pensamiento estratégico y planificación que caracterizará al gobierno de Burnham.

Sobrevivir al cambio climático solo requiere almacenar un poco más de agua, en botellas de plástico (alerta de ironía). Y un stock de comida enlatada definitivamente nos sacará adelante en cualquier emergencia nacional.

La estupidez de esto como anuncio general, en lugar de como una elección doméstica específica, es extraordinaria.

El veinte por ciento de las personas en el Reino Unido viven en la pobreza. No tienen posibilidad de comprar estos artículos. Muchos más hogares están al límite de sus posibilidades; tampoco podrán reservar dinero para estos artículos durante una crisis del costo de vida. Se quedarán incrédulos ante esta sugerencia.

Y, en cualquier caso, ¿dónde se supone que deben almacenar estos artículos muchos hogares? Quienes emiten estas sugerencias quizás tengan el espacio disponible para apilar botellas de agua, pero los millones que viven en alojamientos pequeños y superpoblados, donde cualquier espacio es un lujo absoluto, se preguntarán con razón: "¿Qué idiota inventó esto?".

En términos políticos, esta sugerencia es, para ser muy cortés, grosera.

Sin embargo, hay un punto más profundo que hacer. En lugar de describir cuáles son estas emergencias nacionales y cómo las gestionará el gobierno, lo que queda muy claro es que este gobierno está haciendo dos cosas.

Primero, está admitiendo que no puede, o más bien no quiere, gestionar estas crisis. El mensaje se envía, aunque no muy claramente, de que no debemos esperar que el gobierno resuelva estos problemas.

Segundo, está externalizando por tanto la supuesta responsabilidad ante cualquier eventualidad hacia nosotros. Se supone que debemos asumir la responsabilidad de las consecuencias de crisis de las que el gobierno no aceptará un deber de cuidado.

Esto, por supuesto, es el pensamiento neoliberal llevado al extremo. En 2011, en mi libro The Courageous State, sugerí que una señal segura de un gobierno neoliberal era que cada vez que identificaba un problema, negaba que hubiera algo que pudiera hacer al respecto, y luego trasladaba la carga de la responsabilidad a los mercados o a los individuos.

El propósito fundamental del político neoliberal, que Andy Burnham está demostrando ser día tras día, es socavar la propia organización de la que han tomado el control únicamente por su propia gratificación y avance personal, y no en beneficio de las personas del país que se supone deben gobernar como consecuencia.

Entonces, ¿qué haría un gobierno valiente frente a las emergencias nacionales y la crisis climática?

Primero, definiría cuáles podrían ser esas emergencias y se aseguraría de que el gobierno tenga las reservas necesarias de alimentos, combustible y agua disponibles para suministrar en base racionada si fuera necesario.

Segundo, una vez identificadas esas posibles emergencias nacionales, tomaría todas las medidas posibles para evitar que ocurran, en lugar de pasearse por el país hablando de la capacidad de cancelar una suscripción de Netflix, que es todo lo que Burnham parece capaz de hacer.

Tercero, ante la crisis climática, implementaría un Green New Deal y dejaría claro que este tema es tan importante que gestionar cualquier otra cosa pasaría a ser secundario para lograr este objetivo. Eso significaría que las reglas fiscales, los objetivos de inflación, las normas sobre la independencia del Banco de Inglaterra, y mucho más, quedarían en suspenso para implementar los programas necesarios. Estos programas, al mismo tiempo, crearían un ejército de personas para llevar a cabo los procesos de cambio necesarios, de modo que los problemas de desempleo entre los jóvenes y otros en el Reino Unido se convertirían en un recuerdo lejano como consecuencia.

Eso es lo que haría un gobierno valiente.

Nuestro problema es que estamos muy lejos de tener uno."

 (Richard Murphy, blog, 26/08/26, traducción Deepseek)

30.8.25

Los expertos señalan cada vez más al aumento de la violencia de las bandas —incluidos secuestros, cámaras de tortura y barrios llenos de grafitis— como el sombrío telón de fondo que enmarca el período previo a las elecciones presidenciales chilenas de noviembre. Esta escalada ha eclipsado el debate tradicional sobre la redistribución o las pensiones... en la América Latina actual, la seguridad, y no la ideología, se ha convertido en la medida decisiva del poder político... Lo que se están planteando los electores es una pregunta más sencilla y contundente: ¿quién puede garantizar mi seguridad? La clase media se preocupa por el robo de coches, los pobres por la violencia de las bandas y los ricos por los secuestros. El miedo es un denominador común... Los líderes políticos acumulan ahora legitimidad no por su ideología, sino por su actuación en materia de orden público. La política de seguridad es a menudo performativa: soldados patrullando los barrios, retórica dura, demostraciones visibles de autoridad. Que estas medidas logren reducir la delincuencia a largo plazo es casi irrelevante; lo que importa es que parezca que se está haciendo algo... En toda América Latina, la seguridad pública se ha convertido en la prueba decisiva para la autoridad política. Reestructura los proyectos ideológicos, eleva a figuras ajenas al sistema y provoca rápidos cambios en la legitimidad. Mientras que las generaciones pasadas juzgaban a los líderes por sus modelos económicos, los ciudadanos de hoy en día los evalúan en función de si pueden volver a casa sin miedo... La inflación sigue siendo importante. El empleo sigue siendo importante. Pero el miedo es la moneda más fuerte de la región, y la que decide las elecciones (Jeffery A. Tobin)

 "En las últimas semanas, los chilenos han experimentado un cambio silencioso pero poderoso en su sentimiento político. Los legisladores y expertos señalan cada vez más al aumento de la violencia de las bandas —incluidos secuestros, cámaras de tortura y barrios llenos de grafitis— como el sombrío telón de fondo que enmarca el período previo a las elecciones presidenciales de noviembre. Esta escalada ha eclipsado el debate tradicional sobre la redistribución o las pensiones. Incluso la candidata presidencial de la izquierda, Jeannette Jara, del Partido Comunista, debe afrontar esta incómoda verdad: en la América Latina actual, la seguridad, y no la ideología, se ha convertido en la medida decisiva del poder político.

A menudo se describe la región en términos de ciclos de izquierda y derecha, un péndulo que oscila entre la redistribución y la liberalización. Esa historia oculta lo que ahora anima la política más que cualquier otra cosa: el miedo generalizado a la inseguridad. Desde Santiago hasta Bogotá y San Salvador, los votantes no premian ni castigan a los gobiernos por motivos ideológicos.

Lo que se están planteando es una pregunta más sencilla y contundente: ¿quién puede garantizar mi seguridad?

¿Por qué domina la seguridad?

La violencia y el crimen organizado han aumentado en gran parte de la región, erosionando la paciencia que los votantes alguna vez tuvieron con las reformas económicas o los experimentos sociales. Chile, conocido desde hace mucho por su estabilidad, ahora se enfrenta a un aumento de las tasas de homicidios y a las redes de crimen organizado. Colombia sigue luchando contra los guerrilleros disidentes y el narcotráfico a pesar de las promesas de paz. En Argentina, los votantes del presidente libertario Javier Milei consideran que la seguridad personal es un tema tan urgente como la inflación.

Estas presiones están consiguiendo que la ideología parezca secundaria. Las campañas siguen ensayando los debates habituales sobre el libre mercado y la redistribución, pero sobre el terreno, la inseguridad trasciende las clases y las identidades políticas. La clase media se preocupa por el robo de coches, los pobres por la violencia de las bandas y los ricos por los secuestros. El miedo es un denominador común.

Este cambio ha elevado a figuras que encarnan la seguridad ante todo. En El Salvador, el presidente Nayib Bukele ha convertido la brutal represión hacia las pandillas en una marca global de gobernanza. Los críticos califican sus tácticas de autoritarias, pero su índice de aprobación se dispara porque los votantes se sienten más seguros. En Chile, la agenda de reformas progresistas de Gabriel Boric ha chocado repetidamente con las demandas públicas de medidas más duras contra la delincuencia, lo que ha reducido su margen de maniobra política. El colombiano Gustavo Petro, elegido para traer la paz y la reconciliación, se enfrenta a una frustración creciente ante la persistencia de la violencia.

Incluso cuando los proyectos ideológicos cobran gran importancia, la seguridad los remodela. El radical experimento económico de Milei en Argentina se enmarca menos como una revolución libertaria que como un intento de restaurar el orden en un sistema caótico. En este sentido, la seguridad no se refiere sólo a la delincuencia, sino que se ha convertido en sinónimo de estabilidad, previsibilidad y control.

La nueva división política

Lo que surge no es tanto una contienda entre la izquierda y la derecha como una división entre los gobiernos que pueden proyectar seguridad y los que no pueden. Los líderes políticos acumulan ahora legitimidad no por su ideología, sino por su actuación en materia de orden público. La política de seguridad es a menudo performativa: soldados patrullando los barrios, retórica dura, demostraciones visibles de autoridad. Que estas medidas logren reducir la delincuencia a largo plazo es casi irrelevante; lo que importa es que parezca que se está haciendo algo.

Esto ha creado una nueva economía política en la que la seguridad funciona como moneda de cambio. Los candidatos comercian con promesas de control. Los gobernantes gastan su capital en despliegues militares o en leyes de vía rápida. Y los votantes, cansados de debates abstractos, premian a los actores que parecen más dispuestos a actuar con decisión.

El giro hacia la seguridad tiene un coste. La militarización puede proporcionar tranquilidad a corto plazo, pero puede erosionar las instituciones democráticas y debilitar la supervisión civil. Los gobiernos corren el riesgo de normalizar poderes de emergencia que perduren más allá de las emergencias. En muchos casos, la promesa de seguridad supera a la realidad; cuando la delincuencia persiste, las elecciones se vuelven aún más volátiles, ya que los votantes descartan a los líderes más rápidamente que antes.

Aun así, el patrón es inconfundible. En toda América Latina, la seguridad pública se ha convertido en la prueba decisiva para la autoridad política. Reestructura los proyectos ideológicos, eleva a figuras ajenas al sistema y provoca rápidos cambios en la legitimidad. Mientras que las generaciones pasadas juzgaban a los líderes por sus modelos económicos, los ciudadanos de hoy en día los evalúan en función de si pueden volver a casa sin miedo.

Si observamos las inquietantes protestas de Santiago, las frustraciones políticas de Colombia o las tentaciones autoritarias de El Salvador, la lección es clara. América Latina no está experimentando un simple giro hacia la derecha. Está experimentando un reajuste más profundo, en el que la seguridad ha sustituido a la ideología como moneda de cambio fundamental del poder político.

La inflación sigue siendo importante. El empleo sigue siendo importante. Pero el miedo es la moneda más fuerte de la región, y la que decide las elecciones.

( Jeffery A. Tobin ,Pan-American Strategic Advisors,  Other News, 28/08/25) 

8.7.25

¿No hay inocentes en Israel? Una encuesta de la Universidad Hebrea muestra que la abrumadora mayoría de los judíos israelíes están de acuerdo con la idea genocida de que «no hay inocentes en Gaza»... estas tendencias genocidas a menudo han tenido que equilibrarse con una apariencia de democracia, como en el caso de su apartheid. Pero ahora, Israel parece haberse liberado de esas restricciones en mayor medida. Parece que Israel ya no ve la necesidad de perfumarse con la democracia (Jonathan Ofir)

 "Una encuesta realizada por la Universidad Hebrea de Jerusalén a principios de junio arrojó una estadística escalofriante: una abrumadora mayoría de judíos israelíes está de acuerdo con la idea de que «no hay inocentes en Gaza».

El 64 % de los israelíes está de acuerdo con esta afirmación, casi dos de cada tres. Pero en realidad el porcentaje es considerablemente mayor entre los judíos israelíes, ya que esa cifra está muy influida por los palestinos con ciudadanía israelí. Los palestinos constituyen alrededor del 20 % de la población israelí y el 92 % de ellos se opone a la afirmación, lo que deja a los judíos israelíes con un apoyo abrumador.1

La encuesta también midió el porcentaje de israelíes que «estaban muy de acuerdo» con esta opinión en todo el espectro político:

  • El 87 % de los partidarios del Gobierno actual
  • El 73 % de los derechistas que no votaron a la coalición (como los votantes de Avigdor Lieberman, etc.)
  • El 63 % de los votantes de centro
  • Incluso el 30 % de los votantes de «izquierda»

Este apoyo evidente a las llamadas claramente genocidas contra los palestinos invita a la reflexión. Pero también es importante reconocer que este apoyo no comenzó ayer, ni el 7 de octubre de 2023.

En 2018, el entonces ministro de Defensa, Avigdor Lieberman, dijo que «no hay personas inocentes en la Franja de Gaza».

En octubre de 2023, el presidente israelí, Isaac Herzog, parafraseó la misma idea diciendo que «toda una nación es responsable. Esta retórica sobre civiles que no son conscientes, que no están involucrados, no es cierta». Esta declaración fue una de las muchas declaraciones genocidas que formaron parte de los argumentos a favor del genocidio en la CIJ en el caso Sudáfrica contra Israel.

Herzog criticó posteriormente a la CIJ por «difamación» y por «tergiversar sus palabras», pero eso es una tontería. Herzog es un mentiroso racista notorio, y todo el mundo le entendió a la primera.

Haaretz lleva publicando desde finales de mayo artículos como este, titulado «No hay inocentes en Gaza: qué hacer cuando su hijo israelí vuelve a casa radicalizado»:

«En medio de la guerra en Gaza y de una crisis civil cada vez más profunda en Israel, muchos padres se enfrentan a un doloroso reto: sus hijos vuelven a casa con opiniones extremas y expresiones de odio. Estas van desde justificaciones del asesinato de civiles en Gaza hasta comentarios racistas contra los ultraortodoxos, las personas LGBTQ+ y otras comunidades. Para muchas familias, este choque entre los valores que se enseñan en casa y los mensajes que los niños absorben del mundo que les rodea es profundamente preocupante».

Pero la encuesta indica que esto no viene al caso: toda la sociedad israelí está radicalizada y apoya abrumadoramente el genocidio. Los soldados no regresan a otro universo, sino al mismo universo genocida.

En 2014, durante una de las ofensivas israelíes contra Gaza, conocida como «cortar el césped», que causó la muerte de unos 2200 palestinos, entre ellos 551 niños, Ayelet Shaked, entonces diputada del partido Hogar Judío, pero aún no ministra, compartió una publicación en las redes sociales con el siguiente texto:

«¿Quién es el enemigo? El pueblo palestino. ¿Por qué? Pregúntenselo a ellos, ellos empezaron […]. Detrás de cada terrorista hay docenas de hombres y mujeres sin los cuales no podría dedicarse al terrorismo. Los actores de la guerra son los que incitan en las mezquitas, los que escriben los planes de estudios asesinos para las escuelas, los que les dan cobijo, los que les proporcionan vehículos y todos aquellos que les honran y les dan su apoyo moral. Todos ellos son combatientes enemigos, y su sangre recaerá sobre sus cabezas. Esto incluye también a las madres de los mártires, que los envían al infierno con flores y besos. Deberían seguir a sus hijos, nada sería más justo. Deberían irse, al igual que las casas en las que criaron a esas serpientes. De lo contrario, allí se criarán más serpientes».

La publicación causó cierta conmoción y ella la retiró, pero la idea era claramente la que ella respaldaba. Al año siguiente, se convertiría en ministra de Justicia. Shaked pronunció declaraciones fascistas descaradas, pero tuvo la temeridad, o descaro, de burlarse de la idea de que fuera fascista, en un anuncio ficticio en el que promociona un perfume llamado «Fascismo», diciendo: «A mí me huele a democracia».

La verdad es que los líderes israelíes llevan muchos años promoviendo el genocidio. El pensamiento genocida siempre ha formado parte del proyecto sionista de una forma u otra, alimentado por su lógica colonialista de eliminación. Pero estas tendencias genocidas a menudo han tenido que equilibrarse con una apariencia de democracia, como en el caso de su apartheid.

Pero ahora, Israel parece haberse liberado de esas restricciones en mayor medida. Parece que Israel ya no ve la necesidad de perfumarse con la democracia.

Notas

  1. Un porcentaje similar (también el 64 % en total) cree que no es necesario dar una cobertura más amplia de la situación de los civiles en Gaza. Los medios de comunicación israelíes apenas cubren nada de eso, por lo que equivale a decir que simplemente no quieren saber nada de esos bebés que se mueren de hambre. Entre los votantes de la coalición, el porcentaje es del 89 %. Esto no es muy sorprendente, ya que si la mayoría de estas personas no consideran «inocentes» a los palestinos de Gaza, ¿por qué iban a preocuparse por escuchar hablar de su hambre y su muerte por otros medios?" 

(, Mondoweiss, 03/07/25, traducción DEEPL)

21.5.25

Orit Kamir, profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén: Nunca he visto tanta maldad. Israel está inundado de maldad… por eso nunca he tenido tanto miedo... La sensación es que se ha roto una gran presa y que masas de israelíes están desprendiéndose de todas las restricciones de la humanidad para revolcarse juntos en el odio tóxico, el ego jubiloso, la deshumanización y la violencia.Como si estuvieran esperando ese momento para poder liberarse de las reglas que les obligaban a mantener una apariencia de moralidad... Compasión, empatía, amar al prójimo como a ti mismo; Todo esto ha sido abolido. La nueva unidad del pueblo israelí se basa en la adicción al odio y la sed de sangre… la gente sólo tiene que recordar ese día, el 7 de octubre, y desea inmediatamente la destrucción de los palestinos. Y en el camino, también están ansiosos por alienar a los rehenes y atacar a sus familias... incluso los Eisenkot, hacia quienes los israelíes desesperados depositan su amor, se les llena la boca de agua... Ellos también son ciegos ante los dos millones de gazatíes que están siendo expulsados, hambrientos y masacrados por nosotros, constantemente... Nos han silenciado ante la violencia y la atrocidad, pero aquí seguimos

 "Nunca he visto tanta maldad; Tanta gente ansiosa por expresar la maldad; compitiendo entre sí para demostrar su falta de empatía. No pensé que la gente fuera capaz de ser tan mala.

Alegrarse tanto del dolor ajeno. Alegrarse cuando la gente sufre, muere de hambre, pierde todo lo que tiene y muere. Por eso nunca he tenido tanto miedo. 

La sensación es que se ha roto una gran presa y que masas de israelíes están desprendiéndose de todas las restricciones de la humanidad para revolcarse juntos en el odio tóxico, el ego jubiloso, la deshumanización y la violencia.Como si estuvieran esperando ese momento para poder liberarse de las reglas que les obligaban a mantener una apariencia de moralidad. 

Entre gritos de rabia, dejan de lado las convenciones y normas que la sociedad humana ha construido durante miles de años para frenar el desenfreno del ego. Le dieron a la palabra libertad un nuevo significado: el de liberarse de las cadenas de la cultura. 

La igualdad ha sido borrada de su léxico, y mucho más la dignidad humana. Compasión, empatía, amar al prójimo como a ti mismo; Todo esto ha sido abolido. La nueva unidad del pueblo israelí se basa en la adicción al odio y la sed de sangre…

Nada de esto ocurrió en un instante ni por sí solo. Hay alguien que lleva años incitando y envenenando, habiendo construido una sofisticada máquina para hacerlo sistemáticamente… En la lista de crímenes contra la humanidad y contra la sociedad israelí de Netanyahu, despojar a muchos israelíes de toda inhibición moral es uno de los más graves. Y el clímax: logró convertir su fracaso más terrible, la masacre del 7 de octubre, en la excusa definitiva para justificar y alentar el diabólico nuevo israelismo. 

Como una respuesta pavloviana implantada por hipnosis: la gente sólo tiene que recordar ese día y desea inmediatamente la destrucción de los palestinos. Y en el camino, también están ansiosos por alienar a los rehenes y atacar a sus familias. 

Netanyahu no es el único responsable público de la horrible desintegración que se desarrolla ante nuestros ojos. Él, sus miembros de Gobierno y los diputados de la coalición están liderando abiertamente este terrible proceso. Su culpa es total. Y los medios de comunicación, que les sirven con enfermiza obediencia y llevan a cabo para ellos el proceso de hipnosis masiva, y todo aquel que ocupa o aspira a una posición de liderazgo, que no establece límites morales y no presenta una alternativa, lleva consigo esta responsabilidad.

En un momento en que una sociedad está perdiendo su columna vertebral moral, como nos está sucediendo ahora, se necesita un liderazgo positivo. Aquel cuya brújula moral es clara, y que no tiene miedo de llamar malo al mal y exigir un comportamiento moral… [aquel] que no se adapta al humor turbulento del público, sino que señala el camino humano, el propósito de la vida, y pide un “después”. 

Sin ese liderazgo, es difícil creer que una sociedad pueda salir del atolladero en el que se ha hundido… No me refiero a los Gantz ni a los Lapidim, incapaces de balbucear una palabra de liderazgo moral; no hay nada que esperar de ellos. Su vacío moral es evidente. 

Pero incluso los Eisenkot, hacia quienes los israelíes desesperados depositan su amor, se les llena la boca de agua; incluso Yair Golan, quien identificó correctamente los procesos hace diez años, se niega hoy a denunciarlos… ¿Por razones políticas? ¿Como Netanyahu? Incluso los jueces, militares y antiguos guardianes morales que llenaron las tribunas y foros (y se mantuvieron firmes contra el golpe) ahora guardan silencio ante este horror moral. 

Ellos también son ciegos ante los dos millones de gazatíes que están siendo expulsados, hambrientos y masacrados por nosotros constantemente; frente a los pogromos organizados, apoyados por las autoridades y bajo los auspicios de las fuerzas de seguridad en Cisjordania… 

Protestar contra este horror es la excepción que confirma la regla. Y lo mismo ocurre con los líderes de las protestas [contra Netanyahu], de quienes esperábamos que surgiera un liderazgo alternativo… A pesar del ruido de los israelíes que se desbandan, estoy seguro de que la mayoría deseamos la vida y la paz; que no hemos renunciado a la humanidad. Nos han silenciado ante la violencia y la atrocidad, pero aquí seguimos."

( Orit Kamir, profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Observatorio de la crisis, 21/05/25)

15.5.25

El miedo a protestar contra las políticas de Trump se extiende en EE.UU... me consternó percibir una extraña sensación de normalidad casi forzada o de pasividad temerosa entre mis compatriotas estadounidenses... esperaba ver signos de resistencia y rebelión -coches con pegatinas indignadas, manifestantes fuera de los edificios de la Seguridad Social, oficinas de correos amenazadas, oficinas de servicios a los electores del Congreso, concesionarios Tesla, etc.-, pero no vi nada... Poner una pegatina anti-Trump en un coche puede llevar al vandalismo del vehículo, decir algo crítico con Trump puede significar perder un amigo, un trabajo o arruinar una reunión familiar... Un comentario común que he escuchado de la gente cuando he expresado mi indignación por las órdenes ejecutivas de Trump, ha sido un despectivo y resignado «Sí, esa es la nueva normalidad ahora.»... Se detiene a personas sin antecedentes penales en la calle, en el trabajo o incluso en reuniones aparentemente rutinarias en oficinas del ICE preparadas deliberadamente para atraer a las víctimas con el fin de capturarlas y deportarlas... Mi sensación, basada en mi breve visita a Estados Unidos, es que una sensación generalizada de miedo ha infectado también a los ciudadanos estadounidenses, no sólo a los inmigrantes. Tampoco soy el único que lo siente... estamos notando un repliegue de la protesta, y no se puede permitir que eso ocurra (Dave Lindorff)

 "Acabo de regresar a esta ciudad universitaria medieval inglesa la semana pasada después de una visita de tres semanas y media a Estados Unidos, donde mi cónyuge clavecinista ofreció cuatro conciertos en Filadelfia y Portland (Oregón), y debo decir que la sensación de volver «a casa» fue mucho más fuerte cuando empecé a oír acentos británicos a mi alrededor que cuando, tras pasar los últimos siete meses en el Reino Unido, había aterrizado inicialmente en el aeropuerto internacional Newark Liberty.

He estado siguiendo, y escribiendo sobre, el vertiginoso asalto de bola de demolición a la gobernanza democrática por parte de la Presidencia de segundo mandato de Donald Trump, observando con horror cómo mi alma mater de posgrado, la Universidad de Columbia, se postraba ante Trump y las hienas republicanas en el Senado y la Cámara de Representantes, dejó a los valientes estudiantes que protestaban contra el genocidio israelí a merced de los matones tácticos más finos de Nueva York, e incluso ayudó a los matones más brutales del Departamento de Seguridad Nacional federal a arrestar, detener e intentar deportar a estudiantes palestinos en terrenos de universidades privadas y sin orden judicial.

 Ese atropello -que incluía suspender sumariamente y sin el debido proceso a estudiantes activistas extranjeros por ejercer sus derechos de la 1ª Enmienda y perder así sus visados de estudiante- recordaba a la época del Miedo Rojo posterior a la Primera Guerra Mundial y a la pesadilla HUAC-McCarthyita posterior a la Segunda Guerra Mundial combinadas fue horrible. Pero mi horror se amplificó cuando intenté que mis compañeros de la promoción de Periodismo de Columbia de 1975, muchos de los cuales nos habíamos reunido en Columbia para celebrar nuestro 50 aniversario, firmaran una carta redactada y distribuida por la promoción de Periodismo de 1969 (algunos de ellos veteranos de la toma estudiantil de varios edificios del campus en 1968). Dirigida a las administraciones de la Escuela de Periodismo y de la Universidad y en la que se condenaba la venta de la Primera Enmienda, tan fundamental para nuestro trabajo como periodistas, ¡sólo pude encontrar a seis compañeros dispuestos a firmarla!

 Más tarde, durante mi estancia en Estados Unidos, tanto en mi comunidad natal en un suburbio al norte de Filadelfia, como durante un viaje paralelo a través del país para asistir a otro concierto de clavicordio en Portland, Oregón, me consternó percibir una extraña sensación de normalidad casi forzada o de pasividad temerosa entre mis compatriotas estadounidenses. Dada la interminable evidencia de un régimen fascista en proceso de consolidación en Washington, esperaba ver signos de resistencia y rebelión -coches con pegatinas indignadas, manifestantes fuera de los edificios de la Seguridad Social, oficinas de correos amenazadas, oficinas de servicios a los electores del Congreso, concesionarios Tesla, etc.-, pero no vi nada. Incluso durante un trote a través del campus silvestre de Reed College, un semillero de protestas contra la guerra durante los días de la guerra de Estados Unidos en Indochina en la década de 1960-70, vi a los estudiantes en su semana de estudio de examen repantigados en el césped, pero no había signos de protesta en evidencia, ni camisetas anti-Trump, ni graffiti de tiza denunciando las depredaciones de la Casa Blanca, o incluso denuncias de su ataque depredador contra la educación superior.

 No puedo asegurarlo, pero tengo la clara sensación de que existe un miedo generalizado entre los estadounidenses en estos días a expresar abiertamente su oposición al aspirante a tirano naranja en la Casa Blanca. Poner una pegatina anti-Trump en un coche puede llevar al vandalismo del vehículo, decir algo crítico con Trump puede significar perder un amigo, un trabajo o arruinar una reunión familiar. Incluso me enteré de que uno de mis antiguos alumnos de la Escuela de Periodismo no quiso firmar la carta de protesta de la promoción del 69, ni siquiera que le enviaran una copia de la misma a su dirección de correo electrónico, explicando a un amigo común que «¡todavía tengo un trabajo de periodista» y, por lo tanto, ni siquiera me asocian con tal documento!

Un comentario común que he escuchado de la gente cuando he expresado mi indignación por las órdenes ejecutivas de Trump, como el bloqueo de becas federales de investigación ya concedidas, la revocación de Green Cards y visados de estudiante ya aprobados para estudiantes extranjeros, la deportación de niños que son ciudadanos estadounidenses y el hecho de que el presidente ignore órdenes judiciales e incluso del Tribunal Supremo, ha sido un despectivo y resignado «Sí, esa es la nueva normalidad ahora.»

No recuerdo haber observado ese tipo de derrotismo y miedo durante los oscuros años de las atrocidades estadounidenses en Indochina. Cuando nos enterábamos de las masacres de civiles en Vietnam a manos de las tropas estadounidenses, o de los bombardeos en alfombra de los B-52 sobre Vietnam del Norte y más tarde sobre Camboya, las noticias impulsaban marchas multitudinarias por todo el país y en la capital de la nación.

 Incluso sabiendo que podía haber detenciones por esas protestas y ataques de la policía o, durante la administración Nixon, de matones organizados de sindicatos de derechas, como los trabajadores de la construcción, la gente salía a la calle para dar a conocer su indignación.

Ahora sé que hay grupos -activistas del clima, defensores de la Seguridad Social, Medicare y Medicaid, manifestantes contra la guerra genocida de las FDI contra los palestinos en Gaza y en Cisjordania, incluida mi propia organización elegida Radical Elders- que han organizado a muchas personas valientes, pero el número de manifestantes sigue siendo pequeño en comparación con la escala de los ataques trumpistas.

Nada de esto quiere decir que las cosas son grandes políticamente aquí en el Reino Unido. El pasado julio, el Gobierno laborista asestó una contundente derrota al gobernante Partido Conservador, diezmándolo prácticamente y allanando el camino para que el derechista y antiinmigrante Partido Reformista se convirtiera en el principal partido de la oposición. A pesar de que los laboristas cuentan con una sólida mayoría de escaños parlamentarios que prácticamente deberían garantizar al Partido Laborista otros cinco años para controlar el Parlamento, el primer ministro Keir Starmer acaba de citar esta semana de forma espantosa unas líneas del conocido racista antiinmigración del Partido Conservador Enoch Powell, que en los años 50 pronunció un discurso titulado «Río de sangre» en el que condenaba la inmigración de ciudadanos de piel morena procedentes de naciones de la Commonwealth de Asia, África y el Caribe.

 Al criticar la trayectoria del Partido Conservador de permitir que la inmigración aumente de 224.000 en 2019 a 906.000 en 2023, Starmer utilizó frases de Powell como que el país insular se está convirtiendo en una «nación de extraños» que están «separando a nuestra nación», e incluso prometió recuperar el control de las fronteras para poner fin a un «capítulo escuálido» de creciente inmigración.

Esta retórica deliberadamente racista, que suscitó la inmediata condena de los diputados laboristas de izquierda en el Parlamento, fue extraída directamente de los discursos de Powell, algo que algunos se apresuraron a señalar.

A este paso será difícil distinguir entre laboristas y reformistas, lo que tristemente debe ser el objetivo de Starmer.

Sin embargo, al menos en este momento, no está ocurriendo nada con la inmigración en el Reino Unido que se parezca ni remotamente al terror que se ejerce en Estados Unidos sobre los inmigrantes políticamente activos e incluso simplemente contra las madres inmigrantes con bebés o ciudadanos de piel morena detenidos por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado durante una redada de inmigrantes. Se detiene a personas sin antecedentes penales en la calle, en el trabajo o incluso en reuniones aparentemente rutinarias en oficinas del ICE preparadas deliberadamente para atraer a las víctimas con el fin de capturarlas y deportarlas. Estas capturas suelen ser perpetradas por personal anónimo y enmascarado del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) para aumentar la sensación de miedo entre los inmigrantes.

 Mi sensación, basada en mi breve visita a Estados Unidos, es que una sensación generalizada de miedo ha infectado también a los ciudadanos estadounidenses, no sólo a los inmigrantes. Tampoco soy el único que lo siente. Mientras redactaba este artículo, me topé con un artículo del 12 de mayo del antiguo corresponsal del NY Times David Shipler, quien en su blog, The Shipler Report, escribió ayer sobre una «nueva división» que, según él, «asola Estados Unidos: fuertes desacuerdos sobre cómo resistir al monstruo autoritario de Washington. ¿Hablar y luchar enérgicamente? ¿Enhebrar el camino entre los principios y el pragmatismo? ¿Capitular ante la creciente autocracia? ¿O agachar la cabeza para no ser un blanco fácil?

Entiendo el miedo. En 2019 me encontré de repente incluido en la Lista de Vigilancia Terrorista del FBI, lo que significaba que me sometían a registros intensivos cuando intentaba volar internacionalmente. Al principio pensé que era una amenaza tonta diseñada para castigarme con el acoso del Pentágono, que se enfadó por un artículo de portada que había publicado en la revista Nation un mes antes, pero luego supe que no era ninguna broma: esa lista estaba desde el principio y sigue estando disponible al instante para cualquier policía con un ordenador, lo que significa que una simple parada de tráfico por no señalizar un giro o incluso una luz trasera rota podría convertirse rápidamente en una detención brutal o algo peor.

 Dado que el FBI no dice si uno está en la lista o no (que sólo se revela por la forma en que uno es tratado al tratar de obtener una tarjeta de embarque en línea el día antes de un vuelo (no se puede hacer si estás en la lista), y cómo uno es tratado cuando se trata de volar de regreso a los EE.UU..

Así que, después de llegar al Reino Unido en octubre, y después de que Trump ganara un segundo mandato, sabiendo que volvería brevemente a los EE.UU. brevemente en mayo, mi esposa y yo nos preguntamos cómo me tratarían cuando intentara volver a entrar en los EE.UU.. Después de todo, esta administración Trump es mucho más draconiana que la que estaba en el poder en 2019-2020 cuando supe que estaba en esa lista. Incluso me encontré preguntándome sobre ciertos artículos muy críticos y despectivos que estaba escribiendo sobre Trump mientras estaba en el Reino Unido. Pero decidí que no iba a autocensurar mi periodismo por miedo.

Es la única manera de detener lo que Shipler y yo estamos notando: un repliegue de la protesta. No se puede permitir que eso ocurra. Como escribe Shipler, «la Historia sigue en manos del pueblo, durante un tiempo. Que esto entre en la historia estadounidense como una fase pasajera o como un punto de inflexión fundamental dependerá de si los estadounidenses se movilizan. Para que el coraje sea contagioso. En una sociedad libre», dijo Abraham Joshua Heschel durante el movimiento por los derechos civiles, “algunos son culpables, pero todos son responsables”.

¡Muy cierto!"                (

21.4.25

¿Por qué el Occidente oficial, y la Europa occidental oficial en particular, son tan indiferentes al sufrimiento de los palestinos? ¿Por qué el Partido Demócrata de Estados Unidos es cómplice, directa e indirectamente, del mantenimiento de la inhumanidad cotidiana en Palestina, una complicidad tan visible que probablemente fue una de las razones por las que perdieron las elecciones? Ignorar el genocidio en la Franja de Gaza y la limpieza étnica en Cisjordania solo puede calificarse de intencionado y no de ignorancia... este fenómeno se conoce como pánico moral... es una situación en la que una persona teme adherirse a sus propias convicciones morales porque ello exigiría un cierto valor que podría tener consecuencias... ¿Cuál es el precio que tendrían que pagar los principales periodistas occidentales, los políticos veteranos, los profesores titulares o los directores generales de empresas de renombre si culparan a Israel de cometer un genocidio en la Franja de Gaza? Ser condenados como antisemitas o negacionistas del Holocausto y, en segundo lugar, temen que su respuesta honesta desencadene un debate que incluya la complicidad de su país, o de Europa, u Occidente en general, en permitir el genocidio y todas las políticas criminales contra los palestinos que lo precedieron... Este pánico moral conduce a algunos fenómenos asombrosos. En general, transforma a personas educadas, muy elocuentes y entendidas en imbéciles totales cuando hablan de Palestina... Los palestinos no pueden permitirse el lujo de que el pánico moral occidental tenga voz o repercusión. No ceder a este pánico es un paso pequeño pero importante en la construcción de una red global de Palestina que se necesita con urgencia, en primer lugar, para detener la destrucción de Palestina y su pueblo y, en segundo lugar, para crear las condiciones para una Palestina descolonizada y liberada en el futuro (Ilan Pappé, historiador y activista socialista israelí)

"Las respuestas del mundo occidental a la situación en la Franja de Gaza y Cisjordania plantean una pregunta inquietante: ¿por qué el Occidente oficial, y la Europa occidental oficial en particular, son tan indiferentes al sufrimiento de los palestinos?

¿Por qué el Partido Demócrata de Estados Unidos es cómplice, directa e indirectamente, del mantenimiento de la inhumanidad cotidiana en Palestina, una complicidad tan visible que probablemente fue una de las razones por las que perdieron las elecciones, ya que el voto árabe-estadounidense y progresista en estados clave no podía perdonar, y con razón, al gobierno de Biden su participación en el genocidio de la Franja de Gaza?

Se trata de una pregunta pertinente, dado que estamos ante un genocidio televisado que ahora se ha renovado sobre el terreno. Es diferente de periodos anteriores en los que se mostró la indiferencia y complicidad occidentales, ya fuera durante la Nakba o durante los largos años de ocupación desde 1967.

Durante la Nakba y hasta 1967 no era fácil obtener información y la opresión posterior a 1967 fue en su mayor parte incremental y, como tal, ignorada por los medios de comunicación y la política occidentales, que se negaron a reconocer su efecto acumulativo sobre los palestinos.

Pero estos últimos dieciocho meses son muy diferentes. Ignorar el genocidio en la Franja de Gaza y la limpieza étnica en Cisjordania solo puede calificarse de intencionado y no de ignorancia. Tanto las acciones de los israelíes como el discurso que las acompaña son demasiado visibles para ser ignorados, a menos que políticos, académicos y periodistas decidan hacerlo.

Este tipo de ignorancia es, ante todo, el resultado del éxito de los grupos de presión israelíes que prosperaron en el fértil terreno del complejo de culpa, el racismo y la islamofobia europeos. En el caso de Estados Unidos es también el resultado de muchos años de una eficaz y despiadada maquinaria de presión a la que muy pocos en el mundo académico, los medios de comunicación y, en particular, la política se atreven a desobedecer.

Este fenómeno se conoce en la erudición reciente como pánico moral, muy característico de los sectores más concienciados de las sociedades occidentales: intelectuales, periodistas y artistas.

El pánico moral es una situación en la que una persona teme adherirse a sus propias convicciones morales porque ello exigiría un cierto valor que podría tener consecuencias. No siempre se nos pone a prueba en situaciones que exigen valor, o al menos integridad. Cuando ocurre, es en situaciones en las que la moralidad no es una idea abstracta, sino una llamada a la acción.

Por eso muchos alemanes guardaron silencio cuando los judíos fueron enviados a campos de exterminio, y por eso los estadounidenses blancos permanecieron impasibles cuando los afroamericanos fueron linchados o antes esclavizados y maltratados.

¿Cuál es el precio que tendrían que pagar los principales periodistas occidentales, los políticos veteranos, los profesores titulares o los directores generales de empresas de renombre si culparan a Israel de cometer un genocidio en la Franja de Gaza?

Parece que les preocupan dos posibles consecuencias. La primera es ser condenados como antisemitas o negacionistas del Holocausto y, en segundo lugar, temen que su respuesta honesta desencadene un debate que incluya la complicidad de su país, o de Europa, u Occidente en general, en permitir el genocidio y todas las políticas criminales contra los palestinos que lo precedieron.

Este pánico moral conduce a algunos fenómenos asombrosos. En general, transforma a personas educadas, muy elocuentes y entendidas en imbéciles totales cuando hablan de Palestina. Impide a los miembros más perspicaces y reflexivos de los servicios de seguridad examinar las exigencias israelíes de incluir a toda la resistencia palestina en una lista de terroristas, y deshumaniza a las víctimas palestinas en los principales medios de comunicación.

La falta de compasión y solidaridad básica con las víctimas del genocidio quedó expuesta por el doble rasero mostrado por los principales medios de comunicación de Occidente, y en particular por los periódicos más establecidos de Estados Unidos, como The New York Times y The Washington Post. Cuando el director de Palestine Chronicle, el Dr. Ramzy Baroud, perdió a 56 miembros de su familia -asesinados por la campaña genocida israelí en la Franja de Gaza- ni uno solo de sus colegas del periodismo estadounidense se molestó en hablar con él ni mostró interés alguno en oír hablar de esta atrocidad. En cambio, una falsa acusación israelí sobre una conexión entre el Chronicle y una familia en cuyo bloque de pisos había rehenes suscitó un enorme interés por parte de estos medios y atrajo su atención.

Este desequilibrio de humanidad y solidaridad es solo un ejemplo de las distorsiones que trae consigo el pánico moral. No me cabe duda de que las acciones contra estudiantes palestinos o propalestinos en Estados Unidos, o contra conocidos activistas en Gran Bretaña y Francia, así como la detención del director de The Electronic Intifada, Ali Abunimah, en Suiza, son manifestaciones de este comportamiento moral distorsionado.

Recientemente se ha producido un caso similar en Australia. Mary Kostakidis, una famosa periodista australiana y antigua presentadora de SBS World News Australia en horario de máxima audiencia, ha sido llevada ante el tribunal federal por su -hay que decir que bastante manso- reportaje sobre la situación en la Franja de Gaza. El mero hecho de que el tribunal no haya desestimado esta acusación a su llegada demuestra lo arraigado que está el pánico moral en el Norte Global.

Pero hay otra cara de la moneda. Afortunadamente, hay un grupo mucho más amplio de personas que no temen correr los riesgos que implica manifestar claramente su apoyo a los palestinos, y que muestran esta solidaridad aun sabiendo que puede acarrear la suspensión, la deportación o incluso la cárcel. No es fácil encontrarlos entre la corriente académica, mediática o política dominante, pero son la auténtica voz de sus sociedades en muchas partes del mundo occidental.

Los palestinos no pueden permitirse el lujo de que el pánico moral occidental tenga voz o repercusión. No ceder a este pánico es un paso pequeño pero importante en la construcción de una red global de Palestina que se necesita con urgencia, en primer lugar, para detener la destrucción de Palestina y su pueblo y, en segundo lugar, para crear las condiciones para una Palestina descolonizada y liberada en el futuro."

(Ilan Pappé, historiador y activista socialista israelí. Voces del mundo, 20/04/25)

26.2.25

Los días de miedo e ira y la fórmula del siglo XXI para ganar unas elecciones... Las cosas que están pasando dan miedo... Las consecuencias políticas de este clima son muy notables... Cuando los problemas aparecen y no se solucionan, la gente tiende a no confiar ni en las instituciones ni en los líderes... Ese suele ser un periodo transitorio: el malestar deja paso a una posición más activa, la que dicta la ira; la depresión se transforma en indignación... la indignación requiere ser canalizada; precisa de un objetivo hacia el que dirigirse, a menudo un chivo expiatorio. En buena medida, la indignación sistémica ha formado parte de las elecciones de la última década... el temor y la ira han acabado conformando el eje alrededor del cual circula la política... las elecciones alemanas, como antes las estadounidenses, las francesas, las argentinas o las españolas, se han basado en este enfrentamiento entre el temor y la ira. Lo que decide las elecciones es si el temor al futuro es mayor o menor que la indignación; el resultado depende de qué sentimiento domine... unos prometen defender al país del apocalipsis, los otros prometen un resurgimiento a través de la venganza... Cuando las incertidumbres son numerosas, cuando hay sensación de desprotección, cuando el futuro aparece incierto, es lógico que los temores se disparen. En ese ambiente está atrapada la vida del ciudadano común, y a eso hay que dar una respuesta política. Un camino lógico sería el de transcender el miedo y la ira y optar por invertir en el futuro; en un porvenir que disolviera las incertidumbres. La última vez que Occidente actuó de esta manera fue mediante la inversión en infraestructuras productivas, en la elevación del nivel de vida... Quizá ahora ese programa tenga que ser matizado, pero como mecanismo para disolver las inseguridades y domeñar los miedos fue bastante efectivo, y eso que había una Guerra Fría de por medio. En todo caso, es hora de salir de las posturas anímicas, que poseen un elevado componente moralista, y afrontar de cara estos tiempos. Es el momento de construir el futuro... algo que nuestras élites (políticas, económicas, intelectuales, de un lado y de otro) se niegan a hacer: prefieren luchar contra las dictaduras, ya sean las de los amigos de Putin o la del totalitarismo woke, en lugar de ponerse manos a la obra para sentar las bases del porvenir. Bien puede afirmarse que están dando soluciones anímicas y simples a problemas complejos, justo eso de lo que acusan a los populismos (Esteban Hernández)

 "El Foro de la Cultura de Valladolid ha dedicado su edición de este año, celebrada el fin de semana pasado, al miedo. Dada la turbulencia de estos años, es un asunto especialmente oportuno. Las noticias cotidianas subrayan que Europa se enfrenta a riesgos serios de toda clase: las guerras en curso, el cambio climático, los cambios a gran velocidad en el terreno geopolítico o las complicaciones económicas que asoman por el horizonte. El humor social tampoco es demasiado positivo, ya que reina la inestabilidad en la política, y socialmente la inseguridad es un hecho, porque los gastos necesarios para la subsistencia cada vez son mayores y las trayectorias laborales suelen estar sometidas a demasiadas oscilaciones. Hay muchos temores circulando, lo que hace que la percepción negativa del futuro se instale: es complicado pensar que el porvenir traerá algo mejor que el presente.

El futuro siempre está rodeado de incertidumbres, porque en su esencia está ser azaroso e imprevisible, pero esta época no solo ha aumentado el número de asuntos que generan preocupación, sino su intensidad. Las cosas que están pasando dan miedo.

Las consecuencias políticas de este clima son muy notables. Los resultados electorales de los últimos años, así como las ideas que los han dado forma, están plenamente relacionados con los temores crecientes que circulan por la sociedad. Pero también son consecuencia de una evolución en el humor de los ciudadanos. Cuando los problemas aparecen y no se solucionan, lo usual es que tome cuerpo cierta desvitalización: la gente tiende a no confiar ni en las instituciones ni en los líderes y toma distancia de la política. Ese suele ser un periodo transitorio: el malestar deja paso a una posición más activa, la que dicta la ira; la depresión se transforma en indignación.

En cierto sentido, la ira es una señal positiva, ya que implica que la gente se ha sacudido el fatalismo y ha comenzado a actuar. Pero también contiene un límite, porque la indignación requiere ser canalizada; precisa de un objetivo hacia el que dirigirse, a menudo un chivo expiatorio. En buena medida, la indignación sistémica ha formado parte de las elecciones de la última década, ya que una parte significativa de los ciudadanos no votaban a favor de una opción política que les convenciese, sino en contra de otra que les molestaba profundamente. Muchos expertos electorales dictaminaron que las campañas negativas eran decisivas, ya que si se resaltaban los rasgos más preocupantes de los rivales políticos, se movilizaría el malestar, y se ganarían las elecciones.

Los dos principales partidos

Sin embargo, hoy se vive un momento diferente, y no solo porque todo se haya vuelto mucho más intenso, sino porque en este instante ambiguo, el temor y la ira han acabado conformando el eje alrededor del cual circula la política.

Los dos principales partidos actuales (o los dos principales bloques ideológicos) defienden dos propuestas distintas basadas en lo anímico. Las formaciones sistémicas señalan los terribles perjuicios que causaría la llegada al poder de la extrema derecha, y, por tanto, se constituye como un dique contra ella, como una protección contra el miedo. El otro bloque se apoya en una indignación creciente frente a los gobiernos actuales, a los que se señala como responsables de una decadencia palpable y aboga por despedir a los responsables. Y esto es así de manera constante: las elecciones alemanas, como antes las estadounidenses, las francesas, las argentinas o las españolas, se han basado en este enfrentamiento entre el temor y la ira.

Lo que decide las elecciones es si el temor al futuro es mayor o menor que la indignación; el resultado depende de qué sentimiento domine

Hoy, estos sentimientos están representados por fuerzas políticas concretas. En el futuro, pueden ser defendidos por partidos de signo ideológico diferente, pero la regla es la misma: si el temor al futuro es mayor que la indignación, ganarán unas opciones; si ocurre al revés, ganarán las contrarias.

Son sentimientos que tienen su utilidad para los movimientos políticos, porque es natural que aparezcan en momentos complicados como el presente, y porque sirven para movilizar, pero no pueden constituir el centro de una oferta política. Pueden ser elementos necesarios o convenientes, pero no un fin en sí mismos. Sin embargo, la propuesta de las formaciones políticas contemporáneas se fundamenta básicamente en ellos; unos señalan los males espantosos que ocurrirán si llegan al poder los rivales, los otros insisten en la catástrofe que provocará que gobiernen sus rivales. En el punto límite, unos prometen defender al país del apocalipsis, los otros prometen un resurgimiento a través de la venganza.

La baldía lucha contra las dictaduras

Esa posición provoca que los programas de los partidos sean reactivos, lo que se ha notado especialmente los últimos años. En la medida en que hay que defenderse de los gobiernos autoritarios de la extrema derecha, lo que se debe hacer es negar el ideario de los rivales y persistir en el existente; poco de nuevo sale de ahí. En el lado opuesto, lo que se propone es afrontar problemas existentes que los gobernantes se niegan a reconocer, ya sea por cobardía o ideología, como los países gorrones, el gasto excesivo del Estado o la inmigración.

Un camino lógico sería el de transcender el miedo y la ira y optar por invertir en el futuro, en un programa que disolviera las incertidumbres

En esto se mueve la política actual, y supone un problema. Por regresar al inicio, la mayor dificultad de los tiempos precedentes es el miedo. Cuando las incertidumbres son numerosas, cuando hay sensación de desprotección, cuando el futuro aparece incierto, es lógico que los temores se disparen. En ese ambiente está atrapada la vida del ciudadano común, y a eso hay que dar una respuesta política.

Un camino lógico sería el de transcender el miedo y la ira y optar por invertir en el futuro; en un porvenir que disolviera las incertidumbres. La última vez que Occidente actuó de esta manera fue mediante la inversión en infraestructuras productivas, en la elevación del nivel de vida, en los equilibrios territoriales, en la supeditación del capital financiero a las necesidades productivas y territoriales, en la potenciación de los mercados interiores y en la creación de una clase media poderosa, de manera que los ciudadanos dispusieran de un extra para gastar. Quizá ahora ese programa tenga que ser matizado, pero como mecanismo para disolver las inseguridades y domeñar los miedos fue bastante efectivo, y eso que había una Guerra Fría de por medio.

En todo caso, es hora de salir de las posturas anímicas, que poseen un elevado componente moralista, y afrontar de cara estos tiempos. Es el momento de construir el futuro, algo que nuestras élites (políticas, económicas, intelectuales, de un lado y de otro) se niegan a hacer: prefieren luchar contra las dictaduras, ya sean las de los amigos de Putin o la del totalitarismo woke, en lugar de ponerse manos a la obra para sentar las bases del porvenir. Bien puede afirmarse que están dando soluciones anímicas y simples a problemas complejos, justo eso de lo que acusan a los populismos."                (Esteban Hernández , El Confidencial, 24/02/25)

6.2.25

Los beneficios del miedo... Los planes de deportación masiva de Trump son un tinglado racista con profundas raíces en la historia y las leyes de EEUU... rendirán dividendos de múltiples maneras: Permitiendo un mayor lucro de las prisiones privadas y otras corporaciones carcelarias a las que se recurra para gestionar la represión que se avecina, al tiempo que permiten a Trump beneficiarse políticamente de la afirmación de que los migrantes son los principales culpables de «la carnicería estadounidense.»... Una dimensión importante de estos sistemas entrelazados fue la privatización... las empresas de capital privado han realizado cuantiosas inversiones en centros federales de detención de inmigrantes... Observar la maquinaria de detención y deportación que Trump y su gabinete de fanáticos adinerados están poniendo en marcha es contemplar toda una economía política del miedo y el castigo, que genera beneficios privados a partir del combustible de la propaganda demagógicaGrupos de derechos humanos han protestado contra las brutalidades que han resultado de la dependencia de la administración Biden de la multimillonaria industria de la detención (Alberto Toscano)

 "«Aún no han visto una mierda. Esperen hasta 2025». Así lo dijo Tom Homan, el recién nombrado «zar de las fronteras» de Donald Trump, en la conferencia National Conservatism del pasado julio, donde Homan anunció que, si Trump volvía a la Casa Blanca, dirigiría «la mayor fuerza de deportación que este país haya visto.»            

Unos meses antes, Stephen Miller, subjefe de gabinete entrante de Trump y principal agitador antimigrante, expuso su propia visión oscura para «la represión migratoria más espectacular«: Alistar toda la gama de poderes federales para una campaña de deportación masiva que abrumaría a los abogados de derechos de los inmigrantes y cualquier esfuerzo para proteger a los trabajadores indocumentados de la vigilancia, el encarcelamiento y la expulsión.

Ahora, a menos de dos semanas de la toma de posesión de Trump, las amenazas contra funcionarios municipales o estatales dispuestos a ampliar «santuario» no han hecho más que hacerse más explícitas, como cuando Homan recientemente prometió procesar al alcalde de Chicago Brandon Johnson si continúa «albergando y ocultando» a los solicitantes de asilo.

Los planes de deportación masiva de Trump son alarmantes, pero también son una recapitulación consciente (aunque turboalimentada) de la larga historia de racismo de Estado antimigrante de Estados Unidos, así como el producto de un sistema muy rentable de detención y vigilancia apoyado por sucesivas administraciones de los dos principales partidos.

Tanto si adoptan la forma «espectacular» que busca Miller, rendirán dividendos de múltiples maneras: Permitiendo un mayor lucro de las prisiones privadas y otras corporaciones carcelarias a las que se recurra para gestionar la represión que se avecina, al tiempo que permiten a Trump beneficiarse políticamente de la afirmación de que los migrantes son los principales culpables de «la carnicería estadounidense.» Que esta estrategia no conoce límites morales o fácticos fue evidente en la respuesta MAGA a la reciente violencia en Nueva Orleans y Las Vegas –declarando «Necesitamos asegurar esa frontera» incluso cuando ambos ataques fueron perpetrados por ciudadanos estadounidenses nacidos en el país con largos antecedentes militares.

Para desafiar el violento chivo expiatorio de los migrantes que se avecina será necesario movilizarse contra la pretensión de la administración Trump de ser la campeona del «trabajador estadounidense«.

150 años de lawfare anti-migrantes

La retórica que rodea la política de cabecera del movimiento MAGA es como una recopilación de grandes éxitos de 150 años de lawfare anti-migrante nativista. Los desplantes sinófobos de Trump contra el fentanilo chino que entra por la frontera recuerdan cómo los trabajadores chinos fueron el primer objetivo de las leyes de inmigración represivas y racistas de Estados Unidos, empezando por la Ley Page de 1875, así como de un movimiento obrero nativista que luchó por mantener el trabajo blanco.

Pero eso es sólo el principio. En 2015, Trump invocó la infame ley de deportación 1954 «Operación Espalda Mojada» de Dwight Eisenhower como un posible modelo a seguir por su propia administración. Las mentiras que Trump y el vicepresidente electo JD Vance difundieron este otoño sobre los inmigrantes haitianos en Springfield, Ohio, se hacen eco de lo crucial que ha sido el racismo antinegro y antilatino, desde el 1980 levantamiento del barco Mariel de inmigrantes cubanos y haitianos, a la hora de enmarcar la migración como una crisis de seguridad nacional. La promesa de la plataforma 2024 de los republicanos de «deportar a los radicales pro-Hamas» de los campus universitarios nos recuerda con qué frecuencia las políticas antimigración han estado vinculadas al pánico político a los subversivos extranjeros, desde la Ley McCarran-Walter de 1952, que clasificaba a comunistas y anarquistas como «extranjeros deportables», hasta la Alien Enemies Act de 1798, utilizada para justificar el internamiento masivo de estadounidenses de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial (y ahora también citada por Trump y sus compinches como un para eludir los obstáculos legales a la detención de millones de inmigrantes indocumentados). Ahora el Congreso está a punto de aprobar la Ley Laken Riley con un considerable apoyo demócrata, ampliando aún más la detención obligatoria, incluida la de inmigrantes documentados, bajo el pretexto de una inexistente ola de «delincuencia migrante».

Si la ideología xenófoba de MAGA apenas ha innovado con respecto a sus antepasados -destacando principalmente por su crudeza sin paliativos-, sus esfuerzos por convertir el racismo nativista en una plataforma política central también encuentran precedentes en la historia reciente de la ley de inmigración y su aplicación;

El gobierno de Bill Clinton, y especialmente su apoyo a proyectos de ley como la Ley de Reforma de la Inmigración Ilegal y Responsabilidad de los Inmigrantes, que criminalizaba la inmigración, fueron un momento decisivo para la «máquina de deportación de Estados Unidos». Como Silky Shah, director ejecutivo de Detention Watch Network, ha argumentado, el giro punitivo durante los años de Clinton facilitó la fusión de la aplicación de las leyes de inmigración y el complejo industrial penitenciario en un único paisaje carcelario.

Fue en 2014, durante la presidencia de Barack Obama -apodado el «Deportador en Jefe» mucho antes de que Trump asumiera el cargo-, cuando el mismo Tom Homan, entonces un alto cargo de la U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE), comenzó a promover la idea de utilizar «la separación familiar» para disuadir a la inmigración. Aunque Obama se negó a poner en práctica la idea, al año siguiente honró a Homan con el Premio al Rango Presidencial. Y como señala Shah, el trabajo de la administración Obama para conectar el sistema de detención y deportación con la aplicación de la ley «se expandió y creó una poderosa maquinaria» que Trump explotaría más tarde.

Beneficio privado, propaganda pública

Una dimensión importante de estos sistemas entrelazados fue la privatización. Al amparo de las benévolas «reformas», la administración Obama supervisó tanto el aumento de la persecución federal de delitos de inmigración como la reentrada ilegal como el incremento del uso de prisiones privadas y «alternativas a la detención» para los migrantes, incluidas diversas formas de vigilancia y «e-carcelación.»

Por su parte, y hasta sus últimos días, la administración Biden extendió lucrativos contratos con las corporaciones que administran las instalaciones privadas que almacenan a la mayoría de los migrantes indocumentados detenidos-más del 90% de los detenidos por el ICE estaban en centros de detención privados en julio de 2023 – a pesar de los casos documentados de «desatención médica, muertes evitables, uso punitivo del aislamiento, falta de garantías procesales y trato discriminatorio y racista», como informó The Guardian. Incluso los centros de detención que la Oficina del Inspector General del Departamento de Seguridad Nacional exigió explícitamente que se cerraran siguen abiertos 

Grupos de derechos humanos han protestado contra las brutalidades que han resultado de la dependencia de la administración Biden de la multimillonaria industria de la detención, dirigida por empresas como GEO Group (antes Wackenhut) y CoreCivic (antes Corrections Corporation of America). Mientras tanto, como The Lever informó, las empresas de capital privado han realizado cuantiosas inversiones en centros federales de detención de inmigrantes, «lo que significa que los opacos, irresponsables y lucrativos intereses de Wall Street están dispuestos a ganar cientos de millones de dólares deteniendo y vigilando a los inmigrantes del país.»

Ahora, el sector de las prisiones privadas, que ya vio cómo sus acciones se revalorizaban con la noticia de la victoria electoral de Trump, anticipa una ganancia inesperada bajo su segunda administración. Como el presidente ejecutivo del Grupo GEO declaró en una llamada de ganancias después de las elecciones: «Esperamos que la administración entrante de Trump adopte un enfoque mucho más agresivo con respecto a la seguridad fronteriza, así como a la aplicación de la ley en el interior, y que solicite financiación adicional al Congreso para lograr estos objetivos.» Esa mayor agresividad contra los migrantes se traduce directamente en mayores ingresos para GEO y sus afines.

El beneficio que se obtiene del castigo racializado de los inmigrantes indocumentados no se detiene con la detención y la deportación, sino que también incluye en gran medida el control y la vigilancia electrónicos de los inmigrantes. El Programa de Comparecencia Bajo Supervisión Intensiva del ICE incluye monitores de tobillo, «relojes» y aplicaciones de smartphone de reconocimiento facial-todo lo cual, junto con la minería de datos, son objeto de lucrativos contratos gubernamentales. Ante cierto escepticismo de que la administración Trump pueda llevar a cabo todos sus planes draconianos -Evan Benz, abogado del Centro Amica para los Derechos de los Inmigrantes, señala que no hay «ninguna manera rentable o práctica para que el ICE detenga y expulse legalmente a los más de tres millones de migrantes en la lista de no detenidos, a pesar de lo que Trump y sus secuaces fascistas puedan estar soñando para el próximo año»-, incluso un el fracaso de la campaña de deportación masiva seguiría siendo rentable para los intereses de las prisiones privadas, al tiempo que sembraría la miseria y el terror entre los migrantes.

Una economía del miedo

Observar la maquinaria de detención y deportación que Trump y su gabinete de fanáticos adinerados están poniendo en marcha es contemplar toda una economía política del miedo y el castigo, que genera beneficios privados a partir del combustible de la propaganda demagógica, pagando los salarios psicológicos del nativismo mientras se llenan las arcas de las corporaciones;

Para los trabajadores inmigrantes, el miedo siempre ha sido un factor económico: les obliga a realizar trabajos con salarios más bajos, dificulta la sindicalización y permite la existencia de empleadores despóticos. Como explica el estudioso crítico de la inmigración Nicholas De Genova , la principal función de la deportación en las economías capitalistas que dependen de la mano de obra inmigrante e indocumentada no es realmente expulsar a esos trabajadores, sino subordinarlos, haciendo que su mano de obra sea barata y controlable debido a su deportabilidad.

El propio Homan ha pedido la ampliación de los visados temporales para trabajadores estacionales a trabajadores migrantes durante todo el año en la industria láctea, que depende tanto de los trabajadores indocumentados que su ausencia duplicaría el precio de la leche. Cuando no se les considera una amenaza para la seguridad nacional, a los trabajadores sin papeles se les reduce a factores de producción, menos importantes que los animales que cuidan y los productos que producen.

Está claro que el objetivo principal de los planes de deportación masiva de Trump no es «el crimen migrante», sino esa vasta parte de la clase obrera estadounidense compuesta por trabajadores indocumentados y todos aquellos que caen bajo la temible sombra de la deportabilidad -sin olvidar a los activistas estudiantiles que se movilizan contra el genocidio. Eso hace que la defensa de las vidas de los inmigrantes no sea sólo una prioridad de cualquier movimiento por la justicia social, sino también una lucha política y laboral. Para que esa lucha cobre impulso, será necesario romper la ecuación reaccionaria de la clase trabajadora con la blancura y la ciudadanía nacional que ha perdurado desde finales del siglo XIX.

En 2018, miles de personas se manifestaron contra el programa de separación familiar del ICE, incluidos políticos demócratas como Kamala Harris, que más tarde se pasó a un mensaje «de mano dura con la inmigración». En un desarrollo prometedor, Liz Shuler, presidenta de la AFL-CIO, declaró esta semana que luchar contra las redadas en los lugares de trabajo y las deportaciones masivas es una «prioridad» para el movimiento obrero. Contrarrestar el ataque de Trump contra los migrantes requerirá un movimiento, con los trabajadores migrantes en su centro, que vaya más allá de la preocupación humanitaria y asuma la tarea prohibitiva pero necesaria de desmantelar la máquina de deportación."

(ALBERTO TOSCANO , Universidad Simon Fraser. Inthesetimes, 12/01/25, traducción DEEPL)

12.4.22

Francia, el voto de la angustia... Como ha sucedido en otros países desarrollados, la clase media-baja se ve amenazada, se siente fragilizada. Es la población que gana menos de 2.000 euros al mes, un amplio colectivo que incluye a obreros, empleados, agricultores y pequeños autónomos... hoy son los más afectados por el alza de los carburantes y por la inflación en general... estas clases humildes bajo acoso utilizan “las marionetas populistas” (Le Pen, Zemmour y otros) como un grito desesperado para denunciar su situación, pero pueden cambiar de marioneta en cualquier momento o abstenerse... El descontento de estos sectores alimenta los populismos de extrema derecha. La izquierda radical también pesca votos, aunque menos

 "(...) hay interés por Muret porque es un microcosmos político interesante. Sus resultados electorales siempre coinciden con los nacionales. De ahí que su alcalde, André Mandement, socialista, se vea solicitado como analista.

–¿Cómo ve el ambiente?

–Estoy inquieto porque veo a la gente decepcionada e irritada. Muchos no quieren ir a votar. No ha habido casi debate, debido a la guerra de Ucrania. La estrategia del presidente ha sido neutralizar estas elecciones.

 –¿Por qué hay tanto malestar? Los datos oficiales son buenos. El paro ha bajado mucho.

–En Francia la información está muy controlada por el Gobierno y los medios afines. Los datos que dan no corresponden a lo que se constata sobre el terreno. Aquí en nuestra zona sigue habiendo chalecos amarillos en las rotondas cada sábado. Temo que vuelva a haber violencia. Ya sabe que en Francia se monta con rapidez una minirrevolución.

–¿Qué sucederá si gana Marine Le Pen?

–Si gana ella, será un electrochoque para la izquierda. Habrá una reacción de cara a las legislativas (en junio).

–La gente no tardará en echarse a la calle, contra la reforma de las pensiones y otras medidas. Será más violento de lo que vimos. (...)

La inquietud del alcalde de Muret se basa en la auscultación diaria del latido social. Francia es una democracia angustiada. En los últimos años ha sufrido diversas sacudidas fuertes. La revuelta de los chalecos amarillos destapó una gran rabia latente que duró largos meses y paralizó el centro de las grandes ciudades, con decenas de miles de policías movilizados cada sábado. A esa grave crisis de orden público siguió la pandemia de la covid, que en algunos sectores reforzó el sentimiento de desconfianza hacia el Estado, de complotismo y de rechazo al recorte de libertades decretada en nombre de la salud. (...)

En Francia ha seguido creciendo, además, la sensación de que hay amplios territorios de la república sin control donde imponen su ley los islamistas y que quien lo denuncia, como ocurrió con un reportaje sobre Roubaix, cerca de la frontera belga, es amenazado de muerte y debe vivir bajo escolta policial.

Un sector de la ciudadanía –y eso explica el auge de Le Pen y el surgimiento de Éric Zemmour– piensa que el Estado es débil, que no realiza su trabajo. Hace pocas semanas hubo una manifestación de exmilitares en París, un hecho insólito, para expresar su desazón por el rumbo del país. El año pasado decenas de miles de antiguos miembros de las Fuerzas Armadas y de la policía firmaron un manifesto, casi de tono golpista, en el que hablaban del peligro de guerra civil y la inevitabilidad, si las cosas seguían agravándose, de una intervención militar.

Como ha sucedido en otros países desarrollados, la clase media-baja se ve amenazada, se siente fragilizada. Es la población que gana menos de 2.000 euros al mes, un amplio colectivo que incluye a obreros, empleados, agricultores y pequeños autónomos. El sociólogo Jérôme Sainte–Marie habla de “bloque popular”. Esta población, decisiva en las elecciones, ha huido en parte de las grandes ciudades porque les resultan demasiado caras. Viven en la Francia periférica, de las ciudades pequeñas y medianas, y en medios rurales. Dependen del coche. De ahí que salieran de entre ellos muchos chalecos amarillos. Hoy son los más afectados por el alza de los carburantes y por la inflación en general.

 El descontento de estos sectores alimenta los populismos de extrema derecha. La izquierda radical también pesca votos, aunque menos. Según el geógrafo Christophe Guilluy, autor de Fractures françaises (2010), una obra de referencia, y Le Temps des gens ordinaires (2020), estas clases humildes bajo acoso utilizan “las marionetas populistas” (Le Pen, Zemmour y otros) como un grito desesperado para denunciar su situación, pero pueden cambiar de marioneta en cualquier momento o abstenerse.

 Jacline Mouraud, cuyo indignado vídeo, grabado en su móvil, corrió como la pólvora por las redes sociales y estuvo en el origen del movimiento de los chalecos amarillos , en octubre del 2018, está hoy en el equipo de Zemmour. Desde su domicilio en Bretaña, Mouraud, de 55 años, hipnoterapeuta y música, insiste en el menosprecio que, según ella, Macron muestra hacia el pueblo. El último ejemplo habría sido negarse a un debate con los otros candidatos de la primera vuelta.

“La Francia popular, la Francia de los territorios, detesta a Macron –remacha la iniciadora de la insurrecciónamarilla–. Su mandato ha sido lamentable. Nos menospreció, nos encerró (durante la pandemia), dijo que quería fastidiarnos (a los no vacunados) y, además, nos ha arruinado. Eso es imperdonable. En toda la historia de la V República nunca tuvimos a un presidente que menospreciara tanto a su pueblo. El problema de Emmanuel Macron es el pueblo francés. Amaría una Francia sin el pueblo francés. Nos ha maltratado. Es un presidente maltratador. Es muy grave”.               (Eusebio Val, La Vanguardia, 10/04/22)

26.1.21

En mi barrio, un grupo de supremacistas blancos se dedicó a amenazar a la gente con palos de béisbol. He temido por la seguridad de mi pareja cuando iba a votar, a pesar de que lo animaba a ello...

Azahara Palomeque @Zahr_Bloom

 Han sido cuatro años de sobresaltos, de dolor, frustración e impotencia frente a la barbarie. Sé que 'Trump' suena como algo abstracto para muchos, pero sus políticas perversas han calado en la cotidianeidad con consecuencias insoportables. Cuando fue elegido, yo era voluntaria

en una ONG con niños inmigrantes. Vi cómo escupían a los carteles electorales (con 7-8 años), ocultaban la identidad de sus padres (indocumentados) y me rogaban que no viajase a España porque "no te dejarán volver a entrar", tan asumido tenían el miedo. En la universidad,

cada restricción migratoria me ha supuesto miles de horas de trabajo (enmendar los programas para que nadie fuese deportado) y he visto a mis estudiantes chinos, musulmanes, latinos, negros... sufrir un racismo brutal y venir a pedir ayuda, consuelo, a pesar de que mi poder es

limitado. Hemos pasado miedo, visto nuestras ciudades completamente militarizadas. En mi barrio, un grupo de supremacistas blancos se dedicó a amenazar a la gente con palos de béisbol. He temido por la seguridad de mi pareja cuando iba a votar, a pesar de que lo animaba a ello.

La crisis económica ha golpeado a muchos de los míos: en el paro, con contratos firmados pero sin poder entrar al país, sin techo de repente, sin seguro médico. La pandemia -de cuya gestión es responsable- no me ha matado a nadie cercano, pero sí a familiares de gente q aprecio.

La tragedia ha sido diaria, por una razón o por otra, desde ver a seres queridos destrozados hasta la fragmentación en mi familia política (trumpistas) y mi propia salud mental. Ha roto la convivencia. No era una broma el fascismo y espero que haya quedado claro. No les votéis.

No les deis coba en los medios. No alimentéis sus mentiras, sus ansias de confrontación. Un día crees que vives en una democracia -con todas sus desigualdades estructurales- y al día siguiente te levantas en el peor de los regímenes totalitarios. El horror no tiene nombre. 

2:11 p. m. · 20 ene. 2021
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Valeria Canelas @vale_neko
En respuesta a @Zahr_Bloom

 Cuando ganó las elecciones, yo iba a una centro q ayudaba a familias latinas, recuerdo q los niños nos decían q sus compañeros d clase les decían q ahora sí iban a deportar a sus padres. Tenían 7-11 años y el discurso ya estaba ahí, implantado. Ojalá ese odio vaya perdiendo lugar


Azahara Palomeque @Zahr_Bloom

 Ojalá, Valeria. Fue una de las cosas que más me impactó, ver cómo los niños tenían completamente internalizado ese odio externo, y el miedo. Luego di clases de inglés a refugiados adultos y lo disimulaban muy bien, pero los niños son transparentes.

14.12.20

La médica Paula Farias conoció la geografía del miedo en Irak, Kosovo... y en Madrid, al inicio de la pandemia... “días de oscuridad como nunca”. Durante esos días oscuros hubo quien pudo haber tomado decisiones que salvaran vidas pero pensaron en la estrategia, en qué pasará luego con mi silla". Las autoridades han sabido mantenerse al margen...“He visto mucha gente que ha muerto con el horror en los ojos, solos, sin poder despedirse, sin oxígeno porque no había para todos, porque no había una cama de UCI"

 "Paula Farias llega al café y mira. Su silencio condensa la experiencia de mirar el horror en los ojos. Es médica (de Médicos sin Fronteras), y como doctora fue también marinera de Greenpeace. Es escritora como su padre, Juan Farias. De su experiencia en Kosovo nacieron su libro Dejarse llover y la película Un día perfecto, de Fernando León de Aranoa

Vio el horror en los ojos también en Congo, Angola, República Centroafricana, Palestina, Irak, Afganistán (donde sucede Fantasmas azules, su próxima novela), Sudán, Darfur… En Darfur quedó embarazada de su hijo Matzeos, que al nacer, recuerda, le miró con una cara que decía “a la guerra ya no…”.

A esa geografía del miedo suma ahora el corazón de Madrid, donde nació en 1968 y donde ha vivido en la pandemia “días de oscuridad como nunca”. Acostumbrada a pisar escombros sobre la sangre y a dar consuelo, su voz es como un susurro para atenuar el miedo. “El miedo es una sensación de vulnerabilidad que te bloquea. La oscuridad es la violencia extrema, no tener que darle a tu hijo para comer, ni un techo, morir porque no hay un servicio sanitario que te atienda. La he vivido en la piel de los que han estado rezando para que no se acabara el oxígeno, en los médicos y enfermeras que han visto morir a personas que no han podido despedirse… 

El mundo se divide en el que ve que alguien se ahoga, se tira al agua y lo saca, y el que ve que alguien se ahoga y se inventa una historia para no tirarse a salvarlo. Hay que decidir quién quieres ser: el que se tira al agua o el que ve cómo se hunde el otro. Eso es la acción humanitaria, salvar al que se ahoga. Luego ya se verá qué pasó con la ropa”.

¿Y aquí? “Ha pasado lo mismo: gente que se ha tirado al agua sin saber qué iba a pasar después. Y mucha otra gente que no lo ha hecho. En ellos se refleja esa frialdad del que quiere justificar por qué no se ha tirado al agua… Durante esos días oscuros hubo quien pudo haber tomado decisiones que salvaran vidas pero pensaron en la estrategia, en qué pasará luego con mi ropa, con mi silla…”.

El dolor, asegura, tiene un color determinado. “He visto mucha gente que ha muerto con el horror en los ojos, solos, sin poder despedirse, sin oxígeno porque no había para todos, porque no había una cama de UCI. Miles de esas personas ahora probablemente no morirían”. En aquellos primeros días, ella y sus compañeros corrían de un sitio a otro, viendo dónde estaban los nudos, tratando de solucionarlos.

¿Cómo ha visto la relación de las autoridades con el dolor? “Han sabido mantenerse al margen”, apunta. Aquellos aplausos del principio fueron, para ella, poesía efímera.

¿Llega la calma? “Ya estamos en calma, a años luz de lo que fueron los meses malos; le queda mucho recorrido al virus, pero ya no hay oscuridad. Si te pones enfermo vas al hospital y te pueden atender, ya no te cierran la puerta de urgencias, hay oxígeno para todos”. En ningún momento Paula Farias dejó de mirar a los ojos, como si observara en silencio el recorrido de las imágenes de horror que van guiando sus palabras."                    (Entrevista a Paula Farias, Juan Cruz, El País, 05/12/20)

4.11.20

Hay tanto miedo en el ambiente... las autoridades de las ciudades han recomendado prepararse para estos comicios como para un huracán: que no falte agua, comida... los comercios llevan tapiados varios días para evitar saqueos; hay calles cortadas y se contempla el toque de queda y la suspensión del transporte público... la venta de armas ha alcanzado niveles estratosféricos... El miedo es real, tangible. Lo creemos invisible pero tiene forma de gatillo, de bala, de barricada en la calle; huele a avenidas desiertas y suena a helicóptero, a sirena de la policía o a taquicardia; sabe a comida enlatada almacenada en el sótano

 "(...) Hay tanto miedo en el ambiente que me cuesta seguir escribiendo.

Mientras la mayoría de los periodistas se centran en analizar los sondeos y, conforme se vaya escrutando el voto, los resultados electorales, hay una historia personal que subyace a los números y tiene que ver con un pánico generalizado que se comparte entre amigos, en pequeños círculos, de manera muy discreta para no producir un efecto bola de nieve. Este ánimo, que puede tanto paralizarnos como provocar una respuesta multitudinaria en la calle, se refleja en gestos cotidianos que indican un estado de alerta constante. 

Ante la posibilidad de una violencia superior a la habitual, muchos ciudadanos han corrido a los supermercados a hacer acopio de lo necesario para un aislamiento de días. De hecho, las autoridades de las zonas urbanas han recomendado prepararse para estos comicios como lo hacemos para un huracán: que no falte agua, comida…

En las redes circulan testimonios que apuntan a tiendas ya desabastecidas y, en casa, mi pareja y yo preparamos una lista de la compra que es también un plan de contingencia: si no hay carne (lo primero que desaparece), tráete garbanzos, habichuelas; si falta fruta, recurre a las verduras que nadie sabe cocinar: pimientos, espinacas. La dieta mediterránea ya nos salvó la última vez que falló la cadena de suministro, allá por marzo.

Más allá de la alimentación, las señales que apuntan a la emergencia que se aproxima son ubicuas: en Philadelphia, Chicago y Nueva York, entre otras ciudades, los comercios llevan tapiados varios días para evitar saqueos; hay calles cortadas y se contempla el toque de queda y la suspensión del transporte público. Los colegios que permanecen abiertos han enviado a los padres avisos de que las clases podrán ser online dependiendo de cómo transcurran los acontecimientos.

Por otra parte, la ley del más fuerte parece haberse afianzado en un inconsciente colectivo donde su arraigo era ya predominante: la venta de armas ha alcanzado niveles estratosféricos en estas fechas, hasta el punto de vaciar los anaqueles de las armerías, lo cual se suma a la adquisición en masa tras las marchas por la muerte de George Floyd. En Estados Unidos, el año 2020 pasará a la historia no solo como año electoral y pandémico, sino como aquel que puso en manos de los ciudadanos, muchos de ellos primeros compradores, más de 17 millones de armas de fuego. 

El miedo es real, tangible. Lo creemos invisible pero tiene forma de gatillo, de bala, de barricada en la calle; huele a avenidas desiertas y suena a helicóptero, a sirena de la policía o a taquicardia; sabe a comida enlatada almacenada en el sótano. 

El miedo, además, rompe los tiempos en cuanto que se alimenta de información disponible –las argucias de Trump para boicotear las elecciones– pero se proyecta sobre el futuro: qué haremos en caso de… Juega a la hipótesis y, mediante ese cavilar, su ansiedad domina el presente. En el entramado que construye, los cuerpos se vuelven débiles o iracundos, poco racionales y, con ellos, el sistema que los engloba y dice representarlos pierde legitimidad.

A pesar los múltiples abusos cometidos por la democracia norteamericana antes de Trump (la guerra de Iraq, Guantánamo), es difícil pensar en una erosión democrática interna más dramática que la actual, al menos, en la historia reciente. 

De hecho, en los once años que llevo aquí, jamás he contemplado semejante amenaza social a la integridad institucional del Estado, y a la física de sus habitantes. Los mismos estadounidenses son conscientes de lo que está en juego: “Si no podemos echarlo, no habrá esperanza” –dice otro mensaje de Kelly. 

Suspiro."                     (Azahara Palomeque , La Marea, 02 noviembre 2020)

30.4.20

Ésta es la tercera extinción del siglo XXI: la primera fue financiera (2008); la segunda fue la de las libertades (Snowden: el espionaje planetario); la tercera es sanitaria... Europa fue el primer muerto del coronavirus Las máscaras del tecnoliberalismo y su construcción global, es decir, la globalización, se han caído... El mundo que existía desde la Segunda Guerra Mundial dejó de respirar... estamos ante el redescubrimiento angustiado de una urgencia social

"(...) la tercera extinción del siglo XXI: la primera fue financiera, con la crisis bancaria de 2008; la segunda fue la extinción de las libertades cuando el exanalista de la Central de Inteligencia Americana (CIA) Edward Snowden reveló la extensión y la profundidad del espionaje planetario orquestado por Estados Unidos y sus agencias de seguridad; la tercera es sanitaria. Ya nadie se pregunta hacia dónde va el mundo sino, más bien, si mañana habrá un mundo. 

Las máscaras del tecnoliberalismo y su construcción global, es decir, la globalización, se han caído. La máscara, ese objeto tan precioso para sobrevivir, se volvió el revelador del abismo mundial; sin máscaras se corrió el telón de la ausencia de consenso a escala europea para enfrentar la crisis sanitaria y financiera,(...)

 El mundo que existía desde la Segunda Guerra Mundial dejó de respirar. Donald Trump enterró el multilateralismo heredado del siglo XX, mientra el coronavirus ponía la cruz sobre un sistema internacional que de “sistema” solo tenía el nombre. (...)

Hemos cambiado de paradigma con esta crisis sanitaria. Usted sugiere que, desde ahora, la seguridad de los Estados ya no es geopolítica sino sanitaria.

 Así es, y hay un conjunto de cosas. Están la seguridad sanitaria, la seguridad medioambiental, la seguridad alimentaria y la seguridad económica. Conforman varias seguridades que ya no son militares sino de naturaleza social. Se trata de un gran cambio con respecto al mundo de antes. En este momento, por primera vez en la historia, estamos descubriendo la realidad de la globalización. Este descubrimiento no atañe a los Estados, sino que toca a cada individuo. Esto es lo nuevo. 

 En la historia, es raro que los individuos aprendan en directo, en su propia carne, en su vida cotidiana, cómo son realmente las transformaciones de la vida internacional. Antes estaban las guerras para acercar este aprendizaje, pero las guerras afectaban indirectamente a la población. Aquí, todo el mundo está afectado. Podemos entonces esperar un cambio de la visión del mundo y de los comportamientos sociales. 

Esta tragedia puede conducir a una transformación brutal de la visión que tenemos del mundo y de nuestro medio ambiente. Tal vez, se dejarán de lado todos los viejos esquemas, es decir, los esquemas como el de la concepción militar y guerrera de la seguridad, entiéndase, un mundo fragmentado entre Estados-nación en competencia infinita y una concepción de las diferencias que remite siempre a esa dualidad de la vida entre amigos y enemigos. Hoy ya no hay amigo o enemigo sino asociados que están expuestos a los mismos desafíos. 

Esto cambia completamente la gramática de la sociología y de la ciencia de las relaciones internacionales. El otro ha dejado de ser un rival, el otro es alguien de quien dependo y que depende de mí. Esto nos debe conducir hacia otra concepción de las relaciones sociales y de las relaciones internacionales, en la que estoy obligado a admitir que, para ganar, necesito que el otro gane; tengo que admitir que, para no morir, necesito que el otro no caiga enfermo. Esto es algo completamente nuevo.  (...)

Queda entonces la tarea de redefinir una nueva geopolítica.

La geopolítica ha muerto. La visión tradicional, geográfica, de las relaciones internacionales no vale más porque estamos en un mundo unido. La realidad ha dejado de ser la confrontación entre regiones del mundo y Estados para volverse la capacidad o la incapacidad de gestionar la globalización.  (...)

La pandemia intervino en un contexto doble que no se debe olvidar. 

El primero es el ascenso vertiginoso del neonacionalismo en diferentes latitudes: en Estados Unidos, Gran Bretaña, Brasil, Europa e incluso en los países del Sur. (...)

El segundo contexto remite a que recién salimos de un año 2019 absolutamente excepcional. 2019 fue el año en que se dieron una multitud de movimientos sociales a través del mundo: América Latina, Europa, Asia, África, Oriente Medio. Estos movimientos sociales reclamaban lo mismo: un cambio de políticas. Las revueltas sociales denunciaban el neoliberalismo y la debilidad de la respuesta de los Estados y, también, de las instituciones y de las estructuras políticas. 

Hoy, para los Estados, la gran dificultad se sitúa en el hecho de que tratan de responder a corto plazo y con un perfil nacionalista mientras que, al mismo tiempo, cuentan con muy poca legitimidad en el seno de sus sociedades. La consecuencia de este esquema han sido las dudas, los tanteos y la ineficacia demostrada por los gobiernos. Una situación semejante obligará a cambiar la gramática de los gobiernos.  (...)

A lo largo de esta crisis hemos asistido a una suerte de geopolítica de chez soi, es decir, una geopolítica de casa para adentro. Cada país se concentró en su problemática cuando el imperativo no era financiero como en la crisis de 2008, sino sanitario.

La urgencia es doble. Es sanitaria ahora y será económica y financiera muy rápidamente. El problema radica en que Europa ha sido la primera víctima del coronavirus. Europa fue el primer muerto. Todos los reflejos que se esperan de Europa están ausentes. La primera intervención de Christine Lagarde, la directora del Banco Central Europeo (BCE), fue catastrófica. 

Hasta llegó a invitar a los Estados a que se las arreglaran por su cuenta. Luego, la respuesta de la Comisión Europea resultó igualmente débil. El desacuerdo entre los principales países europeos (Alemania, Francia, España, Italia, Países Bajos) en torno de la gestión de la mutualización de las deudas muestra hasta qué punto se carece de un resorte europeo. (...)

El miedo que los europeos tenían en 1945 lo vuelven a sentir ahora con el coronavirus. Los europeos van a descubrir que esa necesidad de reconstrucción que había en 1945 persistirá en cuanto salgamos de este drama sanitario. Tal vez, la conjugación de estos dos factores conduzca a que Europa renazca al final de esta crisis. Pero claro, cuando llegue ese momento habrá que cambiarlo todo.   

(...)  antes del fascismo y el nazismo, el primer resultado de la crisis de 1929 fue el keynesianismo y Franklin D. Roosevelt, es decir, la reorientación de la economía mundial que permitió su salvación. No hay que tener una visión exclusivamente pesimista sobre los efectos de esta crisis. Creo que todo dependerá de la manera en que el miedo actual evolucione y de cómo ese miedo sea gestionado políticamente. Si el miedo desaparece rápidamente, se corre el riesgo de que volvamos a comenzar con el viejo sistema. 

Si el miedo perdura, tal vez esto nos conduzca hacia las transformaciones que necesitamos. Sin embargo, desde ahora, se plantea el gran problema de la gestión política del miedo. ¿Quién se hará cargo? Seguramente, la extrema derecha utilizará ese miedo como recurso electoral explicando que es urgente reconstruir las naciones, los Estados y restaurar el nacionalismo. No obstante, la extrema derecha no es la única oferta política existente.   (...)

Si se observan los Estados europeos, todos tienen un sistema político descompuesto. (...)

Estamos en plena recomposición política. La versión optimista quiere que esta recomposición política desemboque en el nacimiento de partidos con capacidades de llevar las riendas de la globalización. De hecho, actualmente, ningún partido político sabe qué es la globalización. Tal vez advenga un keynesianismo político. Por el contrario, el horizonte negativo sería que esa recomposición no se lleve a cabo.  (...)

No hay que disociar lo que ocurrió en 2019 de lo que está pasando ahora. Es lo mismo, es decir, el redescubrimiento angustiado de una urgencia social. Ese es el segundo acto de la globalización, el cual consiste en distinguir globalización de neoliberalismo, es decir, dejar de confiarle al mercado la gestión exclusiva de la globalización. En el curso de este segundo acto se trata de construir una globalización humana y social.

 Estas fueron las demandas de 2019 y los mismos reclamos vuelven ahora con urgencia ante la crisis del coronavirus. Si somos optimistas, podemos esperar que esta crisis termine por acelerar el advenimiento del segundo acto de una globalización humana y social. De lo contrario, cabría pensar que la catástrofe sanitaria no hizo sino complicar y atrasar la marcha hacia la segunda secuencia.   (...)

2019 nos mostró a una humanidad ligada por lo que usted llamó un perfil intersocial. ¿Persiste aún esa dimensión de conexión, de diálogo y de compenetración entre identidades sociales?

Sí, claro, tanto más cuanto que esta crisis nos revela que las relaciones intersociales se vuelven determinantes a través del planeta. Estas relaciones intersociales son incluso más importantes que las relaciones entre los Estados, los gobiernos o los militares. El porvenir del planeta está en las interacciones sociales, en la tectónica de las sociedades, es decir, en esa capacidad propia de las sociedades para interactuar entre ellas más allá de la voluntad de los gobiernos.

Uno de los ejes constantes de su reflexión ha sido plantear la forma en que, en las relaciones internacionales modernas, es el Sur quien fija la agenda del Norte y, también, cómo ello desembocó en una representación geopolítica marcada por la impotencia de los poderosos. El coronavirus ha dejado al desnudo esa impotencia.

¡Estamos más que nunca en ese esquema!. Estamos viendo cómo los instrumentos clásicos de la potencia no pueden hacer absolutamente nada frente al coronavirus. Estados Unidos, que es la superpotencia de las potencias, conoce una propagación de la infección superior a la de China y Europa. Hemos dejado de estar en el registro de la potencia. Los recursos clásicos de la potencia nada pueden hacer. 

Debemos pasar ahora de la potencia a la innovación. Solo ganaremos si convertimos la vieja concepción de la potencia en capacidad de innovación para encontrar nuevos tratamientos, una vacuna, así como los medios técnicos capaces de remodelar la globalización para que esta no sea, como hoy, una fuente de dramas. Estamos ante un nuevo umbral de la historia. 

Un nuevo umbral con un interrogante dramático: ¿qué ocurrirá cuando el coronavirus se expanda en los países del Sur carentes de toda estructura sanitaria?

Esa eventualidad anuncia una catástrofe. Si la pandemia llega al Sur, será todavía más dramática y lastimará más profundamente al planeta entero. Ello prueba que los centros de gravedad de nuestra historia y de nuestro porvenir están en el Sur. El auténtico momento de la verdad se planteará cuando África se vea confrontada masivamente a esta tragedia.

Se han caído tantas máscaras con esta crisis global. La búsqueda de una vacuna, por ejemplo. Cada país la elabora por su cuenta: Francia, Estados Unidos, Rusia, China, Cuba. Y en el medio está el espectáculo indecente de la OMS: no tiene voz, ni influencia, ni capacidad alguna de organizar acciones coordinadas. Se ve como un monstruo vacío y burocrático.

Este tipo de anarquías son frecuentes en las situaciones de urgencia porque se establece una competencia entre un conjunto de actores que trata, más o menos sinceramente, de encontrar un remedio. Es algo paradójicamente normal porque así se estimula y se aceleran las investigaciones. Ahora claro, si estuviésemos en un mundo ordenado, la OMS habría debido encargarse de la definición de los protocolos de investigación y de los protocolos terapéuticos. 

Pero la OMS se ha vuelto alguien que cada tarde lee comunicados carentes de interés. Pero la naturaleza humana termina siempre por triunfar. El problema consiste en saber qué sacrificio habrá que hacer para todo esto. Un muerto es un muerto de más y ahora vamos ya por miles de muertos. Pienso que la humanidad renacerá de todo esto más fuerte y más consciente."                

(Entrevista a Bertrand Badie, Eduardo Febbro (NUSO), CTXT, 06/04/20; Esta entrevista se publicó en Nueva Sociedad.)